En el Nuevo Mundo americano, “tierra de promisión”, encontró terreno fértil el mito del “buen salvaje”. Pero, muy pronto, le surgió un contramito, el del “perro sarnoso”.
Como consta en la entrada de su Diario de a bordo del 21 de febrero de 1493, y como se confirma posteriormente en la relación de su tercer viaje, contenida en una carta a los Reyes Católicos, Cristóbal Colón pensó hallarse muy cerca del paraíso terrenal.
Es claro que quienes habitaban tan selectos parajes no podían ser sino gente buena, como se encargó de reafirmar el humanista y sacerdote lombardo Pedro Mártir de Anglería al comparar la condición de los indígenas americanos con la de los hombres que habían vivido en los tiempos de la Edad de Oro referida por el poeta latino Virgilio.
Pedro Mártir -que desde la corte de los Reyes Católicos difundió por toda Europa las noticias del Nuevo Mundo-, descubrió en los afortunados indígenas de la isla Española la primigenia inocencia y beatitud de la Edad de Oro “porque desnudos, sin pesos ni medidas, sin el mortal dinero, sin leyes, sin juicios calumniosos y sin libros, viven en una edad dorada contentándose con una vida natural, sin preocuparse en lo más mínimo por el futuro”.
En el nuevo escenario geográfico y humano, el lombardo vislumbraba la más fabulosa Antigüedad clásica vestida de trópico. Las “supersticiones” de los indígenas hacían pensar a Pedro Mártir en las divinidades tutelares de los antiguos. Las hermosas, desnudas y selváticas indígenas se equiparaban a las ninfas de las fuentes, “de quibus fabulatur antiquitas“. Los ciguayos eran como los demonios del Averno. En las costas de Maya y de Cubagua había unos monstruos que podían ser unos tritones. Los caciques se dividían la Española “como Eneas el Lacio”. Y así sucesivamente.
En el elegante latín de sus Décadas, Mártir de Anglería se felicita porque en los tiempos que corren “pululan, crecen, maduran y se cosechan diariamente las mejores cosas del pasado. Y pierde valor lo que mostró la Antigüedad a través de Saturno, Hércules y otros héroes semejantes”. En otros pasajes subrayará dos rasgos que caracterizan la feliz condición de los indios: uno -relativo a su organización social-, el comunismo de los bienes; el otro -propio de cada individuo- la cordura y el valor personal.1
En la línea de las descripciones idílicas de Colón y Pedro Mártir, el insigne Bartolomé de Las Casas concluye en su Apologética historia que, con algunas muy raras excepciones, “todas estas [tierras de] Indias son las más templadas, las más sanas, las más fértiles, las más felices, alegres y graciosas, y más conforme su habitación a nuestra naturaleza humana”.2
Para defender a los indígenas de una inicua explotación, Las Casas acumuló a lo largo de su extensa obra la descripción de unas gentes tan llenas de virtudes que, lo repite gustoso, “no parecía sino que Adán no había en ellas pecado”.3
El siguiente texto de la Brevísima relación de la destrucción de las Indias condensa el diluvio de citas y argumentos utilizados por Las Casas -sobre todo en su Apologética historia y en la Historia de las Indias-, para exaltar las virtudes de los indígenas americanos:
“Todas estas universas e infinitas gentes a toto genero crió Dios los más simples, sin maldades ni dobleces, obedientísimas y fidelísimas a sus señores naturales y a los cristianos, a quien sirven; más humildes, más pacientes, más pacíficas y quietas, sin rencillas ni bullicios, no rijosos [alborotados], no querulosos [quejumbrosos], sin rencores, sin odios, sin desear venganzas, que hay en el mundo. Son asimismo las gentes más delicadas, flacas y tiernas en complisión [complexión], y que menos pueden sufrir trabajos, y que más fácilmente mueren de cualquier enfermedad; que ni hijos de príncipes y señores, entre nosotros, criados en regalos y delicada vida, no son más delicados que ellos, aunque sea de los que entre ellos son de linaje de labradores. Son también gentes paupérrimas y que menos poseen ni quieren poseer de bienes terrenales, y por esto no soberbias, no ambiciosas, no codiciosas. Su comida es tal, que la de los Santos Padres en el desierto no parece haber sido más estrecha ni menos deleitosa ni pobre. Sus vestidos comúnmente son en cueros, cubiertas sus vergüenzas, y, cuando mucho, cúbrense con una manta de algodón, que será como vara y media o dos varas de lienzo en cuadra. Sus camas son encima de una estera y, cuando mucho, duermen en unas como redes colgadas, que en lengua de la isla Española llamaban hamacas”.4
La perfección y encanto que tienen los indígenas lascasianos los coloca definitivamente fuera de la especie humana. Pero los excesos de una cualidad terminan en defecto y, sin proponérselo Las Casas, sus humildes y mansos aborígenes darán muchas veces la impresión de unos pobres apocados ante el embate de los castellanos. Ya Colón en su Diario, al abordar la isla de la Tortuga, anotaba que sus habitantes eran gente sin armas y muy cobardes, y que mil de ellos no aguardarían a tres españoles; eran, en consecuencia, gente buena… buena para obedecer y trabajar, situación verdaderamente utópica para cualquier colonizador.
A medida que se fue avanzando en la toma del territorio, misioneros y conquistadores señalaron que la humanidad “primitiva” de los aborígenes no sólo no era paradisíaca, sino que tenía elementos “diabólicos”. De un extremo se pasó al otro. La conquista de cuerpos y almas exigía la expulsión del Paraíso. Lo comprendió perfectamente el reputado humanista Juan Ginés de Sepúlveda, capellán y cronista del emperador Carlos V y preceptor del futuro rey Felipe II.
En su famoso Democrates, sive de justis belli causis apud Indos (1544), Sepúlveda se dedicó a explicar que no sólo los indios no vivían “en aquel pacífico reino de Saturno que fingieron los poetas “sino que, por el contrario, eran unos bárbaros destinados a ser “siervos por naturaleza”, cuyo sojuzgamiento era plenamente legítimo.5
Don Ginés no hacía sino llover sobre mojado. Treinta y cinco años antes de su Democrates, las Leyes de Burgos (1512) habían tenido que ordenar “no llamar perro ni otro nombre a ningún indio sino el suyo propio que tuviere”.6 La violencia conquistadora transformó rápida y convenientemente al “noble salvaje” en un ser “naturalmente” vago y vicioso, melancólico, cobarde, embustero, holgazán, idólatra, libidinoso y sodomita.7
Una vez más la historia enseñó que toda generalización es engañosa. Con mayor razón si es extremosa. Lo que puede volverla peligrosa. Ejemplo: la velocidad con la que el “perro sarnoso” le salió al paso al “buen salvaje”.
1 Pietro MARTIRE D’ANGHIERA, De orbe novo decades, Compluti, apud Michaelem de Eguia, 1530 (primera edición completa).
2 Bartolomé de LAS CASAS, Apologética historia sumaria cuanto a las cualidades, disposición, descripción, cielo y suelo destas tierras, y condiciones naturales, policías, repúblicas, maneras de vivir e costumbres de las gentes destas Islas Occidentales y Meridionales, cuyo imperio soberano pertenece a los reyes de Castilla, Nueva Biblioteca de Autores Españoles, Madrid, Bailly-Baillère e hijos, 1909, p.52.
3 Bartolomé de LAS CASAS, Historia de las Indias, México, F.C.E., 1951, tomo II, libro II, cap. XLIII, p.347; tomo I, libro I, cap. XL, pp. 202 s.; tomo I, libro I, cap. LXXVI, p. 329; tomo I, libro I, cap. XC, p. 369. Apologética historia, op.cit., pp. 538 s.
4 Bartolomé de LAS CASAS, Brevísima relación de la destrucción de las Indias, en Tratados [de B. de Las Casas], México, F.C.E., 1965 (reimpresión de 1974), tomo I, pp. 16-17.
5 Juan Ginés de SEPÚLVEDA, Tratado sobre las justas causas de la guerra contra los indios, edición bilingüe, México, F.C.E., 1941 (la cita es de la página 105).
6 Ley 24 de las Leyes de Burgos.
7 Opiniones que expresa, por ejemplo, el historiador real Gonzalo Fernández de Oviedo en su Historia general y natural de las Indias, Primera Parte, libro II, cap. VI; libro IV, cap. II; ; libro V, caps. II y III; libro VI, cap. IX. Las Casas combate estas opiniones en su Historia de las Indias, caps. CXLII-CXLVI.
Rodolfo R. de Roux
Mayo de 2026


3 Comentarios
Rodolfo: Muy interesante tu artículo sobre “el buen salvaje” y “el perro sarnoso”. Considero que en el análisis histórico sobre América Latina falta un capítulo muy serio sobre el tema del “mestizaje” y el valor de “criollo”, que finalmente, como resultado de la mezcla de los conquistadores con los y las indígenas, a la par que con la importación de las gentes de color, produce lo que es el alma propia de nuestros pueblos, con todas sus bondades y falencias, y además con su enorme riqueza y frustración cultural. Hernando
El mestizaje es algo que nos ha sido difícil asumir. Gracias por tu comentario, Hernando.
Y si tenemos dificiltades los latinoamericanos mismos para asumir el mestizaje, ni se diga de los europeos: cuando los italianos en general me ven más o menos blanco, flaco y alto, de ojos claros y semirrubio (cuando no había muchas canas todavía), dicen que sou o ruso o alemán. A pesar de que el sur de Italia tiene gente morena y con facciones árabes como nosotros. Quedan contentos con el origen vasco del apellido Echeverri…