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Diálogos de Ultratumba – La barca de Pedro en la tormenta revolucionaria

Por Rodolfo Ramon de Roux
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La Revolución francesa de 1789, heredera de la revolución cultural de la Ilustración, llegó como un huracán dispuesto a barrer con el “Antiguo Régimen” monárquico del que la Iglesia católica era uno de los pilares. Del brazo de Napoleón Bonaparte, Sofrosina y Linguacuta fueron al encuentro de los tres “Píos” -VI, VII y IX- a quienes les tocó vivir de manera intensa el momento revolucionario liberal del siglo XIX.

NAPOLEÓN.- (Levantando el mentón, y metiendo la barriga) En 1796, las tropas bajo mi mando invadieron Italia, marcharon sobre los Estados Pontificios, derrotaron al ejército papal y obligaron al aquí presente Pío VI a pedir la paz. 

PÍO VI.- (Acongojado) Según lo establecido en el Tratado de Tolentino de 1797, tuve que autorizar la ocupación de Bolonia y Rávena por parte de los franceses, garantizarles el libre acceso a todos los puertos pontificios y pagarles una cuantiosa indemnización. 

NAPOLEÓN.- (Acariciando la empuñadura de su espada) No obstante, al año siguiente estalló un tumulto en Roma durante el cual murió uno de mis generales. Entonces mis tropas ocuparon la ciudad y proclamaron la constitución de la República Romana.

PÍO VI.- Te he perdonado ese atropello, pero no olvido que por negarme a renunciar a la autoridad suprema sobre los Estados Pontificios me recluiste en un monasterio a las afueras de Florencia. Sin embargo, mi Dios es grande y poco después la situación en el centro de Italia se complicó para tus tropas.

NAPOLEÓN.- (Sarcástico) También se complicó para ti pues te llevamos prisionero a Francia.

PÍO VI.- (Indignado) Ese viaje atravesando los Alpes fue un horror: tenía 82 años y estaba muy enfermo. El 29 de agosto de 1799 -tan solo seis semanas después de llegar penosamente a Valence- exhalé allí mi último suspiro. Se me negó un entierro cristiano y el prefecto de la ciudad inscribió en el registro de defunciones: “Falleció el ciudadano Braschi, que ejercía profesión de pontífice”. En Ultratumba me enteré de que muchos periódicos y gacetas de Europa sentenciaron al papado titulando: “Murió Pío VI y último”. 

SOFROSINA.- Subestimaron el hecho de que – como escribió tu paisano Benedetto Croce – “la vieja fe era un modo, tan mitológico como se quiera, de mitigar y aplacar sufrimientos y dolores, de resolver el angustioso problema de la vida y la muerte.” 

LINGUACUTA.- Subestimaron, igualmente, la extraordinaria resistencia del papado que ha mostrado gran aptitud para asimilar golpes e imaginar respuestas gracias a una larga experiencia histórica, una sólida organización institucional y una proverbial capacidad de espera que le permite hacer planes de larga duración.

PÍO VI.- Para desesperación de los gobernantes impíos nosotros sabemos esperar porque tenemos la certeza de que nuestros enemigos no ganarán, ¡Non praevalebunt! ¿Lo oíste, Bonaparte? ¿Lo oíste?

NAPOLEÓN.- No soy bobo, Braschi. Sé que hay que tener cuidado con el poder religioso. Te lo puede confirmar Pío VII, con quien firmé en 1801 un Concordato para calmar el conflicto con la Iglesia…y obtener legitimación después de haberme autoproclamado como “Primer cónsul”. 

LINGUACUTA.- Tuviste muy en cuenta que con las bayonetas se puede hacer cualquier cosa menos sentarse sobre ellas.

SOFROSINA.- (Dirigiéndose a Napoleón) Eso lo entendió bien Simón Bolívar, uno de tus grandes admiradores, cuando sentenció que la unión del incensario con la espada de la ley es la verdadera arca de la alianza.

PÍO VII.- Yo comprendí, igualmente, que era mejor llegar a un acuerdo entre la espada y el incensario. En ese “toma y daca” que es un concordato, la Iglesia también obtuvo ciertos beneficios con la declaración de que el catolicismo era “la religión de la gran mayoría de los franceses”…

NAPOLEÓN.-  … pero no la religión oficial del Estado. 

PÍO VII.- Traté de mantener unas relaciones apaciguadas contigo, pero abusaste de mi ingenuidad. Cuando en 1804 me convocaste a tu coronación imperial en la catedral de Notre-Dame, humillaste la dignidad pontificia colocándote tú mismo la corona.

NAPOLEÓN.- (En tono despectivo) ¿Acaso Roma no era sino un satélite en el firmamento de mi Imperio?

PÍO VI.- (Sonriendo maliciosamente) Ya ves en qué quedó tu efímero imperio. En cambio, el papado sigue tan campante. 

NAPOLEÓN.-  Aunque te sientas muy contento de haber recuperado en 1815 los territorios de los Estados Pontificios -menos Aviñón-, lo que en aquel momento pareció un gran triunfo del papado lo puso en rumbo de colisión con los patriotas italianos que, en 1870, terminaron definitivamente con los Estados Pontificios y convirtieron a Roma en capital del nuevo Reino de Italia.

PÍO IX.- Ese no es motivo para que nos mires por encima de tus raídas charreteras, tú, que terminaste miserablemente tus días como prisionero de los ingleses en una remota islita.

LINGUACUTA.- (Guiñándole un ojo a Napoleón) Para volverse una leyenda primero hay que naufragar en las marejadas de la Historia (Napoleón sonríe).

NAPOLEÓN.- (Sacando pecho) Los voy a hacer sufrir mostrándoles imágenes del apoteósico entierro que me hicieron en París.

PÍO IX.- (Ajustándose la mitra mientras los otros dos “píos” acarician sus ínfulas papales) Veo bien de qué pie cojeas, ¡eres un redomado vanidoso! 

NAPOLEÓN.- Un burro diciéndole a otro, ¡orejón!

LINGUACUTA.- (Sotto voce) Dizque con el tiempo se debilita la preocupación por las apariencias. Puro cuento.

SOFROSINA.- Cálmense y sigamos conversando sobre el papado en aquella época tormentosa.

LINGUACUTA.- ¿Cuál no ha sido?

NAPOLEÓN.- Cuando perdí la partida, Europa quedó bajo el control de una “Santa Alianza” monárquica y el papado esperó poder volver al mundo anterior a la Revolución.

LINGUACUTA.- Vana ilusión. Las ideas de libertad de conciencia y de autonomía de la sociedad frente a la religión ya se habían arraigado. 

SOFROSINA.- Además, la revolución industrial ya estaba cambiando aún más profundamente que la política los cimientos del catolicismo.

PÍO IX.- Me enorgullezco de haberme opuesto frontalmente a ese mundo “moderno” y a su liberalismo religioso, filosófico, moral, jurídico y político.

SOFROSINA.-Imposible olvidar ese bombazo doctrinal del Syllabus que lanzaste en 1864 contra “todos los errores del mundo moderno”.

PÍO IX.- Pensar que al principio de mi pontificado creyeron que simpatizaba con los liberales.

LINGUACUTA.- Quien piensa que conoce bien a una persona, tiene razón…¡piensa!

PÍO IX.- Entre las ochenta afirmaciones condenadas en mi Syllabus, desató las pasiones el anatema final contra la proposición de que «El pontífice romano puede y debe reconciliarse y transigir con el progreso, el liberalismo y la civilización moderna». 

LINGUACUTA.- Con esa condenación consagraste un catolicismo de rechazo. 

SOFROSINA.- Como si la Iglesia fuera una fortaleza asediada, reagrupaste las fuerzas católicas en torno a la autoridad y la persona del «vicario de Cristo».[1]

LINGUACUTA.- Y reafirmaste la autoridad pontificia con el dogma de la infalibilidad papal.

SOFROSINA.- Proclamado a instancias tuyas por el Concilio Vaticano I, dos meses antes de que perdieras definitivamente los Estados Pontificios, el 20 de septiembre de 1870. 

PÍO IX.- A partir de ese día me encerré en el palacio del Vaticano y me declaré “prisionero”. Sentí como si me hubieran clavado un puñal en mi corazón de pastor universal y me reafirmé en mi intransigencia antiliberal.

SOFROSINA.- De eso conversamos hace poco cuando nos contaste que un grupo de liberales masónicos quiso tirar tu cadáver al río Tíber.[2]

LINGUACUTA.- Tal vez quisieron comprobar si la barca de Pedro hacía agua.

PÍO IX.- Pues se quedaron viendo un chispero: en esa segunda mitad del siglo XIX surgieron nuevas congregaciones religiosas, se reanudó vigorosamente el trabajo misionero y el catolicismo experimentó un movimiento de renovación y fervor. 

SOFROSINA.- Fervor que fomentaste al proclamar en 1854 el dogma de la Inmaculada Concepción de la Virgen.

PÍO IX.- Dogma que complementó Pío XII proclamando en 1950 el dogma de la Asunción de María. No olviden que durante mi pontificado también se difundió la devoción al Sagrado Corazón de Jesús.

LINGUACUTA.- La cual expresaba muy bien la visión de la Iglesia como fortaleza asediada: Jesús era “el prisionero del Sagrario”, y sus devotos debían refugiarse a sus pies para reparar los pecados cometidos por los enemigos de la Iglesia.

SOFROSINA.- Por otra parte, el pensamiento católico tradicionalista se convirtió en la corriente predominante dentro de la Iglesia e interpretó la Historia como si estuviera controlada por “los poderes del mal”. 

LINGUACUTA.- Se acentuó una visión maniquea del mundo según la cual, por un lado, estaban los enemigos de Dios y de la Iglesia, y por el otro lado estaban los buenos católicos, que debían unirse alrededor del papa en una actitud clara y decididamente antiliberal.

PÍO IX.- (Enfáticamente) ¡Eso era lo que se necesitaba y lo que promoví! Después de que me autodeclarara prisionero creció mi popularidad entre los católicos de todo el mundo. Mi pontificado marcó el inicio de una característica típica de los católicos que continúa hasta el día de hoy.

LINGUACUTA.- ¿A qué te refieres?

PÍO IX.- A un sentido de relación personal con quien ocupa la sede de Pedro, lo que implica la obligación de ser fiel a su persona.

SOFROSINA.- Muchos hasta veneran cada uno de sus gestos y palabras. 

PÍO IX.- ¡Qué belleza! 

LINGUACUTA.- Ojo con la papolatría.

Pío IX no alcanzó a responderle a Linguacuta pues vió que Pío VI estaba a punto de desmayarse al divisar que se acercaba Lorenzo Ricci, último Superior general de la primera Compañía de Jesús a quien Clemente XIV encerró injustamente en el castillo de Sant’Angelo. 

Ricci murió, viejo y enfermo, como prisionero del papa Pío VI, quien posiblemente lo hubiera liberado. Posiblemente, eso dicen. En tono burlón exclamó Napoleón: “Ciudadano Braschi, Dios no castiga ni con palo ni con rejo sino con el propio pellejo”. “A veces pagan justos por pecadores, ese fue mi caso”, replicó Pío VI recordando su triste final en Valence como prisionero de los revolucionarios franceses. 

El “duro” de Pío IX se sulfuró al oír lo que dijo Bonaparte y los ánimos empezaron a caldearse. Nuestras dos amigas se esfumaron antes de que todo pasara a mayores.


[1]   Se trata de un particular proceso de “romanización” de la Iglesia católica que ha continuado hasta nuestros días. Para sus características en Latinoamérica, ver, Rodolfo de Roux, “La romanización de la Iglesia católica en América Latina: una estrategia de larga duración”, Pro-Posições 25 (1) Abril 2014, https://doi.org/10.1590/S0103-73072014000100003

[2]   “¡Arrojen el cadáver del papa al Tíber!”, Diálogos de Ultratumba, 20 de julio de 2025

Rodolfo Ramón de Roux

Enero, 2026

6 Comentarios
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6 Comentarios

Alfredocortesdaza 17 enero, 2026 - 6:37 am

Difícil creer en la Iglesia Católica como institución. Cómo tergiversaron el mensaje evangélico . Magnífico diálogo, es un profundo repaso a la historia de la Iglesia.

Respuesta
Julio Hidalgo 17 enero, 2026 - 7:09 am

Rodolfo
De nuevo , gracias por presentar con claridad la historia de la Iglesia en forma de diálogo entre personajes tan importantes en su época.
Insisto en mi invitación a las reuniones de los jueves a las 3p.m. En ellas participan exjesuitas de muchas partes del mundo como Suiza, Francia, España, Perú, USA, etc..

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Hernando+Bernal+A. 17 enero, 2026 - 10:18 am

Fue una época profundamente convulsionada, en la cual el poder político territorial y confinado de la Iglesia llegó a su fin, para dar paso al inicio de un período de renovación espiritual, más allá de los límites de la bota italiana y del continente europeo. Dios escribe derecho con líneas torcidas. Esta es mi opinión personal… Solo me afana el dogmatismo con el cual se dio inicio a esa nueva época, y que solo aparece disminuir con motivo del Segundo Concilio Vaticano.

Respuesta
Rodolfo Ramon de Roux 17 enero, 2026 - 11:01 am

Hernando, comparto el parecer de que para la renovación espiritual del Papado fue un hecho positivo la pérdida de los Estados Pontificios. Y también comparto los temores frente al dogmatismo. Baste recordar el “Juramento antimodernista” establecido por Pío X en su Motu proprio “Sacrorum antistitum” y requerido desde 1910 hasta 1967 por la Iglesia Católica a “todo el clero, los pastores, confesores, predicadores, superiores religiosos y profesores de filosofía y teología en seminarios”.

Respuesta
John Arbeláez Ochoa 17 enero, 2026 - 11:01 am

Excelente , oportuna y reiterada invitación de Julito. Con tus ilustrados aportes, serían unas tertulias “de alto turmequé” como dirían Sofro y Linguacuta.

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Gonzalo Cataño 20 enero, 2026 - 10:25 am

Nada sabíamos de esta “historia de la Iglesia “, mejor dicho, de unos señores que se resistían a la modernidad.

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