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Haciendo cuentas

Por Francisco Cajiao
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Es comprensible la polémica por los informes del Mineducación sobre la cantidad de nuevos cupos en la educación superior pública.

Al cumplir tres años, el Gobierno hace inventario de sus logros en los diferentes frentes, con ciertas dificultades de coherencia entre entidades que, por su naturaleza, llevan el registro estadístico del país, tanto desde el Gobierno como desde entidades privadas de carácter académico o gremial. Esto, desde luego, no es nuevo y hace parte de la sana discusión sobre los principales problemas que deben abordarse, la forma de hacerlo y los resultados que se obtienen a través de la gestión pública.

Si bien hay debate sobre los datos macroeconómicos o de salud, los informes presentados por el ministro de Educación sobre la cantidad de nuevos cupos en la educación superior pública han resultado particularmente polémicos, lo cual es comprensible por dos razones: en primer lugar, se trata de una información compleja que no puede manipularse de manera simplista sumando y restando cosas que son de naturaleza distinta y, en segundo lugar, porque por razones inexplicables, en tiempos de informática e inteligencia artificial, los datos siempre van retrasados dos años.

Sobre la complejidad es necesario entender que, aunque la formación técnica profesional es fundamental para el desarrollo del país (uno a dos años) y la tecnológica (dos a tres años), hacen parte de la educación superior y cuentan con gente preparada en estos niveles, no ofrecen las mismas oportunidades de desarrollo futuro que una carrera profesional cursada en una universidad. En Colombia, como en muchos otros países, la movilidad social, con todo lo que ella representa en el camino a la superación de la desigualdad, está íntimamente asociada a la trayectoria educativa.

De acuerdo con datos del observatorio laboral del MEN y con datos del DANE, alcanzar el nivel profesional universitario amplía considerablemente las posibilidades salariales, incluso llegando a duplicar los ingresos de quienes poseen solo formación técnica o tecnológica. No es lo mismo, entonces, crear un cupo profesional en universidades de primer nivel que en el SENA, sin que ello signifique que estos no sean importantes, pero sí que conviene distinguir, pues este componente representa cerca del 20 % de la oferta pública y siempre ha sido gratuito. La pregunta central es qué se les prometió a los jóvenes cuando se habló de hacer universidades en todas partes.

Otro aspecto complejo de la contabilidad de cupos y coberturas es que existe una enorme diferencia en los procesos de inscripción, admisión y matrícula, como se explica con detalle en un documento publicado por el Laboratorio de Economía de la Educación de la Universidad Javeriana. En la inscripción, una misma persona puede aparecer en distintas instituciones, lo mismo que en la admisión. Solo la matrícula efectiva dice el número de estudiantes que ingresan cada semestre, pero el tamaño general del sistema con el total de estudiantes de todo el país depende también de variables como la deserción, la repitencia y la graduación. Como se ve, siempre habrá espacio para la discusión de las cifras.

Sin embargo, regresando al informe de la Javeriana, hay un aspecto muy preocupante, pues apunta a algo mucho más grave que un problema de números. Se trata de una caída fuerte y sostenida de la inscripción a la educación superior, tanto pública como privada. Esto muestra una de dos cosas: o los jóvenes no están viendo en el estudio una perspectiva de progreso en su vida, probablemente por la situación de quienes habiendo estudiado terminan en la informalidad, o la formación que reciben en la educación básica (donde se habla de casi un millón de niños fuera del sistema) es tan pobre que les están cerrando oportunidades con mucha más fuerza que la falta de cupos.

Probablemente no haya mayor amenaza para el verdadero progreso y la transformación social que una epidemia de desesperanza, frustración y mediocridad en las nuevas generaciones.

Francisco Cajiao

Publicado en el periódico EL TIEMPO, de Bogotá, Colombia

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EDUARDO JIMENEZ 4 septiembre, 2025 - 10:19 am

Preocupante lo que indica Francisco, de que haya un cierto número de jóvenes que optan por no entrar a la universidad pues no ven en esos estudios “una perspectiva de progreso en su vida”.
Como figura cercana, tengo un sobrino que terminó Psicología, entiendo con muy buenos resultados, y ante el pobre salario que le ofrecían quienes estaban dispuestos a contratarlo, trabaja ahora en un “call-center”, donde gana mucho más de lo que le ofrecían de salario, que además no le hubiera alcanzado para cubrir sus gastos.
Talvez se necesita correlacionar las carreras universitarias con las necesidades del mercado, digo soy sin ser experto en el tema. Saludos

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