Las imágenes que anteceden se me vinieron a la mente cuando trataba de contestarme la pregunta del título y quería compartir mi respuesta; pueden servir como analogía para entender mejor el tema de fondo de este artículo.
En las tertulias de exjesuitas, la plataforma Zoom va enfocando la pantalla del que interviene en cada momento. Si el que habla quiere dirigirse a un participante en particular, no sé si la aplicación puede enfocar a quien es aludido; de todos modos, los que estamos conectados a la sesión escuchamos la conversación, así se particularice.
En otro contexto diferente y, gracias al chat grupal Whats App, los miembros de una familia pueden escucharse y verse simultáneamente, aunque se encuentren en países diferentes. Esto lo podemos experimentar cualquiera de nosotros con los nuestros: hablamos para todos, y en momentos determinados nos dirigimos en particular a uno de los “presentes”, pero todos estamos escuchando.
Hasta aquí, esas situaciones son experimentables, y dentro de ellas, la respuesta a la pregunta del artículo es clara. Quizás, cuando se habla en público o se escribe, no siempre se es tan preciso ni consciente de a quien se dirige la comunicación; como que se “diluye” o generaliza. De todas maneras, las dos fotos y las situaciones que quieren representar son solo una ayuda, una especie de introducción, una analogía, porque la pregunta que me hago, y que encabeza el presente artículo, es más profunda:
¿A quién me dirijo cuando me relaciono con Dios?
Esta pregunta, se debe a una inquietud personal, pero es probable que algunos de ustedes hayan tenido, en algún momento, inquietudes semejantes; o por lo menos, les pueda interesar esta reflexión. El artículo lo escribo para mí y lo dirijo a mí, pero no estoy encerrado en mí; quiero compartirlo.
A través de la historia, y en la actualidad, muchas personas, grupos, comunidades… se dirigen a Dios de muchas maneras. Según las creencias, lo llaman de manera diferente y es probable que lo piensen o lo imaginen o lo conozcan de forma distinta, o se sientan “agnósticos”.
Me detengo aquí un momento y digo: Espíritu de Dios, Espíritu Santo, dame luz para contestar la pregunta y para saber expresar la respuesta.
Cuando me dirijo a Dios, ¿cómo siento y pienso a Dios?
¿A Dios sin precisar más, como en abstracto? ¿sin saber bien con quién me relaciono, sólo trascendente, lejano, “etéreo”? o
¿A Dios-Padre? ¿o a Jesucristo Hijo de Dios? ¿o a Dios-Espíritu Santo?
Muchas veces, me pasa lo primero: no personalizo a Dios, sino que lo nombro casi “de memoria”, no lo identifico. Y no quedo satisfecho. Digo ¡Dios mío! Pero ¿quién es este Dios mío?
No lo “veo” ni lo visualizo; no lo imagino… pero, por lo mismo, no lo personalizo. ¿A quién me dirijo? Y ¿a quién me quiero dirigir, en adelante?
Por parte de Dios, no hay diferenciación: si me dirijo a Él, siempre está presente, es Uno, y lo que le diga al Padre, al Hijo o al Espíritu, es recibido en su Unidad… de manera semejante a como en una conferencia virtual, todos escuchamos lo que se dirija a uno de los “presentes” en particular. Lo que no puedo seguir haciendo es hablarle a Dios “en general” (como hablarle a un auditorio sin dirigirme a nadie en particular, o escribir sin destinatario). Puedo hablarle a Dios, sin más, pero eso es… no sé.
Por parte mía, sí puedo diferenciar: ¿me dirigiré a Dios-Padre; escucharé a Dios-Hijo, hecho hombre; seré movido e inspirado por el Espíritu de Dios?
La respuesta a la pregunta ¿A quién me dirijo? va a ser diversa, teniendo en cuenta varios aspectos: en qué situaciones me dirijo a Dios (si me encuentro ante la naturaleza, en la vida familiar, en el trabajo, en el ámbito social o político); si me dirijo personalmente o lo hago junto a una comunidad; con qué matiz me dirijo a Dios (para agradecerle, para alabarlo o glorificarlo, para pedirle); y cuando es con esta última finalidad, ¿lo hago para rogar para mí, o para mis grupos, o para los demás sin límite, para la humanidad?
Cuando agradezco a Dios, ¿a quién trato de hacer presente? Cuando pienso en el Creador de la naturaleza, ¿en quién pienso? Cuando oro, pidiendo alguna ayuda, ¿a quién me dirijo? Cuando quiero tener claridad o discernir ante una situación compleja ¿a quién le solicito lucidez? Cuando le digo Señor sálvame ¿quién es este Señor al que me dirijo?
No son preguntas teóricas, sino existenciales, porque me ocurre algo semejante a lo expresado anteriormente. La respuesta no será única, pues son diferentes las situaciones y las intenciones. Comenzando con una respuesta de fe, puedo recibir alguna orientación en la Sagrada Escritura y en la Liturgia de la Iglesia:
En un momento de la Eucaristía, se nos invita a rezar la oración que Jesús nos enseñó, y los asistentes decimos “Padre Nuestro…” (Mateo cp.6, 9-13). Es una oración comunitaria y nos dirigimos a Dios, sabiendo que es nuestro Padre, creador, generoso, protector, poderoso… y es nuestro Padre común -de todos los hermanos- que hace salir el sol sobre buenos y malos. “Miren las aves del cielo; no siembran ni cosechan ni recogen en graneros y, sin embargo, el Padre del cielo las alimenta ¿No valen ustedes más que ellas?” (Mateo cp. 6, 26)
Jesús en su vida -conocida por los Evangelios- nos enseña a orar, y sus discípulos le piden que les enseñe a orar. Señor, yo también te pido: ¡enséñanos a orar, aumenta nuestra fe! Los discípulos, en medio del peligro, le pidieron: Señor sálvanos. Jesucristo, con su vida, muerte y resurrección, acercó a la humanidad más a Dios, le consiguió el perdón, la salvó de la muerte definitiva, le dio la Salvación que es la esperanza de unión con Dios en una Vida transformada. En ocasiones especiales, necesito decir: Señor Nuestro Jesucristo ¡sálvame! Recuerdo una ocasión en que sentí la necesidad de salvación como nunca la había sentido porque sólo había creído “teóricamente” en ella; y en esa ocasión, en la que me sentía “en la olla” es cuando más sentí a Jesucristo Salvador.
“El Espíritu Santo que enviará el Padre en mi nombre les enseñará todo y les recordará todo lo que les he dicho” (Juan cp.14, 26), prometió Jesús antes de despedirse. Y yo le pedí -en un párrafo anterior- que me iluminara en lo que estoy escribiendo. Es bueno que pida los dones del Espíritu Santo (sabiduría, inteligencia, consejo, fortaleza, ciencia, piedad y temor de Dios) y que sienta los frutos del mismo Espíritu (caridad, gozo, paz, paciencia, bondad, mansedumbre, fidelidad, continencia…). El Espíritu Santo es el alma de la Iglesia y es Quien produce la unidad entre los creyentes y ayuda a que se pueda producir la unidad entre todos los seres humanos. Es el Espíritu de Dios
Es claro: una cosa es hablar sobre Dios, y otra cosa es hablar con Dios. Se pueden hacer las dos cosas, pero la más importante -creo- es la segunda: hablar con Dios.
Yo y nosotros en la Iglesia, nos dirigimos a Dios Padre, a Dios hecho hombre en Jesucristo y a Dios Espíritu Santo. Es un solo y único Dios, pero -por decirlo así- tiene tres caras para nosotros. Se manifiesta de tres maneras para nosotros.
Dios es trascendente, único, distinto a su creación, y a la vez es inmanente, cercano, unido necesariamente a su creación y a nosotros. Decir eso no es contradictorio, así como no es contradictorio pensar en el aire que es externo a nosotros, pero a la vez, es tan íntimo a nosotros que no podríamos vivir sin él. Dios es distinto a su creación, pero actúa permanentemente en su creación y ésta no podría ser ni actuar sin su Dios. Dios es totalmente otro a mí, pero actúa permanentemente en mí y yo no podría ser ni actuar sin Él.
He tratado de responderme aquí una inquietud propia; no obstante, espero que también les pueda ayudar a ustedes, amables lectores, de alguna manera. Termina aquí, pero no la necesidad de seguir aprendiendo a adorar, agradecer y pedir a Dios Nuestro Señor; confiando en él, amándolo sobre todas las cosas… y buscando que esta relación fundamental inspire y dirija siempre todas nuestras demás relaciones.
En adelante, no me dirigiré a Dios, en abstracto, como a un Dios impersonal, extraño, “etéreo” sino a Dios Padre, a Dios Hijo-Jesucristo y a Dios Espíritu Santo.
Vicente Alcalá Colacios
Febrero, 2026


1 comentario
Vicente: Muy interesante pregunta y muy elaborada respuesta. Gracias. Hernando