El país necesita una apuesta decidida por reinventar la educación desde sus fundamentos.
La educación que hoy ofrecemos a niños y jóvenes se parece a una película vieja que ya nadie quiere ver. Una de esas cintas gastadas, repetidas hasta el cansancio en una programación que ignora que el público cambió, que sus intereses son otros y que el mundo que retrata ya no existe. En las aulas, el guion sigue siendo predecible: el docente habla, el estudiante escucha; el conocimiento se fragmenta en múltiples asignaturas desconectadas; la evaluación premia la memoria antes que la comprensión. Mientras tanto, afuera, la realidad se mueve a un ritmo vertiginoso, desbordando cualquier libreto escolar.
No es extraño, entonces, que muchos estudiantes se sientan ajenos a lo que ocurre en la escuela. No es apatía, como suele afirmarse con ligereza; es desconexión. ¿Cómo comprometerse con un discurso que no dialoga con sus preguntas, con sus lenguajes, con sus formas de aprender y de relacionarse con el conocimiento? Hoy los niños y jóvenes viven en entornos atravesados por la tecnología, la inmediatez, la colaboración y la exploración constante. Sin embargo, al cruzar la puerta del aula, se les pide que regresen a un modelo que pertenece a otro siglo.
El problema no se resuelve con reformas superficiales ni con la incorporación de herramientas digitales, como simple maquillaje. Lo que está en juego es la necesidad de una transformación profunda del currículo. Un currículo que deje de ser una lista rígida de contenidos y se convierta en una estructura flexible, capaz de integrar saberes, de conectar disciplinas y, sobre todo, de partir de los intereses y las preguntas de los estudiantes. La educación no puede seguir organizada desde lo que los adultos consideran importante; debe abrirse a lo que interpela a las nuevas generaciones en el mundo contemporáneo.
Esto implica, además, un cambio sustancial en los modelos pedagógicos. La participación no puede ser un adorno retórico: debe convertirse en el corazón del proceso educativo. Los estudiantes necesitan espacios reales para opinar, debatir, construir colectivamente y asumir responsabilidades sobre su propio aprendizaje. Del mismo modo, la investigación debe dejar de ser una actividad ocasional para convertirse en una práctica cotidiana. Aprender investigando no solo desarrolla habilidades cognitivas complejas, sino que forma ciudadanos críticos, capaces de enfrentar la incertidumbre y de proponer soluciones a problemas reales.
La escuela debe transformarse en un laboratorio de ideas, en un escenario donde se ensaye el futuro. Esto exige docentes cultos y preparados para ser mediadores del conocimiento, capaces de diseñar experiencias de aprendizaje significativas. Exige también funcionarios y directivos que estimulen y orienten los cambios, en vez de seguir exigiendo el cumplimiento burocrático de tareas absurdas que matan la iniciativa de los buenos colegios y de los maestros con capacidad transformadora.
Este es, sin duda, uno de los mayores desafíos para quienes aspiran a la Presidencia. No basta con hablar de cobertura, infraestructura o resultados en pruebas estandarizadas. El país necesita una apuesta decidida por reinventar la educación desde sus fundamentos. Persistir en el modelo actual es seguir proyectando una película que ya perdió su audiencia. Colombia no puede darse ese lujo.
Cada generación que pasa por un sistema educativo desconectado es una oportunidad perdida para construir un futuro más justo, más creativo y más pertinente. Es hora de cambiar el guion, de renovar la mirada y de atreverse a producir una obra que, esta vez sí, convoque, emocione y transforme. El colegio tiene que ser un lugar retador para la inteligencia, antes que una máquina dictadora de cátedras y asignaturas inconexas.
En mi opinión, Sergio Fajardo y Edna Bonilla son los candidatos con mejores credenciales para abordar este desafío, que de todos modos tendrán que enfrentar todos los aspirantes a gobernar el país.
Publicado en EL TIEMPO, Bogotá, Colombia


3 Comentarios
Tu larga y destacada trayectoria en el tema de la educación del pueblo colombiano te otorga autoridad moral para discernir sobre el modelo educativo que Colombia necesita. Ciertamente estamos navegando todavía por el siglo XIX en cuestión de educación. Los colegios Jesuitas han implementado un sistema educativo mixto de fraternidad, entendimiento y respeto entre los sexos que se marca una pauta innovadora. Y muy cierto, es Fajardo el que puede filmar una película de actualidad no solo en educación sino en honestidad y ética.
Con todo el respeto y aprecio que tengo por Pacho Cajiao y sus artículos, me pregunto si el culpar el currículum se resuelve con cambiarlo. Mi apreciación es que lo que se debe cambiar es el “interés por aprender”, “la curiosidad”. Tal vez lo que deban hacer los docentes es inculcar esa curiosidad en los alumnos. Algunos de nosotros tuvimos la suerte de contar con “sembradores de curiosidad” en la Apostólica. Fueron temas que lograron apasionarnos. Una clase que se dicte sobre un tema que “realmente se quiera conocer”, es una clase muy distinta e inolvidable.
Me adhiero también al comentario de John.
Como siempre he reconocido, Pacho Cajiao es el Gran Maestro. La educación necesita volver a lo esencial: formar. Pero formar hoy exige algo más que buenos contenidos. Exige un sistema coherente que acompañe a las personas a lo largo de toda su trayectoria.