Las ciegas fuerzas del destino, las “Moiras” griegas, han colocado a Israel y Palestina en una “Sackgasse”, es decir, en una calle ciega y sin salida.
En 1948, al término de la segunda guerra, y tras el brutal Holocausto producido por el austríaco Hitler y sus tropas alemanas contra los judíos monstruoso atropello no carente de lazos con el antisemitismo de 20 siglos propiciado no por la Iglesia, pero sí por los simples creyentes contra los asesinos de Cristo.
Las potencias vencedoras, Gran Bretaña y Estados Unidos, secundaron la decisión de Ben Gurion de establecer el Estado de Israel en tierras de Palestina que, según la tradición, les habían sido concedidas por Dios. Para las tribus palestinas, dispersas y atrasadas, aquello fue una abusiva invasión del territorio que habían ocupado a lo largo de la historia. De este modo, el conflicto entre ambas comunidades estaba decretado por el destino. Era cuestión de tiempo que ese conflicto permanente se hiciera manifiesto hasta llegar a la gravísima situación actual.
El Estado de Israel prometía ser un territorio donde los judíos sobrevivientes, diezmados por los nazis y dispersos por el mundo, pudieran garantizar su seguridad, ayudarse mutuamente y prosperar en común. Nada más justo. De hecho, antes que el propio Estado, se establecieron en esas tierras 123 kibutzim(comunas). El 75% de esas comunas se encuentran en el desierto del Neguev (sur) y en la Galilea (norte). En ellas, asociaciones de judíos cultivan la tierra y abastecen a la población.
Una vez constituido el Estado israelí, fueron llegando numerosos judíos sin patria, tanto sefardíes (de la península ibérica y América Latina) como sobre todo askenazis, del norte de Europa, comenzando por los judíos alemanes que habían logrado sobrevivir, y siguiendo por los que provenían de los restos de la Unión de Repúblicas Socialistas (URSS), en especial de Rusia y Ucrania, así como de Polonia y del extremo norte de Europa conformado por Finlandia, Islandia, Noruega y Suecia, como también de los países bálticos (Estonia, Letonia y Lituania).
Entre tanto, numerosos judíos ortodoxos que habían logrado escapar del exterminio, se instalaron en Nueva York, donde manejan el comercio y las finanzas de la gran ciudad, centro del turismo y del comercio estadounidense. Estos judíos fundamentalistas han sido y siguen siendo el principal soporte político y financiero del nuevo Estado de Israel, así como de buena parte de la prosperidad newyorkina y representan una importante contribución a la economía de la gran potencia norteamericana.
Es necesario tener en cuenta este estrecho vínculo histórico de Estados Unidos con Israel, vínculo indisoluble. Su solidaridad con ese país no se debe solamente al obvio interés geopolítico y estratégico de Washington de tener en el Oriente Medio un aliado que le permita el control político y militar de la región y el acceso al petróleo de los países árabes. Además, está el interés de Washington por contener el expansionismo chiíta de Irán, que querría extender el dominio islámico a casi todo el extremo Oriente, exceptuando, claro está, a las dos grandes potencias en ascenso, India y China. De hecho, tanto el Hamás, que opera en la franja de Gaza como el Hezbolá del Líbano, son entrenados, financiados y parcialmente orientados por Ebrahim Raisi, sucesor del fundamentalista ayatolá Jomeini. Irán es, pues, en esa región la “bestia negra” de Occidente.
Si pensamos en América Latina, es indudable que la casi totalidad de los latinoamericanos no querrían quedar sujetos al control islámico, su religión y su cultura. Esta observación es particularmente cierta para las mujeres, sometidas en el Islam a la poligamia masculina y totalmente subordinadas al poder del varón. Los hombres tampoco soportarían la tiranía cotidiana de la religión islámica y sus autoridades.
La convivencia entre musulmanes y judíos en la antigua Palestina no ha sido fácil. Desde comienzos del siglo XX, los roces y conflictos entre los dos pueblos con sus religiones se han repetido una y otra vez, dejando un creciente número de muertos, heridos y abandonados, especialmente niños, ancianos y mujeres. Aquí presento un rápido recuento histórico de los sucesos más relevantes:
– Previamente a la Primera Guerra Mundial, el territorio que ahora llamamos Israel (antes Palestina) y los territorios aledaños formaban parte del Imperio Turco Otomano. Ante el colapso otomano después de la I Guerra, Gran Bretaña asumió el control de Palestina por mandato de la Liga de Naciones en 1920. Durante este período, se intensificaron las tensiones entre judíos y musulmanes en la región.
– En 1917, el gobierno británico, a través de la Declaración de Balfour, manifestó públicamente su apoyo hacia el establecimiento de un “hogar” para el pueblo judío en la región de Palestina (la cual en ese momento formaba parte del Imperio Otomano). Desde entonces se acentuaron las tensiones entre las dos comunidades.
– El 14 de mayo de 1948, al fin de la segunda guerra, el ejército británico abandonó Palestina y los judíos, liderados por David Ben-Gurión, declararon en Tel Aviv la creación del Estado de Israel, de acuerdo con el plan de las Naciones Unidas. De paso, señalemos que el colonialismo, sus abusos y desastres, parecen haber hecho parte del ADN de lo que fuera el Imperio Británico.
– Desde fines del siglo XIX, los judíos hacen Aliyah, expresión que en hebreo tiene dos significados muy distintos: por una parte, alude al honor de ser llamado para decir la bendición antes o después de leer la Torá; por otra, significa que puede inmigrar a Israel.
– A partir de 1988, se han producido cuatro Aliyah u oleadas migratorias a Israel. La inmigración a gran escala comenzó con el movimiento sionista, un grupo de ideología nacionalista, que aboga por la creación del Estado de Israel. Surgió en el siglo XIX con las ideas del periodista y activista político Theodor Herlz, en pleno auge de los nacionalismos y de los Estados nación. Tras décadas de antisemitismo en Europa, los sionistas consiguieron su objetivo inicial con la migración de miles de judíos para fundar el Estado de Israel en 1948. Desde esa época se han mudado a Israel más de tres millones de judíos.
– La ONU ha emitido más de mil resoluciones sobre el conflicto palestino-irsraelí. La primera, en 1947, decidió dividir a Palestina en dos estados independientes: uno árabe y otro judío. Jerusalén tendría control internacional. La resolución dio origen a una guerra que aún no concluye, y que difícilmente podrá terminar algún día. Después del Holocausto y de 20 siglos de antisemitismo, era más que justo que los judíos pudiesen tener un hogar seguro y esta búsqueda dio origen a la creación del Estado israelí en tierras palestinas, bajo el supuesto que su Dios se las había prometido.
El problema es que, desde entonces, los sionistas de Israel no cesan de expandir sus dominios más allá de lo convenido, supuestamente para garantizar su seguridad. En 1967, Israel traspasó sus fronteras en la Guerra de los Siete días, ocupando tierras palestinas, lo cual, tarde o temprano suscitaría la reacción de sus vecinos. Este agresivo movimiento expansionista que se repetía cada año o cada dos años, acabó por suscitar la reacción de Hamás, el ala más radical de la Organización para la Liberación de Palestina (OLP).
Los miembros de Hamás se armaron y se entrenaron intensamente con la colaboración de Irán, el foco de mayor preocupación de Washington. La batida de Hamás fue brutal e injustificable, pero se la puede entender por las continuas humillaciones recibidas por parte del Estado sionista de Israel. La organización ilegal armada no cesa en sus ataques, ni podrá cesar en adelante porque Israel ha caído sobre el pueblo palestino con toda la fuerza de su ejército, produciendo miles de muertos que ya sobrepasan los 10.000, a lo que hay que añadir cantidades incalculables de heridos y abandonados. Con lo cual, sea que Israel liquide a Hamás o que no pueda lograrlo, está regando la tierra con la sangre de la venganza perpetua, de manera que, unos y otros, buscando seguridad, están acabando para siempre con la paz y su seguridad.
En 2020 se firmaron los Acuerdos de Normalización que fueron incumplidos por ambas partes. Y me parece que la cadena de retaliaciones no tiene fin, y que cada nuevo ataque de una comunidad a la otra no lleva a ninguna parte. En el mejor (o peor) de los casos, sólo aplaza la venganza. Se puede estar seguro que por el camino de las armas no hay final, y la relación judíos sionistas y palestinos se convertirá -si no se ha convertido ya- en una Sackgasse, en un oscuro callejón sin salida.
Luis Alberto Restrepo
Noviembre, 2024
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4 Comentarios
Muy completo el análisis incluyendo las raíces históricas, y con la llegada de Trump a la Casa Blanca es probable que la situación actual empeore
Ese “sackgasse”, del que hablas, no es otro que el efecto nocivo de la filosofía de todas las religiones sobre la humanidad. Ese Dios castigador impregnó de ira y violencia a todos los seguidores de cada cruzada y mientras no reflexionemos sobre la Humanidad, sobre la Naturaleza y sobre el destino del planeta tierra, seguiremos en lo mismo. “Dios ordena la destrucción del otro”… parece ser la consigna de ese dios benévolo que te ama profundamente…( pero parece que sólo a algunos).
Buena síntesis de un mal panorama. Como dijo Ghandi, “ojo por ojo y todo el mundo quedará ciego”. Gracias, Larpo.
Estupendo artículo Luis Alberto