Home ¿En qué creo hoy? Hablando con mis amigos (*) – “Del medio-creo, al re-creo” Síntesis de una historia y de un camino de vida.

Hablando con mis amigos (*) – “Del medio-creo, al re-creo” Síntesis de una historia y de un camino de vida.

Por Bernardo Nieto
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En esta conversación, un amigo y compañero del coro de adultos donde cantamos desde hace varios años resume una parte de su vida y el apasionante proceso que ha vivido. El coro en el que participamos ya cumplió 30 años. Aunque ambos no nos integramos a él desde su fundación, nos hemos hecho amigos aprendiendo a respetarnos y a apoyarnos en los ensayos, talleres, presentaciones, eventos, misas y giras en las que hemos participado. Parte de la fraternidad allí construida se expresa en esta conversación íntima y sincera, mientras compartimos un buen café. Gracias por abrir tu corazón, amigo mío.

Capítulo 1

JUNIO-JULIO DE 2006, 31 años después de salir del colegio Mayor de San Bartolomé.

El vendedor de papitas que me cambió la vida.

  • No pocas veces en la vida nos hemos encontrado en callejones sin salida. Las nubes negras se descargan con fuerza y nublan la vista. Son sensaciones y experiencias desesperantes que impiden mirar más allá del horizonte. Sin embargo, sin mayor explicación, en ellas pueden aparecer sorpresas que nos hacen cambiar el rumbo y de manera definitiva.

Una tarde bastante gris, paré en mi carro en el monumento de Los Héroes y dije: “¡La solución es desaparecer! Pensé y lo planeé todo. Me voy para la costa, allá llego, vendo el carro y miro a ver cómo rehago mi vida. De esa manera los dejo a todos tranquilos.” Eso fue entre los años 2005 y 2006.

Y arranqué de los Héroes por la autopista, para Bucaramanga, para adelante, a donde me llevara la gasolina del carro. ¡Y en ese momento empezó a diluviar, a llover durísimo, durísimo, durísimo! Y subiendo el puente de la 92 había un trancón. Paré allí y seguí refunfuñando de mi vida: con lo que me sucedía y “¡aparte de eso, diluviando!”  Mejor dicho, todas las cosas malas que podían estar, las tenía concentradas ahí, en ese momento. ¡GRRRR!

¡Entonces apareció alguien que venía caminando sonriente, el cielo diluviando y él con una bolsa de plástico gigante, de chitos, de papitas, de cosas de esas!… Era un tipo así, como un… como un habitante de la calle. Iba sonriendo, feliz, vendiendo papitas en la mitad del diluvio. Y me dije: “¡Está loco!, ¿Cómo alguien puede ir caminando feliz bajo la lluvia intensa?”

¡En ese momento, la imagen de ese hombre feliz cambió mi vida! Porque me dije: “Si ese está feliz en la mitad del diluvio, vendiendo papitas y chitos, ¿yo por qué estoy renegando de mi vida? Yo estoy en un carro que es mío; tengo una casa donde un amigo que me ofrece una cama caliente, tengo comida… ¡Tengo más que lo que tiene él!”. Eso me bastó para cambiar mi rumbo. 

  • ¿Y tu hijo y tu hija? 

Cada uno estaba con su respectiva mamá. Y ahí mismo desistí del viaje a la Costa, a cualquier lado, y me fui para el apartamento de mi amigo. Y, después de todo esto, entendí que me debía rendir. Entré al cuarto donde vivía y me arrodillé frente a la cama. 

Y dije: “¡Dios!, ¡Yo no soy capaz, yo no puedo seguir en esto! Haz lo que tú quieras conmigo. Yo no puedo. Y me rindo ante ti, porque no soy capaz. Siento que, a mi manera, no funciona. Me doy cuenta de que, solo, no es posible, no soy capaz. Me entrego y me pongo ante ti. ¡Haz lo que te parezca conmigo, estoy dispuesto a aceptar lo que decidas hacer conmigo! (mi amigo tiene los ojos brillantes por las lágrimas).

  • Pues te quiero decir que eso que tú le dijiste al Señor en ese momento, es lo mismo que dice San Ignacio de Loyola en una oración que tengo aquí: “Tomad, Señor y recibid toda mi libertad, mi memoria, mi entendimiento y toda mi voluntad. Todo mi haber y mi poseer, vos me lo disteis. A vos, Señor, lo torno. Todo es vuestro, disponed a toda vuestra voluntad. Dadme vuestro amor y gracia que esto me basta.” 

Esa experiencia tuya es una maravilla y creo que debe ser la apertura de esta conversación. En medio del aguacero, Dios se te presenta con cara de pordiosero, vendiendo chitos y papitas. Y te cambió la vida. Y ¿por qué hoy el Señor te tiene aquí?

57 años antes, en 1968.

Soy bogotano. Comencé mis estudios con los jesuitas del Colegio Mayor de San Bartolomé, con todo lo que eso implica. Para mi papá, que ya murió, tuvo un significado muy especial que yo hubiera entrado al colegio donde habían estudiado presidentes de la república. Fue un momento muy importante en el paso de niño a adolescente. Tengo muchas anécdotas de lo que significa estar en ese colegio, en unas condiciones de libertad que creo que ningún colegio de Bogotá tenía en ese momento. Mi papá ya era político; siempre fue político. Fue representante a la Cámara. Por eso me molestaban (bullying) en el colegio. Me hacían caricaturas. 

En este año 2025 estamos celebrando 50 años de habernos graduado. Y me ha dado emoción porque yo, desde que terminé el Colegio, nunca más volví a saber de nadie, nunca más. Eventualmente me encontré con uno o dos compañeros a lo largo de 50 años. Ahora me localizaron e hicieron un grupo. Y hemos empezado a contar historias de una cantidad de cosas bonitas. De lo que significaba estar en ese colegio, de lo que significaba ser bartolino.

De alguna manera, me he perdido 50 años de historia y de compañerismo y de amistad con la gente que compartí en el colegio. Ahora, cuando he retomado los contactos, hemos podido revalorar la preadolescencia y la adolescencia, acordándonos de las fiestas bartolinas, de los reinados en un colegio masculino que son eventos muy especiales. De las amigas, de las novias. Mireya fue para nosotros una reina muy especial, todos nos enamoramos de ella. Hemos venido escribiendo estas historias y empiezo a recordar con especial gratitud estos momentos de la vida escolar.

En contraste, quiero mencionar a mi esposa, porque ella sí ha mantenido a lo largo de su vida a sus amigas desde chiquitas, desde el colegio y siguen juntas. Y yo las conozco y vamos de paseo con ellas y eso me parece bueno.

Apenas salí del colegio, se acaba ese mundo. Yo cerré el colegio en 1975. No solo el colegio, sino también la educación religiosa. Obviamente, ahí hay un cambio radical en la universidad. Entro a estudiar arquitectura, y entonces mi vida se volvió: “Yo soy yo, soy el centro del universo”.

Estudios de arquitectura, comienzo de la vida profesional y un trauma que me obligó a guardar silencio.

En el 76 empiezo en la universidad de Los Andes y allí me gradué de arquitecto. Creo que fue una buena elección, en tiempo de estudio, calidad y en lo que hoy representa en mi vida.

Empiezo como arquitecto normal: diseño y construcción de edificios. En ese momento, mi papá me veía como su heredero político; soy su hijo mayor, único hombre y empecé a acompañarlo en sus compromisos políticos, como representante a la Cámara por Cundinamarca. Me forzaba a hablar en público. Yo era malísimo para eso, tartamudeaba, se me trababa la lengua, ta, ta, ta…; se me convirtió en un trauma muy fuerte. Durante la carrera de arquitectura y en el trabajo los proyectos se presentan de manera hablada, y para mí eso era una tortura, una limitación no poder hablar, no poder expresarme. Me daba miedo que se burlaran de mí y prefería guardar silencio. ¿Podría ser un buen arquitecto? 

Mi padre me consiguió mi primer trabajo en la gobernación de Cundinamarca. Allí me dieron una beca para ir a estudiar a Francia un par de años. Mis estudios de arquitectura arrancaron muy bien en la unidad pedagógica de Grenoble. Mi novia de entonces fue nombrada cónsul de Colombia en Viena.  Me fui para Viena y no terminé el postgrado de Arquitectura en Francia. 

Luego trasladaron a mi novia como cónsul a Berlín Oriental, a Alemania Democrática, aún con muro (1981-82). Fue una experiencia enriquecedora: conocer y vivir de primera mano los contrastes entre el oriente y el occidente de Alemania. A un lado, un Berlín oriental deprimido, duro, áspero. Al otro lado, un Berlín occidental que era como la explosión de todo lo que no había en el otro Berlín.

Una decisión repentina

Un día fui a París y en una vitrina vi: ¡Tiquetes para Bogotá! No lo dudé, no lo pensé: ni mi relación con mi novia, ni lo que tenía, ni lo que estaba haciendo. ¡Nada! Sentí la atracción y la necesidad de regresar. Entré y me compré uno. Llamé a mi novia y le dije: “¿Sabes qué? Me voy para Bogotá. Guárdame mis cosas. Salgo pasado mañana”. Mi relación con ella terminó ahí.

La rumba loca

Regresé con la única maleta que tenía, a buscar trabajo y a buscar vida. Empecé a conocer una cantidad de personas en la rumba y el alcohol se convirtió en una parte importante de mi vida. No solo alcohol. Aquí hago una confesión que casi siempre evito, pero me parece importante: alcohol, mezclado con droga. 

Y me comienzo a desvanecer como arquitecto. Abandono la oficina que había montado con unos amigos. En una de esas rumbas encontré a quien sería la madre de mi hija y eso fue aún peor. Fue una época muy compleja, muy difícil. La relación se terminó y mi hija se quedó viviendo con ella. Pero con la juventud, uno se cree Supermán. “Yo soy aquí el más valiente. Con aguardiente y demás, salgo adelante”. 

La tarjeta de mi hermana.

Un día mi hermana me entregó una tarjeta de Alcohólicos Anónimos diciéndome: “Vaya que allá lo ayudan”. Y yo, muy furioso con mi hermana, le dije: “¡Usted conmigo no se meta, ni con mi vida! ¿Usted que viene a hacer aquí?” Porque, cuando uno pierde el gobierno de su vida, se produce esa autosuficiencia y “¡conmigo no se metan, yo soy así, déjeme ser así porque yo quiero ser así y listo!”.  Sin embargo, hice caso y fui. 

Otra etapa de ese camino

Ahí entré como en una pausa, porque yo sentía que eso no iba a ninguna parte. Pero consumir alcohol y drogas es tan fuerte que no es tan fácil luchar. Empecé varios procesos de rehabilitación con alcohólicos anónimos. Mi papá me acompañaba. Conocí luego a quien sería la madre de mi hijo y eso me dio un momento de pausa. No dejé el vicio del todo, fue un valle de unos 5 o 6 años, pero seguí tomando. Me llamaba, me halaba, ¡y, de vez en cuando, me escapaba!

En ese momento tenía un buen trabajo en el Quindío. Vivía allá cuando sucedió el terremoto del eje cafetero y me quedé durante todo el proceso de reconstrucción. ¡Fue una experiencia difícil! Y para completarla, me quebré, me separé de la mamá de mi hijo y mi papá murió. Fue el punto más álgido de todo, quedé sin piso, sin mi papá que era como el soporte. ¡Sin mis hijos y, aparte, quedé debiendo esta vida y la otra! Yo decía: “¿Cómo voy a pagar todo esto? ¿Dios mío, qué hago? Y estuve dispuesto a… ¡Esto no tiene sentido, esto no vale la pena! Llamaba a mi mamá y le decía: “Yo no voy a ser capaz con todo esto… De verdad que no…”.

Y ahí comienza otro momento, en el cual estoy hoy y en el cual uno va creciendo. Es muy complejo al principio, muy difícil, porque controlar todo no es tan fácil. No sólo es estar limpio, desintoxicarse y dejar de hacerlo. Requiere unas condiciones muy especiales, principalmente espirituales.

No sé si conoces los 12 pasos de alcohólicos anónimos. La recuperación tiene una serie de pasos y uno va creciendo en cada paso. Hubo uno que repetí dos veces. Era el de mi relación con Dios. La primera vez lo negué. Para mí, yo era autosuficiente, no existía nadie más a mi alrededor y era capaz de salir adelante, sin Él. Y así está escrito. Dios había desaparecido. Desde noviembre de 1975 hasta aquí, Dios se acabó. Y vuelve a aparecer en el año 2004. Hice ese tercer paso en el que se me pregunta y se me evalúa sobre mi relación con Dios. Yo lo niego y digo: “No; yo soy suficiente para salir”. Fueron 29 años sin Él.

Sin embargo, estando en esas, viene otro golpe muy duro. Yo estaba haciendo lo mejor que podía en esa situación y en ese trance. Y como nos dimos cuenta de que yo no podía vivir solo, me fui a vivir con mi mamá, para estar, de alguna manera, más controlado y en un ambiente de afecto y amor. Estando en esas, un día me invitan a ir a una reunión con alguien que me dice: “Usted se tiene que internar porque está loco”. Entonces me quedo mirándolo y le digo: “Usted no me conoce. Me acaba de saludar y me está diciendo lo que tengo que hacer. Creo que usted no está midiendo sus palabras. Y, ¡pues no!” 

Literalmente, me echaron de la casa, me cerraron la puerta y me quedé con lo que tenía puesto. No tenía trabajo, no tenía nada, cuando creía que ya estaba saliendo de todo eso. Y me entraron un montón de interrogantes: “Ahora, cuando voy aquí y estoy tratando… ¿Por qué? ¿Por qué sucede esto?, ¿Por qué no creen?, ¿Por qué?” Y me sentí muy mal. Horriblemente mal. 

(*) Con este título quiero nombrar las conversaciones sobre temas importantes, valiosos, de carácter personal y humano que estoy teniendo y tendré con mis amigos. Sus transcripciones son simples y revelan con total sinceridad el tema y el espíritu de cada conversación. 

Bernardo Nieto Sotomayor

Marzo del 2025

2 Comentarios
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2 Comentarios

Hernando+Bernal+A. 13 marzo, 2025 - 7:32 am

Bernardo: Toda historia de vida tiende a ser siempre una historia muy compleja. Gracias por compartirlas. Saludos

Respuesta
Bernardo Nieto Sotomayor 13 marzo, 2025 - 2:27 pm

A mi amigo, creo yo y él también, en un golpe repentino de la gracia, Dios vestido de pordiosero o un pordiosero con traje de Dios, le devolvió la fe y el sentido de la vida. Gracias por tu comentario y lectura, querido Hernando. Ese momento de luz mi amigo lo supo reconocer y se dejó llevar, como Pablo en Damasco.

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