Mentira y verdad en política (1 de 2)

Por: Rodolfo Ramon De Roux
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La política: carreras de caballos de Troya.                                            

S. Jerzy Lec

A propósito del bullshit, las fake news y la posverdad

La mentira, en política, ha existido desde hace siglos. Los políticos son los profesionales de las promesas incumplidas. El arte de la mentira política es el arte de hacerle creer al pueblo “falsedades saludables”. La veracidad nunca ha sido una virtud política. El lenguaje político está diseñado para lograr que las mentiras parezcan verdades.   

Mentiras de ayer       

La mentira en política es arma de vieja data. Eso lo saben de sobra los políticos. Otto von Bismark, canciller de Alemania durante 19 años, decía que en ninguna circunstancia se miente tanto como después de una cacería, durante una guerra o antes de las elecciones. Que los políticos sean profesionales de promesas incumplidas no les quita el sueño pues, como sentenció Jacques Chirac, presidente de Francia durante 12 años, las promesas no comprometen sino a quienes creen en ellas. Pero la mentira en política va más allá que las falsas promesas, como lo deja claro la obrita El arte de la mentira política[1]. Publicada en Amsterdam en 1773 en versión francesa, fue escrita por el escocés John Arbutnoth[2], aunque aparecía como autor Jonathan Swift al que muchos conocen por su novela sobre las aventuras de Gulliver. La mentira está, pues, presente desde la misma carátula del libro.

Según el mencionado panfleto, el arte de la mentira política es el arte de hacerle creer al pueblo “falsedades saludables”, pues se supone que el vulgo no sabe lo que le conviene. Este mentir “por el bien del pueblo” es un arte que exige una sutil técnica de la dosificación. La mentira, para que sea eficaz, debe calcularse, destilarse y proporcionarse sutilmente. El corto tratado de Arbunoth ha conservado su pertinencia, pues las mentiras políticas de hoy se parecen como dos gotas de agua a las de ayer. Basta apreciar algunas de las reglas de este “arte” tal como nos las transmite aquel tratado de hace ya doscientos cincuenta años:  

La mentira que sirve para espantar y aterrorizar, y la que anima y alienta, son ambas extremadamente útiles cuando se las sabe emplear en las ocasiones que conviene. Pero no hay que mostrar frecuentemente al pueblo cosas terribles, para que no se le hagan familiares y termine acostumbrándose a ellas.

En cuanto a las mentiras que se esparcen para animar al pueblo, no deben sobrepasar los grados ordinarios de verosimilitud y deben ser variadas, puesto que es arriesgado insistir en una misma y única mentira. En cuanto a las mentiras que contienen promesas o pronósticos, no es prudente hacer predicciones a corto plazo; eso sería exponerse a la vergüenza de verse pronto contradicho por los hechos y acusado de falsedad.

La mejor manera de hacerle creer al pueblo una mentira no consiste en hacerle tragar todo de un golpe sino a pequeñas dosis. Además de las mentiras que se suministran pública y abiertamente, hay otras que deben esparcirse ocultamente y sin hacer ruido. Es muy útil también hacer mentiras de prueba. Una “mentira de prueba” es como una primera carga de ensayo que se pone en una pieza de artillería; es una mentira que se echa para sondear la credulidad de aquellos a quienes se destina.

Hay que disponer de una masa de seguidores crédulos dispuestos a repetir y diseminar por todas partes las mentiras. Esta tarea de la que se encargan los crédulos es fundamental, pues nadie difunde con mayor eficacia una mentira que quien cree en ella. Inclusive se llega al punto en que el mismo autor de las mentiras termina por creérselas, lo cual es supremamente convincente y constituye el culmen del arte del engaño.

Mentiras de hoy

He dado un pequeño salto al pasado para que tengamos bien presente que la mentira en política es asunto de vieja data, tal como nos lo recuerda Hannah Arendt:

“El secreto […], el engaño, la falsificación deliberada y la mentira pura y simple utilizados        como medios legítimos para alcanzar la realización de objetivos políticos hacen parte de la   historia, tan lejos como podemos recordar. La veracidad nunca ha sido una virtud política, y la mentira ha sido considerada siempre como un medio perfectamente justificado en los asuntos políticos”.[3]

Pero también las mentiras políticas han tenido su revolución industrial. En el siglo XIX, con la prensa escrita, alcanzaron una difusión que nunca antes habían soñado. Ahora, en nuestros días, han entrado en la era de la producción y del consumo de masas. Los medios modernos de comunicación y sus “redes sociales” han multiplicado la rapidez de su difusión y la potencia de su nocividad.

Hemos entrado, pues, en una nueva era tecnológica de la mentira. La falsedad se ha vuelto electrónica, instantánea, global. De ahí que tengamos que redoblar nuestros esfuerzos para luchar contra la superchería y para rectificar inteligentemente lo que leemos u oímos. Bien lo dijo el dramaturgo Bertolt Brecht en los años del ascenso del nazismo en Alemania: “En las épocas que exigen el engaño y favorecen el error, el pensador [y, añado, el ciudadano honesto] se esfuerza por rectificar lo que lee y oye. (…) Frase tras frase, sustituye la verdad a la contra verdad (…)”.[4]  Frase tras frase, pues en política el arte de la mentira exige una corrupción del lenguaje. Sobre esa conexión entre política y degradación del lenguaje sigue siendo saludable leer el ensayo de Georges Orwell, Politics and the English Language, publicado en 1946, y disponible online en español. En dicho ensayo Orwell ‒autor de la conocida novela distópica 1984‒,escribe:

“el lenguaje político y, con variaciones, esto es verdad para todos los partidos políticos, desde los conservadores hasta los anarquistas está diseñado para lograr que las mentiras parezcan verdades y el asesinato respetable, y para dar una apariencia de solidez al mero viento”.

Es indudable que verdad y política nunca han sido buenas compañeras[5]. ¿Por qué? Porque la política se hace para actuar sobre la realidad. Y la verdad factual es, por definición, lo que no se puede cambiar[6]. Por eso, porque buscan movilizar y crear opinión pública, los discursos políticos no se reducen a ser un simple reconocimiento de “verdades factuales”. Más aún, utilizan los hechos para crear opiniones. Y las opiniones se alimentan no solo de hechos, sino también de pasiones y de intereses diferentes. Los discursos y opiniones políticas se inscriben en una determinada realidad social donde son utilizados por distintas fuerzas en pugna. Las personas y los grupos se enfrentan precisamente porque valoran y califican diversamente unos mismos hechos. Y esto es lo propio del debate político.

Sin duda, decidir si un hecho social es verdadero o falso puede dar lugar a debates, controversias, argumentaciones y contraargumentaciones. El trabajo intelectual y la vida democrática tienen ese precio: aceptar que sobre un mismo hecho pueden coexistir varios puntos de vista, someterlos a discusión, ponerse o no ponerse de acuerdo, llegar o no llegar a un compromiso. Todo esto, que es propio de una vida en sociedad que no se convierta en una despiadada lucha a muerte, exige

     – tener rigor intelectual y honestidad en el tratamiento de las opiniones contrarias a las nuestras (es decir, aceptar el pluralismo y el diálogo sincero);

     – dejarnos cuestionar por la realidad, sin deformar conscientemente los hechos para ponerlos al servicio de nuestra causa;

     – ser críticos y autocríticos, es decir, ser capaces de nadar contra la corriente y de pensar contra nosotros mismos;

     – buscar informarnos seriamente para no tragar ni difundir estupideces, o como se dice ahora, bullshit. Este bullshiteo, literalmente “hablar mierda”, está ligado al fenómeno de la proliferación de falsas informaciones o fake news, otro anglicismo que ha hecho carrera. Utilizaré el vocablo bullshit no solo porque se ha convertido en un término técnico entre filósofos, lingüistas, psicólogos y especialistas de la comunicación, sino también porque el bullshit no es simplemente la tradicional charlatanería.

Rodolfo Ramón de Roux


[1] Jonathan Swift (2007). L’art du mensonge politique, Grenoble: Editions Jérôme Millon.

[2] John Arbuthnot (1667-1735), médico y autor satírico, pasó a la posteridad como inventor del personaje de John Bull, estereotipo del carácter nacional británico.

[3] Hannah Arendt (1972). Du mensonge à la violence politique, Paris: Calmann-Levy, p. 8-9

[4] Bertolt Brecht, “Le rétablissement de la vérité”, texto publicado en alemán en 1938 y publicado en Écrits sur la politique et la société. Paris: L’Arche, 1970, p. 148.

[5] Sobre el particular hay dos textos iluminadores de Hannah Arendt, destacada figura de la teoría política en el siglo XX. El primero de ellos, “Verdad y política”, fue escrito como respuesta a la controversia causada por la publicación de Eichmann en Jerusalén. El segundo, “La mentira en política”, vio la luz tras la filtración a la prensa de los Documentos del Pentágono a principios de la década de 1970. Ambos textos fueron publicados en Hannah Arendt (2016). Verdad y mentira en la política. Barcelona: Página Indómita, 2016.

[6] He aquí algunos ejemplos que fácilmente podrían multiplicarse: “Bolívar lideró una guerra de independencia contra España a principios del siglo XIX”; “Entre 2003 y 2011 hubo una guerra entre Iraq y una coalición internacional liderada por Estados Unidos de América”; “el COVID-19 causó una pandemia en 2020”, etc. Se trata de verdades factuales que no podemos cambiar, pues lo que fue, fue. Pero los hechos son frágiles y vulnerables.  Todo poder político lo sabe. Por eso a las personas pueden hacerlas desaparecer de unas fotografías; los monumentos conmemorativos pueden ser derrumbados; el significado del lenguaje puede ser manipulado. La propaganda política sabe cómo utilizar las mentiras para erosionar la realidad. Y el poder político no suele tener inconvenientes para sacrificar la verdad de los hechos para el beneficio propio.

18 Comentarios
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18 Comentarios

Vicente Alcala 8 enero, 2022 - 8:16 am

Excelente y erudito recuento de la historia. de la mentira (mas que de la verdad). Como dices, se ha sofisticado y extendido a la par que la tecnologia
Pero no solo para escuchar a los politicos, las advertencias que haces son muy oportunas tambien para leer incluso a los famosos que mezclan verdades historicas con opiniones
fraudulentas o, al menos, muy endebles. Gracias Rodolfo por tus colaboraciones.

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Rodolfo Ramon De Roux 8 enero, 2022 - 8:20 am

Gracias, Vicente, por tu comentario.

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John+Arbeláez 8 enero, 2022 - 10:59 am

Rodolfo, excelente recorridos los que haz realizado por la política estúpida y mentirosa de nuestra patria en tus últimas reflexiones. Y lo malo de todo esto es que nuestro pueblo se traga entero todo lo que le prometan nuestros políticos criollos, en parte debido a la falta de educación y reflexión despojada de emocionalidades, de un alto porcentaje del pueblo colombiano.

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Rodolfo Ramon De Roux 8 enero, 2022 - 1:08 pm

Gracias, John. Parte de nuestra estupidez es la capacidad de tragar periódicamente promesas incumplidas.

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Reynaldo+Pareja 8 enero, 2022 - 11:53 am

Rodolfo. No dejas de asombrarnos a la solidez de tus fuentes cuando haces analisis tan ponderados como este sobre las “fake news” de hoy dia. Esta vienen siendo la version de de las mentiras politicas del pasado, ahora presentadas tan agilmente e instantaneamente por las redes sociales Ilustras muy bien cómo, aquellos que manipulan las verdades políticas, lo convierten en el arte de convencer seguidores para mantenerse en los puestos de poder. El permanecer en ellos les exige la manipulación constante de las “verdades políticas” filtradas a su antojo y amañamiento para conseguir sus propósitos políticos. Gracias por darnos luces de cómo no caer en dichas manipulaciones políticas y cómo acercarnos al análisis concienzudo lo que puede ser una verdad mínimamente “objetiva”. Que tus análisis históricos nos mantengan conscientes de esa perspectiva que tanto ilustra el presente para no repetir los errores del pasado.

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Rodolfo Ramon De Roux 8 enero, 2022 - 1:04 pm

Carlos Eduardo, disfruto mucho con tus agudos comentarios que completan bien mi “bullshiteo” (y no, por error, bullshitearo).
Espero que la segunda parte no vaya a ser un fiasco y que cierre dignamente el espectáculo.

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Rodolfo Ramon De Roux 8 enero, 2022 - 1:11 pm

Gracias, viejo amigo, por tu amable comentario y serenas reflexiones.

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Carlos Eduardo Vasco Uribe 8 enero, 2022 - 12:16 pm

Rodolfo!
Gracias por ese aporte tan espectacular. por aquello del espectáculo, que es siempre teatro de mentiras. (en los dos sentidos de la frase).

Espero con mucha curiosidad y expectativa el aporte número 2, aunque veo que dejaste poco para la secuela, que nunca será tan buena como la primicia.

En este primer aporte no entendí la frase “Este bullshittearo, literalmente “hablar mierda”.

De pronto es solo una ‘r’ que le falta a “teatro”, pero tampoco pega “bullshit” en inglés (que es “boñiga o mierda de toro”), con “teatro” que es en griego y tiene que ver con “theos” y con poner a uno que otro dios en escena (con un buen dispositivo tecnológico muy acertadamente llamado “deus ex machina”), con el que en medio de la escena bajaba un Hermes Trismegistos (Sanctus-Sanctus-Sanctus) a resolver las dudas de los actores.

Pero lo que no entendí bien del todo (y no sé si me hago entender o si debo entender que lo mejor es no entender nada) es que todos los seis párrafos de la sección “Mentiras de ayer” —sobre todo el último— se aplican línea por línea a todas las religiones, sin exceptuar la nuestra (o por lo menos la mía, pues ya no estoy tan seguro de que siga siendo la tuya).

Pensé inmediatamente en los doce apóstoles, en San Pablo y los demás enviados, misioneros y predicadores, no solo de la Orden idem, sino también de todas las órdenes, incluida la nuestra (o pro lo menos la mía, pues ya no estoy tan seguro de que siga siendo la tuya): “Hay que disponer de una masa de seguidores crédulos dispuestos a repetir y diseminar por todas partes las mentiras. Esta tarea de la que se encargan los crédulos es fundamental, pues nadie difunde con mayor eficacia una mentira que quien cree en ella.”

Espero pues con mucha curiosidad y expectativa el aporte número 2, pues de pronto sí se te quedó mucho qué decir en tu tintero virtual (y estoy seguro de que no sera “bullshit”)!

Carlos Eduardo

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Jorge Luis Puerta 9 enero, 2022 - 10:25 am

Rodolfo Ramón: sólido, fundamentado, como debe ser todo lo que este blog quiere comunicar y debatir. Agradecimientos. Nuestro trabajo será tratar de disminuir el número de crédulos y de perifoneadores. Formar gentes con más conciencia crítica.

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Rodolfo Ramon De Roux 9 enero, 2022 - 11:30 am

Gracias, Jorge Luis. Me gustó mucho el realismo y sinceridad de tu escrito sobre la Navidad, jodido, y en el frío invierno parisino.

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Humberto Sánchez Asseff 9 enero, 2022 - 2:55 pm

Rodolfo. Me quedo sin palabras después de tan elogiosos y merecidos comentarios. Mi comentario es “gracias” por tan excelente artículo, en un momento muy oportuno en Colombia, donde nos preparamos a recibir toda la bullsheateadera de los múltiples candidatos. Me haces reflexionar sobre la “validez” de la mentira. Puede la mentira ser buena? Depende del objetivo que se pretenda alcanzar? Merece llamarse “arte” la experticia en engañar? O es solo un “arte” entre comillas… Me quedo con las reglas (tú las llamas exigencias de la vida en sociedad). Muy valiosas y prácticas recomendaciones. Quedamos pendientes de la segunda parte. Gracias de nuevo.

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Rodolfo Ramon De Roux 9 enero, 2022 - 5:02 pm

Gracias, Humberto. Espero que la segunda parte no sea “bullshit”. Ya me lo dirás. Estoy de acuerdo contigo en que los expertos en la mentira política ejercen un “arte” bien entrecomillado.

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César Vallejo 9 enero, 2022 - 8:15 pm

Apreciado Rodolfo Ramón, disfruto, valoro y aprendo mucho de tus excelentes escritos. Mil gracias!. soy consciente de que nuestra emotividad y nuestros sesgos, que someten a la razón con tanta frecuencia, están siempre presentes en la manera como interpretamos los hechos sociales. Pero cuando se fabrican o difunden falsedades (¿fácticas?) conscientemente, el tema va más allá del cumplimiento de las sabias reglas que propones para el análisis de si un hecho social es verdadero o falso. Como tus demás lectores, espero la número 2!

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Rodolfo Ramon De Roux 10 enero, 2022 - 3:19 am

Gracias, César. Muy pertinentes tus advertencias sobre los sesgos cognitivos. Espero que los míos no me hayan jugado una mala pasada en lo que resta del escrito. Errare humanum est. Perseverare autem diabolicum.

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Julio Hidalgo 11 enero, 2022 - 10:57 am

Gracias por tu artículo tan de ayer y de hoy que en este en las elecciones de este año cuando los politiqueros prometen lo que nunca van a cumplir y el voto, pero con con educación electoral, de que carece buena parte de nuestros compatriotas que, como lo dices citando el pensamiento de fuentes muy valiosas, han sido desde hoy y del pasado. son manejados por la demagogia, el populismo, de partidos` atomizados, con un costal de arena, lechona etc. “Prometen un puente donde no hay río”

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Rodolfo Ramon De Roux 11 enero, 2022 - 12:29 pm

Gracias, Julio. Muy bueno ese dicho de prometer un puente donde no hay río. Recuerdo que a uno de nuestros expresidentes lo llamaron “el promesero de Amagá “, y no ha sido el único promesero.

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Luis Alberto Restrepo M. 13 enero, 2022 - 10:08 am

Inolvidable Rodolfo. Cómo disfruto tus sabios comentarios tan bien fundamentados y bien escritos. Se nota bien la escuela francesa, rigurosa y de excelente factura, de la que has bebido durante tantos años y que además te viene en el ADN de tus ancestros. Fuerte abrazo y gracias. Espero tu segundo aporte.

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Rodolfo Ramon De Roux 13 enero, 2022 - 10:38 am

Querido Luis Alberto, también he aprendido mucho de la excelente factura de tus enseñanzas orales y escritas. Recuerdo nuestro primer encuentro en Florencia (ah,la famosa “Carta”), seguido por el de Wurtzbourg y luego tantos otros en Bogotá, y el de París cuando estabas con Socorro viviendo en la Cité Universitaire. Va para ti y para ella un fuerte abrazo.

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