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Juan Laureano gomez

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En las relaciones personales, laborales y de negocios, comprender a quienes nos rodean es esencial para nuestro crecimiento y bienestar.

Conocer a las personas va más allá de saber sus nombres o antecedentes. Implica entender sus valores, motivaciones y perspectivas que nos permitan establecer relaciones significativas y crear conexiones genuinas que enriquecen nuestra vida. El networking, por ejemplo, es construir relaciones duraderas que nos abran puertas y nos permitan aprender de otras experiencias. La empatía y la escucha activa son herramientas poderosas para lograrlo.

En el ámbito laboral, la colaboración es esencial. Conocer a nuestros colegas nos permite aprovechar sus fortalezas, comprender sus estilos de trabajo y resolver problemas de manera conjunta. Los equipos cohesionados son más creativos, eficientes y resilientes. En la familia, el trabajo y la política, los líderes exitosos conocen a su equipo. Comprenden sus habilidades, desafíos y aspiraciones. Un líder auténtico inspira confianza al demostrar interés genuino en las personas. Además, la empatía y la adaptabilidad son cualidades esenciales para ser un líder exitoso.

En situaciones de negociación o persuasión, el conocimiento profundo de la otra parte es clave. Saber qué le motiva, cuáles son sus intereses y cómo piensa, nos permite encontrar soluciones para ganar-ganar. La persuasión efectiva se basa en adaptar nuestro mensaje a las necesidades específicas del receptor. La mejor forma de convencer al otro es hacer que te quiera y, finalmente, se identifique contigo. Si generas afecto hacia ti, al otro le será mucho más fácil aceptar tu punto de vista.

Para persuadir al otro, conoce su carácter, establece la estrategia que permita mover su voluntad y luego encuentra su punto débil (para identificar el punto de entrada como en la guerra). Si perseveras, difícilmente se negará. “Aprende a adaptarte a todos. Sé docto con el docto, y con el santo, santo. Es el secreto para ganártelos a todos, porque la identificación con el otro concita benevolencia”, tal como lo expresaba en 1647 el jesuita Baltasar Gracián en su libro “Oráculo manual y arte de prudencia”.

La diversidad de opiniones es inevitable. Aceptar (tolerar) y convivir con esa diversidad nos ayuda a manejar conflictos de manera constructiva, en la búsqueda de soluciones comunes para mantener relaciones armoniosas.

Conocer a los demás también nos ayuda a conocernos mejor. Al compararnos con quienes nos rodean, identificamos nuestras fortalezas y áreas de mejora. Esto nos impulsa a crecer y evolucionar. Estamos hechos de la misma materia, del mismo barro frágil que nos hermana y nos hace parte de un todo y de una sola trilogía que nos gobierna: somos diversos, competitivos y limitados. No entendemos lo suficente al otro porque no nos hemos mirado interiormente lo suficiente. Y esto último requiere el examen diario de nuestra conciencia y de nuestras actividades. Una vez construyamos ese hábito, se nos facilitará la armonía con los demás.

Construir relaciones significativas, colaborar y trabajar en equipo, negociar y persuadir exitosamente, ejercer un liderazgo auténtico, generar oportunidades profesionales mediante el networking, y ser tolerantes y capaces de resolver conflictos depende, en gran medida, de nuestro conocimiento propio y de los demás, una competencia vital para el éxito en la vida

Juan Laureano Gómez

Julio, 2024

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Quiero invocar tres imágenes sobre el dinero: primera, el “estiércol del diablo”, como me lo dijeron en el seminario; segunda, el billete de un dólar con la inscripción “En Dios confiamos (“in god we trust”); así lo experimenté desde mi primer viaje a los EE UU a los 20 años; y tercera, la jota española: “Te quiero morena, te quiero, como se quiere a la gloria, como se quiere al dinero, como se quiere a la madre”.

En mi pueblo natal Charalá, eran pocos los ricos. Mi madre enviudó cuando yo tenía cinco años y éramos 10 hermanos. El párroco local ayudó a mi madre a conseguir el cargo de telefonista del pueblo. Era como ser secretaria de todo el pueblo (solo existía un teléfono).

Para mi suerte, y gracias a que uno de mis hermanos mayores era jesuita y estaba como “maestrillo” en el colegio Ortiz de Tunja, se me otorgó una beca para el internado allí. Esto me trasladó a un ambiente donde yo era minusválido económico, frente al poder adquisitivo de mis compañeros. Allí se me despertó la necesidad urgente de superarme para elevar mi nivel económico y el de mi familia, y en tal sentido allí hice mi primer voto (no ya de pobreza), sino de riqueza, en lo cual, sin haber sido extraordinariamente exitoso, me considero satisfecho, en gran medida por mi perseverancia en el trabajo en un banco internacional, donde adquirí la cuasi obsesión (o hobby) por las finanzas.

Vuelvo a otras imágenes y contenidos sobre el dinero: Primera, el joven rico que pregunta a Jesús cómo alcanzar la vida eterna y la respuesta que todos sabemos: “vende todo lo que tienes, dalo a los pobres y ven y sígueme”. Segunda, el ojo de la aguja por donde le quedaría más fácil pasar a un camello que a un rico entrar al reino de los cielos. Tercera, ser rico no es tener mucho, sino necesitar poco.

Todo lo anterior para confesar que aún vivo en medio de todas esas imágenes arriba evocadas. A ratos generoso, a ratos mezquino y acumulador. A ratos con un pie en el reino celestial, y a ratos sin poder pasar por el ojo de la aguja. Tengo memorias claras de eventos que me engrandecen y de otros que me hieren.

Me consuelo pensando que, así como el amor, el dinero también está entre los temas cruciales de nuestra humanidad, que siempre habrá que trabajar para moldearnos y vencer las malas inclinaciones de nuestra naturaleza.

Juan Laureano Gómez

Junio, 2024

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Con la aceleración de la historia por los avances tecnológicos, hoy se cambia más en un año que un siglo, digamos el siglo XVIII, para no ir tan lejos.

Un siglo (el XXI) diferente al XX principalmente por la emergencia de China como potencia hegemónica en directa competencia con los EE.UU. Un fenómeno poco previsible en las últimas décadas del siglo XX, que empezó cuando Richard Nixon y Henry Kissinger iniciaron la apertura en 1971-72, completada con el reconocimiento e inicio de relaciones diplomáticas con China en 1978 por parte de Jimmy Carter, cuando ya Deng Xiaoping era el hombre fuerte en China, y que requirió de una ley única para permitir a USA seguir vendiendo armas y comerciando con Taiwán, a pesar de no reconocerlo oficialmente como país.

A partir de ese momento, el comercio bilateral creció de mil millones de dólares a aproximadamente $600 mil millones en 2023. China se convirtió en el primer centro manufacturero del mundo, aunque recién en la primera década de este siglo empezó a competir con USA, ejerciendo un liderazgo blando (soft), más centrado en la economía y sin inmiscuirse directamente en los asuntos internos de otros países.

Otro hecho supremamente relevante en este siglo fue, sin duda, septiembre 11 del 2001, cuando se ahondó el abismo cultural que separa a Occidente de la cultura musulmana, desde cuando Mahoma conquisto la MECA en el año 630 d.C. Entonces el avance arrollador de los ejércitos mahometanos les permitió extender su control territorial a Mesopotamia –hoy Irak- y Persia -hoy Irán- al noreste, y hasta Siria, Palestina y Egipto al oeste, en las primeras décadas, para luego, en el siglo VIII, conquistar buena parte de España. Las cruzadas a inicio del segundo milenio y la expulsión de España en el siglo XVI, marcan el inicio de los violentos enfrentamientos que aún no terminan, como se evidencia por la invasión de Afganistán, Irak, Siria, Libia y la actual confrontación en Gaza.

La ferocidad y atrocidad de la contienda no amengua; al contrario, se teme el escalamiento a un conflicto mayor con Irán, con los rebeldes hutíes en Yemen, y en El Líbano.

Al mismo tiempo, este siglo XXI no deja de sorprendernos por sus avances tecnológicos, particularmente la IA y la computación cuántica. El internet y sus maravillas, sí que corresponden al siglo XX, pero las redes sociales y la revolución informática en general en este siglo nos dejan atónitos ante los cambios que van generando en la sicología y comportamiento humanos. Seguimos, sin embargo, siendo tan diversos, competitivos y limitados como antes, pero ahora esperamos que la informática nos haga más conscientes de ello y, consecuentemente, más tolerantes.

Juan L. Gómez

Febrero, 2024

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Así está en la liturgia católica: “…dales Señor el descanso eterno…”. Cristianos y musulmanes esperamos el paraíso con nuestros cuerpos resucitados.

El hinduismo prolonga la vida a través de la reencarnación para finalmente, tras la purificación, entrar al nirvana o paraíso. No en valde se atribuye el nacimiento de las religiones al culto de los muertos, entre otras razones. La cremación, aceptada por milenios por el hinduismo, ha ganado aceptación creciente a nivel mundial.

Mi primer contacto con la muerte cuando tendría como 5 o 6 años, fue la muerte de un primo lejano ya mayor y cuando vi el ataúd y al muerto dije, en voz alta, que a mí la muerte no me alcanzaría, porque yo podía correr más que ella vestida con túnica negra y armada con guadaña. 

Cuando murió mi madre hace unos 25 años, ella agonizando, yo sostenía su mano que me apretaba débilmente; yo no pude soportar el momento y decidí retirarme unos minutos, allí murió. Contando este evento a un amigo médico, me explicó que normalmente los humanos somos cobardes antes la enfermedad, la muerte y el sufrimiento en general y que por eso los médicos y el personal de salud requieren de un entrenamiento especial para sobreponerse al sufrimiento ajeno, lo cual alivió mi sentido de culpa.

Ahora, ya pasado el cuarto de siglo, una edad que cuando joven no contemplaba alcanzar (hace 60 años las expectativas de vida eran tan solo de 50 – 55 años), acepto la certeza de la muerte e incluso veo las ventajas del descanso eterno (todo tiene su parte positiva, y más lo que es inevitable). Además, no soy el único que se va a morir y, aunque suene duro, en el largo plazo todos estaremos muertos y ni siquiera la supervivencia de la especie está garantizada. Aun así, no es fácil para el humano visualizar la propia inexistencia, y menos fácil aun aceptarla (por el instinto de supervivencia), aunque todas las noches dormimos sin conciencia de ser, lo más parecido a la muerte. 

La cercanía de la muerte se hace evidente con el pasar de los años. Podemos ignorar el más allá…, o esperar convertirnos en polvo de estrellas…, o esperar la resurrección. Pero, siempre prefiero una vida con esperanza, cuya mayor o menor certeza metafísica dependerá de la práctica de una vida religiosa (como vivimos, así moriremos). 

Al final, más importante que morirse es dejar todo en orden y, con una cartica a los parientes confirmar nuestro amor y agradecimientos, explicando cuestiones importantes y dejando nuestras últimas recomendaciones.

Juan Laureano Gómez

Noviembre, 2023

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El aumento de la informalidad en los últimos diez años podría indicar que el sistema actual la estimula.

A raíz de la reforma laboral propuesta por el gobierno, y solo para fines especulativos, preguntémonos ¿qué sucedería si todos decidiéramos ser informales? La pregunta no tiene en la práctica validez, porque sabemos que en la realidad todo emprendedor, al momento de iniciar su actividad, toma la alternativa que le parece más racional. Algunos se fijan un monto en ventas mínimo para formalizarse, por ejemplo unos mil millones de pesos, que podría ser como el punto de equilibrio, después de analizar los costos de las opciones.

La formalidad conlleva un costo de entrada por los trámites y registros iniciales y otro de mantenimiento por impuestos y contribuciones de ley por salud, pensión y riesgos. En paralelo, la informalidad acarrea los costos de las posibles multas y sanciones de ley, la inseguridad o falta de protección legal ante demandas laborales o por derechos de propiedad de los productos y validez de los contratos, y el difícil acceso al crédito.

Sin embargo, no todos los emprendedores tienen bases analíticas suficientes y simplemente optan bajo una “cultura de ilegalidad”, por violar las normas del registro mercantil, del registro de la contabilidad y por evadir impuestos y aportes a la seguridad social, lo cual constituye un componente importante de nuestra tolerancia endémica a la corrupción.

Si nos atenemos a los datos publicados por el DANE, los ocupados informales representan el 56.7% del total de empleados entre marzo y mayo del 2023, contra el 51.8% para el periodo de mayo a julio del 2012, lo cual significa que hemos retrocedido. Ante esa evidencia, surge la inquietud entonces, de si el sistema actual incentiva la informalidad.

Si esto indican las cifras y las actitudes culturales enraizadas, y si no se ven programas frontales para reducir la informalidad laboral (y mucho menos la pandemia de la corrupción), ¿qué pasaría, entonces, si todos fuésemos informales? Como nadie pagaría impuestos a la renta por utilidades, ni contribuciones a la seguridad social, pues el estado se vería abocado a subsidiar los gastos por salud, riesgos y pensiones de toda la población, sin tener el ingreso del impuesto a las utilidades.

Algo estamos haciendo tremendamente mal para que la informalidad aumente (o en el mejor de los casos, se mantenga por encima del 50%). De leyes estamos sobrados hace rato, además de la ineficiencia del estado en la lucha contra la corrupción. 

Y, aún peor, hay evidencias de un mayor deterioro de la ética y moral nacional cuando el pueblo acepta con ligereza la vuelta de expresidiarios a la política (como recientemente ocurrió en la Guajira y en Córdoba), cuando es manifiesto el silencio o ciertas declaraciones de políticos y funcionarios gubernamentales sobre la corrupción en general, y sobre otros hechos aún pendientes de aclarar como la financiación de campañas políticas.

Como muestra de todo esto, vale la declaración del expresidente Gaviria sobre su consideración del Consejo Nacional Electoral como tal vez, la entidad más corrupta del país (véase el periódico El Tiempo de julio 4 pasado).

Juan Laureano Gómez

Julio, 2023

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Recientemente, el ministro de Hacienda, José Antonio Ocampo, afirmó que la evasión y la elusión de impuestos en Colombia alcanza $80 billones anuales, aunque en la exposición de motivos de la reforma tributaria la cifra se acerca $65 billones.

Resulta paradójico que el ministro de Hacienda ‒en un reciente congreso de gremios en Cartagena‒ afirme que la evasión y la elusión de impuestos en Colombia sea de $80 billones anuales (notamos, sin embargo que en la exposición de motivos de la reforma tributaria se habla de cerca de $65 billones), cuando él mismo adelanta una propuesta de reforma tributaria para recaudar $25 billones anuales de impuestos adicionales, lo cual constituye una declaración tácita de la incapacidad crónica del Estado colombiano de hacer cumplir las leyes tributarias. 

Esos $80 billones de evasión y elusión son cercanos a 40 % de los $202 billones de recaudo proyectados para 2022, que representan más del doble de lo recaudado en el año 2012, sobre todo por incrementos sustanciales en recaudos en años recientes (excepto el año de la pandemia).

El presidente Petro afirmó en su campaña que la mayor corrupción en Colombia es la evasión de impuestos de las empresas, de lo cual no estoy muy seguro, pues las cifras estimadas de la corrupción son igualmente alarmantes. Sin entrar en mayores detalles, la Contraloría General de la Nación estimó en enero de 2021 en $50 billones las pérdidas por corrupción en Colombia, de tal manera que la mayor corrupción es la ineficiencia confesa y tolerada del Estado colombiano para hacer cumplir las leyes.

Dice un conocido que antes el mayor enemigo del hombre era el diablo, pero que ahora es la DIAN. Y esto seguramente empeorará en el futuro, a medida que mejoren los controles y sea mayor el número de funcionarios de la DIAN persiguiendo la evasión, lo cual me parece muy bien.

Por otra parte, los impuestos no pueden seguir subiendo indefinidamente, porque “matamos la gallina”. Si un particular o empresa deben generar cuatro pesos para quedarse solo con un peso, el Estado se convierte en el accionista mayoritario, con el agravante de que individuos y empresas siguen manejando todos los demás riesgos del negocio (mercado, laboral, penal, etc.), mientras el Estado se lleva la mejor parte sin asegurar un manejo eficiente y honrado de los recursos. Sería la fórmula segura al fracaso como nación. Y si además la productividad en Colombia es la cuarta parte de la de los países avanzados, ¿cómo podrán las empresas y los individuos progresar, competir, crear empleo y pagar mejores salarios?

Se estima que la informalidad (58 % en Colombia), genera evasión de impuestos por $10 billones en renta y $20 billones en IVA. Además, este mismo 58 %, generalmente, no aporta a salud ni a pensión, cuyos costos deben asumirlos los formalizados (empleados y empresas). ¿Es esto fiscal y socialmente sostenible?

Este estado de cosas es un llamado a una guerra inteligente, pero radical, contra la corrupción (incluyendo la informalidad), antes que nada. Sin este saneamiento previo, ganar las otras batallas parece muy difícil.

Juan L. Gómez

Noviembre, 2022

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Muy al estilo macondiano, Petro ofrece crear el capitalismo a la colombiana, un “capitalismo mágico” para “gozar la vida y vivir sabroso”. Los chinos han sido exitosos, pero el capitalismo del siglo XXI es un fracaso mayor. 

Para gozar la vida ‒todos sabemos‒ se requieren recursos y la fuente principal de recursos del Estado son los impuestos, con lo cual cobra relevancia la reforma tributaria, un primer requisito de los gobiernos en los últimos 30 años. Todos prometen una reforma estructural, aunque en la práctica las reformas no han pasado de ser cortoplacistas, bien sea por miopía financiera, cobardía política o, muy probablemente, una mezcla de las dos. 

Los gobiernos saben que cualquier exceso en impuestos es “perjudicial para la salud” y, por eso, andan con tino; si no, acordémonos de la abortada reforma de Carrasquilla el año pasado. Mucho impuesto a los ricos desestimula la inversión y la creación de puestos de trabajo y mucho impuesto a los pobres aumenta la pobreza y la crisis social en general. Y un nivel bajo de impuestos limita el gasto social, además de mantener un déficit fiscal permanente, como es el caso de las economías en desarrollo. 

Dicho esto, la política colombiana ha sido acomodaticia desde el Frente Nacional. Lo que empezó como una alternancia en el poder de los partidos políticos tradicionales derivó en acuerdos programáticos entre el ejecutivo y el legislativo para obtener mayorías en el Congreso y asegurar así la gobernabilidad. En esta última elección presidencial, a pesar de las promesas de cambio y de lucha contra la corrupción, principalmente caracterizada por el cobro de comisiones en las asignaciones presupuestales, parece que todo seguirá igual. Al menos en el interactuar entre gobierno y Congreso. Así al menos parece por los recientes acuerdos entre el victorioso Pacto Histórico, el Partido Liberal y otras agrupaciones que permitirán al gobierno entrante contar con mayorías en el legislativo. De hecho ‒recordemos‒ las elecciones presidenciales no cambian la composición del Congreso.

Esa alianza parecería servir de moderadora de la ortodoxia socialista de muchas de las propuestas del nuevo presidente. Sin embargo, podría llevar al desengaño de muchos seguidores del Pacto Histórico, votantes claros de un cambio en la forma de hacer política en el país.

Así pues, se impone la realidad de “moler con las mulas que hay” y, en lugar de generar un cambio brusco de consecuencias desconocidas o un “salto al vacío”, parecería que vendrán cambios graduales. Siempre es mejor y más sostenible construir sobre lo construido.

De la habilidad del nuevo presidente para explicar a todos el curso de acción y la implementación de propuestas ‒teniendo en cuenta los acuerdos programáticos‒ dependerá que sigamos avanzando, no sin dificultades como hasta ahora lo hemos hecho, sobre la base que solo el trabajo y la honradez son garantía de progreso.

Es resaltable la declaración de guerra a la pobreza (uno de los argumentos fuertes para la reforma tributaria y pilar de la prometida “vida sabrosa “), de la cual estábamos en mora pues, al parecer, el dolor ajeno termina insensibilizándonos ante la imposibilidad individual de resolverlo. 

Por otra parte, es indispensable reactivar relaciones y comercio con Venezuela ante tanto drama migratorio y necesidades económicas. Si con alguien se debe hablar es con el “enemigo”, que en verdad no lo parecerá tanto después de que hablemos con él. Del amigo siempre sabemos lo que piensa, pero ¿cómo lidiar con el “enemigo” si lo desconocemos totalmente? También con los vecinos debe aplicarse el “moler con las mulas que hay”.

La pregunta del día es el modelo socialista latinoamericano que seguirá el nuevo gobierno y si finalmente dicho modelo cuadra con el capitalismo a la colombiana. Me inclino por que Petro seguirá un modelo de cambios graduales parecido al de AMLO en México.

Nuestro éxito como país dependerá de que hablemos menos y nos escuchemos más para entendernos y juntos poder hacer más. Y, además, cambiar la cultura de la corrupción imperante, esa otra guerra que falta por declarar urgentemente y por la cual la otra mitad del electorado votó y sin la cual la guerra contra la pobreza puede perderse. Es posible que esa otra mitad del electorado se organice como partido político y siga muy de cerca el desarrollo de los acontecimientos.

Con una margen de victoria de apenas 3 % y una situación económica precaria, se impone la necesidad de alcanzar acuerdos programáticos para lograr consensos mayoritarios como un buen comienzo para aterrizar un capitalismo mágico que surja de la unidad. Quizá Colombia logre añadir a su marca país esta denominación del capitalismo que contrastaría con el capitalismo salvaje que tanto se critica hoy.

Juan L. Gómez C.

Septiembre, 2022

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