La huella de Carlos Eduardo Vasco

Por: Francisco Cajiao
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Cada encuentro con él fue motivo de nuevas discusiones, de nuevas inquietudes intelectuales, pero sobre todo un ejemplo de valor para asumir la vida y sus exigencias con honestidad a toda prueba.

El 28 de septiembre me llegó con la noticia del fallecimiento de Carlos, con quien tuve el privilegio de compartir muchos momentos importantes de la educación del país, en la que él fue un permanente protagonista.

Es muy posible que la gran mayoría de los colombianos sean incapaces de identificar un personaje de su talla intelectual y humana, tanto como ignoran grandes músicos, líderes sociales o intelectuales notables cuya actividad se desarrolla al margen de los reflectores de los medios publicitarios, pero que son los reales artífices del progreso científico, económico, político y cultural del país.

Por eso no sobra recordar, así sea muy rápido, algunos datos biográficos de este antioqueño que combinó desde su juventud la vocación religiosa en la Compañía de Jesús con una pasión incontenible por la ciencia. Hizo sus estudios de filosofía y humanidades en la Universidad Javeriana y luego cursó una maestría en física y un doctorado en matemáticas en la Universidad de Saint Louis (Missouri, EE. UU.). Siguiendo su carrera religiosa, hizo sus estudios de Teología en Fráncfort (Alemania) y allí fue ordenado sacerdote en 1971. A su hoja de vida académica habría que añadir sus vínculos como profesor visitante en diversas universidades de Estados Unidos y de Europa, amén de sus numerosas publicaciones.

Pero no es este listado de títulos académicos los que le dieron importancia trascendental en Colombia, sino su profundo compromiso con la educación, pues participó y lideró muchos de los procesos más audaces de transformación del país. Durante el gobierno de López Michelsen se adelantó una profunda reforma curricular cuya orientación fue asumida por Carlo Federici y por él. En esa época la discusión regional giraba en torno a la tecnología educativa como la tendencia promovida en todo el continente a la sombra de los organismos internacionales, de manera que el trabajo adelantado desde la recién creada Dirección de Capacitación, Currículo y Medios, del Ministerio de Educación, no estuvo libre de grandes debates y discusiones.

Por esa época conocí a Vasco, pues trabajé durante un tiempo corto en el equipo que estaba diseñando las nuevas orientaciones curriculares. Después lo encontré muchas veces en cualquier rincón del país con maestros a quienes explicaba, una y otra vez, la intención y estructura de la reforma. Descubrí que detrás de su figura hierática, sus conceptos precisos y su aparente prepotencia había una persona con una extraordinaria capacidad de escuchar y tomar en cuenta hasta las más triviales observaciones que le venían de sus interlocutores.

Del mismo modo que era receptivo a las inquietudes y preocupaciones de los maestros, era implacable en sus críticas a quienes tenían a su cargo el diseño de la política pública, especialmente en lo referente al diseño de procesos y estrategias pedagógicas. Me atrevería a afirmar que casi todos los ministros, desde los años 70, en algún momento consultaron con él, o le pidieron su acompañamiento en determinados proyectos de trascendencia.

Tal vez su mayor reto fue la famosa Misión de los Sabios, convocada durante el gobierno de César Gaviria, pues él se la echó a los hombros y junto con los otros comisionados consiguieron darle una enorme relevancia. Me constan personalmente los esfuerzos que realizó para que las conclusiones de ese enorme esfuerzo colectivo que congregó a mucha gente y despertó grandes expectativas no quedaran en el papel, pues con la nueva Constitución el país parecía abrir una gran ventana de esperanza. Sin embargo, siempre recordaba su frustración al ver que pasaban ya no los años, sino las décadas, sin que se concretaran los grandes propósitos.

Cada encuentro con él fue motivo de nuevas discusiones, de nuevas inquietudes intelectuales, pero sobre todo un ejemplo de valor para asumir la vida y sus exigencias con honestidad a toda prueba. Siempre se sentirá su ausencia.

Francisco Cajiao R.

Octubre, 2022

3 Comentarios

Rodolfo de Roux 16 octubre, 2022 - 5:41 am

Muy justa evocación de tan preclara figura.

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Hernando+Bernal+A. 16 octubre, 2022 - 6:06 am

Maravilloso y muy acertado recuerdo sobre Carlos Eduardo. Saludos

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Luis Arturo Vahos 17 octubre, 2022 - 10:39 am

Se nos fue un grande; pero su legado no muere si alguien como tú persiste en contribuir desde tus continuos aportes a pensar lo educativo en Colombia. En la coyuntura actual, con el ministro Gaviria, no se abre una nueva oportunidad?. Abrazos.

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