Para el cristianismo el emperador Constantino ha sido más importante que la mayoría de los papas. Al legalizarlo en el año 313, le cambió su rostro y su destino tanto a la Iglesia como al imperio romano. Por algo se le ha llamado “el decimotercer apóstol”.
El “giro constantiniano” fue tan decisivo que, mil seiscientos años después, al finalizar el Concilio Vaticano II, a la luz de sus conclusiones sobre las relaciones Iglesia-Estado, muchos comentaristas hablaron del “final de la era constantiniana”. Pero eso es harina de otro costal. Por el momento, Sofrosina y Linguacuta, interesadas por el famoso “giro”, se reunieron con Silvestre -obispo de Roma en tiempos de Constantino -y con Eusebio- obispo de Cesarea, autor de la primera “Historia eclesiástica” y panegirista del emperador en su “Vida de Constantino”.
También participó en el diálogo el historiador jesuita John O’Malley, autor de una apreciada “Historia de los papas”. Constantino no quiso asistir porque dijo estar cansado de que le pregunten si su conversión al cristianismo fue sincera o fruto de un cálculo político. Tal vez fueron ambas cosas. Ni lo sabremos ni es lo que importa.
EUSEBIO.- ¡Qué persona tan providencial! Su Edicto de Milán, en febrero del 313, autorizó “a los cristianos y a todos los demás la facultad de practicar libremente la religión que cada uno desease”. Además, nos devolvió los bienes que nos habían sido incautados, nos permitió competir por altos cargos públicos, y situó al clero en la misma base fiscal que al pagano, lo que significó, esencialmente, que estaba exento de algunos impuestos.
LINGUACUTA.- Imagino que esta última decisión hizo que el estado clerical resultara atractivo por razones financieras.
EUSEBIO.- ¿Y eso qué tiene de malo? Añado que el 7 de marzo del año 321 Constantino proclamó el domingo como día de reposo civil obligatorio en el imperio, día en que los cristianos de Roma celebrábamos la resurrección de Cristo.
LINGUACUTA.- Ojo, Eusebio. El decreto de Constantino dice: “Descansen todos los jueces, la plebe de las ciudades, y los oficios de todas las artes el venerable día del sol”. Se refiere al Sol invictus, una divinidad pagana que había cobrado especial importancia en el culto imperial.
SOFROSINA.- Eusebio, respeto tu entusiasmo por el emperador, pero me parece que en tu Vita Constantini se te fue la mano alabándolo como un “nuevo Moisés”, “tan amado de Dios, tan piadoso y tan del todo venturoso”. Lo convertiste en un modelo de monarca cristiano.
LINGUACUTA.- Otros consideran que fue un “taimado maestro de la realpolitik”.[1]
O’MALLEY.- Puso el crucifijo en los escudos, incluso en las monedas, pero también conservó los símbolos paganos.
LINGUACUTA.- Y solo se hizo bautizar en su lecho de muerte, con lo que se aseguraba la vida eterna.
EUSEBIO.- Critiquen todo lo que quieran. Ustedes no se imaginan lo terribles que fueron para nosotros los años anteriores al edicto de tolerancia. En el año 303, Diocleciano dio inicio a la persecución más dura contra la Iglesia. Se confiscaron sus propiedades, se cerraron o destruyeron sus templos, se profanaron y quemaron los libros y vasos sagrados.
SILVESTRE.- Muchos cristianos fueron arrestados, torturados, quemados y enviados a la arena para entretenimiento del público. La persecución fue particularmente feroz en Roma y la Iglesia local sufrió enormemente.
EUSEBIO.- Si bien muchos cristianos se mantuvieron fieles a su fe, otros cedieron ante las amenazas, lo que causó profundas divisiones entre nosotros una vez terminada la persecución.
SILVESTRE.- Marcelino, quien era entonces el obispo de Roma, fue acusado de haber ofrecido sacrificios e incienso a los dioses paganos y de haber entregado los libros sagrados a las autoridades romanas. La situación fue tan grave que no se pudo elegir al sucesor de Marcelino hasta al menos tres años y medio después.
EUSEBIO.- ¿Quién hubiera dicho que, en apenas diez años, nuestra religión tan despreciada y azotada por divisiones internas pasaría de ser perseguida a ser, no solo tolerada, sino incluso favorecida por el gran Constantino?
SOFROSINA.- El problema es que, con el tiempo, se han podido ver los efectos colaterales negativos de la alianza de la Iglesia con los poderes de este mundo.
SILVESTRE.- El problema, te respondo, es que vivíamos en nuestro presente, no en tu futuro. Lo que pasó, pasó.
LINGUACUTA.- No hay que ser prisioneros del pasado.
SILVESTRE.- ¿Es una máxima?
LINGUACUTA.- No, una lección.
EUSEBIO.- Muchacha, gracias a esa alianza con el poder pudimos difundir ampliamente nuestro mensaje y tener riquezas que nos permitieron construir lugares de culto en todo el imperio.
SILVESTRE.- Hay que ver la belleza de basílicas que se construyeron en Roma gracias a Constantino: San Pedro, San Pablo Extramuros, San Juan de Letrán…
EUSEBIO.- ¡Ah, San Juan de Letrán! Con sus proporciones imponentes superaba a cualquier otro edificio público de la ciudad. Le cabían hasta diez mil personas.
SILVESTRE.- Constantino se mostró particularmente generoso con esa basílica.
O’MALLEY.- Ni que lo digas. Una primera donación del emperador ascendió a 4390 sólidos[2] para la compra de lámparas, 82 kilogramos de oro para los ornamentos litúrgicos y 775 kilogramos de plata para los siete altares.
EUSEBIO.- ¡Qué benefactor!
LINGUACUTA.- El hombre no daba puntada sin hilo. Apoyó a la Iglesia pero sentó el nefasto precedente de intervenir en sus asuntos internos.
EUSEBIO.- ¡Qué pesada eres! Deja de ser tan negativa.
O’MALLEY.- Eusebio, admitir que Constantino benefició a la Iglesia no significa tener que taparse los ojos para no ver que estaba sentando las bases de una Iglesia imperial: al igual que la multiplicidad de pueblos y ciudades que componían el imperio estaban unidos por el poder imperial, la Iglesia, organizada en torno a los obispos, también debía estar unida en torno al emperador.
SOFROSINA.- Silvestre y Eusebio, ustedes que vivieron el “momento Constantino” no pueden negar que éste, al frente de un imperio cuya unidad buscaba reforzar, también quería unificar la multitud de comunidades cristianas locales en torno a un cuerpo doctrinal claramente definido.
SILVESTRE.- Eso es indudable. En un primer momento Constantino no pareció tener en cuenta que, aunque la Iglesia podía ser una fuerza de cohesión en el imperio, ella misma estaba sacudida por disputas doctrinales y disciplinarias.
EUSEBIO.- Por lo general, el emperador dejaba al clero la resolución de las disputas. Pero, entre el 319 y el 320, surgió en Alejandría una tremenda controversia cuando el sacerdote Arrio afirmó la inferioridad de un Cristo creado frente al Dios trascendente e increado.
SILVESTRE.- Aunque un sínodo de obispos de Egipto condenó a Arrio, se desató una furiosa polémica que llegó incluso a los estratos más bajos de la sociedad.
EUSEBIO.- Esta situación llevó a Constantino a tomar la medida más importante para la supervisión de la Iglesia: convocó el primer concilio general, o “ecuménico”, en la ciudad de Nicea, cerca de la capital, Constantinopla, donde él residía.
SILVESTRE.- Invitó a todos los obispos del imperio, que en aquel momento eran más de mil, y más de 250 respondieron a la convocatoria. Yo no fui, pero envié dos delegados personales.
EUSEBIO.- Yo sí estuve.
SILVESTRE.- Y fuiste uno de sus protagonistas.
EUSEBIO.- El concilio se inauguró el 20 de mayo de 325, con un discurso introductorio del mismísimo Constantino en el que nos exhortó a la armonía y a la unión fraternal. El emperador nos concedió plena libertad para tomar nuestras propias decisiones, dejando claro, sin embargo, que sería él quien las aplicaría.
LINGUACUTA.- Ya veo a ley de la Iglesia en camino de convertirse en ley del Imperio.
SILVESTRE.- ¿Por qué no te callas? Prosigue, Eusebio.
EUSEBIO.- Al terminar el concilio se publicaron una serie de normas disciplinarias, conocidas como ordenanzas, entre las que se incluían la que prohibía a las mujeres vivir en la misma casa con sacerdotes, a menos que ellas fueran sus parientas cercanas, y la ordenanza que castigaba al clero que practicara la usura.
SILVESTRE.- Pero el punto principal del concilio fue la condena de Arrio y la formulación de una confesión de fe o “Credo”.
SOFROSINA.- Que todavía se utiliza en todas las iglesias cristianas, con algunas pequeñas adiciones.
EUSEBIO.- La parte antiarriana del Credo, en relación con Jesucristo, dice: “[Él es] Hijo de Dios, nacido del Padre», «Dios de Dios, luz de luz, Dios verdadero de Dios verdadero, engendrado, no creado, de la misma sustancia que el Padre».
SOFROSINA.- En Nicea los arrianos fueron condenados, pero sé que siguieron multiplicándose por muchas regiones del imperio.
EUSEBIO.- El concilio no logró extinguir el arrianismo -que continuó perturbando seriamente a la Iglesia hasta el siglo VIII-, pero en Nicea definimos la doctrina “ortodoxa” para hacerle frente.
O’MALLEY.- Me parece que más allá de sus decisiones específicas, el concilio de Nicea tuvo un significado adicional: funcionó de manera muy similar al Senado romano.
LINGUACUTA.- ¿Cómo así?
O’MALLEY.- Al igual que el Senado, asumió una función tanto legislativa como judicial. Promulgó leyes cuyo incumplimiento se sancionaba; juzgó algunos casos, dictando sentencias contra “criminales” eclesiásticos como, en este caso, Arrio. Además, Constantino se comportó con el concilio tal y como más tarde lo harían los emperadores romanos con el Senado. Lo convocó, ratificó de hecho su agenda y se comprometió a aplicar sus decisiones.
EUSEBIO.- Al término del concilio, el emperador organizó en su palacio un magnífico banquete para los obispos. Y envió una carta “a todas las iglesias” informándoles de los resultados y asegurándoles que todas las cuestiones habían sido cuidadosamente consideradas.
LINGUACUTA.- En comparación con Constantino, incluso el obispo de Roma en aquellos años parecía un pequeño funcionario.
EUSEBIO.- Y dale con tu criticadera.
O’MALLEY.- La joven tiene razón. Constantino comenzó a referirse a sí mismo como un “obispo común” a todo el Imperio –koinos episkopos-, una especie de superobispo cuyas funciones eran garantizar el orden y la ortodoxia en la Iglesia.
SILVESTRE.- Por su parte, él respetaba nuestra autoridad y aceptaba que mantuviéramos nuestra propia esfera de influencia, sin renunciar por ello a tener la última palabra si lo consideraba necesario.
O’MALLEY.- Esa es, precisamente, la característica de la Iglesia constantiniana: se trata, en última instancia, de una Iglesia subordinada al poder imperial.
EUSEBIO.- La contrapartida es que, gracias a ese “nuevo Moisés”, la Iglesia se volvió una institución firmemente pública, imponente en su completa organización y cada vez más capaz de prestar servicios civiles de diversa índole.
LINGUACUTA.- Me queda claro que Constantino y los obispos eran socios. Ahora, dime Eusebio, ¿cuál era el socio principal?
En la inmensidad resonaron las palabras “Mi reino no es de este mundo”.
[1] Hans Küng, La Iglesia católica, Barcelona, 2002, p.61.
[2] El sólido fue una moneda de oro creada por Constantino. Se utilizó hasta el siglo XI como moneda de cambio en el comercio internacional. De solidus -como remuneración económica a los participantes en campañas de guerra- provienen las palabras soldado y sueldo.
Rodolfo R. de Roux
Diciembre, 2025


6 Comentarios
Maravilloso recuento de la historia de la Iglesia. Gracias y saludos.
Una multinacional que triunfó gracias al respaldo político que recibió durante mucho tiempo. ¿Y ahora?
Richard, Linguacuta y Sofrosina comunican que al final de su visita a otros “sumos pontífices” responderán a tu pregunta. Te mandan un saludo.
Como siempre, Rodolfo tu diálogo es un regalo que me hace sentir que estoy en la presencia de las celebridades que conversan y me provoca ganas de intervenir. Me contengo y eso me sirve para reflexionar y digerir lo que personajes tan notables comentan. A estas alturas de mi edad concluyo que todo, lo que ha sucedido, está sucediendo y sucederá, es necesario para que armonicemos con la Conciencia Universal. Ningún imperio, ni ninguna religión impedirán que alcancemos nuestro destino, aunque muchos todavía no lo vean. Es nuestra esencia: “El reino de Dios lo tenemos dentro”, “Dios o la naturaleza”, “se hace camino al andar”
Gracias.
Excelente diálogo entre los personajes que intervinieron en la fundación de la Iglesis Católica. Ese domingo del Sol Invictus es el que más me llama la atención por su controvertido significado con relación al nacimiento de Jesus ese 25 de diciembre…
Muchas gracias querido amigo, por más este lindo diálogo. De hecho el cesaropapismo y la herencia imperial son los pecados originarios del cristianismo de los cuales aún después del Concilio Vaticano II la iglesia se logra redimir. Abrazos.