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Los locos de Dios por un loco sin Dios.

Por Jorge Luis Puerta
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Que un ateo confeso descubra que uno de los motores para la supervivencia milenaria de una institución como la iglesia católica sea la labor de sus misioneros y misioneras es, de por sí, toda una noticia.

Y que ese ateo sea un escritor universal del tamaño de Javier Cercas “infiltrado” en el Vaticano y compañero de viaje a Mongolia del papa Francisco, es ya un asunto para no perdérselo.

Esos “locos de Dios” que por amor a él se van al fin del mundo a dar un testimonio muchas veces silencioso de bondad, de fe, solidaridad y esperanza, es profundamente inspirador. Su compromiso radical con los más desfavorecidos y la entrega total al servicio de los demás, representa el rostro más auténtico del Evangelio, de una “Iglesia misionera y pobre”, como la quiso presentar el papa Francisco.

En las páginas de “El loco de Dios en el fin del mundo”, Cercas describe frecuentemente a los misioneros y misioneras como el “cristiano ideal”. Su vida está marcada por la entrega y la cercanía a los que más sufren, ya sea en grandes ciudades o en las periferias más remotas del mundo. En países como Mongolia, donde los católicos son una minoría apenas tolerada, los misioneros actúan no solo como evangelizadores, sino como agentes de transformación social.

A través de proyectos educativos, sanitarios y sociales, los misioneros buscan mejorar las condiciones de vida de los más vulnerables, promoviendo su dignidad y participación en la sociedad. Su acción no se limita a la caridad puntual, sino que apunta a una transformación integral, fiel al mensaje de Cristo.

Javier Cercas, durante su viaje a Mongolia con el Papa, recoge varios relatos, testimonios de vida de misioneros como el del padre Ernesto, “…un religioso que pertenece a la congregación misionera La Consolata y lleva veinte años viviendo en Mongolia”. “Figuras subversivas como la del padre Giovanni, misionero en China, y como dice el cardenal Marengo, el principal soldado de Bergoglio en Mongolia, el Evangelio no se predica: debe susurrarse”. Retratos que muestran cómo estos hombres y mujeres dedican su existencia a los demás, en contextos de pobreza, exclusión o violencia.

Todos estos religiosos y religiosas llevan adelante proyectos sociales en contextos difíciles, mostrando una solidaridad concreta y cotidiana. Cercas afirma que “los problemas de la Iglesia se solucionarían si todos los religiosos fueran misioneros”, resaltando la ejemplaridad de estas vidas entregadas.

La acción misionera está en plena sintonía con la enseñanza social católica, que sostiene que la solidaridad y la atención a los necesitados son fundamentales para la misión de la Iglesia. El papa Francisco insiste en que la Iglesia debe ser “una Iglesia en salida”, que no se encierra en sí misma, sino que sale al encuentro de quienes más lo necesitan.

El encuentro con los pobres es esencial para la justificación y coherencia de la Iglesia con el mensaje de Cristo, quien se identificó con los más humildes y marginados. Los misioneros, al vivir y trabajar entre los desfavorecidos, hacen visible esta opción preferencial por los pobres, recordando a toda la comunidad cristiana la centralidad del amor y la justicia en la vida cristiana.

Jorge Luis Puerta

Agosto, 2025

1 comentario
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1 comentario

Vicente Alcalá 20 agosto, 2025 - 6:36 am

Sí Jorge Luis, esa es la otra cara de la Iglesia que no se “muestra” tanto, pero que es la más auténtica y es más “numerosa” de lo que parece. Muy bueno tu artículo.

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