Cuando nos deseamos un Próspero Año Nuevo, o que el Nuevo Año llegue cargado de parabienes, inconscientemente estamos reaccionando no solo a una tradición creada por nuestros antecesores sino, insospechadamente, a una forma mágica de pensar.
Históricamente, el comienzo del Año Nuevo fue definido por razones político-religiosas. Por ejemplo, el Año Nuevo Occidental moderno comenzó a festejarse el 1 de enero de 1582, dispuesto por el papa Gregorio XIII para todos los países católicos, inaugurando así la vigencia del calendario gregoriano que sustituyó al calendario juliano impuesto por los emperadores romanos. Fue una forma de enfatizar el divorcio de la Iglesia Católica de cualquier vestigio de la época pagana romana.
Las civilizaciones anteriores iniciaban sus años nuevos basados en los ciclos de la naturaleza, como el final del invierno y el comienzo de la primavera (alrededor del 21 de marzo del calendario actual), cuando el Sol “toca” el punto vernal y la rueda de las estaciones repite su ciclo.
De ahí que el Año Nuevo se celebre en diferentes fechas. El Año Nuevo chino comienza entre enero y febrero, con la primera luna nueva de Acuario. El Año Nuevo Tibetano se celebra entre enero y marzo. El Rosh Hashaná (cabeza de año) judío empieza en el mes de Tisri del calendario hebreo, que equivale a septiembre u octubre del gregoriano. El Año Nuevo musulmán es en el mes de Muharram que, como obedece a un calendario lunar, puede caer en cualquier mes gregoriano.
Como estas civilizaciones son anteriores a la occidental, se encuentran viviendo un año diferente: los chinos viven en el año 4 704 y el próximo 18 de febrero recibirán el año del Cerdo que equivale al 4 705. Los judíos transitan el 5 774, establecido a partir de la supuesta fecha del nacimiento de Adán. Los musulmanes, cuyo almanaque comienza con la huida de Mahoma a Medina en el año 622, viven el año 1 384.
Todo esto para afirmar que la definición de lo que consiste el inicio de un Año Nuevo es el resultado de tradiciones, creencias, observaciones, que culturalmente terminan estableciendo una fecha en la que la mayoría de ese grupo humano hace su celebración; la arbitrariedad de Occidente no es la única ni la más valedera.
El Año Nuevo, desde el punto de vista planetario, es otra realidad. El cambio de un día al otro, de un año al otro, no es más que la rotación de la Tierra sobre sí misma cada 24 horas (nuestra medida de tiempo) y el cambio de una estación a otra es su rotación alrededor del Sol y su inclinación axial frente a él. Esto lo ha venido haciendo durante millones de años con una rutinaria precisión, lo que nos ha permitido planificar nuestra existencia, nuestras actividades, nuestras vacaciones, nuestros proyectos, basados en esa regularidad. El Año Nuevo, independientemente de la fecha de su celebración, corresponde tan solo al tiempo de la rotación de la tierra sobre sí misma y alrededor del sol.
Desearnos prosperidad con la llegada del Año Nuevo es un sentimiento nacido de nuestra creación mágica que atribuye al inicio de un nuevo año, la posibilidad de cambiar algo del nuevo ciclo que llega. Pero la realidad es otra. Nada va a cambiar para la tierra que está programada para producir, como todos los años anteriores, las estaciones, la lluvia, las sequías, las nevadas, las tormentas, los ciclones. Esto es lo que hace cada año, en cada ciclo natural. Es su forma normal de manifestarse como un planeta vivo.
En cuanto a nosotros, parientes, amigos, desconocidos, y todos quienes viven en nuestro país y en nuestro planeta, nada cambiará si no cambiamos nuestra forma de creer y actuar como sabemos que tenemos que comportarnos. No tendremos mejor salud si no dejamos de comer lo que nos hace daño o engorda, si no hacemos el ejercicio que hemos abandonado hace meses o años. No conseguiremos mejores trabajos, si no lo hacemos inteligentemente.
No se mejorará la relación con la esposa a menos que se deje de lado la infidelidad oportunista, se colabore más en la crianza de los hijos y se gaste menos tiempo farreando con los supuestos ‘amigos’ de bebeta. No se mejorará la situación económica a menos que se hagan inversiones sensatas, estudiadas, consultadas. No se mejorará la relación con los hijos a menos que se establezca una verdadera amistad con ellos, se dialoguen sus problemas y se comparta con ellos el tiempo que requieren.
No se aumentará el cariño por la compañera(ro), si no se liberan horas de trabajo para estar con él o con ella. No se mejorará el clima de cooperación en el trabajo, a menos que se pongan de un lado las envidias por el puesto del otro, y se cree un ambiente de confianza y generosidad, de esfuerzo y colaboración para alcanzar las metas de la empresa, sin pisotear a nadie. No cambiará la corrupción institucionalizada, si no se rechaza participar en ella. Nada de esto se obtendrá porque comienza un Año Nuevo. Se conseguirá porque se decide que así sea y se ponen los medios para lograrlo.
Que este Año Nuevo que ha de comenzar en unos días sea la oportunidad de la vida para hacer los cambios que hagan la diferencia en la calidad de cómo vamos a vivir el 2026, individual y colectivamente.
Reynaldo Pareja
Enero, 2026


5 Comentarios
Reynaldo, muy acertado el “recorderis” que nos haces. Para curiosidad de los cofrades anoto que Gregorio XIII -que contó con el apoyo del rey Felipe II para su elección como papa- fue un gran protector de los jesuitas, quienes en su honor “bautizaron” al antiguo Colegio Romano con el nombre de Pontificia Universidad Gregoriana. Un pequeño detalle: el Año Nuevo Occidental moderno comenzó a festejarse el 1 de enero de 1583, pues el calendario gregoriano comenzó a usarse en octubre de 1582.
Gracias, Rodolfo, por precisar mis datos. Tu bagaje histórico es insuperable.
SABIOS CONSEJOS Y MUY PONDERADOS COMENTARIOS. Gracias
Gracias Hernando. Tu apreciación me valida el esfuerzo de encontrarle más sentido a esto que llamamos Año Nuevo, que de nuevo no tiene mayor realidad que la que le damos.
Gracias por tu aporte sobre el año nuevo. FELICES FIESTAS para ti y tu familia