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Los límites del poder

Por Jesús Ferro Bayona
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Se atribuye al rey Luis XIV la célebre frase en francés “l’État, c’est moi”, tan original y vigorosa que su versión al español “el Estado soy yo” no conserva su fuerza como pasa con frecuencia en las traducciones.

Y aunque historiadores como Louis Madelin anotan que la expresión es apócrifa, la historia atestigua que con apenas 16 años el rey salió furibundo del recinto del Parlamento de París mandando a callar al presidente del organismo cuando este, invocando el interés del Estado, se negó a firmar un edicto financiero de los numerosos que el monarca ordenaba producir. Luis XIV exigía permanentes recursos económicos con el fin de hacer frente a los gastos colosales que él mismo prodigaba para el estilo de vida que llevaba con su corte en Versalles.

Eran los tiempos del despotismo de las monarquías que marcaría por varios siglos a los gobiernos europeos que no frenaban sus despilfarros en palacios, fiestas y guerras caprichosas, y que concentrando todos los poderes en ellos, nada los detenía, solo la muerte. En la historia ha quedado consagrada la palabra absolutismo que desde los comienzos de la Modernidad caracterizó una forma de gobierno que emulaba a los dioses cuya voluntad no tenía límites según la imaginación religiosa de cada pueblo. 

Todos los monarcas soñaban con ser emperadores de Europa, una dignidad más encumbrada; pero si no eran elegidos, se creaban a su alrededor como contrapeso un aura de inefable grandeza en sus reinos. Pero apareció quien les iba a dañar la fiesta: al poco tiempo de muerto el rey, Montesquieu escribió El espíritu de las leyes, una obra clarividente de filosofía del Estado, en la que planteó la distribución de funciones y la separación de poderes en tres ramas: ejecutiva, legislativa y judicial, motivo de amplio debate en el país la semana pasada. 

No había que esforzarse para entender que Montesquieu atacaba a los regímenes despóticos, proponiendo un modelo diferente de gobierno que enterrara a las monarquías absolutistas. Las democracias modernas han recogido su legado, imponiéndole cortapisas a la concentración de poderes en una sola persona y anteponiendo la ley a la voluntad personal del gobernante. No es una casualidad que Montesquieu haya titulado su obra más destacada con el nombre de espíritu, pues se trata de que la ley sea un mandato de obligatorio cumplimiento para todos, gobernantes y gobernados, pero sin vaciarla de contenido filosófico pues las leyes deben mejorar y dignificar la convivencia humana condenando las injusticias y refrenando el despotismo que en su tiempo era aplastante.

Jesus Ferro Bayona

Mayo, 2023

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