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Jesus Ferro Bayona

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La selva que describe magistralmente Rivera recobra actualidad porque queremos que ella en sus distintas metamorfosis, la del narcotráfico, la de los clanes violentos, la de la corrupción, no nos trague como un destino irreversible.

Se cumplen cien años de la publicación, en 1924, de La Vorágine, la novela de José Eustasio Rivera. Se la considera un clásico de la literatura colombiana. Tuve de profesor a un coterráneo de Rivera que parecía haber nacido para dedicarle su vida a comentar y divulgar la obra del escritor y poeta huilense. Nos leía a sus alumnos párrafos enteros de sus relatos y se sabía de memoria incontables sonetos suyos como el que dice sonoramente: “Soy un grávido río, y a la luz meridiana ruedo bajo los ámbitos reflejando el paisaje”. Soneto inspirado en el río Vaupés y en el Guainía. En otros más cuyos nombres desconocemos.

La interminable selva de esos territorios es el lugar donde la Casa Arana se adueña, con violencia, de todas las tierras sin límites como una república infernal donde la única ley son ellos. Aunque les llegó el momento en que se produjo una matazón “a tal punto “que hasta los asesinos se asesinaron”.

La Vorágine es una de las tres novelas donde se manifiestan contextos sociológicos de nuestra historia: María de Jorge Isaacs, en una hacienda de la caña de azúcar del Occidente; La Vorágine de los años de la producción afiebrada del caucho llanero y selvático, y Cien años de Soledad, un cuento de la tradición oral del Caribe, en donde las bananeras son un referente ineludible.

Pero hay que tener cautela para no caer en el reduccionismo histórico. La Vorágine es una novela en la que el amor, con trasfondo de la violencia cauchera, domina a su vez el escenario de las relaciones humanas. Comienza para probarlo con esta indudable frase : “Antes de que me hubiera apasionado por mujer alguna, jugué mi corazón al azar y me lo ganó la Violencia”. Frase que signa la tragedia del relato, cuando Arturo Cova completa las palabras de inicio: “Más que el enamorado, fui siempre el dominador”. Violencia, quién va a negarlo, que subsiste hasta nuestros días inoculada en los meandros del amor que son los meandros de la selva. Hoy no hemos podido erradicar esa dura realidad con la búsqueda incesante de la paz, de la convivencia, por siempre deseada, que se ha llegado a denominar la paz total.

No llega la paz, el acuerdo de todos los que de una vez por todas queremos una sociedad pacífica. La selva que describe magistralmente Rivera recobra actualidad porque queremos que ella en sus distintas metamorfosis, la del narcotráfico, la de los clanes violentos, la de la corrupción, no nos trague como un destino irreversible. El que al final de La Vorágine hace trizas el empeño de sus personajes que no encuentran salida porque “¡Los devoró la selva!”.

Jesús Ferro Bayona

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Como quien se anticipa al futuro por su sabiduría, von Humboldt se refería con admiración a la vegetación de los bosques secos y anotaba que “la mano del hombre no ha contribuido absolutamente en nada, todo es, hasta ahora, obra de la naturaleza”. Y sigue siendo hasta ahora cierto.

En sus notas de viaje por la Costa colombiana, y antes de subir al champán hacia Mompós, Alexander von Humboldt escribió que como el bosque en Turbaco está por todas partes tan cerca, en tiempos de lluvia se padece enormemente por los mosquitos y culebras. Sin embargo, von Humboldt tenía la mirada del sabio viajero que armonizaba la experiencia de los bosques plácidos de su tierra natal con las selvas ardientes de nuestra región. Por eso se maravillaba mirando las altas copas de los árboles y le parecía raro que en ningún lugar, excepto aquí, hubiera visto bosques tan espléndidos y ligeros que se tienden al cielo.

Ese contraste entre las selvas del río Magdalena, en cuyas riberas nací, y los bosques apacibles del Rin, en donde estudié, es lo que caracteriza a nuestros bosques secos tropicales en donde habitamos: los árboles, la vegetación, la fauna son exuberantes. Hacen sentir como propias las palabras de un pensador de Norteamérica, Henry David Thoreau que escribió: “Fui a los bosques porque quería vivir …a enfrentar solo los hechos esenciales de la vida”.

Como quien se anticipa al futuro por su sabiduría, von Humboldt se refería con admiración a la vegetación de los bosques secos y anotaba que “la mano del hombre no ha contribuido absolutamente en nada, todo es, hasta ahora, obra de la naturaleza”. Y sigue siendo hasta ahora cierto.

Para corroborar lo que el sabio alemán afirmaba, basta con mirar lo que acontece en la Isla de Salamanca, un ecosistema que alcanza a sobrevivir a pesar de las quemas periódicas que el humano le hace padecer, para mal de nuestros pulmones, en aras de obtener tierra para sembrar, se supone.

Eterna roturación de los montes en la que los romanos sobresalían por su técnica para instalar ejércitos y preparar la tierra conquistada para la agricultura. Nada ha cambiado. En la margen izquierda del río Magdalena, la Ciénaga de Mallorquín se deterioró tras la construcción de los tajamares que volvieron salobres y pobres las aguas para la pesca. Apenas anunciado el rescate de este olvidado ecosistema con el regreso de la vida silvestre, la fauna, la recuperación de manglares, la adecuación de senderos para recorrer su ribera, la opinión pública se ha enterado del ecocidio que se producirá con la construcción de una ciudadela de cemento y de pocas vías que traerán el caos, dando al traste con la iniciativa de “biodiversidad”. A pesar de denuncias de los ecologistas, de columnistas que aman la ciudad y de ciudadanos que soñaban quizás con Thoreau, “fui a los bosques porque quería vivir”, se hallará que todo fue una ilusión.

Jesús Ferro Bayona

Publicado en El Heraldo, Barranquilla

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En esta novela póstuma palpé con más placer aún la musicalidad que impregna el lenguaje del relato, el estilo y poesía únicos de García Márquez, hasta en sus últimos años, antes de perder la memoria.

Leí sin parar la novela póstuma de García Márquez que salió al público el pasado miércoles 6 de marzo. Repasando la lectura me di cuenta de que había subrayado y hecho anotaciones en todas las páginas en las que menciona a un compositor, una pieza de jazz, una salsa, un bolero.

Cuando llegó a la isla, que Ana Magdalena Bach, la protagonista, visita el 16 de agosto de cada año para poner un ramo de gladiolos en la tumba de su madre, escuchó en el piano del bar del hotel el Claro de luna de Debussy, en arreglo atrevido para bolero, y terminó la noche con el hombre que conoció horas antes de irse a acostar con él en su habitación.

Ana Magdalena, está casada con un músico que es director del Conservatorio Provincial, madre de Micaela, novia de un virtuoso del jazz y tiene un hijo primer chelo de la Orquesta Sinfónica Nacional, habiendo ella misma intentado sin suerte ser trompetista. Con el nombre de Ana Magdalena Bach en la boca, -saboreado en la mente desde mis años de colegio cuando lo encontré en una biografía del músico alemán- cómo no evocar la familia del compositor Johann Sebastian Bach cuya segunda esposa Anna Magdalena era una joven soprano que le dio cinco hijos, sobrevivientes, que se añadieron a los cuatro que había tenido con la primera esposa de la que enviudó. El paralelismo entre las dos familias de músicos, la alemana y la caribeña, es inevitable.

Rebosante de música, En agosto nos vemos se mencionan, sin forzar la escritura, nombres de compositores de música clásica como Grieg, Mozart, Schubert, Dvorâk. En algún lugar de sus entrevistas, García Márquez dijo una vez que aprendió a escribir con un fondo musical acorde con lo que escribía.

La novela revela esas devociones otras veces confesadas por él. Al marido de Ana Magdalena le hace decir que la obra más inspirada de Brahms es su “concierto para violín”, lo que seguramente es otra referencia al “sexteto para tardes felices”, -qué título más hermoso y seductor- del mismo compositor. No es solo la música clásica. Ana Magdalena baila con sus amantes, diferentes y fugaces que encuentra en la isla, adonde lleva el ramo de gladiolos a la tumba de su madre, boleros de Agustín Lara y salsas de Celia Cruz, sin que falten valses bailados al modo antiguo, ni piezas de jazz.

Pero no son menciones de nombres de compositores ni de boleros lo que pretendo destacar. En esta novela póstuma palpé, con más placer aún, la musicalidad que impregna el lenguaje del relato, el estilo y poesía únicos de García Márquez, hasta en sus últimos años antes de perder la memoria.

Jesús Ferro Bayona

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Santa Teresa de Jesús, Margarita Hickey, Safo, Meira del Mar, Gabriela Mistral, nos han dejados huellas místicas, imborrables, del amor.

Celebrado internacionalmente, el ocho de marzo le pertenece a la mujer. Y se ha vuelto todo marzo el mes suyo. Con razón, deberían ser los 365 días del año: mujeres son la madre, la esposa, la novia, la amiga, la hija, la amante y también la femme fatale, como la definió en el diccionario el escritor George Bernard Shaw, un día de 1912.

Mucho antes de eso, la poeta española Margarita Hickey dijo con acritud en una Décima del siglo XVIII: “Huye del lazo humano / que el amante más rendido / es, transformado en marido / un insufrible tirano”. Se anticipó dos siglos a las poetas feministas del siglo XX, si es que antes de Margarita no se considera feminista a Safo de Lesbos, la más venerada de las poetas de la antigua Grecia que rogaba a Afrodita que la llevara al amor porque el amor no la encontraba a ella.

Aunque no pareciera una poeta del amor profano que poetiza con ímpetu amoroso, el que brota de las entrañas y el corazón enamorado, Teresa de Jesús, catalogada como mística, santa pero antes mujer, exclamaba en versos inconfundibles en español: “vivo ya fuera de mí / después que muero de amor”.

La pasión se revela en poemas destinados enteramente al esposo místico que es Dios. Es que Teresa no tiene más alternativa que comunicarse en lenguaje de humanidad: “esta divina prisión / del amor en que yo vivo”.

En un poema de nuestro tiempo, aquí mismo entre nosotros sus contemporáneos, Meira Delmar le imprimía al amor y al sufrimiento, sublimados por Teresa de Ávila, un halo de misterio, encarnado discretamente en cuerpo de mujer: “Más allá de la espina y de la rosa, / Más allá -¡mucho más!- de la emoción…/ Lejos ya del silencio y lo que rompe / la forma del silencio… Allí el amor”. Recuerda a la uruguaya Juana de Ibarbourou cuando intenta describir el arrebato femenino : “El amor es fragante como un ramo de rosas /…¡Toda mi joven carne se impregna de esa esencia! /.

Por su parte, Gabriela Mistral, desde Chile, a quien Meira Delmar admiraba, les dará realidad abrasadora a sus versos como si fuera un bolero : Yo te enseñé a besar: los besos fríos / son de impasible corazón de roca, / yo te enseñar a besar con besos míos / inventados por mí, para tu boca. Las mujeres poetas saben declarar el amor en la palabra. Efusión del sentimiento.

Pero el amor sufre quebrantos, traición, olvido: mujeres poetas como Meira se duelen que el amor de una mujer llegue a ser el amor ignorado que ella delata: Tú ves mi rostro nada más. / Mi rostro, que todo calla./ Ay, si pudieras mirarme el alma.

Reclamo que la moderna poesía feminista se agranda con sabor a resistencia.

Jesús Ferro Bayona

Publicado en El Heraldo, Barranquilla

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Los gobiernos nacionales no han asumido con rigor y firmeza la defensa de unos de los proyectos arqueológicos subacuáticos más importantes de nuestra historia cultural.

En inmediaciones de las Islas del Rosario, una emboscada inglesa hundió el galeón español San José, en junio de 1708. Naufragaron 600 personas, entre tripulantes y pasajeros, que tuvieron el infortunio de que el galeón llevara una carga de joyas, oro, plata, piedras preciosas, cañones de guerra, cerámicas y quién sabe qué más objetos cuantiosos que traía de la feria de Portobelo, en la actual Panamá.

Algunas publicaciones dicen que el cargamento se valora en más de diez mil millones de dólares. La empresa cazatesoros Sea Search Armada, que reclama desde 1982 el descubrimiento del galeón sumergido, alegó en febrero pasado que el monto que ellos pretenden obtener es del 50% por ciento.

Si no fuera por declaraciones recientes del Ministerio de Cultura que dicen que el galeón San José no es un tesoro, sino un patrimonio histórico y cultural de la Nación, uno diría que los gobiernos del país no han asumido con rigor y firmeza la defensa de unos de los proyectos arqueológicos subacuáticos más importantes de nuestra historia cultural, incluida la dación de una ley de 2013 que abrió la puerta a la posible comercialización de ese patrimonio inalienable de los colombianos.

Por fortuna, investigadores de la Armada Nacional están a cargo. Se pronunciaron los académicos especialistas en arqueología subacuática entre quienes destaca el profesor y experto Juan Guillermo Martin, PhD en Patrimonio Histórico y Cultural y con prestigio internacional. El diario español ABC publicó hace poco un ensayo riguroso y preciso sobre las complejidades jurídicas y técnicas del asunto del Galeón San José, pese a que España tiene una posición diferente a la colombiana, dado que el barco fue hundido por los ingleses en la época de la Colonia, pero no ha hecho una reclamación formal a las autoridades colombianas.

Tengo mucho aprecio por la trayectoria de Juan Guillermo Martin. Ingresó en 2011 a la Universidad del Norte y le encomendé como rector, la misión de desarrollar un museo arqueológico desde la dirección del grupo investigativo que había iniciado décadas atrás el profesor Carlos Angulo Valdés.

El resultado ha sido la creación y apertura de Mapuka -Museo Arqueológico de los Pueblos del Caribe- que muestra e ilustra nuestra historia con materiales extraídos de las excavaciones que por años han recolectado investigadores de la universidad. Tratándose de un bien cultural de nuestra historia como el Galeón San José, el profesor Martin y su grupo son autoridad para escuchar y alentar la defensa transparente de nuestro patrimonio histórico y cultural.

Jesús Ferro Bayona

Marzo, 2024

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El anuncio de la construcción de nuevas sedes universitarias en las regiones del país (El Tiempo, 17 de febrero) como parte de la política “Universidad en su territorio” del gobierno, es el origen del texto presentado aquí.

En los últimos 40 años no ha habido gobierno en Colombia que no le haya apostado al aumento de matriculados en las universidades públicas. En otras palabras, apostarle a la cantidad, en especial con estudiantes de menores recursos económicos. Pero detrás de ese loable propósito social se disimulan objetivos políticos para mostrar resultados con cientos de miles de más estudiantes registrados en las estadísticas, prueba de que los gobiernos sí funcionan.

Hasta en informes internacionales sobre competitividad educativa de los países, los porcentajes de matriculados en universidades parecen más importantes que los de profesores con postgrado, sus publicaciones investigativas, laboratorios, libros y computadores.

El anuncio de la construcción de nuevas sedes universitarias en las regiones del país (El Tiempo, 17 de febrero) como parte de la política “Universidad en su territorio”, que arrancaría con un presupuesto de inversión de 95 mil millones hasta los 5 billones de pesos en el período 2023-2026, busca avanzar en “materia de cobertura”, aunque “esté lejos aún de cumplirse la meta”, cito, que es la construcción y dotación de más de 100 sedes educativas.

Se ratifica que seguirá la tradicional dirección cuantitativa de gobiernos anteriores a la que me referí al comienzo: construir edificios para más estudiantes. Se trataría de aumentar los índices de cobertura, dándose por descontado que el aumento de estudiantes es una “oferta académica de alta calidad que abarcará lo técnico, tecnológico y profesional”(sic).

Es de lamentar que así como se dan cifras multimillonarias de inversión para las distintas sedes regionales que se mencionan -incluida “una nueva Universidad del Caribe”- no se dice prácticamente nada sobre las inversiones que se harían en número de profesores (y si serán con postgrados), de bibliotecas con libros y revistas, de laboratorios de prácticas y de equipos de computación, por poner un ejemplo, para los cuales parece que no hay aún partidas en el mencionado presupuesto de inversión.

Se le abona al Ministerio de Educación la mejor intención en el propósito de aumentar la cobertura de estudiantes en universidades mediante la construcción de más sedes. Pero seguimos confundiendo escolaridad con educación, es decir, más estudiantes con más edificios sin evidencia de más educación con calidad.

Falta, pues, información pública sobre el presupuesto que demuestre que hay partidas multimillonarias para el mejoramiento cualitativo de la educación universitaria, lo que es más importante y crucial que el número de aulas construidas.

Jesús Ferro Bayona

Publicado en El Heraldo, Barranquilla

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Barranquilla ha empezado a marcar puntos en la lista de ciudades colombianas con número ascendente de visitantes, un dato que sin duda está asociado al carnaval, pero que puede convertirse en una ventaja turística en el curso del año.

Terminadas las fiestas del carnaval queda la sensación de vacío, debido quizás a los excesos, que el cristianismo ha interpretado por siglos como arrepentimiento de los pecados cometidos. El Miércoles de Ceniza compensa el vacío espiritual con los rituales de la imposición del “polvo en que te vas a convertir”, con los que se inicia la Cuaresma, del latín Quadragesima, es decir los cuarenta días que preceden al Jueves y Viernes Santo de la Semana Mayor, cuando finaliza el ciclo religioso del desierto de la purificación y de la penitencia antes de celebrar la resurrección de Jesucristo. Acá en el trópico no tenemos las cuatro estaciones del norte transmutadas en las notas musicales de Vivaldi que impregnan el carnaval de Venecia.

Pero sí tenemos a cambio la música salsera con las palabras sonoras “la vida es un carnaval” que Celia Cruz canta con su potente voz. Una invitación festiva a pasar el resto del año con sentimiento de plenitud, compensando el vacío dejado por el carnaval entre las dos estaciones de la sequía y de las lluvias, nuestros verano e inviernos tropicales, porque “la vida es una hermosura”. Esa plenitud que Esthercita Forero transmitió cantándole a mi vieja Barranquilla, a sus caños saludando al Magdalena, mantiene vivas las imágenes y recuerdos de “las cumbias de mi pueblo currambero”. Imágenes que perduran durante el año que queda hasta la próxima cita de los carnavales. Son palabras inspiradoras que se ajustan con acierto al atractivo que ya ejerce la ciudad en tiempos en los que aumentan los viajeros por el mundo.

Barranquilla ha empezado a marcar puntos en la lista de ciudades colombianas con número ascendente de visitantes, un dato que sin duda está asociado al carnaval, pero que puede convertirse en una ventaja turística en el curso del año. Cuando uno visita ciudades brasileras como Río de Janeiro se encuentra con que a la belleza de su bahía y vegetación exuberante se suman los espectáculos nocturnos de las escuelas de samba que se presentan en hoteles y cabarets donde disfruté una vez la muestra en pequeña escala de sus carnavales gigantes.

En New Orleans se descubre que todos los días son el Mardi Gras que continúa vivo en las calles como Bourbon Street. En Barranquilla podrían prolongarse en espectáculos durante el año ya que la música y las comparsas son un atractivo turístico ahora cuando tenemos el Malecón y el Ecoparque de la Ciénaga de Mallorquín para no ir más lejos. En todo caso, “la vida es un carnaval” de Celia Cruz, también es un estado del alma: “ay, no hay que llorar…es más bello vivir cantando”.

Jesús Ferro Bayona

Publicado en El Heraldo de Barranquilla.

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En las fiestas de aquí -el carnaval de Barranquilla- confluyen innumerables bailes, comparsas, rituales, disfraces, y esa música exclusiva de la tambora y la flauta de millo que baja por el río.

Si uno no podía participar como actor, los desfiles de carrozas y comparsas del carnaval se disfrutaban mucho desde el bordillo siguiendo la antigua tradición. Esa era mi felicidad en la infancia cuando me llevaban a verlos en la carrera 44. Pero como cada uno lo vive a su manera, y quien lo vive es quien lo goza, no se puede dictar cátedra sobre cuál es la mejor forma de vivirlo.

Lo que sí es indiscutible, y la Unesco lo ratificó cuando declaró que los carnavales de Barranquilla son patrimonio cultural e inmaterial de la humanidad, es que el río Magdalena y sus pueblos ribereños tienen una influencia categórica en el carnaval barranquillero.

En las fiestas de aquí confluyen innumerables bailes, comparsas, rituales, disfraces, y esa música exclusiva de la tambora y la flauta de millo que baja por el río.

Cuando en un escenario más reciente en años, como es el de la Vía 40, empiezan a desfilar los grupos folclóricos como la Danza de los Goleros, con sus ojos saltones, o de los Coyongos, las aves zancudas, detrás del tumulto de carrozas y comparsas que salen en la Batalla de Flores, siento que estoy viviendo la auténtica tradición de nuestro carnaval que es bien distinta a la de Río de Janeiro o de cualquier otra parte.

En el carnaval de Barranquilla se da un despliegue de fauna y flora en los disfraces que hace recordar lo más conmovedor y pegajoso de composiciones como se va el caimán, se va el caimán, se va para Barranquilla, nada menos. Lo cantan los colombianos inmigrantes en Madrid o en Nueva York. Es inconfundible como la piragua, la piragua, que repite todo el mundo.

De la depresión momposina brotan las danzas que desde años atrás son la vida de fiestas como las del 11 de noviembre de Magangué con su Gigantona que asusta a todos pero

también divierte. Ni hablar de los carnavales de Tamalameque (donde “sale una llorona loca”) que desde épocas inmemoriales con danzas como el Torito y la de Negros hacen bajar por el río a multitudes apretadas en lanchas que casi se estrellan entre sí para desembarcar primeros en el pueblo.

Por el Magdalena bajó la cumbia que es el corazón del carnaval, es su distintivo, madre de todos los ritmos que mueven a las comparsas y las ponen a vibrar. En todo caso, el río es el gran contador de historias, como dice Wade Davis, y por eso hay que prestarle atención a las danzas que llegan de distintos municipios ribereños a mostrarse en el carnaval de Barranquilla. La mayoría de los danzantes han estado preparándose durante meses para venir al escenario barranquillero a ganarse aplausos. Se los merecen.

Jesús Ferro Bayona

Publicado en El Heraldo, Barranquilla.

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En las fiestas de aquí -el carnaval de Barranquilla- confluyen innumerables bailes, comparsas, rituales, disfraces, y esa música exclusiva de la tambora y la flauta de millo que baja por el río.

Si uno no podía participar como actor, los desfiles de carrozas y comparsas del carnaval se disfrutaban mucho desde el bordillo siguiendo la antigua tradición. Esa era mi felicidad en la infancia cuando me llevaban a verlos en la carrera 44. Pero como cada uno lo vive a su manera, y quien lo vive es quien lo goza, no se puede dictar cátedra sobre cuál es la mejor forma de vivirlo.

Lo que sí es indiscutible, y la Unesco lo ratificó cuando declaró que los carnavales de Barranquilla son patrimonio cultural e inmaterial de la humanidad, es que el río Magdalena y sus pueblos ribereños tienen una influencia categórica en el carnaval barranquillero.

En las fiestas de aquí confluyen innumerables bailes, comparsas, rituales, disfraces, y esa música exclusiva de la tambora y la flauta de millo que baja por el río.

Cuando en un escenario más reciente en años, como es el de la Vía 40, empiezan a desfilar los grupos folclóricos como la Danza de los Goleros, con sus ojos saltones, o de los Coyongos, las aves zancudas, detrás del tumulto de carrozas y comparsas que salen en la Batalla de Flores, siento que estoy viviendo la auténtica tradición de nuestro carnaval que es bien distinta a la de Río de Janeiro o de cualquier otra parte.

En el carnaval de Barranquilla se da un despliegue de fauna y flora en los disfraces que hace recordar lo más conmovedor y pegajoso de composiciones como se va el caimán, se va el caimán, se va para Barranquilla, nada menos. Lo cantan los colombianos inmigrantes en Madrid o en Nueva York. Es inconfundible como la piragua, la piragua, que repite todo el mundo.

De la depresión momposina brotan las danzas que desde años atrás son la vida de fiestas como las del 11 de noviembre de Magangué con su Gigantona que asusta a todos pero

también divierte. Ni hablar de los carnavales de Tamalameque (donde “sale una llorona loca”) que desde épocas inmemoriales con danzas como el Torito y la de Negros hacen bajar por el río a multitudes apretadas en lanchas que casi se estrellan entre sí para desembarcar primeros en el pueblo.

Por el Magdalena bajó la cumbia que es el corazón del carnaval, es su distintivo, madre de todos los ritmos que mueven a las comparsas y las ponen a vibrar. En todo caso, el río es el gran contador de historias, como dice Wade Davis, y por eso hay que prestarle atención a las danzas que llegan de distintos municipios ribereños a mostrarse en el carnaval de Barranquilla. La mayoría de los danzantes han estado preparándose durante meses para venir al escenario barranquillero a ganarse aplausos. Se los merecen.

Jesús Ferro Bayona

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No hay por qué exagerar los riesgos que implica el empleo de las máquinas como son los computadores, ni tampoco la inteligencia artificial. Aunque sí preocupa la búsqueda del lucro y del ahorro en recursos humanos. En muchos países han surgido más inquietudes sobre la deshumanización de la enseñanza-aprendizaje.

La relación entre profesor y alumno, característica de la enseñanza-aprendizaje, sigue vigente tras incontables siglos de experiencia. Dicen que Confucio transmitía con pedagogía muy cordial sus enseñanzas que tenían además como finalidad no solo comunicar contenidos, sino también enseñar cómo vivir de manera íntegra la vida. Acerca de Platón y su Academia sabemos mucho más en Occidente porque pertenecemos a una cultura que, a pesar de los siglos recorridos, es patrimonio común de Grecia y Roma antiguas y de las modernas civilizaciones europeas y americanas.

¿Sobrevivirá esa tradición civilizadora de la relación entre profesor y alumno? Hay signos contemporáneos que parecen anunciar su desaparición en los años por venir. No hay por qué exagerar los riesgos que implica el empleo de las máquinas como son los computadores ni tampoco la inteligencia artificial. Aunque sí preocupa la búsqueda del lucro y del ahorro en recursos humanos. En muchos países han surgido más inquietudes sobre la deshumanización de la enseñanza-aprendizaje.

Suecia tomó medidas para estimular con mayor presupuesto nacional la educación en las aulas de clase basada en la lectura de textos impresos y la interrelación de alumnos y profesores con el fin de no seguir incentivando con dineros públicos el uso excesivo de las tabletas digitales y la inteligencia artificial. La UNESCO publicó el año pasado una guía de políticas públicas en el uso de dicha inteligencia. Se busca que la comercialización de los productos digitales no arrastre consigo a la educación, humanística y técnica, sino más bien que mantenga su norte con sentido ético y a su vez se prevengan las desigualdades, ya que por costos económicos no se llega a una gran mayoría de la población rural y de bajos ingresos.

La pandemia obligó a acudir a la educación virtual, que es realmente educación a distancia, mediante la utilización de tecnologías que salvaron a millones de estudiantes de quedar confinados en la incomunicación, que es lo más opuesto que puede darse a la interrelación profesor- alumno.

La cercanía, la presencialidad, son intrínsecas a la formación integral, sobre todo en la de los niños y adolescentes. La tecnología es un complemento, necesario por cierto, de esa formación que por siglos ha seguido la tradición de convivencia que desde Confucio y Platón, -desde mucho antes- ha distinguido a la academia. Sin los Diálogos de Platón no sabríamos que Sócrates continúa siendo uno de los mayores pedagogos de la educación basada en virtudes ciudadanas y valores éticos, sin los cuales no habría futuro humano.

Jesús Ferro Bayona

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La difícil coyuntura económica les está poniendo retos enormes tanto a las universidades públicas como a las privadas.

El número de estudiantes matriculados en educación superior empezó a bajar desde 2017. Con la pandemia se acentuó la tendencia. Según datos del Ministerio de Educación, una vez pasada la pandemia se ha registrado un aumento leve de estudiantes matriculados. Son más los que pueden hacerlo en entidades públicas que en las privadas. Las públicas cuentan con financiación del Estado, pero no tienen la capacidad instalada para recibir a todos los que quieren entrar. Por su lado, las universidades privadas se financian con matrículas, en muchos casos elevadas. La mayoría de los jóvenes colombianos pertenecen a estratos de bajos ingresos económicos por lo que no tienen los recursos suficientes para pagar matrículas.

Hay pues un conjunto de razones de orden económico que explican el decrecimiento del número de estudiantes en las universidades privadas de calidad, lo que repercute en gran parte en los problemas financieros que afrontan varias universidades del país que, según informes de prensa, han tenido que hacer recortes en la planta de profesores y de funcionarios con el fin de resolver los menores ingresos económicos con los que cuentan para funcionar.

No obstante, universidades como los Andes han buscado ingresos extraordinarios mediante la consecución de recursos distintos a las matrículas. En una publicación de página entera en un medio nacional, los Andes anunció que había recaudado entre amigos de grandes, medianas empresas y particulares, más de 9 mil millones de pesos para becas, auxilios o ayudas a los aspirantes a estudiar en su claustro. Es una cantidad de dinero apreciable para estos tiempos de bajo crecimiento económico.

En estudios publicados en 2023 por el ICFES, en una encuesta de la Javeriana y USAID entre 4.500 jóvenes, éstos manifiestan esperanzas en un futuro mejor a través de la formación universitaria, pero se encuentran con una realidad que no les ofrece oportunidades para realizar sus proyectos de vida. Una de ellas es el difícil acceso al estudio de profesiones debido a la insuficiente oferta de cupos en universidades públicas o a los costos de las matrículas en las privadas.

Más del 20% de los encuestados señala también la falta de ofertas de empleo en las áreas en las que se formaron. En esta difícil coyuntura económica pienso que las universidades tendrán que ser recursivas para ofrecer oportunidades de estudio mediante financiación y becas a los jóvenes de menores ingresos económicos, que son mayoría, manteniendo la calidad de su oferta educativa.

Es un reto difícil pero no imposible.

Jesús Ferro Bayona

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El gobernador del Atlántico, Eduardo Verano, ha planteado la discusión de si las becas deben ser para la gente que tenga mayores puntajes en las pruebas académicas o más bien para las personas que tengan mayores necesidades en términos de pobreza. 

En los programas de becas universitarias se ha pensado usualmente más en los méritos basados en los puntajes de las pruebas del ICFES, como las llaman, y menos en sopesar puntajes mínimos necesarios con la escasez probada de recursos económicos. Hago la salvedad de que hay bastantes estudiantes en condiciones de pobreza con muy altos puntajes.

En todas las capas sociales, desde los más pobres hasta los más pudientes, los individuos cuentan con capacidades innatas básicas que los hacen iguales para afrontar su desarrollo humano. La filósofa Martha Nussbaum afirma que los seres humanos vienen al mundo con el equipamiento suficiente para ser y hacerse.

Al comienzo del año escolar los educadores tenemos que pensar en la lucha que implica educarse, que en el fondo es una lucha con dedicación y constancia por el saber y los conocimientos que transforman : hay que luchar día a día durante el transcurso del año, hasta completar el ciclo anual antes de subir a un nivel más alto. 

Los atletas de la educación no congregan público ni realizan espectáculos mediáticos, pero mantienen viva la llama de la superación individual, del combate consigo mismos, que es la contienda más decisiva de los seres humanos para mantener su dignidad humana desarrollando sus capacidades innatas, su equipamiento básico. 

Pero no es suficiente que pobres y ricos cuenten con iguales capacidades básicas para su desarrollo. Las condiciones sociales y económicas en las que los seres nacen y crecen determinan, no de forma absoluta, pero sí en gran medida, los resultados del esfuerzo por superarse mediante la educación. 

Por esa razón pienso que es pertinente, en un contexto de pobreza y desmejoramiento económico como el de nuestro medio, que Estado y empresas ofrezcan más oportunidades de acceso a la educación con programas de más becas para los jóvenes con menores recursos. 

El gobernador Verano ha planteado la discusión de si las becas deben ser para la gente que tenga mayores puntajes en las pruebas académicas o más bien para las personas que tengan mayores necesidades en términos de pobreza. 

Hago la salvedad de que hay bastantes estudiantes en condiciones de pobreza con muy altos puntajes. Son hijos de motociclistas, de empleadas domésticas, de vendedores informales. 

Encontré muchos de estos casos cuando fui rector de una universidad. A pesar de que una gran mayoría pobre no puede alcanzar tan altos resultados académicos, las ganas de educarse y su potencial humano convierten a muchos en candidatos meritorios de las becas. La voluntad de transformarse a través del estudio patentiza capacidades intelectuales que muchos no han tenido la ocasión de demostrar. Falta darles la mano. 

Jesús Ferro Bayona

Publicado en El Heraldo, Barranquilla.

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El destino latinoamericano sigue siendo la integración continental, política y cultural, pero también lo es su integración a la democracia occidental, a sus valores, a su desarrollo.

Más allá de los delirios ideológicos, el destino latinoamericano del siglo XXI será más sólido con más cultura y democracia.

Los latinoamericanos nos hemos encontrado más en la cultura que en la política, concluí al terminar la lectura de la última novela de Vargas Llosa Le dedico mi silencio. Desde hace más de dos siglos, desde siempre, si nos miramos desde el acto fundacional de la independencia, la integración ha sido más un proyecto que una realidad. Simón Bolívar lo recordó con amargura al momento de morir. Pensó que había arado en el mar buscando que la Gran Colombia fuera un referente de unidad política, su gran edificación contra la corriente de las divisiones internas.

Fue la cultura la que mantuvo ese sueño que Carlos Granés en su libro Delirio americano, una amplia historia cultural y política de América Latina, atinó al llamarla “un continente en busca de sí mismo”.

El surgimiento del boom literario con García Márquez, Vargas Llosa, Cortázar & cía. -en los años 60 del siglo pasado- encendió la llama de una segunda esperanza de integración iniciada en la encrucijada de los siglos XIX y XX con Martí, Rubén Darío, y por qué no, Vargas Vila.

La vieja guardia recordará -con discrepancias ideológicas sin resolver- que la revolución cubana, contemporánea del resurgimiento literario, avivó las ilusiones de integración latinoamericana. Solo que la politización de la cultura no ha sido la mejor compañera de la libertad que necesita la creación artística. Con la revolución cubana se venía abriendo paso la dictadura y con esta no hay lugar para la esperanza como se puede comprobar en la Nicaragua de Ortega con sus escritores expulsados o autoexiliados.

No obstante, la cultura, y mucho más la popular, resiste y el pueblo sabe esperar nuevas oportunidades. La música es un buen ejemplo de esa resistencia y con ella el arte, y lo sigue siendo la literatura en nuestros países. Da lástima que la política haya entorpecido tanto el proyecto integracionista latinoamericano y no porque la política sea en esencia perniciosa. Al contrario, es necesaria como lo habían pensado los griegos con la invención de la democracia. Carlos Granés lo señala al titular uno de los capítulos del libro que cito: Los delirios de la soberbia: revoluciones, dictaduras. Son los egos de los dirigentes que se han creído salvadores los que han entorpecido nuestras democracias.

El destino latinoamericano sigue siendo la integración continental, política y cultural, pero también lo es su integración a la democracia occidental, a sus valores, a su desarrollo. Más allá de los delirios ideológicos, el destino latinoamericano del siglo XXI será más sólido con más cultura y democracia.

Jesús Ferro Bayona

Publicado en El Heraldo, Barranquilla

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Acierta Vargas Llosa cuando se fija en el sentimiento popular expresado en la música como un lazo identitario de los países de América Latina.

Mario Vargas Llosa se despidió de sus lectores de novelas, que somos incontables, con la última que ha titulado “Le dedico mi silencio”. Me pareció un título curioso. Estuve intrigado hasta que leí, avanzada la narración, que era una dedicatoria hecha por uno de los personajes a una célebre cantante peruana, revelando así, que estaba enamorado de ella. Quién sabe si el autor de la novela también.

Cuando supe que Vargas Llosa escribía una novela en torno al vals peruano, yo estaba dando un curso sobre algunos tópicos de la historia del país incaico. No había encontrado antes un relato tan completo y afortunado de ese fenómeno cultural peruano que impregna las canciones de Chabuca Granda entre las cuales La flor de la canela es una de mis favoritas. En la voz de José Luis Rodríguez, “El Puma”, tiene un sello único.

Vargas Llosa sabe bien de qué escribe cuando eligió el tema de su última novela. Pienso que no es la mejor desde que formó parte del boom literario latinoamericano con La ciudad y los perros, pero es una cuestión de gustos. Cuando vi por primera vez el video de Caetano Veloso donde interpreta el vals peruano Fina estampa, cantando los versos de fina estampa, caballero de fina estampa, moviéndose como si estuviera montando a caballo, me di cuenta que la canción encerraba una historia personal.

Chabuca contó en una entrevista que le compuso la canción a su padre. Con razón “la veredita sonríe cuando tu piel la acaricia”. Bello recuerdo filial. En el relato, Vargas Llosa trae a cuento la letra del vals El guardián, que poco se conoce acá, pero vale le pena citarlo porque la letra es del compositor colombiano Julio Flórez muerto en Usiacurí, aquí al lado, pero que en Perú es muy popular: “Yo te pido, guardián, que cuando muera/borres los rastros de mi humilde fosa…”

Acierta Vargas Llosa cuando se fija en el sentimiento popular expresado en la música como un lazo identitario de los países de América Latina. Valoramos más la integración política y económica, que no hemos logrado, por encima de la cultural, -como pudiera ser, por ejemplo, el sentimiento popular latino- que ha acercado más a la gente rompiendo las fronteras.

Cómo no sentir esa conexión latinoamericana en el vals Ódiame de Federico Barreto que no es propiedad del folclore peruano porque en Colombia se oye por todas partes: Ódiame por piedad, yo te lo pido/ ódiame sin medida ni clemencia… El que canta con ese despecho sabe “que tan solo se odia lo querido”.

“Le dedico mi silencio”, cuya trama no conté, es la despedida del novelista Vargas Llosa, honrando a su cultura popular peruana.

Jesús Ferro Bayona

Publicado en El Heraldo, Barranquilla

(*) Título corregido con autorización del autor.

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Según las encuestas, los libros más vendidos este año en Colombia han sido los de autoayuda. También los llaman libros de superación personal. El Diccionario de la lengua española define la autoayuda como el método que uno puede prestarse a sí mismo para mejorar algún aspecto de su conducta o de su personalidad. 

No es de extrañar que uno de los libros más vendidos en Colombia, que encaja casi a la perfección con la definición, sea el de James Clear titulado Los 7 hábitos de la gente altamente efectiva.

Confieso que no lo he leído. Presiento, por alguna razón que no sé cómo calificar, que no va a llenar mis expectativas. Quizás una frase de Byung-Chul Han que encontré en Vida contemplativa lo explique mejor que yo: “Es posible que el ser humano se deshaga en el futuro tanto del dormir como del soñar porque ya no le parecerán eficientes”. 

Precisamente ese librito del pensador coreano que vive en Alemania, donde afirma críticamente que solo percibimos la vida en términos de rendimiento, -dormir y soñar desaparecerán si seguimos como vamos- se volvió uno de mis preferidos. 

En otro libro que el coreano tituló Loa a la tierra, cuenta que tomó un día la resolución de practicar a diario la jardinería porque sentía la necesidad de estar cerca de la tierra. El trabajo de cuidar del jardín en su casa se le volvió meditación cotidiana, incluso devoción piadosa, una especie de juego. 

Pero resulta que la obsesión de hoy por el rendimiento destruye el juego. Jugar a cuidar el jardín de la tierra suena a actividad inútil. Pensar así llevaría a estar donde estamos, destruyendo la tierra para explotarla. Violencia humana contra la tierra que es la forma más antigua y moderna de acabar con la naturaleza, de destruirla para producir bienes magteriales sin límites bienes materiales. 

Los libros que llamo de autoayuda no tienen fines comerciales. El hombre en busca de sentido de Víktor Frankl, que sufrió la experiencia de un campo de concentración, muestra la capacidad que tiene el ser humano de superar traumas tan terribles, y de encontrar un sentido a la vida que es al final lo que se busca con los libros de autoayuda.

En busca de consuelo, libro reciente del ensayista y expolítico canadiense Michael Ignatieff comenta libros de la consolación en tiempos oscuros como los Ensayos de Montaigne o los poemas de la rusa Anna Ajmátova que tienen, a mi juicio, la profundidad que no se halla en muchas de las publicaciones de autoayuda más vendidas. El crecimiento de uno mismo no consiste tanto en fórmulas hechas. Es más asunto de reflexión con la que uno se ayuda en las lecturas de superación personal.

¡Feliz Año Nuevo!

Jesús Ferro Bayona

Publicado en El Heraldo de Barranquilla

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