Alberto: Excelente reflexión sobre la presencia espacial e inespacial de Dios que expresa la complejidad de una realidad que tiene aparentes contradicciones. Quiero contribuir a tu reflexión añadiéndole algo más de complejidad.
Parto de una premisa esencial. Cualquiera de nosotros puede hacer la pregunta de: ¿Quién es Dios? ¿Cómo se entiende su Esencia?
Cualquier respuesta a esas preguntas es simple cavilación humana que no corresponde a la realidad de quién es Dios, ni cómo se entiende su esencia. De ser correcta, exhaustiva, esa respuesta es equivalente a que tenemos la capacidad de conocer en su esencia la realidad de un Ser que es el Absoluto, la Trascendencia Total. De ser esto posible, estaríamos en el mismo nivel de Ser de Dios. Contradicción inmediata.
Lo que sí es correcto afirmar es que Dios es incognoscible en su Esencia por cualquier hombre/mujer que haga las preguntas sobre esa realidad absoluta, pues sería equivalente a que seríamos idénticos a Dios en su Esencia Trascendental.
Por lo tanto, tu definición del espacio de Dios es acertada en cuanto a que Él es la fuente y el origen de todo lo que existe y continúa existiendo, puesto que sin su “élan vital” toda realidad dejaría de ser. Además, el tiempo y espacio en los que nos movemos son obra suya, no creación nuestra. Que Su presencia se puede “observar”, “deducir”, “contemplar” es porque podemos verificarla en la multi-riqueza y variedad de todo lo que existe.
Nos quedamos embelesados ante la belleza del colorido de un jardín de flores en donde esa hermosura parece bailar al sutil impulso de una brisa, mostrando el esplendor de una acuarela sin par. Enmudecemos y sentimos un arrobamiento al contemplar la caída del sol en un horizonte de mar teñido de resplandores anaranjados. Nos quedamos extasiados en una noche estrellada que nos hace caer en cuenta de la inmensidad de un universo allá arriba que supera toda imaginación y nos da la medida de nuestra pequeñez planetaria. Igualmente quedamos prendados de la belleza del colorido de los miles de variedades de aves, que, con sus radiantes plumajes, susurran que la capacidad creativa de Dios no tiene límite en el espacio que ha creado para nuestro deleite.
Es entonces válido afirmar que Él no tiene espacio ni tiempo en sí mismo, pues siendo el Creador y su fuente, estas dimensiones no lo constriñen ni lo afectan. Además, en la continua Revelación histórica que Él nos ha dado de Sí mismo, nos ha dicho que Él es Eterno y que la Eternidad en Él es un atributo esencial que lo define como Total Trascendencia.
Lo que sí podemos enfatizar es que el regalo del espacio y tiempo creados por Él es el océano de la existencia en el que nos movemos y vivimos. Ese espacio se materializa en un planeta vivo, perfecto, pero a la vez delicado. Tan delicado, que somos capaces de maltratarlo, asfixiarlo, destruirlo con nuestro incontrolable apetito de explorarlo sin misericordia, pues hemos decretado que está ahí para nuestro deleite y consumo.
La educación de miles de años en la que hemos sido criados es que tenemos el permiso para explotar este planeta sin ninguna restricción, pues es “tan aparentemente rico que aguanta todo el impulso explotador que queramos infligirle”. Bien contrario a la enseñanza que nos ofrece la Biblia cuando Dios dejó al hombre en el jardín del Edén, “para que lo labrase y cuidase.’ (Génesis 2:15), no para que lo explotara desmedidamente.
Lo que necesitamos es una nueva conciencia planetaria de que nuestra misión es cuidarlo y administrarlo con la responsabilidad de quienes somos conscientes que el globo terráqueo donde hacemos nuestra peregrinación temporal se nos ha encomendado como un país único donde tenemos que aprender a convivir sin agredirnos y matamos por las declaradas diferencias absolutistas que justifican tanta agresión y destrucción.
Estamos, sin duda, en un momento crítico de la evolución como especie. El ritmo y la explotación que hemos desarrollado tienen la capacidad de alterar, tanto los sistemas ecológicos como producir un caos planetario. Sin esa toma de conciencia de que somos creados a imagen y semejanza del Creador, el Ser por excelencia que crea por amor, y por lo tanto, esa debe ser la misma forma es nuestra relación con el planeta.
Es decir, que debemos tener la misma relación de amor y respeto con el planeta, así como la tiene el Creador con nosotros. Esta se traduce en administrar responsablemente este único país, el globo terráqueo, cuidándolo, respetándolo, amándolo, pues es el único y real hogar que tenemos. De lo contrario, si lo destruimos, estamos abocados a caer víctimas de esa destrucción.
Reynaldo Pareja
Enero, 2026


1 comentario
Vaya, vaya, Reynaldo Te luciste. Muy inclusive, como decìa el campesino colombiano, tu nuevo texto. Vale la pena que lo signs trabajando. Y mil y mil por apreciar mis parrafadas. Un abazo grande.