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Capadocia

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Amanece en Capadocia y lo único que nos importa es que no vayamos a perder la oportunidad de subir al globo y ver el amanecer desde lo alto. 

De los amaneceres inolvidables y diferentes:   la tonalidad del cielo iba cambiando de azules a morados, rosados y amarillos, naranjas y rojos mezclándose con el colorido de los globos, las llamas avivantes de los globos listas para despegar, el bullicio de las personas llenas de asombro y otras en silencio, contemplando esta magnificencia.

Era grandioso ver como la luz entre nubes, iba llenando el día, y los ojos no eran suficientes para abarcar todos los ángulos y observar desde lo alto estas rocas en formas cónicas que han sido cambiantes a través de los siglos por la lluvia y el viento. 

Nuestro globo tenía una marca especial, Camilo mi hijo viaja con la bandera de Colombia y la ondea cuando quiere mostrarle al mundo que allí hay un corazón colombiano.  Esto nos acerca, nos identifica y hay más de una buena anécdota por este fino detalle.

El tiempo transcurrió demasiado rápido: ¿45 minutos? ¿Una hora? De perplejidad y magia, de cámaras, videos, fotos, suspiros. Cuando, de repente, en un idioma incomprensible, más como un grito, entendemos que debemos ir todos al piso de la canasta del globo: vamos a bajar, a tocar tierra.  Se nos acabó la alegría para pasar a segundos de un choque fuerte contra las rocas y muchos hombres tirando de las cuerdas para tratar de parar el globo y frenarlo.

Al estilo del paleolítico sigue esta atracción turística, ganando mucho dinero y con turistas quejumbrosos porque sufren con su espalda, o sus huesos, si no están en buena posición y buena forma física. Yo ya venía con mi mal del esqueleto. Y después de esto, mi mente comenzó a jugarme una mala pasada y mi cuerpo aprovechó de la compañía de los hijos fortachones que me ayudaron a seguir conociendo esta misteriosa ciudad subterránea con iglesias y espacios donde convivieron muchas comunidades cristianas.

 Capadocia (Turquía), tiene un encanto único: es mágica, es maravillosa, tanto para los amantes de la naturaleza como para los amantes de la historia. Encierra cuentos de mucha maldad y sufrimiento, pues aquí los cristianos se refugiaron en la persecución de árabes y persas.  Se especializaron en hacer túneles en varios niveles, por donde se filtra el aire y la buena ventilación. Hay algunos túneles que permiten ser visitados por turistas. 

Caminamos, subimos y bajamos calles empedradas, disfrutamos de la fotografía, y de algunas tiendecillas donde compras el típico recuerdo de la ciudad que es catalogada como una de las más bellas de Turquía. 

Visita imperdible, porque si crees en la magia, tienes que ir a Capadocia. 

Pilar Balcázar

Vivido en Julio, 2014

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Göreme

Por Alfredo Cortes Daza
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Relato del viaje de una pareja a Capadocia y de las anécdotas que tuvieron que vivir en un pueblo de espanto cuando rehusaron entrar en una ciudad subterránea.

Cuando bajábamos de las áridas colinas del centro de la Capadocia, después de visitar Derinkuyu, la ciudad subterránea a la que me resistí a entrar por una claustrofobia inesperada, el guía turístico preguntó si alguien prefería quedarse, por su cuenta, en la pequeña ciudad de Göreme, camino del hotel en Ábanos, o si ya el cansancio reclamaba descansar en el silencio de la habitación. 

Más se demoró el turco en hacer la propuesta que levantarnos los dos de nuestro asiento y bajarnos en la primera esquina de esta población extraña y misteriosa. Y distinta a todo lo que habíamos visto hasta ahora, no solo en Turquía sino en los países adonde nos había llevado nuestra tardía vocación de gitanos. Allí, cada calle decidía su propio derrotero, achicándose o ensanchándose de acuerdo con los caprichos del terreno, o desapareciendo a la entrada de las famosas “chimeneas”, como llaman a esas formaciones fantasmales, altas y delgadas, labradas hace siglos en un descuido de la naturaleza, para asombro y admiración de la humanidad. 

Nos desentendimos del polvorín de las calles y del furioso calor del verano para poder entrar en ese laberinto sobrecogedor donde, al lado de tiendas mal surtidas y ventorrillos de jugos milagrosos, hoteles “boutique” sin estrellas ofrecían comodidades difíciles de creer, más propias de Alí Babá y sus cuarenta ladrones. 

Pero allí estaban y eran muchos, algunos con nombres cargados de historia como el Spelunca (cueva, en latín), como si hubiera sido fundado por un romano en los tiempos remotos del Imperio. 

Más arriba, coronando una pequeña cuesta, una delgada mujer nos invitaba a conocer su hogar, que no era otra cosa que el remate de una “chimenea” convertido en una sola habitación cubierta de alfombras, ya sin fuerzas para emprender el vuelo soñado en nuestra infancia. 

‒Huele y no a ámbar, le dije a mi esposa Elsa, pues allí no se veía nada que se pareciera a un baño y el fuerte olor de la dueña de casa lo confirmaba. 

‒Tenga usted estas monedas, mi señora, y adiós. 

En turco solo sé decir Galatasaray, el nombre del equipo donde jugó Farid Mondragón como portero, de manera que lo único que hice fue pasarle en silencio dos liras a la supuesta odalisca de la chimenea y retomar el camino escaleras abajo. 

Mientras nos resguardábamos del sol bajo un alero primitivo, una voz fuerte y destemplada, como de alguien a quien estuvieran ahorcando, llenó todos los espacios a nuestro alrededor y reafirmó nuestros temores de que aún nos esperaban más sorpresas en este pueblo de espanto. 

Pero no había tal. La población seguía sin inmutarse, como pudimos comprobarlo en una pequeña explanada, a la que llamaban parque, donde envejecían dos árboles añosos y dos bancas de madera descoloridas. A un costado, un minarete esbelto se imponía desde el techo de la mezquita, invitando, casi mejor, obligando a todos a acudir a la oración. 

De allí venía esa voz que se regó por todos los rincones y que me fue sumiendo en una fascinación que luego me dejó perplejo. Sin duda, a un músico de profesión le debía parecer un abuso de estridencias y de pésimos acordes. A mí, un descubrimiento cargado de interrogantes. 

Estaba recibiendo, a través de mis sentidos, la realidad del mundo musulmán, de su religión, definida en un libro escrito por el analfabeta Mahoma bajo la inspiración, el dictado infalible de un ser superior, como en muchas de las grandes religiones.

Y esa era, en el fondo, la razón de ser de ese pequeña y sucia fuente de las abluciones, instalada bajo la sombra de los árboles del parque, donde todos debían ir cinco veces al día a lavarse pies, manos y cara porque así estaba escrito desde el siglo octavo después de Cristo. 

Solo atiné a ver dos ancianos despojándose de sus medias para poder purificar su cuerpo y entrar, con ellas al hombro, a la casa de Alá, el grande, el único, el todopoderoso. 

Era, pues, el mismo dios el que se acercaba al hombre, lo llamaba a comunicarse con Él para que lo alabara, lo bendijera y se postrara sumiso ante su magnificencia, así tuviera que vivir en esta tierra que, de ser la prometida, según el Profeta, habría que pensar más bien en devolverla, porque no había en ella ríos de miel ni cuernos de la abundancia. 

Con mucho sigilo avancé hacia la mezquita. Solo vi hombres dejando sus zapatos en la entrada y, cuando quise seguirlos, fue el mismo Imán quien se interpuso en mi camino. 

Not for tourists…! 

Me volví a poner los zapatos, caminé hasta el parque y me senté, mudo y pensativo, en unas de las bancas milenarias. 

‒¿Cómo te fue?, me dijo Elsa, mientras me ofrecía unos dátiles exquisitos. 

‒Esta tierra ya tiene dueño, le dije. Alá es grande y caprichoso, pero no deja de ser simpático. Hasta muy humano me parece, pues tiene sus preferencias. Es él quien define cuándo y con quién comunicarse. Y está claro que con turistas como nosotros, nunca. Es posible que esta tierra se comprenda mejor desde el aire, desde el globo que ayer nos dejó ver el amanecer, en un cielo azul y libre de parlantes, por donde grita un dios fanático y discriminador.

 Goreme, tierra apasionante y perturbadora, una síntesis quizá de este mundo en que vivimos. En la ciudad subterránea, retazos de frescos pintados por los primeros cristianos mientras se refugiaban allí de sus perseguidores, que no aceptaban el mensaje de Jesucristo. Hasta que Constantino la convirtió (aunque él nunca lo hizo) en religión del Imperio y los papeles se trocaron y fueron los infieles los que tenían que esconderse de las amenazas y condenas de los seguidores del Evangelio. 

Ruinas de la arquitectura romana, y también de la griega y de regiones vecinas, y el recuerdo del imperio otomano que se vive todavía en el aire seco y caliente de esta tarde de verano. 

‒Invítame más bien a un helado, le supliqué a Elsa, antes de que me suba a ese minarete, el más alto de todos, y me dé por gritarle al mundo que hagan lo que quieran con sus dioses y sus religiones, pero que ¡no olviden que los turistas somos gente decente, que nos bañamos todos los días con agua y jabón!

Alfredo Cortés Daza

Mayo, 2022

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