El inquisidor Juan de Mañozca, que sigue buscando en Ultratumba las huellas de la pezuña del Diablo, encontró en un anaquel polvoriento de la Biblioteca de Babel el siguiente escrito que se apresuró a esconder pero que terminó rescatando del olvido Sofrosina, quien lo ha enviado al blog “Exjesuitas en tertulia” para que celebren la abolición de la Inquisición en Colombia el 21 de agosto de 1821.
Un puerto es lugar propicio para encuentros enriquecedores. Así lo fue la Cartagena de Indias colonial. Allí confluyeron indios, negros africanos, mercaderes portugueses, marineros y gentes del bajo mundo sevillano, prisioneros de las galeras, soldados de los reinos de España.
En esta encrucijada cultural se encontraron las tradiciones amerindias, la ortodoxia católica, el catolicismo popular, las creencias de los cristianos nuevos y de los africanos recién desembarcados, el protestantismo de unos cuantos piratas, corsarios y comerciantes, y finalmente, las ideas de la Ilustración.
Pero ese toparse con la inquietante diferencia del otro puede también convertir al puerto en espacio para los desencuentros, el control social y las demonizaciones. Ese fue el caso de Cartagena de Indias, convertida en sede de la Inquisición por ser un punto donde se concentraban los pecados de Indias.
Un vasto territorio para las acechanzas del demonio.
En 1570 se crearon, en Ciudad de México y Lima, tribunales del Santo Oficio de la Inquisición cuya jurisdicción abarcaba la totalidad de los dominios españoles en América. Enorme territorio para las “argucias del demonio”. Así lo percibió muy pronto Antonio Ordóñez, inquisidor del Perú, quien solicitó al Consejo de la Suprema y General Inquisición de Madrid la creación de nuevos tribunales en América del Sur. En lo mismo insistiría el arzobispo de Santa Fe de Bogotá, Bartolomé Lobo Guerrero, quien en carta del 15 de mayo de 1599 escribía al Consejo de la Corte y al Rey:
“Esta tierra es la más estragada en costumbres y en todo género de vicios de cuantas tiene Su Majestad, que me obliga a creer que en ella la fe está muy a punto de perderse, pues los pecados, cuando son muchos y hay hábito de cometerlos, depravan la voluntad y inducen error en el entendimiento y pertinacia, de que nacen las herejías (…) y estos inconvenientes cesarían si V.M. se sirviese de mandar que en este reino se plantase el Sancto Oficio” (…).[1]
Bien servida iba a quedar la preocupación del arzobispo por la salvaguarda del dogma, de la moral y del orden católicos. El 25 de febrero de 1610, el rey Felipe III fundó un tribunal de la Inquisición en Cartagena de Indias. Era el puerto por donde más extranjeros entraban al sur del continente, de manera que el Consejo de Indias consideró que con la instalación del tribunal inquisitorial “sería más fácil a los ministros del Santo Oficio vigilar de cerca el que no se introdujeran por allí ni las personas ni libros infectos de herejía”.[2]
La Inquisición cartagenera, creada para aliviar a la de Lima, abarcaba los territorios del Nuevo Reino de Granada, Tierra Firme, La Española, las islas de Barlovento y las provincias que dependían de la audiencia de Santo Domingo. Bajo su jurisdicción quedaban los arzobispados de Santo Domingo y Santa Fe de Bogotá, y los obispados de Cartagena, Panamá, Santa Marta, Puerto Rico, Popayán, Caracas y Santiago de Cuba.
Un lugar propicio para la Santa Inquisición.
La escogencia de Cartagena tenía su lógica. Casi desde su fundación en 1533, el lugar se convirtió en punta de lanza de conquista y colonización. Fue puerto de gran movimiento por su profundidad y dificultad de forzar por el enemigo en caso de ataque. Se encontraba, además, en el centro de la cuenca del mar Caribe, y era el puerto más próximo a la desembocadura del Río Magdalena, vía obligada de penetración al Nuevo Reino de Granada. La proximidad de Cartagena al istmo de Panamá, que carecía de puertos abrigados sobre el Caribe, la convertían de hecho en la protectora del comercio interoceánico y de los tesoros que procedían del Perú. Las potencias rivales de España no ignoraban esto, y muy pronto comenzaron a enviar contra ella a corsarios y piratas[3]. Conocedor de todas estas circunstancias, el Rey Felipe II, en el año de 1574 le dio a Cartagena el título de “ciudad” y un año después le otorgó el título de “muy noble y muy leal”.[4]
Aunque inferior al de la Habana y Veracruz, Cartagena tenía gran movimiento comercial y a ella acudían numerosos comerciantes procedentes de las provincias circunvecinas, interesados en los productos que provenían de España como vino, aceite, vestimentas, hierro, telas y libros. Sin embargo, la actividad más lucrativa y apetecida fue la del comercio negrero. A Cartagena eran conducidos no sólo los esclavos destinados al virreinato peruano, sino los que posteriormente serían reexportados a las islas del Caribe y las Antillas.[5] Jorge Palacios Preciado calcula que el volumen total de esclavos introducidos por Cartagena desde el inicio de la trata hasta el momento de decretarse la libertad de comercio en 1789, osciló entre 130.000 y 180.OOO.[6] Frederick Bowser estima, por su parte, que entre 1580 y 1600, Cartagena de Indias recibió hasta 1.500 esclavos al año, mientras que entre 1600 y 1640 llegaron por lo menos 2.000 africanos anualmente[7].
Aunque la mayoría de estos esclavos simplemente transitaba por Cartagena, muy pronto la población negra de la ciudad superó a la de los blancos. Según las cartas annuas[8] de la Compañía de Jesús, en 1605 Cartagena tenía una población de “más de 2.000 personas de españoles, los cuales en su servicio tienen 3 o 4.000 negros. Hay presidio de soldados de más de 200 hombres, tres fuertes proveídos de gentes y dos galeras que fuera de los forzados tienen los soldados necesarios para la defensa y guarda de la costa”.[9]
Sobre la abigarrada población de Cartagena, que hizo de ella un activo lugar de encuentros y desencuentros, nos da una idea la descripción hecha en 1618 por el joven jesuita italiano Carlos de Orta a quien sus superiores destinaron como compañero del jesuita catalán Pedro Claver -el “esclavo de los esclavos”-, canonizado en 1888, declarado patrono de Cartagena en 1906 y patrono de Colombia en 1917. En una carta a su padre escribía Orta lo siguiente:
“En cuanto a forasteros, ninguna ciudad de América, a lo que se dice, tiene tantos como ésta; es un emporio de casi todas las naciones, que de aquí pasan a negociar a Quito, Méjico, Perú y otros reinos; hay oro y plata. Pero la mercancía más en uso es la de los esclavos negros.[10]
Además de esclavos, a Cartagena llegaban toda clase de pasajeros cuyo viaje a Indias estaba prohibido, desde judaizantes hasta protestantes. La ciudad era, pues, foco de comportamientos considerados desviantes por las autoridades civiles y religiosas[11]. Los primeros inquisidores, Mateo de Salcedo y Juan de Mañozca, no perdieron su tiempo. Recién desembarcados, el 30 de noviembre de 1610 comenzaron sus actividades leyendo el edicto de fe en la Catedral, en presencia del público y de las autoridades. En el edicto se explicaban pormenorizadamente los diferentes tipos de herejía y de comportamientos que debían ser denunciados ante la Inquisición, bajo pena de excomunión en caso de no hacerse la denuncia.[12] Se estimulaban así las delaciones y se enseñaba cómo reconocer al hereje en la piel de cualquier sospechoso. Pero se le daba también publicidad a ciertas prácticas heréticas que muchos no conocían. El edicto de fe -cuya edificante lectura se repetiría periódicamente para refrescar la memoria de los fieles- era, pues, arma de doble filo.
Actividad del tribunal en los primeros cincuenta años.
A lo largo de sus doscientos años de existencia, la Inquisición de Cartagena celebró un total de doce autos de fe y 38 autos particulares. Todavía no hay cifras exactas sobre el total de personas investigadas y procesadas. Para el siglo XVII se tiene información sobre 850 reos, de los cuales cinco terminaron en la hoguera. Concentraremos nuestra atención en los primeros cincuenta años de la Inquisición en Cartagena. Por una parte, fue el período de su más intensa actividad. Por otra, sobre esos años contamos con un valiosísimo trabajo de transcripción de todas las relaciones de causas[13] y autos de fe[14] realizados por el Tribunal de Cartagena, lo mismo que de la correspondencia entre los funcionarios inquisitoriales de Cartagena y los de España. [15]
Creada la inquisición, empezaron a aparecer los herejes. A éstos, si se los busca, se termina siempre por encontrarlos. Y se los encuentra más fácilmente cuando se tiene a los inquisidores a la mano. Entre 1610 y 1660, los 449 reos juzgados por los comisarios de la Nueva Granada fueron diez veces más que los enviados al tribunal de Lima en los cuarenta años anteriores; y, mientras que a la Inquisición de Lima nunca se remitieron mujeres, en Cartagena una cuarta parte de los procesos se llevaron a cabo contra ellas.[16]
- Los judaizantes.
Un poco más de la mitad de los procesados -más exactamente el 58%- fueron blancos[17]: criollos neogranadinos, seguidos de españoles y portugueses, por lo general acusados éstos últimos de ser judaizantes[18], acusación que recaerá sobre 59 personas.[19]
Recordemos que la intolerancia religiosa en España obligó a que un incierto número de judíos y musulmanes convertidos al cristianismo o al menos disfrazados con el ropaje de la conversión, migraran hacia el Nuevo Mundo, a pesar de que las leyes de Castilla lo prohibieran expresamente.[20] Ya desde 1535, sólo dos años después de fundada Cartagena, su obispo denunciaba ante Carlos V “los muchos conversos que hay en estas partes y malos cristianos. Y así no faltan muchos errores y herejías…”.[21]
Aunque no conocemos el número de inmigrantes conversos judíos y musulmanes, es indudable que muchos de los peninsulares que pasaron a Indias procedían de los territorios que habían sido recientemente recuperados en España a los musulmanes y que dichos territorios contaban con una alta población de cristianos nuevos,[22] lo que acrecentaba la sospecha sobre los motivos de su migración. El mismo Gonzalo Jiménez de Quesada, gobernador del Nuevo Reino de Granada, fue acusado de tener origen judío,[23] ascendencia compartida con otros jefes conquistadores de la región como Rodrigo de Bastidas y Jorge Robledo.[24]
Por lo general, los judaizantes que sufrieron procesos ante la Inquisición de Cartagena provenían de Portugal. No es de extrañar, pues en la primera mitad del siglo XVII el comercio de esclavos que llegaban de Guinea y de Angola a Cartagena de Indias estaba en manos de portugueses, la mayoría de ellos cristianos nuevos, que se convirtieron en un grupo pujante sobre el cual el Santo Oficio lanzó su mirada; no sólo lo animaba el celo religioso, sino también el interés económico que estos acusados representaban para el Fisco real y para el bolsillo de inquisidores y funcionarios inescrupulosos.[25]
El ambiente de intolerancia religiosa evidentemente no permitió que se crearan sinagogas. A falta de éstas, la proporcionalmente pequeña comunidad criptojudía se reunía en secreto en casas particulares para orar y leer los libros sagrados. A mediados del siglo XVII, la casa de Blas de Paz Pinto servía para las “reuniones sinagogales”. De acuerdo con los testimonios, esos cristianos nuevos se mantenían fieles a las prácticas y creencias talmúdicas; practicaban el «Gran Ayuno»; guardaban el sábado como día de precepto; se colocaban ropa limpia el viernes en la noche; no comían carne de cerdo y se circuncidaban[26]. Todos éstos eran elementos de unidad del grupo y de conservación de una identidad que esperaba tiempos más propicios para poder expresarse libremente. Pero ese tiempo tardó en llegar. Por aquél entonces la demonización a la que fueron sometidos los judaizantes y el carácter clandestino de sus prácticas religiosas favorecieron inclusive que se identificaran popularmente sus reuniones con las juntas que hacían las brujas[27], a las que también se llamó juntas sinagogales.
§ Los protestantes.
Los protestantes fueron otro de los grupos perseguidos. A treinta y tres de ellos se les procesó en estos primeros cincuenta años de inquisición en Cartagena. La mayoría eran anglicanos, pues los corsarios, piratas y contrabandistas capturados -entre los cuales se reclutaron los reos- eran predominantemente ingleses.[28]
Es curioso ver cómo los contrabandistas eran animados por los mismos inquisidores para que se convirtieran al catolicismo, lo que solían hacer. Tales conversiones significaban legalizar rápidamente el contrabando capturado y cobrar un impuesto que mucho necesitaba la Corona española. En estos casos de conversión, el protestante era enviado a un convento o al colegio de los jesuitas en Cartagena para ser catequizado.[29]
§ La brujería, hechicería, la sexualidad negra.
Los negros también le aportaron un buen número de víctimas a la Inquisición.[30] Fueron acusados de brujería[31] y de hechicería[32] pero también se condenó en ellos el “estragamiento y relajamiento de las costumbres”[33] debido a una sexualidad que inquietaba y obsesionaba a los amos blancos que creían que los negros morían, además de las causas normales, por “vejez, ponzoña o males causados por el pecado de la carne”[34]. Este imaginario sobre la liberalidad de las relaciones sexuales de los negros y sobre su “naturaleza lasciva”, alimentó no sólo las acusaciones contra ellos, sino también la idea de que se trataba de gente primitiva y con poca capacidad espiritual.
El pensamiento cristiano abogaba por el matrimonio como único espacio válido para la vida sexual[35], cualquier otra alternativa se consideraba tentación demoníaca, lo que hacía imperioso la imposición a los negros de la castidad y la monogamia. Pero es significativo ver cómo tanto españolas como españoles recurrieron a los negros para buscar soluciones a sus problemas amorosos y terminaron también siendo acusados de prácticas mágicas amatorias, tildadas de hechicerías. Por ejemplo, la negra Guiomar, acusada de herbolera en 1565, empleaba las hierbas para envenenar, pero también “mujeres de Castilla le han pedido yerbas no para matar sino para que sus maridos las quieran bien”[36]. Esta magia amatoria adquirió especial importancia en Cartagena por el conocimiento que tenían los negros de ella; las repetidas acusaciones sobre su utilización son “el espejo donde el español proyectaba todas las ansiedades y los temores propios de sus instituciones religiosas y culturales, con los que convertía al negro en el chivo expiatorio de sus propias tensiones”.[37]
No hay que perder de vista que también hubo una magia amatoria directamente importada de Europa. De las 18 mujeres blancas juzgadas entre 1610 y 1660 -14 eran peninsulares y cuatro criollas-, hubo 16 condenadas por hechiceras y una por bruja. Frecuentemente las víctimas de sus conjuros y rituales eran hombres (esposos, amigos, amantes) a quienes deseaban seducir, retener o castigar por haberse ido con otra mujer.
- Los curas también pecan.
En los cincuenta años a los que nos hemos venido refiriendo fueron juzgados cincuenta y cuatro eclesiásticos[38] que constituyen, junto con los comerciantes y los esclavos negros, los grupos más numerosos de reos, en cuanto a profesión u oficio se refiere[39]. Se trataba de 15 sacerdotes seculares y 39 pertenecientes a órdenes regulares. De éstos últimos, 14 eran franciscanos, 9 agustinos, 5 jesuitas, 5 dominicos, 5 mercedarios y un fraile de la orden de San Juan de Dios[40]. El delito que con mayor frecuencia cometieron fue el de proposiciones, que podían ser malsonantes, erróneas o hereticales. El segundo delito fue el de solicitación, que fue juzgado en nueve procesos y que no volvió a aparecer desde 1635 aproximadamente. Seis religiosos fueron acusados de ser falsos sacerdotes y cuatro eran sacerdotes casados.
Ocaso y final del Santo Oficio en Cartagena
El Tribunal decayó casi por completo a finales del siglo XVII; los reos eran pocos y los autos de fe perdieron su esplendor, abundaron entonces los autos particulares o autillos. En el que se celebró en 1683, se penitenció solamente a un blasfemo, dos supersticiosos y un bígamo.
La toma de Cartagena en 1697 por parte del barón de Pointis, corsario de la monarquía francesa, sirvió de ocasión para asestarle un golpe a la Inquisición. En esa oportunidad los presos fueron trasladados a un sitio seguro, así como los documentos del archivo secreto. Pero la sociedad cartagenera, sintiéndose fuerte por la presencia francesa, se atrevió a expresar su inconformidad por la labor de la Inquisición en la ciudad; las críticas emitidas debilitaron el prestigio de la institución e infundieron miedo en sus ministros: desde entonces ni su autoridad ni su labor fueron las mismas.[41]
Las luchas internas de los miembros del Tribunal; la opinión pública adversa y la influencia de las ideas de la Ilustraciónque llegaban a las costas caribeñas escondidas en las cajas de libros, fueron factores decisivos para la decadencia del Santo Oficio. En el siglo XVIII los procesos fueron escasos y los que se llevaron a cabo contra judíos, protestantes y comerciantes de libros prohibidos fueron los tópicos más constantes. Las tres cosas estaban relacionadas. Para ese momento España no estaba en condición de suministrarle a las colonias americanas los productos manufacturados que reclamaban. Por lo tanto, la afluencia a Cartagena de barcos extranjeros procedentes de países protestantes era cada vez mayor. La mercancía era comprada y vendida ilegalmente por comerciantes judíos. A pesar de las protestas del Santo Oficio, el gobernador de Cartagena permitía que esos barcos descargaran sus productos y que los comerciantes se establecieran en la ciudad y abrieran allí sus tiendas. En otros tiempos se habría obligado a protestantes y judíos a quedarse recluidos en sus casas y a recibir únicamente a las personas con las cuales tuvieran relaciones comerciales comprobables. En el siglo XVIII, en cambio, se los veía pasear por las calles de la ciudad en compañía de extranjeros, también judíos o protestantes.[42]
El control de la entrada de libros e ideas ilustradas fue uno de los últimos objetivos de la Inquisición cartagenera que se vio enfrentada, en 1773, con José Celestino Mutis por sostener la veracidad del sistema copernicano, y que condenó a Antonio Nariño por traducir y publicar uno de los escritos más perseguidos, Los derechos del hombre, que se pensaba iban contra los derechos de Dios y eran otra forma de asomar “la pezuña del diablo”.Al instaurarse en España el régimen napoleónico (1803-1813), las funciones del Consejo de la Suprema y General Inquisición, con sede en Madrid, fueron suspendidas y, como consecuencia, los tribunales inquisitoriales americanos interrumpieron su actividad. La Inquisición de Cartagena cerró sus puertas el 11 de noviembre de 1811, al declarar la ciudad su independencia. Pero, cuando Fernando VII recuperó el trono español en 1814, restableció la Inquisición y emprendió la “reconquista” de los territorios americanos. En Cartagena, con la llegada del ejército “pacificador” al mando del general español Pablo Morillo, la Inquisición fue restablecida en 1815 y se le encargó por edicto la búsqueda de masones. El último reo, acusado de proposiciones heréticas, fue juzgado en 1818. Tres años después la institución fue abolida en la Gran Colombia por el Congreso Constituyente de Cúcuta el 21 de agosto de 1821. Ahora sí, los “pecadores” pudieron dormir en paz.
[1] Inquisición de Nueva España, libro 764, folio 71.- Santa Fe, 15 de mayo de 1599. Citado en José Toribio Medina,La Inquisición en Cartagena de Indias, Carlos Valencia Editores, Bogotá, 1978, p. 19.
[2] José Toribio Medina, o.c., p. 21.
[3] El primero de la lista fue el francés Robert Baal quien se alzó con 310 kilos de oro de la naciente Cartagena de Indias. La ciudad sufrió luégo los ataques del francés Martin Côte (1559), de los ingleses John Hawkins (1568) y Francis Drake (1586), de los franceses Jean-Bernard Desjeans y Jean Ducasse (1697) y del almirante inglés Edward Vernon (1741).
[4] Véase, Eduardo Lemaitre, Historia General de Cartagena, 2 tomos, Banco de la República, Bogotá, 1983 y, del mismo E. Lemaitre, Breve Historia de Cartagena, Editorial Colina, Medellín, 1995.
[5] Desde 1595 hasta 1615, Cartagena sería el único puerto de la América española autorizado para recibir las cargazones de los asentistas y tratantes de esclavos. Posteriormente se le agregaría Veracruz y, con permisos excepcionales, otros sitios. Sin embargo, en casi todos los contratos se estipuló que Cartagena sería el puerto de primera entrada. Véase, Jorge Palacios Preciado, « La esclavitud y la sociedad esclavista », Manual de historia de Colombia, (bajo la dirección de Jaime Jaramillo Uibe), Colcultura-Procultura, Bogotá, 1984, tomo I, p.314.
[6] Sin tener en cuenta los esclavos introducidos por contrabando y contando con una información incompleta para 1600-1640, uno de los períodos de más intensa actividad. Véase, Jorge Palacios Preciado, o.c., p.319.
[7] Frederick Bowser, El esclavo africano en el Perú colonial, 1524-1650, Siglo XXI, México, 1977, p. 108.
[8] Cartas por medio de las cuales los jesuitas informan regularmente sobre sus actividades al Superior General que se encuentra en Roma.
[9] Carta citada por Angel Valtierra, Pedro Claver. El santo redentor de los negros, Banco de la República, Bogotá, 1980, tomo I, p.315-316.
[10] Carta de julio de 1618, citada por Angel Valtierra, o.c., tomo II, p.45.
[11] Véase, Manuel Tejado Fernández, Aspectos de la vida social en Cartagena de Indias durante el Seicientos, Escuela de Estudios Hispanoamericanos de Sevilla, Sevilla, 1954, pp. 21 y ss.
[12] En el edicto, las herejías estaban divididas en siete capítulos dedicados respectivamente a los judíos, los musulmanes, los luteranos, los alumbrados, diversas herejías, sacerdotes solicitantes y libros prohibidos. Hay una transcripción del edicto en, José Toribio Medina, o.c., pp. 23-24.
[13] Informes que contenían el resumen de todas las causas tramitadas y en trámite; eran enviados a Madrid al Consejo de la Suprema y General Inquisición.
[14] El auto de fe era una ceremonia solemne, celebrada en la plaza principal o en la catedral de la ciudad, durante la cual se les leía a los reos el resumen de su proceso, se justificaban los motivos de su condena y se les comunicaba la sentencia
[15] Anna María Splendiani, José Enrique Sánchez Bohórquez, Emma Cecilia Luque de Salazar, Cincuenta años de inquisición en el Tribunal de Cartagena de Indias. 1610-1660, Centro Editorial Javeriano e Instituto Colombiano de Cultura Hispánica, Bogotá, 1997, 4 tomos. De ahora en adelante se citará simplemente, Anna María Splendiani.
[16] Entre 1610 y 1660, 26% de los reos fueron mujeres. Véase, Anna María Splendiani, o.c., t. 4, p.131.
[17] Anna María Splendiani, o.c., t. 4, p.133. La Inquisición no empleó el término blanco; la raza se ha presumido por el origen europeo especificado en los documentos.
[18] Judío que se había hecho católico por conveniencia y que, en secreto, conservaba sus creencias y tradiciones judías.
[19] Anna María Splendiani, o.c., t. 1, p.154.
[20] Jaime Humberto Borja Gómez, Rostros y rastros del demonio en la Nueva Granada, Ariel Historia, Bogotá, 1998, pp. 245-262.
[21] Juan Friede, Documentos inéditos para la historia de Colombia. Academia Colombiana de Historia. Bogotá, 1955, t. III, doc. 722. p. 384.
[22] Por contraposición a cristiano viejo, el término cristiano nuevo designaba a las personas recientemente convertidas al catolicismo. En España los dos grupos se formaron como consecuencia de los edictos de expulsión de judíos y moros en tiempos de los Reyes Católicos. De los cristianos nuevos se sospechaba que eran falsos convertidos al catolicismo.
[23] El cronista Pedro de Aguado afirma que Quesada, por ser de Granada, último bastión judeo-islámico-, le puso a la tierra que descubrió « Nuevo Reino de Granada » . Fray Pedro de Aguado, Recopilación historial (1575), Imprenta Nacional, Bogotá, 1906, p.136.
[24] Itic Croitoru, De Sefarad al neosefardismo, t. 1, Editorial Kelly, Bogotá, 1967, pp. 120-127. Citado por Jaime Humberto Borja, Rostros y rastros del demonio en la Nueva Granada, Ariel Historia, Bogotá, 1998, p. 251.
[25] Véase, María Cristina Navarrete, Historia social del negro en la Colonia. Cartagena, siglo XVII, Universidad del Valle, Cali, 1995, pp. 69-75. La autora señala que prestantes miembros de la sociedad cartagenera de la primera mitad del siglo XVII como Ambrosio Arias de Aguilera, dueño de estancias, escribano de registro y alcalde ordinario de Cartagena, sirvieron como fiadores, defensores y/o representantes de los judaizantes perseguidos por el Tribunal de la Inquisición. Estos servicios no debieron ser gratuitos y fueron probablemente una oportunidad para adquirir esclavos y otros bienes a precios favorables (Navarrete, o.c., p. 75).
[26] Manuel Tejado Fernández, op. cit., pp. 200-209.
[27] En los expedientes inquisitoriales se denominan juntas diabólicas. También se las llamaba sabbat y aquelarres.
[28] Se han podido identificar diecisiete anglicanos, tres hugonotes, tres luteranos, tres calvinistas; los otros siete bien podían ser hugonotes o anglicanos. Véase, Anna María Splendiani, o.c., p. 174.
[29] Véase, Anna María Splendiani, o.c., tomo 1, p. 175.
[30] Siempre en el mismo período de 1610 a 1660, según Splendiani (o.c., tomo 4, p. 133) hubo un 16% de reos negros, un 12% de mulatos, un 4% de mestizos y un 1% de zambos; no se tienen datos de un 9%. Los negros procedían en su mayoría de la misma Cartagena de Indias, pero también se encuentran casos procedentes de las islas del Caribe.
[31] Que comportaba pactos con el demonio, reniego de la fe y blasfemias.
[32] La hechicería se refería a la creencia en supersticiones y al uso de oraciones que mezclaban lo profano y lo sagrado pero no implicaba el reniego de la fe. Hechiceros, brujos y judaizantes constituyeron casi la mitad de los reos de la Inquisición de Cartagena en sus primeros cincuenta años. Un 52% de los esclavos acusados y sentenciados lo fue por hechicería o brujería. He aquí el porcentaje de los delitos condenados por el Santo Oficio en dicho período: hechicería (18%), judaizante (14%), brujería (12%), proposiciones (11%), blasfemias (9%), protestante (7%), bigamia (6%), reniego de la fe (6%), solicitación (2%), falso testimonio (1%), otros (8%).
[33] Véase, Jaime Humberto Borja, « El control sobre la sexualidad: negros e indios. (1550-1650) », en Jaime Humberto Borja (editor), Inquisición, muerte y sexualidad en la Nueva Granada, Editorial Ariel-CEJA, Bogotá, 1996, pp. 171-198.
[34] Alonso de Sandoval, De instauranda Aethiopum salute (1627), Biblioteca de la Presidncia de la República, Bogotá, p. 57. El jesuita Sandoval, que escribió este notable tratado sobre la evangelización de los negros, fue el maestro del ya mencionado Pedro Claver.
[35] El delito de bigamia fue otro de los crímenes contra el matrimonio católico juzgado desde un comienzo por los tribunales inquisitoriales americanos. En los vastos territorios del Nuevo Mundo, los comerciantes, soldados y aventureros fácilmente organizaban varios hogares en diferentes partes; esto sin contar a los que, habiéndose venido de España, habían dejado en ella a sus familias con la esperanza de hacer dinero y volver, pero nunca lo lograron. En Cartagena los bígamos, en los primeros cincuenta años de inquisición, representaron el 6% de los acusados. Este delito no se incrementó en relación al aumento total de los procesos que se produjo con el establecimiento de la Inquisición en Cartagena pues, en la primera mitad del siglo XVII, el control de las familias y de los individuos fue mayor, mientras las migraciones desde España disminuyeron; los hogares se estabilizaron y el eficiente sistema de comunicación que tenía el Santo Oficio no permitía a los cristianos el tomarse muchas libertades.
[36] Archivo General de la Nación, Sección Colonia. Negros y esclavos de Bolívar. T. VI, f. 295; citado por Jaime Humberto Borja, Rostros y rastros del demonio en la Nueva Granada, o.c., p.161. Sobre la demonización del negro en la Nueva Granada véanse, en el trabajo de Borja, las páginas 153-175. Sobre el caso de la esclava Guiomar véase, Diana Luz Ceballos Gómez, Hechicería, brujería e Inquisición en el Nuevo Reino de Granada. Un duelo de imaginarios, Editorial Universidad Nacional, Bogotá, 1994, pp. 125-154.
[37] Jaime Humberto Borja, Rostros y rastros del demonio en la Nueva Granada, o.c., p. 162.
[38] 19 eran peninsulares; 17 eran criollos; de los 18 restantes no se ha podido establecer la nacionalidad. Anna María Splendiani, tomo 1, p. 189.
[39] Eclesiásticos fueron un 12%, lo mismo que los comerciantes. Los esclavos negros fueron un 11%. Véase, Anna María Splendiani, tomo 4, p.134.
[40] Idem, tomo 1, p. 189.
[41] Idem, tomo 1, p. 117.
[42] Idem, tomo 1, p. 118.


