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Compania de Jesus

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Antes de ser exjesuitas en tertulia fuimos jesuitas en formación, expuestos a las poderosas radiaciones de la espiritualidad ignaciana cuyos efectos colaterales todavía persisten en nuestras vidas. Familiares y amigos, tengan en cuenta lo que voy a contarles. Les ayudará a comprender mejor una parte de nuestro pasado, que no pasa del todo.

Dentro de 18 años la Compañía de Jesús cumplirá 500 años de haber sido fundada. Es imposible comprender su “modo de proceder” sin hacer referencia, así sea de manera mínima, a su rica y compleja historia que ha suscitado admiración, pero también envidias y temores como ninguna otra orden religiosa en la Iglesia católica.[1] Baste recordar que, prácticamente, en todos los idiomas occidentales el sustantivo “jesuita” y el adjetivo “jesuítico” significan hipócrita, taimado. No faltan a ese propósito chistes como este:

Un hombre tenía tres hijos. Uno se hizo dominico; otro, franciscano; el tercero, jesuita. En su lecho de muerte les dijo: “Yo sé que todos ustedes hicieron un voto de pobreza. Pero en señal de afecto quiero que cada uno deposite 5.000 dólares en mi ataúd.” 

El día del entierro el dominico pone los 5.000 dólares en el ataúd y dice: “Papá, sé que no puedes llevarte este dinero al más allá y que esto es un desperdicio, pero mis superiores me han dado permiso de hacerlo para demostrarte mi afecto.” 

El hijo franciscano se acerca al ataúd y dice: “Papá, sabes que te quiero mucho. Pero las necesidades de los pobres son tan grandes que no puedo enterrar 5.000 dólares contigo. Perdóname, te lo ruego.” 

Entonces el jesuita abraza a su hermano franciscano y le susurra al oído: “No te preocupes que voy a pagar tu parte”. Se acerca al ataúd, toma los 5000 dólares que había dejado allí el hermano dominico. Saca su chequera y deja en el ataúd un cheque cruzado por 15.000 dólares.     

Seamos sinceros, a los mismos jesuitas no les molesta el que los crean muy astutos. Varias veces escuché entre ellos la siguiente historia, narrada con maliciosa sonrisa:

Un dominico y un jesuita, los dos fumadores empedernidos, fueron a hablar con sus respectivos superiores para pedir permiso de fumar mientras oraban. Fue primero el dominico, quien recibió una rotunda negativa y un severo reproche. Cuando le llegó el turno al jesuita, hizo la misma pregunta pero con una ligera modificación.

‒“¿También a ti te ha regañado tu superior?”, le preguntó el dominico.

‒ “Al contrario, se ha puesto muy contento”.

‒ “Pero ¿le preguntaste si podías fumar mientras rezabas?”

‒ “Sí, sólo que cambié un poco el orden de las palabras: le pregunté si podía rezar mientras fumaba”.      

Comprender a los jesuitas no es fácil porque a lo largo de los siglos, los continentes y las culturas han desempeñado una variadísima gama de actividades. A esa compleja realidad hay que añadir que la Compañía de Jesús ha sufrido en su historia unos cambios profundos que hacen que incluso a las personas con menos prejuicios les cueste entenderlos. Como dice un viejo chiste, hay dos cosas que ni Dios sabe: cuánta riqueza tiene el Vaticano y, segundo, qué piensa un jesuita. 

En la historia de la Compañía ha habido tres cambios históricos decisivos que llamaré “refundaciones” y que han significado una redefinición parcial aunque profunda, tanto de la institución como de sus miembros.  Fundada oficialmente por el papa Paulo III el 27 de septiembre de 1540, la Compañía de Jesús contaba en ese momento con solo diez “compañeros en el Señor” que tenían como objetivo ser misioneros y predicadores itinerantes. Siete meses después de fundados, eligieron a Ignacio de Loyola como primer superior general, cargo en el que permanecería hasta su muerte en 1556 cuando había casi mil jesuitas, es decir, cien veces más que cuando fue fundada la Orden. Sin embargo, la Compañia de Jesús “original” ya había operado un cambio sustancial. 

Su primera refundación tuvo lugar en torno a 1550 cuando Ignacio, tras consultar a sus consejeros más cercanos, dio el paso decisivo de comprometer a la Compañía con la formación académica como su principal ministerio. La idea original de ser un grupo de misioneros y predicadores itinerantes tuvo que ser modificada para incluir a los maestros y profesores con residencia fija. Además la decisión produjo un cambio profundo en la cultura de la Compañía, puesto que los jesuitas empezaron a especializarse en cualquiera de las ramas del conocimiento, de manera que entre ellos ha habido excelentes matemáticos, astrónomos, botánicos, literatos, historiadores, músicos, etc.

Una segunda refundación se dio en 1814 cuando el papa Pío VII -en el ambiente de restauración política y religiosa que siguió a la caída de Napoleón- restableció la Compañía de Jesús, que había sido suprimida en 1773 por el papa Clemente XIV. En su identidad esencial, era la misma Compañía que antes de la supresión; pero su mentalidad cultural, política e incluso religiosa era reflejo de la restauración conservadora dominante en el catolicismo decimonónico, furibundamente antiliberal y antimoderno. Basta leer la encíclica Mirari vos (1832) de Gregorio XVI o el Syllabus (1864) de Pío IX para darse cuenta de ello. Por otra parte, es comprensible que la Compañía, habiendo conocido la experiencia de la muerte, se levantara del sepulcro cuarenta y un años después con bastante aprensión y muchísima docilidad a las directivas vaticanas.

La tercera refundación se va a dar con la Congregación General XXXI (1965-1966), máximo órgano legislativo de la Compañía. Esa Congregación General, que comenzó cuando estaba por terminar el Concilio Vaticano II, fue para la Compañía el comienzo de un profundo aggiornamento liderado por Pedro Arrupe, superior general de los jesuitas entre 1965 y 1983. 

En la siguiente Congregación General -celebrada entre el 2 de diciembre de 1974 y el 7 de marzo de 1975- los jesuitas redefinieron su misión como “el servicio de la fe y la promoción de la justicia” considerando ambas, fe y justicia, inseparables[2].  Los cambios y los conflictos en esta “nueva” Compañía de Jesús van a ser tan fuertes que los detractores de Pedro Arrupe dirán que un vasco la había fundado (Loyola) y otro vasco (Arrupe) la iba a acabar.

A pesar de los cambios tan grandes que han supuesto estas tres “refundaciones”, los jesuitas han mantenido su identidad nuclear tratando de ser fieles a las enseñanzas de Ignacio de Loyola, que se encuentran plasmadas en los Ejercicios espirituales y en las Constituciones de la Compañía. Ahora bien, esa fidelidad supone adaptabilidad. El mismo Ignacio, en las directivas que daba, solía añadir que si era necesario las adaptaran a “tiempos, lugares y personas”. Esa flexibilidad forma parte de “nuestro modo de proceder”, expresión familiar de Ignacio y de los jesuitas. 

En ese “modo nuestro de proceder” se concretan los valores y las prácticas que estructuran una relación con Dios, con los demás y con el mundo. La expresión me parece muy acertada pues el “modo de proceder” es donde toma cuerpo una “espiritualidad” para dejar de ser una etérea ilusión. Y para Ignacio la cosa es clarísima: “el amor se debe poner más en las obras que en las palabras”, como advierte al comienzo de la “Contemplación para alcanzar amor” que se encuentra al final de los Ejercicios espirituales. Por eso a los jesuitas les gusta autodefinirse con la fórmula “contemplativos en la acción y activos en la contemplación”, para significar que en su “modo de proceder” contemplación y acción se realimentan y son inseparables. Sin embargo, con respecto al carácter más contemplativo y “orante” de las antiguas órdenes religiosas, el jesuítico “modo nuestro de proceder” dará mucha importancia a la acción. Como dice Ignacio en los Ejercicios, debemos preguntarnos: “¿Qué he hecho por Cristo? ¿Qué hago por Cristo? ¿Qué debo hacer por Cristo?”

En las Reglas de la Compañía -que son una expresión sucinta de sus Constituciones-, la Regla 15 dice que “no (hay) que perder punto de perfección que podamos alcanzar”. ¿Alcanzar cómo esa perfección? “…con la Divina gracia (…) y modo nuestro de proceder”. Modo nuestro de proceder que queda bien explicitado en las Reglas de la Compañía de Jesús que son todo un código de conducta consigo mismo, con los Superiores, con los otros jesuitas y con los no jesuitas. Inclusive hay 12 reglas específicas llamadas “Reglas de la modestia” que indican cómo andar, cómo tener la cabeza, los ojos, los labios, el rostro, las manos…porque el comportamiento exterior debe ser reflejo de la riqueza interior y debe servir para “edificar” a los demás.

Rodolfo Ramón de Roux

Agosto, 2022


[1]   Oigamos a Napoleón Bonaparte: “Los jesuitas son una organización militar, no una orden religiosa. Su jefe es el general de un ejército, no el mero abad de un monasterio. Y el objetivo de esta organización es Poder, Poder en su más despótico ejercicio, Poder absoluto, universal, Poder para controlar al mundo bajo la voluntad de un solo hombre [El Superior General de los Jesuitas]. El Jesuitismo es el más absoluto de los despotismos y, a la vez, es el más grandioso y enorme de los abusos.”  John Adams, segundo presidente de los Estados Unidos diría más tarde: “No me agrada la reaparición de los jesuitas. Si ha habido una corporación humana que merezca la condenación en la tierra y en el infierno es esta sociedad de Loyola. Sin embargo, nuestro sistema de tolerancia religiosa nos obliga a ofrecerles asilo.”  Citas en “Compañía de Jesús”, Wikipedia; consultado el 26.12.2020.

[2]   Ver, Congregación General 32, Decreto 4 “Nuestra misión hoy:  Servicio de la fe y la promoción de la justicia”.

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Mi gran amigo y compañero desde la niñez, Alberto Betancur Ángel ‒un músico y organista consumado y profesional‒ en cierta ocasión en que discutíamos sobre interpretación musical, me dijo: “Hernando, usted no comprende. Es que la música no es intelectualidad, sino sentimiento y subconsciente. Por eso, no eres un músico”.

Parto del reconocimiento de que Alberto Betancur tenía toda la razón y sigue teniéndola; él continúa haciendo muy buena música, mientras yo me contento con recordar y gozar, eso sí, de la buena música. Porque la música que no soy capaz de interpretar tiene sin embargo un hondo significado para mí, a lo largo y en todos los momentos de mi vida, 

Para mí la Navidad es y ha sido música. Imposible olvidar cuando niños respondíamos a los gozos de Navidad con el “ven, ven, ven a nuestras almas”, con diferentes versiones y musicalidades. Éramos todos cantando, grandes y pequeños, presididos por la tonalidad de mi mamá, que había estudiado música, y tenía una hermosa voz de soprano. Y cantábamos “el Tutaina, A la nanita nana, Antón tiruliru liru y Campana sobre campana”. Eran villancicos traídos de España, porque todavía no habían hecho fama Mi burrito sabanero ni Brincan y bailan los peces en el río, propios de nuestro folclor, ni el Tamborilero que muchos piensan se inspiró en el currulao de la costa Pacífica, y menos aún el Noche de paz, el Santa viene a visitarnos o el White Christmas, propios de nuestros vecinos del norte, y que no se conocen como villancicos, sino como carols

Imposible olvidar, cuando ya estábamos en la Compañía, el “No sé, Niño hermoso, que he visto yo en ti” interpretado por Oscar Buitrago con su hermosa voz de tenor, acompañado por nosotros en el nuevo órgano de Santa Rosa en un hermoso tono de do menor, al comienzo de la celebración de la Misa de Navidad. Era un salto hacia el misticismo que profundizaba nuestra espiritualidad, fortalecida además por el desarrollo tonal del Adeste fideles, laeti triumphantes y por los Aleluya, el “Gloria cantan en el Cielo, gloria a Jesús, Rey del Amor” y demás motetes que configuran el mensaje pascual. 

Para mí, Santa Rosa de Viterbo ofreció otras oportunidades musicales de importancia. Haber conocido a través de los españoles, como Uranga ‒el director del coro‒, que se formaban con nosotros para trabajar en Venezuela, tonadas navideñas como Veinticinco de Diciembre, fun, fun, fun del legado catalán, el Zagalillo y el Pastores venid de otras regiones de España. Además, como curador que era de la discoteca, haber descubierto la grabación completa del Mesías de Haendel, oratorio sagrado de gran envergadura, cuya primera parte ‒referida al nacimiento‒ lo celebra con una tocata pastoral solo para orquesta, y con el aria para soprano Rejoice, rejoice greatly que reproduce las palabras del ángel y del pueblo como celebración de la alegría por el nacimiento de Jesús.

Para mí, la música sigue siendo la Navidad. A partir del 16 de diciembre acostumbro escuchar, día a día, una por una, cada una de los seis corales que conforman el Oratorio de Navidad de Juan Sebastián Bach, complementados por el Magnificat de su hijo Felipe Emanuel, y condimentados con los Conciertos italianos, de carácter barroco, compuestos por Locatelli, Corelli y Torelli, y por el Gloria de Vivaldi. Desde hace algunos años estas obras pueden escucharse a través de hermosos videos, grabados por las mejores orquestas y los y las vocalistas más reconocidos mundialmente, en el You Tube. 

La sazón intelectual y artística de la Novena de Aguinaldos puede complementarse con la lectura de los evangelios de san Juan y de san Lucas y, lógicamente, con los tamales propios de la región cundiboyacense y el pernil, el aguardiente, la pólvora y los globos de la navidad paisa, tal como lo han descrito nuestros compañeros en esta hermosa celebración de Navidad que estamos compartiendo. 

Hernando Bernal Alarcón

Diciembre, 2021

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En la cultura caldense la Navidad de los años 50 era una celebración alrededor del cerdo. El 24 de diciembre, antes de las siete de la mañana, se abría la primera botella de aguardiente y se sacrificaba al porcino mientras nos escondían a los chiquitos en una pieza para que desde allí oyéramos los horripilantes gemidos del pobre animal. Luego, nos permitían presenciar la quema y la horripilante y sangrienta despresada del difunto para comenzar con la fritanga, la manufactura de la morcilla, y coma y beba.

Para los adultos, en un primer modelo, Navidad era una parranda con comilona de buñuelos, natilla y fritanga; trago desde la alborada del 24 y baile hasta la alborada del 25. Para la misa de gallo no había tiempo, solamente una media hora para la novena.   

Para los pequeños ya había pasado la recogida del musgo para hacer el pesebre y el encanto de adornarlo con ovejitas, pastores, la mula y el buey, cascadas hechas con papel cristal y laguitos con espejos, y todo al son de los ritmos de Tutaina, Los pastores de Belén… Se acercaba inminentemente el gran momento de la Navidad: la respuesta del niño Dios a las solicitudes pedigüeñas de mil y un regalos. Por la noche, saltábamos alrededor de los triquitraques y las velitas de luces en espera de los regalos. Los mayorcitos presuntuosos guardaban socarronamente ese gran secreto: el secreto que los regalos no los traía el niño Dios.

En resumen, era una celebración de mucha alegría, algarabía y de unión auténtica de la familia extendida. Vista sesenta y cinco años más tarde la Nochebuena, diría, era una celebración predominantemente pagana. 

El segundo modelo fue la Navidad como miembro activo de la Compañía de Jesús, celebración del cumplimiento de las profecías mesiánicas del Antiguo Testamento que vaticinaba que Jesús, hijo de Dios, nacería de una virgen en Belén de Judá. En un ambiente de total recogimiento, de meditación y de completa austeridad celebrábamos la Navidad en medio de contemplaciones y con inmensa alegría interior porque Dios estaba con nosotros, había venido a salvarnos y éramos parte del equipo que iría a difundir la buena nueva. 

Momentos de profunda reflexión, en medio de música religiosa, en donde el villancico Noche de paz, noche de amorpermeaba por doquier. Una experiencia de profunda reflexión, de sosiego interior y de muchos sueños.

La tercera Navidad giró alrededor de Santa Claus con su trineo atiborrado de regalos, halado por Rudolph. Vivía en Estados Unidos con mi familia y la temporada navideña en los años ochenta empezaba el día siguiente al Thanksgiving, festividad que se celebra el último jueves de noviembre. La época de Navidad comenzaba con los grandes descuentos en todos los centros comerciales y un alud abrumador de publicidad escrita y vía medios de comunicación radiales y televisivos. Era una especie de día sin IVA, a super gran escala, que duraba más de tres semanas. 

A mediados de diciembre íbamos con los niños a un vivero de árboles de Navidad a cortar el nuestro, el cual adornábamos cada año con guirnaldas cada vez más vistosas. En Estados Unidos la Navidad se celebra el día 25, en tres sesiones: la primera, los niños se levantan a abrir los regalos colocados a los pies del árbol; la segunda, después del desayuno, se va a visitar a los parientes cercanos y llevarles sus regalos y, finalmente, por la tarde, hay un banquete.

La cena de Navidad era una ceremonia elegante y formal en donde se vestía con la percha nueva o la más elegante y se comía pavo relleno de pan viejo, panceta, manzanas, ciruelas pasas y caldo rociado con salsa de arándanos y se complementaba con un plato de verduras, habichuelas y puré de papa. De postre se servía pastel de manzana o de ahuyama y galletas de jengibre, todo ello acompañado de un buen vino.

En nuestro caso, como no practicábamos ninguna religión, ni los niños habían sido bautizados, no sentíamos la necesidad de participar en ceremonia religiosa alguna. La Navidad era una celebración elegante, de gran sentido familiar y envuelta en un consumismo excesivo.

Finalmente, llegamos al último modelo de la celebración de la Navidad, la que disfrutamos como jubilados. Se trata de una reunión sencilla, preferiblemente con familiares o amigos muy cercanos y no con los hijos, pues ellos viven en el hemisferio norte y el inclemente frío en esa época no se compadece con nuestra edad. Es una reunión en la que priman el buen comer, tipo gourmet, licor, música y conversación agradables, y pocos, muy pocos regalos. Mas bien, pensamos en que otros no tienen tanto como nosotros y disfrutamos compartir con ellos algo de lo que tenemos.

Silvio Zuluaga

Diciembre, 2021

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Para celebrar la Navidad este año, nuestro grupo de tertulia escogió como tema el significado que hoy ella tiene, cuando la gran mayoría de nosotros puede contemplar en retrospectiva lo que han sido los significados de las vivencias personales y familiares de esta época del año durante seis o siete décadas de vida. Como algo común, muchos vivimos una etapa de nuestras vidas en la Compañía de Jesús y ese epicentro vital nos sirvió para enmarcar un antes y un después de un acontecimiento tradicional que adquiere dimensiones diferentes individuales en los breves testimonios del hoy de nuestros compañeros. Presentamos a nuestros lectores la primera sesión como nuestro regalo de Navidad.   

Nuestro encuentro de significado de la Navidad hoy- Jueves 25 de Noviembre, 2021
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