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Hugo Caballero- Magnifica Humanitas

Por Hugo Caballero Durán
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Luego de nuestra tertulia sobre este tema, creemos oportuno compartir individualmente las intervenciones que nuestros compañeros prepararon para esa tertulia, con el fin de ayudar a nuestros lectores a profundizar individualmente en los alcances que encontramos en grupo al mensaje que conlleva este importante documento, en estos momentos de desarrollo de la Inteligencia Artificial.

Las encíclicas pueden tener diversas características: unas son doctrinales, otras pastorales, y otras pertenecen a la doctrina social de la Iglesia porque tratan grandes problemas humanos de cada época.

Haz click aquí para disfrutar de la presentación del Dr. Hugo Caballero, M.D. https://youtu.be/c28hRDWfmbo

Exjesuitas en tertulia, 02 de Julio, 2026

Medicina e inteligencia artificial a la luz de la encíclica Magnifica Humanitas del Papa León XIV

Hugo Caballero Durán. Médico internista y neumólogo.[1]

Las encíclicas pueden tener diversas características: unas son doctrinales, otras pastorales, y otras pertenecen a la doctrina social de la Iglesia porque tratan grandes problemas humanos de cada época.

Esta encíclica es de carácter social. En eso se parece a la Rerum Novarum, publicada por León XIII en 1891. En el numeral 29, la encíclica recuerda que la doctrina social de la Iglesia comenzó a perfilarse como cuerpo orgánico con la Rerum Novarum, y en el numeral 30 afirma que aquella encíclica ofreció un primer gran marco sistemático para responder a la era industrial.

Podríamos decirlo así: Rerum Novarum miró la sociedad industrializada; Magnifica Humanitas mira la sociedad digitalizada.

En el numeral 17, la encíclica recuerda que en cada época las res novae, las “cosas nuevas”, obligan a la doctrina social a dialogar con las preguntas de la historia. Y hoy una de esas grandes preguntas es la inteligencia artificial.

Quisiera centrarme en sus implicaciones médicas: el paciente, la familia, el personal de salud, los datos sanitarios, la relación médico-paciente, la bioética y la regulación.

En el numeral 15, la encíclica advierte que, en la era de la inteligencia artificial, la dignidad humana puede verse amenazada por nuevas formas de deshumanización, y por eso nos invita a permanecer profundamente humanos.

Esto tiene enorme importancia en medicina. En el numeral 93, la encíclica reconoce que la inteligencia artificial, las ciencias cognitivas, la nanotecnología, la robótica y la biotecnología pueden ayudar al desarrollo humano integral. En salud, esto puede traducirse en mejores diagnósticos, lectura de imágenes, análisis de grandes bases de datos, predicción de riesgos, medicina de precisión, investigación, vigilancia epidemiológica, educación médica y apoyo a regiones con menos médicos o menos especialistas.

Pero el mismo numeral 93 advierte que, precisamente por su poder, estas tecnologías necesitan un marco ético y político. Allí se cita a Romano Guardini, quien recuerda que “el hombre moderno no está preparado para utilizar el poder con acierto”.

En el numeral 102, la encíclica recuerda que el uso de la inteligencia artificial nunca es un asunto puramente técnico, porque cuando incide en la vida de las personas afecta derechos, oportunidades, reputación y libertad.

En medicina afecta, además, el cuerpo, la intimidad, la enfermedad, el pronóstico, la familia y las esperanzas del paciente. Uno de los puntos más directamente médicos aparece en el numeral 178. Allí la encíclica habla de una forma de colonialismo digital y menciona los flujos sanitarios, los perfiles epidemiológicos, los mapas genéticos y los datos demográficos. Es decir: la circulación de información de salud, los patrones de enfermedad de las poblaciones, la información genética de las personas y los datos sobre edad, sexo, territorio y las condiciones sociales.

Esto nos obliga a preguntarnos: ¿quién posee los datos del paciente?, ¿quién los analiza?, ¿con qué consentimiento?, ¿con qué finalidad?, ¿con qué regulación? y ¿con qué posibilidad de corrección?

Aquí entra la bioética. La encíclica no desarrolla su reflexión con el lenguaje clásico de la bioética médica, pero sus preocupaciones coinciden claramente con sus cuatro principios fundamentales: autonomía, beneficencia, no maleficencia y justicia.

La autonomía se relaciona con el numeral 171, donde la encíclica advierte que la recolección masiva de datos permite perfilar, prever y orientar comportamientos, muchas veces sin plena conciencia de las personas. En medicina, esto exige un consentimiento informado real: que el paciente sepa qué datos se recogen, para qué se usan, quién los conserva y qué riesgos implican.

La beneficencia significa orientar la tecnología al bien del paciente. A la luz del numeral 93, la inteligencia artificial puede curar, conectar, educar y cuidar, siempre que no esté al servicio exclusivo de la ciencia, del lucro o de la sustitución del encuentro humano.

La no maleficencia —no hacer daño— aparece con fuerza en el numeral 104, cuando la encíclica afirma que la inteligencia artificial no puede considerarse moralmente neutra. En medicina, esto significa que un algoritmo puede equivocarse, sesgarse o causar daño si se usa sin supervisión humana.

La justicia aparece en el numeral 96, cuando la encíclica pregunta si los algoritmos protegen a los vulnerables y aseguran un acceso equitativo a las oportunidades. Y también en el numeral 164, cuando exige que las decisiones basadas en datos sean comprensibles, cuestionables y sometidas a control, para que la persona no quede reducida a un perfil.

La inteligencia artificial en medicina necesita regulación. En el numeral 5, la encíclica pide instrumentos normativos adecuados. Y en el numeral 106 afirma que no basta invocar la ética en general: se requieren marcos jurídicos, vigilancia independiente, educación de los usuarios y responsabilidad política.

En salud esto implica proteger la historia clínica, auditar los algoritmos y garantizar que toda decisión pueda ser explicada, cuestionada y corregida.

La encíclica se refiere también a dos imágenes bíblicas: la torre de Babel y los muros de Jerusalén. No son adornos literarios, sino dos caminos posibles ante la inteligencia artificial.

En el numeral 7, Babel aparece como obra de poder, uniformidad y autosuficiencia. En medicina, Babel sería una inteligencia artificial que pretende saberlo todo, medirlo todo y decidirlo todo, pero termina reduciendo al paciente a un dato, al médico a un operador y a la familia a una espectadora pasiva.

En el numeral 8, los muros de Jerusalén aparecen como reconstrucción, cuidado y responsabilidad compartida. En salud, necesitamos precisamente esas murallas éticas: autonomía, consentimiento informado, confidencialidad, justicia, transparencia, responsabilidad profesional y acceso equitativo.

A manera de conclusión, diría tres cosas. Primero: Magnifica Humanitas continúa la tradición de las grandes encíclicas sociales. Si la Rerum Novarum reflexionó sobre la sociedad industrial, esta encíclica reflexiona sobre la sociedad digitalizada.

Segundo: en medicina, la inteligencia artificial puede ser una ayuda extraordinaria, pero sólo si respeta la dignidad del paciente, la responsabilidad del personal de salud y el papel humano de la familia.

Tercero: la bioética, la regulación y la justicia no deben verse como frenos al progreso. Son las murallas necesarias para que la tecnología no se convierta en una nueva Babel, sino en una herramienta verdaderamente humana al servicio del cuidado.

Y finalmente: la inteligencia artificial debe ser una ayuda, no un sustituto; un instrumento de cuidado, no un mecanismo de deshumanización.


[1] Mencionaré algunos numerales de la encíclica, para que quien desee consultar después estas notas, pueda encontrar con facilidad a qué hago referencia.

Hugo Caballero, M.D.

Julio, 2026

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