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Diálogos de Ultratumba – El fraile y las amazonas

Por Rodolfo Ramon de Roux
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El fraile dominico Gaspar de Carvajal nació hacia el año 1500. En la mitad del camino de su vida se unió como capellán a la expedición de Gonzalo Pizarro, teniente gobernador de Quito que iba en busca del mítico “País de la Canela”. Corría el año 1540. La expedición, en condiciones muy difíciles, pasó los Andes y se internó en la selva amazónica. Escasos de comida, Pizarro ordenó a su segundo al mando, Francisco de Orellana, que con cincuenta y siete hombres -entre los que se encontraba Carvajal- descendiera el río Napo y volviera con las provisiones que pudieran encontrar y cargar en el pequeño barco en el que iban. 

FRAY GASPAR.- (Todavía demacrado y con el rostro arrugado por las penurias pasadas como evangelizador-conquistador). Lo que de aquí en adelante dijere será como testigo de vista y hombre a quien Dios quiso dar parte en un extraordinario acontecimiento que narré en mi Relación del nuevo descubrimiento del famoso río Grande de las Amazonas que descubrió por muy gran ventura el capitán Francisco de Orellana

SOFROSINA.- Dicho sea de paso, Pizarro, Orellana y tú eran oriundos de Trujillo, ciudad de esa Extremadura cuya extrema y dura pobreza fue semillero de conquistadores que soñaron con “ser más” y “tener más” yéndose a buscar fortuna en el Nuevo Mundo.

LINGUACUTA.- Pero prosigue, Gaspar, cuéntanos tus aventuras amazónicas.

FRAY GASPAR.- El capitán Orellana comenzó a seguir río abajo con el propósito de luego dar la vuelta, si comida se hallase; lo cual salió al contrario de como todos pensábamos, porque no hallamos comida en doscientas leguas.

SOFROSINA.- Tremendo susto debieron pasar.

FRAY GASPAR.- Ni que lo digas. Aunque hubiésemos querido volver agua arriba no era posible por la gran corriente, e intentar regresar por tierra era imposible, de manera que estábamos en gran peligro de muerte a causa de la gran hambre que padecimos; vinimos a tan gran necesidad que no comíamos sino cueros, correas y suelas de zapatos cocidos con algunas yerbas, de manera que era tanta nuestra debilidad que sobre los pies no nos podíamos tener, que unos a gatas y otros con bordones se metieron a las montañas a buscar algunas raíces que comer, y algunos hubo que comieron algunas yerbas no conocidas y estuvieron a punto de muerte, porque estaban como locos y no tenían seso. 

LINGUACUTA.- ¿Por eso estás tan macilento?

FRAY GASPAR.- Por supuesto. Dos meses estuvimos avanzando por el río Napo y siete por el propio Amazonas, antes de llegar a su desembocadura en el océano Atlántico.

SOFROSINA.- ¿Cómo no se murieron de hambre?

FRAY GASPAR.- Gracias a la comida que nos dieron voluntariamente los indios, o que se las quitamos a la brava. Fue una vida de fatiga y de peligros continuos frente a la maraña desconocida, sobre las aguas tumultuosas y al asecho de los ataques indígenas.

LINGUACUTA.- ¿Fue en uno de esos ataques cuando te dejaron tuerto?

FRAY GASPAR.- Sí, me dieron un flechazo por un ojo, que pasó la flecha a la otra parte, de la cual herida he perdido el ojo y no estoy sin fatiga y falta de dolor.

SOFROSINA.- ¡Jesús mío!

FRAY GASPAR.- Haces bien en invocarlo. Nuestro Señor, sin yo merecerlo, me otorgó el seguir vivo para que me enmendara y le sirviera mejor que hasta ese momento.

LINGUACUTA.- ¡Cuánta fe tienes!

FRAY GASPAR.- Sin ella no hubiéramos sobrevivido. Imagínense que un día nos topamos de repente con la tierra y señorío de las Amazonas. Me dieron con una flecha en una ijada que me llegó a lo hueco, y si no fuera por los hábitos, allí hubiera muerto. Se anduvo en esta pelea más de una hora, que los indios no perdían ánimo, antes parecía que se les doblaba, aunque veían muchos de los suyos muertos, y pasaban por encima de ellos, y no hacían sino retraerse y tornar a volver. 

SOFROSINA.- ¡Qué valientes!

FRAY GASPAR.- Quiero que sepan cuál fue la causa por la que estos indios se defendían de tal manera. Han de saber que ellos son sujetos y tributarios de las Amazonas, y sabida nuestra venida, les fueron a pedir socorro y vinieron hasta diez o doce, que estas vimos nosotros, que andaban peleando delante de todos los indios como capitanas, y peleaban ellas tan animosamente que los indios no osaban volver las espaldas, y al que las volvía delante de nosotros le mataban a palos, y esta es la causa por donde los indios se defendían tanto.

LINGUACUTA.- ¿A pesar de estar herido pudiste verlas bien?

FRAY GASPAR.- Nunca las olvidaré. Estas mujeres son muy blancas y altas, y tienen muy largo el cabello y entrenzado y revuelto a la cabeza, y son muy membrudas y andan desnudas en cueros tapadas sus vergüenzas, con sus arcos y flechas en las manos, haciendo tanta guerra cada una de ellas como diez indios; y en verdad que hubo mujer de estas que metió un palmo de flecha por uno de los bergantines, y otras, aunque flechaban con menos fuerza, hicieron que nuestros dos bergantines parecieran puerco espín.

SOFROSINA.- Yo me hubiera desvanecido del susto.

FRAY GASPAR.- Bendito sea Nuestro Señor que fue servido de dar fuerza y ánimo a nuestros compañeros, que mataron a siete u ocho de las Amazonas, a causa de lo cual los indios desmayaron y fueron vencidos y desbaratados con harto daño de sus personas; y porque venía de los otros pueblos mucha gente de socorro y se habían de revolver, porque ya se tornaban a apellidar, mandó el capitán Orellana que a muy gran prisa se embarcase la gente, porque no quería arriesgar la vida de todos. Fue así como superamos tan tremendo trance.

LINGUACUTA.- Gaspar, me queda claro que ustedes se enfrentaron con unas valientes guerreras, pero no me queda claro por qué afirmas que eran Amazonas.

FRAY GASPAR.- ¿Qué otra cosa podrían haber sido tan fornidas y diestras arqueras? ¿Acaso no habéis oído hablar de la guerra de Troya y de las hazañas de Pentesilea? La cosa es clara como el agua.

SOFROSINA.- Claro es que todos examinamos el mismo mundo, pero no vemos las mismas cosas, porque cada uno las ve a través del cristal de sus propias experiencias y de la manera como tiene “formateado” el entendimiento por la educación que ha recibido.

Apareció como por encanto el gordo Tomás de Aquino del brazo de la bella Pentesilea y mirando al ojo sano de su cofrade dominico exclamó con tono apodíctico: Quidquid recipitur ad modum recipientis recipitur.[1]

La reina de las Amazonas, flechada por la agudeza del Aquinate, agregó: Todo conocimiento está teñido por la perspectiva vital del sujeto. ¿Puedes verlo, Gaspar?


[1]           Lo que se recibe se recibe a la medida del recipiente. 

Rodolfo Ramón de Roux

Junio, 2026

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4 Comentarios

Alberto Echeverri 28 junio, 2026 - 8:10 am

Sensacional la ubicaciòn del “admodum”. Con crecida malicia -tuya por supuesto-, como dirìa nuestro padre Ignacio. Aterradas quedaron Sofrosina y Linguacuta.

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Hernando+Bernal+A. 28 junio, 2026 - 12:25 pm

Muy interesante esta crónica y muy diciente sobre las raíces del americanismo. Saludos

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John 4 julio, 2026 - 9:03 pm

En Quito existe la Av Orellana y la calle Amazonas una arteria central hotelera en la zona moderna de la ciudad.
Gran parte de la región del Amazonas le fue cercenado a Ecuador con el Protocolo de Río de Janeiro luego de la guerra con Perú.

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Rodolfo Ramon de Roux 5 julio, 2026 - 3:31 am

¿Es el presente del pasado o el pasado del presente?

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