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Rodolfo ramon de roux

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El inquisidor Juan de Mañozca, que sigue buscando en Ultratumba las huellas de la pezuña del Diablo, encontró en un anaquel polvoriento de la Biblioteca de Babel el siguiente escrito que se apresuró a esconder pero que terminó rescatando del olvido Sofrosina, quien lo ha enviado al blog “Exjesuitas en tertulia” para que celebren la abolición de la Inquisición en Colombia el 21 de agosto de 1821.

Un puerto es lugar propicio para encuentros enriquecedores. Así lo fue la Cartagena de Indias colonial. Allí confluyeron indios, negros africanos, mercaderes portugueses, marineros y gentes del bajo mundo sevillano, prisioneros de las galeras, soldados de los reinos de España. 

En esta encrucijada cultural se encontraron las tradiciones amerindias, la ortodoxia católica, el catolicismo popular, las creencias de los cristianos nuevos y de los africanos recién desembarcados, el protestantismo de unos cuantos piratas, corsarios y comerciantes, y finalmente, las ideas de la Ilustración. 

Pero ese toparse con la inquietante diferencia del otro puede también convertir al puerto en espacio para los desencuentros, el control social y las demonizaciones. Ese fue el caso de Cartagena de Indias, convertida en sede de la Inquisición por ser un punto donde se concentraban los pecados de Indias.

Un vasto territorio para las acechanzas del demonio.

En 1570 se crearon, en Ciudad de México y Lima, tribunales del Santo Oficio de la Inquisición cuya jurisdicción abarcaba la totalidad de los dominios españoles en América. Enorme territorio para las “argucias del demonio”. Así lo percibió muy pronto Antonio Ordóñez, inquisidor del Perú, quien solicitó al Consejo de la Suprema y General Inquisición de Madrid la creación de nuevos tribunales en América del Sur. En lo mismo insistiría el arzobispo de Santa Fe de Bogotá, Bartolomé Lobo Guerrero, quien en carta del 15 de mayo de 1599 escribía al Consejo de la Corte y al Rey:

“Esta tierra es la más estragada en costumbres y en todo género de vicios de cuantas tiene Su Majestad, que me obliga a creer que en ella la fe está muy a punto de perderse, pues los pecados, cuando son muchos y hay hábito de cometerlos, depravan la voluntad y inducen error en el entendimiento y pertinacia, de que nacen las herejías (…) y estos inconvenientes cesarían si V.M. se sirviese de mandar que en este reino se plantase el Sancto Oficio” (…).[1]

Bien servida iba a quedar la preocupación del arzobispo por la salvaguarda del dogma, de la moral y del orden católicos. El 25 de febrero de 1610, el rey Felipe III fundó un tribunal de la Inquisición en Cartagena de Indias. Era el puerto por donde más extranjeros entraban al sur del continente, de manera que el Consejo de Indias consideró que con la instalación del tribunal inquisitorial “sería más fácil a los ministros del Santo Oficio vigilar de cerca el que no se introdujeran por allí ni las personas ni libros infectos de herejía”.[2]

La Inquisición cartagenera, creada para aliviar a la de Lima, abarcaba los territorios del Nuevo Reino de Granada, Tierra Firme, La Española, las islas de Barlovento y las provincias que dependían de la audiencia de Santo Domingo. Bajo su jurisdicción quedaban los arzobispados de Santo Domingo y Santa Fe de Bogotá, y los obispados de Cartagena, Panamá, Santa Marta, Puerto Rico, Popayán, Caracas y Santiago de Cuba.

Un lugar propicio para la Santa Inquisición.

La escogencia de Cartagena tenía su lógica. Casi desde su fundación en 1533, el lugar se convirtió en punta de lanza de conquista y colonización. Fue puerto de gran movimiento por su profundidad y dificultad de forzar por el enemigo en caso de ataque. Se encontraba, además, en el centro de la cuenca del mar Caribe, y era el puerto más próximo a la desembocadura del Río Magdalena, vía obligada de penetración al Nuevo Reino de Granada. La proximidad de Cartagena al istmo de Panamá, que carecía de puertos abrigados sobre el Caribe, la convertían de hecho en la protectora del comercio interoceánico y de los tesoros que procedían del Perú. Las potencias rivales de España no ignoraban esto, y muy pronto comenzaron a enviar contra ella a corsarios y piratas[3]. Conocedor de todas estas circunstancias, el Rey Felipe II, en el año de 1574 le dio a Cartagena el título de “ciudad” y un año después le otorgó el título de “muy noble y muy leal”.[4]

Aunque inferior al de la Habana y Veracruz, Cartagena tenía gran movimiento comercial y a ella acudían numerosos comerciantes procedentes de las provincias circunvecinas, interesados en los productos que provenían de España como vino, aceite, vestimentas, hierro, telas y libros. Sin embargo, la actividad más lucrativa y apetecida fue la del comercio negrero. A Cartagena eran conducidos no sólo los esclavos destinados al virreinato peruano, sino los que posteriormente serían reexportados a las islas del Caribe y las Antillas.[5] Jorge Palacios Preciado calcula que el volumen total de esclavos introducidos por Cartagena desde el inicio de la trata hasta el momento de decretarse la libertad de comercio en 1789, osciló entre 130.000 y 180.OOO.[6] Frederick Bowser estima, por su parte, que entre 1580 y 1600, Cartagena de Indias recibió hasta 1.500 esclavos al año, mientras que entre 1600 y 1640 llegaron por lo menos 2.000 africanos anualmente[7].

Aunque la mayoría de estos esclavos simplemente transitaba por Cartagena, muy pronto la población negra de la ciudad superó a la de los blancos. Según las cartas annuas[8] de la Compañía de Jesús, en 1605 Cartagena tenía una población de “más de 2.000 personas de españoles, los cuales en su servicio tienen 3 o 4.000 negros. Hay presidio de soldados de más de 200 hombres, tres fuertes proveídos de gentes y dos galeras que fuera de los forzados tienen los soldados necesarios para la defensa y guarda de la costa”.[9]

Sobre la abigarrada población de Cartagena, que hizo de ella un activo lugar de encuentros y desencuentros, nos da una idea la descripción hecha en 1618 por el joven jesuita italiano Carlos de Orta a quien sus superiores destinaron como compañero del jesuita catalán Pedro Claver -el “esclavo de los esclavos”-, canonizado en 1888, declarado patrono de Cartagena en 1906 y patrono de Colombia en 1917. En una carta a su padre escribía Orta lo siguiente:

“En cuanto a forasteros, ninguna ciudad de América, a lo que se dice, tiene tantos como ésta; es un emporio de casi todas las naciones, que de aquí pasan a negociar a Quito, Méjico, Perú y otros reinos; hay oro y plata. Pero la mercancía más en uso es la de los esclavos negros.[10]

Además de esclavos, a Cartagena llegaban toda clase de pasajeros cuyo viaje a Indias estaba prohibido, desde judaizantes hasta protestantes. La ciudad era, pues, foco de comportamientos considerados desviantes por las autoridades civiles y religiosas[11].  Los primeros inquisidores, Mateo de Salcedo y Juan de Mañozca, no perdieron su tiempo. Recién desembarcados, el 30 de noviembre de 1610 comenzaron sus actividades leyendo el edicto de fe en la Catedral, en presencia del público y de las autoridades. En el edicto se explicaban pormenorizadamente los diferentes tipos de herejía y de comportamientos que debían ser denunciados ante la Inquisición, bajo pena de excomunión en caso de no hacerse la denuncia.[12] Se estimulaban así las delaciones y se enseñaba cómo reconocer al hereje en la piel de cualquier sospechoso. Pero se le daba también publicidad a ciertas prácticas heréticas que muchos no conocían. El edicto de fe -cuya edificante lectura se repetiría periódicamente para refrescar la memoria de los fieles- era, pues, arma de doble filo.

Actividad del tribunal en los primeros cincuenta años.

A lo largo de sus doscientos años de existencia, la Inquisición de Cartagena celebró un total de doce autos de fe y 38 autos particulares. Todavía no hay cifras exactas sobre el total de personas investigadas y procesadas. Para el siglo XVII se tiene información sobre 850 reos, de los cuales cinco terminaron en la hoguera. Concentraremos nuestra atención en los primeros cincuenta años de la Inquisición en Cartagena. Por una parte, fue el período de su más intensa actividad. Por otra, sobre esos años contamos con un valiosísimo trabajo de transcripción de todas las relaciones de causas[13] y autos de fe[14] realizados por el Tribunal de Cartagena, lo mismo que de la correspondencia entre los funcionarios inquisitoriales de Cartagena y los de España. [15]

Creada la inquisición, empezaron a aparecer los herejes. A éstos, si se los busca, se termina siempre por encontrarlos. Y se los encuentra más fácilmente cuando se tiene a los inquisidores a la mano. Entre 1610 y 1660, los 449 reos juzgados por los comisarios de la Nueva Granada fueron diez veces más que los enviados al tribunal de Lima en los cuarenta años anteriores; y, mientras que a la Inquisición de Lima nunca se remitieron mujeres, en Cartagena una cuarta parte de los procesos se llevaron a cabo contra ellas.[16]

  • Los judaizantes. 

Un poco más de la mitad de los procesados -más exactamente el 58%- fueron blancos[17]: criollos neogranadinos, seguidos de españoles y portugueses, por lo general acusados éstos últimos de ser judaizantes[18], acusación que recaerá sobre 59 personas.[19]

Recordemos que la intolerancia religiosa en España obligó a que un incierto número de judíos y musulmanes convertidos al cristianismo o al menos disfrazados con el ropaje de la conversión, migraran hacia el Nuevo Mundo, a pesar de que las leyes de Castilla lo prohibieran expresamente.[20] Ya desde 1535, sólo dos años después de fundada Cartagena, su obispo denunciaba ante Carlos V “los muchos conversos que hay en estas partes y malos cristianos. Y así no faltan muchos errores y herejías…”.[21]

Aunque no conocemos el número de inmigrantes conversos judíos y musulmanes, es indudable que muchos de los peninsulares que pasaron a Indias procedían de los territorios que habían sido recientemente recuperados en España a los musulmanes y que dichos territorios contaban con una alta población de cristianos nuevos,[22] lo que acrecentaba la sospecha sobre los motivos de su migración. El mismo Gonzalo Jiménez de Quesada, gobernador del Nuevo Reino de Granada, fue acusado de tener origen judío,[23] ascendencia compartida con otros jefes conquistadores de la región como Rodrigo de Bastidas y Jorge Robledo.[24]

Por lo general, los judaizantes que sufrieron procesos ante la Inquisición de Cartagena provenían de Portugal. No es de extrañar, pues en la primera mitad del siglo XVII el comercio de esclavos que llegaban de Guinea y de Angola a Cartagena de Indias estaba en manos de portugueses, la mayoría de ellos cristianos nuevos, que se convirtieron en un grupo pujante sobre el cual el Santo Oficio lanzó su mirada; no sólo lo animaba el celo religioso, sino también el interés económico que estos acusados representaban para el Fisco real y para el bolsillo de inquisidores y funcionarios inescrupulosos.[25]

El ambiente de intolerancia religiosa evidentemente no permitió que se crearan sinagogas. A falta de éstas, la proporcionalmente pequeña comunidad criptojudía se reunía en secreto en casas particulares para orar y leer los libros sagrados. A mediados del siglo XVII, la casa de Blas de Paz Pinto servía para las “reuniones sinagogales”. De acuerdo con los testimonios, esos cristianos nuevos se mantenían fieles a las prácticas y creencias talmúdicas; practicaban el «Gran Ayuno»; guardaban el sábado como día de precepto; se colocaban ropa limpia el viernes en la noche; no comían carne de cerdo y se circuncidaban[26]. Todos éstos eran elementos de unidad del grupo y de conservación de una identidad que esperaba tiempos más propicios para poder expresarse libremente. Pero ese tiempo tardó en llegar. Por aquél entonces la demonización a la que fueron sometidos los judaizantes y el carácter clandestino de sus prácticas religiosas favorecieron inclusive que se identificaran popularmente sus reuniones con las juntas que hacían las brujas[27], a las que también se llamó juntas sinagogales.

§  Los protestantes.

Los protestantes fueron otro de los grupos perseguidos. A treinta y tres de ellos se les procesó en estos primeros cincuenta años de inquisición en Cartagena. La mayoría eran anglicanos, pues los corsarios, piratas y contrabandistas capturados -entre los cuales se reclutaron los reos- eran predominantemente ingleses.[28]

Es curioso ver cómo los contrabandistas eran animados por los mismos inquisidores para que se convirtieran al catolicismo, lo que solían hacer. Tales conversiones significaban legalizar rápidamente el contrabando capturado y cobrar un impuesto que mucho necesitaba la Corona española.  En estos casos de conversión, el protestante era enviado a un convento o al colegio de los jesuitas en Cartagena para ser catequizado.[29]

§  La brujería, hechicería, la sexualidad negra.

Los negros también le aportaron un buen número de víctimas a la Inquisición.[30]  Fueron acusados de brujería[31] y de hechicería[32] pero también se condenó en ellos el “estragamiento y relajamiento de las costumbres”[33] debido a una sexualidad que inquietaba y obsesionaba a los amos blancos que creían que los negros morían, además de las causas normales, por “vejez, ponzoña o males causados por el pecado de la carne”[34]. Este imaginario sobre la liberalidad de las relaciones sexuales de los negros y sobre su “naturaleza lasciva”, alimentó no sólo las acusaciones contra ellos, sino también la idea de que se trataba de gente primitiva y con poca capacidad espiritual.

El pensamiento cristiano abogaba por el matrimonio como único espacio válido para la vida sexual[35], cualquier otra alternativa se consideraba tentación demoníaca, lo que hacía imperioso la imposición a los negros de la castidad y la monogamia. Pero es significativo ver cómo tanto españolas como españoles recurrieron a los negros para buscar soluciones a sus problemas amorosos y terminaron también siendo acusados de prácticas mágicas amatorias, tildadas de hechicerías. Por ejemplo, la negra Guiomar, acusada de herbolera en 1565, empleaba las hierbas para envenenar, pero también “mujeres de Castilla le han pedido yerbas no para matar sino para que sus maridos las quieran bien”[36]. Esta magia amatoria adquirió especial importancia en Cartagena por el conocimiento que tenían los negros de ella; las repetidas acusaciones sobre su utilización son “el espejo donde el español proyectaba todas las ansiedades y los temores propios de sus instituciones religiosas y culturales, con los que convertía al negro en el chivo expiatorio de sus propias tensiones”.[37] 

No hay que perder de vista que también hubo una magia amatoria directamente importada de Europa. De las 18 mujeres blancas juzgadas entre 1610 y 1660 -14 eran peninsulares y cuatro criollas-, hubo 16 condenadas por hechiceras y una por bruja. Frecuentemente las víctimas de sus conjuros y rituales eran hombres (esposos, amigos, amantes) a quienes deseaban seducir, retener o castigar por haberse ido con otra mujer. 

  • Los curas también pecan.

En los cincuenta años a los que nos hemos venido refiriendo fueron juzgados cincuenta y cuatro eclesiásticos[38] que constituyen, junto con los comerciantes y los esclavos negros, los grupos más numerosos de reos, en cuanto a profesión u oficio se refiere[39]. Se trataba de 15 sacerdotes seculares y 39 pertenecientes a órdenes regulares. De éstos últimos, 14 eran franciscanos, 9 agustinos, 5 jesuitas, 5 dominicos, 5 mercedarios y un fraile de la orden de San Juan de Dios[40]. El delito que con mayor frecuencia cometieron fue el de proposiciones, que podían ser malsonantes, erróneas o hereticales. El segundo delito fue el de solicitación, que fue juzgado en nueve procesos y que no volvió a aparecer desde 1635 aproximadamente. Seis religiosos fueron acusados de ser falsos sacerdotes y cuatro eran sacerdotes casados.

Ocaso y final del Santo Oficio en Cartagena

El Tribunal decayó casi por completo a finales del siglo XVII; los reos eran pocos y los autos de fe perdieron su esplendor, abundaron entonces los autos particulares o autillos. En el que se celebró en 1683, se penitenció solamente a un blasfemo, dos supersticiosos y un bígamo. 

La toma de Cartagena en 1697 por parte del barón de Pointis, corsario de la monarquía francesa, sirvió de ocasión para asestarle un golpe a la Inquisición. En esa oportunidad los presos fueron trasladados a un sitio seguro, así como los documentos del archivo secreto. Pero la sociedad cartagenera, sintiéndose fuerte por la presencia francesa, se atrevió a expresar su inconformidad por la labor de la Inquisición en la ciudad; las críticas emitidas debilitaron el prestigio de la institución e infundieron miedo en sus ministros: desde entonces ni su autoridad ni su labor fueron las mismas.[41]

Las luchas internas de los miembros del Tribunal; la opinión pública adversa y la influencia de las ideas de la Ilustraciónque llegaban a las costas caribeñas escondidas en las cajas de libros, fueron factores decisivos para la decadencia del Santo Oficio. En el siglo XVIII los procesos fueron escasos y los que se llevaron a cabo contra judíos, protestantes y comerciantes de libros prohibidos fueron los tópicos más constantes. Las tres cosas estaban relacionadas. Para ese momento España no estaba en condición de suministrarle a las colonias americanas los productos manufacturados que reclamaban. Por lo tanto, la afluencia a Cartagena de barcos extranjeros procedentes de países protestantes era cada vez mayor. La mercancía era comprada y vendida ilegalmente por comerciantes judíos. A pesar de las protestas del Santo Oficio, el gobernador de Cartagena permitía que esos barcos descargaran sus productos y que los comerciantes se establecieran en la ciudad y abrieran allí sus tiendas. En otros tiempos se habría obligado a protestantes y judíos a quedarse recluidos en sus casas y a recibir únicamente a las personas con las cuales tuvieran relaciones comerciales comprobables. En el siglo XVIII, en cambio, se los veía pasear por las calles de la ciudad en compañía de extranjeros, también judíos o protestantes.[42]

El control de la entrada de libros e ideas ilustradas fue uno de los últimos objetivos de la Inquisición cartagenera que se vio enfrentada, en 1773, con José Celestino Mutis por sostener la veracidad del sistema copernicano, y que condenó a Antonio Nariño por traducir y publicar uno de los escritos más perseguidos, Los derechos del hombre, que se pensaba iban contra los derechos de Dios y eran otra forma de asomar “la pezuña del diablo”.Al instaurarse en España el régimen napoleónico (1803-1813), las funciones del Consejo de la Suprema y General Inquisición, con sede en Madrid, fueron suspendidas y, como consecuencia, los tribunales inquisitoriales americanos interrumpieron su actividad. La Inquisición de Cartagena cerró sus puertas el 11 de noviembre de 1811, al declarar la ciudad su independencia. Pero, cuando Fernando VII recuperó el trono español en 1814, restableció la Inquisición y emprendió la “reconquista” de los territorios americanos. En Cartagena, con la llegada del ejército “pacificador” al mando del general español Pablo Morillo, la Inquisición fue restablecida en 1815 y se le encargó por edicto la búsqueda de masones. El último reo, acusado de proposiciones heréticas, fue juzgado en 1818. Tres años después la institución fue abolida en la Gran Colombia por el Congreso Constituyente de Cúcuta el 21 de agosto de 1821. Ahora sí, los “pecadores” pudieron dormir en paz.


[1] Inquisición de Nueva España, libro 764, folio 71.- Santa Fe, 15 de mayo de 1599. Citado en José Toribio Medina,La Inquisición en Cartagena de Indias, Carlos Valencia Editores, Bogotá, 1978, p. 19.

[2] José Toribio Medina, o.c., p. 21.

[3] El primero de la lista fue el francés Robert Baal quien se alzó con 310 kilos de oro de la naciente Cartagena de Indias. La ciudad sufrió luégo los ataques del francés Martin Côte (1559), de los ingleses John Hawkins (1568) y Francis Drake (1586), de los franceses Jean-Bernard Desjeans y Jean Ducasse (1697) y del almirante inglés Edward Vernon (1741).

[4] Véase, Eduardo Lemaitre, Historia General de Cartagena, 2 tomos, Banco de la República, Bogotá,  1983 y, del mismo E. Lemaitre, Breve Historia de Cartagena, Editorial Colina, Medellín, 1995.

[5] Desde 1595 hasta 1615, Cartagena sería el único puerto de la América española autorizado para recibir las cargazones de los asentistas y tratantes de esclavos. Posteriormente se le agregaría Veracruz y, con permisos excepcionales, otros sitios. Sin embargo, en casi todos los contratos se estipuló que Cartagena sería el puerto de primera entrada. Véase, Jorge Palacios Preciado, « La esclavitud y la sociedad esclavista », Manual de historia de Colombia, (bajo la dirección de Jaime Jaramillo Uibe),  Colcultura-Procultura, Bogotá, 1984, tomo I, p.314.

[6] Sin tener en cuenta los esclavos introducidos por contrabando y contando con una información incompleta para 1600-1640, uno de los períodos de más intensa actividad. Véase, Jorge Palacios Preciado, o.c., p.319.

[7] Frederick Bowser, El esclavo africano en el Perú colonial, 1524-1650, Siglo XXI, México, 1977, p. 108.

[8] Cartas por medio de las cuales los jesuitas informan regularmente sobre sus actividades al Superior General que se encuentra en Roma.

[9] Carta citada por Angel Valtierra, Pedro Claver. El santo redentor de los negros, Banco de la República, Bogotá, 1980,  tomo I, p.315-316.

[10] Carta de julio de 1618, citada por Angel Valtierra, o.c., tomo II, p.45.

[11] Véase, Manuel Tejado Fernández, Aspectos de la vida social en Cartagena de Indias durante el Seicientos, Escuela de Estudios Hispanoamericanos de Sevilla, Sevilla, 1954, pp. 21 y ss.

[12] En el edicto, las herejías estaban divididas en siete capítulos dedicados respectivamente a los judíos, los musulmanes, los luteranos, los alumbrados, diversas herejías, sacerdotes solicitantes y libros prohibidos. Hay una transcripción del edicto en, José Toribio Medina, o.c., pp. 23-24.

[13] Informes que contenían el resumen de todas las causas tramitadas y en trámite; eran enviados a Madrid al Consejo de la Suprema y General Inquisición. 

[14] El auto de fe era una ceremonia solemne, celebrada en la plaza principal o en la catedral de la ciudad, durante la cual se les leía a los reos el resumen de su proceso, se justificaban los motivos de su condena  y se les comunicaba la sentencia 

[15] Anna María Splendiani, José Enrique Sánchez Bohórquez, Emma Cecilia Luque de Salazar, Cincuenta años de inquisición en el  Tribunal de Cartagena de Indias. 1610-1660, Centro Editorial Javeriano e Instituto Colombiano de Cultura Hispánica, Bogotá, 1997, 4 tomos. De ahora en adelante se citará simplemente, Anna María Splendiani.

[16] Entre 1610 y 1660, 26% de los reos fueron mujeres. Véase, Anna María Splendiani, o.c., t. 4, p.131.

[17] Anna María Splendiani, o.c., t. 4, p.133. La Inquisición no empleó el término blanco; la raza se ha presumido por el origen europeo especificado en los documentos.

[18] Judío que se había hecho católico por conveniencia y que, en secreto, conservaba sus creencias y tradiciones judías.

[19] Anna María Splendiani, o.c., t. 1, p.154.

[20] Jaime Humberto Borja Gómez, Rostros y rastros del demonio en la Nueva Granada, Ariel Historia, Bogotá, 1998, pp. 245-262.

[21] Juan Friede, Documentos inéditos para la historia de Colombia.  Academia Colombiana de Historia.  Bogotá, 1955, t. III, doc. 722. p384.

[22] Por contraposición a cristiano viejo, el término cristiano nuevo designaba a las personas recientemente convertidas al catolicismo. En España los dos grupos se formaron como consecuencia de los edictos de expulsión de judíos y moros en tiempos de los Reyes Católicos. De los cristianos nuevos  se sospechaba que eran falsos convertidos al catolicismo.

[23] El cronista Pedro de Aguado afirma que Quesada, por ser de Granada, último bastión judeo-islámico-, le puso a la tierra que descubrió « Nuevo Reino de Granada » . Fray Pedro de Aguado, Recopilación historial (1575), Imprenta Nacional, Bogotá, 1906, p.136.

[24] Itic Croitoru, De Sefarad al neosefardismo,  t. 1, Editorial Kelly, Bogotá, 1967, pp. 120-127. Citado por Jaime Humberto Borja, Rostros y rastros del demonio en la Nueva Granada, Ariel Historia, Bogotá, 1998, p. 251.

[25] Véase, María Cristina Navarrete, Historia social del negro en la Colonia. Cartagena, siglo XVII,  Universidad del Valle, Cali, 1995, pp. 69-75. La autora señala que prestantes miembros de la sociedad cartagenera de la primera mitad del siglo XVII como Ambrosio Arias de Aguilera, dueño de estancias, escribano de registro y alcalde ordinario de Cartagena, sirvieron como fiadores, defensores y/o representantes de los judaizantes perseguidos por el Tribunal de la Inquisición. Estos servicios no debieron ser gratuitos y fueron probablemente una oportunidad para adquirir esclavos y otros bienes a precios favorables (Navarrete, o.c., p. 75).

[26] Manuel Tejado Fernández, op. cit., pp. 200-209.

[27] En los expedientes inquisitoriales se denominan juntas diabólicas. También se las llamaba sabbat aquelarres.

[28] Se han podido identificar diecisiete anglicanos, tres hugonotes, tres luteranos, tres calvinistas; los otros siete bien podían ser hugonotes o anglicanos. Véase, Anna María Splendiani, o.c., p. 174.

[29] Véase, Anna María Splendiani, o.c., tomo 1, p. 175.

[30] Siempre en el mismo período de 1610 a 1660, según Splendiani (o.c., tomo 4, p. 133) hubo un 16% de reos negros, un 12% de mulatos, un 4% de mestizos y un 1% de zambos; no se tienen datos de un 9%. Los negros procedían en su mayoría de la misma Cartagena de Indias, pero también se encuentran casos procedentes de las islas del Caribe.

[31] Que comportaba pactos con el demonio, reniego de la fe y blasfemias. 

[32] La hechicería se refería a la creencia en supersticiones y al uso de oraciones que mezclaban lo profano y lo sagrado pero no implicaba el reniego de la fe. Hechiceros, brujos y judaizantes constituyeron casi la mitad de los reos de la Inquisición de Cartagena en sus primeros cincuenta años. Un 52% de los esclavos acusados y sentenciados lo fue por hechicería o brujería. He aquí el porcentaje de los delitos condenados por el Santo Oficio en dicho período: hechicería (18%), judaizante (14%), brujería (12%), proposiciones (11%), blasfemias (9%), protestante (7%), bigamia (6%), reniego de la fe (6%), solicitación (2%), falso testimonio (1%), otros (8%).

[33] Véase, Jaime Humberto Borja, « El control sobre la sexualidad: negros e indios. (1550-1650) », en Jaime Humberto Borja (editor), Inquisición, muerte y sexualidad en la Nueva Granada, Editorial Ariel-CEJA, Bogotá, 1996, pp. 171-198.

[34] Alonso de Sandoval, De instauranda Aethiopum salute (1627), Biblioteca de la Presidncia de la República, Bogotá, p. 57. El jesuita Sandoval, que escribió este notable tratado sobre la evangelización de los negros, fue el maestro del ya mencionado Pedro Claver.

[35] El delito de bigamia fue otro de los crímenes contra el matrimonio católico juzgado desde un comienzo por los tribunales inquisitoriales americanos. En los vastos territorios del Nuevo Mundo, los comerciantes, soldados y aventureros fácilmente organizaban varios hogares en diferentes partes; esto sin contar a los que, habiéndose venido de España, habían dejado en ella a sus familias con la esperanza de hacer dinero y volver, pero nunca lo lograron. En Cartagena los bígamos, en los primeros cincuenta años de inquisición, representaron el 6% de los acusados. Este delito no se incrementó en relación al aumento total de los procesos que se produjo con el establecimiento de la Inquisición en Cartagena pues, en la primera mitad del siglo XVII, el control de las familias y de los individuos fue mayor, mientras las migraciones desde España disminuyeron; los hogares se estabilizaron y el eficiente sistema de comunicación que tenía el Santo Oficio no permitía a los cristianos el tomarse muchas libertades.

[36] Archivo General de la Nación, Sección Colonia.  Negros y esclavos de Bolívar.  T. VI, f. 295; citado por Jaime Humberto Borja, Rostros y rastros del demonio en la Nueva Granada, o.c., p.161. Sobre la demonización del negro en la Nueva Granada véanse, en el trabajo de Borja, las páginas 153-175. Sobre el caso de la esclava Guiomar véase, Diana Luz Ceballos Gómez, Hechicería, brujería e Inquisición en el Nuevo Reino de Granada. Un duelo de imaginarios, Editorial Universidad Nacional, Bogotá, 1994, pp. 125-154.

[37] Jaime Humberto Borja, Rostros y rastros del demonio en la Nueva Granada, o.c., p. 162.

[38] 19 eran peninsulares; 17 eran criollos; de los 18 restantes no se ha podido establecer la nacionalidad. Anna María Splendiani, tomo 1, p. 189.

[39] Eclesiásticos fueron un 12%, lo mismo que los comerciantes. Los esclavos negros fueron un 11%.  Véase, Anna María Splendiani, tomo 4, p.134.

[40] Idem, tomo 1, p. 189.

[41] Idem, tomo 1, p. 117.

[42]         Idem, tomo 1, p. 118.

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Las declaraciones y actuaciones político-religiosas del recién posesionado presidente de Colombia, Abelardo de la Espriella, han agitado nuevamente el debate sobre la naturaleza laica del Estado colombiano.  Sin ánimo de polémica ni de análisis de los acontecimientos recientes, ofrezco a los lectores del blog este escrito publicado hace un cuarto de siglo pero que, me parece, puede ayudar a comprender las etapas de una larga lucha por la laicización del Estado en la república de Colombia. 

Al hablar de laicización nos referimos a un proceso de larga duración en el que se oponen la Iglesia y el Estado, buscando éste disminuir el poder y la influencia de aquélla.[1] Tanto en la Europa latina como en la América Latina -regiones modeladas por un catolicismo hegemónico-, este proceso no homogéneo[2] fue particularmente conflictivo durante el siglo XIX y la primera mitad del XX, al ser rechazados y combatidos por la Iglesia católica los principios liberales de la Modernidad. Dicho rechazo corresponde a una concepción general frecuentemente repetida en las enseñanzas pontificias en materia política y social, desde la encíclica Mirari vos de Gregorio XVI (1832) y del Syllabus de Pío IX (1864) hasta algunas intervenciones de Juan Pablo II.

El fundamento que los papas han dado a esta oposición al liberalismo obedece a un esquema global de interpretación del desarrollo histórico de la Modernidad, que la autoridad pontificia ha retomado de la cultura intransigente posterior a la Revolución Francesa.[3] Según ese esquema, el signo distintivo del mundo contemporáneo es la secularización de la sociedad, siendo la laicización del Estado uno de sus aspectos más sobresalientes y que, según la Iglesia, tiene como objetivo la descristianización.  

La secularización en curso es considerada por el Vaticano como el fruto envenenado de la larga lista de los «errores modernos»: comenzó con la Reforma protestante, continuó con la Ilustración, condujo a la apostasía social y política de la Revolución francesa, prosiguió con el liberalismo, el socialismo, el comunismo y con el actual secularismo. Cada anillo de esta cadena ha ampliado el espacio de autonomía de los individuos con relación a lo religioso en todos los aspectos de la vida individual y colectiva, lo cual se ve por los pontífices católicos como un funesto error.

A esta voluntad de sustraerse de la dirección eclesiástica en la organización de la sociedad se le atribuye igualmente el agravamiento de guerras, revoluciones, pobreza y desequilibrios sociales de todo tipo. Y se saca la conclusión ineluctable: solamente la restauración de una sociedad cristiana -en la que la jerarquía eclesiástica recupere el derecho de fijar los principios constitutivos y las normas fundamentales de la vida colectiva- puede conducir a un orden social pacífico, próspero y feliz.

Esta oposición de fondo al fundamento de la Modernidad –interpretada como la autonomía de la organización política y social con respecto a las directivas eclesiásticas- no le ha impedido a la Iglesia católica una cierta y obligada modificación de sus relaciones con el Estado. 

Pero, en continuidad con la tradición del magisterio papal, la laicidad del Estado sigue siendo considerada como uno de los elementos principales de una Modernidad temida. Si después del aggiornamento emprendido por Juan XXIII y proseguido por el Concilio Vaticano II el papado ha renunciado a fijar las modalidades, las normas constitucionales y las estructuras de la organización social como lo hacía en el pasado, la Iglesia no ha abandonado la voluntad de determinar «los principios y los fines» de la vida colectiva, ni ha renunciado a reconstruir una sociedad cristiana sometida en última instancia a las orientaciones de la jerarquía eclesiástica.[4]

Propongo a continuación, de manera sucinta, un esquema de las grandes etapas de la lucha por la laicización del Estado en Colombia.[5]

1. Los comienzos de la República y la imposible laicización (1819-1849).

La participación del clero criollo en favor de la emancipación de España hizo que su posición continuara siendo prominente en la nueva sociedad que se gestaba. Inclusive, su influjo aumentó por la participación de numerosos sacerdotes en juntas, congresos y asambleas, cargos cubiertos por elección popular.[6]

A pesar del debilitamiento que la guerra de Independencia causó a la Iglesia católica[7] (pérdidas materiales, cierre de seminarios, penuria de vocaciones, secularizaciones, expulsión del clero realista), su influencia continuó siendo mayor que la de cualquier otro grupo. 

Pero entre los liberales, muchos de ellos adeptos a la masonería, comenzaron a gestarse reformas encaminadas a neutralizar el influjo clerical. Sin embargo, en las primeras tres décadas de vida republicana las medidas anticlericales no prosperaron. El mismo gobernante clave del periodo, el liberal Francisco de Paula Santander[8], declaró más de una vez que tenía que oponerse a determinada medida no porque la juzgara equivocada o injusta, sino porque el pueblo la podía tomar como un ataque contra la religión.[9] Se trataba de una situación en la que el Estado quería el apoyo de la Iglesia pero también controlarla, y la Iglesia quería libertad frente al Estado, pero sin perder su protección como religión nacional.

El enorme peso social de la Iglesia hizo que en estos primeros tiempos de la república los gobernantes, que habían adoptado preceptos del racionalismo filosófico, prefirieran la conciliación y no se atrevieran a plantear una ruptura con la Iglesia porque, además, en muchos aspectos, ésta servía de vínculo de unión nacional. 

Por eso en las constituciones políticas fueron inscritos principios de Los derechos del hombre y alusiones a la Ilustracióncomo condición para alcanzar la felicidad pública y, al mismo tiempo, se hicieron fervorosas defensas del catolicismo. La Constitución de Cundinamarca (1811), señalaba que el pueblo entraba a ejercer los derechos que “la naturaleza, la razón y la religión le conceden”. A su vez, en el preámbulo de la Constitución nacional expedida en 1821, se lee, refiriéndose a la religión católica, que «ella ha sido la Religión de nuestros padres, y es y será la Religión del Estado».[10]

Siendo vicepresidente de la Gran Colombia, Santander trató de limitar el influjo de la Iglesia mediante un Plan de Estudios Liberales (decretos del 8 de noviembre de 1825 y del 3 de octubre de 1826) que promovió el método lancasteriano en la educación primaria y la difusión de las doctrinas de Jeremy Bentham y Destutt de Tracy, autores condenados por la Iglesia. Por la misma época, Santander suprimió los derechos de aduana para los libros de Rousseau y de Diderot; eliminó algunos impuestos que enriquecían a la Iglesia, abolió las capellanías en el ejército, cerró algunos conventos en la provincia de Tunja y subastó sus joyas para allegar recursos con destino a la instrucción pública. La reacción clerical puso rápido fin a estas medidas laicizadoras. El mismo Simón Bolívar, presidente de la Gran Colombia, echó atrás el Plan de Estudios Liberales (Decreto del 12 de marzo y Circular del 20 de octubre de 1828), restituyó en sus funciones a los capellanes castrenses, restableció los impuestos curiales y rehabilitó los conventos que habían sido cerrados.

En 1835, ya como presidente de la Nueva Granada (actual Colombia), Santander retomó el abortado Plan de Estudios de 1826, matizándolo en los aspectos religiosos. De todas maneras, la reforma educativa no tuvo mucho futuro pues, dos años más tarde, subió a la presidencia José Ignacio de Márquez (1837-1841), quien se caracterizó por conceder especial protección a la Iglesia, lo mismo que su sucesor, el general Pedro Alcántara Herrán (1841-1845). En 1844 retornó al país la Compañía de Jesús[11] y se expidió un nuevo Plan de Estudios que remplazó a Tracy y a Bentham por el estudio de los sacerdotes católicos Jaime Balmes y Juan Heinecke, español y alemán, respectivamente. 

2. Un primer estadio de laicización (1850-1885).

El choque definitivo entre la Iglesia y el Estado se produjo a mediados del siglo XIX. Según los liberales en el poder, una mayor vinculación del país al mercado mundial requería de un Estado burgués, liberal y democrático. Los conservadores defendieron un «orden» derivado de relaciones sociales que consideraban garantizadas por la religión y el ejercicio efectivo de la autoridad.[12]

En cambio, una nueva generación de liberales radicales[13] pretendió alcanzar el progreso social y económico por medio de la salvaguardia de la libertad total (de comercio, de palabra, de imprenta, de religión…), unida, paradójicamente, a la limitación drástica del poder religioso, cultural, económico y político del clero católico, con la firme idea de que la religión debía convertirse en asunto privado e individual.

Salvo breves periodos, los liberales radicales estuvieron en el poder de 1849 a 1885 y cumplieron sus propósitos de laicización del Estado.[14] Puesto que consideraban necesario que la educación dejara de estar orientada por las instituciones religiosas y, más precisamente, por la Compañía de Jesús que, desde su regreso al país en 1844 se había constituido en un baluarte del Partido Conservador, una de las primeras medidas que tomaron fue la expulsión de los jesuitas en 1850.

En 1853 (15 de junio) se expidió la ley de separación entre la Iglesia y el Estado. Dicha ley declaraba que cesaba cualquier intervención gubernamental en la elección y presentación de personas para puestos eclesiásticos y en cualquier asunto relativo al culto católico o de cualquier otro culto que pudiera profesarse libremente. Se prohibía toda contribución forzosa para el culto religioso o sus ministros. Clérigos y religiosos quedaban sometidos a las autoridades civiles. Los templos se declaraban pertenecientes a los fieles respectivos. Se negaba el carácter público de las corporaciones religiosas. No se permitía ninguna coacción de los ministros del culto o de las comunidades religiosas, pero se mantenía vigente la prohibición de que los jesuitas retornasen al país.

Como complemento de las medidas anteriores se sancionó, el 14 de mayo de 1855, la ley sobre libertad religiosa que instituyó el matrimonio civil obligatorio, aprobó el divorcio vincular y declaró que el país no tenía religión oficial.

El 20 de julio de 1861, la ley de tuición de cultos estipuló que se necesitaba permiso del gobierno para ejercer cualquier ministerio eclesiástico, se requería el pase del gobierno para todo decreto o documento del Papa, no se podía admitir en el país a ningún agente de la Curia romana y sólo los ciudadanos colombianos podían ser nombrados obispos. Varios prelados que se opusieron a esta ley fueron desterrados bajo la acusación de inmiscuirse en cuestiones políticas.

Mes y medio más tarde se decretó la desamortización de bienes de manos muertas (9 de septiembre de 1861). Además de golpear económicamente a la Iglesia, la expropiación de sus cuantiosos bienes se utilizó como una medida fiscal para aliviar al tesoro público que estaba en bancarrota. Con la expropiación se pensó también en una redistribución de la propiedad agraria, pero la desamortización sólo logró reemplazar el latifundio eclesiástico por el latifundio laico. Para rematar se decretó (5 de noviembre de 1861) la extinción de las comunidades religiosas que desobedecieran a los decretos de desamortización y de tuición.

Como coronamiento del embate laicizador se expidió una nueva Constitución nacional, conocida como la Constitución de Rionegro (8 de mayo de 1863), de cuyo encabezamiento fue suprimido el nombre de Dios. La Constitución de 1863 decretó la libertad de religión mientras no se ejecutaran hechos incompatibles con la paz o la soberanía nacional; instituyó la inspección o tuición de cultos por parte de las autoridades civiles; determinó que las comunidades religiosas eran incapaces de poseer bienes raíces; prohibió las fundaciones, mandas, legados y fideicomisos en favor de la Iglesia e impuso a los ministros del clero católico la exigencia del juramento de obediencia a la Constitución y a las leyes.

La Constitución de 1863 proclamó, pues, una libertad religiosa bajo estrecha vigilancia y una tuición de cultos que, en la práctica, afectaba exclusivamente al culto católico, que era el de la casi totalidad de los ciudadanos. El Estado se puso así en una situación en la que la paz y el sosiego públicos se verían en continuo riesgo.  

El desafío liberal a la Iglesia empezó a debilitarse en la década de 1870 pues, por una parte, el movimiento por la autorreforma de la Iglesia colombiana produjo la generación de clérigos mejor preparados desde las guerras de independencia y, por otra parte, el Estado liberal fue menos eficiente que la Iglesia como agente filantrópico o como educador y tuvo incluso que recurrir a las congregaciones religiosas menos politizadas, como las Hermanas de la Caridad o los Hermanos Maristas, para que trabajaran en los hospitales y colegios. 

En el terreno del control de los bienes simbólicos de salvación, la Iglesia también conservó su hegemonía. Y, en cuanto al control educativo, pieza clave en un proceso de secularización, los liberales tampoco tuvieron éxito, a pesar de la creación de la Universidad Nacional (1867) y de la reforma de la instrucción pública (decreto del 1 de noviembre de 1870) que preveía la creación de Escuelas Normales y la formación de maestros laicos: a la categórica oposición de la Iglesia y del Partido Conservador, se añadió la guerra civil de 1876-1877 entre liberales y conservadores que dejó al sistema educativo en estado de total postración. 

Sobre los avatares de la laicización por decreto de una sociedad no secularizada (véase nota 1), dan buena cuenta las reflexiones de dos liberales radicales que fueron presidentes de la República: Manuel Murillo Toro (1864-1866) y Aquileo Parra, (1876-1878). A la luz de la experiencia de la guerra civil de 1876-1877, en la que el clero católico participó contra el gobierno liberal[15], decía Parra que, aunque en teoría pensaba que lo mejor era la separación entre la Iglesia y el Estado, en la práctica no lo era, pues

«Preciso es reconocer que lo único que hay verdaderamente difundido y profundamente arraigado en nuestras masas populares, y aun en la casi totalidad del sexo femenino de las clases educadas, es la creencia católica… Mientras que la República democrática… está todavía en su infancia, la institución del clero católico ha llegado a un estado de completa madurez.»[16]

Por su parte, Murillo Toro, en dramática confesión ante el Senado de 1878 proclamó:

«La última revolución (la guerra civil de 1876-1877) ha modificado mis ideas sobre libertad religiosa: hoy opino que no debe ser absoluta, porque es un peligro para el partido liberal, como lo fue el sufragio universal en 1856. El clero católico fue el que hizo la última revolución, y es el gran enemigo que tienen las instituciones en Colombia. Tampoco estoy porque se le permita emitir todos sus pensamientos, porque excomulga a los que no piensen como él, y abusa de esa libertad para atacar al que se la otorga.»[17]

Nos encontramos, entonces, con un primer y frustrado estadio de laicización del Estado que se quiso realizar de manera voluntarista sin que correspondiera a una secularización de la sociedad.

3. El fracaso de la laicización y el triunfo de la «Cristiandad republicana» (1886-1930).

Derrotados los liberales radicales, comenzó el periodo conocido como la Regeneración (1886-1930), verdadera «Cristiandad republicana» caracterizada por la estrecha alianza entre la Iglesia y el Estado.[18] La Constitución de 1863 fue derogada, se promulgó una nueva Constitución en 1886, se firmó un Concordato con la Santa Sede en 1887 y unas Convenciones Adicionales al mismo en 1892.

La Constitución de 1886 invoca a Dios como «fuente suprema de toda autoridad», y declara que «La religión católica, apostólica y romana es la de la nación; los poderes públicos la protegerán y harán que sea respetada como esencial elemento del orden social» (art. 38). Se aclara enseguida que «Se entiende que la Iglesia no es ni será oficial, y conservará su independencia». (art.38)  

El artículo 39 estipula que «Nadie será molestado por sus opiniones religiosas, ni compelido a profesar creencias ni a observar prácticas contrarias a su conciencia». Por el artículo 40 «Es permitido el ejercicio de todos los cultos que no sean contrarios a la moral cristiana ni a las leyes.» El artículo 41 que puso fin a uno de los enfrentamientos más fuertes entre la Iglesia y el Estado, dictamina que «La educación pública será organizada y dirigida en concordancia con la religión católica».

Se le reconoce a la Iglesia la libre administración de sus asuntos interiores y su libertad para ejercer autoridad espiritual y jurisdicción eclesiástica, sin necesidad de la autorización del poder civil; igualmente se le reconoce personería jurídica para ejercer actos civiles (artículo 53). Se declara la incompatibilidad del ministerio sacerdotal con el ejercicio de cargos públicos, excepto en el campo de la educación o de la beneficencia públicas (artículo 54). Se exime de impuestos a los templos católicos, seminarios conciliares y casas episcopales y curales (artículo 55). Por último, se reconoce que el gobierno podrá celebrar una convención con la Santa Sede para arreglar las cuestiones pendientes y definir las relaciones entre ambas potestades (artículo 56). 

En consonancia con lo estatuido por la Constitución de 1886 se firmó, el 31 de diciembre de 1887, un Concordato con la Santa Sede cuyo artículo 1° expresa que la religión católica es la de Colombia, por lo cual los poderes públicos la reconocen como elemento esencial del orden social y se obligan a protegerla y hacerla respetar. Se reconoce en seguida, la libertad de la Iglesia frente a la potestad civil, por lo cual aquélla puede ejercer libremente su autoridad espiritual y ejercer jurisdicción eclesiástica (artículo 2°). La legislación canónica será independiente de la civil, pero será respetada por la autoridad (artículo 3°). Se le reconoce a la Iglesia personería jurídica (artículo 4°) y la libre posesión de bienes muebles e inmuebles (artículo 5°).  Se exime de impuestos a los templos, los seminarios conciliares y las casas curales y episcopales (artículo 6°).

Los artículos 12, 13 y 14 van a ser cruciales para afianzar el control educativo de la Iglesia. El artículo 12 establece que la educación e instrucción públicas en las universidades, colegios, escuelas y demás centros de enseñanza se organizarán y dirigirán en conformidad con los dogmas y la moral de la Religión católica; en esos centros educativos será obligatoria la enseñanza religiosa y se observarán sus prácticas piadosas. 

Consecuentemente, el artículo 13 otorga a los obispos diocesanos el derecho de inspección de los textos de religión y moral, pudiendo elegir los textos de esas materias. En el resto de las asignaturas, el gobierno se compromete a impedir que se propaguen ideas contrarias al dogma católico y al respeto y veneración debidos a la Iglesia. El artículo 14 concede a los obispos la potestad de retirar a los maestros la facultad de enseñar tales materias, si no lo hacen en conformidad con la doctrina católica.

El artículo 15 hace constar que sólo la Santa Sede tiene derecho a nombrar arzobispos u obispos, pero señala una solución política del problema: el Papa, «como prueba de particular deferencia y con el fin de conservar la armonía entre la Iglesia y el Estado», acepta someter los nombres de los candidatos a la consideración del presidente de la república para saber si éste «tiene motivos de carácter civil o político para considerar a dichos candidatos como personas no gratas.»

Los artículos 17, 18 y 19 estipulan que el único matrimonio válido para los católicos es el canónico, el cual produce efectos civiles. Las causas matrimoniales que afecten el vínculo del matrimonio y la cohabitación de los cónyuges quedan, sin embargo, sujetas a la exclusiva competencia de las autoridades eclesiásticas.

Los artículos 22 a 29 se refieren a las cuestiones económicas: la Santa Sede condona al gobierno colombiano las deudas de la desamortización de los bienes de manos muertas, en vista de la pobreza del Estado y de la utilidad que deriva la Iglesia del Concordato. En compensación, el Estado colombiano se obliga a asignar a la Iglesia colombiana, a perpetuidad, una suma anual de 100.000 pesos colombianos, suma que deberá ajustarse cuando mejore la situación del fisco nacional.[19]

Para complementar el Concordato se firmaron, en 1892, una convención adicional sobre el fuero eclesiástico y una convención sobre el régimen de misiones. La Convención de Misiones concede subsidios estatales a los misioneros; además, el gobierno confía a los prelados jefes de misiones la dirección y vigilancia de la educación. El jefe de la misión se convertía así en funcionario oficial: la creación y el traslado de escuelas, los nombramientos, promociones y remociones de maestros y la fijación de sueldos podían ser improbados por la autoridad colombiana en el plazo de tres meses después de recibir notificación. Pero la improbación no podía llevarse a cabo si el traslado de escuelas y la remoción de maestros obedecía a motivos de orden religioso o moral. El gobierno también se comprometía a conceder a la Iglesia las tierras baldías requeridas para el servicio de las misiones. Hay que tener en cuenta que los «territorios de misión» encomendados a la Iglesia, abarcaban el 64% del área nacional (aunque representaban menos del dos por ciento de su población). 

4. De una nueva e infructuosa tentativa de laicización (1936) al retorno del Estado confesional (1957).

Después de casi cincuenta años de gobiernos conservadores, los liberales regresaron al poder de 1930 a 1946. Durante la primera presidencia de Alfonso López Pumarejo (1934-1938) se retomaron las banderas de laicización del Estado y, en 1936, se llevó a cabo una reforma constitucional que derogó los artículos 38, 39, 40, 41, 53 y 56 de la Constitución de 1886. En consecuencia, la religión católica dejó de ser reconocida como la de la nación, y el Estado cesó de comprometerse a darle una protección especial y a considerarla como «esencial elemento del orden público». Se permitió el divorcio vincular, se suprimió le exención de impuestos para templos y seminarios, se declaró la beneficencia pública como función del Estado y se le quitó a la Iglesia el control sobre la educación pública. Se aprobaron, en cambio, la libertad de conciencia y la libertad de todos los cultos «que no sean contrarios a la moral cristiana ni a las leyes» (art. 12), y se garantizó la libertad de enseñanza bajo «la suprema inspección y vigilancia» del Estado (art. 13).

A la reforma se opusieron los conservadores y el episcopado en pleno, que consideró que no podía admitirse como constitución colombiana «una cosa» que no interpretaba «los sentimientos y el alma religiosa de nuestro pueblo», que implantaba «la libertad de cultos en vez de una razonable tolerancia» y que cambiaba «la fisonomía de una Constitución netamente cristiana por la de una Constitución atea». Estimaban los obispos que la reforma constitucional estaba «preñada de tempestades y luchas religiosas» y que no sería fácil «imponer a un pueblo creyente instituciones contrarias a la religión que profesa».[20]

Después de difíciles negociaciones con el Vaticano, el Congreso aprobó en 1942 un nuevo Concordato arduamente controvertido por una parte del Partido Conservador y del episcopado. En un ambiente polarizado y temiendo que se desencadenara una lucha religiosa, el presidente de la república[21] se abstuvo de realizar el canje de ratificaciones, paso necesario para la vigencia del tratado. Continuó así el desacuerdo entre la Reforma constitucional de 1936 y el Concordato de 1887: pluralista y tolerante aquélla, confesional éste.

En 1946, con el regreso de los conservadores al poder, se le restituyó a la Iglesia su influjo educativo. En frase del presidente Mariano Ospina Pérez (1946-1950), a nadie debía extrañar que imperaran en la escuela «la moral cristiana y las orientaciones que emanan de la fe de nuestros mayores» siendo «la nación colombiana unánimemente católica».[22]

En septiembre de 1952, bajo la presidencia de Laureano Gómez (1950-1953), el ministro de Educación dirigió una circular a los directores departamentales de educación sobre «la necesaria recristianización de la enseñanza oficial». Parte de esa recristianización consistía en el despido de maestros y directores de escuelas y colegios pertenecientes al partido liberal.[23]

Precisamente el año anterior, 1951, el presidente Gómez había comenzado a promover una reforma constitucional de tipo corporativista y su amigo, el jesuita Félix Restrepo (teórico del corporativismo, eminente lingüista, presidente por muchos años de la Academia de la Lengua y rector de la Universidad Javeriana) pronunció una serie de conferencias por la Radiodifusora Nacional de Colombia. En esas conferencias, el padre Restrepo planteaba el ideal de una república utópica cristiana, Cristilandia, cuyos principios intentaba aplicar a Colombia en términos muy semejantes a los del proyecto constitucional del presidente Gómez.[24] El proyecto constitucional de Laureano Gómez produjo o hizo explícita la división del Partido Conservador que, junto con la feroz guerra entre liberales y conservadores que azotaba al país (conocida simplemente como La Violencia), condujo al golpe de Estado del general Gustavo Rojas Pinilla (1953-1957).

Para poner fin a la guerra entre liberales y conservadores se realizó en 1957 un plebiscito con carácter de reforma constitucional. El preámbulo de la reforma constitucional de 1957 aprobada por el plebiscito, proclamó «el reconocimiento hecho por los partidos políticos[25] de que la religión católica, apostólica y romana es la de la nación y que como tal los poderes públicos la protegerán y harán que sea respetada como esencial elemento del orden social».

Se regresó así a la confesionalidad del Estado proclamada en 1886, con la diferencia de que ahora se trataba de una obra conjunta y unánime de liberales y conservadores. 

5. Del Estado confesional al segundo estadio de laicización (1957 – 1991).

Paradójicamente, poco después de que la Iglesia alcanzara el reconocimiento institucional unánime como «religión de la nación», comenzaron o se agudizaron una serie de cambios estructurales en la sociedad colombiana que conducirían, treinta años más tarde, a una nueva etapa de la laicización del Estado.

Si en 1961 se podía hablar todavía de una Colombia católica, con el 99% de habitantes censados como católicos, y con más del 80% de clero católico de nacionalidad colombiana[26], en 1993 se calculaba que cerca del 5% de la población había cambiado la adhesión religiosa al catolicismo por otra confesión religiosa y que unos 2 millones de colombianos vivían su fe en confesiones distintas de la Iglesia católica.[27]

Destacados analistas de la realidad colombiana han subrayado el importante proceso de  secularización de la sociedad que se produjo sobre todo, a partir de los años setenta[28] y que se debió a múltiples factores, intra y extra eclesiásticos, entre los que se pueden enumerar sin intención de darles ninguna jerarquía: la quiebra de la unanimidad doctrinal dentro de la Iglesia católica (por ejemplo, el fenómeno de Camilo Torres y de los curas rebeldes en los años sesenta y setenta), la progresiva asimilación de los conceptos del Concilio Vaticano II (1962-1965) en materia de libertad religiosa y del reconocimiento de la autonomía del mundo secular; el éxodo masivo del campo a la ciudad que debilitó en los migrantes el tradicional sentido de pertenencia a la Iglesia al diluirse la relación con la parroquia que caracterizaba a los ámbitos rurales; el aumento notable de una cobertura educativa que escapaba  al control de la Iglesia, lo mismo que los medios masivos de comunicación en creciente expansión; una mayor apertura intelectual del país; la profesionalización de las clases medias, especialmente de sus miembros femeninos, lo que produjo importantes modificaciones en la estructura familiar[29] (divorcios, separaciones y multiplicación de uniones de hecho que llevaron a modelos de familia a los cuales no estaban acostumbradas ni la Iglesia ni la sociedad civil).

Por significativa que sea la disminución del control social ejercido por la Iglesia[30], ello no significó una secularización o «desencantamiento del mundo» para la mayoría de los colombianos.[31] Es indudable, sin embargo, que el catolicismo había perdido su estatuto de evidencia como «religión de la nación» y que se había diversificado ampliamente la oferta religiosa. La nueva fase de laicización del Estado que se abrió con la Constitución de 1991 constituyó así un reconocimiento implícito, tanto del proceso de secularización en curso, como del creciente pluralismo religioso de la nación.

6. Segundo estadio de laicización (1991 –  ?  ).

La Constitución de 1991, proclamada «en nombre del pueblo» y no de Dios, fue el resultado de las deliberaciones de una Asamblea Nacional Constituyente elegida democráticamente con una amplia participación de votantes. El preámbulo de la Constitución invoca el auxilio de un Dios genérico y en ella no se menciona ni a la Iglesia ni a la religión católica, operándose una separación clara y completa entre la Iglesia y el Estado, y afirmándose ampliamente la libertad de conciencia[32] y de cultos.[33]

Si la Constitución de 1886 únicamente se refería a la libertad de cultos, la nueva constitución garantiza también el derecho a profesar cualquier religión y a difundirla individual o colectivamente. La libertad religiosa aparece, pues, no sólo como una garantía contra la intolerancia, sino también como un derecho para desarrollar actividades dentro de la sociedad, acordes con la propia fe. Dicha libertad de religión es concebida, además, desde la perspectiva del individuo y de todas las «confesiones religiosas» e «iglesias», y no desde el punto de vista de lo que sería más conveniente para la Iglesia católica.[34]

Como complemento a la libertad de religión se garantiza la libertad de cultos; esto es, el derecho de toda persona a celebrar ceremonias, ritos o actos de  acuerdo con las propias convicciones religiosas. 

La libertad de religión y de cultos no puede ser suspendida ni aun durante los estados de excepción, dado su carácter de derecho intangible. Pero puede ser limitada, para proteger otros valores constitucionalmente garantizados. Queda, pues, derogado el artículo de la precedente Constitución de 1886 que establecía como límites a la libertad de cultos el que no fueran contrarios «a la moral cristiana ni a las leyes».

El principio que guio a la Constitución de 1886 en cuanto al tema religioso fue el de las mayorías, razón por la cual se le brindó especial protección a la religión mayoritaria en el país: la católica. La Constitución de 1991, por el contrario, se orienta por el concepto de respeto a las minorías religiosas; por eso no sólo se las tolera, sino que se les facilita un espacio para que se desarrollen libremente en condiciones de igualdad.

El respeto del principio de libertad y de igualdad de todas las confesiones religiosas e iglesias ante la ley conduce a que en la Constitución de 1991 se acoja el principio de neutralidad del Estado y que, consecuentemente, se establezca que ninguna persona puede ser obligada a recibir educación religiosa en los establecimientos del Estado. Es importante subrayar que, en contra de una secular tradición, se proclama a renglón seguido que los diferentes grupos étnicos tendrán derecho a una educación respetuosa de su identidad cultural.[35]

A este propósito es significativo que en las primeras elecciones de alcaldes, que de acuerdo con la nueva Constitución se hacen por votación popular, resultaron elegidos varios sacerdotes en ciudades importantes como Barranquilla, Cúcuta, Montería, Sogamoso y La Dorada, lo cual es un indicador del grado de presencia que conserva la Iglesia católica en los niveles locales de la sociedad colombiana. 

Por otra parte, a nivel nacional, la Iglesia, una vez perdidos sus privilegios institucionales, aumentó su protagonismo en la defensa de los derechos humanos gravemente deteriorados, apareció como un actor importante de la sociedad civil en las negociaciones de paz entre el Estado y la guerrilla, y las encuestas de opinión la colocaron regularmente como la institución en la que más confiaba la mayoría de los ciudadanos.

Indudablemente el Estado se ha laicizado. El futuro de dicha laicización dependerá, por una parte, del grado de aceptación o de oposición eficaz que presente la Iglesia católica y, por otra parte, del progreso tanto de la diversificación de la oferta religiosa como del proceso de secularización en curso. 

Por lo que se refiere a estos dos últimos aspectos es bien diciente el interés que muestran los jesuitas colombianos en la construcción de una «ética civil» o «ética ciudadana» que, respetuosa del pluralismo cultural y religioso, proponga unas pautas mínimas de convivencia que ayuden a colmar el «vacío ético» dejado por la pérdida de influjo de la moral católica en una sociedad carcomida por la corrupción y la violencia.[36]

P.S. Téngase en cuenta que han pasado 25 años después de publicado este texto. Muchas cosas se podrían añadir, pero he preferido dejarlo tal cual, pues el tiempo también ha hecho mella en mi entusiasmo por el tema.

Rodolfo Ramón de Roux

Agosto, 2026


[1] Adopto la distinción entre laicización y secularización, entendida ésta como un proceso predominantemente cultural de progresiva y relativa pérdida de influencia social de lo religioso. En América Latina, durante la segunda mitad del siglo XIX, en sociedades no secularizadas, las élites liberales en el poder impusieron –con éxito variable- la laicización del Estado; de ahí la particular virulencia de los enfrentamientos que, como en el caso colombiano, alimentaron varias guerras civiles.

[2] Véase el análisis de los casos de México, Colombia, Argentina, Uruguay, Bélgica, Francia, Italia y España, en Jean-Pierre BASTIAN (sous la coordination de), La modernité religieuse en perspective comparée. Europe latine-Amérique latine, Paris, Khartala, 2001.

[3] A propósito de dicho esquema comparto y retomo las observaciones de Daniele MENOZZI, «La laïcisation en perspective comparée», en BASTIAN, La modernité religieuse en perspective comparée, o.c., p.122-125.

[4] A lo largo de una obra fundamental, Emile Poulat ha analizado la persistencia de un catolicismo integral e intransigente. Integral, porque se presenta como una alternativa total, íntegra, a la situación existente. Intransigente, porque rehúsa ceder lo más mínimo en lo que considera esencial. Véanse de Emile POULAT, Intégrisme et catholicisme intégral, Tournai, Casterman, 1969; Catholicisme, démocratie et socialisme, Tournai, Casterman, 1977; Eglise contre bourgeoisieIntroduction au devenir du catholicisme actuel, Tournai, Casterman, 1977 ; Une Eglise ébranlée. Changement, conflit et continuité de Pie XII à Jean-Paul II, Tournai, Casterman, 1980.

[5] A partir de aquí retomo mi escrito «Las etapas de la laicización en Colombia» en BASTIAN Jean-Pierre (editor), La modernidad religiosa, F.C.E, México, 2005, p. 61-73, publicado originalmente en francés: «Lest etapes de la laïcisation en Colombie», en BASTIAN Jean-Pierre (sous la coordination de), Europe latine – Amérique latine: la modernité religieuse en perspective comparée, Karthala, Paris, 2001, p. 95-106. 

[6] En 1823, una tercera parte de la Cámara de Representantes estaba formada por sacerdotes. 

[7] Al utilizar la palabra «Iglesia» nos referiremos a la Iglesia católica.

[8] En 1819, creada la República de Colombia (conocida como la Gran Colombia y que abarcaba las actuales repúblicas de Venezuela, Colombia, Panamá y Ecuador), Santander fue nombrado vicepresidente de la región de Cundinamarca. En 1821 fue nombrado vicepresidente de Colombia; desde entonces, hasta septiembre de 1827, prácticamente tuvo a su cargo el manejo de la administración pública debido a las forzosas ausencias de Simón Bolívar. Después de la desaparición de la Gran Colombia (1830), Santander fue elegido presidente de la república de la Nueva Granada (actual Colombia) de 1832 a 1837.

[9] Cf. David BUSHNELL, El régimen de Santander en Colombia, Bogotá, Universidad Nacional de Colombia, 1965, p.239.

[10] Congreso de Cúcuta de 1821. Constitución y Leyes, Bogotá, Biblioteca Banco Popular, 1971, p.27.

[11] Los jesuitas habían sido expulsados por el rey Carlos III en 1767.

[12] La defensa de sus intereses condujo a la Iglesia a una alianza estrecha con el Partido Conservador. Esta identificación se ve sobre todo en el primer Programa elaborado por Mariano Ospina Rodríguez y José Eusebio Caro, que afirma que el Partido Conservador «es el que reconoce y sostiene…la moral del cristiano y sus doctrinas civilizadoras contra la inmoralidad y las doctrinas propagadoras del materialismo y del ateísmo…» (Directorio Nacional Conservador, Los programas conservadores de 1849 a 1949, Bogotá, 1952, p.120).

[13] Para esta nueva generación liberal las fórmulas conciliatorias deberían quedar atrás. El liberalismo se dividió en dos fracciones: los tradicionales (draconianos), y los radicales (gólgotas). Fueron estos últimos quienes plantearon la necesidad de una separación absoluta entre Estado e Iglesia.

[14] Cf. Fernando DIAZ DIAZ, «Estado, Iglesia y Desamortización», Manual de Historia de Colombia, tomo 2, Bogotá, Procultura / Instituto Colombiano de Cultura, 1982, p. 435-464 y Fernán GONZALEZ, Poderes enfrentados. Iglesia y Estado en Colombia, Bogotá, CINEP, 1997, p. 167-245.

[15] Durante el periodo del liberalismo radical hubo guerras civiles entre liberales y conservadores (con ingrediente religioso incluido) en 1851, 1854, 1859-1862, 1876-1877 y 1884-1885.

[16] Citado en Fernán GONZALEZ, «La reorganización de la Iglesia ante el Estado liberal colombiano :1850-1886», CEHILA, Historia General de la Iglesia en América Latina, volumen VII: Colombia y Venezuela (bajo la coordinación de Rodolfo de Roux),  Salamanca, Editorial Sígueme1981, p.380.

[17] Citado en Gerardo MOLINA, Las ideas liberales en Colombia: 1849-1914, Bogotá, Tercer Mundo (tercera edición), 1973, p.119.

[18] Cf. Christopher ABEL, Política, Iglesia y Partidos en Colombia: 1886-1953, Bogotá, FAES, Universidad Nacional de Colombia, 1987, p. 15-98.

[19] Cf. Juan Antonio EGUREN, Derecho concordatario colombiano, Bogotá, Universidad Javeriana, 1961, p.61-62. 

[20] Cf. Rodolfo de Roux, «La Iglesia colombiana en el periodo 1930-1962», CEHILA, Historia General de la Iglesia en América Latina, volumen VII: Colombia y Venezuela, o.c., 1981, p. 525-529; Fernán GONZALEZ, Poderes enfrentados. Iglesia y Estado en Colombia, o.c., p.285-295.

[21] Alfonso López Pumarejo, quien estaba iniciando su segundo mandato (1942-1945).

[22] Julio HOENISBERG, Las fronteras de los partidos en Colombia. Historia y comentarios de la legislación escolar de la república desde 1821 hasta el 13 de junio de 1953, Bogotá, ABC., 1954?, p. 213. En el censo de población de 1918 el 99,3% de los colombianos se declararoncatólicos, y 99,4% en el censo de 1938.

[23] Cf. Iván Cadavid, Los fueros de la Iglesia ante el liberalismo y el conservatismo, Medellín, Bedout, 1956, p.143.

[24] Cf. Félix RESTREPO, Colombia en la encrucijada, Bogotá, Biblioteca Popular de Cultura Colombiana, 1951.

[25] Es decir, el Partido Conservador y el Liberal.

[26] Cf. Gustavo PEREZ e Isaac WUST, La Iglesia en Colombia. Estructuras eclesiásticas, Bogotá, FERES y Centro de Investigaciones Sociales, 1961, p.171.  El número de sacerdotes por habitante se había mantenido estable: 6.229 en 1938; 6.416 en 1960 y 6.130 en 1992. (Cifras de 1938 y 1960 en PEREZ y WUST, o.c.; cifra de 1992 en La Iglesia católica en Colombia, Secretariado Permanente del Episcopado Colombiano, Bogotá, 1992).

[27] Cf. Mario Guevara, «“Fragmentación del campo religioso colombiano”, Utopías, Santafé de Bogotá, No.3, abril, 1993. Se trata de estimaciones pues no existen estadísticas precisas al respecto. La progresión señalada contrasta con el porcentaje de 0,39 de protestantes colombianos en 1960, el más bajo de América Latina, según las estadísticas de David Stoll citadas por Guillermo Cardona, «Religión y proselitismo político: ¿Una mezcla inconveniente?», Revista Cien días, Bogotá, Cinep, vol 6, No. 26, mayo-julio, 1994.

[28] Cf. Fernán GONZALEZ, Poderes enfrentados. Iglesia y Estado en Colombia, o.c., p. 396-399.

[29] Un simbólico reconocimiento de que la realidad socio-religiosa y familiar había cambiado lo constituye la derogación, en 1973, de la llamada Ley Concha (vigente desde 1924) que obligaba a apostatar públicamente del catolicismo a todo bautizado que quisiera contraer matrimonio civil. La nueva Constitución de 1991 no hace alusión alguna al catolicismo, habla simplemente de los matrimonios religiosos y aprueba el divorcio: «Los matrimonios religiosos tendrán efectos civiles en los términos que establezca la ley. Los efectos civiles de todo matrimonio cesarán por divorcio con arreglo a la ley.» (Artículo 42).

[30] Un indicador de la pérdida de control social del clero y de la importancia que toma la decisión de la conciencia personal es la sensible baja en el país del índice de crecimiento de la población debida al control artificial de la natalidad, a pesar de las prohibiciones eclesiásticas.

[31] Cf. Ana Mercedes PEREIRA SOUZA, «¿Secularización y/o transformación-resignificación de los elementos del sistema religioso católico en Colombia? Análisis sociológico», en Germán FERRO MEDINA (compilador), Religión y Etnicidad en América Latina, Instituto Colombiano de Antropología, Bogotá, tomo II, 1997, p. 295-317.

[32] «Se garantiza la libertad de conciencia. Nadie será molestado por razón de sus convicciones o creencias ni compelido a revelarlas ni obligado a actuar contra su conciencia.» (Artículo 18). Cf. Manuel José CEPEDA, «La libertad de religión y de cultos en la Constitución de 1991», Revista Política colombiana, Bogotá, Contraloría de la República, vol. III, N°2, 1993, p. 5-15.

[33] «Se garantiza la libertad de cultos. Toda persona tiene derecho a profesar libremente su religión y a difundirla en forma individual y colectiva. Todas las confesiones religiosas e iglesias son igualmente libres ante la ley.» (Artículo 19).

[34] En la constitución se emplean los términos «confesiones religiosas” e “iglesias” con el propósito de comprender todos los credos religiosos, así como el conjunto de las personas que los profesan, sin importar que cuenten o no con una organización jerárquica.

[35] «En los establecimientos del Estado ninguna persona podrá ser obligada a recibir educación religiosa. Los integrantes de los grupos étnicos tendrán derecho a una formación que respete y desarrolle su identidad cultural.» (Artículo 68).

[36]         Véanse, por ejemplo, Etica para la convivencia, Bogotá, Compañía de Jesús : Programa por la Paz, 1998, 207 p.; Sara Victoria ALVARADO y Héctor Fabio OSPINA (compiladores), Hacia la construcción de una ética ciudadana, Bogotá, Compañía de Jesús : Programa por la Paz / Cinde, Bogotá, 1998, 339 p. ; y el artículo pionero del jesuita Francisco de Roux, « El precio de la paz en el vacío ético y social », Medellín, Revista de la Universidad de Antioquia,  N° 210, Octubre-Diciembre de 1987, pp. 4-21.

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En el Nuevo Mundo americano, “tierra de promisión”, encontró terreno fértil el mito del “buen salvaje”. Pero, muy pronto, le surgió un contramito, el del “perro sarnoso”.

Como consta en la entrada de su Diario de a bordo del 21 de febrero de 1493, y como se confirma posteriormente en la relación de su tercer viaje, contenida en una carta a los Reyes Católicos, Cristóbal Colón pensó hallarse muy cerca del paraíso terrenal. 

Es claro que quienes habitaban tan selectos parajes no podían ser sino gente buena, como se encargó de reafirmar el humanista y sacerdote lombardo Pedro Mártir de Anglería al comparar la condición de los indígenas americanos con la de los hombres que habían vivido en los tiempos de la Edad de Oro referida por el poeta latino Virgilio. 

Pedro Mártir -que desde la corte de los Reyes Católicos difundió por toda Europa las noticias del Nuevo Mundo-, descubrió en los afortunados indígenas de la isla Española la primigenia inocencia y beatitud de la Edad de Oro “porque desnudos, sin pesos ni medidas, sin el mortal dinero, sin leyes, sin juicios calumniosos y sin libros, viven en una edad dorada contentándose con una vida natural, sin preocuparse en lo más mínimo por el futuro”. 

En el nuevo escenario geográfico y humano, el lombardo vislumbraba la más fabulosa Antigüedad clásica vestida de trópico. Las “supersticiones” de los indígenas hacían pensar a Pedro Mártir en las divinidades tutelares de los antiguos. Las hermosas, desnudas y selváticas indígenas se equiparaban a las ninfas de las fuentes, “de quibus fabulatur antiquitas“. Los ciguayos eran como los demonios del Averno. En las costas de Maya y de Cubagua había unos monstruos que podían ser unos tritones. Los caciques se dividían la Española “como Eneas el Lacio”. Y así sucesivamente. 

En el elegante latín de sus Décadas, Mártir de Anglería se felicita porque en los tiempos que corren “pululan, crecen, maduran y se cosechan diariamente las mejores cosas del pasado. Y pierde valor lo que mostró la Antigüedad a través de Saturno, Hércules y otros héroes semejantes”. En otros pasajes subrayará dos rasgos que caracterizan la feliz condición de los indios: uno -relativo a su organización social-, el comunismo de los bienes; el otro -propio de cada individuo- la cordura y el valor personal.1

En la línea de las descripciones idílicas de Colón y Pedro Mártir, el insigne Bartolomé de Las Casas concluye en su Apologética historia que, con algunas muy raras excepciones, “todas estas [tierras de] Indias son las más templadas, las más sanas, las más fértiles, las más felices, alegres y graciosas, y más conforme su habitación a nuestra naturaleza humana”.2

Para defender a los indígenas de una inicua explotación, Las Casas acumuló a lo largo de su extensa obra la descripción de unas gentes tan llenas de virtudes que, lo repite gustoso, “no parecía sino que Adán no había en ellas pecado”.3

El siguiente texto de la Brevísima relación de la destrucción de las Indias condensa el diluvio de citas y argumentos utilizados por Las Casas -sobre todo en su Apologética historia y en la Historia de las Indias-, para exaltar las virtudes de los indígenas americanos: 

“Todas estas universas e infinitas gentes a toto genero crió Dios los más simples, sin maldades ni dobleces, obedientísimas y fidelísimas a sus señores naturales y a los cristianos, a quien sirven; más humildes, más pacientes, más pacíficas y quietas, sin rencillas ni bullicios, no rijosos [alborotados], no querulosos [quejumbrosos], sin rencores, sin odios, sin desear venganzas, que hay en el mundo. Son asimismo las gentes más delicadas, flacas y tiernas en complisión [complexión], y que menos pueden sufrir trabajos, y que más fácilmente mueren de cualquier enfermedad; que ni hijos de príncipes y señores, entre nosotros, criados en regalos y delicada vida, no son más delicados que ellos, aunque sea de los que entre ellos son de linaje de labradores. Son también gentes paupérrimas y que menos poseen ni quieren poseer de bienes terrenales, y por esto no soberbias, no ambiciosas, no codiciosas. Su comida es tal, que la de los Santos Padres en el desierto no parece haber sido más estrecha ni menos deleitosa ni pobre. Sus vestidos comúnmente son en cueros, cubiertas sus vergüenzas, y, cuando mucho, cúbrense con una manta de algodón, que será como vara y media o dos varas de lienzo en cuadra. Sus camas son encima de una estera y, cuando mucho, duermen en unas como redes colgadas, que en lengua de la isla Española llamaban hamacas”.4

La perfección y encanto que tienen los indígenas lascasianos los coloca definitivamente fuera de la especie humana. Pero los excesos de una cualidad terminan en defecto y, sin proponérselo Las Casas, sus humildes y mansos aborígenes darán muchas veces la impresión de unos pobres apocados ante el embate de los castellanos. Ya Colón en su Diario, al abordar la isla de la Tortuga, anotaba que sus habitantes eran gente sin armas y muy cobardes, y que mil de ellos no aguardarían a tres españoles; eran, en consecuencia, gente buena… buena para obedecer y trabajar, situación verdaderamente utópica para cualquier colonizador. 

A medida que se fue avanzando en la toma del territorio, misioneros y conquistadores señalaron que la humanidad “primitiva” de los aborígenes no sólo no era paradisíaca, sino que tenía elementos “diabólicos”. De un extremo se pasó al otro. La conquista de cuerpos y almas exigía la expulsión del Paraíso. Lo comprendió perfectamente el reputado humanista Juan Ginés de Sepúlveda, capellán y cronista del emperador Carlos V y preceptor del futuro rey Felipe II. 

En su famoso Democrates, sive de justis belli causis apud Indos (1544), Sepúlveda se dedicó a explicar que no sólo los indios no vivían “en aquel pacífico reino de Saturno que fingieron los poetas “sino que, por el contrario, eran unos bárbaros destinados a ser “siervos por naturaleza”, cuyo sojuzgamiento era plenamente legítimo.5

Don Ginés no hacía sino llover sobre mojado. Treinta y cinco años antes de su Democrates, las Leyes de Burgos (1512) habían tenido que ordenar “no llamar perro ni otro nombre a ningún indio sino el suyo propio que tuviere”.La violencia conquistadora transformó rápida y convenientemente al “noble salvaje” en un ser “naturalmente” vago y vicioso, melancólico, cobarde, embustero, holgazán, idólatra, libidinoso y sodomita.7

Una vez más la historia enseñó que toda generalización es engañosa. Con mayor razón si es extremosa. Lo que puede volverla peligrosa. Ejemplo: la velocidad con la que el “perro sarnoso” le salió al paso al “buen salvaje”. 

1 Pietro MARTIRE D’ANGHIERA, De orbe novo decades, Compluti, apud Michaelem de Eguia, 1530 (primera edición completa).

2 Bartolomé de LAS CASAS, Apologética historia sumaria cuanto a las cualidades, disposición, descripción, cielo y suelo destas tierras, y condiciones naturales, policías, repúblicas, maneras de vivir e costumbres de las gentes destas Islas Occidentales y Meridionales, cuyo imperio soberano pertenece a los reyes de Castilla, Nueva Biblioteca de Autores Españoles, Madrid, Bailly-Baillère e hijos, 1909, p.52. 

3 Bartolomé de LAS CASAS, Historia de las Indias, México, F.C.E., 1951, tomo II, libro II, cap. XLIII, p.347; tomo I, libro I, cap. XL, pp. 202 s.; tomo I, libro I, cap. LXXVI, p. 329; tomo I, libro I, cap. XC, p. 369. Apologética historia, op.cit., pp. 538 s. 

4 Bartolomé de LAS CASAS, Brevísima relación de la destrucción de las Indias, en Tratados [de B. de Las Casas], México, F.C.E., 1965 (reimpresión de 1974), tomo I, pp. 16-17. 

5 Juan Ginés de SEPÚLVEDA, Tratado sobre las justas causas de la guerra contra los indios, edición bilingüe, México, F.C.E., 1941 (la cita es de la página 105). 

6 Ley 24 de las Leyes de Burgos. 

7 Opiniones que expresa, por ejemplo, el historiador real Gonzalo Fernández de Oviedo en su Historia general y natural de las Indias, Primera Parte, libro II, cap. VI; libro IV, cap. II; ; libro V, caps. II y III; libro VI, cap. IX. Las Casas combate estas opiniones en su Historia de las Indias, caps. CXLII-CXLVI. 

Rodolfo R. de Roux

Mayo de 2026

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El Nuevo Mundo americano ha enriquecido de manera sustancial la geografía imaginaria de la esperanza humana.

Ese mundo fue llamado “Nuevo” no sólo por razones geográficas, sino también por motivos escatológico-mesiánicos, pues en él confluyeron los mitos bíblicos del Paraíso y el Fin del Mundo, al igual que el mito clásico de la Edad de Oro. 

América fue vista por los europeos, desde un principio, como “Tierra Prometida” donde los anhelos de una radical alternativa social, personal y religiosa tendrían su definitiva oportunidad. No sólo conquistadores y colonos creyeron que en ese Nuevo Mundo podrían hacer realidad sus sueños de enriquecimiento y de promoción social. 

También un grupo selecto de los primeros evangelizadores vio en los indígenas una especie de género angelical con el cual sería posible construir el Reino milenario del Espíritu, prometido por el Apocalipsis para el final de los tiempos. Quienes no pensaron que el Nuevo Mundo fuera el fin del mundo, esperaron, por lo menos, poder recrear en aquellas tierras, una “nueva y renaciente Iglesia”, como la del tiempo de los primeros Apóstoles.

Nuevo Mundo = nueva tierra, nuevo cielo, hombre nuevo. Hasta nuestros días, ese mundo americano –que surgió bajo el signo del Apocalipsis– ha permanecido marcado por el sello de la esperanza que precedió su nacimiento. Los anhelos de “Tierra Prometida” y de “Iglesia que renace del pueblo” entre los pobres del Nuevo Mundo, también continúan vivos de manera especial en la actual Teología de la liberación.

Un Nuevo Mundo cargado de expectativas apocalípticas y utópico-mesiánicas

El “descubrimiento” y la conquista del Nuevo Mundo se realizaron en un ambiente de particular efervescencia apocalíptica y mesiánica.[1] Fernando el Católico y su hijo el príncipe Juan fueron considerados por un sector de la población española como los restablecedores de la «libre y espiritual Jerusalén»,[2] y Carlos V como el «Pastor bonus» de una nueva Edad de Oro.

Por otra parte, con la aparición del Nuevo Mundo el panorama de la expansión cristiana se iluminó de repente. Por primera vez la Cristiandad tuvo la posibilidad de cumplir con sus pretensiones universales. Y, según las concepciones de la época, una vez que el Evangelio se hubiera anunciado «hasta los confines del mundo» no restaba sino «la consumación de los tiempos» y el cumplimiento de las profecías del Apocalipsis. 

Como afirmara lapidariamente el historiador real Francisco López de Gómara en su Dedicatoria a Carlos V de la Historia General de las Indias: «quiso Dios descubrir las Indias en vuestro tiempo y a vuestros vasallos», a lo que añadió poco después el muy ilustre franciscano Bernardino de Sahagún que «es sabido por muy cierto, que Ntro. Señor Dios a propósito ha tenido ocultada esta media parte del mundo hasta nuestros tiempos, que por su divina ordenación ha tenido por bien de manifestarla» (Prólogo al Libro XII de la Historia de las cosas de la Nueva España). Y manifestarla, entre otras cosas, como Tierra Prometida que Dios concedía a España en premio por su lucha de casi ocho siglos contra los musulmanes, a quienes se venció y expulsó de la Península ibérica al mismo tiempo que los castellanos llegaban a América.

No es de extrañar que en un ambiente tan cargado de expectativas un cierto número de religiosos que pasaron al Nuevo Mundo se considerara como instrumento de un momento particularmente crucial de la historia de la salvación. Algunos de ellos esperaron inclusive poder recrear en aquellas tierras una «nueva y renaciente Iglesia» como la de los primeros tiempos del cristianismo. 

El Nuevo Mundo fue invocado entonces para enderezar la balanza del Viejo y para servir como ejemplo a la «corrompida» Europa de lo que podía y debía ser la vida cristiana en su más pura expresión. Es el caso, por ejemplo, de Vasco de Quiroga, primer obispo de Michoacán, quien afirmaba con optimismo prematuro en su Información en derecho que con «gente (los indios) tan dispuesta y tan de cera y aparejada para las cosas de nuestra religión sin resistencia alguna» se puede «reformar y restaurar y legitimar, si posible fuese, la doctrina y vida cristiana, y su sana simplicidad, mansedumbre, humildad, piedad y caridad en esta Renaciente Iglesia en esta edad dorada entre estos naturales que, en la nuestra, de hierro, lo repugna tanto nuestra y casi natural soberbia, codicia, ambición y malicia desenfrenadas.»

Muy pronto comenzó, pues, esa convicción utópica que ha atravesado la historia de las Américas: la idea de que el Nuevo Mundo es el teatro donde pueden aplicarse con mayor libertad y llegar a su perfección las aspiraciones gestadas en el Antiguo. 

Por estos caminos de utopía, autores como Marcel Bataillon y Silvio Zavala han señalado el influjo de Erasmo de Rotterdam y de Tomás Moro en tierras americanas.[3] El ya mencionado Vasco de Quiroga se inspiraría directamente en la Utopía de Moro para organizar sus pueblos hospitales con propiedad comunal, trabajo comunal y gobierno representativo.[4]  

Quiroga, quien compartía la creencia que del Viejo Mundo poco podía esperarse, afirmaba en su Información en derecho que, en cambio, «este de acá se llama Nuevo Mundo, y es Nuevo Mundo, no porque se halló de nuevo, sino porque es en gentes y cuasi en todo como fue aquel de la edad primera y de oro». He aquí otra dimensión del eu-topos («buen lugar») americano: allí se entrecruzaron profusamente los mitos bíblicos del Paraíso y de la Tierra Prometida con el mito clásico de la Edad de Oro.[5]

En cuanto a la esperanza de construir esa «renaciente Iglesia del Nuevo Mundo» a imagen y semejanza de la Iglesia primitiva, el asunto nos recuerda que, como sucede con muchas otras utopías, la sociedad proyectada era una sociedad recordada, el Paraíso al que se iba era una supuesta Edad de Oro de la que se venía: el final corría hacia el principio.

Otros frailes corrieron hacia un final diferente, con la mirada puesta no en la Edad de Oro sino en el milenio. Georges Baudot, que tan cuidadosamente ha reconstruido las dichas y desdichas de los primeros cronistas etnógrafos franciscanos en México –Andrés de Olmos, Toribio de Benavente «Motolinía», Martín de la Coruña, Francisco de las Navas–, y John Leddy Phelan, con su análisis de la obra de fray Gerónimo de Mendieta, han indicado cómo aquellos frailes seráficos vieron en los indígenas mexicanos un género humano especialmente apto para construir en el Nuevo Mundo el Reino milenario prometido por el Apocalipsis.[6]

Fray Toribio de Benavente, que en su Historia de los indios de la Nueva España no deja duda de su convencimiento de estar ya «en la última edad del mundo», hablará de un nuevo Éxodo en la historia de la Iglesia en el que los indígenas mexicanos son vistos como un nuevo Israel en marcha hacia la Tierra Prometida. Posteriormente, fray Gerónimo de Mendieta, en su Historia eclesiástica indiana, colocará al frente de ese nuevo Éxodo al conquistador de México, Hernán Cortés, identificado como un «nuevo Moisés».

Sin llegar a considerar al Nuevo Mundo desde un punto de vista tan promisorio, otras personas lo veían al menos como un providencial refugio. A mediados del siglo XVI, personajes conocidos por su ponderación como el dominico Felipe de Meneses y el agustino santo Tomás de Villanueva, se preguntaron si después de una eventual destrucción de la Cristiandad católica europea, ésta se establecería en el Nuevo Mundo. 

Inclusive Bartolomé de Las Casas, que acariciaba el sueño de instaurar en el Nuevo Mundo una Cristiandad ideal constituida por una mezcla de indios y de campesinos españoles, expresa en su Historia de las Indias (libro I, cap. 29) la idea de que Dios bien podría trasladar al Nuevo Mundo toda su santa Iglesia. De la panoplia de esperanzas de la época también formó parte la creencia de que la conversión de los indios señalaba una etapa decisiva en la marcha de la fe siempre hacia el Oeste desde su nacimiento en Oriente, y que el centro espiritual de la Iglesia podría trasladarse al Nuevo Mundo (la llamada translatio Ecclesiae).

El signo de la escatología, de la nostalgia del Paraíso y de la elección divina cobijó igualmente la colonización inglesa de América.[7]

Los pioneros ingleses postularon que la colonización de América prolongaba y perfeccionaba una Historia sagrada comenzada con la Reforma protestante. Se consideraron en la misma situación que los israelitas después del paso del Mar Rojo, y juzgaron su anterior condición en Inglaterra como una especie de cautiverio egipcio, después del cual entrarían en el nuevo Canaán que Dios les tenía destinado.

Los pioneros estimaron providencial el hecho de que América hubiera permanecido oculta para los europeos, a la espera del tiempo oportuno (el bíblico kairós) para que en ella se estableciera una “Ciudad sobre la montaña”, luz y ejemplo de la verdadera Reforma para todo el Viejo Mundo. Por otra parte, el avance de los pioneros hacia el Oeste se interpretó también como la continuación de la marcha triunfal de la sabiduría y de la verdadera religión desde el Oriente hacia el Occidente, lugar identificado por eminentes teólogos anglicanos con el progreso espiritual y moral.

Mircea Eliade ha destacado que la doctrina religiosa más popular en las colonias inglesas fue la de que el Nuevo Mundo había sido elegido como el lugar de la Segunda Venida de Cristo, y que el milenio, aunque de naturaleza esencialmente espiritual, iría acompañado de una transformación paradisíaca de la tierra, como signo externo de perfección interna.[8] Estados Unidos sería, en parte, el resultado de la búsqueda de ese lugar paradisíaco, en el que la reforma de la Iglesia habría de llegar a su perfección con una vuelta al cristianismo primitivo.

Esta larga tradición de América como espacio mítico, “tierra de libertad”, “tierra de promisión”, ha servido de abono para las más diversas experiencias comunitarias utópicas, de inspiración religiosa –como los Shakers, los Rappitas o los Amish– o de inspiración laica –como la Nueva Armonía de Robert Owen o los Tiempos Modernos de Josiah Warren–. De modo que ese enorme laboratorio social terminó convirtiéndose, en el siglo XIX, en una de las fuentes del socialismo europeo moderno.[9]

Todavía sigue presente en millones de migrantes la esperanza escatológica –aunque drásticamente secularizada– de poder comenzar una “vida nueva”, es decir, de “re-nacer” en tierras americanas. Como también sigue viva la convicción de que los Estados Unidos han sido elegidos por Dios como “nación redentora” y faro de la humanidad.[10]

Pregúntenselo a Donald Narcissus Trump.[11]


[1] Alain MILHOU, Colón y su mentalidad mesiánica en el ambiente franciscanista español, Valladolid, Universidad de Valladolid, 1983.

[2] José Antonio MARAVALL, “La utopía político-religiosa de los franciscanos en Nueva España”, en Utopía y reformismo en la España de los Austrias, Madrid, Siglo XXI, 1982, p. 34.

[3] Marcel BATAILLON, Erasmo y España, México, F.C.E., 1986; Silvio ZAVALA, Recuerdo de Vasco de Quiroga, México, Editorial Porrúa, 1965.

[4] Joseph Benedict WARREN, Vasco de Quiroga y sus hospitales pueblo de Santa Fe, Michoacán, Universidad Michoacana, 1977.

[5] Juan GIL, Mitos y utopías del descubrimiento, Madrid, Alianza Editorial, 1989; Jorge MAGASICH-AIROLA y Jean-Marc DE BEER, America Magica. Quand l’Europe de la Renaissance croyait conquérir le Paradis, Paris, Editions Autrement, 1994; Miguel ROJAS MIX, América imaginaria, Barcelona, Editorial Lumen, 1992; Jean-Pierre SÁNCHEZ, Mythes et légendes de la conquête de l’Amérique, Rennes, Presses Universitaires de Rennes, 1996.

[6] Georges BAUDOT, Utopie et histoire au Mexique. Les premiers chroniqueurs de la civilisation mexicaine (1520-1569), Toulouse, Privat, 1977; John Leddy PHELAN, El reino milenario de los franciscanos en el Nuevo Mundo, México, UNAM, 1972.

[7] Jean DELUMEAU, Mille ans de bonheur. Une histoire du paradis, Paris, Fayard, 1995; Richard H. NIEBUHR, The Kingdom of God in America, New York, 1937; George H. WILLIAMS, Wilderness and Paradise in Christian Though, New York, 1962.

[8]Mircea ELIADE, “Paraíso y Utopía: geografía mítica y escatología”, en Manuel FRANK (comp.), Utopías y pensamiento utópico, Madrid, Espasa-Calpe, 1982.

[9]Henri DESROCHE, Sociologie de l’Espérance, Paris, Calmann-Lévy, 1973.

[10]Ernest Lee TUVESON, Redeemer Nation: the Idea of America’s Millenial Role, Chicago, University of Chicago Press, 1980.

[11]Diálogos de Ultratumba, “Donald Narcissus y el Destino Manifiesto de los Estados Desunidos de América”, 3 de febrero de 2026.

Rodolfo Ramón de Roux

Mayo, 2026

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“El mundo está loco, loco, loco”, exclamó Linguacuta al ver los enjambres de drones y misiles que caían sobre Gaza, Líbano, Ucrania, Irán. “Cuántos retos tienen los humanos para llegar a serlo”.  El sabio Jorge Wagensberg, profesor de Teoría de procesos irreversibles (atención, humanos, que hay procesos irreversibles) replicó: “Muchacha, el reto de la humanidad es, en esencia, doble: sobrevivir y convivir. Apuesto, pues, por la sobreconvivencia y la superconvivencia”.  

SOFROSINA.- ¿Qué entiendes por eso?

J. WAGENSBERG.- Sobrevivir es vivir más tiempo que el vecino. Sobreconvivir es vivir en armonía con un vecino más tiempo que sin él. Y superconvivir es vivir en armonía con un vecino mejor que sin él. 

SCHOPENHAUER.- ¿Armonía? Como dicen por ahí, para muchos la vida es como la escalera de un gallinero: corta y llena de mierda. 

LINGUACUTA.- Es cierto. Pocos tienen la ventaja de haber recibido una buena educación…y una buena herencia, como tú.

SCHOPENHAUER.- Lo siento por ellos, pero la compasión no me impide ver que, para sobrevivir, hay que cuidarse de la maldad innata del género humano.

J. WAGENSBERG.- Fue lo que aconsejaste con la estrategia de los erizos.

LINGUACUTA.- ¿Me la recuerdas?

SCHOPENHAUER.- Unos erizos quisieron acercarse mucho unos a otros en un gélido día de invierno para no helarse de frío y darse mutuo calor. Pero sintiendo enseguida los pinchazos recíprocos de sus respectivas púas tuvieron que separarse. Pronto el deseo de calor los empujó a acercarse de nuevo, pero entonces se repitió este segundo mal; de manera que fueron pasando de un sufrimiento a otro hasta que lograron encontrar una distancia adecuada desde la que pudieron soportarse mejor. De la misma manera el deseo de compañía, surgido del vacío y la monotonía del propio interior, impulsa a los seres humanos a buscarse los unos a los otros, pero sus múltiples características repugnantes y sus insoportables errores los separan otra vez. 

SOFROSINA.- Para apreciar un cuadro hay que encontrar la distancia apropiada. Lo mismo sucede con las personas: ni muy cerca, ni muy lejos.

SCHOPENHAUER.- La distancia media que finalmente encuentran, gracias a la cual es posible soportar la compañía, la proporcionan la cortesía y las finas costumbres. A aquel que no guarda esta distancia prudencial se le grita en Inglaterra: ¡Keep your distance! (¡mantente a distancia!). Así solo se satisfará de manera imperfecta la necesidad de calor, pero a cambio no se notarán los pinchazos de las púas. Ahora bien, quien tiene mucho calor propio en su interior prefiere apartarse de la sociedad para no provocar ni recibir molestias.

SOFROSINA.- Schopen, apartarse de la sociedad es imposible. Nadie es una isla.

J. WAGENSBERG.- La tragedia del humano es que es tan incapaz de vivir solo como incapaz es de vivir con el otro.

SCHOPENHAUER.- Mi experiencia me enseñó que cuanto más se acercaban dos seres humanos, más probable era que se lastimaran entre sí.

SOFROSINA.- Pues a mí, la experiencia me enseñó que hay una razón para cada persona que encontré. Unas me pusieron a prueba, otras me amaron, otras me utilizaron, algunas me enseñaron algo y otras me ayudaron a dar lo mejor de mí misma.

J. WAGENSBERG.- Si de todas maneras tenemos que convivir, lo mejor es aprender a hacerlo.[1]

SCHOPENHAUER.- Somos todo oídos, Wagensberg.

J. WAGENSBERG.- La convivencia humana depende de dos conceptos (y de sus contrarios): la alegría (y la tristeza) de lo propio (y de lo ajeno). Y las pasiones de la convivencia humana son ocho: la compasión, la envidia, el morbo, la alegría empática, la autoestima, la autocompasión, la melancolía y la nostalgia. 

SCHOPENHAUER.- Puras generalidades. 

J. WAGENSBERG.- Calma, Schopen, calma. La compasión es la tristeza propia por la tristeza ajena (pena me da tu pena). La envidia es la tristeza propia por la alegría ajena (pena me da tu contento). El morbo es la alegría propia por la tristeza ajena (contento me da tu pena). La alegría empática es la alegría propia por la alegría ajena (contento me da tu contento).  La autoestima es la alegría propia por la alegría propia (¡qué contento me da mi contento!). La autocompasión es la tristeza propia por la tristeza propia (¡qué pena me da mi pena!). La tristeza propia por la alegría propia es la contradicción del melancólico (pena me da mi contento). La alegría propia por la tristeza propia es la contradicción del nostálgico (contento me da mi pena). 

LINGUACUTA.-  Parecen aforismos.

J. WAGENSBERG.- Lo son. Forman parte de mis 1116 aforismos para navegar por la realidad. Los puedes leer en mi libro Más árboles que ramas.

SCHOPENHAUER.-  Me gusta que no usas jerga incomprensible, como tanto filósofo.

SOFROSINA.- Entre las pasiones que mencionaste ¿destacas algunas?

J. WAGENSBERG.- Dos altas pasiones -la compasión y la alegría empática- son las luces, y dos bajas pasiones -el morbo y la envidia- son las sombras de la convivencia humana.

SCHOPENHAUER.- Estoy muy de acuerdo con el alto lugar que le das a la compasión. Para mí la compasión es el fundamento de la moral ya que ella es la única que excluye el egoísmo como motivación de la conducta. 

J. WAGENSBERG.- La historia y geografía del progreso moral es la historia y geografía del ejercicio de la compasión.

LINGUACUTA.- Ejercicio que realizamos aun a sabiendas de que a muchos no les importa ser deshonestos sino que no se sepa.

SOFROSINA.- Observa bajo las máscaras con mirada penetrante y amable ironía pues todos, en algún momento, hacemos comedia.

LINGUACUTA.- Harto me sirvió abrir bien los ojos pues aunque las personas no dicen siempre lo que piensan, terminan siempre por mostrar lo que son. 

SCHOPENHAUER.- Están más desconfiadas que viuda rica.

LINGUACUTA.- Desconfiadas pero sin fanatismo: El que se fía de todo el mundo tiene poco juicio; el que no se fía de nadie, tiene todavía menos. 

SOFROSINA.- La convivencia es cuestión de equilibrio: ser gentil pero sin dejarse utilizar; confiar pero sin dejarse engañar; aceptarse pero sin dejar de mejorarse. 

LINGUACUTA.- Esperar que te comprendan, pero sin esperar que todo el mundo entienda tu viaje, especialmente si nunca han tenido que recorrer tu camino. 

SCHOPENHAUER.- Pensar que dije que las mujeres son animales de pelo largo e ideas cortas. ¡Qué equivocado estaba!

LINGUACUTA.- ¡Tú lo has dicho! También los inteligentes pueden decir estupideces.

Todos rieron y alegremente desaparecieron.


[1]   “Convivir”, Diálogos de Ultratumba, 24 marzo 2022,  https://exjesuitasentertulia.blog/?s=convivir

Rodolfo Ramón de Roux

Abril, 2026

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La política activa en los humanos un gusto muy particular: el gusto por el poder. Y, en torno al poder ha rondado desde muy antiguo el aura de lo divino, pues los gobernantes saben cuán útil es sacralizarlo. Eso les confiere legitimidad y respeto, exclamó Sofrosina. 

Basta contemplar, aun en nuestros días, las ceremonias religiosas para consagrar reyes o entronizar presidentes. ¿Qué opinas, Maquiavelo, tú que sabes tanto de historia política?, preguntó Linguacuta. 

MAQUIAVELO.- Los gobernantes no son bobos. Saben que un espaldarazo celestial no se desprecia. Durante siglos, el emperador fue considerado “Hijo del Cielo” en China. Y descendiente directo de Amaterasu, diosa del Sol en Japón. 

SOFROSINA.- Los incas no se quedaron atrás. En el Tahuantinsuyo, el Sapa Inca era hijo del dios Sol, Inti.

LINGUACUTA.- ¿Qué me dicen del culto imperial en la antigua Roma, que veneraba a algunos emperadores, elegidos como dioses una vez fallecidos?

MAQUIAVELO.- Antes de que te burles de Domiciano, que se declaró a sí mismo dios mientras aún vivía, te recuerdo que los papas se han autoproclamado “vicarios de Cristo”,[1] es decir, de Dios mismo, y eso desde los tiempos en que también eran “señores temporales”, pues reinaban sobre los Estados Pontificios.[2]

SOFROSINA.- Ya que hablas de papas y emperadores cabe recordar que, en la Cristiandad medieval, aunque las relaciones entre los vicarios de Cristo y los monarcas fueron a menudo conflictivas, las necesidades del orden público y el temor a los levantamientos populares llevaron con frecuencia a las autoridades religiosas a apoyar y legitimar los regímenes vigentes, hasta el punto de convertirlos en monarquías de derecho divino. 

MAQUIAVELO.-Como dijo el aquí presente obispo Bossuet al glorificar el poder de Luis XIV, “la autoridad real es sagrada “porque Dios establece a los reyes como sus ministros y reina a través de ellos sobre los pueblos”.[3]

BOSSUET.- No hice sino glosar lo dicho por san Pablo en su comentadísima Epístola a los romanos: “Sométanse todos a las autoridades constituidas, pues no hay autoridad que no provenga de Dios, y las que existen, por Dios han sido constituidas. De modo que, quien se opone a la autoridad, se rebela contra el orden divino, y los rebeldes atraerán sobre sí mismos la condenación.”[4]

MAQUIAVELO.- Esa sacralización del poder les encanta a los autócratas, incluidos los ateos.  

LINGUACUTA.- Todos ellos se creen vacas sagradas o salidos del muslo de Zeus.

SOFROSINA. No solo los autócratas sacralizan el poder. Pienso en el divino “Destino manifiesto” de ese país que tiene la ebriedad mesiánica de ser “faro de la Libertad” por los designios del “In God we trust” que aparece en sus billetes y reaparece constantemente en los discursos de sus gobernantes.

MAQUIAVELO.- Que no se confíen demasiado los gobernantes: las religiones también pueden servir para deslegitimar el poder. Lo vi con mis propios ojos cuando el monje Savonarola con sus prédicas incendiarias hizo poner pies en polvorosa a los poderosos Médici que gobernaban en Florencia.

SOFROSINA.- Esa es la otra cara de la medalla: el poder sacralizado puede ser el de una monarquía de derecho divino o el de un mesías liberador. Se ha visto en numerosos casos que los creyentes logran encontrar en sus Escrituras sagradas motivos para bendecir un régimen político o predicar la rebelión. 

LIN YUTANG.- Conozco bien la historia de mi país y puedo decirles que, en China, el pueblo osciló constantemente entre la sumisión y la insurrección frente a un poder sacralizado. Las revueltas campesinas de las Cejas Rojas pusieron fin al reinado del emperador Wang Mang acusado de haber perdido el “mandato del Cielo” para gobernar. Y el conjunto de levantamientos de los Turbantes Rojos influidos por el movimiento político-religioso del Loto Blanco -que predecía el inminente advenimiento del Rey de la Luz, el futuro Buda Maitreya-, precipitó la caída de la dinastía Yuan.

HASAN al-BANNA.- En 1928 fundé la Sociedad de los Hermanos Musulmanes que basó su oposición a las monarquías locales y al colonialismo europeo en una aplicación integral de los principios del Corán, el “islamismo”. 

GOLDA MEIER.- Tus Hermanos Musulmanes fueron los responsables en 1987 de la creación de Hamás, organización palestina yihadista que harta guerra nos da a los judíos.

HASAN al-BANNA.- Y la seguirá dando mientras algunos sionistas fanáticos crean que tienen derechos exclusivos sobre la “Tierra Prometida” por Yahvé a su “pueblo elegido”.

SIDDHARTA GAUTAMA.- Antes de que se enzarcen en una discusión de nunca acabar, señalo que, contra mis intenciones, se ha creado una religión budista cuya postura frente a los poderes establecidos también se ha movido entre la lealtad y la contestación. En Birmania, por ejemplo, donde casi toda la población es budista, algunos monjes apoyan el movimiento de oposición de Aung San Suu Kyi, mientras otros monjes son fieles a la junta militar en el poder.

GUSTAVO GUTIÉRREZ.- Eso mismo ha sucedido en el mundo cristiano. Muchos jerarcas eclesiásticos se han destacado como pilares del “orden establecido”. Pero también un buen número de cristianos se ha jugado la vida contra los gobernantes opresores del pueblo. Tal vez han oído hablar ustedes del movimiento de la Teología de la Liberación, del que me consideran una de sus “figuras”.[5]

“Afirmé que la religión es el suspiro de la criatura oprimida. Debí haber añadido que también puede ser su arma… y muy eficaz”, sostuvo el viejo Marx acariciando su poblada barba. “El problema -replicó Linguacuta- es que cuando la revolución se hace gobierno, los mesías también pueden convertirse en tiranos pues son puros los ideales, no los humanos”. Dijo, entonces, Sofrosina: “El poder de la espada y la espada del poder están envenenados de la empuñadura a la punta. Sacralizar el poder -por la causa que sea- no lo hace menos peligroso. Todo lo contrario. Lo pueden confirmar los combatientes en cuantas guerras ‘santas’ que en el mundo han sido”.[6]


[1]   “De Vicarios de Pedro a Vicarios de Cristo: poderosa autopromoción”, Diálogos de Ultratumba, 28 de diciembre, 2025.

[2]   “Y dicen que el fin no justifica los medios”, Diálogos de Ultratumba, 17 de marzo, 2024.

[3]           BOSSUET, Política extraída de las propias palabras de la Sagrada Escritura, libro tercero, artículos 1 y 2. Versión digital en, https://www.mercaba.es/ilustracion/politica_biblica_I_de_bossuet.pdf

[4]   Epístola a los romanos,13, 1-2 (versión de la Biblia de Jerusalén).

[5]   Rodolfo R. de Roux, Religión y Revolución. Nacimiento, auge y ocaso de la Teología de la liberación, https://www.youtube.com/watch?v=-kD4AC9_yrs

[6]   Rodolfo R. de Roux, “Santas y justas lides. La guerra y el dios cristiano en suelo americano”, en L’Ordinaire latino-americain, 194 (2003) 7-32. Disponible en, https://hal.science/halshs-00143303/

Rodolfo Ramón de Roux

Abril, 2026

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Me place compartirles que acaba de ser publicado el tomo 6 de los Diálogos de Ultratumba. Se encuentra disponible en la plataforma Amazon, donde puede adquirirse en forma impresa o digital.

Siguiendo la célebre imagen de Bernardo de Chartres, invito a subir sobre los hombros de algunos de esos gigantes que nos precedieron —para ver más lejos y con mayor claridad de lo que nos permitiría nuestra sola estatura. Los decorados cambian, pero las tragedias y comedias humanas se repiten incansablemente. Sería, pues, un desperdicio no aprovechar la sabiduría de otras épocas para pensar mejor la nuestra.

A través de veinte diálogos que atraviesan siglos y continentes, convoco a una galería de pensadores —de Séneca a Kahneman, de Tomás Moro a Napoleón, de San Pedro a Francisco— para explorar algunas trampas recurrentes de la condición humana: nuestra excelente aptitud para la coprofagia intelectual, la seducción de las utopías, la codicia erigida en virtud. La segunda mitad del libro explora la extraordinaria construcción del poder papal a lo largo de veinte siglos, tratando de comprender cómo una pequeña secta perseguida del siglo I ha llegado, hoy, a dirigir las conciencias de más de mil cuatrocientos millones de personas.

Rodolfo Ramón de Roux

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En este diálogo se revive la fuerza anticipatoria de la historia que tuvo el libro 1984 escrito por George Orwell como novela distópica y publicado en junio de 1949.

GEORGE ORWELL.- Observando el curso de los acontecimientos en el mundo, lo que escribí en mi novela “1984” no parece distopía sino realidad.

LINGUACUTA.- Cuando la publicaste en 1949, ya tres cuartas partes de ella no eran utopía negativa sino historia. 

G. ORWELL.- Tienes razón. Simplemente extrapolé lo vivido bajo el fascismo, el nazismo y el estalinismo con la opresora omnipresencia del “Big Brother”, el culto a su personalidad, la eliminación física de los opositores al Partido, la pedagogía del odio, el adoctrinamiento de niños y jóvenes, el “lavado de cerebro” de los adultos, la “reescritura” continua de la historia, la “policía del pensamiento”.

SOFROSINA.- Lo escalofriante de tu “1984” es que comprendiste que, a pesar de la derrota del “Eje”, la deriva totalitaria no había desaparecido y que podía incluso reaparecer en el llamado mundo democrático.

LINGUACUTA.- Viendo lo que pasa en los dominios de Xi Jinping, Vladimir, Donald Narcissus, y paro de contar para no cansarlos, no me cabe duda de que “aún es fecundo el vientre de dónde surgió la bestia inmunda”, como dijo Bertold Brecht.

G. ORWELL.- Las maravillas de la actual tecnología informática y de la IA permiten un control social a una escala impensable para los tiranos del siglo XX. Ya los humanos tienen a su disposición los medios necesarios para realizar la amenaza que anticipé: el mundo entero convertido en un inmenso Panóptico donde todos pueden ser observados y controlados. 

LINGUACUTA.- Y manipulados y engañados. En tu “1984” el Ministerio de la Paz promueve la guerra; el Ministerio del Amor tortura y asesina a cualquiera a quien considere una amenaza; el Ministerio de la Verdad miente y tergiversa los hechos de manera descarada.  

G. ORWELL.- “Quien controla el pasado controla el futuro. Quien controla el presente controla el pasado”, decía la consigna del Partido. A eso lo llamaban “control de la realidad” y, en nuevalengua, “doblepiensa”: mantener a la vez dos opiniones, sabiendo que son contradictorias y creer en ambas; creer que la democracia es imposible y que el Partido es el garante de la democracia; olvidar lo que hace falta olvidar y recordarlo cuando conviene; tener plena conciencia de que algo es verdad y al mismo tiempo contar al respecto mentiras o tergiversaciones desvergonzadas. 

LINGUACUTA.- Al “doblepiensa” lo llaman ahora en psicología social “disonancia cognitiva”.[1]

SOFROSINA.- Con el “doblepiensa” al servicio del Partido advertiste sobre el peligro que el concepto mismo de verdad objetiva desapareciera, y eso que todavía no conocías el poder del Internet, la IA o las redes sociales, donde cada quien exalta su realidad y su verdad “alternativas”.

G. ORWELL.- Me han informado que la administración Trump, con sus “hechos alternativos” –alternative facts-, ha contribuido a incrementar las ventas de “1984”.

HANNAH ARENDT.- Los ocupantes de la Casa Blanca y del Kremlin también han logrado que se hable más de mí. Hace más de medio siglo, en Verdad y mentira en política, señalé que “La verdad factual, si se opone al provecho o al placer de un determinado grupo, es recibida hoy con una hostilidad mayor que nunca”.

LINGUACUTA.- La hostilidad a la verdad factual sigue siendo “mayor que nunca”.  

H. ARENDT.- Los hechos dan forma a las opiniones, y la libertad de opinión es una farsa si no se garantiza la información objetiva y no se aceptan los hechos mismos.[2]

SOFROSINA.- Los que piensan que todo se reduce a discursos e interpretaciones, terminan estrellándose contra la realidad.

LINGUACUTA.- Cada quien es dueño de sus opiniones pero no de “sus” hechos. En honor a la verdad no se puede decir que Francia invadió a Alemania en 1939, que los judíos asesinaron a millones de alemanes en los campos de concentración, o que Ucrania invadió a Rusia en 2022.

SOFROSINA.-  El problema es que abundan los especialistas en el arte de reescribir la historia. 

G. ORWELL.- (Aludiendo a su libro Homenaje a Cataluña) En mi juventud ya me di cuenta de que los periódicos jamás informan correctamente sobre evento alguno, pero en España, durante la Guerra Civil vi, por primera vez, reportajes periodísticos que no guardaban la menor relación con los hechos, ni siquiera el tipo de relación con la realidad que se espera de las mentiras comunes y corrientes. 

SOFROSINA.- Te preocupaba que el concepto de verdad objetiva estaba desapareciendo y que, en la práctica, la mentira se podía volver verdad, eso queda claro en tus Diez ensayos sobre lenguaje, política y verdad, y en tu novela 1984.

G. ORWELL.- Así es. Más que las bombas, me atemorizaba la posibilidad de un mundo de pesadilla donde el líder máximo, o bien la camarilla dirigente, controlara no solo el futuro, sino incluso el pasado. Un mundo en el que si sobre tal o cual acontecimiento el líder dictamina que “jamás tuvo lugar”… pues bien: no tuvo lugar jamás. Si dice que “dos más dos son cinco”, así tendrá que ser. 

LINGUACUTA.- Con sus “realidades alternativas”, Trump y su equipo de gobierno han revitalizado esa posibilidad que tanto te atemorizaba.[3]

SOFROSINA.- Bienvenidos al mundo de la “posverdad”. El respetable Oxford English Dictionary la proclamó “palabra del año” en el 2016, y definió el concepto de posverdad como “relativo a aquellas circunstancias en las que apelar a las emociones y las creencias personales resulta más influyente para moldear la opinión pública que los hechos objetivos”. 

G. ORWELL.- Tener en cuenta la pluralidad de enfoques, los intereses personales o de grupo, las reacciones emocionales y la aprehensión subjetiva de la realidad no significa abolir el valor de la verdad. Al contrario, se trata de analizar todo ello para descifrar lo que encubren. 

SOFROSINA.- Los partidarios de la “realidad alternativa” y de la “posverdad”[4] repiten la fórmula de Nietzsche, “No hay hechos, sólo interpretaciones”. Sin embargo, el “No hay hechos, sólo interpretaciones” no suprime ni disuelve la verdad, simplemente afirma que los hechos brutos no significan nada. Hay que ordenarlos y sólo tienen sentido si se descifran e interpretan. 

LINGUACUTA.- Es en nombre de la verdad que se hace el esfuerzo de desenmascarar sus falsificaciones. Que no esté a nuestro alcance la Verdad absoluta no quiere decir que no podamos alcanzar verdades -con minúscula-, así sean limitadas y perfectibles.

SOFROSINA.- Los obsesos del poder siempre han mentido, pero la situación actual es nueva. No es que se acepten las mentiras: es que se ha extendido la idea de que nada puede ser mentira porque nada puede ser verdad. Si lo que digo no concuerda con la realidad, la culpa es de la realidad, no mía. No es una broma, aunque lo parezca. 

H. ARENDT.-  Ya lo advertí: “El sujeto ideal para el gobierno totalitario no es el nazi o el comunista convencido, sino la gente para quien la distinción entre hechos y ficción, entre verdadero y falso, ya no existe”.

LINGUACUTA.- Reivindico los objetivos de la Ilustración: liberarnos de la credulidad y del poder absoluto. Ambas sumisiones van juntas. 

MAQUIAVELO.-  Por supuesto que van juntas, gobernar es hacer creer.

LINGUACUTA.- Los mejores promeseros son los candidatos a gobernantes. Prometen, pero no prometen que cumplirán sus promesas. 

NAPOLEÓN.- El gobernante es un vendedor de esperanzas. 

SOFROSINA.- Y las vende emocionando a las masas con la teatralización de su poder. ¿Recuerdan la «fusión delirante» con el Führer en las grandes celebraciones nazis? 

LINGUACUTA.- El mismo delirio de masas se da en las actuales grandes celebraciones con la presencia del “Big Brother”, llámese Donald, Vladimir o Xi Jing Ping.

SOFROSINA.- Los manipuladores del poder saben que no solo somos racionales, sino previsiblemente irracionales, es decir, que nuestra irracionalidad se produce siempre del mismo modo, una y otra vez.

ALEXANDRE KOYRÉ.- Si, como animales pensantes, buscamos la intelección, como animales crédulos buscamos certezas. En cuanto a las masas -los invito a leer mis Réflexions sur le mensonge- ellas se guían, o más bien se dejan llevar, por el instinto, la pasión, los sentimientos y los resentimientos. No saben pensar. Ni querer. Sólo saben obedecer y creer.

LINGUACUTA.- Credere, obbedire, combattere, gritaban entusiasmados los fascistas italianos. Tal es el deber de las masas. Pensar está reservado al líder.

A. KOYRÉ.- Las masas se creen todo lo que les dicen. Siempre que se les diga con suficiente énfasis; siempre que se halaguen sus pasiones, sus odios y sus miedos. 

LINGUACUTA.- Como dijo un malpensante, cuando los hombres se hacen masa, los demagogos los hornean. 

SOFROSINA.- Y para hornear el cerebro de las masas los demagogos cuentan ahora con la más sofisticada tecnología.

LINGUACUTA.- Todos los totalitarismos han sabido que controlar la información que llega a los ciudadanos es una de las fuentes de su poder. Los sistemas de censura o de falsa información han sido universales. ¿Por qué tanta alarma ahora?

G. ORWELL.- Tal vez porque se es más consciente de los mecanismos de manipulación, porque se desconfía más del poder, porque los medios de comunicación difunden las fake news con más rapidez y porque se ve con preocupación que las mentiras se aceptan cada vez más como “realidades alternativas”.

SOFROSINA.- Por eso mismo hay que aprender -y es posible hacerlo- cómo no “tragar” cualquier idea, cómo hacer razonamientos formalmente correctos, cómo tener en cuenta diversas fuentes de información, cómo controlar los prejuicios y sesgos cognitivos, cómo no sacar conclusiones apresuradas, cómo elaborar proyectos sensatos y prever las consecuencias de nuestros actos… 

LINGUACUTA.- Conmovedor optimismo.

SOFROSINA.- Como me dijo Eduardo Galeano, “habrá que dejar el pesimismo para tiempos mejores, hoy más que nunca, es preciso soñar, la realidad no es un destino, es un desafío que nos invita a resistir…” 


[1]   Cf. “Fin del mundo y disonancia cognitiva”, Diálogos de Ultratumba, 25 de agosto de 2024.

[2]   Cf. “Mentira y verdad en política”, Exjesuitas en tertulia, 8 de enero de 2022.

[3] Cf. Peter BAKER, “Trump gobierna en una realidad alternativa. Y las mentiras son su motor”, The New York Times, 24 de febrero de 2025. En, https://www.nytimes.com/es/2025/02/24/espanol/estados-unidos/trump-realidad-alternativa-mentiras.html

[4]   Cf. https://es.wikipedia.org/wiki/Posverdad

Rodolfo Ramón de Roux

Marzo, 2026

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De la mano de Dante, que no cesaba de hacerle ojitos a Linguacuta, nuestras dos amigas llegaron al final de su periplo papal donde se encontraron con el dubitativo Pablo VI, el enérgico Juan Pablo II, el profesoral Benedicto XVI y el descomplicado Francisco, quien apenas se está adaptando a su nueva forma de vida. 

PABLO VI.- ¡Qué de cambios se nos vinieron encima en los años 1960! Tensiones geopolíticas de la Guerra Fría, construcción del muro de Berlín, crisis de los cohetes en Cuba, concilio Vaticano II, guerra de Vietnam, llegada a la Luna, contestación universitaria por todas partes, jipismo, proliferación de drogas “recreativas”, ola de feminismo, revolución sexual…

LINGUACUTA.- … y aprobación de la píldora anticonceptiva.

PABLO VI.- ¡Ni me la menciones! Cuántas amarguras me costó haber promulgado la encíclica Humanae vitae en el convulsionado 1968.

JUAN PABLO II.- Alabo que en ella hayas reafirmado que los únicos métodos lícitos de control de la natalidad son la abstinencia sexual total o periódica, con base en el cálculo del ciclo de la fecundidad femenina. 

SOFROSINA- (Dirigiéndose a Pablo VI) Tu llamada “encíclica de la píldora” generó una profunda crisis de autoridad del magisterio eclesiástico. Numerosos católicos la combatieron, o simplemente la ignoraron.

LINGUACUTA.- Y siguen ignorándola. 

PABLO VI.- Quedé tan afectado por la virulencia de las críticas a mis enseñanzas que no volví a publicar ni una encíclica más. 

JUAN PABLO II.- No te preocupes que yo escribí 14.

LINGUACUTA.- Denle gracias a la pérdida de los Estados Pontificios. Cuando ustedes dejaron de ser “señores temporales” les quedó tiempo para pontificar urbi et orbi escribiendo encíclicas.

BENEDICTO XVI.- Tu tonito me molesta, sin embargo, no te falta razón. En veinticuatro años, Pío VI publicó dos encíclicas; en veintitrés años, Pío VII publicó una. Pero Pío IX -con quien se perdieron los Estados Pontificios- publicó cuarenta y una encíclicas y su sucesor, León XIII, ochenta y cinco. ¡Qué plumas!

JUAN PABLO II.- Urgía dar orientaciones doctrinales a los fieles.

PABLO VI.- Y no solo a los fieles. Como “madre y maestra”[1], lo mismo que “experta en humanidad” – así lo proclamé solemnemente en la Naciones Unidas[2] – la Iglesia católica ejerce su magisterio dirigido a modelar “todo el hombre y todos los hombres”, de acuerdo con la consigna Instaurare omnia in Christo -instaurar todas las cosas en Cristo-.

SOFROSINA.- Querido Pablo, me parece que en una república las convicciones religiosas tienen su lugar: el de inquietar y cuestionar la política, pero no el de fundamentarla.

LINGUACUTA.- Reinyectarle sagrado a la política es acabar con la democracia porque lo sagrado, por definición, escapa a la discusión.

JUAN PABLO II.- Mal que las veo, muchachas. El mundo está tan confundido que los papas tenemos que dar pautas de comportamiento…

LINGUACUTA.- sobre todo lo divino y lo humano…

SOFROSINA.- …y con gran insistencia, en particular en cuestiones de matrimonio, familia, sexualidad y bioética.[3]

BENEDICTO XVI.- Esas pautas buscan orientar no sólo el actuar de los católicos, sino también el de la sociedad en general.

LINGUACUTA.- El problema es que temas de teología moral que antes eran objeto de debate y que se dejaban a la libre discusión académica -las llamadas questiones disputatae– se han terminado fijando desde lo alto, convirtiendo a los teólogos en simples defensores o comentadores de perentorias enseñanzas papales.[4]

SOFROSINA.- Y, en cuanto al real influjo de dichas enseñanzas, tengan en cuenta que en la “modernidad” que ustedes tanto detestan, la Iglesia ha perdido mucho de su poder de configuración, no solo de la sociedad en general sino también de las existencias privadas, incluso de los mismos católicos. 

LINGUACUTA.- Prácticas hasta hace poco mayoritariamente condenadas socialmente -como el divorcio, la libertad sexual, la homosexualidad, el aborto, la fecundación in vitro, el matrimonio entre parejas del mismo sexo, la transición de género, la eutanasia, el suicidio asistido- van entrando en el campo de lo legítimo, en nombre de la prevalencia de la libertad individual y de conciencia sobre la normatividad religiosa.

PABLO VI.- No hay mal que dure cien años. Nosotros sabemos darle tiempo al tiempo. 

FRANCISCO.- El mundo gira, yira, yira, ché.

BENEDICTO XVI.- (Serísimo) Pero la cruz permanece mientras el mundo gira: Stat crux dum volvitur orbis.

JUAN PABLO II.- En los años sesenta y setenta del siglo XX, los profetas de un mundo sin Dios estaban en boca de todos. Creían firmemente en la secularización universal de las costumbres, las ideas y la política. Escribían que el progreso de la razón científica y técnica conducía inevitablemente al abandono de la religión. Pero los mismos tuvieron que confesar más tarde que se estaba produciendo una “revancha de Dios”.[5]

BENEDICTO XVI.- Sin duda en Europa hemos perdido mucho peso, pero miren cómo crece la Iglesia católica en Asia y, sobre todo, en África.

LINGUACUTA.- También crece la competencia de las iglesias evangélicas y pentecostales. ¡Y en qué forma!

FRANCISCO.- Eso nos obligó a espabilarnos. Juan Pablo, para quien su parroquia era el mundo, utilizó hábilmente el desarrollo de las tecnologías del transporte y de la comunicación para reforzar  la figura y el magisterio universal del papa.

JUAN PABLO II.- Realicé un total de 104 viajes apostólicos fuera de Italia. Visité 129 países, lo cual me valió los sobrenombres de “el Papa Peregrino” y “el Papa viajero”. 

FRANCISCO.- No me quedé atrás. Hice 47 viajes fuera de Italia a 66 países distintos. 

JUAN PABLO II.- Tu ritmo viajero fue parecido al mío pues fui papa 27 años y tu sólo 12.

SOFROSINA.- Eso del papa “prisionero del Vaticano” quedó atrás.

JUAN PABLO II.- Qué gozo me daba ver esas inmensas multitudes congregadas en torno a mí.

LINGUACUTA.- Vanidosito ¿no?

JUAN PABLO II.- Humildad es verdad. Inventé las Jornadas Mundiales de la Juventud y en la de 1995 en Manila reuní a más de cuatro millones de jóvenes.

FRANCISCO.- Te superé veinte años después. También en Manila, alrededor de seis millones de personas participaron en la misa que celebré o siguieron el recorrido de mi “papamóvil” hacia Rizal Park, donde tuvo lugar la ceremonia.

SOFROSINA.- La personalidad arrolladora de ustedes dos acrecentó la macrocefalia papal que había tratado de corregir el concilio Vaticano II, que impulsó un gobierno colegial de la Iglesia.

FRANCISCO.- Traté de impulsar una sana descentralización del poder pontificio, pero es complicado reorientar un proceso de “romanización” de la Iglesia que se aceleró desde hace más de un siglo y medio.[6]

BENEDICTO XVI.- Centralización del poder que le ha dado al papado la posibilidad de emprender campañas planetarias y ha mostrado su capacidad para coordinar -y controlar- a los obispos, al clero y al laicado militante.

JUAN PABLO II.- No olvidemos que el Código de Derecho Canónico afirma claramente que el papa “es cabeza del colegio de los obispos, vicario de Cristo y pastor de la Iglesia universal en la tierra; el cual, por tanto, tiene, en virtud de su función, potestad ordinaria, que es suprema, plena, inmediata y universal en la Iglesia, y que puede siempre ejercer libremente”.[7]

SOFROSINA.- En otras palabras, todos los obispos y demás fieles, tanto a título individual como colectivo, están sometidos jerárquicamente al papa y le deben obediencia, no solo en lo que se refiere a la fe y las costumbres, sino también en todo lo que pertenece a la disciplina y al gobierno de la Iglesia universal.

LINGUACUTA.- Me pone la carne de gallina semejante pretensión de guía supremo.

BENEDICTO XVI.- No veo por qué te sorprendes si ya conocías las veintisiete proposiciones del Dictatus papae (marzo de 1075) y el Decreto de Graciano (hacia 1140) donde queda claro que en la Iglesia la persona del papa centraliza el poder jurídico, jurisdiccional, teológico y hermenéutico, y que este poder es de esencia divina.

SOFROSINA.- ¡Derecho canónico! Es una de las dos herramientas fundamentales que desde el siglo XII hasta nuestros días han utilizado ustedes para consolidar el poder pontificio.

LINGUACUTA.- ¿Cuál es la otra herramienta?

SOFROSINA.- La Curia romana, que se ha venido fortaleciendo desde el siglo XII. 

BENEDICTO XVI.- Bendito sea Dios, pues “En el ejercicio supremo, pleno e inmediato de su poder sobre toda la Iglesia, el Romano Pontífice se sirve de los dicasterios de la Curia Romana, que, en consecuencia, realizan su labor en su nombre y bajo su autoridad, para bien de las Iglesias y servicio de los sagrados pastores”, como enseña el Decreto Conciliar Christus Dominus en su numeral 9.

LINGUACUTA.- ¡Qué erudición!

BENEDICTO XVI.- Por algo fui prefecto del Dicasterio para la Doctrina de la Fe.

LINGUACUTA.- (Sotto voce) Así llaman ahora a la antigua y temida Sagrada Congregación de la Romana y Universal Inquisición. 

SOFROSINA.- Perdona mi franqueza, Benedicto, pero con la Curia romana la Iglesia terminó por asemejarse a un reino, cuyo soberano es el papa, rodeado de un personal administrativo especializado…

LINGUACUTA.- …en una corte donde se ostentan los signos y medios de la autoridad: tiara, anillo del Pescador, férula, zapatos rojos, palio, fanón, camauro, silla gestatoria, grandes abanicos ceremoniales hechos de plumas de avestruz blanca, ornamentos preciosos, suntuosos aposentos, proliferación de obras de arte, estandartes, pintorescos guardias suizos y numerosos aúlicos.

FRANCISCO.- Pero nos hemos modernizado: ya no usamos zapatillas rojas, camauro, fanón, tiara, silla gestatoria ni plumas de avestruz. En particular yo, traté de bajarle al boato.

LINGUACUTA.- Eran adaptaciones necesarias al “air du temps”. De vez en cuando es conveniente “aggiornarsi“, como diría Juan XXIII.

BENEDICTO XVI.- Sin embargo, en lo fundamental se impone la permanencia. Somos los guardianes e intérpretes supremos del Depositum fidei, es decir, del conjunto de la verdad revelada en las Sagradas Escrituras y en la Tradición. 

JUAN PABLO II.- No nos queda de otra; tenemos que ser fieles a nuestra sagrada misión: gobernar la Iglesia católica desde una centralidad única, la de la persona del papa, cuyo poder fue otorgado por la divinidad misma, se transmite por elección asistida por el Espíritu Santo y se impone según un derecho universal, el derecho canónico. 

SOFROSINA.- Ustedes han realizado un prodigio histórico: lograr que los fieles católicos crean que un hombre es vicario de Cristo, que es infalible cuando habla ex cathedra, y que hay que obedecerle a pie juntillas como fiel administrador para el bien humano de las larguezas del amor divino.

LINGUACUTA.- Al menos eso dicen.

Sofrosina y Linguacuta notaron que los cuatro ancianos daban señales de cansancio y se despidieron afablemente de ellos. Al alejarse los oyeron entonar el Magnificat y cantar con mucha devoción: “Él [Dios] derriba del trono a los poderosos y enaltece a los humildes”.[8]

¿Quién dijo que la disonancia cognitiva no funciona?


[1] Juan XXIII, Mater et Magistra,1961.

[2] Pablo VI, Alocución a los Representantes de los Estados (ONU), 4-X-1965.

[3]   Rodolfo R. de Roux, “Matrimonio, sexualidad y bioética en el magisterio pontificio: de Pío XI a Francisco. Breves consideraciones históricas sobre una enseñanza insistente y prolífica”, revista Pro-Posições 28 (3) • Sep-Dec 2017. https://www.academia.edu/37020004/Matrimonio_sexualidad_y_bioetica_en_el_magisterio_pontificio_De_Pio_XI_a_Francisco.

[4]   Pío XII afirma que las encíclicas papales, incluso cuando no son ex cathedra (es decir, que implican la “infalibilidad pontificia”), pueden poner fin a un debate teológico sobre una cuestión en particular: “Pues [las encíclicas] son enseñanzas del Magisterio ordinario, para las cuales valen también aquellas palabras: ‘El que a vosotros oye, a Mí me oye.’ (Lc 10, 16); y la mayor parte de las veces, lo que se propone e inculca en las Encíclicas pertenece ya -por otras razones- al patrimonio de la doctrina católica. Y si los Sumos Pontífices, en sus constituciones, de propósito pronuncian una sentencia en materia hasta aquí disputada, es evidente que, según la intención y voluntad de los mismos Pontífices, esa cuestión ya no se puede tener como de libre discusión entre los teólogos”. Encíclica Humani generis, n° 14.

[5]   Gilles KEPEL, La revanche de Dieu, 1991

[6] Rodolfo R. de Roux, “La romanización de la Iglesia católica en América latina: una estrategia de larga duración”, Pro-Posições 25 (1) • Abr 2014 • https://doi.org/10.1590/S0103-73072014000100003

[7] Código de Derecho canónico, Parte II, sección I, cap. I, art. 1, n° 330.

[8]   Lucas 1,52

Rodolfo Ramón de Roux

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Nos atrajeron las risas y aplausos de un grupo entusiasta que lo rodeaba. Al principio no logramos verlo por lo bajito y rollizo, pero pronto reconocimos su inconfundible persona que irradiaba bondad bajo un manto de campechana jovialidad: era Angelo Roncalli, quien un atardecer del 28 de octubre de 1958 sucedió como papa al elegante y solemne Pío XII tomando el nombre de Juan XXIII. 

A diferencia de sus antecesores, era descomplicado y cercano con la gente. Con su proverbial sentido del humor, al recordar sus orígenes campesinos solía decir que “hay tres maneras de perder el dinero en la vida: mujeres, apuestas y la agricultura. Mi padre eligió la más aburrida de las tres”. Cuando al ser elegido papa hubo de subir por primera vez a la “silla gestatoria” bromeó con su gordura: “¿No se hundirá esto con tanto peso?”.

Su bondad y sencillez le ganaron el apelativo de “il Papa buono” y mostraron otra posible manera de ejercer el cargo, pues era capaz de autoderrisión y de tomar distancia con su propio rol. En cierta ocasión un niño le dijo que de mayor quería ser o policía o papa. Juan XXIII le dijo: “Si yo fuera tú, me metería a policía. Pueden nombrar papa a cualquiera, ¡mírame a mí!”. Otra vez en que le preguntaron cuánta gente trabajaba en el Vaticano, respondió con toda naturalidad: “Más o menos la mitad. Y a un capitán de la Gendarmería Pontificia que se le arrojó a los pies, le dijo: “Pero levántese, hombre. Usted es un capitán y yo sólo un sargento”. Sabido era que Angelo Roncalli había sido sargento sanitario en la Primera Guerra Mundial. 

Con afabilidad sabía “bajarse de su pedestal” y poner cómodos a sus interlocutores. Una vez salió del Vaticano, a solas, para dirigirse al cercano hospital del Espíritu Santo y visitar con discreción a un amigo sacerdote enfermo. Al llamar a la puerta, le abrió la hermana portera, que corrió a llamar a la madre superiora. La religiosa, muy emocionada, le dijo: “Santo Padre, soy la madre superiora del Espíritu Santo”. El papa le respondió: “¡Qué carrera ha hecho usted, madre! ¡Yo solo soy el siervo de los siervos de Dios!”. En otra ocasión, cuando unas religiosas se le presentaron como las “Hermanas de san José”, les dijo: “Caramba, qué bien se conservan con dos mil años de edad”.

Un día, tras una amistosa reunión con el Gran Rabino de Roma, Juan XXIII lo acompañó hasta la salida de la sala de audiencias. Se planteó entonces un pequeño problema protocolar: el Gran Rabino insistía en que el papa saliera primero. El papa, por el contrario, indicaba cortésmente que cedía la prioridad. Como, a su vez, el Gran Rabino insistía en ceder el primer paso, Juan XXIII sentenció con humor:¡Que pase primero el Antiguo Testamento!

Su pontificado fue breve. Como le dijo a unos paisanos que le visitaban: “Quien llega a papa a los setenta y ocho años no tiene un gran porvenir”. No se equivocó: duró en el cargo cuatro años y siete meses. Sin embargo, en tan corto tiempo dejó profunda huella, sobre todo con la inesperada convocatoria del Concilio Vaticano II, con el que quiso abrir las ventanas de la Iglesia para que circulara en ella aire fresco. Por eso mismo no quiso presidir las sesiones del Concilio: para que los asistentes a él pudieran sentirse libres en sus debates y deliberaciones. Para Roncalli no se trataba con el Concilio de condenar a nadie ni de ponerse a la defensiva frente a los “errores” del mundo moderno sino de dialogar con él y su cultura pues, como dijo en una audiencia con gente sencilla: “¿Qué es la Iglesia? La Iglesia es como una fuente en la plaza del pueblo, para que todo el mundo que lo desee pueda encontrar agua fresca”. 

Con Juan XXIII no pudimos conversar sino muy poco porque el grupo con el que estaba cantando y bromeando no quería dejarlo ir. Después de mucho rogar nos lo “prestaron” por unos minutos en los que nos dijo lo siguiente:

JUAN XXIII.- Con los nubarrones y tormentas que hay ahora en la Tierra muchos viven con cara de entierro. Es precisamente en el mal tiempo cuando hay que poner buena cara.

LINGUACUTA.- Fácil es decirlo viendo los toros desde la barrera.

JUAN XXIII.- Como sargento sanitario me tocó ver desde el ruedo, no desde la barrera, las atrocidades de la Primera Guerra Mundial. Y también las de la Segunda, como diplomático del Vaticano en Turquía y Grecia entre 1934 y 1944. 

SOFROSINA.- Sé que en ese momento catastrófico ayudaste a muchos judíos.

JUAN XXIII.- Arriesgué mi posición y seguridad personal para conseguir visas de tránsito para miles de turcos, y firmé miles de certificados de falsos bautismos y certificados de inmigración que permitieron escapar a Palestina a judíos húngaros perseguidos por los nazis. También ayudé a judíos de Francia, Eslovaquia, Croacia, Bulgaria, Rumanía e Italia. 

LINGUACUTA.- Diversos testimonios, entre otros, declaraciones de testigos durante el juicio de Núremberg, señalan la valiosa ayuda que prestaste para salvar decenas de miles de vidas.[1]

JUAN XXIII.- Todo eso fue poco ante la magnitud del Holocausto y ante la deuda histórica que tenemos con el pueblo judío. 

SOFROSINA.- Recuerdo la confesión escrita que hiciste antes de morir, en la que dices: “Perdónanos la maldición que injustamente hicimos caer sobre el nombre de los judíos; perdónanos porque al maldecirlos a ellos te hemos crucificado por segunda vez, porque no sabíamos lo que hacíamos”. 

JUAN XXIII.- También obré en vida por un respetuoso diálogo con todas las religiones no católicas. Y, como Nuncio en París entre 1944 y 1953, pulí mi capacidad para tratar con respeto a todos los que no piensan como yo, incluidos los ateos. 

SOFROSINA.- Se atrapan más moscas con miel que con hiel.

JUAN XXIII.- Así es. En cierta ocasión me invitaron a hablar sobre Édouard Herriot, jefe del Gobierno francés en tres ocasiones durante la Tercera República y radical anticlerical. “Sólo disentimos en política, lo cual, es bien poca cosa, ¿no le parece?”, respondí. En otra oportunidad me encontré con Maurice Tohrez, secretario general del Partido comunista francés y le dije: “Aunque le pese, pertenecemos al mismo partido”. Me preguntó sorprendido: “¿Y qué partido es ése?”. “El de los gordos, le dije. Ambos sonreímos.

LINGUACUTA.- Debía ser agradable la vida como Nuncio.

JUAN XXIII.- (En tono burlón) Muchacha, como dije una vez cuando era nuncio: “Saben, es difícil ser un nuncio papal. Me invitan a todas las fiestas diplomáticas donde la gente está de pie, con un plato de canapés intentando no parecer aburridos. Entonces, entra una mujer voluptuosa con un escote y todo el mundo se da la vuelta. Y me miran a mí”.

Dicho esto, Juan XXIII regresó al alegre grupo que ya reclamaba su presencia. Antes de partir sacó de su sotana blanca una pequeña tarjeta y nos la dio diciendo: “Les dejo mi Decálogo de la serenidad. Yo sé que en Ultratumba no se necesita, pero se lo pueden enviar a algunos amigos y amigas en la convulsionada Tierra. De pronto les sirve”. Nos sentamos a la sombra de una nubecilla y leímos el Decálogo, que es una magnífica lección de “carpe diem”. Dice así:

1. Solo por hoy trataré de vivir exclusivamente al día, sin querer resolver los problemas de mi vida todos de una vez.

2. Solo por hoy tendré el máximo cuidado de mi aspecto: cortés en mis maneras, no criticaré a nadie y no pretenderé controlar o disciplinar a nadie, sino a mí mismo. 

3. Solo por hoy seré feliz en la certeza de que he sido creado para la felicidad, no solo en el otro mundo, sino en este también. 

4. Solo por hoy me adaptaré a las circunstancias, sin pretender que las circunstancias se adapten todas a mis deseos. 

5. Solo por hoy dedicaré diez minutos a una buena lectura; recordando que, como el alimento es necesario para la vida del cuerpo, así la buena lectura es necesaria para la vida del alma. 

6. Solo por hoy haré una buena acción y no lo diré a nadie. 

7. Solo por hoy haré por lo menos una cosa que no deseo hacer; y si me sintiera ofendido en mis sentimientos, procuraré que nadie se entere. 

8. Solo por hoy me haré un programa detallado. Quizá no lo cumpliré cabalmente, pero lo redactaré. Y me guardaré de dos calamidades: la prisa y la indecisión. 

9. Solo por hoy creeré firmemente, aunque las circunstancias demuestren lo contrario, que la buena Providencia de Dios se ocupa de mí, como si nadie más existiera en el mundo. 

10. Solo por hoy no tendré temores. De manera particular no me defenderé de gozar de lo que es bello y de creer en la bondad.


[1]   Mariano Andrade, “Juan XXIII fue el mejor papa para los judíos, dice creador de la Fundación Wallenberg, AFP, 27 abril 2014. Online.

Rodolfo Ramón de Roux

Enero, 2026

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Salió de entre las nubes el bardo mexicano José Alfredo Jiménez. Qué bien se veía con su sombrero de charro, las espuelas de plata, las cananas al hombro y las pistolas al cinto. Con su gran chorro de voz iba cantando: “tengo dinero en el mundo/dinero maldito que nada vale”. Al oírlo, Linguacuta comentó: ¿”que nada vale”? Eso solo puede decirlo quien ya tiene mucha plata. 

“El problema es que nunca es suficiente para quien ya tiene demasiado. Aconsejan no afanarnos por aumentar los bienes sino por disminuir la codicia, pero estamos dispuestos a adorar un becerro con tal de que sea de oro”, replicó Sofrosina. El sabio Chuang Tse añadió: “La visión muy aguda desgasta los ojos; la audición muy fina desgasta los oídos; la ambición desmedida desgasta el espíritu”.

SOFROSINA.- No sólo desgasta el espíritu: la codicia causa mucha muerte prematura, como le pasó a Romero.

CHUANG TSE.- ¿Cuál Romero?

SOFROSINA.- Uno del que dicen, “perdió su salud buscando dinero, perdió su dinero buscando salud. Y ya sin salud, y ya sin dinero, allá va Romero en un ataúd”.

SÉNECA.- Bien merecido lo tuvo el tal Romero pues la codicia está del lado de la hibris, es decir, de la arrogancia, la insolencia, la soberbia.  

SOFROSINA.- Con codicia el dinero no nos pertenece, le pertenecemos: la riqueza deja, entonces, de ser instrumento de libertad para convertirse en instrumento de servidumbre.  

LINGUACUTA.- Instrumento de servidumbre también para los demás: el becerro de oro clava inmisericordemente sus pezuñas en las carnes de los desvalidos.

CHUANG TSE.- La codicia también ha matado no pocas amistades.  

STEVE JOBS.- Hazte rico…los falsos amigos se te darán por añadidura.

SOFROSINA.-  No esperes que te digan la verdad los que quieren prosperar con tu riqueza.

LINGUACUTA.- Cuando el dinero habla, la verdad calla: “con dinero, aunque borrico, ¡qué inteligente es el chico!”.

José Alfredo seguía cantando “dinero maldito que nada vale”. Linguacuta murmuró: tal vez el “dinero maldito” sea “estiércol del demonio”, pero también puede ser buen abono, siempre y cuando no se lo confunda con la cosecha. Por eso muchas religiones -pasadas o presentes- poseen sus divinidades de la riqueza. 

– ¡Muchacha, parece que hubieras leído mi Historia de las creencias y las ideas religiosas! -, dijo el erudito Mircea Eliade.

LINGUACUTA.- ¿Quién no ha oído hablar de la diosa romana Fortuna? ¿O de Pluto, dios griego de la riqueza?

MIRCEA ELIADE.- Pero tal vez no sepas que, en el hinduismo, Lakshmi, esposa de Visnú, es la diosa de la prosperidad y de la riqueza. Asimismo, en el panteón de las divinidades chinas, Cai Shen, dios de la riqueza, continúa siendo muy popular.

LINGUACUTA.- Estas divinidades parecen decirnos que, si el dinero no es la felicidad, al menos contribuye a ella. 

SOFROSINA.- Lo cual no ha impedido que en diferentes tradiciones religiosas prospere la idea de una riqueza espiritual ligada al abandono de los bienes materiales.

MIRCEA ELIADE.- En la India, aunque la religión védica no glorificaba la pobreza, aparecieron en su seno los sadhu, ascetas que siguen el camino de la penitencia y la austeridad para obtener la iluminación y la felicidad. En el budismo surgió el ideal de la vida monástica: no poseer nada se convirtió en la forma más segura de no desear nada y, por lo tanto, de evitar insatisfacción y sufrimiento. También en el cristianismo existe desde muy temprano la tradición monástica con sus votos de castidad, obediencia y pobreza.

LINGUACUTA.- Volviendo al tema de la riqueza material, desde los comienzos de su historia el pueblo hebreo consideraba la prosperidad como un signo del favor divino y una característica de la Tierra Prometida, “donde fluye leche y miel”.[1]

MIRCEA ELIADE.- Pero no hay que olvidar que ese favor divino de la riqueza va acompañado de una exigencia de justicia social, que pasa por el respeto de los derechos de los pobres, la prohibición de los préstamos con intereses[2] e incluso la moratoria de las deudas, en principio cada siete años, durante el año sabático.[3]

SOFROSINA.- Y si uno escucha a los profetas del Antiguo Testamento, se topa con una dura crítica al enriquecimiento excesivo y una advertencia contra la búsqueda del lucro, pues, como dice el Qohelet, “quien ama el dinero, de dinero no se sacia. Quien ama las riquezas nunca tiene suficiente”.[4]

MIRCEA ELIADE.- El cristianismo marcará una radicalización de esta desconfianza hacia el dinero. Desde hace dos mil años los fieles cristianos oyen que Jesús dijo: “ustedes no pueden servir a Dios y al Dinero”[5] o “Si quieres ser perfecto, vete, vende lo que tienes y dáselo a los pobres, y tendrás un tesoro en los cielos; luego ven y sígueme”.[6]

SOFROSINA.- Y, a renglón seguido, Jesús dice: “Se los repito, es más fácil que un camello entre por el ojo de una aguja, que el que un rico entre en el Reino de los Cielos”.[7]

LINGUACUTA.- ¡Rápidamente el ojo de la aguja se agrandó lo suficiente! Bromas aparte, las enseñanzas de Jesús sobre el dinero no son siempre tan tajantes. Según el Evangelio de Lucas -“palabra de Dios”-, Jesús dijo a sus discípulos: “Con las riquezas injustas gánense amigos para que, cuando estas lleguen a faltar, ellos les reciban en las moradas eternas”.[8]El problema no es, pues, la riqueza, sino el mal uso de ella.

MIRCEA ELIADE.- Me parece que la historia del rico Zaqueo -contada también por Lucas[9]– muestra una posición de Jesús que ha tenido más seguidores que la del “ojo de la aguja”. En resumen, el rico Zaqueo da a los pobres la mitad de sus bienes y guarda la otra mitad para sí y para sus hijos.

SOFROSINA.- Enseñanza: conservar lo necesario y distribuir lo superfluo. Difícil, pero menos drástico que lo del ojo de la aguja.

MIRCEA ELIADE.- Así como la posesión exclusiva genera una adicción tóxica con el dinero, el reparto de los bienes -aunque sean mal adquiridos, como en el caso de Zaqueo- conlleva una conversión del poseedor y le abre el camino de la salvación.

LINGUACUTA.- Cuando pienso en este tema de las enseñanzas de Jesús sobre el dinero, tengo la impresión de que cristianos, lo que se dice, verdaderos cristianos, ha habido muy pocos.

MIRCEA ELIADE.- Y eso que no hemos hablado del “amen a sus enemigos, hagan el bien a  quienes los odian; bendigan a quienes los maldicen, y oren por quienes los maltraten. Al que te hiera en una mejilla, preséntale también la otra; y al que te quite el manto, no le niegues la túnica. Da a todo el que te pida, y al que tome lo tuyo, no se lo reclames”.[10]

SOFROSINA.- Mucho autodenominado “cristiano” es, en realidad, un simple simpatizante de Jesús.

LINGUACUTA.- Pero no pongas esa cara, Sofro. Te voy a sacar una sonrisa con esta historia: Un hombre tenía tres hijos. El mayor se hizo dominico, el segundo franciscano y el menor, jesuita. En su lecho de muerte el padre les dijo:

– Yo sé que ustedes tres han hecho voto de pobreza. Pero, en señal del afecto que me tienen, quiero que cada uno deposite cien dólares dentro de mi ataúd cuando me entierren.

El día del entierro el dominico colocó cien dólares dentro del ataúd y dijo:

– Papá, yo sé que no puedes llevarte este dinero al más allá y que lo estoy despilfarrando. Sin embargo, mis superiores me han dado un permiso especial para hacerlo, como signo de mi afecto por ti.

En seguida el franciscano se acercó al ataúd y dijo:

– Papá, tú sabes que te amo. Pero las necesidades de los pobres son tan grandes que, en conciencia, no puedo enterrar cien dólares contigo. Ahora que ya estás en el Cielo lo entenderás perfectamente. Por favor, perdóname.

– El jesuita se acercó al ataúd y le dijo a su hermano franciscano:

– No te preocupes que voy a pagar tu parte. 

Entonces cogió el billete de 100 que había dejado el hermano mayor en el ataúd y puso un cheque por 300 dólares.

Colorín, colorado, esto no se ha terminado. Nos queda por entender por qué los Papas tienen poder,

Rodolfo R. de Roux

Diciembre, 2025


[1]   Éxodo, 3,8.

[2]   Éxodo, 22,25.

[3]   Deuteronomio 15,1

[4]   Qohelet, 5,9.

[5]   Mateo 6, 24

[6]   Mateo 19, 21

[7]   Mateo 19,24

[8]   Lucas 16,9

[9]   Lucas 19,1-10

[10] Lucas 6, 27-30


[1]   José Alfredo Jiménez, canción “La que se fue“.

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El largo proceso de exploración del Atlántico Sur llevado a cabo por portugueses y españoles durante el siglo XV abrió una nueva época de la historia universal: la de la expansión europea por los otros continentes. 

Cuando en 1492 Colón empezó a tomar posesión de territorios en nombre de la Corona de Castilla, se agudizó un enfrentamiento entre ésta y Portugal. Los Reyes Católicos recurrieron a la autoridad del papa como “dominus orbis” para que trazara una línea de demarcación que legitimara la conquista y colonización de ese “Nuevo Mundo” que terminará por llamarse América.

Isabel de Castillla y Fernando de Aragón aprovecharon que en el trono pontificio se hallaba alguien a quien ellos habían ayudado a elegir: el aragonés Rodrigo Borja, que tomó el nombre de Alejandro VI. Sofrosina y Linguacuta tuvieron con él un distensionado diálogo en el ultratúmbico “Jardín de las delicias”, al que el voluptuoso y rollizo Alejandro acude frecuentemente con los nueve hijos que tuvo de diferentes madres, dos de ellos mientras era papa. ¡Qué tiempos aquéllos!

LINGUACUTA.-  Durante siglos el nepotismo fue casi endémico en el papado, pero el descarado favoritismo hacia tus hijos suscitó muchas críticas.

ALEJANDRO VI.- (Sonriendo maliciosamente) Nadie está mejor servido que por si mismo, y por los suyos. ¿Quién puede negar la belleza e inteligencia de mi querida Lucrecia? O la habilidad con las armas de mi hijo César, que inspiró a Maquiavelo e impuso mi dominio sobre Romaña y Las Marcas, extensas provincias de los Estados Pontificios.

SOFROSINA.-  En donde destituiste vicarios pontificios para otorgar sus cargos a tus hijos. 

ALEJANDRO VI.- (Poniéndose serio) ¿Acaso vienen ustedes dos en la tónica de sermonearme con el cuento de que la corrupción de lo mejor es la peor? 

SOFROSINA.- A estas alturas del paseo ya no vale la pena zaherirte con el “corruptio optimi pessima“.

LINGUACUTA.- Además, por lo que sabemos, no eres dado a abochornarte.

ALEJANDRO VI.- Si lo fuera hubiera sido más discreto con Julia Farnesio.

SOFROSINA.- Fue una locura enredarte con una adolescente a la que le llevabas más de cuarenta años y que, además, estaba casada.

ALEJANDRO VI.- (Suspirando profundamente) Tanta belleza me hacía dar vueltas la cabeza. 

LINGUACUTA.-  A buey viejo, pasto tierno.

ALEJANDRO VI.- Un mal día te dará un esguince neuronal por decir estupideces.

LINGUACUTA.- (Socarrona) Excúsame si te ofendí: a veces se me va la mano con la lengua.

ALEJANDRO VI.- Te comprendo. A mí se me iba la mano con otro miembro. Volviendo al tema, Julia tuvo una hija a la que llamó Laura. Aseguraba que era hija mía, pero creo que era hija de Orsino, su marido. ¡Vaya uno a saber! Lo que sí sé es que todo terminó siendo para la mayor gloria de Dios, ad maiorem Dei gloriam.

SOFROSINA.- ¿A qué te refieres?

ALEJANDRO VI.- A instancias de Julia nombré cardenal a su hermano, Alejandro Farnesio, que tenía veinticinco años y era amigo de mi hijo César. 

LINGUACUTA.- Las malas lenguas lo llamaban cardenal Vaginecio.

ALEJANDRO VI.-  ¡Pura envidia! Con el tiempo, Alejandro se convirtió en el papa Paulo III… y aprobó en 1540 la fundación de la Compañía de Jesús.

LINGUACUTA.- Como dicen los creyentes, Dios escribe derecho con renglones torcidos.

ALEJANDRO VI.- Eso me consuela. Fíjense que mis torceduras amorosas me convirtieron en bisabuelo del santo Francisco de Borja, tercer general de la Compañía de Jesús.

SOFROSINA.- Cuéntanos sobre cómo repartiste entre españoles y portugueses el mundo “por descubrir”.

ALEJANDRO VI.- Primero les recuerdo que en el inicio de la llamada “Querella de las investiduras” (1075), Gregorio VII -en su “Dictatus papae“- había insistido en el papel del papa como señor supremo del mundo, a cuya autoridad estaban sometidos reyes y emperadores. En el siglo XIV ya se había impuesto en la Cristiandad la potestad del sumo pontífice como soberano del mundo. 

SOFROSINA.- En latín suena lindo: dominus orbis.

ALEJANDRO VI.- En consecuencia, los portugueses habían recurrido a los papas a lo largo del siglo XV para hacer confirmar sus descubrimientos en África. En ese sentido habían obtenido bulas de Martín V (1418), Eugenio IV (1433 y 1436), Nicolás V (1452 y 1455) y de mi tío Calixto III (1456), a quien yo mismo sucedí como papa.

LINGUACUTA.- ¿Esos precedentes explican el que los Reyes Católicos hubieran recurrido a ti para confirmar su dominio sobre las tierras recientemente descubiertas por los castellanos?

ALEJANDRO VI.- Exacto. Además tenía algunas deudas con el astuto Fernando de Aragón que le había otorgado grandes favores a mis hijos: el ducado de Gandía para Pedro Luis (1485), el arzobispado de Valencia para César (1492) y la mano de María Enríquez, prima del rey, para Juan (1493). 

LINGUACUTA.- Favor con favor se paga.  

ALEJANDRO VI.- Por supuesto. En cuanto dominus orbis, por medio de la bula de “donación y partición” Inter caetera II del 4 de mayo de 1493, le concedí a la Corona de Castilla las tierras descubiertas o por descubrir que se hallasen hacia el Occidente o el Mediodía, hacia la India o cualquier otra parte del mundo, siempre que estuviesen situadas más allá de una línea imaginaria que, de polo a polo, pasase a cien leguas al oeste de las islas Azores. El resto quedaba para la Corona de Portugal.

LINGUACUTA.- Francisco I, rey de Francia, dijo que él pedía ver la cláusula del testamento de Adán que lo excluía de la partición del mundo entre los pueblos de la Península Ibérica. Lo mismo pensaban en Holanda e Inglaterra. 

ALEJANDRO VI.- (Con sorna) Algo que ni Dios puede es darle gusto a todo el mundo. 

SOFROSINA.- Tampoco los portugueses quedaron contentos con tu “donación y partición”.

ALEJANDRO VI.- Mi “señorío” papal no fue realmente aceptado pues, al año siguiente, para calmar a Juan II, rey de Portugal, los Reyes Católicos firmaron -sin contar conmigo- el Tratado de Tordesillas, que desplazó la línea de partición más hacia el oeste y la situó a 370 leguas de las islas Azores. 

SOFROSINA.- Los portugueses se reservaron así la ruta a Oriente por África, y fundaron en derecho su futura instalación en la costa de Brasil. 

LINGUACUTA.- ¿En qué quedó el dominus orbis papal?

ALEJANDRO VI.- Doce años después de mi muerte se nos vino encima la Reforma protestante que sacudió la autoridad papal y desgarró la Iglesia.[1] Vino más tarde la Ilustración con sus ideales de culto a la razón, libertad de pensamiento, tolerancia religiosa, separación Iglesia-Estado y otros embelecos.[2]

LINGUACUTA.- (Incisiva) ¿Embelecos?  Depende del cristal con que se mire.

ALEJANDRO VI.- Tu pernicioso relativismo hace parte de esa cultura de la Ilustración que contribuyó a  enterrar al dominus orbis.

SOFROSINA.- Paz en su tumba.

Alejandro murmuró que estaba cansado de tanta conversadera y volvió a los brazos de dulces compañías que no lo abandonaban ni de noche ni de día. En la puerta del Jardín de las delicias, Dante vociferaba que iba a enviar a Alejandro al segundo círculo del Infierno. Nuestras dos amigas sonrieron y siguieron alegremente su camino. 


[1]   “Su Santidad, el hereje y la venta de indulgencias”, Diálogos de Ultratumba, 6 noviembre 2025.

[2]   “Aprender a vivir en la crisis de la Modernidad”, Diálogos de Ultratumba, 12 diciembre 2021.

Rodolfo Ramón de Roux

Enero, 2026

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Nota de la publicación: Por error, publicamos de manera inversa el artículo de ayer y el de hoy. Este de hoy precede históricamente el artículo de ayer. Pedimos disculpas a nuestros lectores

Siglo X ,”saeculum obscurum” de la historia de la Iglesia. Una serie de papas y antipapas infames se vieron envueltos en constantes luchas, intrigas y asesinatos por sentarse en el “trono pontificio”, donde les aguardaban los goces del poder y de la carne. Durante el llamado “Reinado de las prostitutas”, la senadora romana Teodora y su hija Marozia influyeron en la elección de hasta seis papas -algunos de ellos sus amantes- y uno, Juan XI, hijo de Marozia. Inútil repetir detalles escabrosos ya narrados por el cofrade Alberto Echeverri en su crónica “Los papas hampones”.

Cuando ya era difícil caer más bajo, comenzó, a principios del siglo XI, un amplio movimiento de renovación de la Iglesia y de reforzamiento del poder pontificio. Se le conoce como “Reforma gregoriana”, pues su gran figura fue el papa Gregorio VII (1073-1085) con quien Sofrosina y Linguacuta dialogaron. También estuvo presente Nicolás II el cual, poco antes de Gregorio, había comenzado a tratar de poner orden en el relajo papal.

NICOLÁS II.- Para evitar la vergonzosa situación del papado en el siglo X, poco después de ser coronado pontífice el 24 de enero de 1059 …

LINGUACUTA.- (Sonriendo maliciosamente) …en una ceremonia que por primera vez en la historia de los papas fue similar a la de una coronación imperial….

NICOLÁS II.- (Solemnemente contrariado) No me cortes la palabra con nimiedades. Repito: poco después de ser coronado pontífice convoqué un sínodo celebrado en la romana catedral archibasílica de Letrán. Allí se ordenó la excomunión de los sacerdotes que no repudiasen a sus esposas o concubinas, se prohibió a los laicos participar en misas celebradas por aquellos y también se prohibió a los sacerdotes la compra de beneficios eclesiásticos, horrible pecado de simonía en el que no pocos levitas incurrían. 

GREGORIO VII.- Aspecto destacado de este sínodo lateranense fue designar al colegio cardenalicio como órgano exclusivo para la elección de los papas y también como su órgano consultivo.  

NICOLÁS II.- Fue un cambio radical. Por primera vez se redactaron procedimientos para la elección de los sumos pontífices que resistirían -con modificaciones- el paso del tiempo. 

SOFROSINA.- (Con sorna moderada) Y de paso se creó un nuevo grupo de gran poder dentro de la Iglesia.

NICOLÁS II.- Reconozco que mi intención era buena, pero no eliminó las elecciones controvertidas pues emperadores y reyes se esforzaron durante siglos por colocar vástagos y amigos en el colegio cardenalicio. 

SOFROSINA.- Te faltó mencionar las ambiciones de ciertas familias como los Conti de Segni que “colocaron” cuatro papas -Inocencio III, Gregorio IX, Alejandro IV e Inocencio XIII-, lo mismo que los Médici  -León X, Clemente VII, Pío IV y León XI-, o los tres Borgia -Calixto III, Alejandro VI e Inocencio X- y los tres Orsini -Celestino III, Nicolás III y Benedicto XIII-. 

LINGUACUTA.- Por ahí me he topado con centenares de cardenales de otras familias “papales” como los Colonna, Barberini, Caetani, della Rovere, Borghese, Fieschi, Aldobrandini, Farnese, Pamphili y Piccolomini. 

SOFROSINA.- ¡Qué de vocaciones suscita el poder!

LINGUACUTA.- Y no muy santas.

GREGORIO VII.- Santa fue mi vocación por el poder… hacer libre a la Iglesia frente a los emperadores del Sacro Imperio Romano Germánico.

SOFROSINA.- Sin duda te refieres a la tremenda “querella de las investiduras” entre 1075 y 1122.

GREGORIO VII.- A ella me refiero. En los dominios del emperador los clérigos eran muy numerosos e influyentes, de manera que los monarcas hacían recaer los buenos cargos eclesiásticos en parientes o amigos. 

SOFROSINA.- Se cae de su peso que los emperadores iban a dar la pelea para no dejarse quitar la facultad de investir a los titulares de los feudos eclesiásticos. 

GREGORIO VII.- En esa pelea vi las verdes y las maduras pues los obispos constituían uno de los principales apoyos del poder imperial frente a una aristocracia reivindicativa. A su vez los obispos estaban muy contentos pues, investidos al frente de señoríos y cargos, disfrutaban de grandes ventajas pecuniarias y territoriales.

LINGUACUTA.- Tutti contenti, tranne il papa.

GREGORIO VII.- Qué pesada eres.

SOFROSINA.- Se te objetó que el derecho de investidura que tenían los emperadores era una costumbre establecida.

GREGORIO VII.- A lo que respondí: “Jesús dijo: ‘Yo soy la verdad’, no yo soy la costumbre”. Y añadí, aludiendo al profeta Isaías, “no puedo ser un perro mudo, incapaz de ladrar”.[1]

LINGUACUTA.- Le ladraste duro al emperador Enrique IV excomulgándolo y haciéndole pedir perdón de rodillas, bajo la nieve, en Canossa.

GREGORIO VII.- Cometí el error de levantarle la excomunión pues no aprendió la lección y me vi obligado a excomulgarlo de nuevo. Se me vino encima con un ejército que ocupó Roma, donde instaló al antipapa Clemente III. 

LINGUACUTA.- En la vida no todo es miel sobre hojuelas.

SOFROSINA.-  Por otra parte, cada quien es hijo de sus obras. 

GREGORIO VII.- A lo hecho, pecho. Tras refugiarme en el castillo de Sant’Angelo, tuve que huir de Roma bajo la protección de las tropas normandas que aprovecharon para saquear la ciudad. Qué horror fue aquello. 

SOFROSINA.- Finalmente las cosas terminaron mal para ti pues acabaste tus días refugiado en la ciudad de Salerno. Y la querella de las investiduras solo se solucionó treinta y siete años después con el Concordato de Worms, acuerdo político entre el emperador Enrique V y el papa Calixto II  firmado en 1122. 

GREGORIO VII.- Esa fue mi cruz: luchar por la “libertas Ecclesiae“.

SOFROSINA.- Y, a partir de ti, la expresión “la libertad de la Iglesia” se convirtió en el estribillo utilizado habitualmente por la institución eclesiástica para justificar sus prerrogativas y su independencia de acción en las luchas contra los poderes que le son hostiles.

LINGUACUTA.- En última instancia la cuestión era:  ¿quién manda? ¿el papa o el emperador?

GREGORIO VII.- Me queda la gran satisfacción de haber afirmado claramente que el papa tenía jurisdicción universal también frente a príncipes y emperadores. 

SOFROSINA.- Y lo dejaste claro estableciendo un principio de gobierno que ha hecho carrera en la Iglesia católica: Obedecer a Dios significa obedecer a la Iglesia, y eso significa obedecer al papa.

LINGUACUTA.- (Maliciosamente) La fe se convierte en obediencia al papa, y la herejía en falta de sumisión al mismo. ¡Bendito sea Dios!

GREGORIO VII.- Roma locuta, causa finita.

SOFROSINA.- Las 27 sentencias de tu Dictatus papae  (Dictado o afirmación del papa) muestran lo elevada que era tu idea de la autoridad papal.

GREGORIO VII.- Estás más enterada de lo que tu modestia muestra.

LINGUACUTA.- (Con irónica sonrisa) La modestia es una forma benigna de soberbia.

GREGORIO VII.- Vaya lengua la que tienes.

SOFROSINA.- Es lengua impertinente pero no malvada. Aunque a veces me molesten sus puyas les presto atención pues, como dice Tomás de Aquino, “hay que amar tanto a aquellos cuya opinión compartimos como a aquellos cuya opinión rechazamos porque los unos y los otros se han esforzado por buscar la verdad y todos ellos nos han ayudado”.[2]

GREGORIO VII.- Bello pensamiento, hermosa actitud.

LINGUACUTA.- Dejémonos de zalamerías y volvamos a ese Dictatus papae que me intriga.

GREGORIO VII.- Como dijo Sofrosina, son 27 sentencias categóricas. Menciono unas cuantas que me gustan mucho, como la tercera, que dice:  “Solo el papa puede destituir o readmitir a los obispos”. 

SOFROSINA.- Subordinar así a los obispos equivale a considerar a la Iglesia entera como una inmensa diócesis en la que, al no poder ocuparse de todo, el papa nombrara vicarios.

LINGUACUTA.- Es fácil imaginar que esa voluntad de apuntalar el poder papal impulsará la centralización y juridización de la Iglesia. 

GREGORIO VII.- ¿Acaso no era lo correcto? Fue a Pedro y a sus sucesores a quienes Cristo dio el poder de “atar” y “desatar”. Por eso la novena sentencia de mi Dictatus papae dice: “Solo al papa deben besar los pies todos los príncipes”. Y la décimosegunda: “A él le está permitido destituir a los emperadores”.

SOFROSINA.-  Afirmación audaz e inaudita: ningún papa había destituido jamás a un emperador.

GREGORIO VII.- El derecho de deponer emperadores lo completé con la sentencia 27: “El papa puede eximir a los súbditos de la fidelidad hacia príncipes inicuos”. 

LINGUACUTA.- Ahí jugaste con candela al afirmar, en una sociedad cristiana y feudal, que el papa podía liberar a los súbditos de la obligación de lealtad. 

SOFROSINA.- Poniendo a los papas por encima de reyes y emperadores disolviste el equilibrio simbolizado por las “dos espadas” -el poder espiritual y el temporal-, equilibrio al que se había llegado en Europa Occidental desde la época de merovingios y carolingios.  

LINGUACUTA.- Al menos en teoría -porque la realidad es tozuda- diste el salto hacia la teocracia pontificia, el papocesarismo. 

GREGORIO VII.- El salto lo dio en gran forma Bonifacio VIII al promular en 1302 la bula Unam Sanctam.

SOFROSINA.- Famosísimo documento. 

GREGORIO VII.- Bonifacio reafirmó categóricamente la superioridad de la autoridad espiritual sobre la temporal. Me encanta la afirmación final de la Unam Sanctam: “Por consiguiente, declaramos, establecemos, definimos y afirmamos que es absolutamente necesario para la salvación de toda criatura que se someta al Romano Pontífice”. 

LINGUACUTA.- Eso es un delirio papal.

GREGORIO VII.- (Rojo como un tomate) ¡Insolente! Como dije en la sentencia 19 del Dictatus, el papa “No puede ser juzgado por nadie”, pues “La Iglesia Romana nunca ha errado; ni, según el testimonio de las Escrituras, errará jamás por toda la eternidad” (sentencia 22). 

SOFROSINA.- Ay, Gregorio, se necesita mucha fe para decir tal cosa, y mucha ceguera para afirmar, en la sentencia 23, que al convertirse en papa un hombre se convierte en santo “por los méritos del bienaventurado Pedro”. 

LINGUACUTA.- Pregúntale a Teodora y a Marozia qué piensan de sus santos amantes papales.

GREGORIO VII.- Y ustedes vayan a hablar con Inocencio III para que se informen sobre las cumbres de poder a las que llegó el papado doscientos años después de mi muerte. 

SOFROSINA.- Los papas tienen la ventaja de ser capitanes de un equipo que juega el campeonato de la Historia, que es de larga duración…

LINGUACUTA.- …confiados de que lo van a ganar.

GREGORIO VII.- (Con evidente disgusto) Aunque te duela, muchacha altanera, nuestros enemigos no prevalecerán. La palabra de Cristo es clara: Non praevalebunt.

Non praevalebunt, non praevalebunt, repetía Gregorio enardecido. Sofrosina y Linguacuta comprendieron que había llegado la hora de eclipsarse y partieron discretamente en busca de Inocencio.

Rodolfo R. de Roux

Diciembre de 2025


[1]   Isaías, 56,10

[2]   Comentario a la Metafísica de Aristóteles, libro XII, quaestio 9, n° 2566.

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A caballo entre el siglo XII y el XIII fue elegido papa Lotario de Segni. Bajo su mandato el papado medieval alcanzó su máximo poder. Tenía tan sólo treinta y siete años cuando tomó el nombre de Inocencio III (1198-1216). Provenía de una familia papal por excelencia. Su tío había sido Clemente III; el segundo sucesor de Inocencio será su sobrino Gregorio IX, tras el cual, unos quince años más tarde, será elegido otro de los Segni, Alejandro IV. Como dijo un malpensante, lo malo de las camarillas es no estar en ellas.

Sofrosina y Linguacuta encontraron a Inocencio sentado majestuosamente en su trono, cubierta su cabeza con una preciosa tiara adornada con tres coronas, símbolo del triple poder del papa: “padre de los príncipes y reyes, gobernador del mundo, vicario de Nuestro Salvador Jesucristo”.[1]

LINGUACUTA.- Qué bonito anillo tienes.

INOCENCIO III.- No te he extendido el brazo para que admires mi anillo sino para que lo beses. ¡Y no me tutees! Dirígete a mí como “Su Santidad” o “Santo Padre”. 

LINGUACUTA.- (Haciendo una reverencia) Santo Padre, beso su anillo.

INOCENCIO III.- No están besando tus impuros labios un anillo cualquiera. Se trata del anulum Piscatoris, con el que sellaba las bulas y documentos que emanaban de mi suprema autoridad como vicario de Cristo.

SOFROSINA. Su Santidad, no quiero parecer irrespetuosa, pero me parece excesivo pasar de “vicario de Pedro” a “vicario de Cristo”.

INOCENCIO III.- Si se va a ejercer el poder, lo mejor es tener la sartén por el mango. 

LINGUACUTA.- La autopromoción como “vicario de Cristo” fue una inspiración providencial: durante siglos ha servido para acallar a los opositores de quien posee las “llaves del Reino de los Cielos”. 

INOCENCIO III.- Como dijo mi querido san Agustín, la Iglesia va peregrinando entre las persecuciones del mundo y los consuelos de Dios.[1] Ni nos han faltado ni nos faltarán opositores perversos. Hay que acallarlos. Y si es necesario, definitivamente.

LINGUACUTA.- Su Santidad, perdóneme, ¿no es eso contradictorio con la mansedumbre evangélica del amar a nuestros enemigos, bendecir a los que nos maldicen y orar por los que nos persiguen?[2]

INOCENCIO III.- Ejercer el poder es aprender a vivir con contradicciones.

SOFROSINA.– ¿Por eso no tuviste inconveniente en convocar la cuarta Cruzada para reconquistar la “Tierra Santa”?

LINGUACUTA.- ¿O convocar la primera cruzada en tierra de cristianos para eliminar a sangre y fuego la herejía de los “cátaros” o “albigenses”?

INOCENCIO III.- Cuando toca, toca. En el trono no hay que dejarse pisar los callos. Por eso también me esforcé por controlar de manera efectiva los Estados Pontificios.

SOFROSINA.– Que estaban en manos de familias y facciones locales, algunas de las cuales eran más fieles al emperador que al papa.

INOCENCIO III.- Gracias a mi autoridad y a mis contactos familiares, logré colocar a mis hombres en sus principales ciudades, como Bolonia, Ancona, Rávena, Spoleto y Parma, asegurando así la estabilidad de mis Estados Pontificios y el flujo de ingresos a Roma. 

LINGUACUTA.- (Sotto voce) Estados Pontificios legitimados gracias a la falsa “Donación de Constantino”.[3]

INOCENCIO III.- ¿Qué estás cuchicheando?

LINGUACUTA.- ¿Yooo? Nada, Su Santidad, nada.

INOCENCIO III.- En cuanto a los efectos a largo plazo sobre la vida de la Iglesia, tal vez nada de lo que hice puede compararse con la aprobación y aliento que brindé a las órdenes religiosas fundadas por Domingo de Guzmán y Francisco de Asís.

SOFROSINA.– Dominicos y franciscanos se convirtieron en los mejores agentes de la centralización pontificia que Su Santidad promovió.

INOCENCIO III.- Al colocarlos bajo la autoridad directa del papa escaparon al control de los obispos, a menudo furiosos por verlos instalarse en “su” ciudad y atraer a los fieles…

LINGUACUTA.- …y a las donaciones de los fieles.

INOCENCIO III.- Gracias a esas dos órdenes “mendicantes”, el papado pudo contar con una gran cantidad de agentes, desde los niveles más modestos, hasta los más altos.

SOFROSINA.– Habrá muchos cardenales, e incluso papas, dominicos y franciscanos. 

INOCENCIO III.- Cuatro papas dominicos y cuatro franciscanos.

SOFROSINA.– Franciscano fue Clemente XIV, quien suprimió la Compañía de Jesús a través del breve Dominus ac Redemptor, el 21 de julio de 1773.

INOCENCIO III.- Se ve que estudiaste con los jesuitas.

LINGUACUTA.- No nos vayamos por las ramas. Regresemos a su pontificado, Santidad.

INOCENCIO III.- Como la cruzada contra los albigenses no bastó para garantizar el fin de los movimientos heréticos, mi sobrino Gregorio IX tuvo la inspirada idea de promulgar en 1231 la bula Excommunicamus que estableció formalmente el proceso de investigación y castigo de los herejes, proceso llamado de la Inquisición, haciéndola depender directamente del pontífice, y nombrando a los dominicos como inquisidores.[4]

LINGUACUTA.-  (Maliciosamente) Se van a destacar ejerciendo tan evangélico encargo.

INOCENCIO III.- Bueno, también se van a destacar -al igual que los franciscanos- ayudando a consolidar el poder pontificio en muchos otros ámbitos. 

SOFROSINA.– Sabido es, Santo Padre, que en vuestra época la corte papal se convirtió en el tribunal más importante de Europa, al que acudían innumerables demandantes para apelar las decisiones de sus jurisdicciones de origen. 

INOCENCIO III.- Ante la avalancha de solicitudes tuve necesidad de mucho personal encargado de examinar las solicitudes. Se me desgastó el “anillo del Pescador” sellando sentencias para dirimir disputas de orden judicial y litigios diversos. A lo largo de ese glorioso siglo XIII el papado va a demostrar que es la cabeza de la Cristiandad.

SOFROSINA.– Me hace pensar en el IV Concilio de Letrán que usted convocó en 1215. Sigue siendo una de las asambleas más grandes e impresionantes de la Edad Media.

INOCENCIO III.- Tal era mi prestigio y poder de convocación, que en ese concilio participaron 71 patriarcas y metropolitanos, 412 obispos, 900 abades y priores; embajadores reales de Inglaterra, Alemania, Francia, Hungría, Aragón y Portugal, además de un cierto número de representantes de entidades políticas menores. Las disposiciones surgidas del concilio fueron recogidas en 71 cánones que abordan diversos temas sobre la organización de la Iglesia, el papel de los laicos, los sacramentos, el trato a los judíos. 

SOFROSINA.– Precisamente, sobre el trato a los judíos hay historiadores que consideran que el Concilio contribuyó al desarrollo del antisemitismo en Europa pues los cánones 68 a 70 les imponían la obligación de distinguirse con un círculo de tela coloreado, los alejaban de los cargos públicos y les prohibían a los conversos retornar a su antigua fe. 

INOCENCIO III.- Se los dije, abundan los malévolos que gozan criticándonos. Piensen en lo positivo, por ejemplo, en el decreto “Omnis Utriusque Sexus“, en el que el concilio obliga a todos los adultos cristianos a recibir al menos una vez al año los sacramentos de la confesión y de la eucaristía. 

LINGUACUTA.- Prefiero no pecar a tener que confesar. 

Con visible enojo, Inocencio exigió respeto y amenazó con llamar a Torquemada para que nuestras dos amigas recibieran una lección inquisitorial. Ellas, prudente y rápidamente, se esfumaron.


[1]   De civitate Dei, XVIII, 52.

[2]   Mateo, 5, 44

[3]   Diálogos de Ultratumba, “Y dicen que el fin no justifica los medios”, 17 de marzo de 2024.

[4]   Diálogos de Ultratumba, “El señor inquisidor”, 7 de julio de 2022.


[1]   En el momento de su coronación se le colocaba la tiara al papa con esta fórmula: Accipe tiaram tribus coronis ornatam, et scias te esse patrem principum et regum, rectorem orbis, in terra vicarium Salvatoris nostri Jesu Christi, cui est honor et gloria in saecula saeculorum.

Rodolfo Ramón de Roux

Enero, 2026

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Sofrosina y Linguacuta deseaban dialogar sobre la conversión del catolicismo en religión oficial del Imperio romano y no descansaron hasta encontrar al “culpable”: Teodosio, emperador del Imperio romano de Oriente del año 379 al 394. Con Teodosio estaban el papa Dámaso y Graciano, emperador del Imperio romano de Occidente entre 375 y 383.

TEODOSIO.- Conmigo -y no con Constantino, como a veces se dice-, el cristianismo católico[1] se convirtió en religión oficial del Imperio romano, según lo dispuse junto con Graciano y Valentiniano II en el Edicto de Tesalónica, el 27 de febrero del año 380. 

DÁMASO.- Pueden ver el edicto en el Codex Theodosianus (XVI. 1.2). 

TEODOSIO.- Lo leo con un traductor simultáneo que me regaló Steve Jobs:

Queremos que todos los pueblos que son gobernados por la administración de nuestra clemencia profesen la religión que el divino apóstol Pedro dio a los romanos, que hasta hoy se ha predicado como la predicó él mismo, y que es evidente que profesan el pontífice Dámaso y el obispo de Alejandría, Pedro, hombre de santidad apostólica. Esto es, según la doctrina apostólica y la doctrina evangélica creemos en la divinidad única del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo bajo el concepto de igual majestad y de la piadosa Trinidad. Ordenamos que tengan el nombre de cristianos católicos quienes sigan esta norma, mientras que a los demás los juzgamos dementes y locos sobre los que pesará la infamia de la herejía. Sus lugares de reunión no recibirán el nombre de iglesias y serán objeto, primero de la venganza divina, y después serán castigados por nuestra propia iniciativa que adoptaremos siguiendo la voluntad celestial.” [2]

GRACIANO.- Tras tu ascensión al poder, Teodosio, fuiste el primero en rechazar el título de Pontifex maximus, al que yo renuncié poco después, antes de que se lo apropiara Dámaso.

DÁMASO.- Mis sucesores siguen usando ese título porque somos nosotros, los papas, quienes hacemos el puente –pontem facimus– entre Dios y la humanidad, entre el cielo y la tierra. 

LINGUACUTA.- (Cubriéndose la boca) Dios mío, ayúdame a retener mi lengua.

TEODOSIO.- Para defender a la Iglesia católica me cebé con los cristianos que habían vuelto al paganismo, a quienes en 381 les quité el derecho a hacer testamentos.

DÁMASO.- Renovaste la ley en el año 383 para aplicarla solamente a los cristianos bautizados que habían abandonado su fe, considerados “excluidos del derecho romano”, dejando el derecho a hacer testamento a favor de su familia a los que solo habían sido catecúmenos.

TEODOSIO.- Pero en el 391 volví a endurecer esa ley alegando que abandonar la comunión cristiana equivalía a “aislarse del resto de los hombres”.

LINGUACUTA.- ¡Vueltas que da el tiovivo de la Historia! Antes de Constantino eran los cristianos a quienes se acusaba de odiar al género humano.

TEODOSIO.- Paralelamente a las medidas de represión de las disidencias cristianas, tomé medidas que acabaron ilegalizando el paganismo.

GRACIANO.- No fuiste el único. En otoño del 382 ordené retirar del Senado de Roma la estatua y el altar de la Victoria. Prohibí las donaciones a las Vestales y abolí los privilegios que tenían los sacerdotes y sacerdotisas paganos. 

TEODOSIO.- Yo no me quedé atrás. Ordené el cierre de los templos paganos: solo podían permanecer abiertos con fines exclusivamente culturales o para celebrar asambleas públicas, aquellos que contenían obras de arte. 

DÁMASO.- Pero fueron oh, querido Teodosio, una serie de leyes entre 391 y 392 las que completaron tu providencial empresa al prohibir toda manifestación del culto pagano: la ley del 24 de febrero de 391 lo hizo para Roma, la del 16 de junio para Egipto y la del 8 de noviembre de 392 para todo el Imperio. 

TEODOSIO.- Así es, mi fiel Dámaso. Con esas leyes imperiales todos los sacrificios, incluso los modestos sacrificios del culto doméstico quedaron prohibidos, tanto en público como en privado, independientemente del rango social, bajo pena de multas muy elevadas o incluso de castigos más graves. 

DÁMASO.- ¡Bravo! Esos paganos perdieron todo derecho legal a expresarse. Y yo afiancé mi poder creando un servicio jurídico, un cuerpo de notarios y una cancillería para redactar mis decretos. Ah, y por primera vez, el papado comenzó a designarse como Sedes apostolica, sede apostólica.

LINGUACUTA.- Que yo sepa a la Iglesia no la benefició del todo convertirse en religión oficial.  A partir de esta época comienzan las críticas, que se volverán habituales, sobre la riqueza de los pontífices y sus sacerdotes, su falta de modestia y las incesantes intrigas para ascender en la carrera eclesiástica. 

SOFROSINA.- Porque, dicho sea de paso, los eclesiásticos van a ser funcionarios del Imperio, lo que los situaba bajo la autoridad del emperador.

LINGUACUTA.- La injerencia del César sobre la soberanía de la Iglesia, iniciada con Constantino, se va a ir agrandando. 

SOFROSINA.- Es el famoso “cesaropapismo” que llevó a la subordinación de la Iglesia al poder de emperadores y reyes. ¿Te gustó, acaso, que al año siguiente del Edicto de Tesalónica, Teodosio convocara un concilio ecuménico en Constantinopla en el año 381, sin siquiera consultarte?. 

DÁMASO.- Donde manda capitán no manda marinero.

LINGUACUTA.- Tampoco te debió gustar que ese concilio pidiera, en uno de sus cánones, “que el obispo de Constantinopla tuviera la primacía de honor después del obispo de Roma, ya que esta ciudad es la nueva Roma”.

DÁMASO.- Pero sí me gustó que, tras cincuenta años de controversias, el concilio de Constantinopla confirmara como doctrina oficial de la Iglesia el Credo aprobado en el 325 en Nicea, y que rechazara nuevamente la herejía arriana.

LINGUACUTA.- Herejía a la que te oponías, Teodosio.

TEODOSIO.- Muchacha, mi imperio necesitaba unidad: un emperador, una fe, una Iglesia. Por eso, al término del concilio, emití un edicto imperial que daba carácter legal a sus conclusiones. 

LINGUACUTA.- Y emitiste leyes, cada vez más represivas, que restringían la libertad de expresión y de culto de todos los disidentes de la ortodoxia católica, considerados herejes y perseguidos como tales.[3]

DÁMASO.- A los enemigos de la Iglesia hay que darles por donde sabemos.

LINGUACUTA.- Me confirmas que el humano es un ser con serias dificultades para soportar las creencias ajenas.

SOFROSINA.- Recuerda, Dámaso que, a principios del siglo III, cuando los cristianos eran perseguidos, Tertuliano -“Padre de la Iglesia”- le escribió lo siguiente a Escápula, procónsul romano de África: “Por ley humana y por ley natural cada uno es libre de adorar a quien quiera. La religión de un individuo no perjudica ni beneficia a ninguna persona. Va contra la naturaleza de la religión imponer la religión”.

LINGUACUTA.- ¡Ah, las víctimas! Cuando adquieren poder pueden terminar comportándose como sus victimarios. Por eso, como me dijo Emil Cioran, hay que tener por toda víctima, por noble que sea, una piedad sin ilusiones.

SOFROSINA.-  Oí que el cesaropapismo terminó engendrando un papocesarismo. 

LINGUACUTA.- Se cumplió así la tercera ley de Newton: “Para cada acción hay una reacción igual y en el sentido opuesto”. ¡Es el tiovivo de la Historia!, te lo dije.

SOFROSINA.- Sigamos nuestro camino, Linguacuta. Vayamos a averiguar cómo fue ese asunto del papocesarismo.


[1] En el año 117, Ignacio de Antioquía utilizó por primera vez el adjetivo “católico” aplicado a la iglesia cristiana mayoritaria.

[2]   Cunctos populos, quos clementiae nostrae regit temperamentum, in tali volumus religione versari, quam divinum Petrum apostolum tradidisse Romanis religio usque ad nuc ab ipso insinuata declarat quamque pontificem Damasum sequi claret et Petrum Aleksandriae episcopum virum apostolicae sanctitatis, hoc est, ut secundum apostolicam disciplinam evangelicamque doctrinam patris et filii et spiritus sancti unam deitatem sub parili maiestate et sub pia trinitate credamus. Hanc legem sequentes Christianorum catholicorum nomen iubemus amplecti, reliquos vero dementes vesanosque iudicantes haeretici dogmatis infamiam sustinere ‘nec conciliabula eorum ecclesiarum nomen accipere’, divina primum vindicta, post etiam motus nostri, quem ex caelesti arbitro sumpserimus, ultione plectendos. 

[3]   Diálogos de Ultratumba, “Cristianismos derrotados y olvidados”, 17 de agosto de 2025.

Rodolfo Ramón de Roux

Diciembre, 2025

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Para el cristianismo el emperador Constantino ha sido más importante que la mayoría de los papas. Al legalizarlo en el año 313, le cambió su rostro y su destino tanto a la Iglesia como al imperio romano. Por algo se le ha llamado “el decimotercer apóstol”. 

El “giro constantiniano” fue tan decisivo que, mil seiscientos años después, al finalizar el Concilio Vaticano II, a la luz de sus conclusiones sobre las relaciones Iglesia-Estado, muchos comentaristas hablaron del “final de la era constantiniana”. Pero eso es harina de otro costal. Por el momento, Sofrosina y Linguacuta, interesadas por el famoso “giro”, se reunieron con Silvestre -obispo de Roma en tiempos de Constantino -y con Eusebio- obispo de Cesarea, autor de la primera “Historia eclesiástica” y panegirista del emperador en su “Vida de Constantino”. 

También participó en el diálogo el historiador jesuita John O’Malley, autor de una apreciada “Historia de los papas”. Constantino no quiso asistir porque dijo estar cansado de que le pregunten si su conversión al cristianismo fue sincera o fruto de un cálculo político. Tal vez fueron ambas cosas. Ni lo sabremos ni es lo que importa.

EUSEBIO.- ¡Qué persona tan providencial! Su Edicto de Milán, en febrero del 313, autorizó “a los cristianos y a todos los demás la facultad de practicar libremente la religión que cada uno desease”. Además, nos devolvió los bienes que nos habían sido incautados, nos permitió competir por altos cargos públicos, y situó al clero en la misma base fiscal que al pagano, lo que significó, esencialmente, que estaba exento de algunos impuestos. 

LINGUACUTA.- Imagino que esta última decisión hizo que el estado clerical resultara atractivo por razones financieras.

EUSEBIO.- ¿Y eso qué tiene de malo? Añado que el 7 de marzo del año 321 Constantino proclamó el domingo como día de reposo civil obligatorio en el imperio, día en que los cristianos de Roma celebrábamos la resurrección de Cristo.

LINGUACUTA.- Ojo, Eusebio. El decreto de Constantino dice: “Descansen todos los jueces, la plebe de las ciudades, y los oficios de todas las artes el venerable día del sol”. Se refiere al Sol invictus, una divinidad pagana que había cobrado especial importancia en el culto imperial.

SOFROSINA.- Eusebio, respeto tu entusiasmo por el emperador, pero me parece que en tu Vita Constantini se te fue la mano alabándolo como un “nuevo Moisés”, “tan amado de Dios, tan piadoso y tan del todo venturoso”. Lo convertiste en un modelo de monarca cristiano.

LINGUACUTA.- Otros consideran que fue un “taimado maestro de la realpolitik”.[1]

O’MALLEY.- Puso el crucifijo en los escudos, incluso en las monedas, pero también conservó los símbolos paganos. 

LINGUACUTA.- Y solo se hizo bautizar en su lecho de muerte, con lo que se aseguraba la vida eterna. 

EUSEBIO.- Critiquen todo lo que quieran. Ustedes no se imaginan lo terribles que fueron para nosotros los años anteriores al edicto de tolerancia. En el año 303, Diocleciano dio inicio a la persecución más dura contra la Iglesia. Se confiscaron sus propiedades, se cerraron o destruyeron sus templos, se profanaron y quemaron los libros y vasos sagrados. 

SILVESTRE.- Muchos cristianos fueron arrestados, torturados, quemados y enviados a la arena para entretenimiento del público. La persecución fue particularmente feroz en Roma y la Iglesia local sufrió enormemente.

EUSEBIO.- Si bien muchos cristianos se mantuvieron fieles a su fe, otros cedieron ante las amenazas, lo que causó profundas divisiones entre nosotros una vez terminada la persecución. 

SILVESTRE.- Marcelino, quien era entonces el obispo de Roma, fue acusado de haber ofrecido sacrificios e incienso a los dioses paganos y de haber entregado los libros sagrados a las autoridades romanas. La situación fue tan grave que no se pudo elegir al sucesor de Marcelino hasta al menos tres años y medio después.

EUSEBIO.- ¿Quién hubiera dicho que, en apenas diez años, nuestra religión tan despreciada y azotada por divisiones internas pasaría de ser perseguida a ser, no solo tolerada, sino incluso favorecida por el gran Constantino?

SOFROSINA.- El problema es que, con el tiempo, se han podido ver los efectos colaterales negativos de la alianza de la Iglesia con los poderes de este mundo.

SILVESTRE.- El problema, te respondo, es que vivíamos en nuestro presente, no en tu futuro. Lo que pasó, pasó.

LINGUACUTA.- No hay que ser prisioneros del pasado.

SILVESTRE.- ¿Es una máxima?

LINGUACUTA.- No, una lección.

EUSEBIO.- Muchacha, gracias a esa alianza con el poder pudimos difundir ampliamente nuestro mensaje y tener riquezas que nos permitieron construir lugares de culto en todo el imperio.

SILVESTRE.- Hay que ver la belleza de basílicas que se construyeron en Roma gracias a Constantino: San Pedro, San Pablo Extramuros, San Juan de Letrán…

EUSEBIO.- ¡Ah, San Juan de Letrán! Con sus proporciones imponentes superaba a cualquier otro edificio público de la ciudad. Le cabían hasta diez mil personas.

SILVESTRE.- Constantino se mostró particularmente generoso con esa basílica. 

O’MALLEY.- Ni que lo digas. Una primera donación del emperador ascendió a 4390 sólidos[2] para la compra de lámparas, 82 kilogramos de oro para los ornamentos litúrgicos y 775 kilogramos de plata para los siete altares. 

EUSEBIO.- ¡Qué benefactor! 

LINGUACUTA.- El hombre no daba puntada sin hilo. Apoyó a la Iglesia pero sentó el nefasto precedente de intervenir en sus asuntos internos.

EUSEBIO.- ¡Qué pesada eres! Deja de ser tan negativa.

O’MALLEY.- Eusebio, admitir que Constantino benefició a la Iglesia no significa tener que taparse los ojos para no ver que estaba sentando las bases de una Iglesia imperial: al igual que la multiplicidad de pueblos y ciudades que componían el imperio estaban unidos por el poder imperial, la Iglesia, organizada en torno a los obispos, también debía estar unida en torno al emperador. 

SOFROSINA.- Silvestre y Eusebio, ustedes que vivieron el “momento Constantino” no pueden negar que éste, al frente de un imperio cuya unidad buscaba reforzar, también quería unificar la multitud de comunidades cristianas locales en torno a un cuerpo doctrinal claramente definido. 

SILVESTRE.- Eso es indudable. En un primer momento Constantino no pareció tener en cuenta que, aunque la Iglesia podía ser una fuerza de cohesión en el imperio, ella misma estaba sacudida por disputas doctrinales y disciplinarias. 

EUSEBIO.- Por lo general, el emperador dejaba al clero la resolución de las disputas. Pero, entre el 319 y el 320, surgió en Alejandría una tremenda controversia cuando el sacerdote Arrio afirmó la inferioridad de un Cristo creado frente al Dios trascendente e increado.

SILVESTRE.- Aunque un sínodo de obispos de Egipto condenó a Arrio, se desató una furiosa polémica que llegó incluso a los estratos más bajos de la sociedad. 

EUSEBIO.- Esta situación llevó a Constantino a tomar la medida más importante para la supervisión de la Iglesia: convocó el primer concilio general, o “ecuménico”, en la ciudad de Nicea, cerca de la capital, Constantinopla, donde él residía.

SILVESTRE.- Invitó a todos los obispos del imperio, que en aquel momento eran más de mil, y más de 250 respondieron a la convocatoria. Yo no fui, pero envié dos delegados personales.

EUSEBIO.- Yo sí estuve.

SILVESTRE.- Y fuiste uno de sus protagonistas.

EUSEBIO.- El concilio se inauguró el 20 de mayo de 325, con un discurso introductorio del mismísimo Constantino en el que nos exhortó a la armonía y a la unión fraternal. El emperador nos concedió plena libertad para tomar nuestras propias decisiones, dejando claro, sin embargo, que sería él quien las aplicaría. 

LINGUACUTA.- Ya veo a ley de la Iglesia en camino de convertirse en ley del Imperio.

SILVESTRE.- ¿Por qué no te callas? Prosigue, Eusebio.

EUSEBIO.- Al terminar el concilio se publicaron una serie de normas disciplinarias, conocidas como ordenanzas, entre las que se incluían la que prohibía a las mujeres vivir en la misma casa con sacerdotes, a menos que ellas fueran sus parientas cercanas, y la ordenanza que castigaba al clero que practicara la usura.

SILVESTRE.- Pero el punto principal del concilio fue la condena de Arrio y la formulación de una confesión de fe o “Credo”.

SOFROSINA.- Que todavía se utiliza en todas las iglesias cristianas, con algunas pequeñas adiciones.

EUSEBIO.- La parte antiarriana del Credo, en relación con Jesucristo, dice: “[Él es] Hijo de Dios, nacido del Padre», «Dios de Dios, luz de luz, Dios verdadero de Dios verdadero, engendrado, no creado, de la misma sustancia que el Padre». 

SOFROSINA.- En Nicea los arrianos fueron condenados, pero sé que siguieron multiplicándose por muchas regiones del imperio.

EUSEBIO.- El concilio no logró extinguir el arrianismo -que continuó perturbando seriamente a la Iglesia hasta el siglo VIII-, pero en Nicea definimos la doctrina “ortodoxa” para hacerle frente.

O’MALLEY.- Me parece que más allá de sus decisiones específicas, el concilio de Nicea tuvo un significado adicional: funcionó de manera muy similar al Senado romano. 

LINGUACUTA.- ¿Cómo así?

O’MALLEY.- Al igual que el Senado, asumió una función tanto legislativa como judicial. Promulgó leyes cuyo incumplimiento se sancionaba; juzgó algunos casos, dictando sentencias contra “criminales” eclesiásticos como, en este caso, Arrio. Además, Constantino se comportó con el concilio tal y como más tarde lo harían los emperadores romanos con el Senado. Lo convocó, ratificó de hecho su agenda y se comprometió a aplicar sus decisiones.

EUSEBIO.- Al término del concilio, el emperador organizó en su palacio un magnífico banquete para los obispos. Y envió una carta “a todas las iglesias” informándoles de los resultados y asegurándoles que todas las cuestiones habían sido cuidadosamente consideradas.

LINGUACUTA.-  En comparación con Constantino, incluso el obispo de Roma en aquellos años parecía un pequeño funcionario.

EUSEBIO.- Y dale con tu criticadera.

O’MALLEY.- La joven tiene razón. Constantino comenzó a referirse a sí mismo como un “obispo común” a todo el Imperio –koinos episkopos-, una especie de superobispo cuyas funciones eran garantizar el orden y la ortodoxia en la Iglesia. 

SILVESTRE.- Por su parte, él respetaba nuestra autoridad y aceptaba que mantuviéramos nuestra propia esfera de influencia, sin renunciar por ello a tener la última palabra si lo consideraba necesario.

O’MALLEY.- Esa es, precisamente, la característica de la Iglesia constantiniana: se trata, en última instancia, de una Iglesia subordinada al poder imperial.

EUSEBIO.- La contrapartida es que, gracias a ese “nuevo Moisés”, la Iglesia se volvió una institución firmemente pública, imponente en su completa organización y cada vez más capaz de prestar servicios civiles de diversa índole. 

LINGUACUTA.- Me queda claro que Constantino y los obispos eran socios. Ahora, dime Eusebio, ¿cuál era el socio principal?

En la inmensidad resonaron las palabras “Mi reino no es de este mundo”.


[1]               Hans Küng, La Iglesia católica, Barcelona, 2002, p.61.

[2]   El sólido fue una moneda de oro creada por Constantino. Se utilizó hasta el siglo XI como moneda de cambio en el comercio internacional. De solidus -como remuneración económica a los participantes en campañas de guerra- provienen las palabras soldado y sueldo.   

Rodolfo R. de Roux

Diciembre, 2025

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