Desde hace algún tiempo siento la necesidad de un cambio de ruta. Me refiero al ámbito de la escritura, esencial para mi vida, casi que la cotidiana, en los últimos años.
“Guasapiando” con Rodolfo de Roux, a quien volví a encontrar gracias a nuestro blog -fuimos compañeros de ordenación presbiteral en 1975, del siglo pasado por supuesto-, intuí que ese cambio iba del ambiente de la investigación dura, la académica en la que he continuado moviéndome desde que llegué a Italia, a otra que se interese por las vías que tantos proponen hoy: la levedad del ser, el equilibrio ecológico, la post-verdad, la lentitud, las múltiples versiones del arte, la resiliencia… en fin, el camino de un aprendizaje de la lectura del mundo que hoy compartimos y que por eso demanda una acuciosa consideración. Alcanzo a intuir que este tipo de escritura me enriquece mayormente pues me abre a la realidad inmediata, a ratos angustiosa y otras veces desafiante, y puede ayudarme a dialogar mejor con los amigos, los compañeros y los habitantes del planeta que continúo habitando.
En realidad, el título de la columna me lo ha sugerido de alguna manera la ya creada por Rodolfo, pero sobre todo la que en un periódico (italiano) trae un colaborador habitual de la revista del viernes que se edita con ese diario: Cronache celesti, en buen español “crónicas celestiales”, que reportan acontecimientos y significados de lo que llamamos el hecho religioso en sus múltiples facetas.
La que estoy iniciando, Crónicas de arriba desde abajo, quiere afrontar ese hecho religioso (que todavía pretendemos ubicar en el mundo de arriba) desde la madre tierra que frecuentamos todos los días (que todavía insistimos en ubicar en el mundo de abajo). Enfatizar la necesaria interdependencia de ambas ópticas de la única realidad, hoy cargadas de ideologías y de mitos, es lo que buscan estas líneas. Porque la experiencia de los años vivida en la Compañía me obliga a tener en cuenta que los compañeros jesuitas han tenido que vérselas, como del resto cualquier cristiano, con tomar en serio el cuidado de las miserias y las bellezas de la tierra en que actuaron y actúan.
Espero no solo ser fiel a lo que desde ahora me propongo sino, sobre todo, recibir los comentarios y críticas de los compañeros exjesuitas y de cuantos se benefician de nuestro blog.
Crónicas de arriba desde abajo – Muebles en el reino de los cielos
El problema con el cielo es que como ninguno ha tenido acceso a él -el firmamento resulta ser otra cosa-, sabemos bien poco de su diseño.
Porque cuanto no logramos conocer con certeza, si lo deseamos, hace de acicate para la imaginación. Que a veces se reduce a lo elemental, a lo inmediato: el niño hambriento que, en la Gaza asediada sin alimentos, quería ir al cielo para allí poder comer, explica las tantas imágenes que nos hacemos del que llamamos el paraíso.
Una mirada al evangelio suscita todavía más dudas. “El reino de los cielos se parece a…, es semejante a…” una boda, una cena con el grupo de amigos, una moneda de gran valor, un campo estupendamente cultivado, un redil… Las viejas iglesias barrocas solían pintar, al interior de la cúpula, un ejército de bienaventurados, ellas y ellos, acompañados de ángeles de todas las especies. Hoy por hoy los que viven en clima cálido lo prefieren cálido, los residentes en tierras frías lo prefierem fresco. Y así por el estilo. A la postre quedamos sin enterarnos con certeza del paisaje que allí nos espera. Pero son pocos los que se han ocupado del mobiliario que quisieran encontrar en el lugar.
A los que entienden de teología y de historia de las culturas tales preocupaciones les provocan tan solo una sonrisa indulgente. Sorprende, sin embargo, un hecho. Cuantos han tenido que dejar de repente las cuatro paredes donde vivían por un desastre “natural” como la avalancha de agua que sumergió a Nueva Orléans hace justamente veinte años, por una guerra como la de Ucraina o el Congo, por la violencia como en Colombia, por una operación limpieza como la que martiriza a los palestinos en el trozo de país que todavía resiste, todos ellos sin excepción esperan que sus nuevas casas -cuando logran adquirirlas después de saberlas destruidas- sean similares de alguna manera a las que ya tenían. Y no solo en la portada, también en el interior. Porque desean poder disponer sus muebles, recientes o ya usados, como mejor les parece: es en ellos donde al fin trascurrirán buena parte de sus vidas, donde tejerán relaciones familiares y harán amistades. Él dirá que tanto mejor si el mobiliario guarda algún parecido con la poltrona desde la que veía la televisión, ella que se asemeje a la sala donde se encontraba con sus vecinas, los jóvenes una red para el wifide al menos 5G.
Quizá por eso la liturgia católica de los difuntos, en ocasiones menos creativa que la del evangelio, ha preferido afirmar que tras la muerte “adquirimos una mansión eterna en el cielo” – en realidad la imagen nació en una de las cartas de Pedro-.
Lo de mansión tiene cierto tufillo de predilección por las clases altas, pero en fin… Digamos más bien, una casa que jamás caerá en ruina. El problema esencial sigue en pie: ¿cómo serán los muebles? ¿y el piano?
PD. Va un sinfónico reconocimiento a mi amigo Hernán, artista. Al revisar el texto original protestó, indignadísimo según él: “¿Cómo imaginar la trascendencia, el cielo y demás espacios divinos cuasi olímpicos sin considerar un piano?”.
Alberto Echeverri
Septiembre, 2025


11 Comentarios
Alberto, larga vida le deseo a las “Crónicas de arriba, desde abajo”. Excelente este agudo comienzo.
Alberto: Me fascina la idea de considerar el piano, como instrumento y como símbolo de la música en la imaginación construida del paraíso. De hecho el piano y la música como mecanismo de acercamiento al paraíso los tenemos en la tierra. Cordial saludo. Hernando
Bien por el piano, querido Hernando. Ayer estuvimos en un concierto idem, 16 años, Mattias Antonio Glavinic, italo-croata, vencedor a los 8 años de un concurso internacional. en Dobbiaco (Italia), la patria de Mahler. Un abrazo.
Querido Alberto, por mi parte, cuando me reclino en el sillón que mi hijo le compró a un amigo cuando emigraba a otro país,
escuchando música que me regaló mi amigo Hernando (de Mozart quien nació cerca de Bavaria, donde vive mi hija hace años) o visualizando a los niños de Gaza o a los hambrientos pero risueños del Chocó, mientras mi señora duerme todavía plácidamente… me siento ya anticipadamente en el Cielo, al que “llegaremos” un día. Saludos a Grazia.
Solo un español podía escribir así. Aleluya por Falla, Albéniz y otros muchos. Un abrazo.
Alberto, el ser humano utiliza los símbolos para tratar de explicar y entender no sólo el mundo, sino la vida toda. Tal es el símbolo del cielo del que todos tenemos una versión personal de acuerdo a nuestras necesidades fisiológicas o espirituales. Esa versión de que dios es la Naturaleza y por lo tanto sería también el cielo, me produce tranquilidad con respecto a ese paso al más allá donde encontraré un lugar en la Ultratumba de Rodolfo Ramón…
Amigo Joh, no estás lejos del reino de los cielos, diría el oriental aquel. Un abrazo.
Hola, Alberto. Un gusto escucharte de nuevo. Te sugiero que, para la adecuación del mobiliario para habitar en el cielo, nos quiten la premisa de “escoger lo peor de casa”. Claro que uno espera que “lo peor” en el Cielo va a ser mucho mejor que en la tierra. Espero conseguir boleto para entrar, aunque es más fácil visitar la “Ultratumba” de Rodolfo, donde solo nos piden picardía para entender a Sofrosina y Linguacuta.
Algo más que picardía, Humberto. Tengo un estupendo recuerdo tuyo en esos años esejotas. Y como escog´sias lo peor de casa, mira que te encontrase con las amigas de Rodolfo, que sn de lo mejorcito. Un abrazo
Querido Humberto, para no escoger lo peor de casa hay que utilizar el piano. No he podido lograrlo pues me gané el concurso de tarros en Villa Gonzaga. Me consuelo con que Maria Grazia sabe tocarlo (“suonare il pianoforte”, sonarlo, dicen los italianos). Un abrazo.
Años pensando en ti y repitiéndome: “voy a buscarlo para saludarlo”… cuando finalmente “pongo los medios”, me topo con este escrito que recibo como un regalo “de arriba, desde abajo”… ¡Enhorabuena para tutti! (Abrazo desde Venezuela)