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Edna Bonilla

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Cerca de 30 candidatos aspiran hoy a la Presidencia de la República. Sin embargo, salvo contadas excepciones, no se han presentado propuestas sólidas y estructurales sobre educación. 

La campaña avanza entre polarizaciones, encuestas, discusiones encendidas y debates que rara vez van más allá del titular o la consigna. Y en medio de esa disputa por el aplauso inmediato, la educación ‒tema crucial para el futuro del país‒ sale del centro de la conversación pública. Esta ausencia no se debe a falta de diagnósticos o de ideas, sino a que hablar de educación en serio exige una mirada estructural.

La educación no es un sector más de la política pública. Es el principal mecanismo de movilidad social. Incide en la productividad del país y en la cohesión democrática. En el debate electoral, cuando la educación aparece, las propuestas se reducen a promesas de cobertura, gratuidad o infraestructura. Pocas veces se discute el sistema que hace posible ‒o frustra‒ esos propósitos. Es notoria la falta de una visión integral.

Las campañas privilegian lo inmediato. La educación exige pensar en décadas. Cuando el debate público se encierra en trincheras, los temas estructurales tienden a desaparecer de la conversación y la educación suele ser uno de ellos. Por eso resulta especialmente valioso que, en medio del ruido de la campaña, aparezcan trabajos ‒ya se conocen varios‒ que ordenan la evidencia y proponen decisiones concretas.

Esta semana se publicó un libro que debería entrar de lleno en la conversación pública. Su título es Decisiones que cambian la educación. De la preocupación a la acción, de la Fundación Empresarios por la Educación. Es un ejercicio construido desde la gestión del conocimiento y el territorio que reúne voces diversas para que el sistema educativo no solo funcione, sino que aprenda.

El libro propone una arquitectura clara, organizada en cinco capítulos ‒uno dedicado a las trayectorias educativas y cuatro a los habilitadores del sistema‒ y, en cada uno, tres momentos deliberados. El primero es la “visión desde el hacer”, basada en entrevistas con actores del sistema. Luego se presenta un diagnóstico de aprendizajes acumulados y desafíos persistentes. Y en el tercer momento formula la pregunta “¿qué hacer?”, que traduce ese diagnóstico en decisiones concretas. No es una conversación abstracta. El texto recoge aportes de expertos, académicos, docentes, directivos y responsables de política pública, integrando experiencias diversas del sistema educativo colombiano.

Su punto de partida es tan sencillo como incómodo. Colombia no carece de diagnósticos en educación. Hacen falta decisiones coherentes y sostenidas. Es lo que el libro llama “la paradoja de lo obvio”. Sabemos qué funciona y dónde están los nudos, pero no damos el salto hacia transformaciones estructurales. De allí nace una idea central: pensar la educación como una trayectoria. No basta con ampliar el acceso en un tramo si el sistema pierde estudiantes ‒o aprendizajes‒ en el siguiente tramo. Y aquí el diagnóstico es contundente.

En materia de aprendizajes, las evaluaciones internacionales muestran avances modestos, pero también rezagos persistentes. En las pruebas PISA, más de la mitad de los estudiantes colombianos no alcanza niveles mínimos en lectura y cerca de 70 % queda por debajo del nivel esperado en matemáticas. Las evaluaciones regionales muestran un patrón similar. En tercer grado, más de un tercio de los estudiantes no alcanza los niveles básicos en lectura y cerca de la mitad en matemáticas. En sexto grado esas proporciones son aún mayores.

Las trayectorias educativas tampoco son lineales. Aunque el tránsito inmediato de la educación media a la superior ha mejorado en los últimos años ‒pasando de 39,7 % en 2019 a 45,9 % en 2024‒ la mitad de los jóvenes está por fuera de esa transición. Y las brechas territoriales son profundas. Mientras en algunos territorios la cobertura supera el 60 %, en otros apenas llega a cifras de un dígito.

El sistema también enfrenta dificultades para conectarse con el mundo del trabajo. El desempleo juvenil supera el 17 %. Y cerca de 2,6 millones de jóvenes ‒alrededor de 23 %‒ no estudian ni trabajan. Incluso en los primeros años de vida persisten brechas importantes. Aunque la cobertura de atención integral a la primera infancia ha crecido, las desigualdades territoriales siguen siendo marcadas.

Con ese diagnóstico, el libro no se queda en la descripción del problema. Su tesis es que mejorar la calidad educativa no depende de una sola reforma; exige activar de manera articulada cuatro habilitadores del sistema: gobernanza, talento humano, evaluación y gestión de información.

El libro muestra que la transformación educativa ocurre cuando reglas claras, capacidades humanas, evidencia y decisiones logran alinearse. Cuando eso sucede, el sistema educativo puede hacer algo que hoy suena extraño: aprender de sí mismo y mejorar de manera sostenida.

La primera decisión es de gobernanza. La educación colombiana es uno de los sistemas públicos más descentralizados del Estado, pero esa descentralización convive con una ambigüedad persistente sobre quién decide qué, con qué instrumentos y con qué responsabilidades. El libro propone superar esa ambigüedad, creando una arquitectura clara de decisiones que incluye competencias definidas entre nación y territorios, coordinación efectiva entre niveles de gobierno y responsabilidades visibles frente a los resultados educativos.

La segunda decisión es poner en el centro al talento humano. El corazón del sistema educativo es la calidad de sus docentes y directivos. Esta afirmación solo se convierte en política pública cuando se traduce en decisiones concretas como la formación inicial rigurosa, el desarrollo profesional continuo, el acompañamiento pedagógico en las escuelas y el fortalecimiento del liderazgo directivo.

La tercera decisión es recuperar el sentido de la evaluación. Evaluar no es castigar ni etiquetar a las instituciones. Es una herramienta para garantizar que se esté cumpliendo el derecho a aprender. Los sistemas mejoran cuando usan la evaluación como el instrumento privilegiado de un aprendizaje colectivo.

La cuarta decisión es transformar la información en inteligencia institucional. Durante años, el país ha ido mejorando la información, pero todavía no se convierte en inteligencia para decidir a tiempo, anticipar problemas y orientar recursos donde más se necesitan.

A lo anterior habría que agregarle la decisión de financiar la calidad educativa. Los recursos destinados a este propósito apenas representan una fracción del gasto educativo total. Sin calidad no habrá transformaciones educativas significativas.

El mérito del libro es que no presenta estas dimensiones como un catálogo de buenas intenciones, sino que las analiza desde una perspectiva coherente y sostenida. El mensaje final del libro es tan simple como exigente. El diagnóstico ya está hecho, así que hace falta decidir.

Si hay cerca de 30 candidatos en contienda y la educación sigue ausente del centro del debate, no es solo porque los aspirantes la eviten. También ocurre porque la sociedad no la exige con la misma intensidad con la que reclama seguridad, salud, empleo o crecimiento económico. Las campañas suelen seguir el ritmo de las demandas públicas. Tal vez ha llegado el momento de cambiar esa conversación y exigir.

En lugar de preguntar a los candidatos si la educación es importante ‒todos dirán que sí‒ la pregunta debería ser otra: ¿qué decisiones concretas están dispuestos a tomar para garantizar trayectorias educativas completas? ¿Cómo van a fortalecer el talento humano del sistema, usar la evaluación para mejorar los aprendizajes, convertir la información en inteligencia para decidir mejor y financiar de manera sostenida la calidad educativa? Sin respuestas claras a estas preguntas, cualquier promesa educativa seguirá siendo apenas retórica de campaña. Si no ponemos la educación en el centro del debate electoral, no deberíamos sorprendernos cuando el futuro llegue sin decisiones.

Posdata. Los llamados Archivos Epstein han vuelto al debate público. Miles de páginas que siguen revelando redes de poder y silencio alrededor de uno de los escándalos más graves de explotación sexual de menores en el mundo. Entre esos documentos aparece mencionado también el expresidente Andrés Pastrana. No corresponde aquí adelantar juicios, pero en una democracia rige una regla elemental: ante preguntas legítimas sobre quienes han ejercido el poder público, lo que corresponde es explicar. La transparencia no es una concesión. Es una obligación democrática.

Edna Bonilla

Publicado en la revista CAMBIO, Colombia

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Esta columna ya estaba escrita cuando se conoció el fallo del Tribunal Superior de Bogotá sobre la rectoría de la Universidad Nacional de Colombia. Pero hay momentos en la vida institucional de un país que obligan a detenerse, a volver sobre lo escrito y a reconocer que algo más profundo está en juego. Este es uno de esos momentos. Por esa razón, esta columna aborda dos asuntos distintos, pero profundamente conectados con el futuro institucional del país: La autonomía universitaria y la decisión de Colombia frente a PISA.

La Universidad Nacional recupera su autonomía

Durante el último año y medio he escrito en este mismo espacio sobre una de las crisis institucionales más graves en la historia reciente de la Universidad Nacional. Lo he hecho como profesora, como egresada y como ciudadana convencida de que las universidades públicas son pilares de la democracia. He advertido, con preocupación, que el desconocimiento de las reglas y la instrumentalización política de las instituciones educativas no solo afectan a una universidad, sino que debilitan la confianza en el Estado de derecho. Lo ocurrido en los últimos meses en la Universidad Nacional merece una reflexión seria sobre el respeto a sus reglas y a su gobernanza. 

Esta crisis se originó en decisiones del gobierno nacional durante la disputa por la rectoría, tras la designación legal del profesor José Ismael Peña por el Consejo Superior Universitario en marzo de 2024. Lo que debió resolverse dentro de los cauces institucionales derivó en una cadena de decisiones que desconocieron actos administrativos en firme, alteraron la composición del propio Consejo y culminaron en la designación posterior ilegal de otro rector, en abierto irrespeto a las reglas y al debido proceso. 

Como advertí en mis columnas anteriores en este mismo espacio, la politización del proceso, las presiones externas y la instrumentalización de la Universidad no solo vulneraron su autonomía, sino que erosionaron la confianza en sus órganos de gobierno y afectaron la vida académica de miles de estudiantes y profesores. Las posteriores sentencias del Consejo de Estado que confirmaron la legalidad de la elección original y anularon la designación posterior, dejaron en evidencia que lo que estaba en juego no era un nombre propio, sino la vigencia misma de las reglas que sostienen la autonomía universitaria y, con ella, uno de los pilares del Estado de derecho.

El fallo conocido esta semana reafirma un principio esencial. En una democracia, las reglas se respetan y la autonomía universitaria no es una concesión del poder político, sino una garantía constitucional. No es un asunto administrativo menor. Es un recordatorio de que las universidades existen para producir conocimiento, formar ciudadanos libres y contribuir al futuro del país.

Las instituciones educativas no pertenecen a los gobiernos de turno. Son patrimonio de la sociedad. Su autonomía no es un privilegio corporativo. Es una garantía democrática. Las decisiones judiciales no son declaraciones simbólicas. Se trata de mandatos de obligatorio cumplimiento. Después de dos fallos del Consejo de Estado y de la tutela que ordena restablecer el ejercicio pleno de la rectoría conforme a la legalidad, corresponde ahora a las autoridades universitarias actuar con responsabilidad institucional. Enhorabuena, el Tribunal reafirma con claridad que el procedimiento de nombramiento del rector fue adecuado y que se respetaron las normas. 

El Consejo Superior Universitario no puede seguir negando la legalidad y legitimidad del profesor José Ismael Peña. No puede dar largas con interpretaciones que desconozcan el alcance de las decisiones judiciales. Los nombramientos realizados en contravía de la legalidad deben dar paso a un proceso de empalme ordenado, transparente y respetuoso de la institucionalidad. El gobierno debe aprender una lección fundamental: las reglas de las universidades se respetan y los mecanismos de inspección, vigilancia y control, que son los que le competen, deben aplicarse con rigurosidad y no para buscar beneficios políticos.

Hoy, sobre todo, la Universidad debe concentrarse en lo esencial, que es garantizar la continuidad de su misión académica. Detrás de esta crisis hay 56.000 estudiantes y 3.000 profesores de planta que, lejos del ruido público, sostienen cotidianamente el proyecto intelectual más importante del país. La normalidad institucional no es un asunto administrativo. Es una condición para que la Universidad pueda cumplir su misión. Hoy, más que nunca, hay que escuchar a los jóvenes, profesores y miembros de la comunidad universitaria que, lejos del ruido político, queremos continuar con nuestras clases, nuestra investigación y nuestro proyecto académico, y a una sociedad que necesita que las universidades sigan siendo el faro ético e intelectual del país.

Colombia y PISA en educación financiera: una deuda que sigue creciendo

En un contexto marcado por transformaciones tecnológicas, cambios en el mercado laboral y la expansión acelerada de los servicios financieros digitales, la educación económica y financiera se ha convertido en una capacidad esencial para el bienestar individual y colectivo. No se trata únicamente de comprender conceptos abstractos, sino de poder tomar decisiones cotidianas sobre ahorro, endeudamiento, inversión y protección frente a riesgos económicos.

Sin embargo, la evidencia muestra que Colombia enfrenta una brecha estructural en materia de educación financiera. La Encuesta Carga Financiera y Educación Financiera de los Hogares del DANE reveló que 48% de los colombianos tiene dificultades para calcular una tasa de interés simple y que el 60,3% no logra identificar el efecto de la inflación sobre el poder adquisitivo. Más recientemente, una investigación del Banco de la República evidenció que apenas el 16,4% de la población responde las preguntas básicas de conocimiento financiero que son utilizadas como referencia internacional.

La Superintendencia Financiera de Colombia, en su Encuesta sobre las Preferencias de los Consumidores Financieros (2024), encontró que el 78% de las personas nunca ha recibido educación financiera, solo el 56% elabora un presupuesto mensual y menos de la mitad ahorró durante el último año. Estas cifras reflejan una población que participa crecientemente en el sistema financiero, pero sin las herramientas necesarias para hacerlo de manera informada y segura.

Las brechas educativas agravan este panorama. Según los resultados de las pruebas SABER 11 de 2024, menos del 5% de los estudiantes rurales alcanza los niveles superiores en matemáticas, frente a 27 % de los estudiantes del nivel socioeconómico más alto en zonas urbanas. Estas desigualdades no solo reflejan diferencias en el presente, sino que anticipan profundas brechas futuras en la capacidad de tomar decisiones económicas informadas.

La evidencia internacional es concluyente. La Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económicos (OCDE) ha demostrado que las personas con mayores niveles de alfabetización financiera enfrentan mejor las crisis económicas, toman decisiones más eficientes y logran trayectorias económicas estables. Investigaciones lideradas por especialistas como Annamaria Lusardi han mostrado que una proporción significativa de las desigualdades en el bienestar económico puede explicarse por diferencias en la educación financiera.

La educación financiera no es un lujo tecnocrático. Es una herramienta esencial de ciudadanía, equidad y libertad. En este contexto, las pruebas PISA se han consolidado como uno de los instrumentos más importantes para evaluar si los sistemas educativos están preparando a sus estudiantes para enfrentar los desafíos del mundo contemporáneo. Desde 2012, PISA evalúa de manera específica las competencias financieras de los jóvenes de 15 años, midiendo su capacidad para comprender conceptos financieros y aplicarlos en situaciones reales.

Colombia participó en esta evaluación una sola vez, en 2012 y el resultado fue alarmante. El país obtuvo el puntaje más bajo entre los participantes y 56,5% de los estudiantes no alcanzó el nivel mínimo de competencia financiera. Más preocupante aún, desde entonces el país tomó la decisión de no volver a participar. Durante más de una década, Colombia ha renunciado a una de las herramientas más importantes para evaluar si está formando ciudadanos capaces de tomar decisiones económicas informadas.

Mientras tanto, otros países de América Latina han avanzado. Chile, Brasil y Perú han incorporado la educación financiera en sus currículos nacionales y han utilizado evaluaciones internacionales para mejorar sus políticas educativas. Colombia, en contraste, carece hoy de información comparable que permita evaluar su progreso.

La próxima aplicación de PISA se realizará en 2029. Colombia ya recibió la invitación por parte de la organización de la prueba y debe manifestar su interés antes de finalizar este mes para definir su participación. Esta no es una decisión administrativa más. Es una definición sobre el lugar que ocupa el conocimiento en las prioridades del país. Corresponde ahora al ICFES y al Ministerio de Educación Nacional manifestar oportunamente el interés del país en hacerlo. Desde la Comisión intersectorial para la inclusión y educación económica y financiera este tema ha sido planteado de manera reiterada a lo largo de distintos gobiernos, sin que hasta ahora se haya traducido en una decisión concreta. En ese contexto, resulta clave que la centralidad que el actual Gobierno le ha otorgado a la educación se refleje también en esta decisión. Diversas entidades, pero principalmente la Banca de las Oportunidades y la Superintendencia Financiera de Colombia, apoyan esta decisión. 

Retomar la participación en las pruebas PISA es una decisión impostergable, por al menos cinco razones fundamentales. Primero, porque permite contar con un diagnóstico riguroso y comparable internacionalmente. Sin medición, no hay forma de saber si estamos avanzando o retrocediendo. Segundo, porque el entorno financiero ha cambiado radicalmente. La expansión de los pagos digitales, el crédito en línea y las nuevas formas de interacción financiera exigen nuevas capacidades. Tercero, porque la educación financiera es un determinante clave de la equidad. Sin estas capacidades, las brechas sociales tienden a ampliarse. Cuarto, porque participar en PISA permite aprender de otros países y fortalecer las políticas educativas nacionales. Y quinto, porque los costos de no hacerlo son enormes. El sobreendeudamiento, la vulnerabilidad frente al fraude y las malas decisiones económicas tienen consecuencias profundas y duraderas.

Los países que se miden son los países que aprenden. Y los países que aprenden son los que construyen instituciones más fuertes, economías más equitativas y democracias más sólidas.

A modo de conclusión

Colombia aún está a tiempo. Proteger sus universidades, respetar sus reglas y decidir medirse frente al mundo no son acciones aisladas. Son decisiones que definen el tipo de país que queremos ser. Son expresiones de una misma convicción: que el conocimiento, la evidencia y el respeto por las instituciones deben estar en el centro del proyecto de país.

Posdata. En sus 140 años de historia la Universidad Externado de Colombia ha sido un referente en la defensa de los principios republicanos, la libertad de cátedra y el respeto por la pluralidad de ideas. Su trayectoria recuerda que el sistema universitario colombiano, basado en la coexistencia de instituciones públicas y privadas, es una fortaleza de nuestra democracia. Es una expresión de la libertad de enseñanza y del valor del conocimiento que se construye desde distintas tradiciones institucionales. Universidades como el Externado han contribuido, desde el ámbito privado, a formar generaciones comprometidas con el pensamiento crítico y el Estado de derecho. Feliz aniversario.

Publicado en la revista CAMBIO, Colombia

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“Uno se vuelve feminista con su historia, por eso hay miles de maneras de ser feministas”. Florence Thomas.

Hay límites que ningún poder debería cruzar. Uno de ellos es el respeto a las mujeres. En el reciente discurso en el Hospital San Juan de Dios, el presidente Gustavo Petro habló de la vida, del cuidado y de la salud pública –causas que comparto plenamente- pero al mismo tiempo terminó maltratando al cuerpo femenino y a la sexualidad.

En medio de un acto oficial para anunciar que el gobierno nacional y la alcaldía de Bogotá llegaron a un acuerdo para intervenir, por fin, el histórico centro hospitalario, escuchamos frases como: “Los hombres inteligentes siempre son amados por las mujeres, no importa cómo sea su cuerpo”. O reflexiones sobre cómo “se conquista a las mujeres”, con comparaciones entre mujeres europeas y “la mujer latina, que es mucho más hermosa”. También afirmaciones como: “Yo creo que Jesús hizo el amor, sí. A lo mejor con María Magdalena”, seguidas de otra frase todavía más perturbadora: “Él no murió como Bolívar, murió rodeado de las mujeres que lo amaban. Y eran muchas”.

Hubo además referencias explícitas a la cama y a la intimidad. “No me interesa qué hizo el señor Trump en la cama…, ni a ningún periodista chismoso le debe interesar qué hago yo en la cama”, y una frase presentada como defensa de la libertad: “El poder no se puede meter en la cama íntima, porque muere la libertad en el mundo inmediatamente y nos convertimos automáticamente de nuevo en esclavas y esclavos”. Incluso comentarios sobre el personal del hospital que contrastaban trabajadoras “antiguas y maltrechas” con personal “joven y hermoso”. Ninguna de estas frases es casual. Una cosa es defender la vida. Y otra muy distinta es convertir el cuerpo de las mujeres en símbolo, argumento o pedagogía política.

No se trata de corrección política. Se trata de dignidad. Las mujeres no somos metáforas. No somos territorios para explicar la desigualdad, ni atajos retóricos para hablar de transformación social. Somos sujetos de derechos.

Cuando el poder habla sobre las mujeres en lugar de hablar con ellas, y recurre a la sexualidad de manera irrespetuosa, termina reproduciendo una vieja forma de dominación simbólica. Y es más grave que lo haga un presidente que reitera la narrativa del cambio. Peor, cuando este discurso abusivo no está acompañado de políticas públicas que garanticen derechos esenciales como las trayectorias educativas completas para niñas y jóvenes, autonomía económica, empleo digno, acceso efectivo a salud sexual y reproductiva, y una vida libre de violencias.

Es inaceptable hablar del cuerpo sin referirse al poder que continuamente se ejerce contra él. No se puede predicar la vida sin referirse a la libertad. Es peligroso ponderar el cuidado sin respetar la dignidad del otro.

Las palabras importan. No son neutras. Construyen marcos, habilitan sentidos y normalizan prácticas. Por eso preocupa escuchar expresiones que naturalizan el cuerpo femenino y lo instrumentalizan desde la tarima presidencial. Es incomprensible que este manejo equivocado de la sexualidad aparezca como un recurso pedagógico del cambio. Preocupa que la mujer sea presentada como conquista o sacrificio, pero no como ciudadana plena, autónoma y con proyectos propios. Es inaceptable que numerosas mujeres que forman parte del movimiento político del presidente –o son sus fervientes seguidoras– opten por un ensordecedor silencio o, peor aún, sonrían o minimicen esas actitudes.

No necesitamos que nos expliquen desde el poder qué significa ser mujer. Exigimos políticas que amplíen nuestras libertades reales. La historia de Colombia está marcada por una violencia persistente contra las mujeres que ha sido física, económica y simbólica. Esa violencia no empieza con los golpes. Comienza cuando se nos reduce a roles y se habla de nosotras sin aceptar que somos sujetos de decisión. Por eso el respeto no es un detalle del discurso. Es un principio democrático. Ningún proyecto político que aspire a transformar el país puede permitirse cruzar esa línea.

Porque el problema no es solo el lenguaje. Es el poder que ese lenguaje expresa. Un gobierno que usa el cuerpo femenino en su discurso está llamado a mostrar, con igual énfasis, las alternativas que pueden garantizarles autonomía a las mujeres. Un presidente que invoca la vida tiene la responsabilidad política de crear condiciones materiales para disfrutarla con dignidad. Y un proyecto que se dice transformador no puede quedarse en metáforas, mientras millones de mujeres siguen atrapadas entre la informalidad, el cuidado no remunerado, la deserción educativa y la violencia cotidiana. No basta con conmover. Es necesario gobernar.

Gobernar es asegurar trayectorias educativas completas para niñas y jóvenes. Es crear empleo formal femenino y oportunidades reales de ingreso propio. Es avanzar en corresponsabilidad del cuidado. Es garantizar una política integral de salud sexual y reproductiva. Es traducir la igualdad en presupuesto, programas, metas y resultados medibles.

Tal vez por eso incomoda tanto este episodio, porque pone en evidencia que la transformación no empieza en el discurso, sino en la forma como se reconoce al otro. También revela que todavía cuesta ver a la mujer como un sujeto político pleno y no como símbolo del dolor o de la desesperanza colectiva. Indigna que, en pleno siglo XXI, tengamos que insistir en un postulado tan básico en una democracia. El respeto a las mujeres no es un asunto cultural ni un debate accesorio. Es una prueba de coherencia democrática.

Si este gobierno quería liderar una transformación profunda, debería haber comenzado por escucharnos, tratarnos con respeto, como iguales, y convertir la palabra en política pública. Menos retórica sobre nuestros cuerpos. Más derechos garantizados. Menos metáforas. Más Estado que amplíe libertades reales. 

Porque el verdadero cambio empieza cuando una niña puede acceder y completar su trayectoria educativa, cuando una joven consigue su primer empleo formal, cuando una mujer tiene ingresos propios y tiempo para sí misma, cuando el cuidado deja de ser una carga invisible y se convierte en una responsabilidad compartida. Empieza cuando la política pública crea oportunidades reales y sostenidas. No cuando el discurso busca conmovernos o sacar aplausos. 

El país democrático que vale la pena construir es uno donde las mujeres no somos símbolo del pasado ni promesa del futuro, sino protagonistas del presente. Ese –y no otro– es el cambio que muchas mujeres seguimos exigiendo. Ya no fue en este gobierno. Una oportunidad perdida.

Posdata. Esta semana dos de los colegios más tradicionales de Bogotá –el Colegio Marymount y el Gimnasio Campestre– anunciaron que integrarán sus proyectos en una sola institución. Presentaron de manera responsable un proceso gradual que se extenderá hasta 2029 y que, según sus directivas, responde a motivaciones educativas y a la voluntad de articular enfoques formativos complementarios.

Esta decisión invita a una reflexión más amplia. En un país donde las dinámicas demográficas están cambiando –con menos niños en edad escolar y una presión creciente sobre los modelos educativos tradicionales– pensar la educación como un sistema flexible, inclusivo y adaptado a nuevas realidades se vuelve urgente. La fusión de dos trayectorias históricas es un indicio de que las viejas formas educativas también deben repensarse frente a los desafíos educativos, institucionales, financieros y demográficos del siglo XXI.

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La revista CAMBIO ha publicado en exclusiva para sus suscriptores el libro Lo que Colombia necesita, una agenda nacional prodemocracia 2026-2030, editado por el exministro José Antonio Ocampo. Presentamos en este blog  la continuación del capítulo 7 de esta publicación, escrito por nuestra colaboradora habitual, Edna Bonilla, exsecretaria de Educación de Bogotá, en el gobierno de Claudia López. 

Aprendizajes y resultados: una deuda persistente.

Los indicadores nacionales e internacionales confirman un estancamiento crónico en los aprendizajes. En las pruebas Saber 11, los puntajes promedio en matemáticas y lectura crítica prácticamente no han variado en la última década. A nivel internacional, los resultados de PISA ubican a Colombia sistemáticamente por debajo del promedio de la OCDE y en rangos similares a los de países latinoamericanos de ingreso medio. Mientras la cobertura educativa se ha expandido, los aprendizajes no han acompañado ese crecimiento.

Las razones del atraso de Colombia tienen que ver con la ausencia de una política de calidad integral, una inversión que continúa siendo baja, y un currículo fragmentado e implementado por instituciones que no tienen autonomía ni soporte. Los tres factores se retroalimentan y producen un círculo vicioso.

La educación superior entre la expansión, el estancamiento y el debilitamiento del sistema mixto. 

En la última década, la educación superior ha ampliado su cobertura, pero sin resolver problemas estructurales de calidad, pertinencia e investigación. Según el Laboratorio de Economía de la Educación, entre 2014 y 2024, la cobertura bruta pasó del 49,8% al 57,5%. Este avance todavía es insuficiente. Colombia está lejos del promedio de la OCDE (más del 70%) y rezagada frente a países latinoamericanos como Chile (95%) o Argentina (93%). Además, estos porcentajes están muy marcados por la disminución de la población en edad universitaria.

Se observa una recomposición de la modalidad de formación. Entre 2019 y 2024 la formación virtual, la dual y la presencial-virtual aumentaron 361.000, 2000 y 9000 estudiantes, respectivamente. La política de gratuidad cubre al 96% de los estudiantes de universidades públicas, pero presenta dos limitaciones críticas: carece de indicadores oficiales que permitan evaluar su alcance y su sostenibilidad financiera a largo plazo está en entredicho.

Las trayectorias truncadas responden a factores sociales y económicos. En Colombia, la deserción en el primer año universitario llega al 22%, frente al 13% de la OCDE. Solo el 16% de los jóvenes logra graduarse en el tiempo previsto, mientras que en la OCDE el promedio es del 43%. La falta de orientación vocacional, los vacíos académicos, los bajos capitales culturales familiares y la ausencia de apoyos económicos y psicosociales explican buena parte del problema. 

En Colombia, además, una proporción importante del costo de la educación superior recae sobre los hogares. En el país, el gobierno invierte menos que en el promedio de la OCDE, y entonces no queda más remedio que la financiación privada. Además de la falta de recursos, la educación superior en Colombia requiere mayor pertinencia. En la OCDE, los campos más frecuentes en pregrado son las áreas STEM (23%) y administración y leyes (23%), seguidos por artes, humanidades y ciencias sociales (22%). En Colombia, en cambio, predomina la administración, negocios y leyes, que concentra el 37% de la matrícula.

Incluso quienes logran graduarse de la educación superior se encuentran con un panorama incierto. Mientras en la OCDE más educación significa menos desempleo (12,9% entre quienes no terminaron la secundaria, 6,9% con secundaria completa y 4,9% con educación terciaria), en Colombia la curva se invierte. El desempleo es del 10,3% entre quienes no culminaron la media, sube a 12,1% entre bachilleres y apenas baja a 11,2% entre profesionales.

Dos alertas comprometen la sostenibilidad del sistema. Primero, el desfinanciamiento del ICETEX, que atiende a estudiantes de bajos ingresos (91% de sus beneficiarios provienen de estratos 1, 2 y 3). Segundo, el debilitamiento de la gobernanza universitaria en las instituciones públicas, marcada por tensiones políticas y vacíos normativos.

II. Algunos lineamientos de política pública 2026 – 2030.

El nuevo gobierno (2026–2030) tiene la oportunidad de transformar el sistema educativo colombiano en torno a cuatro ejes estratégicos: fortalecer la institucionalidad y la financiación, garantizar trayectorias equitativas en todos los niveles, asegurar aprendizajes de calidad que promuevan el bienestar, y ampliar las oportunidades para jóvenes y adultos en la educación posmedia y a lo largo de la vida.

1. El fortalecimiento del sistema educativo en sus distintos niveles: institucionalidad.

El primer reto es consolidar la institucionalidad del sistema educativo. Para ello se debe incrementar progresivamente la inversión en educación hasta acercarse a los promedios de la OCDE en un horizonte de 15 años, con un énfasis en criterios de equidad y eficiencia.

Un elemento central en este proceso será la definición de una nueva canasta educativa, entendida de manera integral: infraestructura, transporte escolar, alimentación, materiales, conectividad, formación y bienestar docente, así como una gestión administrativa eficiente. La inversión por estudiante deberá duplicarse hacia 2037 si el país quiere garantizar ambientes de aprendizaje adecuados⁶.

El fortalecimiento institucional debe incluir la unificación de la educación posmedia en un solo sistema articulado, que integre la educación superior, la formación técnica y tecnológica, y la educación para el trabajo y el desarrollo humano. El análisis institucional deberá, además, incluir: la reforma al ICETEX, el sistema de salud y prestacional del magisterio y la revisión de la conveniencia de la Unidad Administrativa Especial de Alimentación Escolar (UAPA), el Fondo de Financiamiento de la Infraestructura Educativa, el ICFES y el FODESEP.

2. El mejoramiento de la equidad en las condiciones y en las trayectorias educativas.

El segundo eje se orienta a garantizar la equidad en las trayectorias educativas. Para corregir las desigualdades se requiere una política decidida que asegure condiciones homogéneas de calidad a lo largo del ciclo vital.

Una prioridad inaplazable es la universalización del preescolar de tres grados, etapa crítica para el desarrollo cognitivo y socioemocional. Del mismo modo, es urgente fortalecer la educación media, articulándola con las expectativas de los jóvenes y con las demandas del mercado laboral⁷.

El cierre de brechas también depende de invertir en infraestructura educativa en los territorios más rezagados, donde las carencias materiales se combinan con la falta de docentes cualificados, conectividad limitada y contextos de violencia. Una política ambiciosa de educación rural, acompañada de un plan nacional para erradicar el analfabetismo, debe convertirse en parte integral de la estrategia de equidad.

El país necesita un sistema integrado de información y acompañamiento que permita seguir a cada estudiante a lo largo de su trayectoria, detectar riesgos de deserción y activar apoyos oportunos.

3. La transformación de la educación con aprendizajes de calidad y bienestar.

El tercer eje busca una transformación profunda de la educación que vaya más allá de la cobertura y se centre en lo esencial, que son los aprendizajes y el bienestar de estudiantes y docentes.

Un punto de partida es la renovación (reforma) curricular basada en evidencia, que integre la educación por ciclos y desarrolle competencias fundamentales para el siglo XXI: pensamiento crítico, ciudadanía democrática, resolución colaborativa de problemas, formación en ciencias y tecnología (STEM), artes y creación, multilingüismo, uso ético de la inteligencia artificial, educación económica y financiera, y habilidades socioemocionales. No se trata de acumular contenidos, sino de construir capacidades.

El papel del docente resulta central en este proceso. Se requiere fortalecer su formación inicial y continua, promover prácticas pedagógicas innovadoras y consolidar una red nacional de instituciones que compartan experiencias e innovaciones.

Es crucial repensar la evaluación educativa (incluyendo la docente) y retomar pruebas censales, al menos en grados 3º, 5º y 9º. Evaluar debe servir para mejorar, no para excluir.

La educación socioemocional debe dejar de ser un complemento marginal para convertirse en un eje estructural de la formación.

4. Oportunidades para jóvenes y adultos.

El cuarto eje se orienta a ampliar las oportunidades de aprendizaje para jóvenes y adultos, reconociendo que la educación no termina en la escuela ni en la universidad. Es necesario unificar en un solo sistema posmedia los múltiples caminos que hoy existen —educación superior, formación técnica y tecnológica, educación para el trabajo y desarrollo humano, e incluso educación informal— garantizando articulación, calidad y reconocimiento de aprendizajes previos.

El SENA debe transformarse en un actor clave de esta estrategia, con una oferta flexible y pertinente que responda a las necesidades productivas de cada región y que forme en habilidades para el siglo XXI. La pertinencia también exige fortalecer la educación pública y promover la colaboración con el sector privado, de modo que la formación posmedia esté conectada con los sectores económicos y sociales en expansión.

Pero el acceso no basta: también es necesario garantizar la permanencia. Esto implica programas de acompañamiento psicosocial, apoyos económicos, una política ambiciosa de orientación sociocupacional y mentorías, que ayude a los jóvenes a tomar decisiones informadas y a construir proyectos de vida acordes con sus potencialidades y con las oportunidades de su territorio.

El fortalecimiento del ICETEX es otro componente decisivo. Reformar su esquema financiero para mejorar las condiciones de crédito, subsidiar intereses con criterios de equidad y pertinencia regional y crear un fondo conjunto con universidades y empresas permitiría ampliar recursos y evitar que los estudiantes abandonen por dificultades económicas.

Finalmente, estas oportunidades deben incorporar de manera explícita el bienestar y la salud mental. Una política educativa moderna no puede limitarse a la transmisión de competencias técnicas: debe asegurar que quienes aprenden, cuenten con entornos protectores, saludables y motivadores. Solo así será posible que jóvenes y adultos se reconecten con la educación y encuentren en ella un camino real de inclusión social y movilidad intergeneracional.

III. Conclusión

La educación en Colombia ha avanzado en cobertura, inclusión y en algunos indicadores de equidad, pero aún carga con deudas estructurales que limitan su potencial como motor de movilidad social y de democracia sustantiva. Los aprendizajes estancados, la persistencia de brechas territoriales y sociales, la rigidez en la financiación y las tensiones en la educación superior evidencian que el país se encuentra en un punto de inflexión.

El futuro dependerá de la capacidad del Estado y de la sociedad para transformar las reformas normativas recientes —como la del Sistema General de Participaciones— en una política educativa de largo aliento que combine mayores recursos con su uso estratégico orientado a la calidad, la equidad y el bienestar docente y estudiantil. Las lecciones de las últimas décadas muestran que las reformas centradas únicamente en ampliar cupos, sin garantizar trayectorias completas y aprendizajes significativos, terminan reproduciendo las desigualdades que buscan superar.

Y superar este círculo exige decisiones estructurales en tres frentes: financiación sostenible, gobernanza efectiva y gestión pedagógica innovadora. Estas deben ir acompañadas de un pacto social y político que deje de concebir la educación como un gasto rígido para reconocerse como la inversión más estratégica y transformadora, capaz de garantizar trayectorias de vida plenas, democracias más sólidas y sociedades más equitativas.

⁶ Banco Mundial. 2023. World Development Indicators: Education Statistics. Washington, D. C.

⁷ OIT, Panorama Laboral de América Latina y el Caribe. 2023. Ginebra; BID. 2023. La educación que une: aprendizajes y trayectorias en América Latina. Washington, D. C.

Edna Bonilla

Diciembre, 2025

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La revista CAMBIO ha publicado en exclusiva para sus suscriptores el libro Lo que Colombia necesita, una agenda nacional prodemocracia 2026-2030, editado por el exministro José Antonio Ocampo. Presentamos en este bloc, en dos entregas, el capítulo 7 de esta publicación, escrito por nuestra colaboradora habitual, Edna Bonilla, exsecretaria de Educación de Bogotá, en el gobierno de Claudia López. 

La educación constituye el cimiento más sólido de la democracia contemporánea. Más allá de la transmisión de conocimientos, amplía las libertades individuales, impulsa el crecimiento económico y potencia la capacidad de un país para construir un proyecto colectivo¹. En Colombia, más de doce millones de estudiantes asisten a 43.500 sedes oficiales y a 9.400 colegios privados. A ello se suman 301 instituciones de educación superior —84 públicas y 217 privadas— y un número creciente de entidades de formación para el trabajo y el desarrollo humano². El sistema educativo constituye el mayor espacio público del país.

Colombia ha registrado avances significativos en cobertura educativa. Actualmente la educación básica primaria es prácticamente universal, y la secundaria ha experimentado una expansión sostenida. El acceso a la educación superior pasó del 7% en 1970 a más del 50% en 2024³. Sin embargo, este progreso cuantitativo no se ha traducido en mayores niveles de equidad ni en aprendizajes significativos. Persisten desafíos estructurales que limitan el potencial transformador del sistema.

La calidad es el eslabón más débil del sistema. En educación básica y media, el 71% de los estudiantes colombianos se ubica en niveles de bajo desempeño en la prueba PISA, frente a un promedio del 31 % en los países de la OCDE⁴.

En los tres años recientes se observan algunos progresos. El presupuesto del sector pasó de 49 billones en 2022 a 79,2 billones en 2025 (precios corrientes), el nivel más alto registrado hasta la fecha. El Programa de Alimentación Escolar logró una cobertura del 71,3% de los estudiantes matriculados, y el Fondo de Infraestructura Educativa presentó mejoras gracias a proyectos gestados en gobiernos anteriores y continuados por las administraciones siguientes. Se aprobó una ley de gratuidad en la educación superior que hoy cubre al 96% de los estudiantes de la universidad pública, aunque su sostenibilidad financiera de largo plazo sigue sin estar garantizada.

No obstante los logros alcanzados, las deficiencias estructurales persisten y, en algunos casos,

las brechas se han profundizado.

I. Una aproximación a la situación actual de la educación en Colombia.

Detrás de las cifras globales de matrícula se esconden trayectorias truncadas, desigualdades sociales y territoriales, rigideces en la financiación y un estancamiento en la calidad.

1. Colombia tiene dificultades para garantizar las trayectorias educativas completas. 

Estos recorridos que deberían ser continuos en la práctica se fragmentan y se interrumpen con frecuencia. Una trayectoria ideal comienza en la primera infancia, avanza por la educación básica y secundaria, se diversifica en la media y se proyecta hacia la educación superior, la formación técnica o la inserción laboral. Además, incluye el aprendizaje a lo largo de toda la vida, con una creciente relevancia en la adultez y la vejez, como lo evidencia la participación de las personas mayores en la llamada “economía plateada”.

Las trayectorias educativas en Colombia están atravesadas por la pertenencia de clase social. La evidencia es contundente. Mientras de cada 100 niños de clase alta que ingresan a primero de primaria la totalidad logra graduarse, en la clase popular apenas 75 alcanza este objetivo. Esta interrupción de las trayectorias educativas golpea con mayor fuerza a los estudiantes rurales, a quienes provienen de familias de bajos ingresos o están en contextos de alta vulnerabilidad.

Incluso en las principales ciudades las desigualdades se mantienen. El estudio de Carlos Alberto Reverón, Trayectorias educativas desiguales y segregadas: clases sociales, segregación escolar y residencial en Bogotá metropolitana (2025), muestra que en Bogotá y sus municipios circundantes cerca del 87% de los jóvenes de 18 a 24 años completó la trayectoria educativa esperada, mientras que un 9% desertó o nunca ingresó al sistema y un 4% presenta rezago. Aunque Bogotá supera el promedio nacional y se acerca más a los niveles de los países de la OCDE, todavía presenta desigualdades notorias.

El informe Education at a Glance 2025 de la OCDE funciona como un verdadero atlas de las trayectorias educativas. En los países de la OCDE solamente el 13% de los jóvenes de 25 a 34 años no culmina la educación secundaria; en Colombia la proporción asciende al 17% y se dispara en las zonas rurales. Además, uno de cada cinco estudiantes acumula al menos dos años de atraso escolar. Estos datos ponen en evidencia que el problema no es solo de cobertura, sino de calidad. Como lo ha señalado el Nobel de Economía Josh Angrist, “la educación importa, pero la calidad es lo que cambia vidas”⁵.

2. La desigualdad educativa en Colombia es profunda y persistente. 

En las pruebas SABER 11 de 2023, los estudiantes de colegios urbanos alcanzaron un puntaje promedio de 257, mientras que los de zonas rurales apenas llegaron a 227. Una diferencia de 30 puntos. En Bogotá, más del 69% de los docentes cuenta con posgrado, mientras que en territorios con alta densidad étnica esta proporción apenas supera el 30%. En la educación posmedia la desigualdad se hace aún más evidente. Cerca de 2,6 millones de jóvenes no estudian ni trabajan, de los cuales dos tercios son mujeres.

Frente a la financiación, estamos lejos de los promedios de la OCDE. 

El gasto público en educación preescolar, básica y media equivale en promedio al 3,9% del PIB, incluyendo las pensiones del Fondo de Prestaciones Sociales del Magisterio (FOMAG). Este nivel es inferior al promedio latinoamericano (5,7%) y se sitúa muy por debajo de países como Brasil (7,9 %). A ello se suma una estructura rígida: el 82% de los recursos del Sistema General de Participaciones (SGP) se destina al pago de salarios docentes y administrativos, frente al 63% en la OCDE.

El Acto Legislativo 03 de 2024 abre una ventana de oportunidad al incrementar, de manera gradual, la participación del Sistema General de Participaciones (SGP) hasta alcanzar el 39,5% de los ingresos corrientes de la Nación, en un horizonte de doce años. Su propósito declarado es contribuir al cierre de brechas económicas, sectoriales y territoriales. Sin embargo, el efecto real de este aumento dependerá de dos condiciones críticas: la expedición de una nueva ley de competencias y del cumplimiento estricto de la regla fiscal. Existe el riesgo de que los recursos adicionales se destinen principalmente a gastos recurrentes, mientras los componentes orientados a calidad, innovación y equidad territorial quedan relegados como partidas residuales.

¹ Amartya Sen. 1999. Development as Freedom. Oxford University Press; Martha Nussbaum. 2011. Creating Capabilities: The Human Development Approach. Boston: Harvard University Press, 2011.

² Ministerio de Educación Nacional. 2024. Informe de gestión del sector educativo 2022–2024. Bogotá: MEN; DANE. 2021. Encuesta de Educación Formal (EM–2021). Bogotá. DANE.

³ Laboratorio de Economía de la Educación (LEE). 2025. Informe 123: Educación superior en Colombia. Bogotá: Pontificia Universidad Javeriana.

⁴ OCDE. 2023. PISA 2022 Results (Vol. I): The State of Learning Worldwide. París: OECD Publishing.

⁵ Josh Angrist y Jörn-Steffen Pischke. 2015. Mastering Metrics: The Path from Cause to Efect. Princeton, N. J.: Princeton University Press.

Edna Cristina Bonilla 

Diciembre, 2025

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En la columna pasada exploré las primeras estaciones de la trayectoria educativa: la educación inicial, la básica, la secundaria y la media. Un recorrido que en 2025 estuvo lleno de avances, retrocesos y brechas que muestran cómo la desigualdad obliga a millones de niñas, niños y adolescentes a bajarse del camino antes de tiempo. 

Incluso quienes logran llegar hasta el grado 11 ‒y superar la barrera del Saber 11‒ enfrentan la etapa más difícil de todas: la última milla, el salto a la educación superior y la permanencia hasta la graduación.

En Colombia, esta última etapa se parece más a una carrera de obstáculos que a un puente hacia nuevas oportunidades. Si queremos que 2026 sea un año de transformaciones reales ‒y no un ejercicio más de diagnósticos repetidos‒ debemos poner el foco en los puntos donde el sistema pierde más estudiantes. Allí se acumulan las desigualdades y las instituciones educativas no alcanzan a responder a tiempo, justo cuando los jóvenes más necesitan apoyo.

Llegar a la educación superior no garantiza terminarla. En este nivel las trayectorias educativas se encuentran con numerosos tropiezos. Aunque se han ampliado los cupos, la proporción de jóvenes que logra graduarse sigue siendo baja frente a otros países de América Latina. Muchos comienzan, pero no todos llegan al final. Las razones se acumulan, comenzando por las brechas académicas desde primaria y secundaria. Le siguen las dificultades económicas para sostener los estudios, problemas emocionales, como la ansiedad y la soledad académica, y debilidades institucionales en los sistemas de acompañamiento, tutorías y nivelación.

Los puntos de quiebre suelen ser predecibles. El primer semestre, la transición a cursos más exigentes, los primeros parciales, los cambios de jornada laboral, la falta de recursos o la ausencia de orientación vocacional. Desgraciadamente las alertas llegan tarde o no llegan. La paradoja es que Colombia celebra cada año la expansión en cupos, pero no habla con la misma fuerza de la expansión en graduados, una medida más robusta de equidad y movilidad social. Sin duda, completar la educación superior mejora los ingresos, la estabilidad laboral y las oportunidades. La probabilidad de alcanzar esta meta sigue dependiendo más del origen socioeconómico que del talento o la disciplina.

Los jóvenes de colegios oficiales y de zonas rurales enfrentan un riesgo significativamente mayor de deserción en los primeros semestres. Las brechas que comenzaron en la primera infancia y crecieron en primaria y secundaria se vuelven casi insalvables, sin apoyos académicos y financieros oportunos.

A este escenario se suma un problema adicional, menos visible pero igual de grave, y es la forma de medir los avances en educación superior. El problema no es solo de resultados. Es también de cómo se los nombra y se los mide. El Plan Nacional de Desarrollo propuso la meta de 500 000 nuevos estudiantes en educación superior, acompañado de estrategias de permanencia y graduación. Sin embargo, las cifras oficiales reportadas a 2024 muestran un avance acumulado de 190 504 estudiantes, apenas el 38,1% de lo prometido para el cuatrienio. La diferencia con respecto a la meta es de 309 496 estudiantes.

A ello se suman los cuestionamientos ya documentados sobre la transparencia del cálculo del Ministerio de Educación Nacional. Este contraste es revelador: no expresa solo un desacuerdo político, sino una discusión de fondo sobre cómo se mide, qué se mide y qué se comunica cuando se habla de expansión de la educación superior.

El informe de agosto de 2025 del Laboratorio de Economía de la Educación (LEE) de la Universidad Javeriana muestra que, entre 2014 y 2024, la cobertura bruta en educación superior pasó de 49,82% a 57,53%. Es un avance, pero insuficiente. Seguimos lejos del promedio de la OCDE y por debajo de países como Chile o Argentina. Aplicando una metodología coherente con los sistemas de información disponibles y con el registro efectivo de matrícula en el SNIES, el crecimiento de nuevos matriculados sería de apenas 125 411 estudiantes y no los 190 504 reportados por el Gobierno.

Aquí aparece el núcleo del problema. En el debate público y político se habla de “cupos” como si fueran sinónimo de oportunidades reales, cuando el sistema oficial no mide cupos, sino estudiantes que efectivamente se matriculan por primera vez. Y esa diferencia cambia toda la conversación. Se celebra la capacidad potencial, no la experiencia concreta de quienes ingresan, permanecen y se gradúan.

Algo similar ocurre con la presentación de los avances: se suman resultados anuales como si fueran acumulables, cuando el dato más reciente ya incorpora los anteriores. El resultado es un optimismo estadístico que dificulta responder la pregunta central: ¿se están ampliando oportunidades sostenibles o maquillando el acceso?

Más preocupante aún es la ausencia de indicadores intermedios que permitan evaluar la gestión pública: cuántos cupos reales se crearon, cuánta infraestructura nueva se puso en funcionamiento, qué tan efectivos han sido los apoyos a la permanencia y cómo evolucionan las tasas de graduación. En lugar de sistemas de seguimiento claros y comparables, la ciudadanía recibe comunicados esporádicos.

Cuando esto ocurre, la política pública pierde la brújula y el debate educativo se desplaza de las trayectorias reales de los estudiantes hacia la disputa por los anuncios. Sin buena medición no hay rendición de cuentas, y sin rendición de cuentas no hay corrección de rumbo. Por eso, no basta con abrir cupos universitarios. El país necesita garantizar que quienes entran puedan quedarse, aprender y graduarse. Una política de acceso sin una política sólida de permanencia es un puente que no llega a la otra orilla. Y si, además, las metas se comunican de manera confusa, el riesgo es doble: se pierden estudiantes y se pierde la capacidad de exigir mejores resultados.

Tres propósitos inaplazables para el 2026

Si queremos que la educación sea un motor de transformación ‒y no un laberinto donde solo algunos encuentran la salida‒ el país debe concentrar sus esfuerzos en por lo menos tres tareas esenciales durante el próximo año.

Uno. Terminar de aterrizar la Ley de Competencias con claridad y responsabilidad. La transformación normativa aprobada en el Acto Legislativo de 2024 debe convertirse en una buena Ley de Competencias y en un mapa operativo para los territorios. Las reformas pedagógicas no funcionan sin un andamiaje institucional, financiero y administrativo sólido. 

El gobierno nacional, los departamentos y los municipios necesitan clarificar responsabilidades, establecer reglas claras de financiación, priorizar la inversión en calidad, jornada única y los tres grados de preescolar, así como fortalecer la capacidad de gestión educativa local. Sin esa claridad, el riesgo es que la reforma se quede en buenas intenciones, sin impacto real. Hacerlo en 2026 no es opcional. Es condición para que las demás apuestas educativas no sigan naufragando.

Dos. Recuperar la lucha contra la deserción como una política de Estado, no como un programa pasajero. La deserción no es un porcentaje: es un niño que se pierde, una adolescente que asume tareas de cuidado, un joven que abandona sus estudios porque la pobreza le ganó la partida. El país cuenta con sistemas de información y alertas tempranas, pero falta que se usen de manera consistente, que se integren con transferencias monetarias, PAE y transporte escolar, que cada territorio tenga equipos para intervenir caso por caso y que cada estudiante en riesgo tenga un nombre y un plan de acompañamiento. Recuperar la permanencia como política de Estado es una de las medidas más rápidas, baratas y efectivas para mejorar la equidad educativa.

Tres. Bajarle a la controversia sobre la educación superior. Subirle a las trayectorias. La polarización entre lo público y lo privado ha capturado la agenda y desplazado lo esencial: los estudiantes y su permanencia. El país necesita reenfocar la conversación sobre la orientación vocacional desde la secundaria, programas de nivelación para estudiantes de colegios oficiales y rurales, acompañamiento académico y financiero en los primeros semestres, expansión ordenada de la oferta y una articulación real entre la educación media y la superior como política estructural, no como piloto. No basta con abrir la puerta de la universidad; hay que asegurarse de que quienes entran puedan cruzarla hasta el final. Mientras esa discusión siga capturada por la polarización, la última milla seguirá siendo un privilegio y no un derecho.

De otro lado ‒y lo digo con preocupación, más que con expectativa‒, ojalá el gobierno respete el concepto de autonomía universitaria. Sin autonomía universitaria tampoco hay trayectorias protegidas, y lo que está ocurriendo en los procesos de elección de rectores en varias universidades públicas, particularmente en la Universidad Nacional, es doloroso y lamentable. Lo mismo sucede con las sesiones del Consejo Superior Universitario de varias instituciones del país. Son episodios tristes en donde la academia parece ceder el paso a intereses políticos. Esta fragilidad institucional también termina impactando la última milla.

Un cierre para el año

Colombia ha avanzado en muchas cosas y retrocedido en otras. Hay señales alentadoras, pero también alertas urgentes. El vaso puede verse medio lleno o medio vacío, pero el verdadero problema es otro: la trayectoria educativa del país sigue pareciéndose demasiado a un laberinto, donde la desigualdad define quién avanza y quién se detiene. El desafío de 2026 no será solo mejorar un indicador o inaugurar más cupos, sino asegurar que cada niño, niña y joven pueda recorrer su camino educativo sin que la pobreza, la exclusión o la falta de acompañamiento lo obliguen a bajarse antes de tiempo. Ese es el compromiso pendiente. Ese es, también, el horizonte que debemos reconstruir. Mientras no resolvamos la última milla, la educación seguirá prometiendo puentes que muchos nunca logran cruzar.

Posdata 1. Afortunadamente, la educación también nos permite celebrar y soñar. Este año, Bogotá tuvo sus primeros graduados con Bachillerato Internacional. Entre 2022 y 2025, los diez colegios oficiales que implementaron el programa aumentaron en promedio 4,31 puntos en las pruebas Saber, pasando de 282,88 a 287,19. El avance más visible fue el del Liceo Femenino de Cundinamarca, con un aumento de 27,02 puntos, junto con mejoras de dos dígitos en el Julio Flórez y el IT Industrial Francisco José de Caldas. Estos resultados recuerdan que las transformaciones educativas son posibles cuando hay diseño serio, continuidad y compromiso de las comunidades educativas. Felicitaciones a Bogotá. Un buen regalo de Navidad.

Posdata 2. La promoción 2025 del Programa Crédito Beca de Colfuturo será la última financiada con recursos del Gobierno nacional, cerrando una política que durante más de dos décadas permitió formar a cerca de 25.000 colombianos en posgrados de alto nivel. Es una decisión equivocada. Ojalá el próximo gobierno sepa preservar este legado y se encuentren nuevas vías para que el talento siga formándose y aportándole al futuro del país.

Edna Bonilla

Publicado en la revista CAMBIO, Colombia

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Hay libros que son memoria viva. No solo se leen, se habitan. Las sirenas y la memoria, del profesor Francisco Cajiao, pertenece a esos libros que acompañan y se quedan conversando con uno, en silencio. 

No es una autobiografía, sino una travesía contada en primera persona. Cajiao recorre su vida en el mundo de la educación —sus encuentros, aprendizajes y anhelos— con la serenidad de quien no busca cerrar un ciclo, sino comprender el sentido de una vida dedicada a enseñar y aprender al mismo tiempo. Es el testimonio de alguien que nunca ha separado el quehacer pedagógico de la vida cotidiana, de la ternura y de la palabra, y que ha hecho de la educación una forma de servicio público y de amor por Colombia.

El título parece una metáfora, pero es en realidad una advertencia. Las ‘sirenas’ son las tentaciones que desvían el rumbo de quien educa: el tecnocratismo, la inmediatez, la vanidad de las cifras, las modas pedagógicas y el espejismo de las soluciones rápidas. La ‘memoria’, en cambio, es el ancla que lo salva del ruido y le recuerda que educar no es solo diseñar políticas, sino acompañar personas, formar comunidad y cuidar lo humano. Cajiao, como Ulises, se amarra al mástil para resistir el canto seductor de las sirenas. Su viaje no busca fama ni reposo, sino sentido. Y en su caso, ese mástil es la ética.

A lo largo del libro, invita al lector a compartir sus múltiples rostros. Ha sido maestro, rector de colegios y universidades, jesuita, funcionario público, consultor, columnista en El Tiempo y viajero incansable. Pero lo más revelador no es la lista de sus oficios, sino la forma como cada experiencia se transforma en aprendizaje. Cajiao no escribe para dejar constancia de su trayectoria, sino para entender lo vivido y devolverlo como enseñanza. Lo hace con la humildad de quien sabe que el conocimiento no se acumula, sino que se comparte. Pensar la educación es, ante todo, una manera de rendir cuentas a la vida.

Desde el prólogo se advierte que no se trata de un recuento cronológico, sino de una meditación sobre el sentido de educar. “Inicié muy joven una travesía por la educación sin habérmelo propuesto nunca”, escribe, como si la vocación fuera menos una elección que un destino. Ese azar que lo lleva de los laboratorios a las aulas, de la Fundación FES a la Universidad Pedagógica, y de la cooperación internacional a la Secretaría de Educación de Bogotá, va tejiendo el hilo invisible que sostiene su vida.

“La escuela es el último espacio donde la sociedad puede reconciliarse consigo misma”. Con esa frase, usada también en la presentación del libro, Cajiao condensa su pensamiento y su esperanza. Para él, la educación no es una política sectorial, sino el corazón de un proyecto de país. Y ese proyecto, en Colombia, sigue buscando su brújula. En Las sirenas y la memoria advierte sobre la trampa de reducir la educación a indicadores. “El país ha confundido la educación con la escolaridad”, escribió hace años, y la frase mantiene una vigencia dolorosa. Hablamos de educación, pero seguimos sin educar. Confundimos gestión con sentido, planeación con propósito, innovación con marketing. Creemos que transformar es producir informes, y olvidamos que transformar es escuchar. Para Cajiao, los decretos y los presupuestos son necesarios, pero insuficientes sin un cambio ético que respete la palabra del maestro y la voz del estudiante, y devuelva a la escuela su lugar en el corazón del país.

El libro comienza lejos de Colombia, en Mozambique, donde Cajiao fue testigo de lo más básico de una escuela: una maestra bajo un árbol y un grupo de niños sentados en el piso. Mientras observa a las mujeres caminar kilómetros para recoger agua, comprende que “una vez se comparten saberes, se genera un vínculo perpetuo”. En ese paisaje de escasez descubre la abundancia del encuentro. La educación no depende de edificios, sino de la relación entre quienes aprenden y enseñan. Ese episodio, tan sencillo como luminoso, le revela algo que marcará toda su obra. Enseñar es, antes que nada, un gesto de humanidad.

“La educación —dice— no se reduce a la transmisión de información. Es, sobre todo, una tarea moral y política, la de aprender a vivir juntos”. Desde ese árbol africano, Cajiao mira a Colombia con nuevos ojos. Entiende que las escuelas más humildes del país comparten con aquella escena la misma raíz. La fe en el otro, la esperanza como método, la palabra como punto de partida.

A partir de allí, su travesía se convierte en un recorrido por el alma de la escuela latinoamericana. Aparecen los maestros rurales de El Salvador, los niños que aprenden bajo los árboles en Guatemala, los proyectos comunitarios en zonas mineras de Colombia y muchos más. Cajiao no escribe desde la teoría, sino desde los caminos de tierra, los pupitres sin pintura, los silencios donde la escuela se sostiene apenas por la voluntad de sus maestros. 

Las sirenas y la memoria se convierte así en una cartografía humana donde cada aula es una historia, y cada maestro un faro. Las páginas sobre Mozambique y Centroamérica se leen como espejos de Colombia, naciones heridas por la guerra y la pobreza que buscan en la escuela una posibilidad de reconciliación. En esos territorios lejanos encuentra lo que a menudo falta en nuestros planes de desarrollo. La convicción de que el conocimiento solo tiene sentido si se traduce en vida digna. “Descubrí que era capaz de incursionar en territorios totalmente desconocidos a partir de ese lenguaje especial de la pedagogía”, escribe. Ese lenguaje, universal y profundamente humano, permite reconocerse en el otro, incluso cuando no se comparten las palabras.

El capítulo sobre Cerromatoso, en Montelíbano, es de una lucidez brutal. Allí, Cajiao fue rector del colegio de la empresa minera y presenció, desde dentro, la contradicción entre el progreso material y la inequidad social. En medio de aulas modernas y laboratorios equipados, comprendió el abismo que separaba esa escuela privilegiada de las instituciones públicas del entorno, marcadas por la carencia y el olvido. Cuestionó con valentía la segregación entre hijos de directivos y obreros, un reflejo en miniatura de las jerarquías del país.

Ese episodio es el espejo de la Colombia desigual que seguimos siendo. Un país que confunde éxito con exclusión, que mide el desarrollo por la infraestructura y no por la equidad. Cajiao advierte que la educación corre el riesgo de ser funcional al modelo económico si no se convierte en una fuerza moral que lo interpela. Lo que siempre buscó, escribe, fue “trabajar en un lugar en donde se pudieran educar niños libres y felices, en un medio ajeno a una sociedad pervertida por el arribismo, la ignorancia, los dogmas, la violencia, la competencia implacable, la falta de respeto y el aislamiento entre seres humanos”. En esa frase, que condensa una vida, hay una utopía que no envejece. La de una escuela como territorio de igualdad, respeto y libertad interior.

Pero Cajiao no escribe con amargura. Escribe con una esperanza lúcida. No ignora el dolor, pero se niega a rendirse ante él. Sabe que la educación, incluso en medio del caos, tiene una capacidad infinita de reinventarse. En la presentación de su libro lo dijo con la serenidad que lo caracteriza: “No hay fórmulas. Hay caminos. La educación no es un modelo que se copia, sino una práctica que se construye colectivamente”. Esa afirmación encierra una pedagogía de la humildad. La conciencia de que cada escuela debe encontrar su propio modo de florecer, y que el maestro no es un ejecutor de políticas, sino un artesano de sentido.

En tiempos en que se busca estandarizar la educación, Cajiao nos recuerda que enseñar es un oficio profundamente humano, que requiere escucha, intuición y empatía. Su esperanza es la de quien trabaja con las manos en la tierra, confiado en que alguna de las semillas germinará. Su voz no se eleva como consigna, sino como compañía en la tarea compartida de seguir creyendo que la educación, aun herida, sigue siendo el espacio donde el país puede empezar de nuevo.

Leer a Cajiao hoy no es un ejercicio de nostalgia. Es, más bien, un espejo que interpela. Nos obliga a preguntarnos por qué, a pesar de todo lo aprendido, seguimos tropezando con las mismas piedras, y por qué aún no entendemos que educar es construir ciudadanía.

Quizá lo más valioso de Las sirenas y la memoria sea su tono íntimo. No hay heroísmo ni grandilocuencia. Hay humanidad. Es un libro bellamente escrito. Un maestro que duda, que escucha, que se conmueve, que celebra cuando un niño le enseña algo nuevo. En tiempos en que la política convierte la educación en consigna o en cifras, Cajiao la devuelve a su lugar más profundo. La experiencia compartida, el vínculo, la palabra que construye sentido. Su escritura recuerda que enseñar no es repetir contenidos, sino acompañar procesos, y que cada encuentro entre maestro y estudiante puede ser una forma de reparar el mundo.

Esta obra es una conversación sobre el sentido de educar. Cajiao no ofrece lecciones cerradas, sino preguntas que permanecen. Nos invita a recuperar la ternura como dimensión pedagógica y a entender la enseñanza como una forma de hospitalidad: abrir espacio al otro, reconocerlo, dejarlo entrar. En una sociedad marcada por la prisa y la fragmentación, esa invitación a la lentitud y al encuentro resulta profundamente revolucionaria.

Entre las sirenas del facilismo y la memoria del compromiso, la educación colombiana tiene que elegir su rumbo. Cajiao nos enseña que educar no es prometer el futuro, sino cuidar el presente para que el futuro sea posible. En un país que busca soluciones rápidas para problemas antiguos, su obra es una advertencia y una brújula. Nos recuerda que los verdaderos reformadores son los que siembran, no los que anuncian. Y que la esperanza, para que no sea ingenua, necesita memoria.

Le he escuchado muchas veces a Pacho decir: “La vida de un maestro suele ser muy interesante. A veces los propios maestros no lo saben hasta que comienzan a narrarla”. En ese gesto sencillo —contar la escuela, contar la vida— hay una invitación que trasciende generaciones. Las sirenas y la memoria conmueve profundamente. Es, en el fondo, una carta de amor a los maestros y a la escuela. 

Pacho escribe con gratitud hacia quienes lo han acompañado —colegas, estudiantes, rectores, amigos y, sobre todo, su familia—, pero también con una ternura silenciosa hacia los invisibles de siempre. Los niños y niñas que aprenden en condiciones difíciles, los docentes que enseñan en medio de la precariedad, los jóvenes que todavía creen que la educación puede cambiarles la vida.

“Hay tesoros de sabiduría en las aulas y en los patios de recreo”, dice Cajiao. Esa frase resume parte de su legado. La inteligencia está en la vida cotidiana, no en la distancia del experto. Su libro no busca cerrar una biografía, sino abrir caminos para quienes siguen creyendo que educar es el arte de cuidar lo humano.

¿Habrá nuevos viajeros dispuestos a amarrarse al mástil, a resistir el canto de las sirenas y a seguir creyendo en la educación como travesía colectiva? Yo creo que sí. Felicitaciones y gracias a Editorial Magisterio y al profesor Cajiao por contarnos esta amorosa travesía por la educación.

Posdata.

Hemos vivido días trágicos para la juventud. Tres jóvenes han muerto en circunstancias que jamás debieron ocurrir: María José Ardila, en Cali, por un reto de consumo de alcohol; Jaime Esteban Moreno, estudiante de Los Andes, asesinado a golpes tras una fiesta; Karol Stephanie Arturo, de 15 años, atropellada por un taxista ebrio en Bogotá. 

La intolerancia, el abuso del licor, las drogas y la falta de campañas y sanciones siguen matando. Pareciera que no aprendemos de historias como la de Luis Andrés Colmenares. Son vidas, son familias. No son una cifra más.

Edna Bonilla

Publicado en la revista CAMBIO, Colombia

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Durante buena parte del siglo XX, las democracias se derrumbaron con golpes de Estado. Hoy se desgastan desde adentro.

Lo que el Democracy Report 2025 del Instituto V-Dem denomina “autocratización gradual” —el deterioro interno causado por líderes electos que erosionan los contrapesos— afecta a más de 70 países. Freedom House llega a la misma conclusión. Vivimos una era de regresión democrática marcada por la captura institucional, el populismo antiliberal y la manipulación tecnológica.

Las amenazas actuales son más sutiles que las dictaduras del pasado. El riesgo ya no es perder las elecciones, sino vaciarlas de sentido. Como advierte Jan-Werner Müller, el populismo antiliberal busca monopolizar la voz del pueblo y deslegitimar la oposición. Por su parte, Yascha Mounk alerta sobre la polarización afectiva que convierte a los adversarios en enemigos.

A ello se suma la desinformación digital. La combinación de Inteligencia Artificial, algoritmos opacos y campañas de odio, sustituyen los hechos por emociones. Las recientes elecciones en Estados Unidos, México y Europa mostraron el poder que tienen las fake news y los deep fakes para distorsionar la opinión pública. Cuando las verdades se negocian y los datos se fragmentan, el debate democrático se vuelve imposible.

El pasado 26 de octubre, el Pacto Histórico realizó su consulta para elegir candidato presidencial y las listas al Congreso de 2026. La jornada dejó una sorpresa tan significativa como inquietante. Varios de los nombres más votados no provienen de la militancia política, sino del mundo de la influencia digital. 

Y aunque no es la primera vez que ocurre, candidatos con miles de seguidores en redes sociales, acostumbrados a narrar su vida cotidiana y a intervenir en la conversación pública desde registros emocionales y polarizantes, obtuvieron resultados que en otros tiempos habrían parecido imposibles. Esa mutación de la política hacia la esfera digital ya no es anecdótica. Lo que antes era militancia, hoy se mide en reproducciones, clics y visualizaciones.

La política colombiana ya no se juega únicamente en comités o plazas públicas, sino en los algoritmos. En esta consulta varios creadores de contenido con discursos emocionales y presencia constante en redes desplazaron a figuras que durante años habían realizado un trabajo político juicioso. Una historia en Instagram o un video en TikTok puede tener más impacto que un encuentro ciudadano o una entrevista radial. Un hilo en X puede alterar el curso de una campaña. Pareciera que se busca más el like que el servicio. 

Entre los nombres más visibles para el Senado se distinguen: Walter Rodríguez (Wally), quien alcanzó 133 107 votos y tiene 568 000 seguidores en X; Amaranta Hank, 13 060 votos y 300 mil seguidores y Matador, 22 001 votos con 497 000 seguidores. 

En la Cámara de Representantes, Laura Beltrán (Lalis) registró 26 174 votos y 318 000 seguidores en X; Hernán Muriel, 41 477 votos y 42 000 seguidores; David Porras, 1.547 votos con 21.000 seguidores. En conjunto, estos seis influenciadores suman 237 000 votos, equivalentes al 8,8% de la votación total del Pacto Histórico.

El sociólogo Manuel Castells llamó a este proceso la “autocomunicación de masas”. La describe como un ecosistema donde cada persona produce y distribuye su mensaje, elige su público y define la emoción que transmite. En este campo, los influenciadores se mueven con mayor destreza que muchos políticos. Hablan con cercanía, despiertan emociones y construyen comunidades digitales que sustituyen, en parte, a la vieja militancia de base.

Pero esta revolución comunicativa, que democratiza la voz, también redefine los riesgos. La misma herramienta que amplía la participación puede reforzar el aislamiento. Este escenario exige nuevas alfabetizaciones democráticas. Es necesario aprender a leer las redes con espíritu crítico, a distinguir la información del ruido y a ejercer la ciudadanía digital con responsabilidad. La educación ciudadana del presente pasa por enseñar pensamiento crítico en tiempos de algoritmos.

Como advierte Cass Sunstein, las redes no necesariamente amplían el diálogo democrático, sino que pueden encerrarnos en cámaras de eco donde solo escuchamos lo que confirma nuestras creencias. Lo que antes era plaza pública hoy se fragmenta en burbujas digitales, y la emoción —en forma de sarcasmo, ironía o indignación— genera más clics (y, a veces, más votos) que la propuesta o el argumento. Las campañas se mueven al ritmo del algoritmo, que premia lo viral y castiga lo complejo.

La emocionalidad digital redefine el ejercicio del poder. La consulta del Pacto confirmó que la comunicación ya no es solo un instrumento del poder, sino su escenario principal. En la era de la autocomunicación de masas, quien logra conectar emocionalmente tiene ventaja. El reto fundamental sigue siendo convertir esa conexión en acción colectiva sostenida, en organización política y en políticas públicas reales. El carisma digital puede abrir puertas, pero no reemplaza la preparación técnica, la escucha, el conocimiento de los territorios ni el compromiso con el interés público.

Aun así, no todo es amenaza. Las redes han abierto espacios a voces que antes no tenían micrófono. Jóvenes, mujeres, comunidades LGBTIQ+, afrodescendientes e indígenas y movimientos como #MeToo,Black Lives Matter o las movilizaciones climáticas juveniles han encontrado que la conexión digital puede traducirse en acción política y esperanza colectiva.

El problema no es que la política se digitalice, sino que no aprendamos a construir instituciones y prácticas democráticas capaces de gobernar éticamente este nuevo espacio público. No se trata de satanizar los likesni de idealizar la política tradicional, sino de entender su poder y sus límites. Porque cuando los likes dan votos, también deberían exigir responsabilidad, rendición de cuentas y capacidad de gobierno o representación. De lo contrario, podríamos terminar habitando una democracia de apariencias. Una democracia efímera y superficial, como un like que se desvanece en el timeline.

Tampoco se trata de descalificar a los nuevos liderazgos que surgen de la esfera digital. Muchos de ellos expresan la frustración de una generación que no se siente representada y que busca nuevos lenguajes de participación. Pero sí es necesario preguntarse si la política puede sobrevivir cuando se mide por su capacidad de volverse viral. El riesgo no es solo la banalización de lo público, sino la transformación del ciudadano en consumidor. Se elige no a quien propone, sino a quien emociona.

La fragilidad de la democracia no se origina únicamente en los intentos autoritarios, sino también en su superficialización cultural. Cuando el voto se guía más por la afinidad estética que por la deliberación informada, las instituciones se vacían de contenido. La conversación pública se vuelve un escenario de gestos y consignas, mientras la desigualdad, la educación, la ciencia o la justicia pierden espacio en la agenda colectiva. Si la política se vuelve espectáculo, la democracia corre el riesgo de volverse audiencia. Y cuando eso ocurre, el futuro deja de escribirse en las urnas y empieza a definirse en los comentarios.

Como ciudadanos, debemos ser conscientes de las razones por las que votamos. No se trata de elegir a quien más seguidores tenga o a quien genere más polémica, sino a quien tenga ideas, propuestas y argumentos sólidos. La popularidad no debe reemplazar la preparación, ni la viralidad sustituir la responsabilidad de representar a miles de personas. Por su parte, quienes aspiran a ocupar un cargo público desde el mundo digital, tienen la obligación de elevar la conversación, no degradarla. La credibilidad no se construye con insultos ni con clics, sino con coherencia, conocimiento y compromiso.

Y para la política tradicional, este fenómeno debe ser una señal de alerta y de aprendizaje. No se trata simplemente de ‘pasarse a las redes’ para ganar visibilidad, ni de competir con los influenciadores en el terreno del espectáculo. Se trata de reconectar con la gente, de hablar en los lenguajes y plataformas donde hoy se construye la opinión pública, pero sin renunciar a la profundidad del debate ni a la responsabilidad del liderazgo.

Las redes no son una amenaza sino un puente. Quienes sepan cruzarlo con autenticidad y propósito seguirán teniendo un lugar, incluso en esta era de los algoritmos. El reto de esta época no es decidir entre el discurso político o el contenido digital, sino entender que el futuro de la democracia se juega en ambos mundos. Porque los likes pueden abrir puertas, pero gobernar —y representar con dignidad— exige mucho más que eso. Avancemos en educación, deliberación y debate. Retrocedamos en la cultura del insulto y en la comodidad de no pensar. Solo así los likes podrán ser parte de la democracia, no su reemplazo.

Edna Bonilla

Publicado en revista CAMBIO, Colombia.

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Acaba de publicarse la más reciente Encuesta Internacional sobre Enseñanza y Aprendizaje (TALIS 2024) de la OCDE. Este es el estudio más amplio sobre la vida, las percepciones y las condiciones de los docentes. En más de 50 países, 300.000 maestros de colegios públicos y privados respondieron sobre cómo enseñan, cómo aprenden y cómo se sienten en su trabajo. 

Los resultados para Colombia son reveladores. 97 % de los docentes afirma estar satisfecho con su labor, aunque buena parte deba dictar clases en aulas precarias, experimente inestabilidad laboral y padezca escaso reconocimiento. El informe no solo mide el bienestar, sino que desnuda una paradoja: a pesar de la adversidad, enseñar en Colombia sigue siendo un acto de esperanza.

TALIS 2024 muestra que los docentes colombianos se destacan por su compromiso con la diversidad y el aprendizaje socio emocional. 85 % dice sentirse preparado para trabajar con estudiantes de distintos contextos culturales, y 80 % asegura poder apoyar su desarrollo emocional. Estos porcentajes son superiores al promedio de la OCDE. Sin embargo, solo siete de cada diez docentes tienen contrato permanente y una proporción importante trabaja con sobrecarga y limitaciones materiales. Los maestros colombianos se declaran felices, pero no por lo que reciben, sino por lo que entregan. La vocación sigue intacta, incluso cuando el sistema la pone a prueba.

Esa mezcla de convicción y precariedad tiene rostro. La viví hace unas semanas cuando volví al Liceo Femenino de Cundinamarca Mercedes Nariño, el colegio público donde me gradué hace varias décadas. El rector y la comunidad docente me invitaron a conocer el resultado parcial de la implementación del programa de Bachillerato Internacional (BI) y a disfrutar de diferentes muestras culturales y académicas. También conversamos con las estudiantes de grado 11 y con algunas compañeras egresadas sobre la importancia de la educación y lo que el colegio nos aportó para construir nuestros proyectos de vida. Teníamos en común valores que nos inculcó el Liceo, como la gratitud, la corresponsabilidad y la resiliencia. 

El colegio ha mantenido estos principios, pero los ha llevado más lejos al incorporar el BI a su Proyecto Educativo Institucional (PEI). Ahora las estudiantes cuentan con nuevas herramientas que les permiten fortalecer sus conocimientos para afrontar un mundo donde las condiciones son muy distintas de las que conocí cuando me gradué. La emoción de los profesores al escuchar y ver los avances de sus alumnas era profundamente conmovedora. El BI que ahora se vive en las aulas y en los pasillos del colegio me permitió escuchar voces sobre la pasión de las jóvenes al realizar sus proyectos de investigación, redactar monografías o expresarse con fluidez en inglés y francés, además del español. Sentí que algo estaba cambiando no solo en mi colegio, sino en la manera como entendemos las potencialidades de la educación pública. Entre esas voces, una me conmovió especialmente. Alison Soto, estudiante de grado 11, dijo: “El Bachillerato Internacional me abrió el pensamiento y me ayudó a no quedarme con una sola idea de futuro. Me enseñó a ver más caminos, a pensar en grande y a creer que también desde la escuela pública podemos llegar lejos”.

Esa transformación que ya se siente en el Liceo no es un caso aislado. En 2022, el BI llegó a diez colegios públicos de Bogotá con una promesa sencilla, pero poderosa. Se trata de mostrar que la curiosidad intelectual y la exigencia académica están en todas partes. La semilla se sembró y hoy entendemos mejor que la educación no es solo una tarea técnica, administrativa o política, sino, sobre todo, profundamente humana.

Esta iniciativa no es un currículo importado ni una moda educativa. Es una manera de entender el aprendizaje. Es una invitación constante a observar, preguntar y conectar. Busca formar estudiantes con pensamiento crítico, sensibilidad social y conciencia global, que sepan argumentar, escuchar y comprender la complejidad del mundo sin dejar de lado nuestra cultura y nuestras raíces. El BI es una herramienta, no una sentencia. Lo que trae es una estructura específica, un lenguaje compartido globalmente y una forma de evaluar que potencia —más que reemplaza— lo que ya existe.

En los colegios públicos de Bogotá, el BI tomó una forma muy nuestra. No se trató de copiar un modelo extranjero, sino de hacerlo dialogar con la realidad de cada colegio, a través del Proyecto Educativo Institucional (PEI), teniendo en cuenta el contexto local. Por ejemplo, si queremos enseñar ciencias o química, no basta con memorizar fórmulas, sino que se indaga por la forma como afectan la vida cotidiana. Desde esas experiencias, las y los estudiantes entienden mejor la naturaleza del humedal o de la quebrada cercana, y comprenden la importancia de la calidad del aire del barrio. La curiosidad y el saber preguntarnos se vuelven una forma de comprender —y cuidar— lo público.

Al comienzo de la implementación del programa, se mezclaban la expectativa y, en algunos casos, el escepticismo. Los docentes sabían que enseñar en el BI exigía otra manera de planear las clases, evaluar y acompañar. No se trataba de abandonar lo que sabían, sino de ampliar su caja de herramientas pedagógicas. Fue emocionante ver cómo esos procesos se llenaban de conversaciones, talleres y encuentros pedagógicos, donde las preguntas valían tanto como las respuestas.

El aprendizaje docente impulsado por la organización del BI, junto con la formación situada entre los maestros con experiencia y los nuevos que se sumaron al proceso, fue el soporte del programa. Contribuyó el liderazgo de los diez rectores y rectoras, así como de los coordinadores del BI en cada colegio. Un grupo comprometido de maestros y maestras se capacitó intensamente y lo hicieron con el entusiasmo de quienes saben que el conocimiento se construye colectivamente. Uno de los mayores aprendizajes del BI en Bogotá es que la innovación no nace solo de una metodología, sino de una comunidad que se atreve a transformar su práctica.

A finales de este año tendremos los primeros estudiantes de la educación pública de Bogotá certificados en Bachillerato Internacional. Es algo histórico. El trabajo de los diez colegios, el convencimiento de sus rectores y rectoras, la pasión y rigurosidad de sus maestras y maestros, el acompañamiento de múltiples equipos entre los que están los colegios privados que ‘apadrinaron’ el proceso y, sobre todo, el esfuerzo de los estudiantes y sus familias se reflejará en un gran logro compartido. En las aulas, los jóvenes formulan preguntas más abiertas. En los pasillos, los profesores comparten proyectos interdisciplinarios, y en los hogares, las familias comienzan a hablar de una escuela donde se enseña a pensar con propósito y esperanza. Seguramente, todos reconocerán que es, al fin, el fruto de un esfuerzo conjunto.

Durante décadas, este tipo de programa estaba reservado en Colombia para los colegios privados de élite. Que hoy diez colegios públicos de Bogotá —en distintas localidades de la ciudad— hagan parte de la red mundial del BI rompe un paradigma y demuestra que el talento está en todas partes. Significa que la escuela pública puede ser un espacio donde la exigencia y la sensibilidad se encuentran, donde aprender no se limita a sobrevivir, sino a imaginar y transformar realidades.

Quizás lo más valioso del BI en colegios públicos no esté en los cambios de los indicadores o las pruebas estandarizadas, sino en aquello que no se mide. Allí donde el profesor descubre que puede enseñar de otra manera; también al interior de una familia que siente que la escuela habla un idioma lleno de oportunidades. En este proceso, el estudiante rompe sus límites y empieza a imaginarse cursando un programa de posmedia o universitario que realmente lo haga sentirse como un ciudadano del mundo.

Emprender este proceso demostrativo tiene todo el sentido. Cada transformación empieza con una apuesta. En 2022, Bogotá decidió creer que la educación pública podía dialogar ‘de tú a tú’ con los mejores programas del mundo. En 2025, esa apuesta sigue viva, creciendo en cada aula donde un maestro se atreve a ampliar su enseñanza, un estudiante comienza a preguntar más allá del libro, y una familia se muestra dispuesta a todo.

El BI no llegó a reemplazar lo que somos, sino a recordarnos que la inteligencia, la creatividad y la empatía están en todas partes. La escuela pública bogotana está escribiendo su propia versión del BI con esperanza, con acento local, con historias de barrio y con sueños colectivos. Y aunque el camino apenas comienza, pensar distinto desde la escuela pública no es una utopía. Es una posibilidad que ya está germinando porque cada vez que un estudiante levanta la mano para preguntar “¿por qué, cómo y para qué?” el BI cumple su mayor propósito, que es recordarnos que la escuela pública también puede cambiar el mundo. Y que cuando la esperanza enseña, la educación se vuelve futuro. 

Felicitaciones y que vengan muchos más estudiantes de colegios públicos que, al graduarse, obtengan su certificado de BI, para que, como dijo Mariana Suárez, estudiante de grado 11: “El Bachillerato Internacional nos recordó que pensar también es un acto de esperanza, y que desde la escuela pública también se puede cambiar el destino”. Hay futuro.

Nota final. Esta columna es también un homenaje y conlleva gratitud para los rectores y rectoras y las comunidades educativas de los 10 colegios que creyeron en el Bachillerato Internacional en Bogotá: San José Norte, Instituto Técnico Distrital Julio Flórez, La Felicidad, Morisco, Luis Carlos Galán Sarmiento, Técnico Menorah, Instituto Técnico Industrial Francisco José de Caldas, Grancolombiano, Escuela Normal Superior Distrital María Montessori y el Liceo Femenino de Cundinamarca. Con su trabajo nos demuestran que soñar vale la pena. 

Posdata. La gobernanza de las universidades públicas atraviesa una crisis cada vez más preocupante. El viernes 10 de octubre, hacia el mediodía, en la sede Bogotá de la Universidad Nacional, se dio orden de desalojo por parte del rector Leopoldo Múnera. En sus palabras, se trataba de “una amenaza específica contra la seguridad del campus”. La comunidad atendió la orden de inmediato. Un par de horas después, el ministro de Educación, Daniel Rojas, acompañó una marcha e ingresó a la Universidad, violando la orden. Él y otros políticos realizaron un evento dentro del campus. Este hecho constituye una nueva y clara violación de la autonomía universitaria por parte del Gobierno nacional.

Y para completar, el lunes en la mañana un grupo, que se identificó como el Congreso de los Pueblos, ingresó sin autorización al campus y “se dirigió a la Concha Acústica, dónde se instaló, anunciando que en el transcurso de la jornada se sumarían para pernoctar en el campus unas 2 000 personas, provenientes de diversas regiones del país, para participar en una movilización nacional”. Su vocera dijo el martes que “efectivamente, no le consultamos a la institucionalidad porque es la universidad de los pueblos, y para entrar a tu casa no pides permiso”. Y la administración, responsable de proteger el carácter académico del campus, pareciera impávida ante esta preocupante situación.

Lo han descrito Applebaum, Müller y Snyder. Los regímenes populistas del siglo XXI no llegan con tanques, sino con decretos —o con actos como estos—. No derriban tribunales, medios o universidades, sino que los ocupan, los silencian o los domestican. Y cuando el poder captura a quienes juzgan, informan o piensan, la democracia ya está en riesgo. Cuidemos y rodeemos nuestras instituciones —en especial nuestras universidades públicas—, porque en ellas también se juega la democracia.

Edna Bonilla

Publicado en la revista Cambio, Colombia

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Esta semana coincidieron dos foros sobre el futuro de la educación superior en Colombia. Uno organizado por Diálogos de Futuro en alianza con ASCUN y varias universidades. El otro impulsado por Prisa Media con el apoyo de varias instituciones de educación superior. Ambos pusieron en el centro un asunto decisivo: la financiación.

La Constitución define la educación como un derecho y un servicio público con función social. En Colombia ese derecho se concreta en un sistema mixto, en el que conviven instituciones públicas y privadas. El Estado debe garantizar acceso, permanencia y calidad, pero su limitada capacidad fiscal ha obligado históricamente a compartir responsabilidades con el sector privado. Actualmente, de los 2,5 millones de estudiantes matriculados en educación superior, el 44 % está en instituciones privadas.

La demanda está creciendo y los esquemas tradicionales de subsidio y crédito muestran límites. Para miles de jóvenes ‒sobre todo en regiones apartadas‒ estudiar sigue siendo un privilegio. En estas circunstancias es urgente buscar los mecanismos para optimizar el gasto público y abrir nuevos caminos de financiación.

Las modalidades de financiación siempre plantean la tensión entre equidad y eficiencia. La equidad implica garantizar acceso a quienes más lo necesitan, y la eficiencia, optimizar recursos limitados. La financiación pública puede otorgar subsidios directos gracias a los impuestos. Esta es la vía redistributiva clásica. El otro camino es el de los créditos o esquemas de cofinanciación, que trasladan parte de la responsabilidad al beneficiario. Entre ambos puntos existen múltiples combinaciones posibles: contribuciones (sobretasa a impuestos que se inviertan directamente en educación superior), becas-crédito condonables, fondos de garantía y pagos contingentes al ingreso. Colombia tiene que diseñar un portafolio equilibrado de instrumentos capaces de responder a la diversidad de contextos y de estudiantes, sin sacrificar ni la equidad, ni la eficiencia.

En ese contexto, vale la pena destacar dos avances recientes en la política pública. El primero es la reforma a la Ley 30 de 1992, aprobada en segundo debate por el Senado, que corrige una falla estructural. Durante 30 años los presupuestos de las universidades crecieron al ritmo de la inflación, muy por debajo de sus costos reales. Con la reforma, el ajuste se hará cada año con el Índice de Costos de la Educación Superior (ICES), calculado por el DANE, que refleja mejor la realidad de salarios docentes, laboratorios y bibliotecas. Además, la proporción de recursos destinados a inversión pasará de 30% a 70% del crecimiento de la economía y, por primera vez, las instituciones técnicas y tecnológicas tendrán un piso presupuestal equivalente al 0,05 % del PIB. Se estima que a 2040 el aumento será de 18,7 billones de pesos. Una señal clara de que se empieza a saldar una deuda histórica con la educación pública. De otro lado, queda pendiente la revisión y modificación del decreto 1279 de 2002 que fija el régimen salarial y prestacional de los docentes universitarios, cuyo peso en la estructura de costos es significativo.

El segundo avance es la política de gratuidad, que aunque se inició con el gobierno anterior, quedó consagrada en la Ley 2307 de 2023. Cerca de 900 000 estudiantes en universidades e instituciones técnicas y tecnológicas oficiales no pagan matrícula. Esto ha contribuido a que la cobertura alcance al 57,5%, la más alta en una década. Sin embargo, la gratuidad cubre solo la matrícula y deja por fuera costos como transporte, alimentación o bienestar. Además, carece de indicadores transparentes para medir su impacto real. El riesgo es que se convierta en un alivio inmediato, pero insuficiente, si no se acompaña de políticas de calidad, pertinencia y equidad territorial.

Ambos mecanismos ‒ley 30 y gratuidad‒ requieren financiación. De ahí la necesidad de explorar nuevos modelos. Están surgiendo propuestas que diversifican fuentes y flexibilizan condiciones: créditos que se pagan según el ingreso del egresado, fondos de inversión social, esquemas de pago por resultados o alianzas público–privadas para compartir riesgos. La banca comercial empieza a diseñar productos ajustados a las realidades locales, y las políticas públicas examinan subsidios focalizados y cofinanciación.

La viabilidad de cualquier instrumento depende del contexto. En las actuales condiciones el Estado no tiene capacidad institucional ni fiscal para garantizar el acceso universal. En este escenario, la corresponsabilidad entre Estado y sector privado es la única vía.

Esa corresponsabilidad debe adaptarse a cada territorio. En grandes ciudades, como Bogotá o Medellín, los créditos contingentes al ingreso son viables gracias a la formalidad laboral y a la capacidad fiscal local. En capitales intermedias, como Bucaramanga o Pasto, funcionan mejor los créditos con garantía estatal y becas parciales, sumados a microcréditos para técnicos y tecnólogos. Y en regiones más vulnerables ‒el Pacífico, la Amazonía‒ la respuesta no es el crédito, sino becas-crédito condonables ligadas a la graduación o al servicio social, acompañadas de subsidios de sostenimiento. Aquí la cooperación internacional y la filantropía pueden ser claves.

Colombia necesita abrir con decisión estos nuevos caminos. La educación superior no puede depender del lugar de nacimiento o de la capacidad de endeudamiento de una familia. Con financiación flexible, corresponsabilidad y políticas centradas en el estudiante, el país puede democratizar de verdad el acceso y garantizar que más jóvenes no solo ingresen a la universidad, sino que culminen sus estudios y construyan futuro. Ese es el reto. Asumámoslo. 

Posdatas.

  1. La política de gratuidad exige transparencia. Resulta inaceptable que, en un país con tantas restricciones, casos como el de Margarita Rosa de Francisco ‒quien recibió el beneficio sin cumplir los requisitos de vulnerabilidad‒ pasen sin sanción. Daña la legitimidad de la política y envía un mal mensaje.
  2. La gobernanza de las universidades públicas vive una crisis seria. La designación de rectores se ha convertido en botín político, como lo muestran los recientes episodios en la Universidad Nacional y otras universidades. Hoy lo que se vive en la Universidad del Atlántico es inaceptable. Se habla de todo, menos de academia. Sin buena gobernanza, incluso mayores recursos corren el riesgo de perderse en disputas políticas.

Edna Bonilla  

Publicado en la revista CAMBIO, COLOMBIA

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Hace unos días, en una clase con mis estudiantes de la Universidad Nacional, les pregunté qué entendían por trayectoria educativa. Muy pocos conocían el término, aunque lo relacionaban de inmediato con su proyecto de vida. Y no estaban equivocados. Una trayectoria educativa no es solo la sucesión de grados escolares. Es el vínculo vital y permanente que cada persona establece con el aprendizaje, moldeado por sus aspiraciones y por las oportunidades que la sociedad pone ‒o no‒ a su alcance. 

Las trayectorias educativas no son lineales ni homogéneas. Se construyen conjugando las aspiraciones personales, las oportunidades del sistema y los condicionantes del contexto social. Comienzan en la primera infancia  ‒etapa decisiva para el desarrollo del cerebro y la disposición hacia el aprendizaje‒ siguen en la educación básica y secundaria, se diversifican en la media -cuando surgen las preguntas vocacionales‒ y se proyectan hacia la educación superior y el mercado laboral. Pero no terminan allí. En un mundo de cambios acelerados, la formación permanente se vuelve indispensable. Basta mirar el crecimiento de la llamada economía plateada. Cada vez más adultos mayores participan en procesos de aprendizaje continuo.

Las trayectorias educativas se asemejan a caminos que se bifurcan. Algunos están pavimentados y bien señalizados. Otros exigen abrir trocha. Avanzar no depende solo del talento individual, sino también de las mochilas con las que cada persona inicia el viaje. Hay quienes cuentan con un capital cultural, económico y social que les allana el recorrido, mientras que otros deben apelar a la resiliencia para sortear obstáculos y, difícilmente, alcanzar metas semejantes. En cada etapa, el Estado y la sociedad pueden tender puentes que faciliten el tránsito o, por el contrario, crear obstáculos que lo interrumpan.

El informe Education at a Glance 2025 de la OCDE es un verdadero atlas de las trayectorias educativas. Sus cifras no son simples estadísticas. Son coordenadas que muestran cómo cada sociedad abre caminos o levanta barreras al aprendizaje. Como un mapa topográfico, los indicadores dejan ver las elevaciones y depresiones del campo educativo. Las tendencias son el resultado de hechos y circunstancias acumuladas durante décadas, más allá de los vaivenes de cada gobierno. Son las huellas de expediciones políticas que han construido ‒o deteriorado‒ los puentes entre una etapa y otra del recorrido educativo.

En preescolar y básica, la mayoría de los países de la OCDE garantizan acceso universal y han reducido al mínimo el abandono escolar. En promedio, solo  13 % de los jóvenes entre 25 y 34 años no termina el colegio. En Colombia, aunque hubo avances, la realidad sigue siendo preocupante. Cerca de 17% de los jóvenes no culmina la educación media y se pierde en los vericuetos de la reprobación y la deserción. 

El problema no es solo de cobertura. También lo es de calidad. En secundaria, uno de cada cinco adolescentes arrastra al menos dos años de atraso escolar. Como recuerda el Nobel de Economía Josh Angrist, “la educación importa, pero la calidad es lo que cambia vidas”. Sus investigaciones muestran que la cobertura escolar, por sí sola, no es la palanca más poderosa contra la desigualdad. Lo decisivo es elevar la calidad docente y garantizar aprendizajes que se traduzcan en ingresos futuros.

La interrupción de las trayectorias educativas no se distribuye de manera homogénea. Golpea con más fuerza a los estudiantes rurales, y a quienes provienen de familias de bajos ingresos, o habitan en contextos de mayor vulnerabilidad. En países de la OCDE con sistemas más equitativos, como los nórdicos, el rezago escolar prácticamente ha desaparecido. En Colombia, en cambio, los factores sociales, económicos y territoriales pesan de manera decisiva. Un niño del Pacífico o de una zona rural tiene muchas menos probabilidades de llegar a tiempo a la secundaria que uno que crece en una capital departamental.

Incluso en las ciudades capitales persisten grandes disparidades. Un reciente estudio de Carlos Alberto Reverón, titulado Trayectorias educativas desiguales y segregadas: clases sociales, segregación escolar y residencial en Bogotá metropolitana, muestra que en Bogotá y municipios circundantes, de manera similar a lo observado en la OCDE, entre los jóvenes de 18 a 24 años, cerca del 87% completó la trayectoria esperada, el 9% desertó o nunca ingresó al sistema educativo y el 4% presenta rezago. 

Pero, como ocurre en Colombia y en América Latina, la trayectoria educativa varía según la clase social de sus familias. La posesión de capitales culturales, económicos y sociales configura estructuras de capacidad distintas, que inciden en los resultados. De cada 100 niños de la clase alta que ingresan a primero de primaria, los 100 culminan el grado undécimo; en contraste, solo 85 de la clase popular consolidada y solo 75 de la más precarizada logran graduarse.

El estudio de Reverón confirma que la clase social atraviesa toda la trayectoria educativa. El capital cultural incorporado aumenta en 56% las probabilidades de graduación; el capital educativo familiar lo hace en 41%, y el capital económico ‒medido en bienes e ingresos‒ en cerca de 48%. En otras palabras, las mochilas con más recursos pesan menos en el camino y facilitan llegar a la meta.

Otro hallazgo clave es la incidencia de la segregación escolar y residencial. El estudio muestra que el campo educativo y habitacional bogotano está altamente segmentado y reproduce desigualdades sociales. Existe una separación casi absoluta entre las élites y el resto de la sociedad. La correlación entre segregación escolar y residencial configura un sistema metropolitano jerárquico, donde la desigualdad educativa no solo refleja sino que refuerza la desigualdad territorial, perpetuando las brechas. Vivir en zonas de élite aumenta en 20% la probabilidad de graduación, mientras que quienes habitan en áreas populares tienen muchas menos posibilidades de terminar el colegio. En un país tan desigual, sigue siendo esencial crear espacios de encuentro entre niños y jóvenes de distintas clases sociales, especialmente en la escuela.

En la educación superior las diferencias se hacen más profundas. En el promedio de los países de la OCDE, 78% de los estudiantes ingresa a programas profesionales o equivalentes. Y, entre ellos, siete de cada diez logran graduarse en un plazo razonable. Los países nórdicos y algunos asiáticos destacan por sus altas tasas de culminación, su inversión sostenida y la equidad de sus sistemas. En cambio, América Latina arrastra rezagos en permanencia, financiamiento público y equidad. En Colombia, apenas el 44% culmina con título. De cada diez estudiantes que ingresan con ilusión, seis se quedan a mitad de camino.

Las trayectorias truncadas responden a factores sociales y económicos. En Colombia, la deserción en el primer año universitario llega a 22%, frente a 13% de la OCDE. Solo 16% de los jóvenes logra graduarse en el tiempo previsto, mientras que en la OCDE el promedio es de 43%. La falta de orientación vocacional, los vacíos académicos, los bajos capitales culturales familiares y la ausencia de apoyos económicos y psicosociales explican buena parte del problema. En Colombia, además, una proporción importante del costo de la educación superior recae sobre los hogares. En el país, el gobierno invierte menos que en el promedio de la OCDE, y entonces no queda más remedio que la financiación privada.

Además de la financiación, la educación superior en Colombia requiere mayor pertinencia. En la OCDE, los campos más frecuentes en pregrado son las áreas STEM Ciencia (Science), Tecnología (Technology), Ingeniería (Engineering) y Matemáticas (Mathematics), el 23% y administración y leyes (23%), seguidos por artes, humanidades y ciencias sociales (22%). En Colombia, en cambio, predominan administración, negocios y leyes, que concentra 37% de la matrícula. Este porcentaje es casi el doble del promedio internacional.

Incluso quienes logran graduarse de la educación superior se encuentran con un panorama incierto. Mientras en la OCDE más educación significa menos desempleo (12,9% entre quienes no terminaron la secundaria, 6,9% con secundaria completa y 4,9% con educación terciaria), en Colombia la curva se invierte. El desempleo es de 10,3% entre quienes no culminaron la media, sube a 12,1% entre bachilleres y apenas baja a 11,2% entre profesionales.

Las brechas salariales también son elocuentes. En Colombia, quienes tienen educación superior ganan en promedio 150% más que quienes solo terminaron la media. En la OCDE, la diferencia es de 54%. En el país se continúan ampliando las brechas. El título universitario se convierte así en un mecanismo de diferenciación social.

Seguir la ruta de estas trayectorias muestra que no se trata solo de completar niveles educativos, sino de cómo se acumulan ‒o se interrumpen‒ las oportunidades sociales, económicas y territoriales. En países de la OCDE con políticas de equidad sostenidas, los niños de contextos vulnerables reciben apoyos constantes que les permiten mantenerse en la escuela y avanzar hacia la educación posmedia y, de allí, entrar al mercado laboral. En Colombia, en cambio, esos apoyos son débiles, fragmentados y desiguales, sujetos muchas veces a los bandazos de cada gobierno que bifurcan las trayectorias desde temprano.

Las trayectorias educativas en Colombia están llenas de obstáculos. Se ingresa con relativa facilidad, pero en cada etapa aparecen riesgos de exclusión, rezago o deserción. Y aun cuando se llega al final, el resultado no se expresa en una mayor movilidad social. El reto es garantizar que estas rutas sean completas, armónicas, inclusivas y significativas. Que cada niño que ingrese al preescolar llegue a graduarse de la educación media. Que cada joven que entra a la universidad tenga condiciones reales para culminar. Y, finalmente, que cada título se convierta en una puerta hacia la equidad y la movilidad social. Porque, al final, como concluimos con mis estudiantes, hablar de trayectorias educativas es hablar de trayectorias de vida. ¡Mucho por hacer por la educación del país! Ojalá entendamos que es más fácil si construimos sobre lo construido y nos unimos para brindar oportunidades de calidad a la niñez y juventud. 

Posdata. Seguimos lamentando la muerte de niños a causa de la violencia. Esta vez fue Nairkel Botía de apenas cuatro años. Según las versiones conocidas, su padrastro lo golpeó, delante de su madre, porque en lugar de dormir, quería jugar. Vuelvo a preguntar: ¿qué más necesitamos para entender que lo más elemental en cualquier sociedad es proteger a sus niños y niñas? Sin trayectorias de vida seguras, no habrá trayectorias educativas posibles.

Edna Bonilla

Septiembre, 2025

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En Colombia hablar de juventud es hablar de paradojas. Aunque solemos repetir que somos un país joven, los datos muestran otra realidad. En la última década, la proporción de jóvenes pasó de 26 a 23 % de la población y, según proyecciones del DANE, en 2050 será apenas de 18 %. Hoy, en 2025, viven poco más de doce millones de jóvenes en el país.

Siete de cada 10 de ellos pertenecen a los estratos 1 y 2. Seis de cada 10 no logran pasar de la educación media a la superior, y más de 2,6 millones no estudian ni trabajan. La tasa de desempleo juvenil es de 17 %, casi el doble que la de los adultos (cercana a 10 %). Y cuando logran emplearse, reciben salarios en promedio un 22 % más bajos que los del resto de la población.

La desigualdad de género agrava el panorama. De cada 10 jóvenes que no estudian ni trabajan, siete son mujeres. En ciudades como Puerto Inírida y Leticia, la tasa de desempleo de las mujeres es 25 puntos porcentuales más alta que la de los hombres. En Santa Marta, Montería, Cartagena y Valledupar la diferencia en contra de las mujeres oscila entre 14 y 20 puntos. En contraste, en Bogotá y Bucaramanga la diferencia apenas llega a 3 y 5 puntos. A esto se suma que, según la OIT, las mujeres jóvenes reciben en promedio un salario que es 2,3 % inferior al de los hombres.

Estas cifras no son simples estadísticas. Se trata de vidas truncadas, proyectos inconclusos, futuros en suspenso. Este fracaso no es del joven, sino del sistema que no garantiza trayectorias educativas completas ni oportunidades laborales dignas. La brecha entre formación y empleo lo confirma. Según la Alianza por la Inclusión Social, en 2024 apenas la mitad de los jóvenes está calificada para el empleo que desempeñan. El resto se divide entre la sobrecalificación (37 %) y la subcalificación (13 %). El desperdicio del talento termina afectando directamente al desarrollo nacional. Es imperativo conectar la educación con las necesidades del mercado laboral.

Ante este panorama, propongo cinco caminos de acción:

Primero, es necesario fortalecer la orientación socio-ocupacional y la articulación de la educación media con la posmedia, promoviendo espacios de aprendizaje innovadores que permitan a los jóvenes construir proyectos de vida acordes con sus talentos y sueños.

Segundo, necesitamos currículos más amplios y pertinentes que conecten la educación media y posmedia con el mundo del trabajo y la producción. El objetivo es que los jóvenes desarrollen competencias para relacionarse mejor con su entorno y, de esa manera, ampliar sus oportunidades de desarrollo personal y profesional. Este esfuerzo debe concentrarse, sobre todo, en quienes provienen de los estratos 1 y 2.

Tercero, es clave promover oportunidades de empleo joven mediante programas de capacitación en el entorno laboral, educación económica y financiera, y apoyo al emprendimiento. Para el primer empleo, los procesos de selección deberían valorar más las competencias que la experiencia; ello permitiría abrir muchas más puertas. Al mismo tiempo, las empresas deben asumir su responsabilidad frente a las barreras que enfrentan los jóvenes para acceder y permanecer en un trabajo digno.

Cuarto, es indispensable impulsar la intermediación laboral. Aunque existen algunos servicios, muchos jóvenes no los conocen o no confían en ellos. Hoy, dos de cada tres consiguen empleo a través de familiares o amigos. El país necesita una institucionalidad sólida, con procesos serios y transparentes, que garanticen orientación, colocación y permanencia en el empleo.

Quinto, debemos completar las trayectorias educativas desde la primera infancia hasta la educación superior. Las brechas aparecen desde los primeros años: un tercio de los niños menores de cinco años vive en pobreza y no accede a educación inicial, y apenas la mitad de los jóvenes llega a la educación media. Cerrar estas brechas es fundamental para que puedan transitar hacia la educación superior y vincularse con éxito al mundo laboral. Modernizar la educación posmedia pública y privada, garantizando su calidad, es una tarea urgente. Sin calidad educativa no hay futuro posible para los jóvenes.

En su libro El costo de las oportunidades, la profesora María José Álvarez, de la Universidad de los Andes, narra historias de jóvenes que lograron ascender socialmente en un país tan desigual y segregado como Colombia. Ese ascenso no fue producto del azar, sino el resultado de una educación de calidad y de políticas públicas que abrieron oportunidades. En este proceso también fue decisivo el apoyo cercano de familias y profesores. En una investigación adicional con Paula Pinzón, ambas autoras muestran que, salvo contadas excepciones, la inserción laboral resulta mucho más difícil para los jóvenes de menores recursos.

Brindar oportunidades a los jóvenes es inaplazable. Nada sería más lamentable que reducirlos a instrumentos políticos, en lugar de garantizarles la educación de calidad que merecen. Tanto el sector público como el privado tienen un papel esencial, pero lo primero que se requiere es voluntad de actuar conjuntamente. Más allá de las promesas, es urgente que la educación esté a la altura de las expectativas de los jóvenes y de las necesidades del país. No hablamos de estadísticas, sino de vidas que están en juego.

Posdata 1. La muerte de la niña Valeria Afanador es una tragedia que estremece al país. Llegar al fondo en la investigación es una obligación. ¿Qué más necesitamos para entender que lo más elemental en cualquier sociedad es proteger a sus niños y niñas?

Posdata 2. En los próximos días, el Consejo de Estado dictará sentencia sobre el proceso de designación de rector en la Universidad Nacional de Colombia. Es momento de rodear a nuestra principal universidad pública y reafirmar el compromiso con el Estado de derecho y con la autonomía universitaria.

Posdata 3. Después de terminar esta columna escuché la intervención del presidente Gustavo Petro sobre la “gestión” educativa de su gobierno. Fue delirante. Además de múltiples equivocaciones, agresiones y lecturas amañadas de las cifras, se refirió a Bogotá y a la gestión de la exalcaldesa Claudia López, de la que fui secretaria de Educación. Afirmó que “ella no aceptó que fortaleciéramos la educación pública, sobre todo superior, en Bogotá”. También dijo que el electorado capitalino “cometió un suicidio, en Metro y en Educación”. Nada más lejos de la verdad.

La educación pública en Bogotá viene mejorando de manera sistemática, especialmente en los últimos 20 años. La ciudad aprendió a construir sobre lo construido. Entre 2020 y 2023 no solo se respondió a la pandemia, sino que se hizo la mayor inversión en infraestructura educativa de la historia. Se entregaron 35 colegios nuevos y se dejaron 35 más en diseño, en obra o en construcción. Además, se hizo intervención en 750 sedes, mejorando su infraestructura. Se alcanzó la menor tasa de deserción escolar en 30 años, se fortaleció el Programa de Alimentación Escolar, se abrieron más de 200 comedores escolares y se entregaron 134.000 tabletas o computadores con internet. También se implementó la política educativa rural, se mejoró el multilingüismo en 234 instituciones (220 en inglés, 10 en francés, 4 en chino mandarín), se creó el Festival Escolar de Artes y se instauró el Bachillerato Internacional en 10 colegios distritales.

En educación superior, se invirtieron cerca de 1,8 billones de pesos para beneficiar a 40.000 estudiantes en el programa Jóvenes a la U (hoy Jóvenes a la E) y 36.000 en programas de educación corta. La tasa de tránsito inmediato a educación superior en Bogotá pasó de 46,6% en 2019 a 53,9% en 2024. Jóvenes a la U priorizó a la población más pobre, ponderando la vulnerabilidad socioeconómica y las barreras de acceso. Ocho de cada diez beneficiarios son la primera generación de su familia en acceder a la universidad y más de 80 % proviene de colegios oficiales. El programa incrementó en 80 % las probabilidades de acceso a la educación superior y apostó decididamente por lo público, con líneas especiales para la Universidad Nacional, la Distrital y la Pedagógica. Todos estos logros de ciudad, afortunadamente se mantienen y mejoran.

Por último, parece que el presidente olvidó una reunión en Kennedy el 28 de septiembre de 2023. Fue la administración distrital la que presentó cuatro propuestas para fortalecer la educación pública. Con todo esto y más, no entiendo cómo un presidente puede equiparar estos avances con una tragedia como el suicidio. Es inadmisible.

Edna Bonilla

Publicado en la revista CAMBIO, COLOMBIA

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Qué riesgos amenazan hoy a nuestras sociedades y cómo debería responder la educación? Cada año, el Foro Económico Mundial publica el Informe de Riesgos Globales, elaborado a partir de la percepción de más de 900 expertos de distintos países. Su propósito es ayudar a quienes toman decisiones a responder a las crisis actuales y a definir prioridades a corto, mediano y largo plazo. En 2025 llegó a su vigésima edición.

La semana pasada, en mi clase de Política Pública en Educación en la Universidad Nacional de Colombia, conversamos con Fernando Reimers, profesor de la Universidad de Harvard, sobre las implicaciones que tienen estos riesgos en la educación. El diálogo con los estudiantes resultó enriquecedor. De ese ejercicio destaco cinco riesgos globales que no solo marcan la agenda internacional, sino que también son urgentes para Colombia.

El primero es la desinformación y la manipulación digital. Datos recientes de la UNESCO muestran que el 56 % de los usuarios de internet frecuentemente recurre a redes sociales para informarse y que dos tercios de los creadores de contenido no verifican sistemáticamente los contenidos antes de publicarlos. Es inaplazable fortalecer la alfabetización mediática desde edades tempranas. Los docentes debemos capacitarnos para detectar y combatir la desinformación y, sobre todo, para formar estudiantes con pensamiento crítico, capaces de verificar fuentes y no caer en la polarización digital. No es solo un reto de la escuela. Las familias, las comunidades y los medios de comunicación también tienen una enorme responsabilidad. Formar con criterio es urgente en estos tiempos de frenetismo digital. Como ya lo he insistido en este espacio, en tiempos donde el lenguaje político insulta y polariza, la escuela debe ser el antídoto que enseñe a pensar, contrastar y convivir.

El segundo riesgo es el de la crisis climática y ambiental, presente en los últimos ocho informes, sigue siendo un desafío educativo enorme. Un reciente estudio en Inglaterra (The Guardian, 19 de junio de 2025) advierte que si no se toman medidas, los estudiantes podrían perder hasta 12 días de aprendizaje al año por calor extremo y lluvias intensas. En Colombia es urgente integrar la educación ambiental y la sostenibilidad en todos los niveles. Aunque la Ley 1549 de 2012 ha sido clave, los esfuerzos siguen siendo insuficientes. También debemos adaptar infraestructuras escolares a fenómenos climáticos extremos. No es igual estudiar en el Sumapaz o en Pasto que en La Guajira o en la Amazonía. Y, sobre todo, necesitamos formar ciudadanos conscientes y activos frente a los retos ecológicos. Las escuelas son espacios estratégicos para generar esta conciencia. Educar para el cambio climático no es opcional. Es la única forma de que las próximas generaciones enfrenten este desafío.

El tercer riesgo que se plantea en el informe es el crecimiento tecnológico acelerado (disrupción tecnológica). Para enfrentarlo, Colombia debe abrir la discusión sobre la conveniencia de diseñar un currículo e incorporar las competencias digitales avanzadas. Los docentes necesitamos formación en inteligencia artificial y nuevas tecnologías, y los estudiantes deben tener acceso equitativo a la conectividad y a los dispositivos. Pero no basta con la tecnología, hay que fortalecer habilidades blandas y cuidar la salud mental.

El cuarto desafío identificado es el desempleo y los cambios estructurales en la empleabilidad. El Foro Económico Mundial anticipa que el 44 % de las habilidades laborales cambiarán en los próximos cinco años. En Colombia necesitamos una orientación vocacional adaptativa, que fomente resiliencia, flexibilidad intelectual y habilidades blandas. Las certificaciones de ciclo corto, la educación técnica y tecnológica y las alianzas entre el sistema educativo y el sector productivo son claves para preparar a los jóvenes para empleos emergentes. En mi columna ‘Educar para el bien-estar’ insistí en que formar para la vida exige una educación que combine competencias académicas, financieras y socioemocionales.

El quinto riesgo es la erosión de la cohesión social. Necesitamos fortalecer la educación cívica, la empatía y las capacidades para resolver conflictos. En estas áreas, Colombia tiene una deuda histórica. Las escuelas deben ser entornos inclusivos y democráticos que prevengan discriminación, el bullying y los discursos de odio. Este reto es especialmente complejo porque se alimenta del primer riesgo: basta abrir cualquier red social para confirmarlo. La construcción de confianza es el gran desafío de la democracia y empieza en la escuela. Educar para convivir es tan importante como educar para leer y escribir.

En Colombia seguimos en mora de enfrentar estos riesgos de manera sistemática. No hay tiempo para seguir postergando decisiones. La educación debe estar en el centro de la respuesta. Formar ciudadanos críticos, empáticos y preparados no es un lujo. Es la urgencia educativa de nuestro tiempo.

Posdatas.

1. A propósito de la reciente aprobación de la Ley 2481 del 16 de julio de 2025, las Escuelas Normales Superiores deben convertirse en el motor de la modernización docente. Solo así podremos responder, con oportunidad y calidad, a estos retos globales y locales.

2. Lamentable la desfinanciación de Batuta. Este modelo exitoso de educación artística y social ha unido al Estado y al sector privado durante 34 años, transformando la vida de casi dos millones de niños, niñas y jóvenes. En sus mejores épocas, Batuta atendió a cerca de 40.000 participantes al año. Hoy, solo 5 000 encuentran allí una razón para ser felices a través de la música. Los estudios de impacto han demostrado que el 80 % de beneficiarios mejoraron sus habilidades socioemocionales y su permanencia escolar. Ojalá encontremos fórmulas para preservarlas.

Edna Bonilla

Publicado en la revista CAMBIO, Colombia

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“La escuela debe ser el lugar donde todos podamos aprender a vivir como ciudadanos libres e iguales”

El 20 de agosto de 2020, en plena pandemia, Colombia perdió a uno de sus grandes educadores: Abel Rodríguez Céspedes. No pudimos despedirlo como merecía, junto a su esposa, la profesora Cecilia Villabona, su familia y sus amigos. Cinco años después, su voz, sus ideas y su ejemplo siguen presentes en las aulas, en los sindicatos y en las instituciones donde se debate el futuro de la educación pública.

Su legado para la educación es inmenso. En todas las facetas de su vida —como profesor, dirigente sindical, concejal de Bogotá, constituyente, viceministro y secretario de educación— se destacó por la admirable coherencia entre su pensamiento y su acción.

Abel era un verdadero maestro en el oficio y el arte de dialogar en medio de las diferencias, cualidad admirada tanto por sus amigos como por sus contradictores. La firmeza de sus convicciones, acompañada de la capacidad para escuchar y dialogar, le valieron respeto y reconocimiento. Para él, la docencia no era una tarea mecánica ni aislada. El maestro debía ser un intelectual crítico, un constructor de ciudadanía y un profesional con condiciones dignas para ejercer.

Uno de sus mayores aportes fue, sin duda, la creación e impulso del Movimiento Pedagógico (1982), que significó una verdadera revolución cultural y pedagógica. Logró que el magisterio mirara más allá de sus intereses salariales y reivindicativos, y reflexionara sobre el destino de la educación pública y los problemas de la enseñanza. Del Movimiento surgió, de manera concertada, la Ley General de Educación, un ideario que conserva plena vigencia. En la Asamblea Constituyente de 1991, Abel dejó otra huella imborrable, al lograr que el derecho a la educación quedara protegido en la Constitución.

Su defensa del derecho fundamental a la educación no era ideología ni discurso. Era una guía para la acción. Al frente de la Secretaría de Educación de Bogotá, convirtió su ideario pedagógico en políticas concretas. Nombrado por el exalcalde Lucho Garzón en enero de 2004, hizo posible que el programa ‘Escuela ciudad escuela’ y el plan ‘Bogotá, una gran escuela’ materializaran el derecho pleno a la educación para todos los niños, niñas y jóvenes de la ciudad. El alcalde Lucho y Abel demostraron que la educación puede transformar una ciudad y es la herramienta más poderosa para combatir la pobreza.

Abel siempre supo que el bienestar de los maestros está íntimamente ligado a la calidad de la educación. La prioridad son los niños, niñas y jóvenes, pero garantizarles una formación de calidad exige mejorar las condiciones laborales y emocionales de quienes enseñan. Escuchaba a los docentes con atención y, por eso, las ‘sabatinas’ se convirtieron en un referente de diálogo y construcción colectiva. Muchas de esas lecciones hoy hacen parte de la política educativa de Bogotá, de otras ciudades y del país. Su convicción era clara: un maestro alegre y comprometido forma niños y niñas felices.

Gracias a Abel entendimos la importancia de la gratuidad en la educación. También lideró una transformación profunda de la infraestructura escolar, inédita hasta entonces. Pero sabía que el mejoramiento físico no era suficiente. Por eso impulsó programas como el transporte escolar, el kit escolar y la comida caliente servida a la mesa. Estas iniciativas se reflejaron en mejores resultados de las pruebas Saber y en los indicadores de permanencia y repitencia. Siguen siendo un gran activo para Bogotá.

En una evaluación de impacto que realizamos desde la Universidad Nacional quedó en evidencia el valor de la transformación física de los colegios y de los demás programas implementados por Abel y su equipo desde la Secretaría de Educación. La infraestructura tiene efectos positivos en la cobertura, la calidad y la dinámica urbanas. Hoy, muchos de esos megacolegios son el referente barrial por excelencia. Los niños y jóvenes disfrutan sus espacios, y las familias sienten que vivir cerca de un colegio es un privilegio. A pesar de estos logros, aún tenemos que avanzar. Los colegios no pueden encerrarse, su vocación es también ser puente con la comunidad. La evaluación también mostró que la mirada integral impulsada por Abel tuvo efectos positivos en el logro educativo y en los estándares nutricionales. La carga económica de las familias se alivió, puesto que el gasto en alimentos disminuyó. Las medidas tomadas por Abel son una demostración concreta de cómo la política educativa también puede mejorar la equidad social.

Recordar a Abel es también preguntarnos por la forma como respondería a los retos actuales. Sobre todo, porque después de la pandemia se observa un rezago en aprendizajes y mayor deserción escolar. Es necesario que haya currículos que preparen a los estudiantes para un mundo incierto. Seguramente, Abel insistiría en que la clave está en escuelas democráticas, maestros bien formados y comunidades que se reconozcan como protagonistas de su destino.

Que este aniversario no sea solo un homenaje, sino un compromiso renovado. El mejor tributo que podemos rendirle es trabajar por la educación pública como él la concibió: gratuita, incluyente, crítica y profundamente humana.

Los sueños de Abel aún no se han cumplido. A comienzos de 2020, en el gobierno de la exalcaldesa Claudia López, lo invitamos a ser parte de la Misión de Educadores y Sabiduría Ciudadana para Bogotá. Nos ayudó a configurarla. En la última carta que dirigió a sus miembros escribió:

“Ahora quiero invocar su atención y la de los integrantes de la Misión para plantear unos comentarios sobre la convocatoria de la Misión. Aunque en varios escenarios había expresado mi renuencia a intervenir en este tipo de deliberaciones, convocadas por autoridades gubernamentales, como la que cada diez años hace el Ministerio de Educación Nacional o la Misión de Calidad, acepto complacido participar en esta, por tratarse de una misión de educadores, gremio del cual provengo y he tratado de reivindicar durante toda mi vida, aún en circunstancias en las que he tenido que tolerar la animosidad de algunos de sus dirigentes nacionales. Por razones que saltan a la vista, lo haré portando sobre mis ya frágiles hombros una pesada carga de incredulidad e incertidumbre, no tanto por los posibles resultados de la Misión, que estoy seguro serán de gran conveniencia para la educación de la capital, sino por lo que harán con sus recomendaciones y propuestas los gobernantes y líderes de la ciudad de los próximos cuatrienios, porque aquello de que la educación sea gobernada por una política de Estado sigue siendo una quimera en Colombia. Abrigo la esperanza, así sea remota, de que, con los resultados de esta Misión, que yo me atrevo a denominar de base, no ocurra lo que tristemente ha ocurrido con las dos ilustres misiones de sabios convocadas por el gobierno nacional en 1994 y 2019, que han puesto en evidencia que en Colombia los mandatarios le toman del pelo hasta a los sabios”.

Así era Abel, un gran maestro que nos dejó el camino claro. Debemos garantizar la atención integral del derecho a la educación para toda la población, fortalecer la escuela pública estatal y llevarla al más alto nivel de calidad y pertinencia. Para lograrlo es imperativa una transformación pedagógica que cierre brechas y ponga la educación en el primer lugar de la agenda de esta Colombia que tanto la necesita. Abel, ese tolimense que siempre recordaba su tierra, insistía en que la educación es un derecho y no un servicio. Nos recordó la necesidad de dignificar la profesión docente y de luchar porque nuestros niños, niñas y jóvenes sean felices, y su sonrisa refleje la esperanza que nos impulsa. Hoy Bogotá tiene un maravilloso colegio que lleva su nombre. La comunidad educativa, su familia y amigos se están encargando de materializar sus sueños e ideario pedagógico. ¡Gracias por tantas enseñanzas, profe Abel!.

Edna Bonilla 

Publicado en la revista CAMBIO, Colombia.

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La educación fue una de las banderas más visibles del presidente Gustavo Petro en campaña. Prometió gratuidad, equidad y ampliación de la cobertura. Tres años después, es momento de hacer un balance recordando que las promesas educativas no se miden en discursos, sino en resultados tangibles para millones de niños, niñas y jóvenes.

Hay avances que deben reconocerse. El presupuesto del sector educativo creció: pasó de 49 billones de pesos en 2022 a 79,2 billones en 2025, el nivel más alto registrado hasta ahora. El Programa de Alimentación Escolar (PAE) alcanza hoy una cobertura del 71,3 % de los estudiantes matriculados. El Fondo de Infraestructura Educativa muestra avances, en buena medida gracias a procesos iniciados durante el gobierno de Juan Manuel Santos y continuados por las administraciones siguientes. No obstante, la calidad de los reportes ha ido disminuyendo. Se presentó, además, una ley de gratuidad para la educación superior, que cubre al 96 % de los estudiantes de las universidades públicas. Su financiación a largo plazo sigue sin estar asegurada. Por último, hay que reconocer el avance significativo de los últimos años en la reducción de la pobreza multidimensional. Pasamos de 12,9 % de personas en situación de pobreza en 2022 a 11,5 % en 2024, lo que equivale a cerca de 600.000 personas que hoy están en mejores condiciones de vida. Y en este avance, es importante reconocer el desempeño de los indicadores educativos, en particular el logro educativo ‒que mejoró en 2,6 puntos porcentuales‒ y la reducción del rezago escolar. Sin duda, un paso concreto hacia una mayor equidad. 

Estos avances no compensan las promesas incumplidas. En el consejo de ministros del 4 de febrero, el propio presidente Petro reconoció que el Ministerio de Educación tenía 18 promesas sin cumplir, lo que representa el 95 % de los compromisos pendientes en esa cartera. Según los datos del Ministerio, el déficit en infraestructura escolar supera los 12 billones de pesos. La anunciada reforma al estatuto docente no ha pasado de una mesa de diálogo sin resultados concretos. Y la educación inicial, pilar de la equidad, continúa relegada. Apenas el 26 % de los niños entre 0 y 5 años accede a una oferta integral, y la cobertura de transición no ha mejorado sustancialmente desde 2021. Lamentablemente, la alta inversión en educación no se corresponde con los resultados.

Especial atención merece la deserción escolar. En 2024, la deserción intra-anual se ubicó en 3,6 %, un valor similar al de 2021, pero aún por encima de los niveles previos a la pandemia, cuando rondaba el 3 %. Esta cifra no es solo un dato: son niñas, niños y jóvenes que dejaron de asistir al colegio, vieron interrumpida su trayectoria educativa y, con ello, se les cerraron puertas para su futuro. La situación se repite con la reprobación escolar en los colegios públicos. Aunque en 2024 el porcentaje bajó a 6,76 %, mejorando frente al 7,26 % de 2022, sigue estando lejos de los niveles previos a la pandemia y de los colegios privados.

Lo más preocupante es que el país ha perdido la capacidad de hacerle seguimiento a estos fenómenos. El Ministerio de Educación no ha logrado mantener una estrategia sostenida de monitoreo a las trayectorias educativas ni a la prevención de la deserción. La última Encuesta Nacional de Deserción Escolar se realizó hace casi 15 años. Desde entonces, los factores sociales, económicos, académicos y territoriales han cambiado y se han complejizado. Necesitamos saber quiénes están fuera del sistema, dónde se encuentran, por qué lo están, qué incidencia tienen los distintos factores y, lo más importante, hacer que regresen y permanezcan. Necesitamos conocer los datos, interpretarlos con enfoque territorial y tomar decisiones que reconozcan las múltiples barreras que enfrentan los estudiantes más vulnerables en los distintos territorios.

Finalmente, aunque no ha sido una meta particular del actual gobierno, los datos sobre los aprendizajes de niñas, niños y jóvenes nos enfrentan a una realidad que ya no se puede seguir ignorando. En la más reciente prueba PISA, el 71 % de los estudiantes colombianos se ubicó en niveles de bajo desempeño, una cifra alarmante si se compara con el promedio de los países de la OCDE, donde ese valor es de 31%.

Nacionalmente, los resultados de las pruebas SABER 11 llevan casi una década estancados. Esto debería encender todas las alarmas, porque estamos hablando de la capacidad de las nuevas generaciones para comprender, argumentar, resolver problemas y participar activamente en la sociedad. Requerimos trabajar para garantizar trayectorias completas, aprendizajes significativos y oportunidades reales para todos y todas.

Según el Departamento Nacional de Planeación (DNP) y su sistema SINERGIA, el sector educativo ha logrado un 55,8 % en las metas propuestas para el cuatrienio. Sin embargo, la información disponible es incompleta. Muchos indicadores relacionados con primera infancia, básica primaria y secundaria no se actualizan desde diciembre de 2024 e, incluso, algunos no se reportan desde hace un año. Finalmente, es especialmente preocupante el escaso avance en la reducción del analfabetismo (especialmente rural), que apenas alcanza el 3,6 % de cumplimiento frente a la meta proyectada. 

En educación superior, el panorama es más complejo. El informe más reciente del Laboratorio de Economía de la Educación (LEE) de la Universidad Javeriana, ofrece un análisis riguroso de la evolución entre 2014 y 2024. En este período la cobertura bruta en educación superior ha aumentado del 49,82 % al 57,53 %. Es un avance que merece reconocimiento, pero también requiere contexto: Colombia sigue lejos del promedio de los países de la OCDE, donde la cobertura supera el 70 %, y está por debajo de vecinos latinoamericanos como Chile o Argentina.

El informe de la Javeriana también muestra que el crecimiento en cobertura ha tenido ritmos distintos según el gobierno. Durante la administración de Juan Manuel Santos se incrementó en 4,15 puntos porcentuales. En el gobierno de Iván Duque, 0,95 puntos. En los dos primeros años del actual Gobierno, la cobertura creció 2,61 puntos. Sin embargo, una cosa es la cobertura y otra, muy distinta, el acceso efectivo, la permanencia y la calidad.

Una de las controversias más relevantes que recoge el informe del LEE es la afirmación oficial de que se han creado 190 504 nuevos cupos en la educación superior pública desde 2022. Aunque la cifra es llamativa, la metodología que la respalda es, como mínimo, cuestionable. El número surge de comparar la matrícula en primer curso con la de 2022, un año atípicamente bajo por los efectos de la pandemia. Si se tomara 2021 como año base ‒cuando hubo un pico de matrícula‒, el incremento sería de apenas 65 432 estudiantes. Y si se aplicara la metodología más rigurosa, la del año corrido (comparación semestre a semestre), el crecimiento neto sería de 125 411 nuevos matriculados.

La Javeriana advierte que matrícula no es sinónimo de cupo. Los cupos reflejan la capacidad real del sistema ‒infraestructura, docentes, recursos‒, mientras que la matrícula depende también de las decisiones individuales de los estudiantes, y de las condiciones que enfrentan para sostener sus estudios. Si un joven logra entrar, pero no permanece, el sistema no está garantizando su derecho a una educación digna, pertinente y de calidad.

En contraste con la volatilidad del indicador de matrícula en primer curso, la matrícula total ‒es decir, el número de estudiantes activos en cualquier semestre‒ ofrece una señal más estable. Entre 2022 y 2024, la matrícula en universidades públicas aumentó en 109 000 estudiantes, siendo la Universidad Nacional Abierta y a Distancia (UNAD), la que más creció. Este sí es un dato que apunta a un posible cambio estructural. Al mismo tiempo, la matrícula en instituciones privadas ha disminuido.

Se debe tener en cuenta, además, que la tasa de cobertura en educación superior y el número de estudiantes nuevos no dependen exclusivamente del gobierno nacional. También inciden las acciones de las administraciones locales y de los cambios en las condiciones económicas y sociales de las familias. El caso de Bogotá es ejemplo de esto, donde todos los indicadores mejoraron más que los nacionales. Es fundamental que los indicadores actuales se complementen con mediciones intermedias que reflejen la gestión del gobierno nacional. Esos indicadores no existen de forma sistemática, y la opinión pública debe conformarse con información esporádica a través de comunicados del Ministerio de Educación. 

Lo más preocupante es que la fuente que utiliza el Ministerio de Educación ‒el Sistema Nacional de Información de la Educación Superior (SNIES) ‒ no incluye entre sus variables los conceptos de ‘cupo’ o ‘nuevos estudiantes’. El error está en usar de forma intercambiable ambos términos, cuando en realidad miden fenómenos distintos. Además, se está aplicando incorrectamente la lógica de medición del indicador de capacidad, pues no se respetan las reglas de acumulación definidas para este tipo de variable. Se observan al menos dos errores metodológicos:

1.⁠ ⁠No se utiliza una línea base adecuada. Sinergia reconoce que “… la línea base no se encuentra disponible, teniendo en cuenta que la gestión del Programa de ampliación de cobertura se inició en 2023 a partir de la aprobación del Plan Nacional de Desarrollo 2022-2026, y es la primera vez que se realizará la medición del indicador”. La frase es equivocada. Realmente, lo que se está midiendo son los estudiantes de primer curso, y esa población ha existido históricamente. Por tanto, sí hay línea base. La consecuencia es que la meta del gobierno está mal expresada. No deberían ser 500.000 estudiantes, sino la línea base de 2022 más los 500.000.

2.⁠ ⁠Se suman erróneamente los registros de cada año. El indicador de capacidad está diseñado para comparar contra el dato más reciente disponible, no para acumular cifras de años previos. Así lo establece tanto el manual metodológico como la propia fórmula de Sinergia. Por eso, no se deben sumar los estudiantes de primer curso de 2023 y 2024, ya que el indicador solo considera 2024 como referencia válida. El error se evidencia en la programación de la meta: para 2026 no se proyectan 500.000 estudiantes nuevos, sino 200.000, porque se asume que los otros 300.000 provienen de años anteriores. Esa lógica corresponde a un indicador acumulativo, no de capacidad.

Dado que el indicador seleccionado mide el avance del cuatrienio con respecto al último dato disponible ‒es decir, la diferencia entre la matrícula de primer curso en 2024 y la de 2022‒, el crecimiento real ha sido de 125 411 estudiantes. Los 65 063 estudiantes de 2023 ya están incluidos en ese total. Así, en 2024, el avance real representa apenas 25.1 % del objetivo total del cuatrienio.

Colombia necesita avanzar en la gratuidad, pero también en la expansión de una oferta pública de calidad. Requiere más cupos reales. Menos discursos y más garantías. Como bien concluye el informe de la Javeriana, medir mejor no es solo una cuestión técnica. Es un compromiso ético con la verdad, con la política pública y con los jóvenes que esperan, con razón, una educación superior a la altura de sus sueños.

En conclusión, una de las razones por las que el ‘cambio’ no llega es la fragmentación de la institucionalidad, con escasa articulación entre el Ministerio de Educación, el de Ciencia y Tecnología e Innovación, el ICBF y los entes territoriales. A eso se suman las tensiones políticas. En tres años, el país ha tenido tres ministros de educación y siete viceministros. También ha habido deficiencias en la ejecución: en 2023, el Ministerio dejó sin ejecutar más de 10 % de su presupuesto, especialmente en inversión territorial. Y, en el fondo, persiste una visión política que ha privilegiado la confrontación sobre los consensos necesarios para una transformación educativa real.

Pero aún queda tiempo. Si el gobierno quiere cerrar su ciclo con dignidad educativa, debe priorizar acciones concretas: acelerar la ejecución de obras de infraestructura; saldar la deuda histórica con la educación rural ‒donde la cobertura en secundaria y media sigue por debajo del 50 %‒; integrar la educación inicial al sistema educativo y aprovechar la oportunidad histórica de tramitar una ley de competencias a la altura de la educación que requiere el país. Esta debe convertirse en una prioridad. También es posible avanzar en la formación y profesionalización docente con medidas claras, más allá de los intereses gremiales.

Colombia necesita una transformación educativa real, no retórica. Y esa transformación requiere continuidad, acuerdos sociales y decisiones valientes que no se pospongan cada cuatro años. La educación no puede seguir esperando. Tampoco puede seguir siendo rehén de disputas ideológicas o burocráticas. 

Posdata. Alerta sobre la autonomía universitaria. Un tema preocupante, que ha pasado casi desapercibido, es la gobernanza en las universidades públicas. La semana pasada se anunciaron medidas preventivas y vigilancia especial sobre la Universidad de Antioquia. Resulta doloroso constatar que una de las instituciones más importantes del país sea intervenida por un gobierno que ha prometido fortalecer la educación pública. Ojalá no estemos ante el inicio de un camino de intervenciones que debiliten, en lugar de consolidar, la autonomía y calidad del sistema universitario público.

Edna Bonilla 

Publicado en la revista Cambio, Colombia.

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