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Diálogos de Ultratumba – Matar a un hombre no es defender una doctrina, sino matar a un hombre

Por Rodolfo Ramon de Roux
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En cuanto los ideales son declarados superiores a los hombres, comienza la cacería.

Fernando Aramburu

El 7 de enero de 2025 se cumplieron diez años del atentado islamista contra “Charlie Hebdo”, semanario satírico francés que había publicado unas caricaturas del profeta Mahoma, lo que le valió que dos yihadistas de Al Quaeda entraran en sus oficinas y asesinaran a ocho miembros de su redacción al grito de “Allahu akbar” (Dios es más grande).

Damos por descontado que las libertades de conciencia y de opinión son logros definitivos. No nos engañemos. Nada está adquirido para siempre en la montaña rusa de la historia humana. Por eso hay que recordar periódicamente cuán larga y dolorosa ha sido la lucha por adquirir dichas libertades. En esa lucha estamos en deuda con personas casi desconocidas, como Sebastián Castellio (1515-1563), a quien Sofrosina invitó a su tertulia en compañía de Stefan Zweig, que le dedicó un vibrante homenaje en su libro “Castellio contra Calvino”.

SOFROSINA.- En defensa de la tolerancia religiosa muchos de ustedes recuerdan el Tratado teológico-político (1670) de Baruch Spinoza, la Carta sobre la tolerancia (1689) de John Locke o el Tratado sobre la tolerancia (1763) de Voltaire. Pero son escasos los que han oído mencionar el nombre de Sebastián Castellio, quien influyó en todos ellos con su Contra libellum Calvini (Contra el libelo de Calvino) texto en el que Sebastián defiende con inteligencia y coraje lo que actualmente se llama libertad de opinión y de conciencia. (Spinoza, Locke y Voltaire asienten con la cabeza mientras dirigen miradas respetuosas a Castellio)

CASTELLIO.- (Con una sonrisa triste) Defensa que me trajo sinsabores y amarguras sin cuento. 

ZWEIG.- (Con una mezcla de compasión y admiración) Tu modestia te impide mencionar que fuiste un respetado humanista. Hiciste una nueva traducción completa de la Biblia, primero al latín y luego al francés. 

SOFROSINA.- Tu traducción latina de la Biblia, publicada en 1551, te granjeó tal reputación como erudito que fuiste nombrado profesor de la Universidad de Basilea en agosto de 1553. Pero 1553 fue también el año de la ejecución de Miguel Servet.

CASTELLIO.- Ese crimen hizo que me enfrentara con el poderoso e intransigente Juan Calvino, uno de los pilares de la Reforma protestante, a la que yo había adherido.

ZWEIG.- Aquel enfrentamiento te condujo a morir de agotamiento, estrés, tristeza y privaciones a los 48 años, para indecente satisfacción de tus enemigos que te tachaban de “Satán”.

CASTELLIO.- Comparado con el poder que tenía Calvino, yo no era sino un mosquito contra un elefante. 

LINGUACUTA.- Perdonen mi ignorancia pero no estoy muy al tanto de esa historia y me parece que tampoco lo están muchos de los aquí presentes. 

ZWEIG.- Sucedió que, en Ginebra, Calvino logró que su doctrina se volviera ley. A los disidentes los esperaba la mazmorra, el destierro o la hoguera pues en esa “Nueva Jerusalén” sólo se toleraba una verdad y Calvino era su profeta. 

SOFROSINA.- He sabido que solo en los primeros cinco años bajo el dominio de Calvino, en  la relativamente pequeña ciudad de Ginebra fueron ahorcadas trece personas, diez decapitadas, treinta y cinco quemadas, además de setenta y seis a las que les fue arrebatada la hacienda, sin contar los muchos que escaparon a tiempo del terror ejercido para “glorificar a Dios”.

LINGUACUTA.- Quien cree en la validez indiscutible de sus ideas incurre no solo en la prédica tan pronto como abre la boca, sino también en la violencia cuando tiene el poder. 

SOFROSINA.- Es la certidumbre, no la duda, la que nos vuelve peligrosos si transformamos nuestras creencias en inflexible pasión misionera.

LINGUACUTA.- No entiendo cómo personas cultas -como es el caso de Calvino- pueden volverse tan implacablemente intransigentes.

SOFROSINA.- Querida, la sola lectura de un sinnúmero de libros no inmuniza contra la estupidez, la barbarie o la fanática intransigencia. En el mejor de los casos permite revestirlas de vocabulario. 

CASTELLIO.- La gota que desbordó mi copa fue cuando, a instancias de Calvino, el 27 de octubre de 1553 quemaron cruelmente a fuego lento en la plaza de Champel al español Miguel Servet por negar la Trinidad de Dios. 

ZWEIG.- A partir de ese momento, las críticas contra Calvino vinieron tanto desde dentro, como desde fuera del protestantismo. 

CASTELLIO.- Calvino se defendió escribiendo una  “Defensa de la fe verdadera sobre la sagrada Trinidad, contra los tremendos errores del español Miguel Servet” (Defensio orthodoxae fidei de sacra Trinitate, contra prodigiosos errores Michaelis Serueti Hispani)

ZWEIG.- En esa “Defensa” afirmaba que los herejes debían ser reprimidos por la espada puesdejar a cualquiera la libertad de decir lo que quisiera” sería hacerles un gran favor a los ateos y a los difamadores de Dios.  

CASTELLIO.- Le respondí en 1554 con mi Contra libellum Calvini acusándolo de haber asesinado a un hombre simplemente por interpretar la Biblia de modo independiente.

LINGUACUTA.-  ¿Acaso esa interpretación individual no era una de las premisas principales de la Reforma? 

CASTELLIO.- Precisamente. Por eso acusé a Calvino de aniquilar la libertad de conciencia en el seno de la Reforma.

SOFROSINA.- En otro tiempo, cuando Calvino era perseguido por los católicos, hablaba un idioma distinto. Recuerdo que en la primera edición de su famosa “Institución de la religión cristiana” dice que “es un delito matar a los herejes. Mandar eliminarlos a hierro y fuego significa negar todo principio de humanidad”. 

CASTELLIO.- Pero, en cuanto consiguió poder, Calvino quitó esa declaración de humanidad. En la segunda edición de la “Institución”, su anterior postura, clara y decidida, ya ha sido modificada. 

LINGUACUTA.- Con suficiente poder, los antiguos perseguidos suelen volverse bilingües: aprenden rápido la lengua del perseguidor. 

CASTELLIO.- Yo permanecí fiel al principio del “libre examen”. Y llamé asesinato y nada más que asesinato a todas esas piadosas carnicerías realizadas “a mayor gloria de Dios”. Lo afirmé y lo reafirmo: “Buscar y decir la verdad, tal y como se piensa, no puede ser nunca un delito. A nadie se le debe obligar a creer. La conciencia es libre”. 

ZWEIG.- No importa cuál sea la idea: todas y cada una de ellas, en el momento en que recurren al terror para aglutinar y reglamentar las convicciones ajenas, dejan de ser idealismo para convertirse en bestialismo. 

SOFROSINA.- Sé que en 1554 publicaste, con el seudónimo de Martinus Bellius, un libro titulado De haereticis an sint persequendi, es decir, “Si los herejes deben ser perseguidos”, y allí atacaste frontalmente la tesis según la cual los herejes deben ser ejecutados.

CASTELLIO.- Hice unas simples pero cruciales preguntas: ¿Qué es un hereje? ¿Cuál es el «verdadero» cristianismo entre todas sus diversas interpretaciones? ¿Cuál es el comentario “correcto” de la palabra de Dios? ¿La exégesis católica?, ¿La arriana?, ¿La bizantina?, ¿La luterana?, ¿La calvinista? 

LINGUACUTA.- ¿Qué respondes?

CASTELLIO.- Que, sencillamente, llamamos herejes a los que no están de acuerdo con nuestra opinión. Un calvinista es un hereje para un católico. E igualmente, un anabaptista para un calvinista.

ZWEIG.-  El mismo hombre que en Francia es considerado ortodoxo, en Ginebra es un hereje. Y viceversa. El que en un país es quemado como un criminal, en el país vecino es un mártir. 

CASTELLIO.- O sea que “herejía” no es término absoluto, sino relativo. Por eso escribí, para ira de todos los dogmáticos: “Mientras que, en una ciudad o región pasas por ser un verdadero creyente, en la siguiente eres considerado por lo mismo un hereje, de modo que si uno quiere vivir hoy día sin ser molestado, debería tener tantas convicciones y religiones como ciudades y países hay en el mundo”.

SOFROSINA.- ¡Ay, Sebastián!, desafortunadamente los que viven encerrados en sus propias certezas tienen la manía del todo o nada, del blanco o negro incapaz de ir a buscar la parte de verdad que pueden tener los adversarios.

CASTELLIO.- Y deberían ser capaces de tener esa apertura de mente y corazón pues “las verdades de la religión cristiana son por naturaleza misteriosas, y desde hace más de mil años -ahora son más de dos mil- constituyen la materia de una inagotable controversia, en la que la sangre no dejará de correr hasta que el amor no ilumine los espíritus y tenga la última palabra”. 

SOFROSINA.- Conocemos solo las sombras de lo que creemos conocer. 

LINGUACUTA.- Pero nos atrae la certeza que proporciona la renuncia a seguir pensando. 

SOFROSINA.- También nos atrae el querer imponer a como dé lugar nuestras certezas, lo que siempre acaba mal.

CASTELLIO.- Obligar a alguien a adherirse a una creencia que interiormente no profesa, además de inmoral es insensato, pues solo produce creyentes en apariencia. 

LINGUACUTA. Esa imposición es la praxis de la tontería.

SOFROSINA.- Sebastián, tus palabras parecen hoy banales evidencias, pero fue un inmenso avance moral expresar abiertamente en tu época que perseguir violentamente a los “herejes” era absurdo y asesino.

CASTELLIO.-  Sudor y lágrimas me costaron esas “banales evidencias”. Calvino usó de todo su poder para enmudecerme: sus secuaces me difamaron; mis escritos se prohibieron y quemaron; mis cartas fueron interceptadas y mis palabras espiadas. Tan sólo una muerte prematura me libró de ser condenado a muerte. 

LINGUACUTA.- Pagaste el precio de la libertad: ella no florece sino regándola con lágrimas. 

ZWEIG.- Y con lágrimas de reconocimiento repito, Sebastián, estas palabras tuyas todavía vigentes y necesarias, aunque hayan pasado -por ahora- los tiempos en que algunos cristianos no temían alumbrar el fuego para los herejes: “Matar a un hombre no es defender una doctrina, sino matar a un hombre. Cuando los ginebrinos ejecutaron a Servet no defendieron ninguna doctrina, sacrificaron a un hombre”. 

El irreverente Georges Brassens agarró su inseparable guitarra y con voz cascada pero acariciadora entonó su célebre canción “Mourir pour des idées”. Así la concluyó:

O vous, les boutefeux, ô vous les bons apôtres
Mourez donc les premiers, nous vous cédons le pas
Mais de grâce, morbleu! laissez vivre les autres!
La vie est à peu près leur seul luxe ici bas
Car, enfin, la Camarde est assez vigilante
Elle n'a pas besoin qu'on lui tienne la faux
Plus de danse macabre autour des échafauds!
Mourrons pour des idées, d'accord, mais de mort lente
D'accord, mais de mort lente.

[1]

Un grupo de tertulianos comenzó a corear: ¡Castellio! ¡Castellio! 

Linguacuta abrazó efusivamente a Sebastián y estampó un sonoro beso en la mejilla ruborizada de Brassens.

Muy pronto el entusiasmo contagió a todos los presentes y la tertulia terminó festivamente.

Rodolfo Ramón De Roux

Enero, 2025


[1]   

        Oh vosotros, los agitadores, oh vosotros los buenos apóstoles
morid, pues, los primeros, os cedemos el sitio.
Pero por favor, ¡Joder! ¡Dejad vivir a los demás!
La vida es casi el único lujo aquí abajo,
pues, finalmente, la Muerte está siempre vigilante
y no es necesario ayudarle con la guadaña.
¡Basta de danzas macabras alrededor de los patíbulos!
Muramos por las ideas, de acuerdo, pero de muerte lenta,
de acuerdo, pero de muerte lenta.

 

5 Comentarios
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5 Comentarios

Dario Gamboa 19 enero, 2025 - 12:32 am

Espectacular y muy actual tu artículo Rodolfo. Gracias por invitarnos a reflexionar sobre el sin sentido de la polarización que nos rodea particularmente hoy, también en el terreno religioso y sobre todo en lo político, en nuestro país y en el mundo.

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John Arbeláez Ochoa 19 enero, 2025 - 8:21 am

El ser humano,cuando se vuelve un fanático, pierde su humanidad y se convierte en una bestia irracional

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Rafael Falcón Castro 19 enero, 2025 - 3:05 pm

Cuando se hace una crítica a un acontecimiento de nuestra historia pasada, abominable a nuestra mirada, casi siempre hay alguien que dice que no hay que sacarlo de su contesto histórico, como una justificación válida para justificar lo injustificable. Esto se hace sobre manera en los entornos religiosos, donde precisamente hay un mandato previo de “no matarás”, “amad a vuestros enemigos, bendecid a los que os maldicen, haced bien a los que os aborrecen, y orad por los que os ultrajan y os persiguen” (Mateo 5:43–44). Son los fanáticos que ponen la religión dogmática por encima de la conciencia. Aquella es su verdad, la verdad del poder que le han impuesto culturalmente, no la de la conciencia (parte de La Conciencia Universal de la que todos participamos), que ha guiado a los hombres iluminados de todos los tiempos liberándolos de las ataduras de las “verdades doctrinarias”.
Gracias Rodolfo por ayudarnos con tus agudos diálogos de ultratumba a desprendernos de nuestra oxidada armadura cultural.

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JUAN LAUREANO GOMEZ CAMACHO 20 enero, 2025 - 11:26 am

Muy interesantes y útiles estas reflexiones, lamentablemente el fanatismo sigue, aunque no extendido como en la época de Calvino

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LUIS GUILLERMO ARANGO LONDOÑO 21 enero, 2025 - 11:57 am

Gracias, Rodolfo, por este nuevo artículo. Quien se cree dueño de una verdad absoluta está sujeto a cometer graves errores, a volverse un dictador, sea en el campo que sea. Todo dictador es un fanático de su verdad, y ay del que se le oponga. En la actualidad tenemos numerosos ejemplos, tanto en lo político como en lo religioso… Las guerrillas, Venezuela, países árabes con sus países islámicos… Pienso que todos tenemos que encontrar nuestra propia verdad, pero que, cuando la hallemos, estemos dispuestos a decirnos: Eso creo HASTA AHORA, para mantener la mente abierta a nuevos hallazgos. La verdad absoluta, inmutable, no es abarcable en su totalidad durante esta vida temporal.

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