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Ante el espejo del siglo XXI

Por Francisco Cajiao
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Es hora de que los maestros decidan si quieren seguir repitiendo el pasado o atreverse, de una vez por todas, a construir el futuro.

Vivimos un tiempo en el que todo cambia a velocidad de vértigo: la tecnología, las familias, las ciudades, los modos de aprender. Y, sin embargo, la escuela se parece mucho a la de hace medio siglo. En pleno siglo XXI, la profesión docente parece mirarse en un espejo que le devuelve una imagen inmóvil.

Los niños y jóvenes viven hoy conectados a un mundo paralelo hecho de pantallas, redes sociales y sobreinformación. Allí aprenden, se comunican, se entretienen y construyen sus identidades. Mientras tanto, los planes de estudio que predominan en el país continúan divididos en multitud de asignaturas rígidas, sin puentes con la vida real. La escuela enseña en blanco y negro a generaciones que viven en colores de alta definición.

Es cierto que ha habido avances: los maestros tienen mejor formación, mejores salarios y más apoyo del Estado. En muchas ciudades se han hecho grandes inversiones en infraestructura y tecnología. Pero la transformación de fondo –la que cambia las prácticas y la cultura profesional– sigue pendiente. En los resultados de aprendizaje, el progreso es precario, y la docencia parece atrapada en un tiempo que ya no existe.

Parte del problema está en el modo como se forma al maestro. Mientras los médicos son formados por médicos y los ingenieros por ingenieros, forjando una fuerte identidad profesional desde la universidad, los futuros docentes suelen aprender de profesionales que nunca han enseñado en la escuela básica. Así es difícil construir una identidad sólida que sume conocimiento, experiencia y compromiso. Una profesión madura no depende solo de personas con muchos títulos, sino de una comunidad organizada, capaz de reflexionar sobre su práctica, definir estándares éticos y generar conocimiento propio.

Durante décadas, la agremiación sindical ha sido fundamental para los maestros. Gracias a ella se han conquistado condiciones laborales bastante satisfactorias y estímulos para prepararse y progresar. Pero el relato heroico con el que se consiguieron muchas cosas en el pasado ya no rima con la realidad actual. 

Hoy, muchos educadores jóvenes, con posgrados y nuevas aspiraciones, no se sienten representados por un discurso anclado en la lucha de clases. La educación necesita una voz profesional, que vaya más allá de lo reivindicativo; una voz que proponga, que piense el país, que dialogue de igual a igual con empresarios, políticos y académicos. En Colombia hay más de 150.000 educadores en el sector privado que no tienen representación en los espacios donde se define la política educativa. Y mientras tanto, la dirigencia sindical sigue repitiendo fórmulas de hace cincuenta años. El mundo cambió, pero la forma de pensar la docencia no.

Si los maestros quieren ser protagonistas del cambio social y comprometerse a fondo con el cierre de las profundas brechas sociales que se siguen ahondando en el país, deben asumir su papel más allá de las aulas. Es indispensable enseñar bien, pero también se debe participar en los debates públicos, en la formulación de políticas, en la construcción de un proyecto educativo nacional. Y eso exige organización, autonomía y pensamiento colectivo.

Pensar la educación es pensar la cultura: cómo nos entendemos, qué soñamos, qué país queremos ser. Los maestros necesitan organizaciones profesionales capaces de reflexionar sobre el desarrollo económico, el avance de la ciencia y la tecnología, los métodos más avanzados en pedagogía y las estrategias de transformación de las instituciones educativas. Para eso se necesitan maestros cultos, críticos y comprometidos, capaces de transformar la realidad, no solo de adaptarse a ella. La docencia no puede seguir viéndose como una profesión subordinada. Es hora de que los maestros se miren al espejo del siglo XXI y decidan si quieren seguir repitiendo el pasado o atreverse, de una vez por todas, a construir el futuro.

Publicado en EL TIEMPO, Bogotá, Colombia

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John Arbeláez Ochoa 8 diciembre, 2025 - 10:14 am

La construcción de ese pensamiento colectivo, pasa por pensar en la colectividad, no con el egoísmo centenario de la competencia para ganar medallas a costa o superando a los compañeros. Dónde queda la construcción colectiva? Dónde queda la solidaridad? Dónde la fraternidad? Se enseña de “eso” en los colegios y escuelas?
Colombia se quedó en el egoísmo de cada uno tratando de sebreaguar, así se suba a los hombros de su vecino…Los resultados? Desigualdad disparada…Nulo tejido social y cada uno por su lado…Sálvese quien pueda!!!

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