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El virus no puede seguir siendo la excusa para privar del derecho a la educación presencial a cientos de miles de niños. Comienzan a observarse secuelas del largo período de aislamiento y virtualidad al que fueron sometidos los estudiantes en sus diversas etapas de desarrollo.

Llegó diciembre y los estudiantes están en vacaciones desde hace un par de semanas, después de un lento y extraño período de transición a la presencialidad escolar.

Este fue otro año traumático para la educación del país. Muchos maestros de colegios privados que retornaron en febrero tienen la impresión de que los chicos regresaron a media marcha y que buena parte del año se les fue en un proceso de readaptación. El asunto de la alternancia resultó complicado, pues eso de atender a cada quien como mejor le pareciera, organizar los turnos, vigilar las medidas sanitarias, aplacar los miedos de las familias y ocuparse de ajustes logísticos no permitió centrarse en el proceso académico de la forma como siempre se había hecho.

De manera anecdótica comienzan a observarse secuelas del largo período de aislamiento y virtualidad al que fueron sometidos los estudiantes en sus diversas etapas de desarrollo, desde el jardín infantil hasta el final del bachillerato. Ya se conocen datos preocupantes de salud mental, que incluyen pensamientos y acciones autodestructivas, como suicidio, trastornos alimentarios, depresión y autolesiones, pero en la cotidianidad de los colegios se observan otras manifestaciones que no llegan a los consultorios y estadísticas.

Estudiantes que en sus casas se acostumbraron a apagar sus cámaras y silenciar sus micrófonos para hacer otras cosas mientras los profesores hacían las clases por computador vieron a comienzos del año la alternancia como la opción de elegir arbitrariamente cuándo ir al colegio o quedarse en su casa, mientras las familias exigían que se los atendiera en la finca o en el exterior mientras hacían un viaje de vacuna. Al regresar, de forma regular, en el segundo semestre mostraban más resistencia a entrar a clases y ajustarse a las rutinas. Pero ese no es el problema, sino el síntoma de algo a lo cual todavía no se sabe bien cómo reaccionar. Se añaden manifestaciones de agresividad, desmotivación, irritabilidad y apatía frente al trabajo escolar que escapan a la estadística, así como mayor tendencia al consumo de sustancias.

La peor parte la han llevado los millones de niños de los colegios oficiales, pues su regreso a las aulas ha sido lento y tortuoso. En realidad, el año terminó con un alto porcentaje de ellos que no estuvieron ni un día en su escuela, mientras el resto asistieron dos o tres días a la semana a partir de agosto. En municipios que hicieron un enorme esfuerzo por reabrir los colegios y tener todas sus instituciones funcionando, han detectado una deserción cercana a 20 %. Donde los gobernantes locales han sido menos diligentes y se han demorado las inversiones la situación es peor y más de 50 % de los estudiantes pasaron el año escolar en blanco. No sobra decir que suelen ser los más pobres, los que están más aislados y los que no tienen ninguna conectividad.

No obstante los estudios de organismos como la Unesco, la Cepal, Human Rights Watch yla Ocde ‒y varios miles de artículos académicos‒, sigue habiendo quienes se resisten al pleno retorno a las aulas hasta no cumplir no sé cuántas condiciones. A lo que ya se sabe desde 2020 sobre el menor riesgo de enfermar y morir de la población infantil, a pesar de los picos que ha tenido la epidemia en diversos sitios, se añade el avance notable en la vacunación tanto para los maestros como para los mismos estudiantes.

El virus ya no puede seguir siendo la excusa para privar de este derecho a cientos de miles de niñas, niños y adolescentes. Eso, desde luego, no significa que el problema de infraestructura y servicios públicos de las instituciones escolares esté resuelto y que se deba trabajar para resolverlo, pero no justifica que se condene a las poblaciones más pobres al aislamiento y la ignorancia.

Ojalá el próximo año haya un regreso pleno y optimista a los colegios que permita en lo posible recuperar el tiempo perdido y el daño social causado.

Francisco Cajiao

Diciembre, 2021

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Las vacunas han logrado hasta ahora mitigar los efectos de la cuenta de cobro que nos ha pasado la naturaleza maltratada, aunque la mutación del virus Delta amenaza con rebrotes que pueden ser peores que los sufridos por la humanidad en este año y medio.

No son muy alentadoras las noticias provenientes de Wuhan, China. El virus, ahora llamado variante Delta, ha vuelto a aparecer en el lugar donde se originó. Es una pesadilla que se repite con solo cerrar los ojos y recordar aquel día, hace más de año y medio, cuando en el norte de Italia empezó a expandirse una “gripa” que no se creía tan peligrosa, pero que fue peor. Atando cabos la llevaron unos viajeros que procedían de China. Después de eso se desencadenaron el miedo, las noticias de enfermos entrando a los hospitales, las ucis desbordadas, los turistas atrapados en los aeropuertos. A mí se dañó el cumpleaños porque nadie me quería abrazar y yo menos.

En menos de un año se anunció el invento de una vacuna en varios laboratorios de investigación avanzada que solo tienen los países con fortaleza científica. Las farmacéuticas seguramente han cosechado gruesas utilidades financieras nunca antes vistas. Celebramos como un prodigio el invento farmacológico más esperado del siglo. Vimos como niños encantados ante las pantallas de televisión el arribo de cientos de vuelos que al fin llegaron al país después de una espera ansiosa, sin que faltara el debate, con ribetes políticos, cómo no, sobre la lentitud del Ministerio de Salud para la adquisición de los millones de frasquitos que contienen la dosis inyectable. No sé cómo hicieron el ministro y su equipo para llegar sanos y salvos a este momento del año tras la andanada de críticas y quejas por la gestión de la vacunación que a mí me ha parecido bastante buena para un país que anda rezagado en ciencia y tiene que adquirir casi todas las innovaciones científicas, y mucho más esta, en países con mayor desarrollo científico y tecnológico. 

Estamos muy atrasados en investigación de punta, y el coronavirus lo ha demostrado, en gran parte por culpa nuestra, que seguimos infravalorando la investigación, y por el Estado que invierte poco en desarrollarla. Es un cuento muy viejo: yo pasé muchos años en la academia esperando a que el presupuesto de inversión destinado al antiguo Colciencias, hoy convertido en Ministerio, aumentara en uno o dos puntos mínimos del producto interno bruto, términos económicos al uso de legos en la materia, que solo nos sirvieron para recordar la historia del General no tiene quien le escriba a la espera de su pensión.

El retorno del virus, ahora mutado, demuestra la fuerza que tiene la naturaleza para evolucionar en contra del ser humano que la ha desafiado con la destrucción de fauna y vegetación planetarias. Las vacunas han logrado hasta ahora mitigar los efectos de la cuenta de cobro que nos ha pasado la naturaleza maltratada, aunque la mutación del virus Delta amenaza con rebrotes que pueden ser peores que los sufridos por la humanidad en este año y medio. 

Confío en la vacuna como un pacto que hacemos los humanos con la naturaleza, gracias a la ciencia, empleando sus defensas en provecho de las nuestras, haciendo interactuar fuerzas en apariencia contrarias. 

Heráclito decía hace siglos que la vida es la lucha del fuego con el fuego. 

Jesús Ferro Bayona

Publicado en El Heraldo, Barranquilla

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