Siguiendo el hilo de Pilatos

Por: Luis Alberto Restrepo
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El muy escéptico Pilatos le preguntó a Jesús: “¿Y qué es la verdad?”. Enemigo declarado de los judíos, Pilatos había sido designado prefecto de Judea por el emperador Tiberio. Pero el nuevo prefecto estaba ya harto de las presuntas y contradictorias verdades (fake news), tanto de Sejenio, su protector, como de Agripina, su opositora, agriamente polarizados en torno al destino del Imperio. Por lo visto, ¡no hay nada nuevo en el mundo!

Siguiendo el hilo de Pilatos, busco establecer aquí criterios que nos permitan, si es posible, distinguir la verdad del error, porque también hoy la verdad se vuelve ceniza en el volcán de “falsas noticias” que brotan de los miedos y los odios en un mundo polarizado. Señalemos, de paso, la ardua tarea que le espera a la Comisión de la Verdad, que deberá entregar su informe final en julio de 2022, en medio de una apasionada y violenta guerra electoral.

Para los occidentales antiguos, griegos y escolásticos, e incluso para la gente común de hoy y de siempre, el asunto de la verdad es bastante simple. Cada “cosa” es lo que es ‒término en el que se incluye todo lo susceptible de ser conocido: objetos, desde luego, pero también acciones, hechos, sucesos, acontecimientos, situaciones, etc.‒, y para conocerla es indispensable adecuar nuestros juicios a su realidad. Así obtenemos la verdad.

En forma sofisticada, Platón distinguió entre unas Ideas eternas (esencias) de las cosas y sus pasajeras y cambiantes reflejos exteriores (sombras). Sobre las Ideas eternas es posible acceder a la verdad (dogma), mientras que sobre sus móviles atributos solo cabe formarse opiniones (doxa). Algo similar asumió Aristóteles y, con él, toda la tradición escolástica. 

Siglos más tarde, siguiendo el mismo rastro, en su famosa Crítica de la razón pura, Kant supone que nuestro entendimiento no capta las cosas como son en sí mismas, sino solo lo que nos aparece de ellas (sus fenómenos). Más bien, detrás de esas apariencias externas se ocultaría para siempre la enigmática cosa-en-sí, completamente incognoscible. 

Pero entre algunos de los textos tempranos de Hegel, más exactamente en La filosofía de Kant, Fichte y Jacobi (el cuarto escrito publicado en el Diario Crítico de la Filosofía, conjuntamente con el profesor Schelling, en lo que se denomina Escritos de Jena, 1801-1807, Editorial Suhrkamp) introdujo una muy sorprendente y novedosa manera ver el asunto de la verdad. Detrás de lo que percibimos (de los “fenómenos” de Kant o incluso de las “sombras” de Platón, objeto de la doxa) no se oculta ninguna misteriosa cosa-en-sí, ninguna esencia. 

El único y verdadero ser de cada cosa es el cambiante lugar y función que le vamos asignando los seres humanos en una sociedad bien constituida. Hasta el lenguaje sobre cada cosa va cambiando. Desde luego, para que este “punto de vista” sea válido no puede ser meramente individual, debe ser compartido por las mayorías que participan y se insertan en la dinámica cultural y legal de un pueblo o incluso en la cultura dominante de una época mundial. La “verdad” es, entonces, esa especie de acuerdo social mayoritario que va surgiendo y se va transformando al compás de un abierto y continuo debate público. Este clima de libre intercambio de opiniones y la disposición general de los asociados para llegar a acuerdos da origen a la única verdad posible. Sin comunicación y solidaridad social, no es posible alcanzar verdad alguna.

Así, cuando las gentes de un pueblo han perdido su matriz cultural común y cada uno se atrinchera en sus presuntas verdades, eso quiere decir que el vínculo estatal que debería aproximarlas y conjugarlas se ha disuelto y, con él, ha desaparecido también la “sociedad civil” o civilizada. No existe ya societas (asociación); más bien aquí y allá, sin orden alguno, se van agrupando y entremezclando amenazadoras hordas que se enfrentan con furia a sus opuestos o contradictores, hinchas de otro equipo, manifestantes, inconformes sociales o políticos, analistas críticos, militares y policías, funcionarios del disparatado aparato estatal, hoy convertido más bien en “bodega” de mentiras, abusos, corrupción y violencia ‒todos ellos enemigos a los que pretenden aniquilar‒. En su última, más pobre y decadente expresión, se multiplican las bandas armadas, los simples malandros, los extorsionistas, los ladrones y los asesinos. La anarquía y la arbitrariedad se toman entonces por asalto las ciudades y los campos. 

En esas condiciones, para Hegel solo un “genio moral” ‒un individuo que, en virtud de sus propias concepciones morales más o menos arbitrarias, sea capaz de arrancar de raíz y subvertir esa pavorosa realidad‒, podría sembrar las semillas de un nuevo mundo. Pero, según el filósofo, en esa extrema y riesgosa peripecia nada está garantizado, y casi siempre se recae en iguales o peores males. Sísifo viene entonces a la mente, empujando siempre una gran roca hasta la cima de la montaña, roca que ve despeñarse luego, una y otra vez, hasta la más profunda sima. Quizás el reajuste tenga que ser entonces global, forzado por factores no controlables por los humanos, como las repentinas e inesperadas pestes mundiales ‒de las que el Covid-19 es la más reciente, pero no la última‒, un cambio climático cada día más violento o el rápido agotamiento del medio natural. Y aun así, habrá que ver… Es comprensible que aquellos que tienen algún poder, sea económico, social o político, se aferren ansiosos a los bordes abismales de un mundo en extinción, incluso cerrando los ojos y pasando por alto la amenaza de su propia caída.

Pero no todo es lo que parece. En silencio podría estar aconteciendo exactamente lo contrario. Desde luego, el mal siempre es noticia: nos fascinan el horror y el escándalo que incrementan la sintonía en la TV (el famoso rating). Para confirmarlo, basta hoy con asomarse a cualquier enfermizo y nocivo noticiero nacional. Entretanto, se mantiene y multiplica silenciosamente el bien, a contracorriente de las tristes condiciones reinantes. Surgen entonces y se multiplican los reales héroes cotidianos ‒con especial frecuencia mujeres y familias pobres‒, que practican una humilde e incondicional solidaridad y una apertura incansable al necesitado. No faltan tampoco en esas refrescantes aguas mansas ciertos núcleos de clases medias o algunos escasos ricos que no han olvidado su pertenencia a la especie. Son todos ellos los que soportan el peso de la historia y sobre cuyos sus hombros sobrevivimos y marchamos los demás.

Luis Alberto Restrepo Moreno

Enero, 2022

5 Comentarios

Rodolfo de Roux 12 enero, 2022 - 10:10 am

Querido Luis Alberto,
Gracias por tus saludables reflexiones y por ese recorrido epistemológico hecho con tanta claridad.

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Vicente Alcala 12 enero, 2022 - 10:12 am

L.A. en la primera parte de tu articulo, me parecia estar leyendo «Racionalidad» de Steven Pinker….pero me gusto mas la ultima parte, donde entras a ver lo que superficialmente no se ve; la verdad de lo mas genuinamente humano. Esta verdad prevalece en el fondo, a pesar de las olas y mareas que parecen estremecer la barca de la humanidad. ¿O es que seremos platonicos?
Muchas gracias y un abrazo.

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Carlos Velasco 12 enero, 2022 - 11:02 am

Luis Alberto, Magnífico análisis, muy constructivo para entender la realidad actual. Muchas gracias

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Humberto Sánchez Asseff 12 enero, 2022 - 5:33 pm

Mis respetos, Luis Alberto. Una explicación filosófica, si se le puede llamar así, al caos que vivimos. Terminas con la esperanza de que saldremos adelante. Gracias por hacernos reflexionar profundamente sobre lo que observamos diariamente y se nos vuelve habitual.

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John+Arbeláez 13 enero, 2022 - 10:07 am

Luis Alberto, como siempre que nos envías tus reflexiones por este medio o por Facebook, excelente tu artículo.
Y siguiendo con el hilo de Pilatos, a la pregunta que éste le hizo a Jesus: ” Quid est veritas?” el anagrama de esta pregunta resulta sorprendente: “Est vir qui adest”

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