Cuando un 12 de octubre de 1492 llegaron a Guanahaní las carabelas castellanas, se abrió para los europeos no sólo un amplio y desconocido espacio geográfico sino también un fértil campo para la imaginación. Sus mentes, nutridas con leyendas bíblicas, greco-romanas o medievales, se pusieron en contacto con leyendas indígenas y con una realidad fabulosa en la que proyectaron sus ancestrales anhelos, temores y fantasmas.
Lo fantástico y peregrino alimentó los espíritus e impulsó empresas descabelladas. Juan Ponce de León se topó con la Florida cuando, en 1512, iba en busca de la Fuente de la eterna juventud. Los ricos torreones y cúpulas de las siete ciudades de Cíbola, descrita por fray Marcos de Niza, pusieron en movimiento la expedición de Francisco Vásquez de Coronado que, persiguiendo un sueño, llegó hasta Arizona. Otros, con obcecado empeño, dejaron sus huesos antes que sus ilusiones, buscando el lago donde dormía el Sol, la Sierra de la Plata, el gran Paititi o la ciudad encantada de la Patagonia.[1]
Aparecieron por entonces caníbales que no eran otra cosa sino gente del Gran Can; gigantes que, arrodillados, eran más altos que los europeos erguidos; hombres con cola, con cabeza de perro o, simplemente, sin cabeza; indios que tenían los pies al revés, que dormían bajo el agua, que se sustentaban con el solo olor de flores y hierbas; viriles amazonas y amables sirenas, como las tres que vio Cristóbal Colón el 9 de enero de 1493, cuando ya emprendía el regreso de su primer viaje.
A humanidad tan sorprendente corresponde un bestiario y una flora no menos inusitados, pues los conquistadores pensaron haber encontrado un sinnúmero de criaturas en las que el Creador había extremado sus más paradójicas posibilidades: serpientes con alas y brazos; tigres “cobardes”; puercos con ombligos en el espinazo; monstruos marinos; hienas que un año son machos y otro hembras, y en los ojos tienen una piedra llamada “hiena” que, puesta bajo la lengua, confiere poderes adivinatorios; grifos “que tenían uñas como de hierro fortísimas…y se llevaban en ellas a los hombres hasta las sierras, adonde se los comían”[2]; manantiales que roncan, árboles cuya sombra da dolor de cabeza y que llegan a dejar ciego a quien allí se quede dormido.[3]
A los ojos de los europeos el desmesurado Nuevo Mundo hacía que lo imposible cobrara visos de factibilidad. El asombro fue particularmente intenso en los primeros años del “encuentro” -que se convirtió en encontronazo-, pero todavía un siglo después de la llegada de Colón, Juan de Cárdenas -español radicado en México- publicaba en 1591 sus Problemas y secretos maravillosos de las Indias para dar a conocer a sus compatriotas esas “maravillas de Indias”, que nada tenían que envidiar a aquellas con que la mitología de los antiguos había inflamado la imaginación de Occidente.
Cárdenas reitera y explica cómo las plantas y animales maravillosos encerrados en la Historia natural del latino Plinio quedaban muy por debajo de los que el Nuevo Mundo enseñaba ahora a los españoles. Allí todo es nuevo y asombroso: las estaciones del año, el paisaje, las formas que toma la vida, los hombres. Habrá qué esperar hasta la época de la Ilustración para que haga carrera la tesis contraria: la de la inferioridad “natural” de América y de los americanos.
En la segunda mitad del siglo XVIII, las muy leídas historias generales de América de William Robertson -pastor presbiteriano británico-[4], y del abate Raynal -filósofo galo-[5], difundieron por toda Europa la doctrina que, a mediados de ese siglo formulara el influyente naturalista y botánico francés el conde De Buffon: la teoría de la inferioridad de la naturaleza americana, bien sea por inmadurez o desarrollo truncado, bien sea por degeneración o agotamiento. Teoría que el holandés Corneille De Pauw radicalizaría hasta incluir en ella a todos los seres humanos nacidos en América.[6]
Contra esta teoría se pronunciaron con especial vigor algunos jesuitas que, después de haber sido expulsados de América en 1767, encontraron viva en Europa la polémica sobre la bestialidad de los amerindios y sobre la inferioridad de los criollos, es decir, de los españoles americanos. Uno de esos jesuitas, el historiador y filósofo mexicano Francisco Javier Clavijero, la emprendió con pasión contra las teorías de Buffon y, sobre todo, contra De Pauw.[7]
Aunque la opinión más generalizada se volvió en contra de De Pauw y no faltó alguien de la estatura de Alexander von Humboldt que rebatiera sus teorías[8], las Investigaciones filosóficas sobre los americanos escritas por De Pauw, propinaron una herida mortal al mito del buen salvaje americano. Mito de muy larga duración, como tendremos oportunidad de ver en otra ocasión.
La historia a la que hemos aludido nos enseña, por una parte, lo desbordante que es la imaginación humana y, por otra parte, cuán variada y variable es la interpretación de la realidad.
Rodolfo R. de Roux
Mayo de 2026
[1] Para un amplio panorama de las manifestaciones del imaginario en la época de la conquista española de América, véase, Jean-Pierre SÁNCHEZ, Mythes et légendes de la conquête de l’Amérique, Presses Universitaires de Rennes, 1996, 2 vol., 954 p.
[2] Fray Toribio de BENAVENTE, Historia de los indios de la Nueva España, Tratado tercero, cap. VII, edición de Georges Baudot, Madrid, Editorial Castalia, 1985.
[3] De este fantástico bestiario y fabulosa flora trae abundantes ejemplos Antonello GERBI en su documentada obra La natura delle Indie nove. Da Cristoforo Colombo a Gonzalo Fernández de Oviedo, Milano-Napoli, Riccardo Ricciardi Editore, 1975. Alberto M. SALAS en Para un bestiario de Indias (Buenos Aires, Losada, 1968) ha evocado con singular gracejo los animales grandes o pequeños, bonachones o crueles, que integraron el mundo y la vida de los conquistadores y que fueron su terror, mortificación y angustia, o bien su entretenimiento, asombro o alimento.
[4] William ROBERTSON, The History of America, London, 1777.
[5] Guillaume RAYNAL, Histoire philosophique et politique des établissements et du commerce des Européens dans les deux Indes, Genève, 1775.
[6] Corneille DE PAUW, Recherches philosophiques sur les Américains ou mémoires pour servir à l’histoire de l’espèce humaine, Berlin, 1768.
[7] Francisco Javier CLAVIJERO, Capítulos de historia y disertaciones, (alrededor de 1778).
[8] La refutación de Humboldt a De Pauw se concentra de manera especial en dos de sus obras: Vista de la Cordillera y monumentos de los pueblos indígenas de América (1810) y Ensayo político sobre el Reino de la Nueva España (1811).


7 Comentarios
Excelente
No falla Ramon en destapar temas relevantes! Que admirable sustituto este artículo para desprendernos de la histotia contemporánea!
Interpretaciones de la realidad de esas épocas que hoy nos asombran. Motivante tema para seguir conociendo más de aquello. Gracias.
Espero que amplíes las teorías del buen salvaje. Saludos
Te haré caso.
A todos, gracias por los comentarios.
Interpretaciones que legitimaron de diversas formas la colonización y que aún hoy se reproducen. Gracias enormes, estimado Rodolfo.
Menos mal uno que otro escritor jesuita tomò la defensa de mis tatarabuelos. Magnìfico trabajo el tuyo, Rodolfo.