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Rodolfo Ramon de Roux

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La política activa en los humanos un gusto muy particular: el gusto por el poder. Y, en torno al poder ha rondado desde muy antiguo el aura de lo divino, pues los gobernantes saben cuán útil es sacralizarlo. Eso les confiere legitimidad y respeto, exclamó Sofrosina. 

Basta contemplar, aun en nuestros días, las ceremonias religiosas para consagrar reyes o entronizar presidentes. ¿Qué opinas, Maquiavelo, tú que sabes tanto de historia política?, preguntó Linguacuta. 

MAQUIAVELO.- Los gobernantes no son bobos. Saben que un espaldarazo celestial no se desprecia. Durante siglos, el emperador fue considerado “Hijo del Cielo” en China. Y descendiente directo de Amaterasu, diosa del Sol en Japón. 

SOFROSINA.- Los incas no se quedaron atrás. En el Tahuantinsuyo, el Sapa Inca era hijo del dios Sol, Inti.

LINGUACUTA.- ¿Qué me dicen del culto imperial en la antigua Roma, que veneraba a algunos emperadores, elegidos como dioses una vez fallecidos?

MAQUIAVELO.- Antes de que te burles de Domiciano, que se declaró a sí mismo dios mientras aún vivía, te recuerdo que los papas se han autoproclamado “vicarios de Cristo”,[1] es decir, de Dios mismo, y eso desde los tiempos en que también eran “señores temporales”, pues reinaban sobre los Estados Pontificios.[2]

SOFROSINA.- Ya que hablas de papas y emperadores cabe recordar que, en la Cristiandad medieval, aunque las relaciones entre los vicarios de Cristo y los monarcas fueron a menudo conflictivas, las necesidades del orden público y el temor a los levantamientos populares llevaron con frecuencia a las autoridades religiosas a apoyar y legitimar los regímenes vigentes, hasta el punto de convertirlos en monarquías de derecho divino. 

MAQUIAVELO.-Como dijo el aquí presente obispo Bossuet al glorificar el poder de Luis XIV, “la autoridad real es sagrada “porque Dios establece a los reyes como sus ministros y reina a través de ellos sobre los pueblos”.[3]

BOSSUET.- No hice sino glosar lo dicho por san Pablo en su comentadísima Epístola a los romanos: “Sométanse todos a las autoridades constituidas, pues no hay autoridad que no provenga de Dios, y las que existen, por Dios han sido constituidas. De modo que, quien se opone a la autoridad, se rebela contra el orden divino, y los rebeldes atraerán sobre sí mismos la condenación.”[4]

MAQUIAVELO.- Esa sacralización del poder les encanta a los autócratas, incluidos los ateos.  

LINGUACUTA.- Todos ellos se creen vacas sagradas o salidos del muslo de Zeus.

SOFROSINA. No solo los autócratas sacralizan el poder. Pienso en el divino “Destino manifiesto” de ese país que tiene la ebriedad mesiánica de ser “faro de la Libertad” por los designios del “In God we trust” que aparece en sus billetes y reaparece constantemente en los discursos de sus gobernantes.

MAQUIAVELO.- Que no se confíen demasiado los gobernantes: las religiones también pueden servir para deslegitimar el poder. Lo vi con mis propios ojos cuando el monje Savonarola con sus prédicas incendiarias hizo poner pies en polvorosa a los poderosos Médici que gobernaban en Florencia.

SOFROSINA.- Esa es la otra cara de la medalla: el poder sacralizado puede ser el de una monarquía de derecho divino o el de un mesías liberador. Se ha visto en numerosos casos que los creyentes logran encontrar en sus Escrituras sagradas motivos para bendecir un régimen político o predicar la rebelión. 

LIN YUTANG.- Conozco bien la historia de mi país y puedo decirles que, en China, el pueblo osciló constantemente entre la sumisión y la insurrección frente a un poder sacralizado. Las revueltas campesinas de las Cejas Rojas pusieron fin al reinado del emperador Wang Mang acusado de haber perdido el “mandato del Cielo” para gobernar. Y el conjunto de levantamientos de los Turbantes Rojos influidos por el movimiento político-religioso del Loto Blanco -que predecía el inminente advenimiento del Rey de la Luz, el futuro Buda Maitreya-, precipitó la caída de la dinastía Yuan.

HASAN al-BANNA.- En 1928 fundé la Sociedad de los Hermanos Musulmanes que basó su oposición a las monarquías locales y al colonialismo europeo en una aplicación integral de los principios del Corán, el “islamismo”. 

GOLDA MEIER.- Tus Hermanos Musulmanes fueron los responsables en 1987 de la creación de Hamás, organización palestina yihadista que harta guerra nos da a los judíos.

HASAN al-BANNA.- Y la seguirá dando mientras algunos sionistas fanáticos crean que tienen derechos exclusivos sobre la “Tierra Prometida” por Yahvé a su “pueblo elegido”.

SIDDHARTA GAUTAMA.- Antes de que se enzarcen en una discusión de nunca acabar, señalo que, contra mis intenciones, se ha creado una religión budista cuya postura frente a los poderes establecidos también se ha movido entre la lealtad y la contestación. En Birmania, por ejemplo, donde casi toda la población es budista, algunos monjes apoyan el movimiento de oposición de Aung San Suu Kyi, mientras otros monjes son fieles a la junta militar en el poder.

GUSTAVO GUTIÉRREZ.- Eso mismo ha sucedido en el mundo cristiano. Muchos jerarcas eclesiásticos se han destacado como pilares del “orden establecido”. Pero también un buen número de cristianos se ha jugado la vida contra los gobernantes opresores del pueblo. Tal vez han oído hablar ustedes del movimiento de la Teología de la Liberación, del que me consideran una de sus “figuras”.[5]

“Afirmé que la religión es el suspiro de la criatura oprimida. Debí haber añadido que también puede ser su arma… y muy eficaz”, sostuvo el viejo Marx acariciando su poblada barba. “El problema -replicó Linguacuta- es que cuando la revolución se hace gobierno, los mesías también pueden convertirse en tiranos pues son puros los ideales, no los humanos”. Dijo, entonces, Sofrosina: “El poder de la espada y la espada del poder están envenenados de la empuñadura a la punta. Sacralizar el poder -por la causa que sea- no lo hace menos peligroso. Todo lo contrario. Lo pueden confirmar los combatientes en cuantas guerras ‘santas’ que en el mundo han sido”.[6]


[1]   “De Vicarios de Pedro a Vicarios de Cristo: poderosa autopromoción”, Diálogos de Ultratumba, 28 de diciembre, 2025.

[2]   “Y dicen que el fin no justifica los medios”, Diálogos de Ultratumba, 17 de marzo, 2024.

[3]           BOSSUET, Política extraída de las propias palabras de la Sagrada Escritura, libro tercero, artículos 1 y 2. Versión digital en, https://www.mercaba.es/ilustracion/politica_biblica_I_de_bossuet.pdf

[4]   Epístola a los romanos,13, 1-2 (versión de la Biblia de Jerusalén).

[5]   Rodolfo R. de Roux, Religión y Revolución. Nacimiento, auge y ocaso de la Teología de la liberación, https://www.youtube.com/watch?v=-kD4AC9_yrs

[6]   Rodolfo R. de Roux, “Santas y justas lides. La guerra y el dios cristiano en suelo americano”, en L’Ordinaire latino-americain, 194 (2003) 7-32. Disponible en, https://hal.science/halshs-00143303/

Rodolfo Ramón de Roux

Abril, 2026

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Me place compartirles que acaba de ser publicado el tomo 6 de los Diálogos de Ultratumba. Se encuentra disponible en la plataforma Amazon, donde puede adquirirse en forma impresa o digital.

Siguiendo la célebre imagen de Bernardo de Chartres, invito a subir sobre los hombros de algunos de esos gigantes que nos precedieron —para ver más lejos y con mayor claridad de lo que nos permitiría nuestra sola estatura. Los decorados cambian, pero las tragedias y comedias humanas se repiten incansablemente. Sería, pues, un desperdicio no aprovechar la sabiduría de otras épocas para pensar mejor la nuestra.

A través de veinte diálogos que atraviesan siglos y continentes, convoco a una galería de pensadores —de Séneca a Kahneman, de Tomás Moro a Napoleón, de San Pedro a Francisco— para explorar algunas trampas recurrentes de la condición humana: nuestra excelente aptitud para la coprofagia intelectual, la seducción de las utopías, la codicia erigida en virtud. La segunda mitad del libro explora la extraordinaria construcción del poder papal a lo largo de veinte siglos, tratando de comprender cómo una pequeña secta perseguida del siglo I ha llegado, hoy, a dirigir las conciencias de más de mil cuatrocientos millones de personas.

Rodolfo Ramón de Roux

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En este diálogo se revive la fuerza anticipatoria de la historia que tuvo el libro 1984 escrito por George Orwell como novela distópica y publicado en junio de 1949.

GEORGE ORWELL.- Observando el curso de los acontecimientos en el mundo, lo que escribí en mi novela “1984” no parece distopía sino realidad.

LINGUACUTA.- Cuando la publicaste en 1949, ya tres cuartas partes de ella no eran utopía negativa sino historia. 

G. ORWELL.- Tienes razón. Simplemente extrapolé lo vivido bajo el fascismo, el nazismo y el estalinismo con la opresora omnipresencia del “Big Brother”, el culto a su personalidad, la eliminación física de los opositores al Partido, la pedagogía del odio, el adoctrinamiento de niños y jóvenes, el “lavado de cerebro” de los adultos, la “reescritura” continua de la historia, la “policía del pensamiento”.

SOFROSINA.- Lo escalofriante de tu “1984” es que comprendiste que, a pesar de la derrota del “Eje”, la deriva totalitaria no había desaparecido y que podía incluso reaparecer en el llamado mundo democrático.

LINGUACUTA.- Viendo lo que pasa en los dominios de Xi Jinping, Vladimir, Donald Narcissus, y paro de contar para no cansarlos, no me cabe duda de que “aún es fecundo el vientre de dónde surgió la bestia inmunda”, como dijo Bertold Brecht.

G. ORWELL.- Las maravillas de la actual tecnología informática y de la IA permiten un control social a una escala impensable para los tiranos del siglo XX. Ya los humanos tienen a su disposición los medios necesarios para realizar la amenaza que anticipé: el mundo entero convertido en un inmenso Panóptico donde todos pueden ser observados y controlados. 

LINGUACUTA.- Y manipulados y engañados. En tu “1984” el Ministerio de la Paz promueve la guerra; el Ministerio del Amor tortura y asesina a cualquiera a quien considere una amenaza; el Ministerio de la Verdad miente y tergiversa los hechos de manera descarada.  

G. ORWELL.- “Quien controla el pasado controla el futuro. Quien controla el presente controla el pasado”, decía la consigna del Partido. A eso lo llamaban “control de la realidad” y, en nuevalengua, “doblepiensa”: mantener a la vez dos opiniones, sabiendo que son contradictorias y creer en ambas; creer que la democracia es imposible y que el Partido es el garante de la democracia; olvidar lo que hace falta olvidar y recordarlo cuando conviene; tener plena conciencia de que algo es verdad y al mismo tiempo contar al respecto mentiras o tergiversaciones desvergonzadas. 

LINGUACUTA.- Al “doblepiensa” lo llaman ahora en psicología social “disonancia cognitiva”.[1]

SOFROSINA.- Con el “doblepiensa” al servicio del Partido advertiste sobre el peligro que el concepto mismo de verdad objetiva desapareciera, y eso que todavía no conocías el poder del Internet, la IA o las redes sociales, donde cada quien exalta su realidad y su verdad “alternativas”.

G. ORWELL.- Me han informado que la administración Trump, con sus “hechos alternativos” –alternative facts-, ha contribuido a incrementar las ventas de “1984”.

HANNAH ARENDT.- Los ocupantes de la Casa Blanca y del Kremlin también han logrado que se hable más de mí. Hace más de medio siglo, en Verdad y mentira en política, señalé que “La verdad factual, si se opone al provecho o al placer de un determinado grupo, es recibida hoy con una hostilidad mayor que nunca”.

LINGUACUTA.- La hostilidad a la verdad factual sigue siendo “mayor que nunca”.  

H. ARENDT.- Los hechos dan forma a las opiniones, y la libertad de opinión es una farsa si no se garantiza la información objetiva y no se aceptan los hechos mismos.[2]

SOFROSINA.- Los que piensan que todo se reduce a discursos e interpretaciones, terminan estrellándose contra la realidad.

LINGUACUTA.- Cada quien es dueño de sus opiniones pero no de “sus” hechos. En honor a la verdad no se puede decir que Francia invadió a Alemania en 1939, que los judíos asesinaron a millones de alemanes en los campos de concentración, o que Ucrania invadió a Rusia en 2022.

SOFROSINA.-  El problema es que abundan los especialistas en el arte de reescribir la historia. 

G. ORWELL.- (Aludiendo a su libro Homenaje a Cataluña) En mi juventud ya me di cuenta de que los periódicos jamás informan correctamente sobre evento alguno, pero en España, durante la Guerra Civil vi, por primera vez, reportajes periodísticos que no guardaban la menor relación con los hechos, ni siquiera el tipo de relación con la realidad que se espera de las mentiras comunes y corrientes. 

SOFROSINA.- Te preocupaba que el concepto de verdad objetiva estaba desapareciendo y que, en la práctica, la mentira se podía volver verdad, eso queda claro en tus Diez ensayos sobre lenguaje, política y verdad, y en tu novela 1984.

G. ORWELL.- Así es. Más que las bombas, me atemorizaba la posibilidad de un mundo de pesadilla donde el líder máximo, o bien la camarilla dirigente, controlara no solo el futuro, sino incluso el pasado. Un mundo en el que si sobre tal o cual acontecimiento el líder dictamina que “jamás tuvo lugar”… pues bien: no tuvo lugar jamás. Si dice que “dos más dos son cinco”, así tendrá que ser. 

LINGUACUTA.- Con sus “realidades alternativas”, Trump y su equipo de gobierno han revitalizado esa posibilidad que tanto te atemorizaba.[3]

SOFROSINA.- Bienvenidos al mundo de la “posverdad”. El respetable Oxford English Dictionary la proclamó “palabra del año” en el 2016, y definió el concepto de posverdad como “relativo a aquellas circunstancias en las que apelar a las emociones y las creencias personales resulta más influyente para moldear la opinión pública que los hechos objetivos”. 

G. ORWELL.- Tener en cuenta la pluralidad de enfoques, los intereses personales o de grupo, las reacciones emocionales y la aprehensión subjetiva de la realidad no significa abolir el valor de la verdad. Al contrario, se trata de analizar todo ello para descifrar lo que encubren. 

SOFROSINA.- Los partidarios de la “realidad alternativa” y de la “posverdad”[4] repiten la fórmula de Nietzsche, “No hay hechos, sólo interpretaciones”. Sin embargo, el “No hay hechos, sólo interpretaciones” no suprime ni disuelve la verdad, simplemente afirma que los hechos brutos no significan nada. Hay que ordenarlos y sólo tienen sentido si se descifran e interpretan. 

LINGUACUTA.- Es en nombre de la verdad que se hace el esfuerzo de desenmascarar sus falsificaciones. Que no esté a nuestro alcance la Verdad absoluta no quiere decir que no podamos alcanzar verdades -con minúscula-, así sean limitadas y perfectibles.

SOFROSINA.- Los obsesos del poder siempre han mentido, pero la situación actual es nueva. No es que se acepten las mentiras: es que se ha extendido la idea de que nada puede ser mentira porque nada puede ser verdad. Si lo que digo no concuerda con la realidad, la culpa es de la realidad, no mía. No es una broma, aunque lo parezca. 

H. ARENDT.-  Ya lo advertí: “El sujeto ideal para el gobierno totalitario no es el nazi o el comunista convencido, sino la gente para quien la distinción entre hechos y ficción, entre verdadero y falso, ya no existe”.

LINGUACUTA.- Reivindico los objetivos de la Ilustración: liberarnos de la credulidad y del poder absoluto. Ambas sumisiones van juntas. 

MAQUIAVELO.-  Por supuesto que van juntas, gobernar es hacer creer.

LINGUACUTA.- Los mejores promeseros son los candidatos a gobernantes. Prometen, pero no prometen que cumplirán sus promesas. 

NAPOLEÓN.- El gobernante es un vendedor de esperanzas. 

SOFROSINA.- Y las vende emocionando a las masas con la teatralización de su poder. ¿Recuerdan la «fusión delirante» con el Führer en las grandes celebraciones nazis? 

LINGUACUTA.- El mismo delirio de masas se da en las actuales grandes celebraciones con la presencia del “Big Brother”, llámese Donald, Vladimir o Xi Jing Ping.

SOFROSINA.- Los manipuladores del poder saben que no solo somos racionales, sino previsiblemente irracionales, es decir, que nuestra irracionalidad se produce siempre del mismo modo, una y otra vez.

ALEXANDRE KOYRÉ.- Si, como animales pensantes, buscamos la intelección, como animales crédulos buscamos certezas. En cuanto a las masas -los invito a leer mis Réflexions sur le mensonge- ellas se guían, o más bien se dejan llevar, por el instinto, la pasión, los sentimientos y los resentimientos. No saben pensar. Ni querer. Sólo saben obedecer y creer.

LINGUACUTA.- Credere, obbedire, combattere, gritaban entusiasmados los fascistas italianos. Tal es el deber de las masas. Pensar está reservado al líder.

A. KOYRÉ.- Las masas se creen todo lo que les dicen. Siempre que se les diga con suficiente énfasis; siempre que se halaguen sus pasiones, sus odios y sus miedos. 

LINGUACUTA.- Como dijo un malpensante, cuando los hombres se hacen masa, los demagogos los hornean. 

SOFROSINA.- Y para hornear el cerebro de las masas los demagogos cuentan ahora con la más sofisticada tecnología.

LINGUACUTA.- Todos los totalitarismos han sabido que controlar la información que llega a los ciudadanos es una de las fuentes de su poder. Los sistemas de censura o de falsa información han sido universales. ¿Por qué tanta alarma ahora?

G. ORWELL.- Tal vez porque se es más consciente de los mecanismos de manipulación, porque se desconfía más del poder, porque los medios de comunicación difunden las fake news con más rapidez y porque se ve con preocupación que las mentiras se aceptan cada vez más como “realidades alternativas”.

SOFROSINA.- Por eso mismo hay que aprender -y es posible hacerlo- cómo no “tragar” cualquier idea, cómo hacer razonamientos formalmente correctos, cómo tener en cuenta diversas fuentes de información, cómo controlar los prejuicios y sesgos cognitivos, cómo no sacar conclusiones apresuradas, cómo elaborar proyectos sensatos y prever las consecuencias de nuestros actos… 

LINGUACUTA.- Conmovedor optimismo.

SOFROSINA.- Como me dijo Eduardo Galeano, “habrá que dejar el pesimismo para tiempos mejores, hoy más que nunca, es preciso soñar, la realidad no es un destino, es un desafío que nos invita a resistir…” 


[1]   Cf. “Fin del mundo y disonancia cognitiva”, Diálogos de Ultratumba, 25 de agosto de 2024.

[2]   Cf. “Mentira y verdad en política”, Exjesuitas en tertulia, 8 de enero de 2022.

[3] Cf. Peter BAKER, “Trump gobierna en una realidad alternativa. Y las mentiras son su motor”, The New York Times, 24 de febrero de 2025. En, https://www.nytimes.com/es/2025/02/24/espanol/estados-unidos/trump-realidad-alternativa-mentiras.html

[4]   Cf. https://es.wikipedia.org/wiki/Posverdad

Rodolfo Ramón de Roux

Marzo, 2026

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Mientras degustaba un “Delirium Trump” en el bar “Uncle Sam”, Theodore “Teddy” Roosevelt comentó: Me entusiasmé cuando Donald exclamó en su discurso de posesión que, durante su segundo mandato como presidente de los Estados Unidos, “América reclamará su legítimo lugar como la nación más grande, más poderosa y más respetada de la Tierra, inspirando el asombro y la admiración del mundo entero”. Pero me inquieta que sus políticas agresivas, inclusive con los tradicionales “aliados”, estén inspirando más desconfianza, incertidumbre  y animadversión que asombro y admiración.

WILLIAM MCKINLEY.- Pues a mí me gustó mucho el fotomontaje que divulgó Donald plantando nuestra gloriosa bandera en Groenlandia para tomar posesión de ella.

RONALD REAGAN.- Durante mi campaña presidencial en 1980 fui el primero en utilizar el eslogan “Let’s Make America Great Again”, pero eso no puede significar alienarse a los aliados. Me parece una provocación inoportuna  que Donald divulgue en su red “Truth Social” esa otra imagen que lo presenta en el Oval Office explicando a líderes europeos un mapa alterado donde Groenlandia, Canadá y Venezuela aparecen cubiertos por la bandera estadounidense. 

LINGUACUTA.- Recuérdenle a Donald Narcissus que cuando los dioses quieren destruir a alguien, primero lo enloquecen con la arrogancia y desmesura de la hibris.

SOFROSINA.- La mezcla de nacionalismo mesiánico y de narcisismo personal es explosiva. Por eso el cóctel que ustedes están bebiendo se llama “Delirium Trump”.

LINGUACUTA.- El problema no es solo Donald Narcissus sino también sus aúlicos y seguidores de quienes él es el Führer, el Duce, el Conducator, el Caudillo. El nacionalismo MAGA, como cualquier nacionalismo, es un narcisismo colectivo.[1]

SOFROSINA.- Narcisismo construido sobre una ficción identitaria que engendra amores y odios colectivos.

BENEDICT ANDERSON.-  Amores y odios que impulsan a actuar en nombre de una comunidad imaginada llamada Nación, como expuse ampliamente en mi libro Imagined Communities: Reflections on the Origin and Spread of Nationalism.

SOFROSINA.- Comunidad imaginada que se construye, entre otras cosas, a base de leyendas heroicas y creencias en fabulosos destinos. Como la creencia de que los Estados Unidos era una nación elegida por Dios y que, por designio divino, tenía el “destino manifiesto” de extenderse desde el Atlántico hasta el Pacífico, lo cual expuso por primera vez John L. O’Sullivan en 1845.

LINGUACUTA.- “Destino manifiesto” hecho de sudor y lágrimas: exterminio o deportación de la población amerindia, anexión de cerca del 55% del territorio mexicano, violencia de la “conquista del Oeste”.

SOFROSINA.- Y tú, McKinley, tan admirado por Donal Narcissus, continuaste la política del “destino manifiesto” anexionando Hawái y tomando el control de Filipinas, Guam, Cuba y Puerto Rico. Contigo, en nombre de nuevos intereses marítimos y comerciales, la expansión territorial se transformó en una política de influencia y adquisición en el extranjero, lo que supuso la entrada de Estados Unidos en el club de las potencias imperialistas mundiales. 

LINGUACUTA.-  Ese “destino manifiesto” llevó también a que, a principios del siglo XX, las fuerzas armadas estadounidenses intervinieran en México, Guatemala, Honduras, Nicaragua, Panamá, República Dominicana y Haití.  Pues, como declaró en 1912 el presidente William Taft: “El hemisferio todo nos pertenecerá, como de hecho, ya nos pertenece moralmente, por la virtud de la superioridad de nuestra raza”.

TEDDY ROOSEVELT.- “El hemisferio todo nos pertenecerá”, no otra cosa dice nuestro querido Trump. Para cumplir con nuestro destino manifiesto necesitamos recursos naturales, muchos, muchos. Económica y geopolíticamente América -me refiero a todo el hemisferio- es nuestro espacio vital, nuestro Lebensraum. ¡Heil, Donald!

HARRY TRUMAN.- Teddy, nuestro destino manifiesto es mundial, no se limita al continente americano. Por eso, después de la Primera Guerra Mundial, Woodrow Wilson afirmó que nuestro país tenía el privilegio de “respetar su destino y de salvar al mundo”. Cuando en 1942 entramos a la Segunda Guerra Mundial, tu tío Franklin Delano [qué nombre tan feo, exclama Linguacuta] se refirió al deber de los Estados Unidos, como patria de la libertad, de oponerse al fascismo. Y yo, en los años 1950, reafirmé el deber de los Estados Unidos de defender la libertad y la democracia frente a la amenaza soviética. 

RONALD REAGAN.- No olviden mi cruzada contra el “Imperio del mal” soviético.

GEORGE BUSH.- O la de mi hijo George W. contra el “Eje del mal”.


RONALD REAGAN.- ¡Venceremos! “In God we trust”, así lo proclaman nuestros dólares. 

LINGUACUTA.- A Dios rogando y con el dólar dando.

RONALD REAGAN.- Tus tonterías me resbalan. Hemos sido elegidos por Dios para ser un instrumento salvífico, ese es nuestro expansivo destino manifiesto. Como dijo Donald en su discurso de investidura el 20 de enero de 2025: “Perseguiremos nuestro destino manifiesto hacia las estrellas, lanzando astronautas estadounidenses para plantar la bandera de las barras y las estrellas en el planeta Marte”.[2]

TEDDY ROOSEVELT.- Ese día lloré de orgullo cuando Donald exclamó desafiante: “A partir de hoy, nuestro país florecerá y volverá a ser respetado en todo el mundo. Seremos la envidia de todas las naciones, y no permitiremos que se sigan aprovechando de nosotros. […] Nuestro poder detendrá todas las guerras y traerá un nuevo espíritu de unidad a un mundo que ha estado enfadado, violento y totalmente impredecible. […] No nos conquistarán, no nos intimidarán, no nos doblegarán y no fracasaremos. A partir de hoy, los Estados Unidos de América serán una nación libre, soberana e independiente.”

LINGUACUTA.- ¿Acaso no eran una nación libre, soberana e independiente? Por otra parte, prometer que “seremos la envidia de todas las naciones” y que “nuestro poder detendrá todas las guerras” no es solo delirio narcisista sino también un cuento de hadas. 

SOFROSINA.- Bien sabe Donald que todo pueblo se une alrededor de mentiras piadosas que lo ayudan a forjarse una imagen heroica o, por lo menos, aceptable de si mismo. No olvides que también es un experto en “verdades alternativas”.

LINGUACUTA.- Donald Narcissus, como cualquier otro, tiene derecho a su propias opiniones pero no a sus propios hechos. Con la realidad paralela de sus “verdades alternativas” va a terminar como el pastorcito mentiroso: cuando diga una verdad no le van a creer. El tiro le va a terminar saliendo por la culata.

SOFROSINA.- A Trump le quedan tan ricas las “verdades alternativas” que sus seguidores se las comen con gusto, pero van a volverse incapaces de apreciar la verdad sin más.

LINGUACUTA.-  En boca de un mentiroso, lo cierto se hace dudoso.

Tricky Dicky Nixon comenzaba a defender las “verdades alternativas” cuando apareció en la puerta del bar “Uncle Sam” el vate colombiano Rafael Pombo declamando su poema “Los filibusteros”:

Venid, venid, apóstoles de la sin par República
Con el hachón del bárbaro y el rifle del ladrón.
Venid hambrientos pájaros a entretejer con crímenes

El nido para el águila que precediendo vais;

Venid, infecto vómito de la extranjera crápula,

Con la misión beatífica de americanizar.

Entrad con el ropaje de inofensivos huéspedes

Llevando el rifle cómodo y el pérfido puñal.

En ese instante el impetuoso Teddy Roosevelt -que comprendía el castellano porque había estado echando bala en Cuba con sus “Rough Riders”- salió del bar, se lanzó como un Miura sobre el frágil Rafael…y atravesó su cuerpo glorioso sin romperlo ni mancharlo. Pombo lanzó una carcajada ultratúmbica y se esfumó dejando a los filibusteros viendo un chispero.


[1]   Diálogos de Ultratumba, “Make America Great Again”, 23 de febrero de 2025.

[2]          Diálogos de Ultratumba, “Narrativas geopolíticas, ¡cuántos cuentos!”, 16 de marzo de 2025.

Rodolfo Ramón de Roux

Febrero, 2026

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De la mano de Dante, que no cesaba de hacerle ojitos a Linguacuta, nuestras dos amigas llegaron al final de su periplo papal donde se encontraron con el dubitativo Pablo VI, el enérgico Juan Pablo II, el profesoral Benedicto XVI y el descomplicado Francisco, quien apenas se está adaptando a su nueva forma de vida. 

PABLO VI.- ¡Qué de cambios se nos vinieron encima en los años 1960! Tensiones geopolíticas de la Guerra Fría, construcción del muro de Berlín, crisis de los cohetes en Cuba, concilio Vaticano II, guerra de Vietnam, llegada a la Luna, contestación universitaria por todas partes, jipismo, proliferación de drogas “recreativas”, ola de feminismo, revolución sexual…

LINGUACUTA.- … y aprobación de la píldora anticonceptiva.

PABLO VI.- ¡Ni me la menciones! Cuántas amarguras me costó haber promulgado la encíclica Humanae vitae en el convulsionado 1968.

JUAN PABLO II.- Alabo que en ella hayas reafirmado que los únicos métodos lícitos de control de la natalidad son la abstinencia sexual total o periódica, con base en el cálculo del ciclo de la fecundidad femenina. 

SOFROSINA- (Dirigiéndose a Pablo VI) Tu llamada “encíclica de la píldora” generó una profunda crisis de autoridad del magisterio eclesiástico. Numerosos católicos la combatieron, o simplemente la ignoraron.

LINGUACUTA.- Y siguen ignorándola. 

PABLO VI.- Quedé tan afectado por la virulencia de las críticas a mis enseñanzas que no volví a publicar ni una encíclica más. 

JUAN PABLO II.- No te preocupes que yo escribí 14.

LINGUACUTA.- Denle gracias a la pérdida de los Estados Pontificios. Cuando ustedes dejaron de ser “señores temporales” les quedó tiempo para pontificar urbi et orbi escribiendo encíclicas.

BENEDICTO XVI.- Tu tonito me molesta, sin embargo, no te falta razón. En veinticuatro años, Pío VI publicó dos encíclicas; en veintitrés años, Pío VII publicó una. Pero Pío IX -con quien se perdieron los Estados Pontificios- publicó cuarenta y una encíclicas y su sucesor, León XIII, ochenta y cinco. ¡Qué plumas!

JUAN PABLO II.- Urgía dar orientaciones doctrinales a los fieles.

PABLO VI.- Y no solo a los fieles. Como “madre y maestra”[1], lo mismo que “experta en humanidad” – así lo proclamé solemnemente en la Naciones Unidas[2] – la Iglesia católica ejerce su magisterio dirigido a modelar “todo el hombre y todos los hombres”, de acuerdo con la consigna Instaurare omnia in Christo -instaurar todas las cosas en Cristo-.

SOFROSINA.- Querido Pablo, me parece que en una república las convicciones religiosas tienen su lugar: el de inquietar y cuestionar la política, pero no el de fundamentarla.

LINGUACUTA.- Reinyectarle sagrado a la política es acabar con la democracia porque lo sagrado, por definición, escapa a la discusión.

JUAN PABLO II.- Mal que las veo, muchachas. El mundo está tan confundido que los papas tenemos que dar pautas de comportamiento…

LINGUACUTA.- sobre todo lo divino y lo humano…

SOFROSINA.- …y con gran insistencia, en particular en cuestiones de matrimonio, familia, sexualidad y bioética.[3]

BENEDICTO XVI.- Esas pautas buscan orientar no sólo el actuar de los católicos, sino también el de la sociedad en general.

LINGUACUTA.- El problema es que temas de teología moral que antes eran objeto de debate y que se dejaban a la libre discusión académica -las llamadas questiones disputatae– se han terminado fijando desde lo alto, convirtiendo a los teólogos en simples defensores o comentadores de perentorias enseñanzas papales.[4]

SOFROSINA.- Y, en cuanto al real influjo de dichas enseñanzas, tengan en cuenta que en la “modernidad” que ustedes tanto detestan, la Iglesia ha perdido mucho de su poder de configuración, no solo de la sociedad en general sino también de las existencias privadas, incluso de los mismos católicos. 

LINGUACUTA.- Prácticas hasta hace poco mayoritariamente condenadas socialmente -como el divorcio, la libertad sexual, la homosexualidad, el aborto, la fecundación in vitro, el matrimonio entre parejas del mismo sexo, la transición de género, la eutanasia, el suicidio asistido- van entrando en el campo de lo legítimo, en nombre de la prevalencia de la libertad individual y de conciencia sobre la normatividad religiosa.

PABLO VI.- No hay mal que dure cien años. Nosotros sabemos darle tiempo al tiempo. 

FRANCISCO.- El mundo gira, yira, yira, ché.

BENEDICTO XVI.- (Serísimo) Pero la cruz permanece mientras el mundo gira: Stat crux dum volvitur orbis.

JUAN PABLO II.- En los años sesenta y setenta del siglo XX, los profetas de un mundo sin Dios estaban en boca de todos. Creían firmemente en la secularización universal de las costumbres, las ideas y la política. Escribían que el progreso de la razón científica y técnica conducía inevitablemente al abandono de la religión. Pero los mismos tuvieron que confesar más tarde que se estaba produciendo una “revancha de Dios”.[5]

BENEDICTO XVI.- Sin duda en Europa hemos perdido mucho peso, pero miren cómo crece la Iglesia católica en Asia y, sobre todo, en África.

LINGUACUTA.- También crece la competencia de las iglesias evangélicas y pentecostales. ¡Y en qué forma!

FRANCISCO.- Eso nos obligó a espabilarnos. Juan Pablo, para quien su parroquia era el mundo, utilizó hábilmente el desarrollo de las tecnologías del transporte y de la comunicación para reforzar  la figura y el magisterio universal del papa.

JUAN PABLO II.- Realicé un total de 104 viajes apostólicos fuera de Italia. Visité 129 países, lo cual me valió los sobrenombres de “el Papa Peregrino” y “el Papa viajero”. 

FRANCISCO.- No me quedé atrás. Hice 47 viajes fuera de Italia a 66 países distintos. 

JUAN PABLO II.- Tu ritmo viajero fue parecido al mío pues fui papa 27 años y tu sólo 12.

SOFROSINA.- Eso del papa “prisionero del Vaticano” quedó atrás.

JUAN PABLO II.- Qué gozo me daba ver esas inmensas multitudes congregadas en torno a mí.

LINGUACUTA.- Vanidosito ¿no?

JUAN PABLO II.- Humildad es verdad. Inventé las Jornadas Mundiales de la Juventud y en la de 1995 en Manila reuní a más de cuatro millones de jóvenes.

FRANCISCO.- Te superé veinte años después. También en Manila, alrededor de seis millones de personas participaron en la misa que celebré o siguieron el recorrido de mi “papamóvil” hacia Rizal Park, donde tuvo lugar la ceremonia.

SOFROSINA.- La personalidad arrolladora de ustedes dos acrecentó la macrocefalia papal que había tratado de corregir el concilio Vaticano II, que impulsó un gobierno colegial de la Iglesia.

FRANCISCO.- Traté de impulsar una sana descentralización del poder pontificio, pero es complicado reorientar un proceso de “romanización” de la Iglesia que se aceleró desde hace más de un siglo y medio.[6]

BENEDICTO XVI.- Centralización del poder que le ha dado al papado la posibilidad de emprender campañas planetarias y ha mostrado su capacidad para coordinar -y controlar- a los obispos, al clero y al laicado militante.

JUAN PABLO II.- No olvidemos que el Código de Derecho Canónico afirma claramente que el papa “es cabeza del colegio de los obispos, vicario de Cristo y pastor de la Iglesia universal en la tierra; el cual, por tanto, tiene, en virtud de su función, potestad ordinaria, que es suprema, plena, inmediata y universal en la Iglesia, y que puede siempre ejercer libremente”.[7]

SOFROSINA.- En otras palabras, todos los obispos y demás fieles, tanto a título individual como colectivo, están sometidos jerárquicamente al papa y le deben obediencia, no solo en lo que se refiere a la fe y las costumbres, sino también en todo lo que pertenece a la disciplina y al gobierno de la Iglesia universal.

LINGUACUTA.- Me pone la carne de gallina semejante pretensión de guía supremo.

BENEDICTO XVI.- No veo por qué te sorprendes si ya conocías las veintisiete proposiciones del Dictatus papae (marzo de 1075) y el Decreto de Graciano (hacia 1140) donde queda claro que en la Iglesia la persona del papa centraliza el poder jurídico, jurisdiccional, teológico y hermenéutico, y que este poder es de esencia divina.

SOFROSINA.- ¡Derecho canónico! Es una de las dos herramientas fundamentales que desde el siglo XII hasta nuestros días han utilizado ustedes para consolidar el poder pontificio.

LINGUACUTA.- ¿Cuál es la otra herramienta?

SOFROSINA.- La Curia romana, que se ha venido fortaleciendo desde el siglo XII. 

BENEDICTO XVI.- Bendito sea Dios, pues “En el ejercicio supremo, pleno e inmediato de su poder sobre toda la Iglesia, el Romano Pontífice se sirve de los dicasterios de la Curia Romana, que, en consecuencia, realizan su labor en su nombre y bajo su autoridad, para bien de las Iglesias y servicio de los sagrados pastores”, como enseña el Decreto Conciliar Christus Dominus en su numeral 9.

LINGUACUTA.- ¡Qué erudición!

BENEDICTO XVI.- Por algo fui prefecto del Dicasterio para la Doctrina de la Fe.

LINGUACUTA.- (Sotto voce) Así llaman ahora a la antigua y temida Sagrada Congregación de la Romana y Universal Inquisición. 

SOFROSINA.- Perdona mi franqueza, Benedicto, pero con la Curia romana la Iglesia terminó por asemejarse a un reino, cuyo soberano es el papa, rodeado de un personal administrativo especializado…

LINGUACUTA.- …en una corte donde se ostentan los signos y medios de la autoridad: tiara, anillo del Pescador, férula, zapatos rojos, palio, fanón, camauro, silla gestatoria, grandes abanicos ceremoniales hechos de plumas de avestruz blanca, ornamentos preciosos, suntuosos aposentos, proliferación de obras de arte, estandartes, pintorescos guardias suizos y numerosos aúlicos.

FRANCISCO.- Pero nos hemos modernizado: ya no usamos zapatillas rojas, camauro, fanón, tiara, silla gestatoria ni plumas de avestruz. En particular yo, traté de bajarle al boato.

LINGUACUTA.- Eran adaptaciones necesarias al “air du temps”. De vez en cuando es conveniente “aggiornarsi“, como diría Juan XXIII.

BENEDICTO XVI.- Sin embargo, en lo fundamental se impone la permanencia. Somos los guardianes e intérpretes supremos del Depositum fidei, es decir, del conjunto de la verdad revelada en las Sagradas Escrituras y en la Tradición. 

JUAN PABLO II.- No nos queda de otra; tenemos que ser fieles a nuestra sagrada misión: gobernar la Iglesia católica desde una centralidad única, la de la persona del papa, cuyo poder fue otorgado por la divinidad misma, se transmite por elección asistida por el Espíritu Santo y se impone según un derecho universal, el derecho canónico. 

SOFROSINA.- Ustedes han realizado un prodigio histórico: lograr que los fieles católicos crean que un hombre es vicario de Cristo, que es infalible cuando habla ex cathedra, y que hay que obedecerle a pie juntillas como fiel administrador para el bien humano de las larguezas del amor divino.

LINGUACUTA.- Al menos eso dicen.

Sofrosina y Linguacuta notaron que los cuatro ancianos daban señales de cansancio y se despidieron afablemente de ellos. Al alejarse los oyeron entonar el Magnificat y cantar con mucha devoción: “Él [Dios] derriba del trono a los poderosos y enaltece a los humildes”.[8]

¿Quién dijo que la disonancia cognitiva no funciona?


[1] Juan XXIII, Mater et Magistra,1961.

[2] Pablo VI, Alocución a los Representantes de los Estados (ONU), 4-X-1965.

[3]   Rodolfo R. de Roux, “Matrimonio, sexualidad y bioética en el magisterio pontificio: de Pío XI a Francisco. Breves consideraciones históricas sobre una enseñanza insistente y prolífica”, revista Pro-Posições 28 (3) • Sep-Dec 2017. https://www.academia.edu/37020004/Matrimonio_sexualidad_y_bioetica_en_el_magisterio_pontificio_De_Pio_XI_a_Francisco.

[4]   Pío XII afirma que las encíclicas papales, incluso cuando no son ex cathedra (es decir, que implican la “infalibilidad pontificia”), pueden poner fin a un debate teológico sobre una cuestión en particular: “Pues [las encíclicas] son enseñanzas del Magisterio ordinario, para las cuales valen también aquellas palabras: ‘El que a vosotros oye, a Mí me oye.’ (Lc 10, 16); y la mayor parte de las veces, lo que se propone e inculca en las Encíclicas pertenece ya -por otras razones- al patrimonio de la doctrina católica. Y si los Sumos Pontífices, en sus constituciones, de propósito pronuncian una sentencia en materia hasta aquí disputada, es evidente que, según la intención y voluntad de los mismos Pontífices, esa cuestión ya no se puede tener como de libre discusión entre los teólogos”. Encíclica Humani generis, n° 14.

[5]   Gilles KEPEL, La revanche de Dieu, 1991

[6] Rodolfo R. de Roux, “La romanización de la Iglesia católica en América latina: una estrategia de larga duración”, Pro-Posições 25 (1) • Abr 2014 • https://doi.org/10.1590/S0103-73072014000100003

[7] Código de Derecho canónico, Parte II, sección I, cap. I, art. 1, n° 330.

[8]   Lucas 1,52

Rodolfo Ramón de Roux

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Nos atrajeron las risas y aplausos de un grupo entusiasta que lo rodeaba. Al principio no logramos verlo por lo bajito y rollizo, pero pronto reconocimos su inconfundible persona que irradiaba bondad bajo un manto de campechana jovialidad: era Angelo Roncalli, quien un atardecer del 28 de octubre de 1958 sucedió como papa al elegante y solemne Pío XII tomando el nombre de Juan XXIII. 

A diferencia de sus antecesores, era descomplicado y cercano con la gente. Con su proverbial sentido del humor, al recordar sus orígenes campesinos solía decir que “hay tres maneras de perder el dinero en la vida: mujeres, apuestas y la agricultura. Mi padre eligió la más aburrida de las tres”. Cuando al ser elegido papa hubo de subir por primera vez a la “silla gestatoria” bromeó con su gordura: “¿No se hundirá esto con tanto peso?”.

Su bondad y sencillez le ganaron el apelativo de “il Papa buono” y mostraron otra posible manera de ejercer el cargo, pues era capaz de autoderrisión y de tomar distancia con su propio rol. En cierta ocasión un niño le dijo que de mayor quería ser o policía o papa. Juan XXIII le dijo: “Si yo fuera tú, me metería a policía. Pueden nombrar papa a cualquiera, ¡mírame a mí!”. Otra vez en que le preguntaron cuánta gente trabajaba en el Vaticano, respondió con toda naturalidad: “Más o menos la mitad. Y a un capitán de la Gendarmería Pontificia que se le arrojó a los pies, le dijo: “Pero levántese, hombre. Usted es un capitán y yo sólo un sargento”. Sabido era que Angelo Roncalli había sido sargento sanitario en la Primera Guerra Mundial. 

Con afabilidad sabía “bajarse de su pedestal” y poner cómodos a sus interlocutores. Una vez salió del Vaticano, a solas, para dirigirse al cercano hospital del Espíritu Santo y visitar con discreción a un amigo sacerdote enfermo. Al llamar a la puerta, le abrió la hermana portera, que corrió a llamar a la madre superiora. La religiosa, muy emocionada, le dijo: “Santo Padre, soy la madre superiora del Espíritu Santo”. El papa le respondió: “¡Qué carrera ha hecho usted, madre! ¡Yo solo soy el siervo de los siervos de Dios!”. En otra ocasión, cuando unas religiosas se le presentaron como las “Hermanas de san José”, les dijo: “Caramba, qué bien se conservan con dos mil años de edad”.

Un día, tras una amistosa reunión con el Gran Rabino de Roma, Juan XXIII lo acompañó hasta la salida de la sala de audiencias. Se planteó entonces un pequeño problema protocolar: el Gran Rabino insistía en que el papa saliera primero. El papa, por el contrario, indicaba cortésmente que cedía la prioridad. Como, a su vez, el Gran Rabino insistía en ceder el primer paso, Juan XXIII sentenció con humor:¡Que pase primero el Antiguo Testamento!

Su pontificado fue breve. Como le dijo a unos paisanos que le visitaban: “Quien llega a papa a los setenta y ocho años no tiene un gran porvenir”. No se equivocó: duró en el cargo cuatro años y siete meses. Sin embargo, en tan corto tiempo dejó profunda huella, sobre todo con la inesperada convocatoria del Concilio Vaticano II, con el que quiso abrir las ventanas de la Iglesia para que circulara en ella aire fresco. Por eso mismo no quiso presidir las sesiones del Concilio: para que los asistentes a él pudieran sentirse libres en sus debates y deliberaciones. Para Roncalli no se trataba con el Concilio de condenar a nadie ni de ponerse a la defensiva frente a los “errores” del mundo moderno sino de dialogar con él y su cultura pues, como dijo en una audiencia con gente sencilla: “¿Qué es la Iglesia? La Iglesia es como una fuente en la plaza del pueblo, para que todo el mundo que lo desee pueda encontrar agua fresca”. 

Con Juan XXIII no pudimos conversar sino muy poco porque el grupo con el que estaba cantando y bromeando no quería dejarlo ir. Después de mucho rogar nos lo “prestaron” por unos minutos en los que nos dijo lo siguiente:

JUAN XXIII.- Con los nubarrones y tormentas que hay ahora en la Tierra muchos viven con cara de entierro. Es precisamente en el mal tiempo cuando hay que poner buena cara.

LINGUACUTA.- Fácil es decirlo viendo los toros desde la barrera.

JUAN XXIII.- Como sargento sanitario me tocó ver desde el ruedo, no desde la barrera, las atrocidades de la Primera Guerra Mundial. Y también las de la Segunda, como diplomático del Vaticano en Turquía y Grecia entre 1934 y 1944. 

SOFROSINA.- Sé que en ese momento catastrófico ayudaste a muchos judíos.

JUAN XXIII.- Arriesgué mi posición y seguridad personal para conseguir visas de tránsito para miles de turcos, y firmé miles de certificados de falsos bautismos y certificados de inmigración que permitieron escapar a Palestina a judíos húngaros perseguidos por los nazis. También ayudé a judíos de Francia, Eslovaquia, Croacia, Bulgaria, Rumanía e Italia. 

LINGUACUTA.- Diversos testimonios, entre otros, declaraciones de testigos durante el juicio de Núremberg, señalan la valiosa ayuda que prestaste para salvar decenas de miles de vidas.[1]

JUAN XXIII.- Todo eso fue poco ante la magnitud del Holocausto y ante la deuda histórica que tenemos con el pueblo judío. 

SOFROSINA.- Recuerdo la confesión escrita que hiciste antes de morir, en la que dices: “Perdónanos la maldición que injustamente hicimos caer sobre el nombre de los judíos; perdónanos porque al maldecirlos a ellos te hemos crucificado por segunda vez, porque no sabíamos lo que hacíamos”. 

JUAN XXIII.- También obré en vida por un respetuoso diálogo con todas las religiones no católicas. Y, como Nuncio en París entre 1944 y 1953, pulí mi capacidad para tratar con respeto a todos los que no piensan como yo, incluidos los ateos. 

SOFROSINA.- Se atrapan más moscas con miel que con hiel.

JUAN XXIII.- Así es. En cierta ocasión me invitaron a hablar sobre Édouard Herriot, jefe del Gobierno francés en tres ocasiones durante la Tercera República y radical anticlerical. “Sólo disentimos en política, lo cual, es bien poca cosa, ¿no le parece?”, respondí. En otra oportunidad me encontré con Maurice Tohrez, secretario general del Partido comunista francés y le dije: “Aunque le pese, pertenecemos al mismo partido”. Me preguntó sorprendido: “¿Y qué partido es ése?”. “El de los gordos, le dije. Ambos sonreímos.

LINGUACUTA.- Debía ser agradable la vida como Nuncio.

JUAN XXIII.- (En tono burlón) Muchacha, como dije una vez cuando era nuncio: “Saben, es difícil ser un nuncio papal. Me invitan a todas las fiestas diplomáticas donde la gente está de pie, con un plato de canapés intentando no parecer aburridos. Entonces, entra una mujer voluptuosa con un escote y todo el mundo se da la vuelta. Y me miran a mí”.

Dicho esto, Juan XXIII regresó al alegre grupo que ya reclamaba su presencia. Antes de partir sacó de su sotana blanca una pequeña tarjeta y nos la dio diciendo: “Les dejo mi Decálogo de la serenidad. Yo sé que en Ultratumba no se necesita, pero se lo pueden enviar a algunos amigos y amigas en la convulsionada Tierra. De pronto les sirve”. Nos sentamos a la sombra de una nubecilla y leímos el Decálogo, que es una magnífica lección de “carpe diem”. Dice así:

1. Solo por hoy trataré de vivir exclusivamente al día, sin querer resolver los problemas de mi vida todos de una vez.

2. Solo por hoy tendré el máximo cuidado de mi aspecto: cortés en mis maneras, no criticaré a nadie y no pretenderé controlar o disciplinar a nadie, sino a mí mismo. 

3. Solo por hoy seré feliz en la certeza de que he sido creado para la felicidad, no solo en el otro mundo, sino en este también. 

4. Solo por hoy me adaptaré a las circunstancias, sin pretender que las circunstancias se adapten todas a mis deseos. 

5. Solo por hoy dedicaré diez minutos a una buena lectura; recordando que, como el alimento es necesario para la vida del cuerpo, así la buena lectura es necesaria para la vida del alma. 

6. Solo por hoy haré una buena acción y no lo diré a nadie. 

7. Solo por hoy haré por lo menos una cosa que no deseo hacer; y si me sintiera ofendido en mis sentimientos, procuraré que nadie se entere. 

8. Solo por hoy me haré un programa detallado. Quizá no lo cumpliré cabalmente, pero lo redactaré. Y me guardaré de dos calamidades: la prisa y la indecisión. 

9. Solo por hoy creeré firmemente, aunque las circunstancias demuestren lo contrario, que la buena Providencia de Dios se ocupa de mí, como si nadie más existiera en el mundo. 

10. Solo por hoy no tendré temores. De manera particular no me defenderé de gozar de lo que es bello y de creer en la bondad.


[1]   Mariano Andrade, “Juan XXIII fue el mejor papa para los judíos, dice creador de la Fundación Wallenberg, AFP, 27 abril 2014. Online.

Rodolfo Ramón de Roux

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La Revolución francesa de 1789, heredera de la revolución cultural de la Ilustración, llegó como un huracán dispuesto a barrer con el “Antiguo Régimen” monárquico del que la Iglesia católica era uno de los pilares. Del brazo de Napoleón Bonaparte, Sofrosina y Linguacuta fueron al encuentro de los tres “Píos” -VI, VII y IX- a quienes les tocó vivir de manera intensa el momento revolucionario liberal del siglo XIX.

NAPOLEÓN.- (Levantando el mentón, y metiendo la barriga) En 1796, las tropas bajo mi mando invadieron Italia, marcharon sobre los Estados Pontificios, derrotaron al ejército papal y obligaron al aquí presente Pío VI a pedir la paz. 

PÍO VI.- (Acongojado) Según lo establecido en el Tratado de Tolentino de 1797, tuve que autorizar la ocupación de Bolonia y Rávena por parte de los franceses, garantizarles el libre acceso a todos los puertos pontificios y pagarles una cuantiosa indemnización. 

NAPOLEÓN.- (Acariciando la empuñadura de su espada) No obstante, al año siguiente estalló un tumulto en Roma durante el cual murió uno de mis generales. Entonces mis tropas ocuparon la ciudad y proclamaron la constitución de la República Romana.

PÍO VI.- Te he perdonado ese atropello, pero no olvido que por negarme a renunciar a la autoridad suprema sobre los Estados Pontificios me recluiste en un monasterio a las afueras de Florencia. Sin embargo, mi Dios es grande y poco después la situación en el centro de Italia se complicó para tus tropas.

NAPOLEÓN.- (Sarcástico) También se complicó para ti pues te llevamos prisionero a Francia.

PÍO VI.- (Indignado) Ese viaje atravesando los Alpes fue un horror: tenía 82 años y estaba muy enfermo. El 29 de agosto de 1799 -tan solo seis semanas después de llegar penosamente a Valence- exhalé allí mi último suspiro. Se me negó un entierro cristiano y el prefecto de la ciudad inscribió en el registro de defunciones: “Falleció el ciudadano Braschi, que ejercía profesión de pontífice”. En Ultratumba me enteré de que muchos periódicos y gacetas de Europa sentenciaron al papado titulando: “Murió Pío VI y último”. 

SOFROSINA.- Subestimaron el hecho de que – como escribió tu paisano Benedetto Croce – “la vieja fe era un modo, tan mitológico como se quiera, de mitigar y aplacar sufrimientos y dolores, de resolver el angustioso problema de la vida y la muerte.” 

LINGUACUTA.- Subestimaron, igualmente, la extraordinaria resistencia del papado que ha mostrado gran aptitud para asimilar golpes e imaginar respuestas gracias a una larga experiencia histórica, una sólida organización institucional y una proverbial capacidad de espera que le permite hacer planes de larga duración.

PÍO VI.- Para desesperación de los gobernantes impíos nosotros sabemos esperar porque tenemos la certeza de que nuestros enemigos no ganarán, ¡Non praevalebunt! ¿Lo oíste, Bonaparte? ¿Lo oíste?

NAPOLEÓN.- No soy bobo, Braschi. Sé que hay que tener cuidado con el poder religioso. Te lo puede confirmar Pío VII, con quien firmé en 1801 un Concordato para calmar el conflicto con la Iglesia…y obtener legitimación después de haberme autoproclamado como “Primer cónsul”. 

LINGUACUTA.- Tuviste muy en cuenta que con las bayonetas se puede hacer cualquier cosa menos sentarse sobre ellas.

SOFROSINA.- (Dirigiéndose a Napoleón) Eso lo entendió bien Simón Bolívar, uno de tus grandes admiradores, cuando sentenció que la unión del incensario con la espada de la ley es la verdadera arca de la alianza.

PÍO VII.- Yo comprendí, igualmente, que era mejor llegar a un acuerdo entre la espada y el incensario. En ese “toma y daca” que es un concordato, la Iglesia también obtuvo ciertos beneficios con la declaración de que el catolicismo era “la religión de la gran mayoría de los franceses”…

NAPOLEÓN.-  … pero no la religión oficial del Estado. 

PÍO VII.- Traté de mantener unas relaciones apaciguadas contigo, pero abusaste de mi ingenuidad. Cuando en 1804 me convocaste a tu coronación imperial en la catedral de Notre-Dame, humillaste la dignidad pontificia colocándote tú mismo la corona.

NAPOLEÓN.- (En tono despectivo) ¿Acaso Roma no era sino un satélite en el firmamento de mi Imperio?

PÍO VI.- (Sonriendo maliciosamente) Ya ves en qué quedó tu efímero imperio. En cambio, el papado sigue tan campante. 

NAPOLEÓN.-  Aunque te sientas muy contento de haber recuperado en 1815 los territorios de los Estados Pontificios -menos Aviñón-, lo que en aquel momento pareció un gran triunfo del papado lo puso en rumbo de colisión con los patriotas italianos que, en 1870, terminaron definitivamente con los Estados Pontificios y convirtieron a Roma en capital del nuevo Reino de Italia.

PÍO IX.- Ese no es motivo para que nos mires por encima de tus raídas charreteras, tú, que terminaste miserablemente tus días como prisionero de los ingleses en una remota islita.

LINGUACUTA.- (Guiñándole un ojo a Napoleón) Para volverse una leyenda primero hay que naufragar en las marejadas de la Historia (Napoleón sonríe).

NAPOLEÓN.- (Sacando pecho) Los voy a hacer sufrir mostrándoles imágenes del apoteósico entierro que me hicieron en París.

PÍO IX.- (Ajustándose la mitra mientras los otros dos “píos” acarician sus ínfulas papales) Veo bien de qué pie cojeas, ¡eres un redomado vanidoso! 

NAPOLEÓN.- Un burro diciéndole a otro, ¡orejón!

LINGUACUTA.- (Sotto voce) Dizque con el tiempo se debilita la preocupación por las apariencias. Puro cuento.

SOFROSINA.- Cálmense y sigamos conversando sobre el papado en aquella época tormentosa.

LINGUACUTA.- ¿Cuál no ha sido?

NAPOLEÓN.- Cuando perdí la partida, Europa quedó bajo el control de una “Santa Alianza” monárquica y el papado esperó poder volver al mundo anterior a la Revolución.

LINGUACUTA.- Vana ilusión. Las ideas de libertad de conciencia y de autonomía de la sociedad frente a la religión ya se habían arraigado. 

SOFROSINA.- Además, la revolución industrial ya estaba cambiando aún más profundamente que la política los cimientos del catolicismo.

PÍO IX.- Me enorgullezco de haberme opuesto frontalmente a ese mundo “moderno” y a su liberalismo religioso, filosófico, moral, jurídico y político.

SOFROSINA.-Imposible olvidar ese bombazo doctrinal del Syllabus que lanzaste en 1864 contra “todos los errores del mundo moderno”.

PÍO IX.- Pensar que al principio de mi pontificado creyeron que simpatizaba con los liberales.

LINGUACUTA.- Quien piensa que conoce bien a una persona, tiene razón…¡piensa!

PÍO IX.- Entre las ochenta afirmaciones condenadas en mi Syllabus, desató las pasiones el anatema final contra la proposición de que «El pontífice romano puede y debe reconciliarse y transigir con el progreso, el liberalismo y la civilización moderna». 

LINGUACUTA.- Con esa condenación consagraste un catolicismo de rechazo. 

SOFROSINA.- Como si la Iglesia fuera una fortaleza asediada, reagrupaste las fuerzas católicas en torno a la autoridad y la persona del «vicario de Cristo».[1]

LINGUACUTA.- Y reafirmaste la autoridad pontificia con el dogma de la infalibilidad papal.

SOFROSINA.- Proclamado a instancias tuyas por el Concilio Vaticano I, dos meses antes de que perdieras definitivamente los Estados Pontificios, el 20 de septiembre de 1870. 

PÍO IX.- A partir de ese día me encerré en el palacio del Vaticano y me declaré “prisionero”. Sentí como si me hubieran clavado un puñal en mi corazón de pastor universal y me reafirmé en mi intransigencia antiliberal.

SOFROSINA.- De eso conversamos hace poco cuando nos contaste que un grupo de liberales masónicos quiso tirar tu cadáver al río Tíber.[2]

LINGUACUTA.- Tal vez quisieron comprobar si la barca de Pedro hacía agua.

PÍO IX.- Pues se quedaron viendo un chispero: en esa segunda mitad del siglo XIX surgieron nuevas congregaciones religiosas, se reanudó vigorosamente el trabajo misionero y el catolicismo experimentó un movimiento de renovación y fervor. 

SOFROSINA.- Fervor que fomentaste al proclamar en 1854 el dogma de la Inmaculada Concepción de la Virgen.

PÍO IX.- Dogma que complementó Pío XII proclamando en 1950 el dogma de la Asunción de María. No olviden que durante mi pontificado también se difundió la devoción al Sagrado Corazón de Jesús.

LINGUACUTA.- La cual expresaba muy bien la visión de la Iglesia como fortaleza asediada: Jesús era “el prisionero del Sagrario”, y sus devotos debían refugiarse a sus pies para reparar los pecados cometidos por los enemigos de la Iglesia.

SOFROSINA.- Por otra parte, el pensamiento católico tradicionalista se convirtió en la corriente predominante dentro de la Iglesia e interpretó la Historia como si estuviera controlada por “los poderes del mal”. 

LINGUACUTA.- Se acentuó una visión maniquea del mundo según la cual, por un lado, estaban los enemigos de Dios y de la Iglesia, y por el otro lado estaban los buenos católicos, que debían unirse alrededor del papa en una actitud clara y decididamente antiliberal.

PÍO IX.- (Enfáticamente) ¡Eso era lo que se necesitaba y lo que promoví! Después de que me autodeclarara prisionero creció mi popularidad entre los católicos de todo el mundo. Mi pontificado marcó el inicio de una característica típica de los católicos que continúa hasta el día de hoy.

LINGUACUTA.- ¿A qué te refieres?

PÍO IX.- A un sentido de relación personal con quien ocupa la sede de Pedro, lo que implica la obligación de ser fiel a su persona.

SOFROSINA.- Muchos hasta veneran cada uno de sus gestos y palabras. 

PÍO IX.- ¡Qué belleza! 

LINGUACUTA.- Ojo con la papolatría.

Pío IX no alcanzó a responderle a Linguacuta pues vió que Pío VI estaba a punto de desmayarse al divisar que se acercaba Lorenzo Ricci, último Superior general de la primera Compañía de Jesús a quien Clemente XIV encerró injustamente en el castillo de Sant’Angelo. 

Ricci murió, viejo y enfermo, como prisionero del papa Pío VI, quien posiblemente lo hubiera liberado. Posiblemente, eso dicen. En tono burlón exclamó Napoleón: “Ciudadano Braschi, Dios no castiga ni con palo ni con rejo sino con el propio pellejo”. “A veces pagan justos por pecadores, ese fue mi caso”, replicó Pío VI recordando su triste final en Valence como prisionero de los revolucionarios franceses. 

El “duro” de Pío IX se sulfuró al oír lo que dijo Bonaparte y los ánimos empezaron a caldearse. Nuestras dos amigas se esfumaron antes de que todo pasara a mayores.


[1]   Se trata de un particular proceso de “romanización” de la Iglesia católica que ha continuado hasta nuestros días. Para sus características en Latinoamérica, ver, Rodolfo de Roux, “La romanización de la Iglesia católica en América Latina: una estrategia de larga duración”, Pro-Posições 25 (1) Abril 2014, https://doi.org/10.1590/S0103-73072014000100003

[2]   “¡Arrojen el cadáver del papa al Tíber!”, Diálogos de Ultratumba, 20 de julio de 2025

Rodolfo Ramón de Roux

Enero, 2026

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Salió de entre las nubes el bardo mexicano José Alfredo Jiménez. Qué bien se veía con su sombrero de charro, las espuelas de plata, las cananas al hombro y las pistolas al cinto. Con su gran chorro de voz iba cantando: “tengo dinero en el mundo/dinero maldito que nada vale”. Al oírlo, Linguacuta comentó: ¿”que nada vale”? Eso solo puede decirlo quien ya tiene mucha plata. 

“El problema es que nunca es suficiente para quien ya tiene demasiado. Aconsejan no afanarnos por aumentar los bienes sino por disminuir la codicia, pero estamos dispuestos a adorar un becerro con tal de que sea de oro”, replicó Sofrosina. El sabio Chuang Tse añadió: “La visión muy aguda desgasta los ojos; la audición muy fina desgasta los oídos; la ambición desmedida desgasta el espíritu”.

SOFROSINA.- No sólo desgasta el espíritu: la codicia causa mucha muerte prematura, como le pasó a Romero.

CHUANG TSE.- ¿Cuál Romero?

SOFROSINA.- Uno del que dicen, “perdió su salud buscando dinero, perdió su dinero buscando salud. Y ya sin salud, y ya sin dinero, allá va Romero en un ataúd”.

SÉNECA.- Bien merecido lo tuvo el tal Romero pues la codicia está del lado de la hibris, es decir, de la arrogancia, la insolencia, la soberbia.  

SOFROSINA.- Con codicia el dinero no nos pertenece, le pertenecemos: la riqueza deja, entonces, de ser instrumento de libertad para convertirse en instrumento de servidumbre.  

LINGUACUTA.- Instrumento de servidumbre también para los demás: el becerro de oro clava inmisericordemente sus pezuñas en las carnes de los desvalidos.

CHUANG TSE.- La codicia también ha matado no pocas amistades.  

STEVE JOBS.- Hazte rico…los falsos amigos se te darán por añadidura.

SOFROSINA.-  No esperes que te digan la verdad los que quieren prosperar con tu riqueza.

LINGUACUTA.- Cuando el dinero habla, la verdad calla: “con dinero, aunque borrico, ¡qué inteligente es el chico!”.

José Alfredo seguía cantando “dinero maldito que nada vale”. Linguacuta murmuró: tal vez el “dinero maldito” sea “estiércol del demonio”, pero también puede ser buen abono, siempre y cuando no se lo confunda con la cosecha. Por eso muchas religiones -pasadas o presentes- poseen sus divinidades de la riqueza. 

– ¡Muchacha, parece que hubieras leído mi Historia de las creencias y las ideas religiosas! -, dijo el erudito Mircea Eliade.

LINGUACUTA.- ¿Quién no ha oído hablar de la diosa romana Fortuna? ¿O de Pluto, dios griego de la riqueza?

MIRCEA ELIADE.- Pero tal vez no sepas que, en el hinduismo, Lakshmi, esposa de Visnú, es la diosa de la prosperidad y de la riqueza. Asimismo, en el panteón de las divinidades chinas, Cai Shen, dios de la riqueza, continúa siendo muy popular.

LINGUACUTA.- Estas divinidades parecen decirnos que, si el dinero no es la felicidad, al menos contribuye a ella. 

SOFROSINA.- Lo cual no ha impedido que en diferentes tradiciones religiosas prospere la idea de una riqueza espiritual ligada al abandono de los bienes materiales.

MIRCEA ELIADE.- En la India, aunque la religión védica no glorificaba la pobreza, aparecieron en su seno los sadhu, ascetas que siguen el camino de la penitencia y la austeridad para obtener la iluminación y la felicidad. En el budismo surgió el ideal de la vida monástica: no poseer nada se convirtió en la forma más segura de no desear nada y, por lo tanto, de evitar insatisfacción y sufrimiento. También en el cristianismo existe desde muy temprano la tradición monástica con sus votos de castidad, obediencia y pobreza.

LINGUACUTA.- Volviendo al tema de la riqueza material, desde los comienzos de su historia el pueblo hebreo consideraba la prosperidad como un signo del favor divino y una característica de la Tierra Prometida, “donde fluye leche y miel”.[1]

MIRCEA ELIADE.- Pero no hay que olvidar que ese favor divino de la riqueza va acompañado de una exigencia de justicia social, que pasa por el respeto de los derechos de los pobres, la prohibición de los préstamos con intereses[2] e incluso la moratoria de las deudas, en principio cada siete años, durante el año sabático.[3]

SOFROSINA.- Y si uno escucha a los profetas del Antiguo Testamento, se topa con una dura crítica al enriquecimiento excesivo y una advertencia contra la búsqueda del lucro, pues, como dice el Qohelet, “quien ama el dinero, de dinero no se sacia. Quien ama las riquezas nunca tiene suficiente”.[4]

MIRCEA ELIADE.- El cristianismo marcará una radicalización de esta desconfianza hacia el dinero. Desde hace dos mil años los fieles cristianos oyen que Jesús dijo: “ustedes no pueden servir a Dios y al Dinero”[5] o “Si quieres ser perfecto, vete, vende lo que tienes y dáselo a los pobres, y tendrás un tesoro en los cielos; luego ven y sígueme”.[6]

SOFROSINA.- Y, a renglón seguido, Jesús dice: “Se los repito, es más fácil que un camello entre por el ojo de una aguja, que el que un rico entre en el Reino de los Cielos”.[7]

LINGUACUTA.- ¡Rápidamente el ojo de la aguja se agrandó lo suficiente! Bromas aparte, las enseñanzas de Jesús sobre el dinero no son siempre tan tajantes. Según el Evangelio de Lucas -“palabra de Dios”-, Jesús dijo a sus discípulos: “Con las riquezas injustas gánense amigos para que, cuando estas lleguen a faltar, ellos les reciban en las moradas eternas”.[8]El problema no es, pues, la riqueza, sino el mal uso de ella.

MIRCEA ELIADE.- Me parece que la historia del rico Zaqueo -contada también por Lucas[9]– muestra una posición de Jesús que ha tenido más seguidores que la del “ojo de la aguja”. En resumen, el rico Zaqueo da a los pobres la mitad de sus bienes y guarda la otra mitad para sí y para sus hijos.

SOFROSINA.- Enseñanza: conservar lo necesario y distribuir lo superfluo. Difícil, pero menos drástico que lo del ojo de la aguja.

MIRCEA ELIADE.- Así como la posesión exclusiva genera una adicción tóxica con el dinero, el reparto de los bienes -aunque sean mal adquiridos, como en el caso de Zaqueo- conlleva una conversión del poseedor y le abre el camino de la salvación.

LINGUACUTA.- Cuando pienso en este tema de las enseñanzas de Jesús sobre el dinero, tengo la impresión de que cristianos, lo que se dice, verdaderos cristianos, ha habido muy pocos.

MIRCEA ELIADE.- Y eso que no hemos hablado del “amen a sus enemigos, hagan el bien a  quienes los odian; bendigan a quienes los maldicen, y oren por quienes los maltraten. Al que te hiera en una mejilla, preséntale también la otra; y al que te quite el manto, no le niegues la túnica. Da a todo el que te pida, y al que tome lo tuyo, no se lo reclames”.[10]

SOFROSINA.- Mucho autodenominado “cristiano” es, en realidad, un simple simpatizante de Jesús.

LINGUACUTA.- Pero no pongas esa cara, Sofro. Te voy a sacar una sonrisa con esta historia: Un hombre tenía tres hijos. El mayor se hizo dominico, el segundo franciscano y el menor, jesuita. En su lecho de muerte el padre les dijo:

– Yo sé que ustedes tres han hecho voto de pobreza. Pero, en señal del afecto que me tienen, quiero que cada uno deposite cien dólares dentro de mi ataúd cuando me entierren.

El día del entierro el dominico colocó cien dólares dentro del ataúd y dijo:

– Papá, yo sé que no puedes llevarte este dinero al más allá y que lo estoy despilfarrando. Sin embargo, mis superiores me han dado un permiso especial para hacerlo, como signo de mi afecto por ti.

En seguida el franciscano se acercó al ataúd y dijo:

– Papá, tú sabes que te amo. Pero las necesidades de los pobres son tan grandes que, en conciencia, no puedo enterrar cien dólares contigo. Ahora que ya estás en el Cielo lo entenderás perfectamente. Por favor, perdóname.

– El jesuita se acercó al ataúd y le dijo a su hermano franciscano:

– No te preocupes que voy a pagar tu parte. 

Entonces cogió el billete de 100 que había dejado el hermano mayor en el ataúd y puso un cheque por 300 dólares.

Colorín, colorado, esto no se ha terminado. Nos queda por entender por qué los Papas tienen poder,

Rodolfo R. de Roux

Diciembre, 2025


[1]   Éxodo, 3,8.

[2]   Éxodo, 22,25.

[3]   Deuteronomio 15,1

[4]   Qohelet, 5,9.

[5]   Mateo 6, 24

[6]   Mateo 19, 21

[7]   Mateo 19,24

[8]   Lucas 16,9

[9]   Lucas 19,1-10

[10] Lucas 6, 27-30


[1]   José Alfredo Jiménez, canción “La que se fue“.

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El largo proceso de exploración del Atlántico Sur llevado a cabo por portugueses y españoles durante el siglo XV abrió una nueva época de la historia universal: la de la expansión europea por los otros continentes. 

Cuando en 1492 Colón empezó a tomar posesión de territorios en nombre de la Corona de Castilla, se agudizó un enfrentamiento entre ésta y Portugal. Los Reyes Católicos recurrieron a la autoridad del papa como “dominus orbis” para que trazara una línea de demarcación que legitimara la conquista y colonización de ese “Nuevo Mundo” que terminará por llamarse América.

Isabel de Castillla y Fernando de Aragón aprovecharon que en el trono pontificio se hallaba alguien a quien ellos habían ayudado a elegir: el aragonés Rodrigo Borja, que tomó el nombre de Alejandro VI. Sofrosina y Linguacuta tuvieron con él un distensionado diálogo en el ultratúmbico “Jardín de las delicias”, al que el voluptuoso y rollizo Alejandro acude frecuentemente con los nueve hijos que tuvo de diferentes madres, dos de ellos mientras era papa. ¡Qué tiempos aquéllos!

LINGUACUTA.-  Durante siglos el nepotismo fue casi endémico en el papado, pero el descarado favoritismo hacia tus hijos suscitó muchas críticas.

ALEJANDRO VI.- (Sonriendo maliciosamente) Nadie está mejor servido que por si mismo, y por los suyos. ¿Quién puede negar la belleza e inteligencia de mi querida Lucrecia? O la habilidad con las armas de mi hijo César, que inspiró a Maquiavelo e impuso mi dominio sobre Romaña y Las Marcas, extensas provincias de los Estados Pontificios.

SOFROSINA.-  En donde destituiste vicarios pontificios para otorgar sus cargos a tus hijos. 

ALEJANDRO VI.- (Poniéndose serio) ¿Acaso vienen ustedes dos en la tónica de sermonearme con el cuento de que la corrupción de lo mejor es la peor? 

SOFROSINA.- A estas alturas del paseo ya no vale la pena zaherirte con el “corruptio optimi pessima“.

LINGUACUTA.- Además, por lo que sabemos, no eres dado a abochornarte.

ALEJANDRO VI.- Si lo fuera hubiera sido más discreto con Julia Farnesio.

SOFROSINA.- Fue una locura enredarte con una adolescente a la que le llevabas más de cuarenta años y que, además, estaba casada.

ALEJANDRO VI.- (Suspirando profundamente) Tanta belleza me hacía dar vueltas la cabeza. 

LINGUACUTA.-  A buey viejo, pasto tierno.

ALEJANDRO VI.- Un mal día te dará un esguince neuronal por decir estupideces.

LINGUACUTA.- (Socarrona) Excúsame si te ofendí: a veces se me va la mano con la lengua.

ALEJANDRO VI.- Te comprendo. A mí se me iba la mano con otro miembro. Volviendo al tema, Julia tuvo una hija a la que llamó Laura. Aseguraba que era hija mía, pero creo que era hija de Orsino, su marido. ¡Vaya uno a saber! Lo que sí sé es que todo terminó siendo para la mayor gloria de Dios, ad maiorem Dei gloriam.

SOFROSINA.- ¿A qué te refieres?

ALEJANDRO VI.- A instancias de Julia nombré cardenal a su hermano, Alejandro Farnesio, que tenía veinticinco años y era amigo de mi hijo César. 

LINGUACUTA.- Las malas lenguas lo llamaban cardenal Vaginecio.

ALEJANDRO VI.-  ¡Pura envidia! Con el tiempo, Alejandro se convirtió en el papa Paulo III… y aprobó en 1540 la fundación de la Compañía de Jesús.

LINGUACUTA.- Como dicen los creyentes, Dios escribe derecho con renglones torcidos.

ALEJANDRO VI.- Eso me consuela. Fíjense que mis torceduras amorosas me convirtieron en bisabuelo del santo Francisco de Borja, tercer general de la Compañía de Jesús.

SOFROSINA.- Cuéntanos sobre cómo repartiste entre españoles y portugueses el mundo “por descubrir”.

ALEJANDRO VI.- Primero les recuerdo que en el inicio de la llamada “Querella de las investiduras” (1075), Gregorio VII -en su “Dictatus papae“- había insistido en el papel del papa como señor supremo del mundo, a cuya autoridad estaban sometidos reyes y emperadores. En el siglo XIV ya se había impuesto en la Cristiandad la potestad del sumo pontífice como soberano del mundo. 

SOFROSINA.- En latín suena lindo: dominus orbis.

ALEJANDRO VI.- En consecuencia, los portugueses habían recurrido a los papas a lo largo del siglo XV para hacer confirmar sus descubrimientos en África. En ese sentido habían obtenido bulas de Martín V (1418), Eugenio IV (1433 y 1436), Nicolás V (1452 y 1455) y de mi tío Calixto III (1456), a quien yo mismo sucedí como papa.

LINGUACUTA.- ¿Esos precedentes explican el que los Reyes Católicos hubieran recurrido a ti para confirmar su dominio sobre las tierras recientemente descubiertas por los castellanos?

ALEJANDRO VI.- Exacto. Además tenía algunas deudas con el astuto Fernando de Aragón que le había otorgado grandes favores a mis hijos: el ducado de Gandía para Pedro Luis (1485), el arzobispado de Valencia para César (1492) y la mano de María Enríquez, prima del rey, para Juan (1493). 

LINGUACUTA.- Favor con favor se paga.  

ALEJANDRO VI.- Por supuesto. En cuanto dominus orbis, por medio de la bula de “donación y partición” Inter caetera II del 4 de mayo de 1493, le concedí a la Corona de Castilla las tierras descubiertas o por descubrir que se hallasen hacia el Occidente o el Mediodía, hacia la India o cualquier otra parte del mundo, siempre que estuviesen situadas más allá de una línea imaginaria que, de polo a polo, pasase a cien leguas al oeste de las islas Azores. El resto quedaba para la Corona de Portugal.

LINGUACUTA.- Francisco I, rey de Francia, dijo que él pedía ver la cláusula del testamento de Adán que lo excluía de la partición del mundo entre los pueblos de la Península Ibérica. Lo mismo pensaban en Holanda e Inglaterra. 

ALEJANDRO VI.- (Con sorna) Algo que ni Dios puede es darle gusto a todo el mundo. 

SOFROSINA.- Tampoco los portugueses quedaron contentos con tu “donación y partición”.

ALEJANDRO VI.- Mi “señorío” papal no fue realmente aceptado pues, al año siguiente, para calmar a Juan II, rey de Portugal, los Reyes Católicos firmaron -sin contar conmigo- el Tratado de Tordesillas, que desplazó la línea de partición más hacia el oeste y la situó a 370 leguas de las islas Azores. 

SOFROSINA.- Los portugueses se reservaron así la ruta a Oriente por África, y fundaron en derecho su futura instalación en la costa de Brasil. 

LINGUACUTA.- ¿En qué quedó el dominus orbis papal?

ALEJANDRO VI.- Doce años después de mi muerte se nos vino encima la Reforma protestante que sacudió la autoridad papal y desgarró la Iglesia.[1] Vino más tarde la Ilustración con sus ideales de culto a la razón, libertad de pensamiento, tolerancia religiosa, separación Iglesia-Estado y otros embelecos.[2]

LINGUACUTA.- (Incisiva) ¿Embelecos?  Depende del cristal con que se mire.

ALEJANDRO VI.- Tu pernicioso relativismo hace parte de esa cultura de la Ilustración que contribuyó a  enterrar al dominus orbis.

SOFROSINA.- Paz en su tumba.

Alejandro murmuró que estaba cansado de tanta conversadera y volvió a los brazos de dulces compañías que no lo abandonaban ni de noche ni de día. En la puerta del Jardín de las delicias, Dante vociferaba que iba a enviar a Alejandro al segundo círculo del Infierno. Nuestras dos amigas sonrieron y siguieron alegremente su camino. 


[1]   “Su Santidad, el hereje y la venta de indulgencias”, Diálogos de Ultratumba, 6 noviembre 2025.

[2]   “Aprender a vivir en la crisis de la Modernidad”, Diálogos de Ultratumba, 12 diciembre 2021.

Rodolfo Ramón de Roux

Enero, 2026

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Nota de la publicación: Por error, publicamos de manera inversa el artículo de ayer y el de hoy. Este de hoy precede históricamente el artículo de ayer. Pedimos disculpas a nuestros lectores

Siglo X ,”saeculum obscurum” de la historia de la Iglesia. Una serie de papas y antipapas infames se vieron envueltos en constantes luchas, intrigas y asesinatos por sentarse en el “trono pontificio”, donde les aguardaban los goces del poder y de la carne. Durante el llamado “Reinado de las prostitutas”, la senadora romana Teodora y su hija Marozia influyeron en la elección de hasta seis papas -algunos de ellos sus amantes- y uno, Juan XI, hijo de Marozia. Inútil repetir detalles escabrosos ya narrados por el cofrade Alberto Echeverri en su crónica “Los papas hampones”.

Cuando ya era difícil caer más bajo, comenzó, a principios del siglo XI, un amplio movimiento de renovación de la Iglesia y de reforzamiento del poder pontificio. Se le conoce como “Reforma gregoriana”, pues su gran figura fue el papa Gregorio VII (1073-1085) con quien Sofrosina y Linguacuta dialogaron. También estuvo presente Nicolás II el cual, poco antes de Gregorio, había comenzado a tratar de poner orden en el relajo papal.

NICOLÁS II.- Para evitar la vergonzosa situación del papado en el siglo X, poco después de ser coronado pontífice el 24 de enero de 1059 …

LINGUACUTA.- (Sonriendo maliciosamente) …en una ceremonia que por primera vez en la historia de los papas fue similar a la de una coronación imperial….

NICOLÁS II.- (Solemnemente contrariado) No me cortes la palabra con nimiedades. Repito: poco después de ser coronado pontífice convoqué un sínodo celebrado en la romana catedral archibasílica de Letrán. Allí se ordenó la excomunión de los sacerdotes que no repudiasen a sus esposas o concubinas, se prohibió a los laicos participar en misas celebradas por aquellos y también se prohibió a los sacerdotes la compra de beneficios eclesiásticos, horrible pecado de simonía en el que no pocos levitas incurrían. 

GREGORIO VII.- Aspecto destacado de este sínodo lateranense fue designar al colegio cardenalicio como órgano exclusivo para la elección de los papas y también como su órgano consultivo.  

NICOLÁS II.- Fue un cambio radical. Por primera vez se redactaron procedimientos para la elección de los sumos pontífices que resistirían -con modificaciones- el paso del tiempo. 

SOFROSINA.- (Con sorna moderada) Y de paso se creó un nuevo grupo de gran poder dentro de la Iglesia.

NICOLÁS II.- Reconozco que mi intención era buena, pero no eliminó las elecciones controvertidas pues emperadores y reyes se esforzaron durante siglos por colocar vástagos y amigos en el colegio cardenalicio. 

SOFROSINA.- Te faltó mencionar las ambiciones de ciertas familias como los Conti de Segni que “colocaron” cuatro papas -Inocencio III, Gregorio IX, Alejandro IV e Inocencio XIII-, lo mismo que los Médici  -León X, Clemente VII, Pío IV y León XI-, o los tres Borgia -Calixto III, Alejandro VI e Inocencio X- y los tres Orsini -Celestino III, Nicolás III y Benedicto XIII-. 

LINGUACUTA.- Por ahí me he topado con centenares de cardenales de otras familias “papales” como los Colonna, Barberini, Caetani, della Rovere, Borghese, Fieschi, Aldobrandini, Farnese, Pamphili y Piccolomini. 

SOFROSINA.- ¡Qué de vocaciones suscita el poder!

LINGUACUTA.- Y no muy santas.

GREGORIO VII.- Santa fue mi vocación por el poder… hacer libre a la Iglesia frente a los emperadores del Sacro Imperio Romano Germánico.

SOFROSINA.- Sin duda te refieres a la tremenda “querella de las investiduras” entre 1075 y 1122.

GREGORIO VII.- A ella me refiero. En los dominios del emperador los clérigos eran muy numerosos e influyentes, de manera que los monarcas hacían recaer los buenos cargos eclesiásticos en parientes o amigos. 

SOFROSINA.- Se cae de su peso que los emperadores iban a dar la pelea para no dejarse quitar la facultad de investir a los titulares de los feudos eclesiásticos. 

GREGORIO VII.- En esa pelea vi las verdes y las maduras pues los obispos constituían uno de los principales apoyos del poder imperial frente a una aristocracia reivindicativa. A su vez los obispos estaban muy contentos pues, investidos al frente de señoríos y cargos, disfrutaban de grandes ventajas pecuniarias y territoriales.

LINGUACUTA.- Tutti contenti, tranne il papa.

GREGORIO VII.- Qué pesada eres.

SOFROSINA.- Se te objetó que el derecho de investidura que tenían los emperadores era una costumbre establecida.

GREGORIO VII.- A lo que respondí: “Jesús dijo: ‘Yo soy la verdad’, no yo soy la costumbre”. Y añadí, aludiendo al profeta Isaías, “no puedo ser un perro mudo, incapaz de ladrar”.[1]

LINGUACUTA.- Le ladraste duro al emperador Enrique IV excomulgándolo y haciéndole pedir perdón de rodillas, bajo la nieve, en Canossa.

GREGORIO VII.- Cometí el error de levantarle la excomunión pues no aprendió la lección y me vi obligado a excomulgarlo de nuevo. Se me vino encima con un ejército que ocupó Roma, donde instaló al antipapa Clemente III. 

LINGUACUTA.- En la vida no todo es miel sobre hojuelas.

SOFROSINA.-  Por otra parte, cada quien es hijo de sus obras. 

GREGORIO VII.- A lo hecho, pecho. Tras refugiarme en el castillo de Sant’Angelo, tuve que huir de Roma bajo la protección de las tropas normandas que aprovecharon para saquear la ciudad. Qué horror fue aquello. 

SOFROSINA.- Finalmente las cosas terminaron mal para ti pues acabaste tus días refugiado en la ciudad de Salerno. Y la querella de las investiduras solo se solucionó treinta y siete años después con el Concordato de Worms, acuerdo político entre el emperador Enrique V y el papa Calixto II  firmado en 1122. 

GREGORIO VII.- Esa fue mi cruz: luchar por la “libertas Ecclesiae“.

SOFROSINA.- Y, a partir de ti, la expresión “la libertad de la Iglesia” se convirtió en el estribillo utilizado habitualmente por la institución eclesiástica para justificar sus prerrogativas y su independencia de acción en las luchas contra los poderes que le son hostiles.

LINGUACUTA.- En última instancia la cuestión era:  ¿quién manda? ¿el papa o el emperador?

GREGORIO VII.- Me queda la gran satisfacción de haber afirmado claramente que el papa tenía jurisdicción universal también frente a príncipes y emperadores. 

SOFROSINA.- Y lo dejaste claro estableciendo un principio de gobierno que ha hecho carrera en la Iglesia católica: Obedecer a Dios significa obedecer a la Iglesia, y eso significa obedecer al papa.

LINGUACUTA.- (Maliciosamente) La fe se convierte en obediencia al papa, y la herejía en falta de sumisión al mismo. ¡Bendito sea Dios!

GREGORIO VII.- Roma locuta, causa finita.

SOFROSINA.- Las 27 sentencias de tu Dictatus papae  (Dictado o afirmación del papa) muestran lo elevada que era tu idea de la autoridad papal.

GREGORIO VII.- Estás más enterada de lo que tu modestia muestra.

LINGUACUTA.- (Con irónica sonrisa) La modestia es una forma benigna de soberbia.

GREGORIO VII.- Vaya lengua la que tienes.

SOFROSINA.- Es lengua impertinente pero no malvada. Aunque a veces me molesten sus puyas les presto atención pues, como dice Tomás de Aquino, “hay que amar tanto a aquellos cuya opinión compartimos como a aquellos cuya opinión rechazamos porque los unos y los otros se han esforzado por buscar la verdad y todos ellos nos han ayudado”.[2]

GREGORIO VII.- Bello pensamiento, hermosa actitud.

LINGUACUTA.- Dejémonos de zalamerías y volvamos a ese Dictatus papae que me intriga.

GREGORIO VII.- Como dijo Sofrosina, son 27 sentencias categóricas. Menciono unas cuantas que me gustan mucho, como la tercera, que dice:  “Solo el papa puede destituir o readmitir a los obispos”. 

SOFROSINA.- Subordinar así a los obispos equivale a considerar a la Iglesia entera como una inmensa diócesis en la que, al no poder ocuparse de todo, el papa nombrara vicarios.

LINGUACUTA.- Es fácil imaginar que esa voluntad de apuntalar el poder papal impulsará la centralización y juridización de la Iglesia. 

GREGORIO VII.- ¿Acaso no era lo correcto? Fue a Pedro y a sus sucesores a quienes Cristo dio el poder de “atar” y “desatar”. Por eso la novena sentencia de mi Dictatus papae dice: “Solo al papa deben besar los pies todos los príncipes”. Y la décimosegunda: “A él le está permitido destituir a los emperadores”.

SOFROSINA.-  Afirmación audaz e inaudita: ningún papa había destituido jamás a un emperador.

GREGORIO VII.- El derecho de deponer emperadores lo completé con la sentencia 27: “El papa puede eximir a los súbditos de la fidelidad hacia príncipes inicuos”. 

LINGUACUTA.- Ahí jugaste con candela al afirmar, en una sociedad cristiana y feudal, que el papa podía liberar a los súbditos de la obligación de lealtad. 

SOFROSINA.- Poniendo a los papas por encima de reyes y emperadores disolviste el equilibrio simbolizado por las “dos espadas” -el poder espiritual y el temporal-, equilibrio al que se había llegado en Europa Occidental desde la época de merovingios y carolingios.  

LINGUACUTA.- Al menos en teoría -porque la realidad es tozuda- diste el salto hacia la teocracia pontificia, el papocesarismo. 

GREGORIO VII.- El salto lo dio en gran forma Bonifacio VIII al promular en 1302 la bula Unam Sanctam.

SOFROSINA.- Famosísimo documento. 

GREGORIO VII.- Bonifacio reafirmó categóricamente la superioridad de la autoridad espiritual sobre la temporal. Me encanta la afirmación final de la Unam Sanctam: “Por consiguiente, declaramos, establecemos, definimos y afirmamos que es absolutamente necesario para la salvación de toda criatura que se someta al Romano Pontífice”. 

LINGUACUTA.- Eso es un delirio papal.

GREGORIO VII.- (Rojo como un tomate) ¡Insolente! Como dije en la sentencia 19 del Dictatus, el papa “No puede ser juzgado por nadie”, pues “La Iglesia Romana nunca ha errado; ni, según el testimonio de las Escrituras, errará jamás por toda la eternidad” (sentencia 22). 

SOFROSINA.- Ay, Gregorio, se necesita mucha fe para decir tal cosa, y mucha ceguera para afirmar, en la sentencia 23, que al convertirse en papa un hombre se convierte en santo “por los méritos del bienaventurado Pedro”. 

LINGUACUTA.- Pregúntale a Teodora y a Marozia qué piensan de sus santos amantes papales.

GREGORIO VII.- Y ustedes vayan a hablar con Inocencio III para que se informen sobre las cumbres de poder a las que llegó el papado doscientos años después de mi muerte. 

SOFROSINA.- Los papas tienen la ventaja de ser capitanes de un equipo que juega el campeonato de la Historia, que es de larga duración…

LINGUACUTA.- …confiados de que lo van a ganar.

GREGORIO VII.- (Con evidente disgusto) Aunque te duela, muchacha altanera, nuestros enemigos no prevalecerán. La palabra de Cristo es clara: Non praevalebunt.

Non praevalebunt, non praevalebunt, repetía Gregorio enardecido. Sofrosina y Linguacuta comprendieron que había llegado la hora de eclipsarse y partieron discretamente en busca de Inocencio.

Rodolfo R. de Roux

Diciembre de 2025


[1]   Isaías, 56,10

[2]   Comentario a la Metafísica de Aristóteles, libro XII, quaestio 9, n° 2566.

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A caballo entre el siglo XII y el XIII fue elegido papa Lotario de Segni. Bajo su mandato el papado medieval alcanzó su máximo poder. Tenía tan sólo treinta y siete años cuando tomó el nombre de Inocencio III (1198-1216). Provenía de una familia papal por excelencia. Su tío había sido Clemente III; el segundo sucesor de Inocencio será su sobrino Gregorio IX, tras el cual, unos quince años más tarde, será elegido otro de los Segni, Alejandro IV. Como dijo un malpensante, lo malo de las camarillas es no estar en ellas.

Sofrosina y Linguacuta encontraron a Inocencio sentado majestuosamente en su trono, cubierta su cabeza con una preciosa tiara adornada con tres coronas, símbolo del triple poder del papa: “padre de los príncipes y reyes, gobernador del mundo, vicario de Nuestro Salvador Jesucristo”.[1]

LINGUACUTA.- Qué bonito anillo tienes.

INOCENCIO III.- No te he extendido el brazo para que admires mi anillo sino para que lo beses. ¡Y no me tutees! Dirígete a mí como “Su Santidad” o “Santo Padre”. 

LINGUACUTA.- (Haciendo una reverencia) Santo Padre, beso su anillo.

INOCENCIO III.- No están besando tus impuros labios un anillo cualquiera. Se trata del anulum Piscatoris, con el que sellaba las bulas y documentos que emanaban de mi suprema autoridad como vicario de Cristo.

SOFROSINA. Su Santidad, no quiero parecer irrespetuosa, pero me parece excesivo pasar de “vicario de Pedro” a “vicario de Cristo”.

INOCENCIO III.- Si se va a ejercer el poder, lo mejor es tener la sartén por el mango. 

LINGUACUTA.- La autopromoción como “vicario de Cristo” fue una inspiración providencial: durante siglos ha servido para acallar a los opositores de quien posee las “llaves del Reino de los Cielos”. 

INOCENCIO III.- Como dijo mi querido san Agustín, la Iglesia va peregrinando entre las persecuciones del mundo y los consuelos de Dios.[1] Ni nos han faltado ni nos faltarán opositores perversos. Hay que acallarlos. Y si es necesario, definitivamente.

LINGUACUTA.- Su Santidad, perdóneme, ¿no es eso contradictorio con la mansedumbre evangélica del amar a nuestros enemigos, bendecir a los que nos maldicen y orar por los que nos persiguen?[2]

INOCENCIO III.- Ejercer el poder es aprender a vivir con contradicciones.

SOFROSINA.– ¿Por eso no tuviste inconveniente en convocar la cuarta Cruzada para reconquistar la “Tierra Santa”?

LINGUACUTA.- ¿O convocar la primera cruzada en tierra de cristianos para eliminar a sangre y fuego la herejía de los “cátaros” o “albigenses”?

INOCENCIO III.- Cuando toca, toca. En el trono no hay que dejarse pisar los callos. Por eso también me esforcé por controlar de manera efectiva los Estados Pontificios.

SOFROSINA.– Que estaban en manos de familias y facciones locales, algunas de las cuales eran más fieles al emperador que al papa.

INOCENCIO III.- Gracias a mi autoridad y a mis contactos familiares, logré colocar a mis hombres en sus principales ciudades, como Bolonia, Ancona, Rávena, Spoleto y Parma, asegurando así la estabilidad de mis Estados Pontificios y el flujo de ingresos a Roma. 

LINGUACUTA.- (Sotto voce) Estados Pontificios legitimados gracias a la falsa “Donación de Constantino”.[3]

INOCENCIO III.- ¿Qué estás cuchicheando?

LINGUACUTA.- ¿Yooo? Nada, Su Santidad, nada.

INOCENCIO III.- En cuanto a los efectos a largo plazo sobre la vida de la Iglesia, tal vez nada de lo que hice puede compararse con la aprobación y aliento que brindé a las órdenes religiosas fundadas por Domingo de Guzmán y Francisco de Asís.

SOFROSINA.– Dominicos y franciscanos se convirtieron en los mejores agentes de la centralización pontificia que Su Santidad promovió.

INOCENCIO III.- Al colocarlos bajo la autoridad directa del papa escaparon al control de los obispos, a menudo furiosos por verlos instalarse en “su” ciudad y atraer a los fieles…

LINGUACUTA.- …y a las donaciones de los fieles.

INOCENCIO III.- Gracias a esas dos órdenes “mendicantes”, el papado pudo contar con una gran cantidad de agentes, desde los niveles más modestos, hasta los más altos.

SOFROSINA.– Habrá muchos cardenales, e incluso papas, dominicos y franciscanos. 

INOCENCIO III.- Cuatro papas dominicos y cuatro franciscanos.

SOFROSINA.– Franciscano fue Clemente XIV, quien suprimió la Compañía de Jesús a través del breve Dominus ac Redemptor, el 21 de julio de 1773.

INOCENCIO III.- Se ve que estudiaste con los jesuitas.

LINGUACUTA.- No nos vayamos por las ramas. Regresemos a su pontificado, Santidad.

INOCENCIO III.- Como la cruzada contra los albigenses no bastó para garantizar el fin de los movimientos heréticos, mi sobrino Gregorio IX tuvo la inspirada idea de promulgar en 1231 la bula Excommunicamus que estableció formalmente el proceso de investigación y castigo de los herejes, proceso llamado de la Inquisición, haciéndola depender directamente del pontífice, y nombrando a los dominicos como inquisidores.[4]

LINGUACUTA.-  (Maliciosamente) Se van a destacar ejerciendo tan evangélico encargo.

INOCENCIO III.- Bueno, también se van a destacar -al igual que los franciscanos- ayudando a consolidar el poder pontificio en muchos otros ámbitos. 

SOFROSINA.– Sabido es, Santo Padre, que en vuestra época la corte papal se convirtió en el tribunal más importante de Europa, al que acudían innumerables demandantes para apelar las decisiones de sus jurisdicciones de origen. 

INOCENCIO III.- Ante la avalancha de solicitudes tuve necesidad de mucho personal encargado de examinar las solicitudes. Se me desgastó el “anillo del Pescador” sellando sentencias para dirimir disputas de orden judicial y litigios diversos. A lo largo de ese glorioso siglo XIII el papado va a demostrar que es la cabeza de la Cristiandad.

SOFROSINA.– Me hace pensar en el IV Concilio de Letrán que usted convocó en 1215. Sigue siendo una de las asambleas más grandes e impresionantes de la Edad Media.

INOCENCIO III.- Tal era mi prestigio y poder de convocación, que en ese concilio participaron 71 patriarcas y metropolitanos, 412 obispos, 900 abades y priores; embajadores reales de Inglaterra, Alemania, Francia, Hungría, Aragón y Portugal, además de un cierto número de representantes de entidades políticas menores. Las disposiciones surgidas del concilio fueron recogidas en 71 cánones que abordan diversos temas sobre la organización de la Iglesia, el papel de los laicos, los sacramentos, el trato a los judíos. 

SOFROSINA.– Precisamente, sobre el trato a los judíos hay historiadores que consideran que el Concilio contribuyó al desarrollo del antisemitismo en Europa pues los cánones 68 a 70 les imponían la obligación de distinguirse con un círculo de tela coloreado, los alejaban de los cargos públicos y les prohibían a los conversos retornar a su antigua fe. 

INOCENCIO III.- Se los dije, abundan los malévolos que gozan criticándonos. Piensen en lo positivo, por ejemplo, en el decreto “Omnis Utriusque Sexus“, en el que el concilio obliga a todos los adultos cristianos a recibir al menos una vez al año los sacramentos de la confesión y de la eucaristía. 

LINGUACUTA.- Prefiero no pecar a tener que confesar. 

Con visible enojo, Inocencio exigió respeto y amenazó con llamar a Torquemada para que nuestras dos amigas recibieran una lección inquisitorial. Ellas, prudente y rápidamente, se esfumaron.


[1]   De civitate Dei, XVIII, 52.

[2]   Mateo, 5, 44

[3]   Diálogos de Ultratumba, “Y dicen que el fin no justifica los medios”, 17 de marzo de 2024.

[4]   Diálogos de Ultratumba, “El señor inquisidor”, 7 de julio de 2022.


[1]   En el momento de su coronación se le colocaba la tiara al papa con esta fórmula: Accipe tiaram tribus coronis ornatam, et scias te esse patrem principum et regum, rectorem orbis, in terra vicarium Salvatoris nostri Jesu Christi, cui est honor et gloria in saecula saeculorum.

Rodolfo Ramón de Roux

Enero, 2026

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Sofrosina y Linguacuta deseaban dialogar sobre la conversión del catolicismo en religión oficial del Imperio romano y no descansaron hasta encontrar al “culpable”: Teodosio, emperador del Imperio romano de Oriente del año 379 al 394. Con Teodosio estaban el papa Dámaso y Graciano, emperador del Imperio romano de Occidente entre 375 y 383.

TEODOSIO.- Conmigo -y no con Constantino, como a veces se dice-, el cristianismo católico[1] se convirtió en religión oficial del Imperio romano, según lo dispuse junto con Graciano y Valentiniano II en el Edicto de Tesalónica, el 27 de febrero del año 380. 

DÁMASO.- Pueden ver el edicto en el Codex Theodosianus (XVI. 1.2). 

TEODOSIO.- Lo leo con un traductor simultáneo que me regaló Steve Jobs:

Queremos que todos los pueblos que son gobernados por la administración de nuestra clemencia profesen la religión que el divino apóstol Pedro dio a los romanos, que hasta hoy se ha predicado como la predicó él mismo, y que es evidente que profesan el pontífice Dámaso y el obispo de Alejandría, Pedro, hombre de santidad apostólica. Esto es, según la doctrina apostólica y la doctrina evangélica creemos en la divinidad única del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo bajo el concepto de igual majestad y de la piadosa Trinidad. Ordenamos que tengan el nombre de cristianos católicos quienes sigan esta norma, mientras que a los demás los juzgamos dementes y locos sobre los que pesará la infamia de la herejía. Sus lugares de reunión no recibirán el nombre de iglesias y serán objeto, primero de la venganza divina, y después serán castigados por nuestra propia iniciativa que adoptaremos siguiendo la voluntad celestial.” [2]

GRACIANO.- Tras tu ascensión al poder, Teodosio, fuiste el primero en rechazar el título de Pontifex maximus, al que yo renuncié poco después, antes de que se lo apropiara Dámaso.

DÁMASO.- Mis sucesores siguen usando ese título porque somos nosotros, los papas, quienes hacemos el puente –pontem facimus– entre Dios y la humanidad, entre el cielo y la tierra. 

LINGUACUTA.- (Cubriéndose la boca) Dios mío, ayúdame a retener mi lengua.

TEODOSIO.- Para defender a la Iglesia católica me cebé con los cristianos que habían vuelto al paganismo, a quienes en 381 les quité el derecho a hacer testamentos.

DÁMASO.- Renovaste la ley en el año 383 para aplicarla solamente a los cristianos bautizados que habían abandonado su fe, considerados “excluidos del derecho romano”, dejando el derecho a hacer testamento a favor de su familia a los que solo habían sido catecúmenos.

TEODOSIO.- Pero en el 391 volví a endurecer esa ley alegando que abandonar la comunión cristiana equivalía a “aislarse del resto de los hombres”.

LINGUACUTA.- ¡Vueltas que da el tiovivo de la Historia! Antes de Constantino eran los cristianos a quienes se acusaba de odiar al género humano.

TEODOSIO.- Paralelamente a las medidas de represión de las disidencias cristianas, tomé medidas que acabaron ilegalizando el paganismo.

GRACIANO.- No fuiste el único. En otoño del 382 ordené retirar del Senado de Roma la estatua y el altar de la Victoria. Prohibí las donaciones a las Vestales y abolí los privilegios que tenían los sacerdotes y sacerdotisas paganos. 

TEODOSIO.- Yo no me quedé atrás. Ordené el cierre de los templos paganos: solo podían permanecer abiertos con fines exclusivamente culturales o para celebrar asambleas públicas, aquellos que contenían obras de arte. 

DÁMASO.- Pero fueron oh, querido Teodosio, una serie de leyes entre 391 y 392 las que completaron tu providencial empresa al prohibir toda manifestación del culto pagano: la ley del 24 de febrero de 391 lo hizo para Roma, la del 16 de junio para Egipto y la del 8 de noviembre de 392 para todo el Imperio. 

TEODOSIO.- Así es, mi fiel Dámaso. Con esas leyes imperiales todos los sacrificios, incluso los modestos sacrificios del culto doméstico quedaron prohibidos, tanto en público como en privado, independientemente del rango social, bajo pena de multas muy elevadas o incluso de castigos más graves. 

DÁMASO.- ¡Bravo! Esos paganos perdieron todo derecho legal a expresarse. Y yo afiancé mi poder creando un servicio jurídico, un cuerpo de notarios y una cancillería para redactar mis decretos. Ah, y por primera vez, el papado comenzó a designarse como Sedes apostolica, sede apostólica.

LINGUACUTA.- Que yo sepa a la Iglesia no la benefició del todo convertirse en religión oficial.  A partir de esta época comienzan las críticas, que se volverán habituales, sobre la riqueza de los pontífices y sus sacerdotes, su falta de modestia y las incesantes intrigas para ascender en la carrera eclesiástica. 

SOFROSINA.- Porque, dicho sea de paso, los eclesiásticos van a ser funcionarios del Imperio, lo que los situaba bajo la autoridad del emperador.

LINGUACUTA.- La injerencia del César sobre la soberanía de la Iglesia, iniciada con Constantino, se va a ir agrandando. 

SOFROSINA.- Es el famoso “cesaropapismo” que llevó a la subordinación de la Iglesia al poder de emperadores y reyes. ¿Te gustó, acaso, que al año siguiente del Edicto de Tesalónica, Teodosio convocara un concilio ecuménico en Constantinopla en el año 381, sin siquiera consultarte?. 

DÁMASO.- Donde manda capitán no manda marinero.

LINGUACUTA.- Tampoco te debió gustar que ese concilio pidiera, en uno de sus cánones, “que el obispo de Constantinopla tuviera la primacía de honor después del obispo de Roma, ya que esta ciudad es la nueva Roma”.

DÁMASO.- Pero sí me gustó que, tras cincuenta años de controversias, el concilio de Constantinopla confirmara como doctrina oficial de la Iglesia el Credo aprobado en el 325 en Nicea, y que rechazara nuevamente la herejía arriana.

LINGUACUTA.- Herejía a la que te oponías, Teodosio.

TEODOSIO.- Muchacha, mi imperio necesitaba unidad: un emperador, una fe, una Iglesia. Por eso, al término del concilio, emití un edicto imperial que daba carácter legal a sus conclusiones. 

LINGUACUTA.- Y emitiste leyes, cada vez más represivas, que restringían la libertad de expresión y de culto de todos los disidentes de la ortodoxia católica, considerados herejes y perseguidos como tales.[3]

DÁMASO.- A los enemigos de la Iglesia hay que darles por donde sabemos.

LINGUACUTA.- Me confirmas que el humano es un ser con serias dificultades para soportar las creencias ajenas.

SOFROSINA.- Recuerda, Dámaso que, a principios del siglo III, cuando los cristianos eran perseguidos, Tertuliano -“Padre de la Iglesia”- le escribió lo siguiente a Escápula, procónsul romano de África: “Por ley humana y por ley natural cada uno es libre de adorar a quien quiera. La religión de un individuo no perjudica ni beneficia a ninguna persona. Va contra la naturaleza de la religión imponer la religión”.

LINGUACUTA.- ¡Ah, las víctimas! Cuando adquieren poder pueden terminar comportándose como sus victimarios. Por eso, como me dijo Emil Cioran, hay que tener por toda víctima, por noble que sea, una piedad sin ilusiones.

SOFROSINA.-  Oí que el cesaropapismo terminó engendrando un papocesarismo. 

LINGUACUTA.- Se cumplió así la tercera ley de Newton: “Para cada acción hay una reacción igual y en el sentido opuesto”. ¡Es el tiovivo de la Historia!, te lo dije.

SOFROSINA.- Sigamos nuestro camino, Linguacuta. Vayamos a averiguar cómo fue ese asunto del papocesarismo.


[1] En el año 117, Ignacio de Antioquía utilizó por primera vez el adjetivo “católico” aplicado a la iglesia cristiana mayoritaria.

[2]   Cunctos populos, quos clementiae nostrae regit temperamentum, in tali volumus religione versari, quam divinum Petrum apostolum tradidisse Romanis religio usque ad nuc ab ipso insinuata declarat quamque pontificem Damasum sequi claret et Petrum Aleksandriae episcopum virum apostolicae sanctitatis, hoc est, ut secundum apostolicam disciplinam evangelicamque doctrinam patris et filii et spiritus sancti unam deitatem sub parili maiestate et sub pia trinitate credamus. Hanc legem sequentes Christianorum catholicorum nomen iubemus amplecti, reliquos vero dementes vesanosque iudicantes haeretici dogmatis infamiam sustinere ‘nec conciliabula eorum ecclesiarum nomen accipere’, divina primum vindicta, post etiam motus nostri, quem ex caelesti arbitro sumpserimus, ultione plectendos. 

[3]   Diálogos de Ultratumba, “Cristianismos derrotados y olvidados”, 17 de agosto de 2025.

Rodolfo Ramón de Roux

Diciembre, 2025

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Para el cristianismo el emperador Constantino ha sido más importante que la mayoría de los papas. Al legalizarlo en el año 313, le cambió su rostro y su destino tanto a la Iglesia como al imperio romano. Por algo se le ha llamado “el decimotercer apóstol”. 

El “giro constantiniano” fue tan decisivo que, mil seiscientos años después, al finalizar el Concilio Vaticano II, a la luz de sus conclusiones sobre las relaciones Iglesia-Estado, muchos comentaristas hablaron del “final de la era constantiniana”. Pero eso es harina de otro costal. Por el momento, Sofrosina y Linguacuta, interesadas por el famoso “giro”, se reunieron con Silvestre -obispo de Roma en tiempos de Constantino -y con Eusebio- obispo de Cesarea, autor de la primera “Historia eclesiástica” y panegirista del emperador en su “Vida de Constantino”. 

También participó en el diálogo el historiador jesuita John O’Malley, autor de una apreciada “Historia de los papas”. Constantino no quiso asistir porque dijo estar cansado de que le pregunten si su conversión al cristianismo fue sincera o fruto de un cálculo político. Tal vez fueron ambas cosas. Ni lo sabremos ni es lo que importa.

EUSEBIO.- ¡Qué persona tan providencial! Su Edicto de Milán, en febrero del 313, autorizó “a los cristianos y a todos los demás la facultad de practicar libremente la religión que cada uno desease”. Además, nos devolvió los bienes que nos habían sido incautados, nos permitió competir por altos cargos públicos, y situó al clero en la misma base fiscal que al pagano, lo que significó, esencialmente, que estaba exento de algunos impuestos. 

LINGUACUTA.- Imagino que esta última decisión hizo que el estado clerical resultara atractivo por razones financieras.

EUSEBIO.- ¿Y eso qué tiene de malo? Añado que el 7 de marzo del año 321 Constantino proclamó el domingo como día de reposo civil obligatorio en el imperio, día en que los cristianos de Roma celebrábamos la resurrección de Cristo.

LINGUACUTA.- Ojo, Eusebio. El decreto de Constantino dice: “Descansen todos los jueces, la plebe de las ciudades, y los oficios de todas las artes el venerable día del sol”. Se refiere al Sol invictus, una divinidad pagana que había cobrado especial importancia en el culto imperial.

SOFROSINA.- Eusebio, respeto tu entusiasmo por el emperador, pero me parece que en tu Vita Constantini se te fue la mano alabándolo como un “nuevo Moisés”, “tan amado de Dios, tan piadoso y tan del todo venturoso”. Lo convertiste en un modelo de monarca cristiano.

LINGUACUTA.- Otros consideran que fue un “taimado maestro de la realpolitik”.[1]

O’MALLEY.- Puso el crucifijo en los escudos, incluso en las monedas, pero también conservó los símbolos paganos. 

LINGUACUTA.- Y solo se hizo bautizar en su lecho de muerte, con lo que se aseguraba la vida eterna. 

EUSEBIO.- Critiquen todo lo que quieran. Ustedes no se imaginan lo terribles que fueron para nosotros los años anteriores al edicto de tolerancia. En el año 303, Diocleciano dio inicio a la persecución más dura contra la Iglesia. Se confiscaron sus propiedades, se cerraron o destruyeron sus templos, se profanaron y quemaron los libros y vasos sagrados. 

SILVESTRE.- Muchos cristianos fueron arrestados, torturados, quemados y enviados a la arena para entretenimiento del público. La persecución fue particularmente feroz en Roma y la Iglesia local sufrió enormemente.

EUSEBIO.- Si bien muchos cristianos se mantuvieron fieles a su fe, otros cedieron ante las amenazas, lo que causó profundas divisiones entre nosotros una vez terminada la persecución. 

SILVESTRE.- Marcelino, quien era entonces el obispo de Roma, fue acusado de haber ofrecido sacrificios e incienso a los dioses paganos y de haber entregado los libros sagrados a las autoridades romanas. La situación fue tan grave que no se pudo elegir al sucesor de Marcelino hasta al menos tres años y medio después.

EUSEBIO.- ¿Quién hubiera dicho que, en apenas diez años, nuestra religión tan despreciada y azotada por divisiones internas pasaría de ser perseguida a ser, no solo tolerada, sino incluso favorecida por el gran Constantino?

SOFROSINA.- El problema es que, con el tiempo, se han podido ver los efectos colaterales negativos de la alianza de la Iglesia con los poderes de este mundo.

SILVESTRE.- El problema, te respondo, es que vivíamos en nuestro presente, no en tu futuro. Lo que pasó, pasó.

LINGUACUTA.- No hay que ser prisioneros del pasado.

SILVESTRE.- ¿Es una máxima?

LINGUACUTA.- No, una lección.

EUSEBIO.- Muchacha, gracias a esa alianza con el poder pudimos difundir ampliamente nuestro mensaje y tener riquezas que nos permitieron construir lugares de culto en todo el imperio.

SILVESTRE.- Hay que ver la belleza de basílicas que se construyeron en Roma gracias a Constantino: San Pedro, San Pablo Extramuros, San Juan de Letrán…

EUSEBIO.- ¡Ah, San Juan de Letrán! Con sus proporciones imponentes superaba a cualquier otro edificio público de la ciudad. Le cabían hasta diez mil personas.

SILVESTRE.- Constantino se mostró particularmente generoso con esa basílica. 

O’MALLEY.- Ni que lo digas. Una primera donación del emperador ascendió a 4390 sólidos[2] para la compra de lámparas, 82 kilogramos de oro para los ornamentos litúrgicos y 775 kilogramos de plata para los siete altares. 

EUSEBIO.- ¡Qué benefactor! 

LINGUACUTA.- El hombre no daba puntada sin hilo. Apoyó a la Iglesia pero sentó el nefasto precedente de intervenir en sus asuntos internos.

EUSEBIO.- ¡Qué pesada eres! Deja de ser tan negativa.

O’MALLEY.- Eusebio, admitir que Constantino benefició a la Iglesia no significa tener que taparse los ojos para no ver que estaba sentando las bases de una Iglesia imperial: al igual que la multiplicidad de pueblos y ciudades que componían el imperio estaban unidos por el poder imperial, la Iglesia, organizada en torno a los obispos, también debía estar unida en torno al emperador. 

SOFROSINA.- Silvestre y Eusebio, ustedes que vivieron el “momento Constantino” no pueden negar que éste, al frente de un imperio cuya unidad buscaba reforzar, también quería unificar la multitud de comunidades cristianas locales en torno a un cuerpo doctrinal claramente definido. 

SILVESTRE.- Eso es indudable. En un primer momento Constantino no pareció tener en cuenta que, aunque la Iglesia podía ser una fuerza de cohesión en el imperio, ella misma estaba sacudida por disputas doctrinales y disciplinarias. 

EUSEBIO.- Por lo general, el emperador dejaba al clero la resolución de las disputas. Pero, entre el 319 y el 320, surgió en Alejandría una tremenda controversia cuando el sacerdote Arrio afirmó la inferioridad de un Cristo creado frente al Dios trascendente e increado.

SILVESTRE.- Aunque un sínodo de obispos de Egipto condenó a Arrio, se desató una furiosa polémica que llegó incluso a los estratos más bajos de la sociedad. 

EUSEBIO.- Esta situación llevó a Constantino a tomar la medida más importante para la supervisión de la Iglesia: convocó el primer concilio general, o “ecuménico”, en la ciudad de Nicea, cerca de la capital, Constantinopla, donde él residía.

SILVESTRE.- Invitó a todos los obispos del imperio, que en aquel momento eran más de mil, y más de 250 respondieron a la convocatoria. Yo no fui, pero envié dos delegados personales.

EUSEBIO.- Yo sí estuve.

SILVESTRE.- Y fuiste uno de sus protagonistas.

EUSEBIO.- El concilio se inauguró el 20 de mayo de 325, con un discurso introductorio del mismísimo Constantino en el que nos exhortó a la armonía y a la unión fraternal. El emperador nos concedió plena libertad para tomar nuestras propias decisiones, dejando claro, sin embargo, que sería él quien las aplicaría. 

LINGUACUTA.- Ya veo a ley de la Iglesia en camino de convertirse en ley del Imperio.

SILVESTRE.- ¿Por qué no te callas? Prosigue, Eusebio.

EUSEBIO.- Al terminar el concilio se publicaron una serie de normas disciplinarias, conocidas como ordenanzas, entre las que se incluían la que prohibía a las mujeres vivir en la misma casa con sacerdotes, a menos que ellas fueran sus parientas cercanas, y la ordenanza que castigaba al clero que practicara la usura.

SILVESTRE.- Pero el punto principal del concilio fue la condena de Arrio y la formulación de una confesión de fe o “Credo”.

SOFROSINA.- Que todavía se utiliza en todas las iglesias cristianas, con algunas pequeñas adiciones.

EUSEBIO.- La parte antiarriana del Credo, en relación con Jesucristo, dice: “[Él es] Hijo de Dios, nacido del Padre», «Dios de Dios, luz de luz, Dios verdadero de Dios verdadero, engendrado, no creado, de la misma sustancia que el Padre». 

SOFROSINA.- En Nicea los arrianos fueron condenados, pero sé que siguieron multiplicándose por muchas regiones del imperio.

EUSEBIO.- El concilio no logró extinguir el arrianismo -que continuó perturbando seriamente a la Iglesia hasta el siglo VIII-, pero en Nicea definimos la doctrina “ortodoxa” para hacerle frente.

O’MALLEY.- Me parece que más allá de sus decisiones específicas, el concilio de Nicea tuvo un significado adicional: funcionó de manera muy similar al Senado romano. 

LINGUACUTA.- ¿Cómo así?

O’MALLEY.- Al igual que el Senado, asumió una función tanto legislativa como judicial. Promulgó leyes cuyo incumplimiento se sancionaba; juzgó algunos casos, dictando sentencias contra “criminales” eclesiásticos como, en este caso, Arrio. Además, Constantino se comportó con el concilio tal y como más tarde lo harían los emperadores romanos con el Senado. Lo convocó, ratificó de hecho su agenda y se comprometió a aplicar sus decisiones.

EUSEBIO.- Al término del concilio, el emperador organizó en su palacio un magnífico banquete para los obispos. Y envió una carta “a todas las iglesias” informándoles de los resultados y asegurándoles que todas las cuestiones habían sido cuidadosamente consideradas.

LINGUACUTA.-  En comparación con Constantino, incluso el obispo de Roma en aquellos años parecía un pequeño funcionario.

EUSEBIO.- Y dale con tu criticadera.

O’MALLEY.- La joven tiene razón. Constantino comenzó a referirse a sí mismo como un “obispo común” a todo el Imperio –koinos episkopos-, una especie de superobispo cuyas funciones eran garantizar el orden y la ortodoxia en la Iglesia. 

SILVESTRE.- Por su parte, él respetaba nuestra autoridad y aceptaba que mantuviéramos nuestra propia esfera de influencia, sin renunciar por ello a tener la última palabra si lo consideraba necesario.

O’MALLEY.- Esa es, precisamente, la característica de la Iglesia constantiniana: se trata, en última instancia, de una Iglesia subordinada al poder imperial.

EUSEBIO.- La contrapartida es que, gracias a ese “nuevo Moisés”, la Iglesia se volvió una institución firmemente pública, imponente en su completa organización y cada vez más capaz de prestar servicios civiles de diversa índole. 

LINGUACUTA.- Me queda claro que Constantino y los obispos eran socios. Ahora, dime Eusebio, ¿cuál era el socio principal?

En la inmensidad resonaron las palabras “Mi reino no es de este mundo”.


[1]               Hans Küng, La Iglesia católica, Barcelona, 2002, p.61.

[2]   El sólido fue una moneda de oro creada por Constantino. Se utilizó hasta el siglo XI como moneda de cambio en el comercio internacional. De solidus -como remuneración económica a los participantes en campañas de guerra- provienen las palabras soldado y sueldo.   

Rodolfo R. de Roux

Diciembre, 2025

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Las religiones tienen poder porque otorgan sentido a la vida y a la muerte. Pero el poder que les da ese control de sentido se adquiere y se estructura de manera diferente según sea la religión de la cual se trate. La versión católica del cristianismo es el único ejemplo de confesión religiosa que posee un Estado -el Vaticano- y que está estructurada en torno a un gobierno central -la Santa Sede-, a cuya cabeza se encuentra el Papa como Soberano Pontífice, monarca reinante a título vitalicio.

Habiendo sido educadas en el catolicismo mientras deambulaban por el terrenal “valle de lágrimas”, Sofrosina y Linguacuta desearon saber un poco más sobre cómo los sucesores de Pedro -un humilde pescador de Galilea- terminaron adquiriendo desmesurados poderes, y no sólo espirituales. Para empezar por el comienzo se fueron a buscar al bueno de Pedro, a quien encontraron charlando con Clemente Romano, uno de los primeros obispos de Roma. 

SAN PEDRO.- Cuando miro hacia Roma veo la suntuosa basílica que lleva mi nombre y me restriego los ojos: ¿cómo ha sido posible que los representantes de aquél que “no tenía dónde reposar su cabeza” hayan obtenido tanto poder y gloria? 

LINGUACUTA.- ¿Cómo ha sido posible? Te lo explico con un sencillo silogismo: para los católicos, Cristo es Dios; los papas son los vicarios de Cristo; luego los papas son los vicarios de Dios, sus representantes en la Tierra. ¿Te parece poco?

SAN PEDRO.- No lo hubiera imaginado. En vida, nadie me llamó “Vicario de Cristo”, “Sumo pontífice” o “Papa de la Iglesia universal”. 

SOFROSINA.- Tampoco habrías imaginado -pues los primeros cristianos esperaban el inminente fin del mundo- que, a lo largo de los siglos, el papado soñara con convertirse en la cabeza de una Res publica cristiana, entendida no solo como una fe religiosa, sino también como un gobierno, un principio de organización social basado en normas y leyes que se extendieran hasta los confines del mundo.

LINGUACUTA.- Así es, Pedro. Siglo tras siglo, el papado fue desarrollando la idea de una Iglesia mundial, dedicada a reunir a toda la humanidad y a servir de enlace entre este mundo y el otro, con la “Santa Sede romana” como piedra angular.

SOFROSINA.- Sin embargo, en ese esfuerzo por moldear la sociedad –instaurare omnia in Christo[1]– el papado ha sido, a su vez, moldeado por ella.

LINGUACUTA.-  Al que anda entre la miel, algo se le pega.

SAN PEDRO.- Al observar las riquezas acumuladas en el Vaticano veo que a mis sucesores se les pegó la miel, y en abundancia.

SOFROSINA.- Difícil es resistir a las sirenas del dinero, el poder y la gloria.

LINGUACUTA.- Lo fácil no es meritorio.

SAN PEDRO.- Ni por asomo hubiera sospechado en qué iba a parar la Iglesia de mi señor Jesús dos mil años después de ser ajusticiado.

SOFROSINA.- Eso es lo interesante de la Historia: las circunstancias y contextos son tan variados que no podemos saber a ciencia cierta qué futuros nos esperan.

LINGUACUTA.- Puede que la Historia se repita, pero de manera diferente. Por eso está llena de sorpresas.

SAN PEDRO.- Sorpresas las que me he llevado viendo el poder que ha terminado adquiriendo el papado. 

LINGUACUTA.- ¿Acaso no tuviste poder durante tu reinado? 

SAN PEDRO.- ¿Cuál reinado? ¿Cuál poder? Terminé crucificado. De Nerón era el reinado. Además, en mis tiempos, las diferencias entre nosotros se resolvían llegando a algún consenso después de muchos debates.

LINGUACUTA.- ¿No eras tú el encargado de zanjar cualquier discusión entre cristianos?

SAN PEDRO.- Ya se los dije, no fui “sumo pontífice” de nadie. Hasta tuve que justificar varias veces mis actuaciones, como cuando convertí al centurión romano Cornelio, en Cesarea de Palestina, y mis hermanos de Jerusalén me reprocharon haber entrado en casa de incircuncisos y comido con ellos.[2]

SAN CLEMENTE.- En Antioquía, Pablo de Tarso te reprendió, por lo contrario: por no compartir su comida con los conversos “gentiles” que no seguían las prohibiciones alimentarias de los judíos.[3]

SAN PEDRO.- ¿Lo vieron? Mi autoridad no era absoluta. Pero mi martirio, y el de Pablo de Tarso, le dieron prestigio a la Iglesia romana. 

SAN CLEMENTE.- Y contribuyeron a hacer de Roma el centro de gravedad del poder papal.

SAN PEDRO.- Pero para eso se necesitó mucho tiempo. Durante tres siglos, ni yo ni mis sucesores fuimos considerados papas ni soberanos pontífices de toda la Iglesia. 

SAN CLEMENTE.- Eramos, simplemente, los obispos de Roma. Recuerden que en todas las ciudades del imperio, las comunidades cristianas se organizaban en torno a la figura del “vigilante” –episcopos en griego-, que asumía un liderazgo, pero local. 

LINGUACUTA.- Lo cual ya es un signo de institucionalización del naciente cristianismo.

SAN CLEMENTE.- Así es. Al irnos abriendo a personas de todos los orígenes, que seguían llevando una vida social normal, se requirió una organización creciente en torno a una jerarquía de sacerdotes y obispos, supuestamente herederos más directos de los carismas de Pentecostés.[4]

SOFROSINA.- He sabido que, aunque las comunidades nacientes estaban relacionadas entre sí, estos vínculos difícilmente podían institucionalizarse en una estructura única, centralizada y permanente, sobre todo en un contexto de precariedad que las obligaba a pasar de vez en cuando a la clandestinidad. 

SAN CLEMENTE.- Me haces pensar en las persecuciones en tiempos de Nerón, Domiciano, Trajano, Marco Aurelio, Septimio Severo, Maximiano, Decio, Valeriano, Aureliano y Diocleciano. Yo mismo recibí la palma del martirio en el año 99, reinando Trajano.

SAN PEDRO.- La Iglesia de los primeros tiempos solo pudo federar pequeñas comunidades en gran medida autónomas entre sí, cada una con sus propias costumbres. Además, como las disputas no eran infrecuentes, las diferentes partes acostumbraban solicitar el arbitraje de comunidades vecinas más prestigiosas. 

SOFROSINA.- Me han dicho que, en esas circunstancias, la fuente de legitimidad era el concepto de “apostolicidad”, es decir, el hecho de que una comunidad pudiera remontar sus orígenes a los apóstoles o a sus discípulos directos.

SAN PEDRO.- De ahí la importancia para la Iglesia de Roma de hacer valer que yo había sido martirizado allí, lo que la convertía en “apostólica”.

SAN CLEMENTE.- No lo duden. La presencia de Pedro y Pablo en la “Urbs” contribuyó al rol de primer plano que, para fines del siglo I, ya tenía la Iglesia de Roma. 

SAN PEDRO.- Pero no se trataba de un centro de gobierno de toda la Iglesia. 

SAN CLEMENTE.- Hacia el año 95, escribí una larga carta a la comunidad de Corinto, que estaba dividida por las disputas. Sin embargo, no reivindiqué una superioridad jerárquica como si yo fuera la cabeza de la Iglesia en todas partes.

SAN PEDRO.- Supe, estando en Ultratumba, que tu carta tuvo gran repercusión pues, aún en el siglo IV, se leía en numerosas iglesias durante la liturgia. 

SAN CLEMENTE.- Ni siquiera escribí la carta en mi nombre, ni me atribuí título alguno. La escribí en nombre de la Iglesia de Roma, que se dirigía a una Iglesia hermana en términos de igualdad. 

SAN PEDRO.- Te cuento que un siglo más tarde, alrededor del año 180, el gran Ireneo de Lyon en su famosa obra Adversus haereses (Contra las herejías), seguía refiriéndose a mi persona simplemente como el obispo de Roma.

LINGUACUTA.- Díganme entonces, de una vez por todas, ¿cuándo se atribuyeron tus sucesores el título de “soberanos pontífices”? ¿cuándo se les subió el poder a la cabeza?

SAN PEDRO.- Hija mía, habrá que esperar hasta la segunda mitad del siglo IV. Fue Dámaso el primero en atribuirse el título de Pontifex maximus, después de que el emperador Graciano renunciara a esa dignidad pagana en el año 382. 

SAN CLEMENTE.- Y el sucesor de Dámaso, Siricio, será el primero en proclamarse Papa.

LINGUACUTA.- Menudo cambio con respecto a los humildes comienzos. ¿Qué fue lo que pasó?

SAN PEDRO.- El giro constantiniano, hija, el giro constantiniano. Eso lo cambió todo. 

SAN CLEMENTE.- Que te cuente esa historia el papa Silvestre, que conoció a Constantino. 

SAN PEDRO.- La sola mención del tal “giro” me perturba. Voy a calmar los nervios con una copa de “Lacrima Christi“. ¿Me acompañan?


[1]   Restaurar todas las cosas en Cristo.

[2]   Hechos de los Apóstoles, caps. 10 y 11.

[3]   Epístola a los Gálatas, 2, 11-14.

[4]   Hechos de los Apóstoles,2, 1-47.

Rodolfo Ramón de Roux

Noviembre, 2025

Post scriptum. Me place compartirles que acaba de ser publicado en versión papel y en versión digital el tomo V de los Diálogos de Ultratumba. Se puede adquirir en Internet en la plataforma “Amazon”. 

Quien desee ver el prólogo del libro, lo mismo que algunas de sus páginas, puede hacerlo poniendo en el “buscador” de Amazon: Diálogos de Ultratumba, o, simplemente, Rodolfo de Roux.

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Después de que el diálogo sobre el Purgatorio sacara a colación que la venta de indulgencias estuvo en los inicios de la Reforma protestante, la punzante Linguacuta se las arregló (ignoro cómo) para que Lutero y el papa León X se cruzaran inopinadamente. La sorpresa de ambos fue mayúscula y, aunque todavía se detestan, se dirigieron la palabra sin gritarse, pues en Ultratumba todo el mundo termina por apaciguarse, aunque no siempre (ya lo veremos).

Antes de transcribir apartes de tan eléctrico encuentro refresquemos un poco la memoria. El papa León X, cuyo nombre de pila era Giovanni de Médici, fue un privilegiado del Destino, o de la Providencia (ustedes deciden). Su familia, que dominó Florencia durante aproximadamente 300 años, tuvo entre sus miembros a cuatro papas, dos reinas de Francia y numerosos mecenas que impulsaron el Renacimiento. 

Su padre, Lorenzo el Magnífico, logró con sus influencias, que Giovanni, su segundo hijo, hiciera una carrera eclesiástica meteórica: a los siete años recibió la tonsura, a los ocho la administración de la abadía de Font-Douce por concesión del rey Luis XI de Francia, a los nueve fue nombrado protonotario apostólico por el papa Sixto IV y a los doce años, abad  de  Montecasino, prestigiosa abadía. Con tan solo trece años, Inocencio VIII —consuegro de Lorenzo de Médici—  le creó cardenal. En 1513, a los 37 años, fue elegido papa. León X, amante de banquetes, fiestas y suntuosos espectáculos, gastó 100 000 ducados del tesoro papal —casi la cuarta parte del mismo— en las celebraciones subsiguientes a su proclamación como “Soberano Pontífice”.

En las antípodas del refinado y hedonista León se halla el fraile agustino Martín Lutero. Coincidencias de la vida, el actual papa se llama León XIV y… es agustino. La Historia no se repite, pero rima. Hijo de un minero y descendiente de campesinos, Lutero rebosa de fuerza y de vitalidad. Apasionado e impetuoso, cuando habla “las palabras le fluyen como ríos y la pluma se le encabrita como un caballo ciego”, dixit Stefan Zweig. 

Martín, que enseña teología en la Universidad de Wittenberg, se encabrita realmente cuando el monje dominico Johannes Tetzel, encargado por el arzobispo Alberto de Brandeburgo, se dedica a promover la venta de indulgencias para financiar la reconstrucción de la basílica de San Pedro en Roma… e igualmente al endeudado arzobispo. 

LUTERO.- Me sacó de casillas hacer creer a los fieles que la salvación se puede comprar.  Por eso el 31 de octubre de 1517, en 95 tesis en latín destinadas a ser defendidas en la Universidad de Wittenberg, lancé una crítica devastadora de las indulgencias. 

LEÓN X.- No entiendo tu rabieta, Lutero. Las indulgencias, junto con las misas por los difuntos, constituyen uno de los medios por los que la Iglesia puede acortar todo -indulgencia plenaria- o parte -indulgencia parcial- del tiempo que se debe pasar en el Purgatorio. 

LUTERO.- Y yo no entiendo cómo se puede hacer negocio con la salvación de las almas. De ahí que en mis “95 tesis”, no contento con exaltar la superioridad del arrepentimiento auténtico y la caridad sobre la compra de indulgencias (tesis 39 y 43), taché de delirantes las afirmaciones de Tetzel sobre el poder de las indulgencias (tesis 75) y afirmé que “si el papa conociera las exacciones de los predicadores de indulgencias, preferiría que la basílica de San Pedro se redujera a cenizas antes que ser construida con la piel, la carne y los huesos de sus ovejas (tesis 50)”. Más aún, negué la utilidad de las indulgencias declarando que “cualquier cristiano, verdaderamente arrepentido, tiene la remisión plena de la pena y de la culpa (tesis 36)”. 

LEÓN X.-  Socavaste la autoridad pontificia al afirmar que la acción del papa se limita a los vivos (tesis 7 a 20) y que “el verdadero tesoro de la Iglesia es el sacrosanto Evangelio de la gloria y la gracia de Dios” (tesis 62).

LUTERO.- Envié mis tesis tanto al arzobispo Alberto de Brandeburgo como a ti, pero ustedes desdeñaron discutir conmigo.

LEÓN X.- Tus tesis ponían en peligro las finanzas del Vaticano y cuestionaban las prerrogativas papales.

LUTERO.- Ahí sí que metí el dedo en la llaga, pues los teólogos fieles a la Curia romana se apresuraron a desviar el debate hacia el tema de la autoridad en la Iglesia diciendo en esencia: “¿Quién eres tú para criticar a la Iglesia y a su jefe?”. 

LEÓN X.- ¿Quién era el Vicario de Cristo? ¿Tú o yo? Te faltó humildad y te sobró soberbia. Y ésta te hizo no sólo persistir en tus errores, sino ahondarlos.

LUTERO.- No me arrepiento para nada de haber publicado en 1520 la Carta abierta a la nobleza cristiana de la nación alemana, el Preludio sobre el cautiverio babilónico de la Iglesia y De la libertad del cristiano. Son tres tratados que posteriormente se denominaron “grandes escritos reformadores”. 

LEÓN X.- Serán “grandes” para tus heréticos seguidores. Esos “horrores” me obligaron a proclamar la bula Exsurge Domine dándote dos meses para retractarte. Y, como no lo hiciste, te excomulgué el 3 de enero de 1521 con la bula Decet romanum pontificem.

LUTERO.- Bien recuerdo tu bula Exsurge Domine. Después de condenar 41 de mis “errores” proseguías: “Nadie de mente sana es ignorante de lo destructivo, pernicioso, escandaloso y seductivo para las mentes piadosas y simples que son varios de estos errores, contrarios como son ellos a toda caridad y reverencia para con la Santa Iglesia Romana, que es la madre de todos los fieles y maestra de la fe; destructivos, como son, del vigor de la disciplina eclesiástica, particularmente de la obediencia. Esa virtud es la fuente y el origen de todas las virtudes, y sin ella cualquiera es fácilmente llevado a ser infiel”.

Apareció entonces Ignacio de Loyola con un folleto en sus manos. 

SOFROSINA.- ¿Son tus famosos Ejercicios espirituales?

IGNACIO DE LOYOLA.- No, es una copia de mis Reglas para sentir con la Iglesia. Las escribí en ese contexto de perniciosa desobediencia herética luterana. Les voy a leer la primera y la decimotercera de esas reglas porque me da la impresión de que ustedes dos son bastante díscolas.

SOFROSINA.- Somos todo oídos.

IGNACIO DE LOYOLA.- Dice la primera regla: “Depuesto todo juicio, debemos tener ánimo preparado y pronto para obedecer en todo a la verdadera esposa de Cristo nuestro Señor, que es nuestra santa madre Iglesia jerárquica.”

LINGUACUTA.- Además del “deponer todo juicio” no comparto esa cuasi identificación de la Iglesia de Cristo con la Iglesia jerárquica.

SOFROSINA.- Me intriga saber qué dirá la otra regla.

IGNACIO DE LOYOLA.- Escúchala con espíritu de obediencia: “Debemos siempre tener este principio para acertar en todo: lo que veo blanco, creer que es negro si la Iglesia jerárquica así lo determina.”

LINGUACUTA.- Se nota a leguas que eras un militar acostumbrado a obedecer sin chistar.

IGNACIO DE LOYOLA.- Obediencia, eso es lo que se espera de un verdadero creyente. ¡Obediencia ciega!

LEON X.- (Aplaudiendo) Así es, ilustre General de la Compañía real que Jesús con su nombre distinguió. Una vez que el Romano Pontífice ha hablado, no hay nada que discutir. ¡Roma locuta, causa finita!

SOFROSINA.- A eso se llega cuando la Iglesia se convierte en profecía institucionalizada.

LINGUACUTA.- Me queda claro que la obediencia ciega es lo mejor para creer a primera vista.

IGNACIO DE LOYOLA.- No me molesta lo que dices, sino el tonito con que lo haces.

“La mocosa se está burlando de nosotros, Ignacio”, rugió León, al tiempo que se acercaba a Linguacuta blandiendo su férula papal. Sofrosina, que abrió los ojos más que una lechuza —no de admiración sino de espanto— balbució: “Hasta aquí llegó este diálogo”. La temeraria Linguacuta se alejó tarareando “se acabó el danzón, se acabó el danzón”. Lutero ya se había ido, refunfuñando contra la obediencia ciega.

Rodolfo Ramón de Roux

Noviembre, 2025

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2 de Noviembre, Día de Todos los Difuntos. Como de costumbre, Sofrosina echó una mirada hacia Toulouse, donde pasó parte de su vida terrenal. Vio entonces a un grupo de compinches que iban por la Avenue de la Gloire rumbo al Cementerio Central entonando alegremente la popular canción de Michel Polnareff, “On ira tous au Paradis” (Todos iremos al Paraíso). Sofrosina miró de soslayo a Linguacuta y le dijo: Desde que inventaron el Purgatorio se vació el Infierno. La lengüilarga joven replicó: He oído que en el Purgatorio los inteligentes arden mejor porque tienen más fósforo. 

– Sigue diciendo bobadas y nadie te volverá a hacer caso, exclamó Sofrosina. 

–  Bobada la tuya, Sofro, con ese cuento de que “inventaron” el Purgatorio. 

– ¿Acaso no has leído a Jacques Le Goff?

– ¿Quién es ese?

– Uno de los mejores historiadores del Medioevo europeo. Escribió un gran libro -en tamaño y contenido- sobre “El nacimiento del Purgatorio”. Harías bien en leerlo, respondió Sofrosina.

De repente apareció el robusto y rollizo Le Goff con su inseparable pipa en la mano derecha.

SOFROSINA.- Jacques, confírmame si el “tercer lugar” del más allá cristiano -junto con el Infierno y el Paraíso-, fue una invención de la Edad Media. 

JACQUES LE GOFF.- La idea de una purificación necesaria después de la muerte remonta a los primeros siglos del cristianismo con las enseñanzas de algunos “Padres de la Iglesia”, como Clemente de Alejandría (muerto antes de 215), Orígenes de Alejandría (muerto en 253-254) o Agustín de Hipona (muerto en 430). Pero la palabra purgatorium no existe como sustantivo antes del siglo XII. Sí, te lo confirmo, es a partir de finales del siglo XII cuando se concibe claramente el Purgatorio como un lugar preciso de purificación post mortem.

LINGUACUTA.- ¿En qué consistió la novedad de lo que llamas “nacimiento del Purgatorio”? 

LE GOFF.- Para entenderla hay que tener en cuenta que el cristianismo desarrolla una concepción lineal de la historia de la humanidad, marcada por tres hitos importantes: la Creación del mundo; la Encarnación de Dios en la persona de Jesús y el Fin de los tiempos, descrito en el Apocalipsis. Por su parte, el Evangelio de Mateo relata cómo el Fin de los tiempos estará marcado por la resurrección de los cuerpos y el juicio que separará a los condenados de los elegidos, los primeros serán arrojados al Infierno y los segundos admitidos en el Paraíso.[1]

LINGUACUTA.- Desde esa perspectiva todo se decide el día del Juicio Final.

LE GOFF.- La cosa se fue complicando cuando teólogos y fieles comenzaron a preguntarse qué pasaba con las almas entre el momento de la muerte y el Juicio final. Se enseñaba entonces que ese largo tiempo de espera transcurría en el “seno de Abraham”,[2] padre de todos los creyentes. En un lugar llamado “limbo de los Patriarcas” se acogía a los “justos” que no habían conocido la revelación de Cristo. Y al “limbo de los niños” iban los bebés muertos sin haber recibido el bautismo. 

LINGUACUTA.- Ingeniosa solución.

SOFROSINA.- Más ingeniosa me parece la invención del Purgatorio.

LE GOFF.- Que fue concebido entre 1170 y 1200. Y reconocida oficialmente su existencia por el Segundo Concilio de Lyon, en 1274. 

SOFROSINA.- Siglo y medio después, en 1439, con el Concilio de Florencia la existencia del Purgatorio se convertirá en un dogma de fe.

LINGUACUTA.- Con la aparición del Purgatorio la visión cristiana del más allá pasa de ser binaria a ternaria. 

SOFROSINA.- Lo cual cambia bastante la vida de los creyentes.

LE GOFF.- Por supuesto, pues con la existencia del Purgatorio el Juicio Final va a ser precedido por un juicio individual que se celebra, para cada uno, en el momento de su muerte. Después de ese juicio individual el difunto va al Infierno si murió en pecado “mortal”, gana directamente el Paraíso o, más probablemente, es enviado al Purgatorio para purificarse de sus pecados “veniales” antes de poder ir al Paraíso.

LINGUACUTA.- El Purgatorio supone, por tanto, un pensamiento de justicia y un sistema penal sofisticado de clasificación de los pecados. 

LE GOFF.- Bien lo supones. La idea del Purgatorio se halla vinculada a la de responsabilidad individual, de libre albedrío del hombre, culpable “por naturaleza” en razón del “pecado original”, pero juzgado de acuerdo con los pecados cometidos bajo su responsabilidad. 

LINGUACUTA.- El Purgatorio es, pues, la estación de descontaminación en la ruta hacia el Paraíso.

SOFROSINA.- Y el único lugar en la geografía del más allá donde existe la esperanza de tener un mejor futuro.

LE GOFF.- Esperanza sí, pero con temor y temblor. Aunque la expiación purificadora termine con un desenlace favorable, el Purgatorio no se concibe como un lugar agradable: los castigos que allí sufren las almas se asemejan a los del Infierno, a juzgar por la iconografía que se va consolidando poco a poco y retoma los suplicios del fuego, el frío y las tinieblas que habían desarrollado las imágenes infernales. 

LINGUACUTA.- ¿Cuánto tiempo hay que quedarse en el Purgatorio?

LE GOFF.- Eso depende del sujeto. 

SOFROSINA.- Sin embargo, puedes darte una idea aproximativa leyendo el libro Le dogme du Purgatoire ilustré par des faits et des révélations particulières[3] escrito por el teólogo jesuita François-Xavier Schouppe. Fue publicado en París, en 1888, pero todavía se vende.

LINGUACUTA.- No pienso leer el libro, así que dime cuáles son las cuentas que hace el padre Schouppe.

SOFROSINA.- El reverendo sacerdote -experto en contabilidad de la salvación- supone que si en promedio cometemos diez faltas diarias se llega a un total de 3 650 faltas anuales, o sea, más de 60 000 en veinte años. Es posible, añade, que la mitad de esas faltas se purgue en la Tierra por medio de la penitencia, la oración o las buenas obras. 

LINGUACUTA.- ¡Quedarían por expiar, mínimo 30.000 faltas! 

SOFROSINA.- Dice el padre Schouppe que, a juzgar por las revelaciones de los santos, cada pecado venial exige una hora de Purgatorio; baremo “muy moderado”, según el jesuita. 

LINGUACUTA.- ¡Dios mío! 30 000 faltas a una hora de tormento por falta vienen a ser tres años, tres meses y quince días de Purgatorio.

LE GOFF.- Para el creyente ese tiempo no es gran cosa comparado con la eternidad que le espera. Además, se predicó la consoladora noticia de que los vivos pueden acortar o aliviar los sufrimientos de quienes están en el Purgatorio mediante oraciones, limosnas o misas que solicitan la intercesión de la Virgen María y de los santos en favor de los difuntos.

SOFROSINA.- Por eso los fieles, tanto a título individual como colectivo, en el marco de las cofradías, comenzaron a encargar a los sacerdotes una abundante celebración de misas para acortar lo más rápidamente posible las penas de las “benditas almas del Purgatorio”. 

LINGUACUTA.- Me han contado que muchos clérigos encontraron en estas celebraciones una lucrativa fuente de ingresos.

LE GOFF.- El nacimiento del Purgatorio también desarrolló la venta de “indulgencias” para disminuir las penas que en él debían padecerse. 

SOFROSINA.- Dicho sea de paso, la venta de indulgencias estuvo en el comienzo de la Reforma protestante.

LINGUACUTA.- Ahora que lo dices, recuerdo haber leído que Lutero rechazó la existencia del Purgatorio y que en su “Cuestionamiento al poder y eficacia de las indulgencias” (Disputatio pro declaratione virtutis indulgentiarum), más conocido como “las noventa y cinco tesis”, la emprendió contra el Papado por hacer negocio con las cosas sagradas, vendiendo indulgencias para financiar la construcción de la basílica de San Pedro en Roma.

LE GOFF.- Quién hubiera podido prever semejante daño colateral de la nueva representación tripartita de la sociedad de creyentes en Iglesia triunfante de los elegidos, Iglesia purgante de las almas del Purgatorio e Iglesia militante, la de los vivos, preocupada por aliviar a la anterior.

LINGUACUTA.- He conocido a muchos “vivos” que están sobre todo preocupados por hacer de la existencia ajena un Purgatorio, por no decir un Infierno.

En ese instante apareció como por encanto Émile Coué, padre del método de la autosugestión positiva. Al tiempo que acariciaba su elegante barba estilo perilla, el optimista psicólogo le dijo amablemente a Linguacuta: Positiviza, muchacha, positiviza; es un buen placebo contra todo infortunio. 

Las bombas seguían cayendo en Ucrania. En Gaza ya todo estaba destruido.

Rodolfo Ramón de Roux

Noviembre, 2025


[1]          Mt 25,31-46

[2]          Lucas 16,19-31

[3]   El dogma del Purgatorio ilustrado por hechos y revelaciones particulares.

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