La Navidad perdida – El Evento rescatado

Por: Reynaldo Pareja
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La experiencia de lo que es la Navidad para mí ha evolucionado en mi recorrido vital, como también lo ha sido la vivencia de aquellos que han compartido su significado en este blog. 

De aquellos lejanos años de la infancia, cuando esperábamos ansiosos el amanecer del día 25 para ir corriendo al pesebre (más tarde al árbol de Navidad) a buscar afanosamente los regalos pedidos al niño Dios, tuvimos que pasar al momento del descubrimiento –por iniciativa propia o develado por los hermanos mayores o los padres– de que no era el niño Jesús quien los traía, sino que eran estos los que nos los daban. Primera gran desilusión para la imaginación infantil, convencida de aquella maravillosa y mágica fantasía.

Mi familia nunca fue extensa. Crecer repetidamente en varias ciudades del país forzó a que la celebración navideña fuera muy íntima en nuestra pequeña familia. Abundaron los buñuelos, las natillas y los dulces regionales. En algunas ocasiones hicimos la novena y se oyeron villancicos cantados en discos. En algunas ciudades visitamos los pesebres enormes de las iglesias, donde la imaginación infantil se nutría de escenas probables de lo que había sido el nacimiento de Jesús.

Más tarde, de adulto, trabajando en varios países en Centro y Suramérica, fui testigo de una evolución apabullante de cómo un portentoso evento religioso se había convertido, año a año, en una vorágine de incontrolable y demandante obligación de comprar y comprar porque había que dar regalos, sin importar la calidad o la utilidad de los mismos, pues lo más importante era llenar el piso alrededor del árbol de Navidad con cajas envueltas en brillantes papeles de colores. Fue la conquista de un gordo bonachón de barba blanca que bebía coca-cola y que supuestamente se deslizaba por las chimeneas para suplantar al que fue en algún momento el niño Dios. Esta transformación fue la delicia del comercio que, saltando barreras religiosas, había convertido el evento en un momento mítico que bendecía la imperiosa obligación de comprar y dar regalos no matter what.

En ese momento y en todos aquellos países donde el comercio superó el evento y significado religioso, este perdió su origen y su fuerza espiritual. Era más importante engalanar las casas y el comercio con luces de Navidad que celebrar en el recinto del corazón un momento portentoso de la irrupción de lo sagrado en la vida de los hombres, que ofrecía una perspectiva divina a su agobiada condición de seres humanos sumidos en la desesperanza de la pobreza y de la corrupción política del momento. 

Parar un momento ‒una semana al año‒ para reflexionar en lo que significa celebrar que hace 2000 años la Divinidad se hizo presente en nuestra historia colectiva es un hecho de tal magnitud que invita a que su recordatorio sea algo más sagrado e íntimo que quemar pólvora, adornar árboles, construir pesebres, comer buñuelos y, tristemente, en demasiados hogares, beber licor hasta el punto de que el valor de lo celebrado se ahoga en la bruma del alcohol y que lo que en un momento debió renovar en el alma la gratitud de dicha presencia divina en la historia del hombre se pierde entre tanto bullicio sin alma ni profundidad espiritual.

¿Qué significa, entonces, la Navidad para mí? 

La Navidad es un momento único para varios propósitos: parar el desenfreno de la agitación que la mayoría llevamos como forma “normal” de vida; encontrar un espacio de reflexión para captar el profundo significado de que, históricamente, Dios nunca ha dejado al hombre sin su presencia y su amorosa guía; recordar cuál es el verdadero origen de nuestra existencia y cuál es la meta de retorno a la fuente de donde nacimos; reflexionar cuál es el verdadero propósito de nuestra corta experiencia espacio-temporal, que nos permite una vivencia profunda de nuestra radical realidad de haber sido creados en un momento de nuestra historia personal y colectiva, y experimentar dicha radicalidad de creaturas invitadas al desarrollo espectacular de una evolución espiritual sin fin, hasta alcanzar la plenitud de nuestra potencialidad como seres de luz que fuimos creados a “imagen y semejanza de Dios”.

Reynaldo Pareja

Diciembre, 2021

7 Comentarios

Vicente Alcalá 25 diciembre, 2021 - 10:08 am

Excelente reflexion Reynaldo, gracias.

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u 25 diciembre, 2021 - 11:37 am

Querido Reynaldo. Gracias por tu manera tan especial de mostrarnos tu espíritu y tu fe, tu profunda espiritualidad. En medio del comercio navideño, hemos sido capaces de darnos el tiempo para dejar que nuestro espíritu tomen forma en las palabras que nos compartimos en este blog. Este sitio de nuestros encuentros nos enriquece y nos permite confirmar que somos hermanos, compañeros de camino y de destino. Un abrazo para tí, para Patricia y para todos los tuyos.

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Gabriel+Rodríguez 25 diciembre, 2021 - 1:31 pm

Excelente

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César Augusto Torres Hurtado 25 diciembre, 2021 - 1:33 pm

Reynaldo creo que describes muy bien lo que ha sido la Navidad para muchos de nosotros y el mundo en general al menos el que nos ha tocado a nosotros. Sin embargo los Gonzagas nos permitió verlo un poco diferente. Y tengo perfectamente claro que es un momento de Alegría felicidad de acuerdo a la religiosidad que cada uno tenga y en especial de agradecimiento. De compartir lo mucho o lo poco y que no todos tenemos las mismas oportunidades pero que igual se puede ser inmensamente feliz. Hoy tengo la satisfacción de que los hijos así lo entendieron y estar recogiéndo lo sembrado.

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Hernando+Bernal+A. 25 diciembre, 2021 - 5:27 pm

Reynaldo; maravilloso el significado de la Navidad. Gracias por el profundo mensaje. Esperanza que la humanidad algún día sea consciente de la presencia de la Divinidad en nuestras vidas cotidianas. Saludos decembrinos y grandes deseos para iniciar el nuevo año. Felices Pascuas. Hernando

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César Vallejo 30 diciembre, 2021 - 1:19 pm

Excelente tu reflexión, Reynaldo. Teológica y profunda. Dios siempre está presente en la historia (sin comienzo ni fin). Solo que las religiones, cada una con sus limitaciones culturales (humanas), nos recortan la imagen de Dios y condicionan o distorsionan nuestro diálogo con El, que están llamadas a propiciar (también la religión católica). En Belén el Dios de la religión judía, temible y justiciero, se convierte en el Dios de Amor, del mensaje de Jesús, en el Nuevo Testamento. Recordarlo y vivirlo en cada Navidad, refresca nuestra vivencia religiosa.
Un abrazo y mil gracias por tu artículo.

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Reynaldo+Pareja 31 diciembre, 2021 - 9:51 am

Cesar,

Me alegro que mi articulo te haya estimulado a recordar la grandeza del momento en que Jesus irrumpio en la historia de los hombres Revelándonos ese “lado” de la Esencia Incognoscible del Dios que no nos la habian expuesto los Mensajeros de religiones previas porque la humanidad no estaba preparada para escuchar que el Dios-Tododoperoso, Justiciero y aun “Irascible” podia tene un rasgo Paternal, Perdonador, todo Amor.

Por esta Revelacion de Jesus se le vinieron encima los Escribas y Fariseos pues cambiaba la imagen del Dios que ellos controlaban y que habian llegado a utilizarla para mantener a los Judios sumidos en el miedo del Dios Implacable, del Dios de la Ley obligatoria bajo pena de castigo, del Dios Intransigente…

Cuando vemos a Jesus en esa perspectiva se nos abre la puerta del Agradecimiento por lo que nos Reveló en tan corto tiempo pero que ha nutrido durante dos mil años la nueva relacion que podemos tener con Dios-Padre y Creador.

De nuevo, gracias por Cesar pues reacciones como la tuya son la que me animan a que continuemos esta Jornada de Peregrinos que vamos descubriendo dia a dia aspectos de nuestra riqueza interior que teniamos adormecidos.

Que el inicio de un Nuevo Calendario gregoriano sea tan rico en bendiciones como las que podemos recibir cuando nuestro corazón permanece abierto a los aleteos del Espiritu que nos invita constantemente a alcanzar esa conexión con la Fuente de nuestro ser, el Que nos hizo a su “imagen y semejanza”, nuestro “Padre que estas en lo cielos”.

Reynaldo

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