A LA MEMORIA DE ALFREDO CORTÉS DAZA, AMIGO ENTRAÑABLE, HOMBRE AMABLE, SENSIBLE, GENEROSO,
EN UNA PALABRA, BUENO.

Por esas cosas que sólo suceden en Ultratumba nos encontramos con un grupo de conquistadores españoles que rememoraban su hambre de oro.
GONZALO JIMÉNEZ DE QUESADA.- ¡Qué apreciable fue el apetito aurífero que nos impulsó a la búsqueda del fabuloso y huidizo El Dorado!
HERNÁN CORTÉS.- Puerto Rico, Costa Rica, Río de la Plata, Castilla del Oro… los topónimos traicionan la obsesión de quienes vimos en el Nuevo Mundo un asiento a la antiquísima esperanza en el tesoro oculto e inconmensurable que se topa por un golpe del destino o por misericordia divina.
FRANCISCO PIZARRO.- ¡Ay, Hernán! El oro que encontrábamos siempre nos parecía poco. Con empecinamiento capaz de superar las peores desilusiones, pensábamos hallar minas inagotables, tesoros acumulados por siglos y, al final, el reino mismo del oro: El Dorado.
CRISTÓBAL COLÓN.- La búsqueda del vellocino de oro comenzó pocas horas después de la primera recalada de nuestras naves en Guanahaní. El sábado 13 de octubre de 1492 anoté en mi Diario de navegación:
“Y yo estaba atento y trabajaba de saber si había oro, y vide que algunos de ellos traían un pedazuelo colgado en un agujero que tienen en la nariz. Y por señas pude entender que, yendo al Sur o volviendo la isla por el Sur, que estaba allí un rey que tenía grandes vasos de ello y tenía muy mucho”.
SEBASTIÁN DE BELALCÁZAR.- Leyendo el Diario de tu primer viaje al Nuevo Mundo encontré que haces en él ciento cuatro referencias al oro. ¡Te sobraste, Cristóbal!
BERNAL DÍAZ DEL CASTILLO.- No le eches puyas a Colón, que todos estábamos en la misma onda. Por eso dije sin rodeos que habíamos ido al Nuevo Mundo “por servir a Dios, su Majestad, y dar a luz a los que estaban en tinieblas, y también por haber riquezas, que todos los hombres buscamos”.[1]
FRANCISCO DE ORELLANA.- Recuerden cómo, con el paso del tiempo, la quimera del oro creció en nuestras mentes. En la elaboración de ese mítico El Dorado contribuyeron tanto nuestra codicia como las interesadas noticias de los indios que nos prometían lo que veían que deseábamos: oro.
PEDRO CIEZA DE LEÓN.- Como escribí en mi Crónica del Perú, buscando gloria y riqueza emprendimos expediciones por espesas selvas, montañas imponentes o calcinantes llanuras, dispuestos a comer sabandijas, ranas, lagartos, víboras, gusanos, hierbas, caballos y perros muertos de flecha y de plaga, carne humana y aun el cuero de zapatos, sillas y estribos cocidos en agua y después asados al rescoldo, porque la salsa del hambre es el mejor cocinero de todos.
DIEGO DE ALMAGRO.- Qué de penurias arrostramos tras la incierta esperanza de obtener la riqueza que nos hiciera “valer más” al conseguir ese oro con el que después todo se dora.
FRAY BARTOLOMÉ DE LAS CASAS.- Esperanza incierta… pero también concreta y cargada de violencia. Contantes y sonantes fueron las 181 toneladas de oro y casi 17.000 de plata que, entre 1500 y 1560, llegaron oficialmente a Sevilla desde América.
PIERRE CHAUNU.- (El docto historiador francés no se aguantó las ganas e intervino para precisar lo siguiente): Bartolomé, a las cifras que das hay que añadir las grandes cantidades de oro y plata que llegaron de contrabando. Por eso propuse elevar las cuentas a 300 toneladas de oro y 25.000 de plata. Aun rectificadas, esas cifras no representan la totalidad de la plata y del oro extraídos, porque, una parte, difícil de evaluar, se quedó en las Indias para acuñar monedas, enriquecer a particulares o adornar los altares de las iglesias.[2]
BARTOLOMÉ DE LAS CASAS.- Ya ven porqué en mi escrito Entre los remedios repetí en diversas formas que “todos los que pasan a las Indias van y son hombres pobres y codiciosos y no los mueve ir allá otro fin sino sola codicia y el ansia de salir no solamente de pobreza, pero de ser ricos, y no como quiera ricos, sino con más opulencia ricos que en los tiempos pasados nadie pudo tanta riqueza ser en el mundo posible pensar ni soñar”.[3]
SOFROSINA.- Bartolomé, se puede objetar -y con razón- que eras un testigo demasiado apasionado. Pero, sin duda, el hambre de oro fue una omnipresente realidad en la conquista del Nuevo Mundo. Tu detestado Fernández de Oviedo -quien no se caracterizó por ser un defensor de indios- no dudó en escribir “que he visto en estas Indias grandes allegadores deste oro”, aunque agrega enseguida que “por no lo despender bien, han acabado en mucha miseria, e se les fue de las manos, como rocío o sombra, e aun sus vidas tras sus dineros”.[4]
LINGUACUTA.- Señores conquistadores, sea porque ustedes no encontraron las riquezas esperadas, sea porque las malgastaron, el hambre de oro y plata los pusieron nuevamente en marcha. Sin ese móvil la conquista española de América se habría demorado varios decenios más.
SOFROSINA.- Y, cuando se disipó la ilusión de un enriquecimiento súbito porque los ríos de oro y plata no aparecían, ustedes dirigieron su codicia a otro bien precioso: los indígenas, que les fueron “repartidos” por los jefes de expedición o por los funcionarios reales.
BARTOLOMÉ DE LAS CASAS.- Fue así como vosotros, que en España habíais sido simples pecheros [plebeyos], ascendisteis en el Nuevo Mundo al rango de “señores” y pudisteis “vivir noblemente”, percibiendo el tributo entregado por “vuestros” indios.
Los embraguetados conquistadores comenzaban a sulfurarse cuando, inesperadamente, apareció el poeta Salvatore Quasimodo y lanzó este contundente verso que a todos los presentes dejó pensativos:
Dalla rete dell’oro pendono ragni ripugnanti.[5]
[1] Bernal DÍAZ DEL CASTILLO, Historia verdadera de la conquista de la Nueva España, México, Editorial Pedro Robredo, 1943, tomo II, p. 394.
[2] Cf. Pierre et Huguette CHAUNU, Seville et l’Atlantique (1504-1650), 12 vol., Paris, S. E. V. P. E. N., 1955-1960.
[3] Bartolomé de LAS CASAS, Obras escogidas, Madrid, Biblioteca de Autores Españoles, 1958, tomo CX, p. 87.
[4] Gonzalo FERNÁNDEZ DE OVIEDO, Historia general y natural de las Indias, libro III, cap. VIII, Madrid, Biblioteca de Autores Españoles, 1959.
[5] De la red del oro cuelgan arañas repugnantes.
Rodolfo Ramón de Roux
26 de Mayo, 2026


8 Comentarios
Rodolfo, alguno que vinimos se Andalucía a Colombia -no buscando oro- encontramos grades tesoros como los dos amigos de la foto. Gracias
Los amigos y los seres queridos valen más que cualquier El Dorado, Vicente amigo.
Con mucha pericia y sapiente estilo narras, Rodolfo, esa crònica escandalosa que todavìa nos duele. Recordè que uno de los jefes incas hizo vaciar oro hirviente en la boca abierta de Pedrarias Dàvila… / Pero lo mejor: tu bella memoria de Alfredo.
Amigo Alberto, yo he leído que fue Pedro de Valdivia, conquistador de Chile muerto a manos de los mapuches en la batalla de Tucapel quien -según Pedro Mariño de Lobera en su Crónica del Reino de Chile- habría sido ejecutado vertiéndole oro fundido en la garganta, como castigo por su codicia. Pero hay versiones muy diferentes de la muerte de Valdivia y no podemos saber si la del oro fundido es una leyenda, pues ninguno de sus hombres le sobrevivió. Vaya uno a saber. El pasado está lleno de sombras…lo mismo que el presente.
Rodolfo: Lo primero es agradecerte por la imagen de Sofrosina que, por fin te decidiste mostrarnos. No he visto a Linguacuta, pero quedo pendiente. Alfredo Cortés, a quien conocimos más coloquialmente como el . . ., ya estará ad portas de entrar a Ultratumba. Esperamos que te encuentres con él y que nos cuente cómo le ha ido por allá, encontrándose con nuestros maestros y maestrillos que se nos adelantaron. Dile que te cuente cómo lo recibieron por allá, pues ya casi salimos a ese sitio privilegiado.
Humberto, Sofrosina me ha enviado un mensaje para contarme que después de la sorpresiva intervención de Salvatore Quasimodo el ambiente cambió cuando, al son de acordeones y guacharacas, se fue aproximando una alegre multitud que traía en hombros a Alfredo, quien lucía impecable guayabera blanca y elegante sombrero de jipijapa. Conocedora del amor de Alfredo por los vallenatos, la alegre comitiva, al son de La casa en el aire entonaba:
Porque el que no vuela no sube
a ver a Alfredo en las nubes,
porque el que no vuela no llega allá,
a ver a Alfredo en la inmensidad.
Alfredo, entusiasmado, cantaba:
Como esa casa no tiene cimientos,
me la sostienen en el firmamento
los angelitos que le pido a Dios
El cortejo desembocó en el Paseo de los Inmortales y todo culminó con abundantes brindis de
agradecimiento a la hermosa vida de nuestro inolvidable amigo que nos manda muchos abrazos y que dice que nos espera pronto. Por ahora se está aclimatando bien. Tulio Zuluaga, Carlos Enrique Velasco, Mario Calderón y Jurgen -junto con otros de quienes Sofrosina olvidó el nombre- le están preparando un fiestononón.
Rodolfo, como buen alquimista, convertiste el oro en cariño y canciones !
Maravilloso y sentido homenaje a Alfredito, cuya hermandad guardamos como un tesoro en el corazón.Esa sí, oro puro!!!