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Edna Bonilla

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En Colombia, cada día circulan tantas noticias que muchas pasan desapercibidas. Hoy llamo la atención sobre el bien-estar financiero de la ciudadanía y la manera como, desde la educación, podemos contribuir a lograrlo.

Por ejemplo, millones de personas están atrapadas en el crédito informal, pagando intereses que arruinan sus vidas. Según un estudio de Colombia Fintech y el Centro de Estudios Económicos ANIF, el 40 % de los colombianos de bajos ingresos recurre a este tipo de crédito, pagando tasas superiores a 380 % anual ‒diez veces más que la tasa de usura legal‒. 

Los ‘gota a gota’ cobran en promedio 666,5 % anual, más de 22 veces el límite de la usura. Y hay cifras aún más desgarradoras. El Instituto para la Economía Social (IPES) reveló que 90 % de los vendedores informales de Bogotá ha recurrido al ‘gota a gota’. Más allá del costo económico desproporcionado, esta práctica suele estar acompañada de acoso, amenazas y una espiral de endeudamiento sin salida.

La educación es un derecho fundamental y un pilar esencial para el desarrollo humano y la democracia. Cuando un país garantiza una educación de calidad, contribuye de forma decisiva al bien-estar y a la calidad de vida de su gente. En Colombia, en los últimos 50 años hemos logrado avances importantes en cobertura, pero no basta con llegar. Necesitamos que las personas permanezcan, aprendan y construyan trayectorias de vida con bien-estar. Y en esto aún tenemos tareas pendientes. Persisten brechas profundas entre lo rural y lo urbano, entre quienes tienen mayores oportunidades y quienes enfrentan condiciones adversas.

Estas desigualdades educativas pueden agravarse en el contexto económico global actual. Por eso, educar hoy no puede reducirse a la transmisión de contenidos estáticos. Necesitamos formar ciudadanos capaces de enfrentar la complejidad del mundo, con pensamiento crítico, capacidad de innovación, trabajo en equipo, manejo de tecnologías, comunicación efectiva y adaptación al cambio. Entre todas estas habilidades del siglo XXI, hay una que suele pasar desapercibida, pero que es crucial para la vida cotidiana. Se trata de la Educación Económica y Financiera (EEF). 

Es importante entender el significado del ahorro y de la inversión, las implicaciones del endeudamiento, el mejor uso de los recursos, el análisis del riesgo, la interpretación de la información económica. Estas competencias, lejos de favorecer solamente al sistema financiero, benefician principalmente a las personas. Les permiten vivir mejor, cuidar su salud financiera, construir proyectos de vida y fortalecer su bien-estar. Y, sobre todo, son una herramienta poderosa para cerrar brechas y combatir, desde el colegio, la desigualdad.

La Educación Económica y Financiera ha evolucionado significativamente desde mediados del siglo XX. Hoy se reconoce como un componente clave en los sistemas educativos del mundo. Diversos estudios demuestran que una mejor educación financiera promueve la inclusión, mejora la planificación personal y familiar, fortalece el emprendimiento, impulsa la innovación y ayuda a enfrentar crisis económicas, climáticas o desigualdades sociales. Distintos países han optado por incluirla en sus currículos. En Estados Unidos surgió como respuesta a los problemas de crédito y consumo. En los países de la OCDE se considera parte de las competencias ciudadanas. En América Latina, la EEF ha avanzado más recientemente, con experiencias en Chile, Brasil, México y Uruguay. Además, se han incorporado enfoques innovadores como la economía del comportamiento, el bienestar financiero, la educación socioemocional y el enfoque de ciclo de vida.

En Colombia también se han dado pasos importantes. La EEF ha sido reconocida como una herramienta clave para promover la inclusión financiera y ha ganado institucionalidad. Sin embargo, estamos aún lejos de lograr una ciudadanía que se haya empoderado de sus responsabilidades financieras. Los datos lo muestran con crudeza. Los niños, jóvenes y adultos no están adquiriendo las competencias necesarias para desenvolverse en el mundo actual, y eso se traduce en desigualdad. 

Según el Banco de la República (2021), solo el 30 % de los adultos colombianos comprende conceptos básicos como tasas de interés, inflación o diversificación del riesgo. Asobancaria (2022) señala que 56 % de las personas no maneja herramientas digitales financieras. El DANE (2018) encontró que 48 % no sabe calcular una tasa de interés simple, y más de 60 % no identifica la pérdida de poder adquisitivo por efecto de la inflación. Más recientemente, en 2024, la Superintendencia Financiera de Colombia reveló que 78 % de las personas encuestadas nunca ha recibido capacitación en temas de EEF, solo el 56 % elabora un presupuesto mensual, y apenas el 44,7 % ha logrado ahorrar en los últimos 12 meses. Las brechas se acentúan si se observa por género, territorio o condición social.

Por otra parte, el sistema educativo no está logrando resultados suficientes por sí solo. En las pruebas PISA de 2022, solo 29 % de los estudiantes colombianos alcanzó el nivel 2 en matemáticas, frente a un promedio de 69 % en la OCDE. En EEF, la última medición fue en 2012, y el 57 % estaba por debajo del nivel de referencia. Un desempeño inferior al de Brasil, Perú, Chile y al promedio de la OCDE. En las pruebas nacionales tampoco se evidencian mejoras significativas ni en matemáticas, ni en competencias ciudadanas. Estas cifras deben alertarnos. No solo estamos rezagados, sino que no se avanza al ritmo exigidos por los desafíos actuales.

En este contexto, y como resultado del esfuerzo conjunto entre los sectores financiero, asegurador y bursátil y el Estado, en la reciente Convención Bancaria se lanzó el Programa de Educación Económica y Financiera Bien-estar, que se proyecta implementar en todo el país. La iniciativa liderada por la Fundación Ábacos (entidad que tengo el honor de dirigir y que agrupa a Asobancaria, Asobolsa, Asofiduciarias, Asofondos, Asomicrofinanzas y Fasecolda), es una estrategia integral de largo plazo (2025–2040), impulsada por el sector y acompañada por la Superintendencia Financiera de Colombia. Su objetivo principal es fortalecer las competencias económicas y financieras de la ciudadanía, promover su bienestar financiero y fomentar la solidaridad y la confianza en el sistema. Busca que las personas tomen decisiones más informadas a lo largo de su vida, mejoren su calidad de vida y contribuyan activamente al desarrollo económico del país. Es, en esencia, una apuesta por crear ciudadanías más justas, solidarias y empoderadas en el contexto colombiano.

El programa Bien-estar parte de buenas prácticas nacionales e internacionales ‒como el Marco de Competencias Financieras de la OCDE‒ y adapta sus contenidos a las realidades de las personas y comunidades en Colombia. Su enfoque se sustenta en siete principios que orientan una educación económica y financiera inclusiva, permanente, pertinente, innovadora, generadora de capacidades, con participación activa y basada en la confianza. Además, ha definido siete poblaciones prioritarias: niñas, niños y jóvenes; microempresarios, emprendedores y participantes de la economía popular, población rural, mujeres, personas en condición de vulnerabilidad, personas mayores de 60 años y la ciudadanía en general. Cada uno de estos grupos contará con herramientas educativas y comunicativas diseñadas a su medida, para que el conocimiento económico y financiero sea claro, útil y conectado con su realidad, sus aspiraciones y su entorno.

A su vez, el programa Bien-estar ha definido siete macrometas prioritarias. Entre ellas, lograr un incremento de 2,5 puntos en los niveles de conocimiento económico y financiero de la población; incorporar programas de EEF en al menos 20 % de las instituciones educativas del país (aproximadamente 3 900 colegios); alcanzar a 30 millones de personas mediante campañas masivas de comunicación y sensibilización, y lograr presencia activa en el 100 % de los departamentos con intervenciones diseñadas y adaptadas a cada contexto regional. Estas metas, ambiciosas pero alcanzables, buscan transformar el acceso al conocimiento financiero en un derecho tangible y cotidiano para millones de colombianos.

El programa Bien-estar contará con un sistema integral de seguimiento, monitoreo y evaluación, diseñado para asegurar la calidad, efectividad y sostenibilidad de las acciones en educación económica y financiera. Esta estrategia se fundamentará en una evaluación permanente, basada en evidencias, con mediciones rigurosas de impacto y capacidad de adaptación continua. En el centro estará el Sistema Nacional de Registro y Evaluación, que consolidará la información de todas las iniciativas de EEF desarrolladas por los sectores financiero, asegurador y bursátil. Evaluar, corregir y aprender será tan importante como enseñar.

Es prioritario que Colombia avance hacia una educación económica y financiera contextualizada, que comience desde la primera infancia y se extienda a lo largo de la vida como un proceso formativo integral. Idealmente, esta educación debería articularse con los aprendizajes en matemáticas y competencias ciudadanas, y ser promovida por docentes capacitados mediante metodologías activas y significativas. También es clave incorporar enfoques como la economía del comportamiento y priorizar el desarrollo de capacidades reales, más allá de la simple transmisión de datos o consejos prácticos. Así mismo, se requiere una evaluación sistemática y continua de sus resultados e impactos, que permita mejorar de forma constante y basada en evidencia.

Colombia puede ser una sociedad donde las personas vivan con bien-estar. Un país donde la educación económica y financiera no sea un privilegio, sino un derecho que acompañe a los individuos durante toda su vida, independientemente de su origen o condición. Si hacemos bien la tarea, en 2040 tendremos una ciudadanía empoderada, capaz de cuidar su bien-estar y el del colectivo, de fortalecer nuestra democracia y de impulsar un desarrollo humano sostenible. 

Ese país no es un sueño lejano. Está al alcance, pero necesita ser construido entre todos y todas. La ruta es clara: educar para el bien-estar.

Edna Bonilla

Publicado en la revista CAMBIO, Colombia

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Hace unas semanas escribí sobre la urgencia de un lenguaje que no legitime la violencia ni llame al odio. No imaginé que días después mi angustia sería aún mayor. El joven político Miguel Uribe Turbay está luchando por su vida, y el sicario que intentó asesinarlo es un adolescente de 15 años. 

Esta escena desgarradora no es un hecho aislado. Es el reflejo brutal del fracaso de nuestra sociedad. Y nos obliga a retomar la reflexión con más fuerza. Sin duda, la democracia se defiende con hechos. Pero también, con palabras.

Esta semana conversé con personas de distintos orígenes políticos, ideologías opuestas y trayectorias muy diversas. Y, en medio de tantas diferencias, hubo algo que nos unió: el dolor. Todo lo que rodea este hecho es profundamente desgarrador.

En este capítulo que marcará la historia reciente de Colombia todos perdemos. Pierde Miguel, que lucha por su vida. Pierde toda su familia: su abuela, su esposa, su hijo, sus hijas, su padre, su hermana y tantos otros familiares y amigos. Una familia que ya ha aprendido a vivir con el dolor de perder a Diana Turbay, la madre de Miguel, una mujer que creyó en la paz de Colombia.

La otra cara de esta tragedia es el adolescente de apenas 15 años. En una sociedad más justa, estaría en un salón de clases, con un cuaderno en las manos, no con un arma. En cambio, fue usado por grupos criminales que no valoran su vida ni la de nadie. Se ha conocido que el menor estuvo vinculado al programa Jóvenes en Paz del Gobierno nacional y que, ante su condición de vulnerabilidad, el Instituto Distrital para la Protección de la Niñez y la Juventud de Bogotá también le ofreció apoyo. A pesar de los esfuerzos institucionales, la delincuencia terminó siendo una opción más cercana, más accesible, más eficaz para llenar el vacío que el Estado no supo ocupar.

Aún me pregunto: ¿qué hizo falta? ¿Qué no logró tocarlo, convencerlo, retenerlo? ¿Qué podría haberle mostrado otro camino? No tengo las respuestas. Pero sí tengo la certeza de que debemos redoblar los esfuerzos para que ningún niño o joven crea que la delincuencia es su única salida. Porque cuando la esperanza no llega a tiempo, otros caminos ‒más rápidos y más peligrosos‒ se abren con demasiada facilidad.

También perdimos nosotros, los colombianos. Perdimos la tranquilidad de vivir en una democracia donde las diferencias de opinión, de ideología o de partido no cuesten la vida. Perdió el país cuando los precandidatos suspendieron sus actividades no solo por solidaridad con Miguel y su familia, sino como una forma de exigir lo más básico en tiempos electorales, que son las garantías para recorrer el territorio sin miedo y sin amenazas. Perdimos, además, porque sentimos que retrocedimos; que volvimos a la época aciaga de finales de los años ochenta, cuando hacer política costaba la vida.

La violencia política no surge de la nada. Se gesta en el desprecio, se alimenta de la polarización y se justifica en discursos que degradan al adversario. En Colombia, esa espiral se ha normalizado: insultar, acusar sin pruebas y sembrar desconfianza se volvió parte del paisaje político. Pero cuando un adolescente empuña un arma para disparar contra un joven político, ese paisaje deja de ser simbólico: se vuelve mortal.

La violencia comienza con la palabra, pero también puede detenerse con ella. Las palabras pueden señalar, dividir, excluir. Pero también pueden reparar, educar y convocar. Si queremos una democracia que resista, debemos empezar por cuidar el lenguaje con el que la construimos. Colombia no necesita más silencios cómplices ni más metáforas bélicas. Necesita responsabilidad ética en lo que se dice y en lo que se calla. Porque no hay neutralidad posible cuando la democracia está en juego.

Esta semana, el portal La Silla Vacía publicó un artículo tan interesante como desolador: “Estos son los políticos con el discurso más agresivo en Twitter” (https://www.lasillavacia.com/silla-nacional/estos-son-los-politicos-con-el-discurso-mas-agresivo-en-twitter/). Para su análisis, se utilizó un modelo de identificación de discurso agresivo aplicado a trinos y publicaciones de políticos e influenciadores con gran alcance en X (antes Twitter). El estudio revisó contenidos sobre política colombiana que superaban los 100 likes y 100 retuits escritos entre enero de 2024 y el 5 de junio de 2025.

Los resultados son preocupantes para una democracia ya vulnerada por múltiples violencias. El presidente Gustavo Petro encabeza la lista como la figura que más ha usado discursos agresivos en X, con 409 trinos. Como jefe de Estado ‒y como la persona que tiene más seguidores en el país‒ su responsabilidad es mayor. Representa la institucionalidad y es el garante natural de la democracia. Le siguen las cuentas de Mamertos0 (afín al presidente Petro) con 350 trinos; Vicky Dávila con 286; María Fernanda Cabal con 280 y Julián Progre con 235. Estas cinco cuentas representan los extremos ideológicos de la política colombiana.

En lo que va de 2025, el nivel de agresión en el discurso político ha superado al de 2024. ¡Y aún falta un año para las elecciones! Si el discurso sigue escalando, el riesgo no será solo electoral, sino institucional y social.

El lenguaje violento no solo contamina el debate. También abre paso a la amenaza física. Según el más reciente informe de la Fundación Paz y Reconciliación, la violencia político-electoral ‒es decir, la ejercida contra personas o colectivos en el ejercicio de sus derechos políticos‒ se ha mantenido como una constante en Colombia desde 2014. En el actual proceso electoral, la Fundación ha documentado, entre el 8 de marzo y el 8 de junio de 2025, un total de 57 víctimas en 43 hechos violentos, incluyendo cuatro homicidios de líderes políticos. 

El dato más alarmante es que, en promedio, cada dos días, una persona ha sido víctima de violencia político-electoral en el país. En aproximadamente el 35% de los casos, los responsables son grupos armados organizados. Pero muchos perpetradores permanecen en la sombra. En varias regiones, la violencia sigue operando como un mecanismo de competencia política. Es una advertencia que no debemos ignorar.

No podemos seguir mirando estos hechos con resignación, como si fueran inevitables. Lo ocurrido no es solo una tragedia para algunas familias, sino que es el reflejo de una sociedad fracturada donde la violencia sigue siendo una opción para quienes no han conocido otra. Es cierto que el Estado debe ofrecer más y mejores alternativas, con garantías reales de educación, empleo y bienestar. Pero también es cierto que cada uno de nosotros puede ‒y debe‒contribuir a desactivar la espiral de violencia que nos envuelve.

Y aunque el atentado a Miguel Uribe ha sido uno de los hechos que más angustia y dolor han generado, no podemos dejar de lado los 24 ataques terroristas en el Cauca y en el Valle del Cauca, que dejaron ocho personas muertas en cinco horas. También duele lo que ocurre allí. Nos interpela como país la muerte, convertida en relato cotidiano y permanente en estos últimos años, y el miedo que paraliza la vida diaria de millones de personas. 

En medio de esas violencias, de fuerzas e intereses, la suspensión de clases por razones de seguridad es una de las señales más desgarradoras. Nos recuerda, con crudeza, que en muchos territorios enseñar y aprender es una actividad de riesgo. Que una escuela cierre sus puertas por miedo no puede ni debe normalizarse. Esa realidad debería conmocionar a toda la sociedad. Proteger a los niños, niñas y jóvenes, así como a la comunidad educativa, exige una respuesta articulada, decidida y sostenida para garantizar entornos educativos seguros. Porque el derecho a la educación es, también, el derecho a vivir sin miedo.

Y aunque pareciera que el lenguaje violento hace carrera en muchos países, debemos aprender de otros que vivieron horrores aún mayores y encontraron caminos para desactivar el odio. Cito dos. Alemania, por ejemplo, aprendió que la palabra puede destruir, pero también puede educar. Su sistema escolar incluye formación política obligatoria y sanciona los discursos que exaltan ideologías violentas. Educar para la democracia no es un lujo ni una sugerencia. Es una forma de defensa preventiva. O Noruega, que tras el atentado de extrema derecha en 2011, respondió con más democracia. Su primer ministro, Jens Stoltenberg, dijo entonces: “Respondiendo al odio con más odio, perdemos”. Por eso optaron por reforzar la confianza en las instituciones, no por militarizar el miedo. No dejarse arrastrar al terreno del atacante es una forma de resistir.

En Colombia tenemos la costumbre de reaccionar tarde, cuando el daño ya está hecho. Se condena el atentado, pero no se cuestiona el discurso que lo incubó. Se exige justicia, pero no se habla del joven que apretó el gatillo, ni de la sociedad que lo empujó a hacerlo. ¿Cuándo vamos a discutir ‒en serio y de frente‒ sobre los efectos del lenguaje político, de las redes sociales y del desprecio institucionalizado?

Colombia no puede seguir dando vueltas en el mismo círculo. No basta con condenar los hechos o pedir justicia ‒aunque ambas cosas sean necesarias‒. Tenemos que ir más allá y garantizar educación desde la primera infancia, ofrecer oportunidades reales de vida digna, cerrar las brechas que empujan a los jóvenes hacia caminos sin salida. Lo que nos pasó esta semana no es solo el resultado de un acto de violencia, sino de una cadena de ausencias. Y solo enfrentándolas con decisión, con políticas públicas sostenidas y con un compromiso colectivo, podremos evitar que esta historia se repita una y otra vez. No podemos seguir repitiendo historias de violencia. Porque hemos fracasado como sociedad, tenemos la obligación de parar, reflexionar y actuar.

Edna Bonilla

Publicado en la revista CAMBIO, Colombia

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“Todo lo que soy, o espero ser, se lo debo a mi madre y a mis maestros”(Adaptación de Abraham Lincoln). 

En mayo se celebran dos fechas importantes en Colombia: el Día de la Madre y el Día del Maestro. Esta coincidencia no es menor. Ambas figuras, tan distintas y tan cercanas, comparten una misma vocación: la educación y el cuidado. Que estas conmemoraciones sean más que un homenaje y nos inviten a agradecer su existencia y a reflexionar sobre su papel fundamental en la construcción de una sociedad más justa y humana.

La mamá es, casi siempre, la primera educadora. Es la maestra más importante de la vida. Enseña desde lo invisible e intangible, y sobre todo, desde el amor y el cuidado. Desde la cuna nos guía en el aprendizaje de la lengua. Nos enseña a caminar, a alimentarnos, a amar y a fijar límites. Nos transmite valores y, sin descanso, señala el camino de la educación. 

En mi caso, mi madre nos formó con el ejemplo. Siempre ha tenido un libro entre las manos, una palabra amorosa cuando más se necesita y una voz firme en el momento justo. Se graduó de bachiller cuando sus hijos ya estaban “criados”, y cruzó las puertas de la Universidad Nacional como estudiante cuando pasaba los cincuenta años. Tuve el privilegio de ser su profesora, de admirar su inteligencia desbordante y su inagotable curiosidad por el mundo intelectual.

Así como mi madre me enseñó a amar los libros y a no rendirme nunca, cada maestra y maestro que he tenido —y que he conocido— ha dejado una huella en mi forma de pensar, de sentir y de actuar. Porque educar no es solo transmitir conocimientos. Es tocar vidas, abrir caminos, despertar posibilidades. Un buen maestro transforma para siempre.

Hoy, en un país que todavía no reconoce con justicia ni la importancia de la labor docente, ni el valor del trabajo de cuidado, estas dos celebraciones deberían estimular la reflexión. ¿Qué hacemos como sociedad para respaldar a quienes educan desde el hogar y desde el aula? ¿Cómo honramos a quienes dedican su vida a formar personas íntegras, críticas, sensibles y solidarias?

Empecemos por las mujeres que son madres. Los resultados de la más reciente Encuesta de Calidad de Vida (2024), publicada por el Dane, confirman un cambio estructural en la composición de las familias colombianas. La jefatura femenina está creciendo. Este fenómeno, aunque lleva años en marcha, refleja una transformación profunda en las familias y en el rol de las madres. A finales del siglo XX (1997), la jefatura femenina representaba el 25,8 por ciento de los hogares, en 2019 había ascendido al 38,4 por ciento, y hoy alcanza el 46,5 por ciento. Esta última cifra no es homogénea. En departamentos como La Guajira, Magdalena y Arauca, el porcentaje supera el 50 por ciento.

En menos de tres décadas, hemos sido testigos de un cambio que no solo modifica la estructura de los hogares, sino que plantea retos urgentes para las políticas públicas. La feminización de la jefatura del hogar interpela nuestras ideas sobre el trabajo de cuidado, la autonomía económica de las mujeres y las nuevas formas de organización familiar. No son solo cifras. Se trata de realidades que exigen una respuesta decidida del Estado y una mirada que ubique a las mujeres en el centro del desarrollo social. Todo esto tiene un impacto profundo en la educación de nuestros niños y niñas.

Y pasando a los maestros y maestras, Colombia cuenta con 441.827 docentes: 328.745 en el sector público y 113.082 en jardines y colegios privados, según la Encuesta de Educación Formal del Dane (2022). No contamos con políticas públicas sólidas que garanticen su formación permanente y su bienestar integral. Debemos recordar que educar es una tarea de todos. Y como decía Paulo Freire, no hay educación sin amor. Las madres y los maestros nos enseñan eso cada día, aunque pocas veces lo digan en voz alta.

Hace algunas semanas, un titular de The New York Post me dejó pensativa: “Bill Gates dice que la IA reemplazará a los médicos y maestros dentro de 10 años” y afirma que los “humanos no serán necesarios para la mayoría de las cosas”. Después de pensarlo con detenimiento, debo decir que estoy en completo desacuerdo con esa afirmación. Y basta mirar nuestras aulas para entender por qué.

Ser maestro o maestra va mucho más allá de enseñar conceptos. Son personas capaces de ver lo que a veces nadie más nota: una mirada perdida, un silencio que duele, una actitud que cambia. Tienen la sensibilidad para comprender que cada estudiante es único y, con esa certeza, despliegan una creatividad inmensa para llegar a cada uno de manera distinta, con respeto, paciencia y afecto. Enseñan, sí. Pero también cuidan, acompañan, guían y transforman vidas.

¿Quién no recuerda a ese maestro o maestra que nos abrió las puertas hacia lo que hoy somos? Aquel que, con una palabra oportuna, nos ayudó a tomar decisiones que marcaron nuestro destino, o que simplemente estuvo ahí para escucharnos cuando sentíamos que nadie más lo haría. Hay docentes que dejan huella para siempre —no solo en lo académico, sino en la vida misma.

Muchos maestros y maestras son ejemplo no solo para sus estudiantes, sino para el mundo entero. ¡No es una exageración! Basta mirar el Global Teacher Prize —el reconocimiento internacional entregado por la Fundación Varkey. Se le considera el ‘Premio Nobel’ de la Educación—. En la última década, al menos diez docentes colombianos han sido seleccionados entre los 50 mejores del mundo. Una muestra clara del talento, la vocación y el compromiso que caracterizan a nuestros docentes.

Uno de los finalistas más recientes (2025) fue Ramón Majé Floriano, un maestro que ha dejado una huella profunda con su proyecto Cafelab, desarrollado en la Institución Educativa Municipal Montessori, en Pitalito, Huila. A través de una propuesta basada en la sostenibilidad, la innovación y la investigación, el profe Ramón y sus estudiantes han reciclado más de 10 toneladas de pulpa de café, reincorporándolas a la cadena productiva. Con ello, no solo han contribuido a disminuir la contaminación ambiental, sino que también han generado nuevas oportunidades económicas para su comunidad.

En 2021, el profesor Eduardo Esteban Pérez, del Instituto Técnico Guaimaral, en Norte de Santander, fue reconocido por crear herramientas didácticas como cómics, revistas y software educativo. A partir de allí se abordan temas cruciales, como la prevención del embarazo adolescente, la drogadicción, el sexting el bullying. Su trabajo incluyó a estudiantes con y sin discapacidad. También diseñó aplicaciones que les permiten, a estudiantes ciegos, aprender geometría, y a estudiantes sordos, memorizar las tablas de multiplicar. Gracias a estas innovaciones, la tasa de deserción escolar en su institución cayó del 5,25 por ciento en 2015 al 0,5 por ciento en 2020.

También merece ser resaltado el trabajo de Sidney Carolina Bernal, conocida con cariño como “la profe morada”, quien fue docente de tecnología e informática en la Institución Educativa Distrital Enrique Olaya Herrera. Su compromiso con mejorar la calidad de vida de las personas con discapacidad la llevó a desarrollar soluciones tecnológicas extraordinarias como software, hardware, materiales didácticos y aulas virtuales diseñadas para incluir, conectar y empoderar. Entre sus creaciones se encuentran un sistema que traduce la voz al lenguaje de señas y otro que interpreta mensajes del electroencefalograma para convertirlos en lenguaje verbal o escrito. Innovación con propósito, desde el aula. Su destacada trayectoria la llevó a ocupar el cargo de viceministra de Transformación Digital en el Ministerio de Tecnologías de la Información y las Comunicaciones (MinTIC).

Ejemplos como estos hay muchos, pero no puedo dejar de mencionar a Alexander Rubio, docente de educación física en el colegio Rodrigo Lara Bonilla. Con una propuesta poderosa —el yoga y la percusión corporal como herramientas pedagógicas— transformó su entorno y mejoró la convivencia y el rendimiento académico en una comunidad afectada por el desplazamiento forzado y la violencia.

A su legado se suma un hito inspirador: logró el Récord Guinness por impartir la clase de yoga más larga del mundo —36 horas, 2 minutos y 40 segundos— junto a 11 estudiantes que, como él, creyeron que era posible respirar distinto en medio de la adversidad.

Si hay algo de lo que estoy convencida es de que, por más que avance la tecnología, sensibilidades como las de éstos —y de muchos otros— maestros y maestras que han hecho del servicio a los demás a través de la educación su verdadero propósito de vida, son sencillamente irremplazables. Ninguna máquina puede replicar la empatía, la intuición ni el amor con los que enseñan nuestros docentes.

En cada rincón del país hay un maestro o una maestra que madruga con la esperanza de hacer la diferencia. Que cree en sus estudiantes incluso cuando ellos todavía no confían en sí mismos. Que enseña con pasión, pero también con ternura. Con firmeza, pero también con humanidad. A todos ellos, gracias. Gracias por sostener este país desde el aula, por inspirar, crear y trabajar cada día por un mundo mejor. En su día, más que felicitaciones, debemos rendirles un verdadero homenaje. Porque su labor no solo merece reconocimiento, sino también respeto, respaldo y una profunda admiración. ¡Feliz día, maestros y maestras de Colombia! Su vocación transforma vidas y construye un futuro más esperanzador.

Madres y docentes tienen en común algo profundo: enseñan desde el amor, acompañan desde la esperanza y transforman desde el ejemplo. Unas educan desde la intimidad del hogar; otros, desde la entrega cotidiana del aula. Todos sostienen el alma de este país con paciencia, compromiso y fe en la educación como camino. En un mundo que tiende a automatizarlo todo, su humanidad es insustituible. Celebrarlos no puede ser un gesto simbólico. Debe ser una apuesta firme y sostenida por reconocer y dignificar la labor de quienes enseñan, cuidan y siembran futuro cada día.

Posdata. Son tantos los hechos que llaman la atención en nuestro país, que resulta inevitable no hacer referencia, por lo menos, a dos de ellos. El primero es inspirador. Se trata de la elección de Laura Gil —madre y profesora— como secretaria adjunta de la OEA. Es un logro importante para Colombia y para las mujeres. Los frutos de su trabajo, con seguridad, serán valiosos y de gran trascendencia.

El segundo es desolador. La violencia sigue ensañándose contra la niñez. Según las cifras oficiales más recientes, el número de niños reclutados entre 2021 y 2024 se multiplicó, pasando de 36 a más de 450 casos reportados. Inadmisible. Y para completar el horror, los casos de violencia sexual contra menores siguen aumentando, y son cada vez más aberrantes. Lo ocurrido en el Hogar Infantil Canadá, en Bogotá, es sórdido y profundamente doloroso. Serían 12 los niños víctimas de abuso dentro del centro. Ojalá las investigaciones avancen con celeridad y la justicia opere con contundencia. Triste la afirmación del presidente Gustavo Petro, estigmatizando a la educación privada. Proteger la infancia no admite dilaciones ni divisiones. No es un asunto ideológico: es un imperativo ético, moral y profundamente humano.

Edna Bonilla

Publicado en la revista CAMBIO, Colombia

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“Educar es un acto de esperanza. Es apostar al futuro”(Papa Francisco, lanzamiento del Pacto Educativo Global)

Una de las noticias más relevantes en los últimos días ha sido el fallecimiento del papa Francisco. Su legado educativo trasciende lo religioso. Fue un llamado a educar con amor, esperanza y responsabilidad, pensando siempre en construir un futuro más justo, humano e incluyente.

A lo largo de su pontificado insistió en que educar no es solo formar profesionales, sino personas comprometidas con el cuidado del otro, con la paz y con la vida. No propuso una reforma técnica, sino una verdadera revolución educativa basada en el encuentro, la solidaridad y la responsabilidad compartida. Francisco entendía que la educación va más allá de las aulas. Es una tarea que compromete a toda la sociedad. Impulsó el Pacto Educativo Global, una iniciativa que convocó a familias, comunidades, escuelas, universidades, gobiernos, religiones, medios, científicos, artistas y deportistas. Los invitó a renovar el compromiso de educar. Buscó reavivar la pasión por una educación abierta, incluyente y basada en la escucha, el diálogo y la comprensión mutua.

Un ejemplo conmovedor de esa visión ocurrió en 2015, durante un encuentro con estudiantes y profesores de colegios jesuitas en Roma. Un niño refugiado le preguntó: “¿Por qué tantas personas no quieren a los migrantes?”. El Papa, conmovido, dejó a un lado el guion que tenía preparado y respondió: “El que cierra las puertas a los migrantes cierra las puertas al corazón humano”. Y añadió que el verdadero sentido de la educación era enseñar a acoger, no a excluir. Ese gesto espontáneo, lleno de empatía y claridad, resumió su forma de educar: con palabras que abrazan y acciones que enseñan.

No es casual que ese encuentro haya tenido lugar en una institución jesuita. Como miembro de la Compañía de Jesús, Francisco heredó una profunda tradición pedagógica centrada en la formación integral, el discernimiento, la búsqueda del bien común y el compromiso con los más vulnerables. Para los jesuitas, educar es una forma de servir que contribuye a la transformación del mundo. Esa convicción marcó cada etapa de su vida. Su concepción de la educación nacía de la espiritualidad ignaciana. Se trata de una pedagogía del corazón, del servicio y de la conciencia crítica. Su trayectoria académica fue fiel a estos principios, que puso en práctica como profesor de literatura y psicología. Borges fue uno de sus autores favoritos, porque ‒como él mismo decía‒ “nos hace pensar”.

En 2019, cuando lanzó el Pacto Educativo Global, propuso siete caminos. El primero: poner a la persona en el centro del proceso, respetando su identidad y garantizando una formación integral, sin discriminación. El segundo: escuchar activamente a niños, niñas y jóvenes, reconociéndolos como protagonistas de su propio aprendizaje. No se trata de que ellos se adapten a la escuela, sino de que las escuelas se transformen para acogerlos plenamente. El tercero: promover a la mujer. Fue firme al exigir su inclusión real en espacios de decisión, la protección de su dignidad y la erradicación de toda forma de violencia en su contra. El cuarto: responsabilizar a la familia. Francisco reivindicó el lugar de las familias como el primer espacio educativo, y pidió crear políticas que las fortalezcan, sobre todo cuando son vulnerables. El quinto: abrirse a la acogida. La solidaridad con los más frágiles fue un eje de su pensamiento. Nos invitó a formar para el encuentro, respetando la diversidad cultural, social y religiosa. El sexto: renovar la economía y la política. Quizá este sea uno de los compromisos más complejos. Invitó a estudiar y promover nuevas formas de entender la economía, la política, el desarrollo y el progreso, al servicio del ser humano, desde la perspectiva de una ecología integral. Y, por último, educar para cuidar la casa común: adoptar estilos de vida sostenibles, proteger los recursos naturales y asumir una responsabilidad ética con las futuras generaciones.

La herencia educativa del papa Francisco es, ante todo, una invitación a creer que un mundo mejor sí es posible, si nos atrevemos a educar desde el amor, la justicia y la solidaridad. Si comprendemos que todos ‒no solo los maestros‒ somos responsables de acoger, acompañar y formar a las nuevas generaciones. Francisco deja el testimonio de un educador que no enseñó desde el poder, sino desde la ternura. Su legado interpela a todos: educar no es un deber reservado a unos pocos, sino un compromiso colectivo para hacer posible un mundo donde la dignidad, la justicia y el cuidado sean el centro.

Posdata. Nuevamente dos hechos llaman a la reflexión en la Universidad Nacional. El primero: el domingo 27 de abril se realizaron los exámenes de admisión. Se registró una de las cifras más bajas de inscritos en los últimos años. En 2019, más de 82 000 aspirantes se presentaron para el primer semestre y 39 844 para el segundo. En 2025, apenas 39 528 lo hicieron para el primer semestre y solo 25 167 para el segundo. La caída es dramática. Considero que la explicación no es únicamente demográfica. Hay otras causas que deben llamarnos a la reflexión. ¿Estamos respondiendo a las expectativas de la juventud y de la sociedad colombiana? Creo que no.

La segunda: las directivas de la sede Bogotá decidieron acoger a la Minga Indígena Nacional en el campus universitario. Según el comunicado oficial, “se registra un aforo de 16 000 mingueros y mingueras que representan la totalidad de los 115 pueblos indígenas de la nación colombiana”. ¿Está preparada la universidad para recibir en condiciones dignas a este número de personas, cuando el acuerdo inicial era albergar a 4 000? En mis muchos años en la Universidad, pocas veces la he visto tan polarizada. Un campo de confrontación política. ¡Que los ánimos se calmen y los derechos se garanticen!

Edna Bonilla

Publicado en la revista CAMBIO, Colombia 

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“El poder surge cuando las personas actúan juntas, no cuando se imponen unas a otras”

(Hannah Arendt, Sobre la violencia)

El debate político en Colombia se ha degradado y la degradación del lenguaje es parte de ese proceso. 

Empezamos a sentir los efectos de una campaña anticipada en la que, lamentablemente, el “todo vale” parece imponerse como estrategia dominante. Basta con acceder a redes sociales como X (antes Twitter) o revisar los titulares de los medios de comunicación para sentirse en medio de un bombardeo constante, donde las trincheras ya no alcanzan para protegerse del cruce de ataques. Las ofensas que buscan desprestigiar tienen mayor protagonismo que las propuestas. 

El lenguaje se ha convertido en un arma usada sin límite en el campo de batalla de la política. Las palabras agreden. No se lanzan para construir acuerdos, sino para deslegitimar al otro. Los insultos, las burlas y el desprecio sistemático, se han vuelto formas aceptadas —y hasta celebradas— de ejercer el poder. 

Hannah Arendt defiende la idea de la política como el espacio de la palabra, la acción y la deliberación, no de la violencia. La política auténtica ocurre cuando las personas se persuaden unas a otras mediante el discurso, no mediante la fuerza. Lo preocupante hoy no es solo el volumen de esta violencia verbal, sino su normalización. Y lo más inquietante es que esa normalización también educa.

Abundan los ejemplos del uso de la violencia en el lenguaje político. Aquí van cinco. El primero, en febrero de este año, la senadora María Fernanda Cabal se refirió al actual Ministro del Interior, Armando Benedetti, como “travesti de la política”, criticando su supuesta corrupción y cambios de bando en los diferentes gobiernos. Segundo: hace pocos días, un trino donde Daniel Quintero se refería al alcalde de Medellín, Federico Gutiérrez, como “Bobo, pendejo”, acusándolo del colapso de Hidroituango. El tercero, el Representante a la Cámara Alejandro Ocampo en una publicación: “¿Entonces los grupos políticos que ayer eran socios y apoyados por los paramilitares que mochaban cabezas frente a los hijos de las víctimas, que a punta de motosierra picaron hijos y padres frente a sus familias, hoy ven como un crimen y un delito una arengas (sic) de personas desarmadas y con pancartas en la vía pública? TIENEN HUEVO”. Cuarto, el senador Jota Pe Hernández dijo, refiriéndose a la senadora María José Pizarro: “La que habla de respeto me acaba de decir perro rabioso porque digo que es verdad que a nuestros militares los están matando. El hecho que usted sea defensora de guerrilleros no me evita a mí defender a la fuerza pública, a los militares que están matando”. Por último, el presidente Gustavo Petro ha llamado “nazis” a algunos de sus contradictores o “muñecas de la mafia” a mujeres periodistas que, en su criterio, estaban al servicio de intereses ocultos.

Así como muchas de las expresiones utilizadas en estas publicaciones son abiertamente irrespetuosas y ofensivas, también se observan mensajes sutiles muy venenosos, donde la agresión se disfraza de ambigüedad o ironía. Basta con leer el trino del expresidente Álvaro Uribe en contra de Claudia López, donde manipula una imagen del presidente Gustavo Petro y la exalcaldesa frente a una tabla ouija: “Socios por temporadas. Claudia López cautiva con el discurso mientras le descubren el engaño. Beneficiaria de USAID para difamar”.  Triste espectáculo para un expresidente.

Estos episodios, como muchos otros, inundan las redes sociales. Se impone la descalificación del otro por encima del argumento, y con ello se reduce el espacio para el intercambio de ideas y el disenso informado. Se intensifica la polarización, se alimenta la desinformación y se desvía la atención de los temas realmente importantes. 

Y aunque este no es un fenómeno exclusivo de Colombia, una publicación de la Misión de Observación Electoral rastreó las menciones agresivas realizadas en el país. La investigación fue realizada entre enero y junio de 2018. Muestra que la intolerancia se acentúa a medida que se acercan las elecciones. Lo mismo ha pasado con las campañas posteriores.

Olvidamos que, cuando un político insulta, educa. Cuando caricaturiza a sus opositores o banaliza el sufrimiento de los otros, también está enseñando algo. El lenguaje que se repite se vuelve paisaje. Y el paisaje, poco a poco se convierte en cultura. ¿Qué aprenden niñas, niños y jóvenes cuando observan que en los escenarios de poder se grita más de lo que se escucha, o cuando los referentes públicos construyen su autoridad desde la burla, la mentira o el desprecio? Aprenden que el ganador del debate no es quien tiene la mejor idea, sino quien grita más fuerte, miente u ofende. Y el patrón es preocupante: el desprecio como estrategia, la provocación como sello, la violencia simbólica como capital político.

En este contexto, la educación y la lectura tienen un papel fundamental que termina siendo muy solitario. La escuela no puede competir con las redes ni con el espectáculo bochornoso de la política del insulto. Está llamada a construir otra forma de mirar, de escuchar, de crear, de convivir y de expresar. Puede convertirse en un espacio donde el lenguaje recupere su vocación democrática: nombrar sin herir, argumentar sin destruir, disentir sin eliminar al otro. Es en el aula donde podemos detenernos a analizar no solo lo que se dice, sino cómo se dice y para qué. El lenguaje político es una práctica que produce efectos, que modela imaginarios y que configura el lugar del otro en la sociedad. Por eso, resulta urgente formar en pensamiento crítico, en lectura del discurso, en ética de la palabra.

Se trata de enseñar a tramitar el conflicto con palabras que no degraden, que no deshumanicen. Una ciudadanía democrática no se construye solo con leyes ni con instituciones, sino también —y sobre todo— con lenguaje. El sistema educativo tiene una enorme oportunidad de ayudar a los estudiantes a distinguir entre la crítica y el ataque, entre el argumento y el agravio, entre el desacuerdo y el odio. Se trata de mostrar que el lenguaje puede ser un lugar para la política, pero también para el respeto.

En tiempos de polarización y populismo, donde el matoneo político se confunde con liderazgo y el espectáculo se impone al pensamiento, educar en el uso ético del lenguaje se convierte en una forma de resistencia. Una resistencia silenciosa y profundamente transformadora. Si queremos formar ciudadanos capaces de construir paz, de defender los derechos y de convivir en la diferencia, no basta con predicar contenidos. Es necesario enseñar sensibilidad, y esta también se aprende con las palabras.

Hace algunos años, mientras construíamos la Política de Lectura de Bogotá, solíamos salir a preguntarle a la gente qué significaba leer para la vida. Recuerdo especialmente la respuesta de un campesino en la biblioteca de Pasquilla. Se levantó con particular convicción y respondió sin dudar: “Para mí, leer es resistir”. Lo decía mientras miraba a través de la ventana la expansión amenazante de la ciudad que poco a poco iba cubriendo los campos en los que había crecido. El libro que llevaba bajo el brazo era uno que enseñaba a hacer quesos. No era un tratado político, pero sí una forma de autonomía, de memoria y de esperanza.

Hoy, cuando los valores del humanismo y del libre pensamiento están cada vez más amenazados, quizás la educación deba convertirse en la primera trinchera. Más que nunca, educar y educarse es resistir. En esta semana de reflexión, les invito a pensar: ¿a dónde nos está llevando el camino del odio? ¿Qué país estamos construyendo si no somos capaces de oír al otro sin querer destruirlo? No se trata de ignorar las injusticias, ni de esconder nuestras ideas, ni de autocensurarnos. Se trata, más bien, de entender que podemos convencer sin atacar, argumentar sin insultar y defender nuestras posiciones sin perder la humanidad. Todavía estamos a tiempo.

Posdata. El gobierno estadounidense exigió a la Universidad de Harvard eliminar sus programas de diversidad e inclusión, modificar sus políticas de admisión y contratación, y permitir auditorías ideológicas. La respuesta de su presidente es un claro ejemplo de resistencia: calificó estas exigencias como una violación de la libertad académica y de los derechos constitucionales. Harvard no cede.

Edna Bonilla

Artículo publicado en la revista CAMBIO, Colombia

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A finales de la semana pasada, el Dane presentó los resultados de las Estadísticas Vitales 2024. También conocimos los hallazgos de la Encuesta Nacional de Demografía y Salud 2025. Los dos estudios confirman el avance de la segunda transición demográfica en Colombia.

Las cifras son contundentes. Según el Dane, en 2024 se registraron 445 011 nacimientos en el país. Es decir, 70 538 menos que en 2023. Esta es la cifra más baja de nacimientos del presente siglo y refleja una caída aproximada del 32,7% respecto a 2015, y una reducción cercana al 41% en comparación con los 750 000 nacimientos registrados a inicios de la década del 2000. Este descenso que se ha acelerado desde la pandemia, nos habla de grandes transformaciones que debemos comprender para adaptarnos a las nuevas realidades.

Lo que más llama la atención es que la caída de los nacimientos es sistemática en todo el territorio nacional. Los departamentos con mayor descenso en el número de nacimientos en los últimos cinco años son: Cesar (-36,1 %), Amazonas (-35,0 %), Atlántico (-34,4 %), Magdalena (-34,1 %) y Chocó (-33,5 %). Contrario a lo esperado, los comportamientos de los departamentos más rurales no fueron tan distintos a los de las grandes ciudades. Este es un cambio estructural que impactará las políticas públicas a nivel nacional y local.

La Encuesta Nacional de Demografía y Salud revela cambios muy fuertes en la composición de los hogares en los últimos 10 años. Pasaron de 3,5 miembros en 2015 a apenas 2,9 en 2025. La jefatura femenina aumentó dramáticamente, pasando del 36 % de los hogares en 2015 al 55,2 % en 2025. Como ocurrió con la pandemia, estas nuevas realidades exigen resignificarnos, adaptar las políticas públicas y, sobre todo, comprender que vivimos tiempos de cambios profundos. Esta vez, ojalá sí aprendamos.

Los cambios demográficos que hoy enfrentamos no son producto del azar ni de un gobierno. Son el resultado de una transformación de largo aliento. En la década de 1960, el país tenía un promedio de 7 hijos por mujer, una cifra mayor al promedio de América Latina, y más que duplicada de la de los países de la OCDE. Con el paso de los años se fue reduciendo: cinco hijos en los años 70, cuatro en los 80, tres en los 90, dos en 2010. Hoy, Colombia se acerca a un promedio de 1,6 hijos por mujer, una tasa inferior a la de países como México o Argentina y similar a la de países de la OCDE.

Esta fuerte reducción de la natalidad inexorablemente nos evoca a la sociedad de Un mundo feliz, la reconocida novela distópica del escritor británico Aldous Huxley. Allí los bebés nacen en probetas, la maternidad es erradicada en aras de la estabilidad social y la palabra madre se convierte en un insulto. “Actualmente el mundo es estable. La gente es feliz; tiene lo que desea, y nunca desea lo que no puede obtener (…) no hay esposas, ni hijos, ni amores excesivamente fuertes”, escribió el autor hace cerca de 100 años.

Aunque en Colombia no existe una prohibición estatal, y ojalá que nunca llegue, se está muy lejos de los avances científicos y tecnológicos descritos por Huxley. De la misma manera que en la novela, el país está redefiniendo el papel de los hijos, la crianza, las maternidades y paternidades.

El drástico descenso de la natalidad lleva a reflexionar sobre las transformaciones sociales, económicas y culturales de las últimas décadas. La expansión de la educación media y superior, la acelerada urbanización, la informalidad laboral y la persistencia de brechas de género han influido en la postergación o, incluso, en la decisión de no tener hijos. A esto se suman transformaciones culturales. La estructura familiar se ha modificado, y ello incide en los cambios de los patrones de fecundidad. El descenso de la natalidad ha ido a la par con el aumento de la esperanza de vida. No se trata de un fenómeno aislado ni exclusivo de Colombia. Estos cambios están incidiendo en las preferencias y expectativas personales, y se reflejan en la educación, el cuidado y las pensiones.

La transformación de la estructura familiar es una realidad innegable. Se estima que, para este año, cerca de 3,7 millones de hogares en Colombia estarán conformados por una sola persona, lo que equivale al 20% del total de hogares en el país. De mantenerse esta tendencia, en 2035 la cifra podría superar los 6,5 millones, es decir, el 27,8% de los hogares. Por otro lado, las uniones formales también están en descenso. Según la Superintendencia de Notariado y Registro, en 2024 se celebraron 52.248 matrimonios en los despachos notariales del país, una cifra significativamente menor a los 69.456 registrados en 2023, lo que representa una caída del 25 %. Este fenómeno no solo refleja cambios en las dinámicas familiares, sino también en las formas de relacionarse, de residir en las ciudades y de proyectarse al futuro.

Un segundo hecho es la llamada ‘penalización por maternidad’ (child penalty), un concepto que hace referencia a las desventajas que enfrentamos las mujeres en el mercado laboral tras convertirnos en madres. Más allá de las dificultades inmediatas asociadas a la crianza, este fenómeno se traduce en una brecha salarial persistente, y en menores oportunidades de desarrollo profesional. El más reciente Informe Trimestral del Mercado Laboral de la Anif, publicado a finales del año pasado, analiza las diferencias salariales entre mujeres con hijos y aquellas que no los tienen. Observan, de manera contundente, que la penalización no se concentra únicamente en los primeros años de crianza, como suele pensarse, sino que tiene un efecto acumulativo a lo largo del tiempo. Según el informe, cuando los niños son menores de 5 años, las madres ganan en promedio un 16,4% menos por hora que mujeres de condiciones similares sin hijos. Esta brecha se amplía al 35,1% cuando los hijos tienen entre 5 y 12 años y al 48,3% cuando superan los 12 años. Adicionalmente, el estudio observa que hay una reducción en la cantidad de horas trabajadas por las madres. 

Un tercer aspecto fundamental en esta discusión es el cambio en las percepciones de los jóvenes sobre la maternidad y la paternidad. En Estados Unidos, una encuesta del año pasado del Pew Research Center reveló que la proporción de adultos menores de 50 años que afirma que probablemente no tendrán hijos, aumentó en 10 puntos porcentuales entre 2018 y 2023, pasando del 37 al 47%. En Colombia también se está presentando la misma tendencia. Según la Encuesta Nacional de Demografía y Salud, la proporción de mujeres entre 15 y 49 años que expresan el deseo de tener hijos ha disminuido significativamente, pasando del 28,3% en 2015 al 16,2% en 2025. Este cambio en las preferencias de fecundidad es un reflejo de transformaciones más amplias en la manera como las nuevas generaciones conciben su futuro, el trabajo y la familia.

Tres consecuencias y desafíos para las políticas públicas en educación, cuidado y pensiones:

  • Los cambios para el sistema educativo son y serán cada vez más fuertes. Hace cerca de 10 años, en 2014, alrededor de 752 000 niñas y niños de todo el país, se encontraban matriculados en transición. El año pasado, el número se redujo a 659 000. Con la cifra de nacimientos de 2024, y sin fuertes cambios en migración, aun esperando que se alcancen coberturas plenas, la matrícula en este grado bajará a menos de 400 000 estudiantes al cerrar esta década. Esta contracción de la matrícula abre oportunidades para avanzar en jornada única, prescolar de tres grados, fortalecimiento de la calidad y de la atención integral. Es muy importante continuar avanzando en la articulación entre el Ministerio de Educación Nacional y el ICBF.
  • Se requieren políticas activas para una distribución equitativa de las labores de cuidado. En Colombia, 32,2 millones de personas realizan cuidado no remunerado, de las cuales 19,5 millones somos mujeres (90,3% mayores de 10 años) y 12,7 millones son hombres (63% de la misma edad). En promedio, las mujeres dedicamos 7 horas y 44 minutos al día, mientras que los hombres solo 3 horas y 6 minutos. Estas labores de cuidado serán cada vez más críticas, con una población que envejece y que aumenta en términos relativos.
  • Finalmente, las pensiones. En Colombia, solo un pequeño porcentaje de la población logra una pensión. Según la Cepal, solo el 25% de las personas recibe una pensión, así que la mayoría termina dependiendo de otros y en general, en condiciones de vulnerabilidad. A esta situación contribuyen la baja formalidad laboral y la falta de incentivos para ahorrar durante la vida laboral. La nueva reforma pensional, aunque mejora algunos aspectos sustantivos, no resuelve de fondo el problema de la informalidad. En este contexto se requiere fortalecer las capacidades de los jóvenes para lograr un ahorro de largo plazo y obtener una jubilación digna. 

En Un mundo feliz, Aldous Huxley imaginó una sociedad donde la maternidad y la paternidad tradicionales desaparecen. Aunque nuestra realidad es muy distinta, lo cierto es que estamos presenciando una transformación profunda en la manera como las nuevas generaciones conciben la familia, los hijos y la crianza. Más que una crisis, estamos ante una redefinición de sus significados y formas. 

Es necesario entender las transformaciones actuales, con el fin de generar condiciones donde las decisiones sobre las maternidades y las paternidades sean libres y equitativas. El mundo del futuro no debería ser aquel en el que se elimine la crianza, sino uno en el que cada persona, en igualdad de condiciones, desarrolle sus capacidades y tenga la posibilidad de elegir su propio mundo feliz.

Edna Bonilla

Publicado en la revista Cambio, Colombia

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¡Y no aprendimos!

Por Edna Bonilla
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Con la llegada del COVID-19, el 16 de marzo de 2020 amanecieron cerrados todos los colegios en Colombia. Fue una de las primeras decisiones que tomó el gobierno nacional y que las alcaldías y gobernaciones acompañaron. Millones de personas fuimos protagonistas de un hecho histórico que cambió nuestras vidas. Hoy, vale la pena mirar hacia atrás para reflexionar, seguir aprendiendo y agradecer que estamos vivos

El costo de la pandemia fue altísimo. Millones de vidas se perdieron, muchos sistemas de salud colapsaron y la desigualdad se hizo más evidente que nunca. Mientras algunos podíamos seguir con nuestras vidas desde una pantalla, otros enfrentaban el desempleo, la incertidumbre y la caída de los ingresos. La salud mental también sufrió. El aislamiento, el miedo y la ansiedad se convirtieron en una sombra constante. Aunque el mundo se detuvo por un tiempo, las cicatrices de esos años difíciles aún nos acompañan.

Las crisis también son motores de cambio y de aprendizajes. La pandemia no fue la excepción. Nos obligó a resignificarnos. En tiempo récord, la ciencia desarrolló vacunas que salvaron millones de vidas, convertimos a la tecnología en nuestra mejor aliada y descubrimos nuevas formas de trabajar. También aprendimos a reconocer la importancia y el valor de la salud mental, a ser más solidarios y a cuidarnos unos a otros, así fuera momentáneamente.

Cuando pienso en el COVID, es inevitable recordar a quienes fallecieron, a quienes sufrieron, a quienes se sacrificaron por salvar vidas y, por supuesto, a los maestros y maestras, y a las personas que trabajan en educación. Todos ellos se encargaron de mantener la esperanza. Yo me contagié dos veces. En una de ellas casi no sobrevivo. Fueron días difíciles donde se valora más la vida, la familia y, por supuesto, la salud.

En tiempos de crisis, la educación no es solo un derecho; es un símbolo de esperanza. La pandemia puso a prueba la resiliencia de toda la comunidad educativa. En Bogotá y en varios municipios del país logramos que la educación no se detuviera y que miles de niños, niñas y jóvenes continuaran recibiendo formación, compartiendo desde la distancia y adaptándose desde sus hogares a las nuevas circunstancias. 

El primer reto fue garantizar que la educación llegara a todos los niños, niñas y jóvenes. Para lograrlo, inventamos estrategias que potenciaron el aprendizaje a distancia a través de la televisión, la radio, las plataformas digitales y las guías físicas. Los docentes, por su parte, se convirtieron en verdaderos héroes. Muchos de ellos adaptaron sus métodos de enseñanza, aprendieron a utilizar herramientas digitales y buscaron constantemente formas de mantener el vínculo con sus estudiantes. Sus esfuerzos no solo se centraron en lo académico, sino también en el bienestar emocional de sus alumnos, demostrando que la educación es, ante todo, un acto de amor y compromiso.

La pandemia evidenció, de manera dramática, las brechas tecnológicas que existen entre nuestros estudiantes. Recuerdo la historia de Heidy, una niña de 12 años que vivía en Ciudad Bolívar y quien compartía el único celular de su casa con sus dos hermanos para intentar seguir las clases virtuales. A veces lograba conectarse. En otros momentos, apenas lograba tomar apuntes de lo que alcanzaba a escuchar o de lo que le contaban sus amigos. Heidy fue una de las 134.000 jóvenes que recibieron las tabletas de la ‘Ruta 100k, conéctate y aprende’ que entregamos a los estudiantes más necesitados. Y su mundo cambió. Lloró cuando recibió la tableta y supo que era suya, no del colegio. Pudo participar en clase, hacer sus tareas con calma y sintió que tenía las mismas oportunidades que algunos de sus compañeros.

El hambre también fue una de las angustias de la pandemia. Muchos niños y niñas tienen en su colegio la única comida segura del día, y el confinamiento se las podía arrebatar. Esta fue razón suficiente para continuar dándole prioridad a la alimentación escolar mediante bonos y otros mecanismos que permitieron que no se suspendiera el Programa de Alimentación Escolar. Pero la educación no es solo conocimientos y alimentación. El impacto socioemocional de la pandemia dejó huellas profundas en miles de niños, niñas, jóvenes y sus familias. Por eso y por otras razones, debíamos abrir los colegios lo más rápido posible. No lo logramos con la celeridad requerida. Las cifras de los sistemas de alerta se dispararon. Desgraciadamente, no siempre el hogar es territorio seguro para la niñez. Muchos niños y niñas sufrieron todo tipo de violencias en sus casas.

La juventud también sufrió. No tenían suficientes oportunidades de estudio y trabajo. Afortunadamente, muchas instituciones de educación superior y de educación para el trabajo, decidieron ajustar sus programas y condiciones de acceso y permanencia. Lentamente nos fuimos acoplando a las nuevas realidades. 

A pesar de los esfuerzos, hoy pareciera que las lecciones aprendidas se han olvidado. No se han recuperado los aprendizajes perdidos, las tasas de deserción y reprobación han aumentado y ha disminuido el desempeño escolar. Permanecen múltiples problemas en las trayectorias educativas. Según la Unesco, los efectos de la pandemia en la educación en América Latina perdurarán por muchos años. La Asociación Internacional para la Evaluación del Rendimiento Educativo muestra que se ha presentado una disminución significativa en el rendimiento en matemáticas y ciencias en España y en los países latinoamericanos. Según el Banco Mundial, las pérdidas de aprendizaje representarían para los estudiantes que vivieron la pandemia, cerca de 17 billones de dólares en ingresos a lo largo de su vida. Las brechas y la desigualdad aumentaron. En el estudio del Banco de la República de Colombia (2021), ‘Efecto de la pandemia sobre el sistema educativo: El caso de Colombia’, se constata que durante la pandemia hubo un aumento en la deserción y una migración significativa de estudiantes desde instituciones privadas hacia las públicas. Además, se observó una profundización de las brechas. Se acentuaron las diferencias en el rendimiento académico, especialmente entre estudiantes de áreas rurales y urbanas y entre distintos niveles socioeconómicos.

La pandemia nos arrebató certezas y desnudó fragilidades. Siempre creí que después de la pandemia valoraríamos más la vida y nos cuidaríamos más. No ha sucedido así. Hoy vivimos un mundo en el que la violencia se ha agudizado. La situación en Gaza o la guerra en Ucrania así lo demuestran. Y en nuestro país la violencia se ha intensificado. ¡Qué decir de la situación del Catatumbo y del Cauca, donde la niñez y la juventud han sufrido los costos de esa crueldad!

En una carta enviada por el papa Francisco (14 de marzo de 2025) dice que es “en este momento de enfermedad en el que, como he dicho, la guerra parece aún más absurda. La fragilidad humana, en efecto, tiene el poder de hacernos más claros sobre lo que dura y lo que pasa, sobre lo que nos hace vivir y lo que mata”. Han pasado cinco años, sufrimos la enfermedad, nos sentimos frágiles, nos recuperamos y no aprendimos. La pandemia nos dejó una verdad innegable: la educación no es solo un derecho, es un lazo que nos une, nos fortalece y nos salva. Ojalá sea siempre un faro de esperanza, aunque a veces pareciera apagarse.

Edna Bonilla

Publicado en la revista CAMBIO, Colombia

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Hace algunos años vi una publicidad que invitaba a celebrar el día de la niñez. Eran dos pancartas. Una, con la imagen de un niño con casco de automovilista y sus brazos levantados en posición de victoria, lo acompañaba la frase: “Con C de campeón”. Justo al lado, estaba la imagen de una niña detrás de una cocina de juguete, con sus brazos también levantados, pero esta vez con un cucharón en la mano y la frase que la acompañaba era: “Con C de cocinera”. No podía ser peor.

Estigmatizaciones como ésta le dan aún más valor al 11 de febrero, fecha cuando se celebra el Día Internacional de la Mujer y la Niña en la Ciencia. Esta jornada nos invita a reflexionar sobre la importancia de motivar a que nuestras niñas y jóvenes confíen en sus capacidades para ser científicas, o para avanzar en cualquier profesión relacionada con áreas STEM (ciencia, tecnología, ingeniería y matemáticas). También es un momento propicio para reconocer a aquellas mujeres que históricamente han sido ignoradas, a pesar de ser grandes impulsoras del cambio científico.

Las cifras demuestran que aún queda un largo camino por recorrer en materia de equidad de género en el campo de la ciencia y la tecnología. Según la Unesco (2019), solo el 21 % de los profesionales que se gradúan en carreras de tecnologías de la información y la comunicación (TIC) son mujeres. También, apenas el 33% de los trabajadores en sectores STEM son mujeres, y únicamente el 21% ocupa cargos de liderazgo en empresas como Amazon, Facebook y Google. 

En el ámbito científico los datos de la Unesco muestran que las mujeres siguen enfrentando importantes barreras: representan solo el 33,3% de los investigadores a nivel global, y apenas el 12% de los miembros de las academias científicas. De hecho, solo 22 mujeres han sido premiadas con el Nobel en las áreas de las ciencias. Por otro lado, según la Organización Mundial de la Propiedad Intelectual, en 2021 solamente el 16 % de las patentes registradas fueron creadas por mujeres.

En 2024, el informe ‘Cambiando la ecuación: asegurando el futuro STEM para las mujeres’, identifica herramientas para mejorar la participación y la retención de niñas y mujeres en los campos STEM y destaca la poca participación de las mujeres en los estudios y profesiones científicas. En los países del G20, la proporción de mujeres en STEM es del 22 %. Y este grupo experimenta brechas salariales considerables y, generalmente, reciben menos apoyo financiero que los hombres. Las mujeres que trabajan en estas áreas ganan el 85 % de lo que reciben sus pares hombres, y se enfrentan a obstáculos sistémicos como “la escasez de financiación, menores oportunidades de publicación y una falta de representación en puestos de responsabilidad”. Y en campos de vanguardia como la inteligencia artificial, la participación de las mujeres no llega a la cuarta parte del total de investigadores.

La situación en América Latina es similar. Según el BID, solo el 30 % de los profesionales en áreas STEM son mujeres. Si bien cada vez hay más estudiantes en los sistemas universitarios de la región, es interesante observar que, aunque la mayoría son mujeres, en ningún país se alcanza la paridad en carreras STEM. En los países donde predomina la educación pública universitaria (Argentina, México y Uruguay), la participación de mujeres estudiantes supera en un 20 % a la de los hombres. Y, de nuevo, esta mayoría no se refleja en las áreas STEM.

En Colombia, las cifras son similares. Aunque las mujeres son mayoría en el sistema universitario (55%), son minoría en las disciplinas STEM (33%). En el campo TIC y de carreras de programación, la participación de las mujeres es de apenas el 17 %, y cada vez hay más estudiantes varones en las carreras de desarrollo tecnológico. Del total de los graduados en estas carreras, solo el 21% son mujeres.

Las explicaciones suelen ser las mismas: estereotipos de género, falta de modelos de referencia, desestímulo familiar y escolar, brechas en el acceso a la educación de calidad y recursos tecnológicos, ausencia de pedagogías que fomenten la curiosidad y el aprendizaje práctico, deficiencias en espacios educativos seguros y motivadores. Las cifras son una alerta que motiva a seguir avanzando en programas, proyectos y planes que nos permitan que cada vez más niñas y mujeres se interesen y se destaquen en el ámbito científico.

En el país hay avances importantes, especialmente en ciudades como Bogotá. Instituciones educativas, universidades y centros de investigación han comenzado a crear espacios que favorecen la participación de las mujeres en áreas tradicionalmente dominadas por hombres. Esta transformación es fundamental, pues diversos estudios han demostrado que las niñas pierden el interés en las ciencias durante la adolescencia, en gran parte debido a estereotipos de género que les restan confianza y al entorno social que aún limita sus opciones.

En respuesta a esta brecha de género, en Bogotá y otras ciudades se han implementado programas que buscan darles a las niñas y jóvenes, herramientas y referentes para que se vean como científicas. Un ejemplo claro es la implementación de iniciativas en colegios públicos y privados que promueven el acceso a la educación STEM y la consolidación de la Red de Mujeres Científicas, que no solo brinda asesoría y mentoría a jóvenes, sino que también hace visibles a científicas que se destacan en sus campos. A nivel nacional, el programa ‘Orquídeas: Mujeres en la Ciencia’, liderado por el Ministerio de Ciencia, Tecnología e Innovación, busca impulsar proyectos de investigación liderados por mujeres. Aunque su financiación es poca, es un comienzo importante. 

En los colegios, vale la pena destacar y potenciar un trabajo adelantado desde 2013 por la profesora Adriana Paola González. Se llama PrinCiencias: La Ciencia es Cosa de Chicas, un proyecto diseñado para incentivar y motivar a niñas y jóvenes a desarrollar sus habilidades en ciencia y tecnología, con el objetivo de incrementar el número de estudiantes que deciden construir su futuro en profesiones STEM. Desde su implementación en colegios oficiales de Bogotá, PrinCiencias ha permitido que muchas estudiantes descubran referentes femeninos en la ciencia, cambiando la percepción de que estos campos son exclusivos para los hombres. Gracias al proyecto, algunas egresadas han logrado ingresar a programas universitarios de alto nivel. Más allá del impacto académico, este programa ha contribuido a romper estereotipos de género en STEM. Estas jóvenes se han convertido en referentes para sus pares en el colegio.

Y también en el ámbito universitario se van rompiendo estereotipos. Un ejemplo es que hoy la facultad de Ciencias de la Universidad Nacional tiene una mujer decana. La profesora Lucy Gabriela Delgado, con su grupo de investigación, ha indagado por la forma cómo productos naturales vegetales pueden ser útiles en el tratamiento contra la leishmaniasis. Después de la pandemia, este grupo ha examinado los efectos causados por la inmunidad frente a las vacunas contra el COVID. La profesora Delgado y su grupo han levantado su voz para reclamar financiación para la ciencia y necesitamos que sea escuchada.  

Es importante cambiar la narrativa desde la infancia. Necesitamos que las niñas puedan identificar soluciones a problemas cotidianos. Se deben promover investigaciones que respondan a sus intereses y curiosidades, que estimulen su creatividad en la resolución de problemas, que fomenten el trabajo en equipo y permitan diseñar estrategias de comunicación para difundir los avances de los proyectos. Los gobiernos y los medios de comunicación deben fortalecer la confianza de las niñas para que sepan que la ciencia no tiene género, y que pueden ser tanto ingenieras como astronautas, biólogas o científicas. La sociedad necesita más mujeres en las ciencias. Las políticas públicas y los recursos para la ciencia deben garantizar que la brecha de género disminuya. Este es el camino.

Posdata. En septiembre del año pasado escribí la columna ‘De la reprobación a la frustración y la deserción escolar’, en la que llamé la atención sobre la enorme problemática de la deserción y la repitencia en el país. Creo que más que un fracaso de los niños y niñas es un fracaso de los adultos. Las cifras presentadas hace unos días por el Ministerio de Educación ratifican la tragedia que estamos viviendo. La deserción va en aumento y las vidas plenas de esos niños están en riesgo. Seguimos fracasando.

Edna Bonilla

Publicado en la revista SEMANA, Bogotá

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El colegio de Feliza

Por Edna Bonilla
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Hay nombres que no se olvidan e historias que marcan vidas. La existencia de Feliza Bursztyn da cuenta de esa realidad y, gracias a Juan Gabriel Vásquez, hoy rememoramos a esta mujer extraordinaria que, 43 años después de su fallecimiento, nos sigue ofreciendo motivos para sorprendernos, para soñar y para sentir dolor, empatía o tristeza.

En una invitación a recuperar los conflictos públicos de nuestra memoria colectiva y a reflexionar sobre cómo estos afectan, e incluso arrasan las vidas privadas y el ejercicio de la libertad, el escritor ofrece, en su última y maravillosa novela, Los nombres de Feliza, una conmovedora evocación literaria a la breve e intensa vida de Feliza Bursztyn. Una obra que, como es habitual en el autor de Los informantes, El ruido de las cosas al caer, Las reputaciones, La forma de las ruinas y Volver la vista atrás, entre otras, se nutre de la literatura, la historia y, sobre todo, del periodismo. Cada uno de sus libros es un motivo de celebración de la palabra y de la creación.

Según ha comentado Juan Gabriel Vásquez, la idea de la novela nació en 1996. Uno de los libros que lo acompañó durante esa época fue Notas de prensa, publicado por la revista CAMBIO, que es una recopilación de columnas escritas entre 1980 y 1984 por Gabriel García Márquez. La columna del 19 de enero de 1982 (del periódico El País), la tituló el autor: ‘Los 166 días de Feliza’. En ella, escribió: “La escultora colombiana Feliza Bursztyn, exiliada en Francia, se murió de tristeza a las 10:15 de la noche del pasado viernes 8 de enero, en un restaurante de París”. Y más adelante agregaba: “Feliza Bursztyn tuvo que escapar de Colombia como hubiera podido hacerlo el protagonista de ‘El proceso’, de Franz Kafka para no ser encarcelada por un delito que nunca le fue revelado”. La columna generó gran impacto en Juan Gabriel. Su libro es un intento por responder a la pregunta: ¿por qué Feliza murió de tristeza?

Feliza Bursztyn fue una escultora colombiana, de orígenes polaco-judíos, cuya familia había emigrado a Colombia huyendo del antisemitismo en Europa. En el país se destacó no solo por ser una figura emblemática del arte experimental con la utilización escultórica de la chatarra y el metal, sino por constituirse en un referente femenino, político y social. Vivió en el contexto social machista de violencia y represión estatal de la segunda mitad del siglo XX. Semanas antes de su muerte, García Márquez había recordado una de las causas de su tristeza profunda. 

En un artículo titulado ‘Breve nota de adiós al olor de la guayaba de Feliza Bursztyn’, que constituye una apología a la paz y una crítica a la torpeza y beligerancia del gobierno de Julio César Turbay Ayala, evocó algunos de esos dolorosos momentos: “El Gobierno habría dicho entonces que no había nada contra ella, y que solo se asilaba para hacerle propaganda a sus juguetes de chatarra o para contribuir a la campaña de descrédito de Colombia en el exterior. Pero nadie le avisó, a pesar de las buenas relaciones de Feliza Bursztyn en el alto mundo político de su país, y antes de asilarse tuvo que padecer la humillación previa de un asalto a su casa, a las cinco de la madrugada, por dieciocho militares disfrazados de civil, y vivir todo un viernes de tinieblas con los ojos vendados y contestando preguntas imbéciles en una caballeriza militar.”

Y es que Turbay, con el decreto 1923 de 1978, adoptó el Estatuto de Seguridad, una medida que, según la Comisión de la Verdad, permitió graves violaciones a los derechos humanos. El Estatuto de Seguridad, un episodio aún oscuro, no solo derivó en graves abusos y represiones, sino que también llevó al exilio a la escultora Feliza Bursztyn y al propio Gabriel García Márquez. Se persiguió al poeta Luis Vidales y a la pianista Teresita Gómez, entre otros. La obra de Juan Gabriel no solo rinde un homenaje a Feliza, sino que nos lleva a reflexionar sobre la brutalidad de la violencia. Nos muestra la paradoja de una mujer que, aunque quiso ser feliz, murió de tristeza.

Bogotá también ha homenajeado, a través de la educación, a la gran Feliza. En diciembre de 2023 se entregó el colegio Feliza Bursztyn IED, en la localidad de Kennedy, que hoy cuenta con 987 estudiantes y una comunidad que trabaja por inspirarse en sus luchas, sus ideas y su obra. Durante la administración de Claudia López se entregaron 35 colegios, se dejaron 25 más en construcción o contratados y 10 quedaron en etapa de diseño. Y como los nombres son importantes, se desarrolló la estrategia ‘Mujeres Memorables’. Al inicio de la administración de Claudia López, solo el 8 por ciento de los colegios públicos de Bogotá llevaban nombres de mujeres. La mayoría lo tienen de hombres (casi todos atados a la guerra, la violencia o la política) o de los barrios y zonas donde se ubican las instituciones.

Toda una paradoja cuando la mayoría de la planta docente está constituida por mujeres (en Bogotá el 69,5 % es de género femenino y el 30,5 % del masculino, y, en el país, el 65,9 % son mujeres y el 34,1 %, hombres). Durante ese periodo tomamos la decisión de que todos los nuevos colegios llevarían nombre de mujer, a excepción de tres instituciones nuevas: el Abel Rodríguez Céspedes, el Jaime Niño Diez y el Fernando Botero IED. Con esta estrategia buscamos exaltar la vida, contribución y obra de grandes mujeres colombianas que se destacaron en los campos de la ciencia, las artes, la literatura, la educación o la política, y que inspiran de manera positiva los proyectos de vida de niñas, niños y jóvenes de la ciudad. Un esfuerzo por dar mayor visibilidad y reconocimiento al papel de las mujeres en la historia y la sociedad.   

En el periodo 2020-2023, el equipo de ‘Mujeres Memorables’ de la Secretaría de Educación de Bogotá, trabajó con las comunidades cercanas a los nuevos colegios y sedes de primera infancia en construcción. A partir de una metodología participativa se desarrollaron espacios en los que se compartieron y valoraron las historias de vida y los aportes de las ‘Mujeres Memorables’. Así, por mencionar algunos ejemplos, se construyeron colegios en honor a personajes como Lucila Rubio de Laverde, una de las principales sufragistas del país; Gloria Valencia de Castaño, por su maravilloso aporte al periodismo y a la protección de la naturaleza; Laura Herrera de Varela, lideresa y defensora de los derechos humanos; Esmeralda Arboleda Cadavid, primera mujer senadora de la República y luchadora por el derecho al voto femenino; Sonia Osorio de Saint-Malo, coreógrafa fundadora del Ballet de Colombia; María Currea Manrique, feminista, sufragista, enfermera y escritora; Ángela Restrepo Moreno, científica e investigadora y Teresa Martínez de Varela, escritora y poetisa. También se construyeron sedes de primera infancia con los nombres de María Cristina Salazar, intelectual y socióloga y Ana Mercedes Hoyos, pintora y escultora. Cada uno de los colegios desarrolló su Proyecto Educativo Institucional (PEI) destacando la vida y obra de estas mujeres.

El colegio Feliza Bursztyn tuvo una inversión cercana a los 40 000 millones de pesos, se cofinanció con recursos del sistema general de regalías y de la Secretaría de Educación de Bogotá (SED). La obra se adjudicó en diciembre de 2021, comenzó a construirse a inicios de 2022 y se entregó en diciembre de 2023. El colegio tiene capacidad para 1 040 estudiantes en jornada única desde los grados de prejardín hasta once. Además de los salones de clase, tiene aulas de danzas, ciencia-tecnología, comedor escolar y terrazas transitables, entre otros. La obra que realizó la SED fue nominada al Premio Lápiz de Acero. Su diseño estuvo a cargo de Manuela Eble Cárdenas, Carlos Alberto Martínez y Jesús Fiallo Arango. “El colegio se encuentra estratégicamente ubicado en un punto de encuentro entre un parque sereno y un barrio Floresta Sur vibrante y diverso, donde la naturaleza y la vida urbana convergen de manera única. Inspirado en la arquitectura árabe y española, su diseño arquitectónico no solo se integra armoniosamente con el entorno, sino que también crea espacios que invitan a la contemplación y al encuentro”, señala el Premio Lápiz de Acero. Desde la arquitectura, el colegio invita a disfrutar el arte y la cultura.

El nombre del colegio lo escogió la comunidad. En la mañana del sábado 28 de enero de 2023, los vecinos se reunieron para cerrar el proceso de su elección, discutiendo varias opciones. Con un ejercicio participativo se selló la voluntad colectiva de rendir homenaje a la maestra Feliza Bursztyn y se acordó que el PEI tuviera una vocación artística. En los espacios de diálogo se resaltó el aporte de la escultora en la construcción de una sociedad más diversa, donde la libertad es un valor innegociable y el arte es vida y pedagogía. El homenaje fue celebrado con alegría y se comunicó a la familia, en cabeza de su esposo, Pablo Leyva. El equipo les contó (a Pablo y a su hijo) todo el proceso y los argumentos para elegir el legado de la artista como inspiración para los niños y niñas de los colegios públicos. La Secretaría de Educación recibió su autorización el 24 de abril de 2023. Luego comenzó un proceso cuidadoso en la designación del rector y de los profesores, en la compra de dotaciones, en el proceso de matrícula y en la construcción de un proyecto educativo que consolidara una formación integral desde las artes. Finalmente, mediante la resolución 031 del 10 de noviembre de 2023, el colegio nació a la vida jurídica. 

Que el nombre del proyecto educativo de este colegio sea ‘Formación integral desde las artes’ es de gran relevancia. La educación y las artes tienen una relación indisoluble. El arte permite conocer el mundo, aprender y relacionarse con el entorno de una forma en la que se es más libre, no hay determinismo, ni mecanización. Cuando se aprende a través del arte, los procesos son más poderosos. El arte en sí mismo puede ser concebido como una metodología para el aprendizaje que fomenta la imaginación y la capacidad de cuestionar. Vale la pena recordar a Luis Camnitzer: “Después de observar las quizá demasiadas décadas de mi actividad artística, veo con más claridad casi todo lo que me hubiera ayudado, pero no aprendí durante mis estudios. Creo que lo más importante que tuve que aprender, tarde y con mis propios esfuerzos, es que la palabra ‘arte’ no es sagrada y que se utiliza para obstaculizar una manera de conocer que es más compleja y enriquecedora que la convencional”. En las obras artísticas, el creador se ve representado en su propia obra, se reconoce en cada paso de construcción de la misma. La obra es el testimonio de esa construcción mutua: el creador transforma su entorno al comprenderlo, pero el mundo lo transforma a él. La educación nos permite construir relaciones pasadas, presentes y futuras. La educación transforma. Las emociones son un elemento fundamental en la comprensión de la realidad. La pedagogía necesita del arte para generar procesos transformadores de la realidad que se basen en emociones. Todo esto está presente en el alma del colegio Feliza Bursztyn.

El colegio lleva un año de funcionamiento. Sus casi 1 000 niños, niñas y jóvenes, su rector Deiber Villar y sus profesores/as y familias, se han aproximado a su quehacer académico, a su formación integral que incluye el arte y a la misma vida de la artista, con una ilusión conmovedora. Han sido relevantes las diversas actividades académicas, de integración y de exploración artística e histórica como ‘Mi Paisaje Habitado’, un taller de memoria en el que se visibilizan lugares y vivencias humanas, como las de Feliza.

Visitar sus redes sociales (www.redacademica.edu.co/colegios/colegio-feliza-bursztyn-ied Instagram: @colegiofelizabursztyn, Facebook: Colegio Feliza Bursztyn IED ) y ver todas las actividades que desarrollaron en 2024 es un regalo para el alma y la inspiración. 

¡Qué bueno recordar a Feliza, traer a la memoria colectiva su historia y la historia de Colombia! ¡Qué importante es rememorar en la actualidad del país sus vivencias y los conflictos de una época cuyas heridas aún permanecen en el tiempo! ¡Qué necesario es honrarla con la literatura, los lenguajes y el arte, la arquitectura y la educación!

El colegio de Feliza siempre será un lugar para el disfrute de los niños y un espacio para preservar su legado. Los nombres son importantes. Gracias Juan Gabriel por recordarlo.

Posdata 1. En las lecturas de fin de año tuve el gusto de disfrutar y aprender del libro Los puntos sobre las IES, de Carlos Mario Lopera. Recomendado para las personas que trabajamos en educación y particularmente en educación superior. En estos momentos de incertidumbre, qué bueno es recordar la esencia de la universidad, la importancia de la gestión universitaria y las relaciones sectoriales que han construido el sistema mixto educativo del país.

Posdata 2. Duele el Catatumbo. Casi un centenar de muertos y veinte mil desplazados en solo cinco días. Rechazo total a estas atrocidades del ELN, de las disidencias de las Farc y de los actores que no entienden que estamos hartos de la violencia, cualquiera que sea su origen. Solidaridad con cada víctima. Duele cada uno de los 46 000 niños y niñas que no pueden estudiar. ¿Condenamos a los niños y niñas a una vida de dolor? Los colegios son territorios de paz.

Edna Bonilla

Publicado en la revista Cambio, Colombia

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La tarea de los últimos meses del año en los centros educativos es intensa. Las actividades son diversas: los cierres de ciclos, las evaluaciones, la planeación para el siguiente curso o semestre y, por supuesto, los grados y reconocimientos. 

John Dewey (1859-1952) señaló acertadamente que “la educación no es la preparación para la vida, sino que ya es vida en sí misma”. En época de cierres, las palabras de Dewey reflejan la esencia de la gran apuesta por la transformación que llevan a cabo muchas comunidades educativas del país. Intentemos hacer aquí la primera parte de una evaluación en la que resaltaremos algunas cosas positivas vividas en el territorio. La educación en Colombia ha sido, y continúa siendo, una palanca clave para la transformación y la superación de miles de niños, niñas, jóvenes y sus familias.

Son muchas las historias y proyectos que reavivan la esperanza y reafirman que trabajar por una mejor educación es una causa que nos debe unir. Es un buen momento para celebrar algunos logros y resaltar el profundo valor, la resiliencia y la capacidad de superación de las y los estudiantes y sus maestros y los esfuerzos de otros actores en beneficio de la educación. Tres ejemplos.

El primero, la inspiradora historia de Joanna Sora, una docente en el Páramo de Pisba, Boyacá, quien cada lunes hace un recorrido de tres horas (dos en carro y una a pie), en medio de trochas, para llegar hasta una pequeña escuela cuyos únicos alumnos son dos hermanos, Ángel y William. Su dedicación ha capturado la atención nacional, movilizando esfuerzos para mejorar las condiciones de su escuela y garantizar que estos niños tengan acceso a herramientas tecnológicas y recursos educativos esenciales. Su trabajo es un claro ejemplo de cómo la educación puede transformar vidas, incluso en los rincones más apartados del país y, siempre, de la mano de los maestros y maestras. Como la ‘profe’ Joanna son cientos de miles los ‘profes’ que se levantan día a día para hacer parte de la construcción de los proyectos de vida de sus estudiantes, y son miles los directivos docentes que, con su liderazgo, logran lo que es muchas veces pareciera imposible: niños, niñas y jóvenes felices por contar con una palabra, una mirada que los haga sentir invencibles. Aplausos de pie para ellos y ellas.

Otro ejemplo lo conforman los dos colegios colombianos que fueron preseleccionados para los World’s Best School Prizes 2024, que son los premios educativos más prestigiosos del mundo. Se trata de los colegios públicos La Giralda, de Bogotá, y la Institución Educativa Comercial de Envigado, que quedaron en el top 10 de estos premios creados por la plataforma T4 Education, así como Accenture, American Express y la Fundación Lemann. El galardón destaca la contribución al progreso de la sociedad. En un contexto territorial y socioeconómico difícil, el trabajo de La Giralda es maravilloso. Su enfoque pedagógico promueve de manera armónica el desarrollo académico, el socioemocional y la construcción de un proyecto de vida exitoso para sus 1.400 estudiantes y sus familias. Sus experiencias forman parte del programa de Justicia Escolar Restaurativa (JER), desarrollado en todos los colegios públicos de Bogotá. Promover su expansión le haría mucho bien al país. De hecho, otro colegio maravilloso que el próximo año cumplirá 25 años y cuya vivencia de la JER es inspiradora, es el Gimnasio Sabio Caldas, en Ciudad Bolívar, Bogotá, que, aunque no estuvo preseleccionado, ¡tiene tanto que enseñar!…

Por otro lado está la Institución Educativa Comercial de Envigado que, con su espíritu innovador, diseñó e implementó el proyecto ‘Inventipaz’, iniciado en 2016, con el que promueve la creación de inventos y dispositivos sostenibles, inclusivos y orientados a la paz. Sus estudiantes desarrollan soluciones prácticas a desafíos ambientales y sociales, como la contaminación del aire y del agua, la creación de biocombustibles a partir de algas y el diseño de prótesis robóticas para personas con discapacidades. Todo su trabajo demuestra que la investigación, la sostenibilidad y la convivencia pacífica se pueden construir desde el colegio y con la participación activa de las familias. Estos colegios son inspiración pura. 

El tercer caso son los miles de jóvenes que están siendo beneficiarios por estrategias de los gobiernos regionales o del sector privado para acceder a la educación superior y posmedia. Y es que, aunque la estrategia del Gobierno de creación de 500 000 cupos nuevos lleva apenas un 13 por ciento de cumplimiento de la meta, otros actores como los gobiernos municipales y departamentales han continuado o diseñado estrategias que facilitan el acceso y la permanencia a la eduación superior. 

Por ejemplo en Bogotá, además de los 40 000 jóvenes beneficiarios en el 2023 con el programa ‘Jóvenes a la U’ hoy ‘Jóvenes a la E’, se han sumado 2 100 cupos y pronto serán 4 700 más. Otros programas en Antioquia, Atlántico y Cali también han dado importantes resultados. Dos casos esperanzadores desde el sector privado, son la creación del fondo Generación A, liderado por el Grupo Argos en Antioquia, y el programa de becas de Nutresa y Eafit. El primero es un fondo a perpetuidad, que comienza con 40 000 millones de pesos y financiará becas en instituciones de primer nivel, brindando sostenimiento y mentorías a jóvenes vulnerables. Las becas de Nutresa, respaldadas por un monto de 32 000 millones de pesos, están dirigidas a jóvenes de diferentes regiones del país. El sector financiero, asegurador y bursátil está diseñando también un programa para brindar oportunidades a la juventud en materia educativa. Estas apuestas contribuyen a reducir las desigualdades en el acceso a la educación posmedia. La educación nos debe unir y es inspirador trabajar mancomunadamente entre el Estado y el sector privado.

Poco a poco se ha ido entendiendo la cotidianidad de las aulas y el intercambio de ideas y cada desafío superado no son simples escalones hacia el futuro, sino experiencias fundamentales que enriquecen el presente. La educación es vida en sí misma. Los estudiantes no sólo han adquirido conocimientos, sino que también han aprendido a cuestionar, a colaborar y a enfrentar los desafíos con resiliencia. La educación en nuestro país se ha convertido en un catalizador para el cambio social.

De otro lado, más allá de las historias particulares, también es importante resaltar algunos avances significativos en materia de gestión educativa. Acá, cinco de ellos: 

El primero, los importantes avances en materia de infraestructura educativa. Se destaca el trabajo adelantado por el Fondo Financiero de Infraestructura Educativa (FFIE). Se han intervenido 1 720 instituciones educativas en el país (433 colegios nuevos o ampliados y 1 287 sedes mejoradas), de las cuales 805 se han entregado en el presente gobierno, y habían iniciado su construcción en gobiernos anteriores (120 nuevos o ampliados y 685 sedes mejoradas). Ilusiona la construcción de un colegio modular en Timbiquí, Cauca, que marca un hito en la educación rural. Este innovador proyecto, diseñado para cerrar brechas de acceso y calidad, beneficia a 132 estudiantes con infraestructura moderna en un entorno que parecía inalcanzable para la educación de calidad. El modelo no sólo ofrece aulas, sino también espacios comunitarios que impulsan el desarrollo integral de las comunidades que allí habitan. La deuda con la educación rural y sus comunidades es enorme e histórica. Esta es una buena forma de cerrar la brecha urbano-rural.

Segundo, el fortalecimiento de la educación rural. En los últimos años se ha dado un importante impulso a la educación en las zonas rurales de Colombia. Ejemplo de ello es el de Escuela Nueva (creado por Vicky Colbert), que ha ganado varios reconocimientos internacionales. El último en este año, el Premio Klaus J. Jacobs de Suiza –otorgado cada dos años a soluciones innovadoras basadas en evidencias rigurosas que mejoran el desarrollo y el aprendizaje infantil–, demuestran que es posible lograr el acceso a una educación de calidad, incluso en los contextos más desafiantes. Escuela Nueva ha impactado positivamente en la calidad educativa de las zonas más apartadas del país, mostrando que es viable mejorar las oportunidades de aprendizaje en áreas rurales.

Tercero, las iniciativas de educación en tecnología. El sector educativo colombiano está apostando por ella gracias a muchas escuelas y universidades que ofrecen programas de preparación para que los jóvenes puedan enfrentar los retos del futuro. Iniciativas como Colombia Aprende, una plataforma digital que ofrece una amplia gama de cursos –entre ellos Generación Digital Segura, STEM+ y Aulas Sin Fronteras– están impulsando la educación digital. Estos programas están formando a jóvenes en áreas claves como programación, diseño digital e inteligencia artificial, abriendo nuevas oportunidades en sectores emergentes de la economía.

Cuarto, los proyectos de inclusión educativa. En Colombia también se están llevando a cabo esfuerzos significativos para mejorar la inclusión en las aulas, especialmente para los estudiantes con discapacidades. Un buen ejemplo es la labor de Fundalectura, que fomenta la lectura entre niños con diversas condiciones.

Y quinto, la transformación a través de la educación artística y cultural. La educación en las artes y las emociones también está demostrando ser una herramienta poderosa de superación y cohesión social. Iniciativas como el Programa de Educación Artística, de la Orquesta Filarmónica de Bogotá, ha permitido que miles de niños y jóvenes en condiciones de vulnerabilidad encuentren en la música una vía para mejorar sus perspectivas de futuro, fomentando el desarrollo personal y social a través de la expresión artística. De igual forma, el trabajo de Batuta es maravilloso. 

Si bien el camino hacia una educación inclusiva, equitativa y de calidad aún enfrenta obstáculos, los avances que hemos logrado hasta ahora son un reflejo de la capacidad de resiliencia y la fuerza transformadora de la educación. Cada uno de los logros mencionados no sólo aporta soluciones a los desafíos actuales, sino que también es un recordatorio de que, a través de la inversión en educación, podemos transformar realidades y construir un futuro más justo y próspero para todos. La educación es, sin duda, el motor de cambio más poderoso y, en Colombia, está demostrando que con esfuerzo, creatividad y colaboración, es posible superar los desafíos y generar esperanzas renovadas para las generaciones venideras. Todo es posible gracias a nuestras comunidades educativas. ¡Pasaron el año y se graduaron con honores! Gracias por darnos razones para sonreír y soñar con una mejor educación en nuestro país.

Posdata. Esta columna se inspira en Deidamia García Quintero, mi amiga luchadora por la educación y la paz de Colombia. Ella, con su ejemplo, me mostró que es posible poner siempre en el centro de la agenda educativa a los niños, las niñas y los jóvenes. Con su sensibilidad me hizo entender mi vida en una canción. Con su dulzura me enseñó que es posible que los niños y niñas le enseñen a los adultos, y que la única forma de lograr la paz es empezar desde los hogares y los colegios. Estos son los verdaderos territorios de paz.

Edna Bonilla

Publicado en la revista Cambio, Colombia

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Las promesas de campaña del presidente Gustavo Petro y las metas del Plan Nacional de Desarrollo (PND) en materia de educación, no se están cumpliendo. La situación es particularmente dramática en la educación superior. Las fracturas que se están generando en el sistema son graves. La gobernanza se ha debilitado y se ha politizado, afectando de manera negativa la autonomía universitaria. Los indicadores de acceso, calidad y permanencia disminuyen y las frustraciones aumentan.

Durante la campaña se propuso: 1) la educación superior pública gratuita, 2) la creación de un sistema nacional de educación superior para fortalecer la red de universidades públicas, el Sena y los colegios de educación media, 3) la ampliación de la cobertura y el acceso, 4) mejorar la permanencia, la calidad y la pertinencia, 5) fomentar la investigación y la extensión social articuladas entre sí y con el sistema de Ciencia y Tecnología, 6) un plan de salvamento para liberar de las deudas a los usuarios del Icetex y 7) la construcción de 150 nuevas sedes universitarias. Ni estas, ni otras promesas se han cumplido.

El PND incluyó 23 metas para el sector educación. Según información del Departamento Nacional de Planeación, DNP, después de más de dos años de gobierno, el avance global apenas es del 21,43 %. Cuatro de estas metas corresponden a la educación superior. Su avance es mínimo:

· Porcentaje de estudiantes de educación media beneficiados con programas que garanticen el tránsito inmediato a la educación posmedia. La meta para el cuatrienio es 40 % y la línea de base es 0. Se ha logrado llegar al 4,02 %, equivalente al 10,05 % de la meta.

· Tasa de tránsito inmediato a la educación superior en zonas rurales. La meta para el cuatrienio es 26 % y la línea de base es 23,9 %. El avance es 0.

· Tasa de cobertura en educación superior. La meta para el cuatrienio es 62 % y la línea de base es 53,94 %. A la fecha no hay ningún avance.

· Estudiantes nuevos en educación superior. La meta para el cuatrienio es 500.000 y la línea de base es 0. Hoy se han vinculado 64 729 nuevos estudiantes, equivalentes al 13 % de la meta.

A este desalentador panorama se le agrega otro, del que solamente hemos visto la “punta del iceberg”: la profunda crisis del Icetex. La periodista Paola Herrera, en esta revista, anunció la semana pasada que según varias fuentes, existe una estrategia para “marchitar” la entidad.

Ante la gravedad de la situación, las respuestas del gobierno nacional (muchas por la red social X que pareciera ser la forma de administrar el Estado) han sido irresponsables, ligeras y muy desafortunadas. La gran propuesta es crear un banco de primer piso. Los principales perjudicados son los beneficiarios de los créditos subsidiados, especialmente las minorías étnicas y la población en condición de vulnerabilidad que, paradójicamente, son las personas que el discurso de gobierno pretende favorecer.

Por supuesto que hay que reformar el Icetex, pero marchitarlo o acabarlo solo profundiza la crisis del sector. Es claro que el crédito educativo es una necesidad para el país. El 58 % de las matrículas universitarias se financian a través de créditos.

El Icetex se creó en 1950. En sus 74 años, más de 5 millones de colombianos han sido beneficiarios de sus programas. Actualmente, el 78 % de los beneficiarios son menores de 30 años y la proporción de género de quienes tienen crédito es de 58 % mujeres y 42 % hombres. De igual manera, el 92 % de beneficiarios de crédito pertenecen a los estratos 1, 2 y 3, y provienen de los 32 departamentos y de 891 municipios del país. Además, es una entidad que puede subsidiar las tasas y da mayores plazos que el sistema bancario tradicional. El impacto positivo de la entidad es innegable.

En varias oportunidades se ha intentado hacer una reforma del Icetex. Quizá el esfuerzo más serio tuvo lugar en 2019 cuando se creó la Mesa Técnica – Comisión Icetex, producto del acuerdo del 14 de diciembre de 2018 entre el Movimiento Universitario (liderado por Jennifer Pedraza, Julieth Rincón, Cristian Reyes, Lucy Gabriela Delgado, Orlando Acosta y otros) y el Gobierno nacional.

Esta fue una clara victoria del movimiento estudiantil. Se buscaba hacer una reforma integral de la entidad para garantizar “en forma idónea y eficaz el derecho a la educación de los colombianos. En desarrollo de esta facultad se transformará la gobernanza, estructura y características de su portafolio de servicios y fuentes de financiación”. Se insistió en la necesidad de que no fuera concebida como una entidad financiera porque tiene otras actividades que no implican crédito. En la página del Instituto1 se pueden analizar las conclusiones. En ninguna de ellas se recomienda el marchitamiento o cierre del Icetex. Este fue un trabajo serio que cobra vigencia ante las propuestas que hoy se hacen y que carecen de rigor técnico.

El no desembolso de los recursos o el retraso, en palabras del gobierno, genera un impacto negativo. De acuerdo con las estadísticas oficiales, cada semestre se renueva el crédito de cerca de 120 000 estudiantes, que sin este recurso tendrían que desertar. Asociación Colombiana de Universidades (ASCUN) estima que más de 200 000 estudiantes sufren por la incertidumbre. La mayoría de estos jóvenes ya ha cursado algunos semestres.

El Estado tiene la responsabilidad de garantizar el pago oportuno de los recursos adeudados a las universidades correspondientes. Es la primera vez en la historia de la entidad que se vive esta situación. En 2022 hubo un problema administrativo que retrasó los pagos de estos créditos por algunas semanas, pero nunca se había incumplido por la falta de gestión del Ministerio de Educación.

En el año 2025 la situación será más dramática. El desfinanciamiento de cerca de un billón de pesos afectará el ingreso de 30 000 beneficiarios nuevos y la renovación de la matrícula de 180 000 beneficiarios antiguos. Además, hay 35 000 estudiantes que esperan las condonaciones de crédito. La respuesta del ministro frente a esta situación nos lleva a un escenario de incertidumbre al plantear que para obtener esos recursos es necesaria la aprobación de la “ley de financiamiento”. Es decir, pone en un escenario incierto la solución a un problema real. Es tan grave la situación, que la Contraloría General de la República pidió tomar medidas para asegurar la financiación de los créditos educativos para las dos vigencias. Según sus estimaciones, más del 10 % de la matrícula podría verse afectada en 2025.

La última propuesta del gobierno ha sido la de convertir el Icetex en un banco de primer piso. Lo denominaron el “Banco del Saber” y proponen que allí se administren las utilidades de

los grandes empresarios del país y se consigne la nómina de los empleados públicos. La propuesta merece una discusión profunda y de largo aliento. Se espera como mínimo que el gobierno presente estudios de viabilidad técnica y fiscal y, algo fundamental, no se tiene la menor idea de cómo sería la transición hacia el nuevo modelo. En todo caso, esta propuesta no responde a las necesidades actuales de los beneficiarios.

A nivel internacional, vale la pena revisar las experiencias de países como Australia, Canadá, Chile, Nueva Zelanda o Reino Unido, que con esquemas mixtos de financiación, tienen mejores tasas de acceso y graduación que las nuestras. Aún en los países con un elevado nivel de bienestar y con un alto componente de educación pública, como Canadá y Nueva Zelanda, se ha instaurado el crédito contingente al ingreso. En estos países el gobierno es el gran actor en la financiación de la educación, además de ser el garante de la educación pública de calidad. Ninguna de estas alternativas ha llevado a la creación de un banco de primer piso.

Al reducir las posibilidades de financiamiento del Icetex, y dada la imposibilidad de aumentar de manera simultánea y significativa la cobertura de las universidades públicas, el resultado evidente será la menor cobertura, contradiciendo una de las metas prioritarias del Plan de Desarrollo.

Es urgente fortalecer la educación pública (por lo que se requiere la reforma a los artículos 86 y 87 de la Ley 30/92) y trabajar armónicamente con la educación privada. Es la única forma de brindar oportunidades inmediatas a la juventud. El Icetex es un actor necesario para el sistema que obviamente requiere una reestructuración. Esa debería ser la tarea. La situación no se resuelve con cortinas de humo o discusiones estériles.

Ojalá no estemos ante un nuevo “shu, shu, shu” del presidente Petro. Esta vez contra las universidades y el sistema de educación superior. La educación debe ser parte sustantiva del acuerdo nacional. No necesitamos un factor adicional de confrontación y polarización política. Se están destruyendo lentamente los sueños de miles de estudiantes, y se está fracturando la potencialidad de un sistema de educación superior, que a pesar de las dificultades y retos iba avanzando. Estamos ante un ICEbergTEX.

***

Posdata. Felicitaciones y gracias a tres grandes que la semana pasada fueron galardonados: Doris Salcedo que recibió en Japón el premio Imperial en Tokio; Piedad Bonnet, condecorada con el Premio Reina Sofía de Poesía Iberoamericana en Madrid y Jesús Abad Colorado, ganador del Gran Premio Simón Bolívar a la Vida y Obra de un Periodista. Sus discursos son obras maestras que conmueven profundamente. ¡Educación, Arte y Cultura, la triada que mejor alimenta el alma, y más en estos momentos de desesperanza!

Edna Bonilla

Publicado en la revista CAMBIO, Colombia

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Recientemente dos hechos han traído reflexiones sobre la educación y su relación con la sostenibilidad ambiental. El primero, el 31 de octubre la UNESCO lanzó su Informe GEM 2024/5 (Global Education Monitoring Report). El segundo, la finalización de la Conferencia de las Partes de Biodiversidad (COP16). En los dos eventos se mostró la necesidad inaplazable de trabajar la sostenibilidad ambiental, desde la política y la gestión educativas. 

El informe de la UNESCO, aunque se centró en el liderazgo educativo, puso en evidencia los múltiples retos que enfrenta el sector, dándole relevancia al cambio climático y a su impacto en las infraestructuras y en los planes de estudio. Observa que a nivel internacional una de cada cuatro escuelas primarias ni siquiera tiene acceso a los servicios básicos de agua potable, saneamiento e higiene. Hace un llamado a los gobiernos para que mejoren la inversión en educación y particularmente en infraestructura: nuevas edificaciones y mejoramientos en las existentes para proteger a la comunidad educativa del aumento de las temperaturas y las catástrofes naturales. También insiste en la necesidad de crear e implementar contenidos de “educación verde”, desde la educación inicial y en asignaturas que vayan más allá de las ciencias.

De otro lado, la COP 16 fue exitosa. Dejó compromisos para los países participantes en materia de sostenibilidad y defensa de la biodiversidad. El encuentro permitió traer de nuevo a la opinión pública la urgencia de implementar políticas que reconozcan y prioricen la sostenibilidad ambiental. La educación es central en este propósito. Quizás uno de los mayores éxitos de la COP 16 fue que se convirtió en la mayor campaña de educación ambiental que hemos tenido en Colombia. Incluyó no solo a las instituciones educativas, sino que con la llamada Zona verde logró hacer un llamado a la conciencia ambiental y al disfrute de la diversidad de nuestro país. Los logros de la Zona azul están por verse, pero son esperanzadores.

Uno de los eventos de la COP que mostró la relevancia de la educación en la discusión medio ambiental, fue el conversatorio de la CAF Innovación ambiental en los espacios de aprendizaje para el siglo XXI, donde se hizo un intercambio de experiencias sobre la importancia de incluir en el diseño y la construcción de espacios educativos un enfoque de sostenibilidad y cuidado del ambiente. Estos elementos deben ser constitutivos de la formación de ciudadanos responsables con su entorno en el siglo XXI.

La literatura internacional coincide en que las condiciones de infraestructura son un factor relevante en los procesos educativos, tanto en temas de acceso o permanencia escolar, como en el proceso de aprendizaje. Diversos estudios muestran que las condiciones de la infraestructura escolar influyen en la asistencia de los estudiantes a clase, en el ambiente de aprendizaje, en el favorecimiento de los resultados en pruebas académicas, en la reducción de las tasas de reprobación y deserción escolar, en el mejoramiento del clima escolar y en la apropiación y uso comunitario de las instalaciones.

En América Latina aún falta mucho por hacer en el mejoramiento de las condiciones físicas de los espacios escolares. Hace algunos años, un informe del BID mostraba que sólo el 59% de los estudiantes de América Latina asiste a escuelas con un nivel adecuado de agua y saneamiento; dos estudiantes de cada tres tienen aulas suficientemente equipadas o van a escuelas que tienen, por lo menos, un espacio académico adicional a las aulas de clase (biblioteca, laboratorios de ciencia, auditorios, etc.). Aunque Colombia no es de los países más rezagados, todavía no se logra que todos los niños tengan las condiciones mínimas de infraestructura, especialmente los del sector público y los de las zonas rurales. Según la información presentada por el Ministerio de Educación Nacional, el 67% de las escuelas rurales presentan serias deficiencias en su estructura. 

Después de la COP, Bogotá fue anfitriona del Taller de Innovación en Infraestructura Educativa, organizado por CAF. Durante el evento, expertos y funcionarios de diversos ministerios de educación de 13 países de la región analizaron las desigualdades y carencias en infraestructura que impactan directamente en la calidad de la educación. Aunque ha habido avances, la deuda en infraestructura persiste, especialmente en las zonas rurales y en sectores menos favorecidos. Los participantes coincidieron en la necesidad de transformar los espacios de aprendizaje en entornos seguros, inclusivos y sostenibles, que respondan a las demandas de una educación moderna y accesible.

En este contexto, Bogotá se destacó como un ejemplo de logros en infraestructura educativa con enfoque de sostenibilidad ambiental. La ciudad a lo largo de distintas administraciones en los últimos 30 años, ha logrado avances significativos en la construcción de colegios que respondan a los retos del siglo XXI. 

Los nuevos planteles (y particularmente los construidos en los últimos cuatro años) promueven una educación inclusiva. Además, fomentan la formación integral y la jornada única, ofreciendo áreas dedicadas al arte, la cultura, el deporte y la participación ciudadana. De igual forma, son espacios escolares orientados al desarrollo de habilidades STEAM, con ambientes flexibles y recursos tecnológicos que potencian el aprendizaje y el trabajo colaborativo. A su vez, estos colegios impulsan cambios en los procesos educativos, ya que sus diseños facilitan entornos de construcción pedagógica más activa, con mayor participación, integración con el entorno y oportunidades de experimentación. Los nuevos colegios son espacios abiertos a la comunidad. En Bogotá avanzamos en que los colegios sean centro de articulación de la presencia del Distrito en barrios y zonas rurales. Así, además de la formación de la población en edad escolar, son espacios privilegiados para modelos educativos flexibles que están al servicio de ciudadanos que no han terminado su bachillerato, lugares de encuentro comunitario o articuladores de la oferta estatal, como las Manzanas del Cuidado.

Una innovación especialmente significativa en los últimos 4 años fue la reconciliación de la nueva infraestructura educativa y la sostenibilidad ambiental, una dimensión que no había sido suficientemente incorporada. La innovación ambiental se presenta de muy diversas maneras: integración con la naturaleza (arborización, paisajismo y huertas escolares); eficiencia energética (uso de paneles solares e iluminación sostenible); gestión del agua (sistemas de reutilización y aprovechamiento de aguas lluvias); calidad ambiental interior (ventilación cruzada y aislamiento acústico); gestión de residuos (sistemas de reciclaje integrados). El uso adecuado de estas infraestructuras se enmarca en procesos pedagógicos.

Los avances en el país en construcciones escolares se deben principalmente al Fondo de Financiamiento de la Infraestructura Educativa, FFIE, que con un buen diseño institucional fue creado en 2015 y cuyo cumplimiento de metas ha sido positivo. Partió de un diagnóstico retador: el 41% de las construcciones escolares tienen más de 40 años, el 43% realizó mantenimiento hace más de 5 años, el 55% no cuenta con agua potable, el 18% no tiene agua permanente, el 18% no tiene energía eléctrica, el 61% no cuenta con servicio de recolección de basura, el 59% no tienen aulas de informática y el 79% de las instituciones rurales no tiene acceso a internet. 

EL FFIE ha intervenido 1 720 instituciones educativas en el país (433 colegios nuevos o ampliados y 1 287 sedes mejoradas), de las cuales 805 se han entregado en el presente gobierno, y habían iniciado su construcción en gobiernos anteriores (120 nuevos o ampliados y 685 sedes mejoradas). Se han desarrollado colegios ambientalmente sostenibles con sistemas fotovoltaicos, láminas filtrantes, plantas de tratamiento de agua potable, reciclaje de aguas lluvias. Se ha avanzado en soluciones industrializadas. Con esfuerzo se ha llegado a la ruralidad más dispersa del país y con dificultades de orden público. Se han construido/ampliado 15 normales superiores y se han mejorado 28 residencias escolares.

El ejemplo de Bogotá y los esfuerzos del FFIE, deben mantenerse. Construir colegios sostenibles ambientalmente es posible. Mejorar los existentes, es imperativo. En el caso de Bogotá, durante el gobierno de la exalcaldesa Claudia López, se destinó el presupuesto en infraestructura educativa más alto que cualquier otro plan de gobierno hubiese tenido en la ciudad, con una inversión cercana a los 2,6 billones de pesos, para entregar o dejar en obra o diseño 70 sedes educativas (35 entregadas, 10 en obra o próximas a iniciar obra, 16 con obra contratada o garantizada su financiación y 9 en diseño para gestión de recursos por parte de la nueva administración). Desafortunadamente, a la fecha, a pesar de la aprobación del nuevo Plan de Desarrollo del alcalde Carlos Fernando Galán y del cupo de endeudamiento aprobado por el Concejo, no se han conseguido los dineros para estos últimos colegios. Tampoco se destinaron recursos a nuevos diseños o compra de lotes, como lo venían haciendo las últimas 7 administraciones. Esperemos que se pueda avanzar en el mejoramiento de las infraestructuras existentes y, por supuesto, en calidad educativa, más en este momento cuando el número de estudiantes se reduce y es necesario aumentar los indicadores de jornada única. La premisa de construir sobre lo construido es posible y la actual administración lo ha demostrado, pero requiere que la decisión política vaya a la par con el presupuesto.

A nivel nacional existe gran preocupación por el cumplimiento de las metas del Plan de Desarrollo en educación. Sin embargo, en cuanto a infraestructura escolar, se están logrando avances importantes, gracias al modelo de gestión implementado por el FFIE, que se espera se mantenga. No obstante, en el resto de las metas y apuestas, el rezago es evidente. Uno de los incumplimientos más preocupantes, debido a las frustraciones que genera, es la construcción de las sedes universitarias.

Hoy, en medio de las imágenes del desastre causado por la Depresión Aislada de Niveles Altos (DANA) en España y de las inundaciones en Bogotá, en el Chocó o en La Guajira, surge nuevamente la urgencia de planificar y gestionar ciudades con políticas públicas que respondan a los fenómenos climáticos y prioricen la sostenibilidad ambiental. Infraestructuras resilientes, equipamientos verdes, gestión del riesgo ambiental y adaptación al cambio climático, entre otros, son conceptos que vuelven a cobrar relevancia en la opinión pública. Desde el sector educativo se pueden construir modelos. Me inclino porque nos sintamos orgullosos no solamente de lo hecho en Bogotá, sino también de los esfuerzos que se han realizado en el país en la infraestructura escolar.

Posdata 1. Desafortunada la canción “+57”. Me encanta Karol G, pero permitirse participar en un tema que claramente es misógino e instrumentaliza a las niñas y las mujeres, es doloroso. Los cambios culturales, que tienen que comenzar ya, exigen educación. Rechacemos el comportamiento de los demás miembros del llamado “junte”.

Posdata 2. Terminanda de escribir esta columna se conoció la dolorosa noticia de la muerte de un niño de 11 años en Jamundí. Un niño de 13 años llevó un arma al colegio y cuando estaban manipulándola, accidentalmente mató a su compañero. Un verdadero drama para sus familias y para una sociedad que parece indolente frente a la formación y protección de la niñez. 

Edna Bonilla

Publicado en la revista CAMBIO, Colombia

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En su obra La vejez, escrita en 1970, Simone de Beauvoir quiso romper el silencio de la sociedad frente a esta etapa de la vida, “…la vejez parece una especie de secreto vergonzoso del cual es indecente hablar”. 

Reflexiona sobre la vulnerabilidad de los ancianos. Ella misma a sus cuarenta, sintió que la vejez le estaba llegando. Con varios ejemplos muestra que los viejos son invisibilizados, marginados y desvalorizados. Esa “marginación”, dice, impide que se les mire con la ternura y compasión que se siente por los niños, a pesar de que también son frágiles y vulnerables.

Desde los años 60 se comenzó a estudiar en Estados Unidos la socioeconomía de la población mayor y se la ha denominado de varias maneras: “economía de las canas”, “economía plateada”, o “silver economy”. El asunto de la vejez adquiere relevancia porque su peso relativo ha ido aumentando.

Y esta no es una alerta menor. Las cifras de la OCDE, del BID, de la Cepal, de Unesco y de la OMS, coinciden en el impacto del cambio demográfico generado por la menor natalidad y el aumento en la esperanza de vida. El BID en su informe “La Economía Plateada en América Latina y el Caribe. El envejecimiento como oportunidad para la innovación, en emprendimiento y la inclusión, 2020”, muestra que esta es la región del mundo que más rápido se está envejeciendo, y se proyecta que en 2050 alrededor del 27.5 % de la población será mayor de 60 años. El estudio “Colombia envejece, 2020” de Fedesarrollo, Fundación Saldarriaga Concha, Proesa y Dane, estima que en 2050 el 23 % de la población nacional será mayor de 60 años.

Todos los estudios coinciden en la necesidad de que los países se preparen para hacer frente a esta “situación” demográfica. La OCDE define la “economía plateada” como el conjunto de actividades económicas relacionadas con las necesidades y demandas de la población mayor de 60 años. Este concepto “abarca desde productos y servicios adaptados a las personas mayores, hasta políticas de empleo, salud y bienestar que buscan aprovechar el potencial económico de este grupo demográfico en crecimiento. La economía plateada se centra en maximizar la participación y el bienestar de las personas mayores en la economía, reconociendo que esta población tiene un poder adquisitivo significativo y necesidades específicas en áreas como salud, vivienda, tecnología, ocio, y servicios financieros. Al promover la economía plateada, la OCDE también busca impulsar la innovación y el desarrollo de soluciones que contribuyan a un envejecimiento activo y saludable”.

Los países deben avanzar, en por lo menos dos frentes. En primer lugar, con la construcción y puesta en marcha de políticas públicas que preparen y atiendan la vejez en términos de bienestar y atención social integral. Esto incluye como mínimo: pensiones y ahorro, salud, vivienda, educación y promoción de un envejecimiento activo. Es necesario asegurar los recursos y las capacidades para atender las demandas crecientes de este grupo poblacional. Segundo, desde la perspectiva puramente de mercado, la economía debe fortalecer la creación de productos, servicios y valores agregados enfocados a los mayores. En América Latina, entre 2015 y 2030 el consumo de los mayores alcanza el 30 %, y la tendencia va en aumento.

No se trata solo de mercado, sino del aprovechamiento de las potencialidades, experiencia y capacidades que hoy tienen las personas mayores. Estas opciones, que se han ido ampliando, no existían hace medio siglo. De hecho, debería existir mayor flexibilidad en las transiciones de trabajo-jubilación, incluida la promoción de la jubilación por fases. En este escenario deberían actuar de manera coordinada los sectores público y privado. 

Países como Japón, Corea del Sur, Alemania, Suecia y Canadá han avanzado en ese sentido. Colombia tiene la Política Pública Nacional de Envejecimiento y Vejez 2022-2031 que busca garantizar que las personas mayores puedan disfrutar de un envejecimiento digno y saludable en un entorno equitativo y respetuoso de sus derechos. Esta política plantea seis enfoques: género, curso de vida, territorial, intersectorial, diferencial y de derechos. Su objetivo es fortalecer el bienestar, la integración comunitaria y la protección de los adultos mayores, apoyando su participación activa y su autonomía. Desafortunadamente, es evidente la falta de recursos asignados para su implementación.

Desde el punto de vista de la educación, la “economía de las canas” es un desafío que genera grandes oportunidades para el sector. El primero es quizá el más elemental: erradicar el analfabetismo que en este grupo poblacional es demoledor: dos de cada tres analfabetas del país pertenecen a la población de personas mayores (57,09 %). De otro lado, la OCDE recomienda fortalecer los incentivos para seguir trabajando después de los 60 años. Se debe hacer realidad esa frase que usamos mucho en el sector ‘Aprendizaje a lo largo de la vida’, que, desafortunadamente en nuestro sistema educativo, solo hemos logrado llevar hasta la juventud, y aún con grandes brechas.

Estudios como el de la OCDE Education and Skills 2030 o el del BID, dan algunas orientaciones sobre hacia dónde debe virar la educación para atender esta nueva demanda social. Coinciden en la formación en habilidades digitales y tecnológicas, y en la adaptación de los sistemas educativos. Para Colombia hay tres premisas que son fundamentales. Es necesario: i) un sistema educativo flexible, que incluya a los adultos mayores dentro de su población a atender, ii) formar educadores especializados en formar adultos, y iii) seducir -si se me permite el término- a los adultos frente a la idea de formarse. Romper la apatía frente a la educación después de los 50 años.

Es claro que la educación que demanda un adulto mayor de 60 años o más es absolutamente diferente de la que tenemos establecida en el campo de acción educativo que concentra los mayores esfuerzos en el país: preescolar, básica, media y superior. La educación continua o formación para el trabajo, que es la línea más factible para avanzar en esa educación que requiere la “economía plateada”, presenta unas cifras que vale la pena tener en cuenta. Según el módulo de Formación para el trabajo de la Gran Encuesta Integrada de Hogares (GEIH) del Dane, abril-junio de 2024, solo el 8,6 % de las personas que asistieron a cursos de formación para el trabajo tenían 55 años o más. En 2023, fue del 9 %.

Colombia necesita asegurar que los adultos tengan oportunidades e interés en formarse. El incentivo para que un adulto quiera retomar la formación después de los 50 años o más, debería estar asociado no solo con los rendimientos potenciales, sino también, y quizá más importante, con el reconocimiento y valoración que haga la sociedad de su saber y experiencia. Desde esta perspectiva, el trabajo colaborativo intergeneracional cobra relevancia. Los adultos enseñan a los jóvenes y estos enseñan a los adultos.

No se puede perder de vista que, en Colombia, según cifras de la Cepal (2024), solo el 25 % de las personas mayores tendría una pensión. Junto a la baja cobertura pensional habría que examinar las razones de la débil tasa de ahorro. 

La OCDE en 2018 señaló que Colombia carece de programas de educación formal para preparar a la población en temas financieros y de salud para el envejecimiento. Las cifras de bienestar financiero de esta población son desalentadoras. Según la primera encuesta de la Superintendencia Financiera de Colombia (2023) que indagó en particular a los mayores de 60 años, se encontró que sólo el 40 % de los encuestados realiza un presupuesto mensual para controlar sus gastos frente a un 59 % que no lo hace. Por otro lado, solamente el 31,8 % de los encuestados ha ahorrado en los últimos 12 meses, frente a un 67,5 % que no lo ha hecho. De las personas mayores de 60 años que manifestaron ahorrar, el 80 % lo hace en efectivo y guarda la plata en la casa, en una alcancía o “debajo del colchón”, o en la billetera y un 13 % ahorra en un grupo de ahorro informal como cadena, rosca, natillera, entre otros. Solo el 11,3 % de los encuestados ha buscado capacitación en temas de educación financiera o información sobre estrategias para usar mejor su dinero frente a un 87,5 % que no lo ha hecho. La fragilidad en el bien-estar financiero de los mayores, es evidente.

El reto es enorme. La “economía de las canas” puede ser, como señala el BID, una locomotora económica para América Latina y el Caribe, en la medida en que, como sociedad, dispongamos las capacidades y los recursos que requiere este segmento de la población que aumenta vertiginosamente. Aunque hoy hablamos más de la vejez, seguimos marginando a los mayores y no nos preparamos desde la juventud y adultez para esa etapa en la que somos iguales o más frágiles que los niños y niñas, pero ya no inspiramos la misma compasión y ternura.

Posdata. La aprobación de la reforma al Sistema General de Participaciones es necesaria. Particularmente en educación, en el inmediato futuro, una vez se apruebe el acto legislativo, es importante discutir las competencias y los criterios de distribución. El propósito debe ser, por un lado, mejorar la calidad y, por otro, cerrar las brechas.

Edna Bonilla

Publicado en la revista CAMBIO, Colombia

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Hace unas semanas, en el “Festival de las Ideas” convocado por el Grupo Prisa en Villa de Leyva, se discutió la actualidad política, institucional y social, el liderazgo, la economía del país y el Acuerdo Nacional propuesto por el ministro Juan Fernando Cristo. 

Frente a los desafíos surge uno que me llama la atención: ¿Cómo entender el papel que juegan las emociones políticas frente a la desesperanza, la polarización y la desconfianza que sentimos muchos en el país? ¿Cómo imaginar un futuro en el que la sociedad sea un poco más incluyente y respetuosa con las opiniones de los otros? Las emociones y la educación van de la mano.

Para Martha Nussbaum todas las sociedades están llenas de emociones. “El relato de cualquier jornada o de cualquier semana en la vida de una democracia (incluso de las relativamente estables) estaría salpicado de un buen ramillete de emociones: ira, miedo, simpatía, asco, envidia, culpa, aflicción y múltiples formas de amor”. Estas emociones, aunque son individuales pueden ser inspiradas por la acción política, o por el gobernante de turno, o por sus seguidores y sus detractores. 

Una sociedad que busca la justicia y la igualdad debe cultivar la política de las emociones mediante dos grandes estrategias: 1) la generación y el compromiso frente a proyectos que requieran de esfuerzo como la redistribución social y la inclusión y 2) mantener bajo control las fuerzas que privilegian el “yo”, denigrando y subordinando al “otro”. Las dos tareas requieren del trabajo educativo. 

De manera similar, John Rawls considera que una sociedad está “bien ordenada” si cuenta con instituciones que permitan el ejercicio de la libertad de sus ciudadanos, y crean las condiciones para maximizar la situación de quienes están en las peores condiciones (maximin). Las emociones que se alimentan en la familia, requieren que la escuela y la sociedad participen de esa formación. Las emociones no solamente expresan la visión individual de la realidad, sino también las relaciones con el otro, a través de la empatía y el afecto.

En Colombia vivimos un momento donde las emociones, en muchas ocasiones, se guían por el odio y la destrucción del otro, donde las banderas de la redistribución y de la inclusión no son una causa común y, por el contrario, se han convertido en la forma de dividir y generar profundas fisuras en la sociedad. Las instituciones son débiles, y la gestión del gobierno genera desilusión y desesperanza. ¿Por qué no trabajar entonces las emociones políticas desde el amor de la familia y la escuela?

Educar las emociones que guían la construcción de un proyecto de sociedad distinto requiere de una acción de política educativa en el que la historia, la cívica, la educación socioemocional y ciudadana, tengan un lugar preponderante. Se trata de formar ciudadanos críticos, propositivos, comprometidos y éticamente responsables consigo mismos y con la sociedad. Desgraciadamente, esta tarea no la está cumpliendo la escuela colombiana.

Desde hace años la asignatura de historia no existe oficialmente en la mayoría de colegios. Volver a su estudio es imperativo y el Ministerio de Educación Nacional debe acelerar la discusión y actualización de los lineamientos curriculares en los que lleva varios años. No ha habido una decisión frente a su obligatoriedad.

La manera como se ha escrito y enseñado la historia ha variado. Su estudio ha tenido incidencia en las emociones políticas de los ciudadanos a lo largo de estos 200 años de vida republicana. Por ejemplo, durante el siglo XIX la versión política de país estaba orientada por una clase encumbrada en el poder, con un pensamiento conservador y tradicionalista, que se encargó de escribir la historia enmarcada en la conservación del statu quo

Una historia que resaltó a los “héroes”, a los prohombres, a la guerra, explicando y enalteciendo el pasado con versiones autoritarias. No había debate sobre las ideas y las fuentes que explicaban los hechos. Se imponía la “historia oficial”. Este siglo se caracterizó por encarnizadas guerras, y la historia que se enseñó en los nacientes colegios era la que la clase gobernante de la época quería contar. La primera mitad del siglo XX no cambió de manera fundamental el panorama. Esta etapa se inició con la guerra de los mil días, cuyo desenlace ya todos conocemos, un caos económico, miles de muertos, la pérdida de Panamá y el conflicto bipartidista sin solucionar. El pueblo hizo parte del conflicto. Siempre estuvo presente la pegunta por la guerra. Miles de mujeres quedaron solas con sus hijos porque sus maridos murieron combatiendo. Pero la “historia oficial” continúo enseñándose en la escuela, en los libros, en los discursos de los políticos de turno. 

Con el avance del siglo XX la versión sobre la historia tuvo un cambio significativo en los historiadores colombianos. La Escuela de los Annales, de cuna francesa, ayudó a cambiar de óptica. Desde su perspectiva, los hechos y fenómenos sociales se enmarcan en análisis más amplios recurriendo a fuentes primarias que permiten explicar los sucesos integrando disciplinas como la sociología, la antropología, la geografía, la economía. Este enfoque interdisciplinar permitió tener una imagen integral. Este proceso se consolida con una nueva tendencia que también tiene origen en Francia, la Historia de las Mentalidades, que explicita lo individual y lo colectivo, los sentimientos y las reacciones frente a los fenómenos sociales en una coyuntura específica.

La enseñanza de la historia desde finales del siglo XX tiene un enfoque diferente, y lo que sucede en la cotidianidad se puede analizar desde una perspectiva diferente a la de una sola clase social como se hacía en el siglo XIX y comienzos del XX. Pareciera que este nuevo enfoque podría llevar a un cambio en la mentalidad de los ciudadanos.

A pesar de los avances de la historia, en el siglo XXI nos encontramos con una escuela en la que no se estudia historia, de tal manera que no logramos entender desde la niñez las contradicciones profundas que no han permitido superar las fisuras sociales que dieron origen a nuestra joven república. Sin historia en la escuela, no es posible generar proyectos de largo plazo que comprometan a la sociedad.

En febrero de este año, Federico Díaz Granados, en una bella columna titulada “Clases de Historia” en este mismo medio, escribió: “Ahora la promesa del Ministerio de Educación Nacional es estudiar y debatir un documento para que la historia regrese por la puerta grande al aula de clases. Tengo fe en esta promesa y en que estas clases permitirán la construcción de un pensamiento crítico capaz de comprender mejor el pasado, para ser conscientes del presente e intuir el futuro a partir de la propia identidad. En la era de la sobreinformación y los juegos de roles de modelos de naciones unidas, se hace necesario volver a nuestros relatos históricos y a conocer la geografía”. Hoy esa promesa aún no se cumple y seguimos sin clases ni proyectos de historia en nuestros colegios.

¿Y qué decir de la cívica? Esta clase no existe en Colombia desde antes de la desaparición de la clase de historia en los colegios. Recientemente le pregunté a un grupo de estudiantes de 15 años si en su colegio estudiaban cívica y su respuesta fue: ¿Qué es eso? Pareciera que no tuviéramos espacio para la discusión de la historia, la democracia y las nuevas ciudadanías. Es necesario conocer y comprender nuestro sistema político y sus instituciones, la Constitución Política y los deberes y derechos que ella consagra, los mecanismos de participación y los ejercicios de control, entre otros grandes temas.

Las nuevas tendencias en educación socioemocional y ciudadana toman como punto de partida el reconocimiento de las emociones en el proceso formativo. Es necesario superar la separación entre razón y emociones. La educación ciudadana retoma la importancia de la esfera política en los procesos de aprendizaje y tiene como fin garantizar la formación de los estudiantes en el reconocimiento y aprendizaje de capacidades ciudadanas. 

En las reflexiones usuales sobre la calidad de la educación, se centra la atención en el conocimiento, y se dejan por fuera otras dimensiones que son fundamentales en la acción humana, como los sentimientos, las pasiones y las creencias.

La educación para la ciudadanía y la convivencia ayuda a construir las relaciones entre los miembros de la comunidad educativa y las instituciones de la sociedad. La escuela es un espacio de interacción que reconoce los condicionantes, pero que propone alternativas de cambio a un individuo que debe convivir de manera razonable con los demás. Formar integralmente en ciudadanía debe ser una práctica dinámica que potencie el desarrollo del ser a través de una constante construcción de sí mismo, a partir de prácticas reflexivas críticas. El estudiante tiene que entender la importancia de participar en la construcción de una sociedad más justa, equitativa e incluyente.

Es el momento de construir proyectos pedagógicos que retomen la cívica moderna para formar una ciudadanía activa que sea capaz de discernir entre los mesías que prometen una nueva sociedad desde los discursos de odio, y los proyectos políticos que impulsen un ejercicio real de la empatía y el respeto por el otro y por las instituciones. 

Según el barómetro mundial de la Open Society Foundation, aunque el 86% de los 36 000 encuestados en 30 países prefiere vivir en un país democrático, esta cifra cae al 57% entre los menores de 36 años. El 42% de los jóvenes cree que las dictaduras militares son mejores formas de gobierno y el 35% preferiría vivir en un régimen civil pero autoritario, sin división de poderes, ni un sistema parlamentario efectivo. 

En Colombia, el 17% de los ciudadanos muestran preferencia frente a regímenes dictatoriales. El pensamiento crítico es el mejor instrumento para no caer en las manipulaciones de los políticos que incitan al fanatismo, la polarización, y en últimas, a la violencia.

La escuela no es la responsable de las emociones políticas de miedo e incertidumbre que últimamente imperan en el país, pero seguramente si volvemos a las clases de historia, cívica y formación ciudadana, podríamos contribuir a formar una cultura de paz. Si todos asumimos esta responsabilidad como un asunto colectivo iremos construyendo una sociedad distinta y con confianza en su futuro. 

UNESCO y la OCDE han hecho mediciones en los distintos países en los que se muestra la importancia de la educación socioemocional y ciudadana para el desenvolvimiento en todos los ámbitos de la vida. En Colombia hay colegios maravillosos que ya lo están haciendo y sus resultados muestran que educar en las emociones vale la pena. 

Sigamos su ejemplo. Actos simples pueden ayudar: desescalar los discursos y las palabras de odio, proteger la institucionalidad, creer en la necesidad de los acuerdos mínimos para hacer los cambios que la sociedad requiere, recuperar la confianza y ponerla como el gran reto de la democracia. Gobernar obliga a pensar en el bienestar de la mayoría. No es un ejercicio de rencor y egos mesiánicos. ¿Es tan difícil? ¿Cómo tomar decisiones si estamos guiados por sentimientos de odio y miedo y no sabemos manejarlos? Quizá uno de los actos más íntimos de las y los ciudadanos es el voto. Ojalá en las elecciones que se darán en menos de dos años, las emociones políticas del momento no nos engañen, nuevamente.

***

Posdata. Y hablando de emociones. Sigue la tristeza con lo que sucede en la Universidad Nacional. Dos hechos. El primero, esta semana conocimos por el periódico El Tiempo, la pérdida de una donación internacional lograda en 2016, equivalente a 55 000 millones de pesos para la construcción de la sede de Tumaco. Aparentemente, esto sucedió por incumplimiento de los plazos y la no adjudicación de la contratación. Lamentable la falta de gestión por parte de las directivas de la Universidad.

El segundo, todavía no ha causado alarma lo sucedido con el número de inscritos a los programas de pregrado ofertados por la Universidad. En 2019, tuvimos más de 82.000 aspirantes que se presentaron para el examen de admisión del primer semestre académico. Este año presentaron la prueba apenas 39.528. Menos de la mitad. ¿Estamos siendo cada vez menos atractivos para la juventud y la sociedad colombianas? La crisis es profunda, y la politización y la violencia en la universidad son cada vez mayores.

Edna Bonilla

Publicado en la revista CAMBIO, Colombia

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Hace algunos unos días, la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económico (OCDE) presentó su tradicional informe “Panorama de la educación 2024” (Education at a Glance). El documento muestra los principales indicadores sobre acceso, permanencia, calidad y gestión de los sistemas educativos de los países miembros. Esta edición se centró en la equidad, profundizando en el análisis de las brechas que afectan los procesos y los resultados educativos. 

Dos noticias positivas para Colombia.  

La primera, el país mejoró y tiene una alta tasa de cobertura en educación básica y media. La segunda, se destaca la reducción de la cantidad de adultos sin educación media. En un mundo cada vez más competitivo, obtener el título de bachiller se ha convertido en un requisito mínimo para integrarse a la sociedad. El informe muestra que la proporción de personas entre 25 y 34 años sin educación secundaria superior disminuyó 9 puntos porcentuales entre 2016 y 2023. No obstante este avance, en el país cerca del 22 % de los jóvenes en ese rango de edad no ha culminado dicho nivel educativo, una cifra que supera en ocho puntos porcentuales el promedio de la OCDE. 

Lo malo para el país: las brechas de cuidado infantil, la reprobación y la repitencia escolar. Nuestra tasa de repitencia es la peor en primaria y la tercera más mala en secundaria. El 5,8 % de los estudiantes de primaria, el 8,1 % de secundaria y el 4,8 % de media repiten grado.  

Los promedios de la OCDE son mucho menores: 1,5 % en primaria, 2,2 % en secundaria y 3,2 % en media. La situación en Colombia sería más grave si se tomara la tasa de reprobación, pues no todos los niños que reprueban el grado que cursan lo repiten. Algunos estudiantes que pierden el año abandonan. En Colombia, según datos del Ministerio de Educación Nacional, la tasa de reprobación en 2023 fue del 7,57 % en los colegios públicos y de 1,2 % en los privados. La situación es más crítica para algunas entidades territoriales y grupos poblacionales. En Vichada, por ejemplo, pierden el año 15 de cada 100 estudiantes de colegios públicos (sin incluir adultos). También se observan tasas altas en Rionegro (14,27 %), Mosquera (13,58 %), Guainía (12,91 %), Riohacha (11,62 %), Zipaquirá (11,68 %) o Montería (11,41 %). La situación es grave porque en contra de los lineamientos establecidos, hay niños y niñas de prescolar que están siendo reprobados en los colegios públicos y privados. Esto es inadmisible. 

La reprobación escolar afecta las trayectorias educativas, porque guarda una estrecha relación con la deserción escolar. La Encuesta Nacional de Deserción Escolar que aplicó el Ministerio de Educación Nacional y la Universidad Nacional de Colombia en 2012, muestra que los niños que reprobaban tienen mayor probabilidad de abandonar el sistema educativo e interrumpir su trayectoria escolar. De igual forma, existe asociación entre las instituciones con alta reprobación y la deserción escolar. 

Diversos estudios demuestran que la reprobación escolar no tiene efectos positivos ni en la calidad educativa, ni en el desempeño académico de los estudiantes. La aparente exigencia no agrega valor al aprendizaje y, al contrario, incide de manera negativa en el bienestar socio-emocional de los niños y en su rendimiento futuro. Nada más frustrante para un niño y su familia que enfrentarse a la pérdida de un año académico. Imagínense decirle a un niño de seis años (primero de primaria) que como no cumplió con lo esperado, sus amigos pasan al grado siguiente y el tendrá que “repetir” lo que ya debió haber aprendido. 

Cuando un niño reprueba perdemos todos. Además del niño, pierde su familia, los docentes, las instituciones y el conjunto del sistema. Más que un problema del niño es un síntoma del fracaso de los adultos, de la política educativa y del sistema educativo. 

En muchos países la práctica de reprobación escolar ha sido reemplazada por estrategias pedagógicas centradas en el estudiante, o por la promoción automática. O, eventualmente, la decisión de aprobar o reprobar está asociada a ciclos o niveles educativos y no al año escolar. La mayoría de países desarrollados le apuestan a procesos de acompañamiento específicos, que reconocen los ritmos desiguales del aprendizaje. Es necesario aceptar la heterogeneidad en el ritmo de aprender. En muchos países, los de prácticas ejemplares en calidad, existen procesos de nivelación y recuperación de aprendizajes que permitan garantizar trayectorias educativas continuas. 

En Finlandia, que es reconocido internacionalmente por la calidad de su sistema educativo, los estudiantes con dificultades no repiten el año, sino que avanzan al siguiente grado y durante los primeros meses del nuevo grado escolar, reciben apoyo personalizado y adaptaciones curriculares para que puedan nivelarse con sus compañeros. En Noruega, la legislación establece la promoción obligatoria; en Islandia sólo se reprueba si la familia así lo decide. En Reino Unido o Dinamarca, la reprobación sólo ocurre en casos excepcionales. En Corea del Sur o Suecia, los alumnos reciben apoyo pedagógico extra con clases o planes personalizados. En Uruguay y Paraguay eliminaron la reprobación para disminuir la deserción escolar. Argentina avanza en este mismo sentido. Ya lo hizo el gobierno de Buenos Aires. El propósito fundamental de todas las estrategias es garantizar aprendizajes significativos para todos, reconociendo sus ritmos desiguales. 

El hecho de que en Colombia aproximadamente 600 000 niños reprueben cada año, debe llevar a una discusión no solo sobre la efectividad del gasto público, sino también sobre los aspectos relacionados con el currículo, las estrategias pedagógicas, la formación docente, los sistemas de evaluación o el bienestar emocional de las niñas y niños. En los últimos 15 años no ha habido un diálogo significativo sobre el tema. El último hito fue el Decreto 1290 de 2009, que modificó las condiciones de evaluación y promoción en el país, y cuyo impacto fue negativo para miles de niñas y niños. Antes del decreto, la tasa de reprobación era inferior al 5 %. Después del decreto, dos años más tarde, se duplicó. Hoy, después de 15 años, las tasas continúan muy por encima a las que se tenían antes del Decreto. 

El tradicional enfrentamiento entre los gobiernos nacionales y Fecode no ha permitido avanzar en estas discusiones. El actual gobierno, a pesar de sus buenas relaciones con Fecode, tampoco parece interesado en el tema. De hecho, no es un asunto de la política educativa del actual gobierno, ni una meta en la que se esté trabajando. Ni siquiera las palabras reprobación o repitencia escolar aparecen en las más de 800 páginas del Plan Nacional de Desarrollo. Afortunadamente los entes territoriales como Bogotá (la de menor tasa de repitencia), Cauca o Meta, con sus propios recursos, han creado herramientas pedagógicas que impactan positivamente en la reprobación y en la deserción escolar. 

Es hora de volver a traer el tema de la reprobación a la discusión de la política pública educativa. La enorme frustración y el bienestar emocional de las niñas y los niños y sus familias lo exige. ¡No son cifras, son vidas! 

Posdata: el pasado 14 de septiembre se llevó a cabo en las instalaciones de la Universidad Nacional, UN, la “Asamblea Nacional y Popular por las Reformas Sociales, la Paz y la Unidad”. Un evento eminentemente político y proselitista que contó con la intervención del presidente Gustavo Petro, algunos de sus funcionarios y dirigentes del Pacto Histórico. ¿Necesitamos alguna prueba adicional para entender que desde hace meses se viene violando la autonomía universitaria en el país? Las universidades son espacios académicos que deberían estar al margen de las prácticas politiqueras y de los intereses particulares de los gobiernos de turno. Somos la universidad del Estado. Que eso no se olvide. 

De otro lado, se esperaba mayor coherencia del Consejo Superior en la elección de decanos y decanas en la UN. Sorprende que los consejeros que reclamaron el respeto de la consulta para la designación del rector, ahora hayan escogido decanos que perdieron en las consultas. 

Edna Bonilla 

Publicado en la revista Cambio 

Septiembre 18, 2024 

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