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La Copa Mundo de las diásporas – ¡Cerremos la frontera pero celebremos los goles! 

Por Hugo Cuevas-Mohr
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La Copa Mundial de la FIFA 2026 organizada por Estados Unidos, Canadá y México nos muestra algo que muchos políticos todavía se niegan a aceptar: la identidad de un país ya no cabe dentro de las fronteras nacionales. 

El soccer —o digámoslo como lo sentimos muchos de nosotros, el fútbol— se ha convertido en uno de los escenarios públicos más claros donde se cruzan la migración, la ascendencia, la ciudadanía, la historia colonial, la movilidad laboral y la contradicción política. 

Y la ironía es evidente: muchos políticos hacen campaña prometiendo controlar las fronteras, pero los símbolos emocionales de la nación —sus atletas, sus victorias, sus banderas— están siendo producidos, cada vez más, por la migración. 

Un aficionado marroquí celebra a Achraf Hakimi. Un seguidor de Curaçao alienta a una selección formada, en su mayoría, por jugadores nacidos en el extranjero.  Un aficionado de Estados Unidos celebra a Folarin Balogun, nacido en Nueva York, criado en Inglaterra, con raíces nigerianas. Orígenes nigerianos parecidos al expresidente Obama. A un supremacista blanco quizás le molesten esta historias, pero el país igual celebra cuando Balogun marca un gol. Y Trump, enemigo de los migrantes, manipula las reglas para que juegue, aún siendo sancionado. 

Un aficionado francés celebra a una selección marcada por historias migrantes africanas, caribeñas y europeas —y algunos de esos mismos aficionados quizás voten por Marine Le Pen y su partido anti-migrante. Sí, al mismo tiempo en esta Copa Mundo de la Diáspora, muchos de estos países están debatiendo deportaciones, muros, restricciones al asilo y defendiendo “la identidad nacional”. 

Pensemos en eso: en 2026, el Mundial no lo juegan solamente las naciones. Lo juegan también las rutas migratorias. Y esto ya no es anecdótico, los datos son contundentes. Hay 48 selecciones y 1.248 jugadores. Casi uno de cada cuatro jugadores nació en un país distinto al que representa: alrededor del 23 por ciento. Es un récord histórico. 

Miremos primero a los países de donde vienen muchos migrantes y muchas diásporas. 

Curaçao: 96 por ciento de jugadores nacidos en el extranjero. Es una selección construida sobre una infraestructura de diáspora, resultado de sus vínculos con el Caribe neerlandés. 

República Democrática del Congo: 85 por ciento de jugadores nacidos en el extranjero, alimentada por la diáspora congoleña en Bélgica, Francia e Inglaterra. 

Marruecos: 73 por ciento de jugadores nacidos en el extranjero, una potencia futbolística marcada por su diáspora y preparada para coorganizar el Mundial de 2030. 

Los países del norte de África —Marruecos, Argelia y Túnez— se están beneficiando de sus diásporas en Francia, Bélgica, Países Bajos y España. Ocho selecciones tienen una mayoría de jugadores nacidos en el extranjero. Eso no es una coincidencia. Se ha vuelto estructural. Pero haber nacido en el extranjero es solo una parte de la historia. Si miramos más profundamente, los jugadores de segunda generación importan tanto o quizás más.  

La FIFA se convertido en un laboratorio mundial de la pertenencia. La posibilidad de jugar por el país de los padres o de los abuelos existe desde hace décadas, en distintas formas. Pero lo que ha cambiado recientemente es que la FIFA modernizó y aclaró las reglas de elegibilidad y de cambio de asociación. La FIFA tiene ahora una Plataforma de Cambio de Asociación donde figuran los jugadores que recibieron decisiones favorables para cambiar su “nacionalidad deportiva”. El fútbol ha creado una categoría legal que la política muchas veces se resiste a aceptar: la pertenencia en capas, en instancias claras. 

Un jugador puede nacer en Francia, crecer en Bélgica, tener abuelos marroquíes, jugar en un club de España y representar a Marruecos. Eso no es confusión. Es el mundo moderno en que vivimos. Esto es lo que la migración ha logrado. Y ahí es donde Marruecos, Curaçao, República Democrática del Congo, Ghana, Senegal, Argelia, Túnez, Haití y Bosnia y Herzegovina se han beneficiado: la diáspora ha creado verdaderos corredores futbolísticos. La migración no mueve solamente trabajadores. Mueve sueños, cuerpos, idiomas, tácticas e infancias. 

Ahora demos vuelta a la mirada, volteemos la película y observemos la contradicción de los países receptores de migración. Francia, Bélgica, Inglaterra, Suiza, Estados Unidos y Canadá se benefician dos veces. Y la mayoría de las personas en esos países no se da cuenta. Primero reciben trabajo migrante, impuestos, emprendimiento, cultura, innovación, ambición, educación y renovación demográfica. Segundo, reciben talento deportivo: los hijos de los migrantes se convierten en íconos nacionales. Pero políticamente, esas mismas sociedades muchas veces tienen dificultades para aceptar a los migrantes como plenamente pertenecientes… hasta que marcan un gol, ganan una medalla o llevan la bandera.

Cerremos la frontera pero celebremos los goles! 

En algunos países, incluido Estados Unidos, el debate político se ha movido hacia cambiar las reglas de ciudadanía, restringir protecciones temporales y hacer más difícil que los migrantes se conviertan en miembros permanentes de la sociedad. A los migrantes se les cuestiona en la frontera, en el trabajo, en la calle, se les acosa, se les restringe la participación política… pero se les abraza en el estadio cuando se vuelven útiles para el mito nacional. 

Pero también existe una contradicción entre el sentimiento público y la política. En Estados Unidos, Gallup, la firma encuestadora, nos da estos números: en 2025, el 79 por ciento de los estadounidenses dijo que la inmigración es buena para el país, un récord histórico. Al mismo tiempo, el porcentaje de estadounidenses que quería reducir la inmigración cayó del 55 por ciento en 2024 al 30 por ciento en 2025. El apoyo a deportar a todos los inmigrantes indocumentados también cayó del 47 por ciento al 38 por ciento. Eso hace que la ironía sea más compleja. El sentimiento público no es antiinmigrante. Muchas personas pueden querer control fronterizo, pero también reconocen el valor de la inmigración. 

Entonces el argumento no debería ser: “todos están contra los migrantes”. El argumento real es este: la postura política y electoral suele ser más dura que el sentimiento de la gente, y el deporte nacional revela la distancia entre lo que los gobiernos dicen sobre los migrantes y lo que los países dependen de los migrantes para hacer. 

La pregunta más profunda es: ¿a quién pertenece la nación? 

El Mundial nos obliga a preguntarnos: ¿La nacionalidad es el lugar de nacimiento? ¿La sangre? ¿El pasaporte? ¿El idioma? ¿La memoria? ¿La historia familiar? ¿La cultura vivida? ¿La asimilación? ¿Un documento legal? ¿O cantar, con orgullo, un himno nacional antes de que ruede la pelota? 

Tal vez la respuesta sea todas las anteriores. Muy pocas selecciones nacionales son museos de pureza étnica. Son, más bien, expresiones vivas de la sociedad actual: nos muestran lo mezclados, entrelazados e interdependientes que estamos realmente. 

Esto me toca profundamente pues también habla de mi propia vida y posiblemente de la tuya también, de tu familia, tus amigos. Yo nací en Guatemala, de padre colombiano y madre francesa. Mi madre salió de Francia durante la guerra, perdió su ciudadanía europea y más tarde conoció a mi padre cuando ambos eran estudiantes en Canadá. He vivido en Guatemala, Colombia, Bélgica, y me establecí en Estados Unidos en 1992. Y he pasado mi vida tanto como consultor en remesas como escritor. Por eso, cuando miro el Mundial, no veo solamente fútbol. Veo migración. Veo historias familiares. Veo dinero cruzando fronteras. Veo los sacrificios privados detrás de las celebraciones públicas. 

Miremos a Francia. Francia tiene 21 jugadores de 26 con antecedentes migrantes. Tres de ellos nacieron en el extranjero: Michael Olise, Marcus Thuram y Brice Samba. Al mismo tiempo, alrededor de 20 mil millones de dólares en remesas personales se envían cada año desde Francia a familias en el exterior. Aproximadamente una cuarta parte de la población francesa tiene antecedentes migrantes. 

Canadá le sigue muy de cerca, con 20 jugadores de antecedentes migrantes, siete de ellos nacidos en el extranjero. Canadá envía alrededor de 15 mil millones de dólares cada año en remesas personales. Canadá quizás sea el caso más claro de una “nación migratoria moderna”: política migratoria, reasentamiento de refugiados, vida urbana multicultural y redes familiares globales son visibles en su selección nacional. Aproximadamente el 44 por ciento de la población de Canadá tiene antecedentes migrantes. 

Y luego está Estados Unidos. La selección de Estados Unidos tiene 13 jugadores con antecedentes migrantes y seis jugadores nacidos en el extranjero en su plantel de 2026: Sebastian Berhalter, Gio Reyna, Sergiño Dest, Antonee Robinson, Malik Tillman y Alejandro Zendejas. 

Esta es la paradoja perfecta de la “nación de inmigrantes”: una de las sociedades más marcadas por la migración en el mundo es también uno de los lugares donde se libran algunas de las batallas políticas más fuertes sobre fronteras, asilo, deportación, supremacismo blanco, religión e identidad nacional. Aproximadamente el 30 por ciento de la población de Estados Unidos tiene antecedentes migrantes, si incluimos tanto a los inmigrantes como a los hijos de inmigrantes nacidos en el país. 

Y los latinos son centrales en esta historia. Hay alrededor de 68 millones de latinos en Estados Unidos, la segunda población latina más grande del mundo después de México, más grande que la población de muchos países latinoamericanos y de la propia España. Incluso con deportaciones, redadas de ICE, miedo y presiones para que la gente se “autodeporte”, el país sigue siendo transformado por el trabajo, la cultura, el idioma y las redes familiares latinas. Más de 100 mil millones de dólares en remesas personales se envían cada año desde Estados Unidos, el monto más grande del mundo. 

Ahora miremos a Bélgica. Bélgica tiene alrededor de 10 jugadores con antecedentes migrantes en su selección de 2026. Uno de los ejemplos más claros es Amadou Onana, nacido en Senegal, que representa a Bélgica. Pero la historia belga va mucho más allá de un jugador. La selección nacional de Bélgica refleja Bruselas, Amberes, la historia colonial, la migración africana, la migración marroquí, la migración turca, la movilidad laboral europea y el complicado legado del Congo. 

Bélgica es un país pequeño, pero está en el cruce de caminos de Europa. Y su equipo de fútbol lo demuestra. El país puede debatir políticamente la migración, pero en la cancha la migración no es una fuerza externa. Es parte de la excelencia belga. Bélgica también envía alrededor de 10 mil millones de dólares cada año en remesas personales. Ese dinero se mueve en silencio, mes tras mes, desde trabajadores y familias migrantes en Bélgica, hacia sus seres queridos en otros países. 

Así que cuando Bélgica celebra un gol marcado por un jugador con raíces migrantes, está celebrando la parte visible de una realidad migrante mucho más grande. La parte invisible es el dinero enviado a casa, la familia sostenida, la vivienda construida, la escuela pagada, la cuenta médica cubierta. Eso también forma parte de la historia belga. 

Ahora Suiza. Suiza es uno de los ejemplos más fascinantes, porque la migración es central no solo para su selección de fútbol, sino también para su economía. Suiza tiene 16 jugadores con antecedentes migrantes en su selección de 2026. Tres nacieron en el extranjero: Yvon Mvogo y Breel Embolo, ambos nacidos en Camerún, y Marvin Keller, nacido en Inglaterra. Pero si miramos más allá del lugar de nacimiento, la historia migrante de Suiza se vuelve todavía más evidente. Muchos jugadores suizos tienen raíces en los Balcanes, África, el sur de Europa y otras regiones conectadas con la migración laboral y la historia de refugiados en Suiza. 

Suiza es un país pequeño, pero tiene una de las proporciones más altas de migrantes en Europa. Alrededor del 31 por ciento de su población nació en el extranjero, y si incluimos a la segunda generación, la población con antecedentes migrantes supera el 40 por ciento entre los residentes de 15 años o más. Suiza envía alrededor de 40 mil millones de dólares cada año en remesas personales. Cuarenta mil millones. Más que Francia, Canadá, el Reino Unido y Bélgica. 

Así que Suiza nos deja una lección poderosa: la migración no es marginal para un país rico. La migración forma parte de cómo funciona esa riqueza. Está en los bancos, en los hoteles, en la salud, en la construcción, en el trabajo doméstico, en las universidades, en los laboratorios, en las cocinas, en el transporte… y sí, también en la selección nacional. 

Cuando Suiza juega, no representa solamente montañas, relojes, bancos y neutralidad. También representa movimiento. Familias que llegaron, hijos que se quedaron, trabajadores que enviaron dinero a casa, jugadores que convirtieron una pertenencia en capas de orgullo nacional. 

Ahora Inglaterra. Porque el Reino Unido juega con otras selecciones en el fútbol: Escocia, Gales, Irlanda del Norte. Inglaterra tiene a Marc Guéhun en su selección de 2026. Jugador nacido en Abiyán, Costa de Marfil, y criado en Inglaterra. Hay otros “ingleses” jugando en otras selecciones. 

Pero aquí, una vez más, el lugar de nacimiento oculta una verdad más profunda. Inglaterra tiene alrededor de 17 jugadores con antecedentes migrantes. Y esto no es nuevo. El fútbol inglés ha sido marcado durante décadas por la migración caribeña, la migración africana, la migración irlandesa, las comunidades del sur de Asia, el movimiento europeo y la reconstrucción británica de la posguerra. La generación Windrush y sus descendientes forman parte de la historia del fútbol inglés. También las familias de Nigeria, Ghana, Jamaica, Irlanda, Trinidad y Tobago y muchos otros lugares. 

Y, sin embargo, el Reino Unido ha sido también uno de los laboratorios políticos más ruidosos de la retórica antiinmigrante: Brexit, pequeñas embarcaciones, restricciones al asilo, debates de deportación y la pregunta interminable sobre quién pertenece de verdad. Pero cuando la selección inglesa sale a la cancha, la migración está ahí, no como teoría, sino como velocidad, fuerza, creatividad, liderazgo y… goles, aunque al final, los marque Harry Kane. 

El Reino Unido envía alrededor de 12 mil millones de dólares cada año en remesas personales. Eso significa millones de actos privados de responsabilidad: hijos e hijas, padres y madres, hermanos y hermanas, trabajadores y estudiantes, enviando parte de lo que ganan a familias en otros lugares. 

Así que cuando los políticos hablan de los migrantes como si fueran solamente un costo, los datos de remesas responden: los migrantes son actores económicos. Son cuidadores a través de las fronteras. Son trabajadores aquí y proveedores familiares allá. Forman parte de dos economías al mismo tiempo. 

Ahora España. La selección española de 2026 tiene un jugador nacido en Francia: Aymeric Laporte que obtuvo la elegibilidad para España y decidió representar a La Roja. Podía haber representado a Les Bleus. El futbolista tiene raíces vascas, su vínculo con el país vecino no proviene de sus padres, sino de sus bisabuelos.

Pero la historia migrante de España se ve con más claridad en la segunda generación. Miremos a Lamine Yamal, nacido en España, con raíces familiares en Marruecos y Guinea Ecuatorial. Miremos a Nico Williams, nacido en España, cuyos padres llegaron desde Ghana. Su hermano mayor, Iñaki, con él en el Athletic Club. A nivel internacional, Iñaki juega con la selección de Ghana. 

Dos de los símbolos más emocionantes del futuro de España no nacieron en el extranjero. Son hijos españoles de la migración. Y esa distinción importa. Porque la segunda generación suele cargar la contradicción más profunda: nace en el país, habla el idioma, va a las escuelas locales, crece en los barrios, puede sentir la bandera como propia, pero la sociedad no siempre la acepta como plenamente perteneciente. Hasta que gana, hasta que marca goles, hasta que hace sentir orgullo al país. 

España envía mucho menos en remesas personales que Estados Unidos, Suiza, Francia, Canadá, Bélgica o el Reino Unido. Pero España importa en esta historia por su posición entre Europa, América Latina, el norte de África y África occidental. Y sus remesas son muy importantes para Marruecos, Ecuador, Colombia y otros países. 

España ha sido un país de emigración y de inmigración. Los españoles salieron hacia América Latina durante la colonia, luego de las crisis económicas volvieron a América Latina y pasaron también a Francia, Alemania, Suiza. México acogió a muchos refugiados de la guerra civil, como también lo hicieron Argentina, Uruguay y otros lugares. Más tarde, España se convirtió en destino para migrantes de Marruecos, Ecuador, Colombia, Venezuela, Perú, Rumania, Senegal y muchos otros. Así que el futuro futbolístico de España también tiene historia migratoria. Y los rostros jóvenes de ese futuro ya nos están diciendo en qué se está convirtiendo el país. 

Ahora juntemos todo esto. El Mundial nos da un marcador, las remesas nos dan otro. 

  • En Francia, 21 jugadores tienen antecedentes migrantes y alrededor de 20 mil millones de dólares se envían cada año en remesas personales. 
  • En Canadá, 20 jugadores tienen antecedentes migrantes y alrededor de 15 mil millones de dólares se envían cada año. 
  • En Estados Unidos, 13 jugadores tienen antecedentes migrantes, y más de 100 mil millones de dólares se envían cada año: el mayor flujo de remesas del mundo. 
  • En Bélgica, 10 jugadores tienen antecedentes migrantes, y alrededor de 10 mil millones de dólares se envían cada año. 
  • En Suiza, 16 jugadores tienen antecedentes migrantes, y alrededor de 40 mil millones de dólares se envían cada año. 
  • En Inglaterra, 17 jugadores tienen antecedentes migrantes, y el Reino Unido envía alrededor de 12 mil millones de dólares cada año. 

Con España, estos siete países envían cerca de 200 mil millones de dólares cada año en remesas personales. Eso no es caridad, no es una nota al pie, no es un flujo marginal. Es una de las grandes expresiones financieras de la movilidad humana, profundamente conectada con las mismas historias humanas que celebramos en el fútbol. Porque detrás de cada jugador de origen migrante suele haber una historia familiar. Suele haber años de remesas y apoyo familiar. 

Una madre que cruzó una frontera, un padre que trabajó dos empleos, un abuelo que se fue por una guerra, un niño que aprendió un idioma en casa y otro en la escuela, un barrio donde la identidad ya estaba mezclada mucho antes de que los políticos descubrieran que podían ganar votos hablando de pureza. Por eso importa el Mundial de las Diásporas. Porque nos permite ver lo que normalmente permanece oculto. El jugador es visible, quien envía la remesa es invisible. El gol es visible, el sacrificio es invisible. El himno es visible, el acento en casa es invisible. La camiseta es visible, la transferencia de dinero es invisible. 

Pero son parte de la misma historia. La migración no produce solamente trabajadores. Produce ciudadanos, atletas, artistas, escritores, emprendedores. Produce nuevos idiomas, nuevos barrios, nuevas comidas, nuevas músicas, nuevos sueños. Y sí, también produce selecciones nacionales. Así que la próxima vez que escuchemos a un político decir que los migrantes son una amenaza, tal vez deberíamos preguntarle: 

¿Una amenaza para qué? 

¿Para la economía? Entonces, ¿por qué tantas economías dependen de ellos? ¿Para la cultura nacional? Entonces, ¿por qué la cultura nacional se renueva constantemente gracias a ellos? ¿Para la identidad nacional? Entonces, ¿por qué las selecciones nacionales están cada vez más sostenidas por sus hijos? La contradicción no está en la migración, sino en la política que niega lo que el país ya es. Porque los países no son puros. Nunca lo fueron. Desde que salimos del Sur del Africa como especie, como Homo Sapiens, no hemos parado de migrar. 

La migración está hecha de guerras, matrimonios, exilios, impactos ambientales, desastres naturales, contratos laborales, historias coloniales, viajes de refugiados, visas de estudiantes, reunificaciones familiares, historias de amor y niños nacidos entre idiomas. Como los míos. 

El Mundial de 2026 quizás sea recordado por sus estadios, sus estrellas, sus goles y su final, pero también debería ser recordado por algo más profundo. Es el Mundial en el que la migración dejó de ser fondo, se convirtió en la historia. La naciones han cambiado. La migración no está fuera de la historia nacional de cada país, la migración es parte de la camiseta. Es parte del himno. De cada celebración de un gol. Cada gol llevó detrás una transferencia mensual a casa. Y quizás la verdadera pregunta no sea por qué los migrantes representan a las naciones. La verdadera pregunta es por qué las naciones siguen fingiendo que no fueron construidas por ellos. 

Por todos nosotros. 

Hugo Cuevas-Mohr

Julio, 2026

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6 Comentarios

Eduardo Pardo 19 julio, 2026 - 5:07 am

Muy interesante tu punto de vista.Aqui en Francia hay muchos anti-imigrantes.
Pero si no fuera por ellos muchos empleos no funcionarian.
Con poblaciones que envejecen y poca natalidad los imigrantes son necesarios,pero en forma controlada.

Respuesta
Rodolfo R. de Roux 19 julio, 2026 - 5:54 am

EXCELENTE. Te lo dice un migrante y descendiente de migrantes.

Respuesta
Rafael Falcón Castro 19 julio, 2026 - 6:41 am

Si no tuviéramos fotones migrantes del sol, no habría Vida.
Sin los chispazos de conciencia universal que somos, no existiría la Naturaleza.
¡Que el Dios de la Vida nos ilumine y cure nuestra ceguera!.
Así será. Amén.

Respuesta
Vicente Alcalá 19 julio, 2026 - 7:25 am

Muy valioso artículo y realista !
Inmigré a Colombia hace 64 años; mi hija vive en Alemania hace casi 30; mi hijo lleva dos en Londres. Los 3 somos colombianos… o del mundo.

Respuesta
José Antonio 19 julio, 2026 - 12:49 pm

Un dato adicional: El 23% de los futbolistas del torneo han competido por un país que no es donde nacieron. Por ejemplo, de los 26 jugadores de Marruecos, solo 7 nacieron en ese país (por cierto, 6 nacieron en España) o, visto desde el otro lado, hay 74 jugadores que, aunque nacieron en Francia, defienden otros colores. En el caso de España son 11 los nacidos en España que juegan por otros países.

Más detalles en: https://elpais.com/actualidad/newsletter-kiko-llaneras/2026-07-18/el-mundial-diaspora-por-que-han-jugado-el-torneo-96-futbolistas-nacidos-en-francia.html

Respuesta
Eduardo Jimenez 19 julio, 2026 - 1:53 pm

Mis hijos tienen cuatro pasaportes: español, colombiano, venezolano, y unos de EEUU y otros de Canadá. Yo solo tengo dos pasaportes, pero hablando por ellos no entiendo los llantos y disputas cuando gana o pierde el equipo de nuestra preferencia.No lo entiendo, pero tampoco lo juzgo. Saludos

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