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Jaime Lopez Velez

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Ante la propuesta de dedicar dos sesiones para compartir las poesías favoritas de nuestra autoría o de algún poeta preferido, nuestro grupo tuvo dos “Tardes de poesía” o “Patio de los poetas”. Se presentaron inspiraciones escritas hace muchos años o recientes, o escritas por otros poetas ‒famosos o no, familiares o compañeros jesuitas‒ a quienes admiramos y de quienes aprendimos a colocar en el papel los pensamientos y sentimientos de momentos y circunstancias especiales. En este Patio de los Poetas que iniciamos esta tarde en nuestra sección de cultura compartiremos con nuestros lectores estas muestras especiales para cada uno. 

Exjesuitas en tertulia – 7 de Julio, 2022
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Ante la propuesta de dedicar dos sesiones para compartir las poesías favoritas de nuestra autoría o de algún poeta preferido, nuestro grupo tuvo dos “Tardes de poesía” o “Patio de los poetas”. Se presentaron inspiraciones escritas hace muchos años o recientes, o escritas por otros poetas ‒famosos o no, familiares o compañeros jesuitas‒ a quienes admiramos y de quienes aprendimos a colocar en el papel los pensamientos y sentimientos de momentos y circunstancias especiales. En este Patio de los Poetas que iniciamos en nuestra sección de cultura compartiremos con nuestros lectores estas muestras especiales para cada uno. 

La gesta del águila

Allá, en la selva virgen, donde el viento

Azota con furor el roble añoso;

Donde el céfiro teje su lamento

Entre las grietas mustias de un coloso

Pétreo; allá, do crece lujuriante

Y se agiganta libre la natura

Con ritmo que avasalla,

Donde sin freno la tormenta estalla

Y con su rayo troncha

De la ancha ceiba la senil figura.

.

Allá, donde calcina

El sol, donde la luna

Vierte a raudales su fulgor de plata;

Do las aves entonan su argentina

Orquestación como una serenata

.

Allá, en la selva un águila                    

Se lanzó desde el alto

Peñón y el horizonte en raudo vuelo

Rasgó con su aletazo; bajo el cielo

De grises y cobalto

Que tiñe su plumaje

Se levanta un picacho: es la guarida

Del ave soberana

Que ejerce el vasallaje

Sobre el cóndor altivo y sus polluelos

Que ya empezaban a arriesgar sus vidas

En el azar de los primeros vuelos.

.

Todo era libertad. El ritmo fiero

Del desarrollo se acentuaba sobre

Sus músculos de acero,

Sobre su piel rojiza como el cobre.

Libres volaban porque libres antes

Crecieron al abrigo

Del águila imperial. Y fue testigo

Su garra de uñas curvas y brillantes

Que en más de una ocasión del enemigo

Los libró.

Y fue el impulso

Hacia la altura el que tendió sus alas…

Mas de un artero cazador las balas

Abortaron el ímpetu convulso

Del ave que aturdida

Cayó en las redes y entregó su vida

A la prisión.

Tentáculos de hierro

Ciñeron la bravura

Del águila imperial que en su destierro

Añoraba encumbrarse hasta la altura,

Volar sobre los montes,

Hundirse en el abismo,

Y surgir a escrutar los horizontes.

Era un drama de angustia y soledad.

Ese era el simbolismo

De aquella libertad

segada por la mano

Del hombre más villano.

De súbito bulló en efervescencia

La juventud, y un grito

Auguró proclamar su independencia.

Pretendió un aletazo

Abrirle el infinito:

La rigidez del lazo

La detuvo brutal: como un proscrito

Cargado de cadenas

Que rumia a solas, al partir, sus penas,

Exhausto y moribundo…

.

Quisiera el águila abrazar el mundo

Con sus alas y hacérselo un pedazo

De sí misma… Y estalla la tormenta:

Como un volcán que en su interior fermenta

La masa incandescente y luego explota

Produciendo un tremendo cataclismo,

Así desesperada se debate

Sin fin por no ver rota

Su vida en el abismo,

.

Y se retuerce, y con furor se agita,

Y gime, y aletea,

Y al vuelo se dispone. Se levanta

Y cae. Mas de nuevo a la pelea

Feroz se precipita,

La garra en ristre, el pico rechinando,

El cuello erguido, la gorguera hinchada,

Lista a volar. Y cuando

El ardor en su pecho ya palpita

El lazo troza con el pico fuerte,

Y huyendo de la muerte

Al firmamento sube.

Se remonta veloz con la alegría

De su cobrada suerte,

Y en pasajera nube

Se oculta de la tarde en la agonía.

Jaime López Vélez

Finca El Ocaso, enero de 1957

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Cuentos de navidad

Por Jaime Lopez Velez
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En este relato no pretendo ser un Charles Dickens, no faltaba más. Pero todos nosotros, los que creemos, tenemos nuestros propios cuentos de Navidad, así estos carezcan, como los míos, de profundas y sabias reflexiones.

Mi primer cuento de Navidad se remonta a la década de los años ´45, cuando hice la primera comunión, y el pesebre en casa acogía con entusiasmo a toda la familia y a algunos de los más allegados amigos de mis padres. Cantar los gozos y los villancicos a todo pulmón era una emulación entre todos los pequeños. Ese “ven, no tardes tanto” nos llevaba a pensar más en los “traídos” que en el mismo niño Jesús. Es imborrable la memoria de esos momentos tan especiales y significativos en familia, aun a pesar de que tantos elementos distractores, como el papá Noel, la pólvora, los globos, etc., desdibujaban la esencia de la celebración.

Años después comenzó otro cuento bien diferente. Y ese fue el de las Navidades en Santa Rosa de Viterbo, como novicio y luego como junior. No había “traídos”, pero seguían los gozos y los villancicos, ahora sí cantados más con el alma que con la garganta. Nos aproximamos al verdadero sentido de lo que se celebra en Navidad, y nuestro espíritu se repotenciaba para continuar el camino de renuncia y austeridad. Por esos días, durante el Juniorado, se presentaban obras de teatro, entre las cuales recuerdo bien el drama “César”, escrito por Alberto Gutiérrez Jaramillo, y nos atrevíamos a escribir los primeros poemas sobre el niño Jesús, la Virgen María, el pesebre, etc. Las Navidades como jesuita son las que más se han arraigado en mi memoria y las atesoro por el gran valor que aún me representan.

Un tercer cuento de Navidad se enmarca en los años desde mi retiro de la Compañía de Jesús hasta mi matrimonio. Aunque eran celebraciones en familia, y se rezaba siempre la novena y se cantaban los gozos y los villancicos, prevalecía una atmósfera de Saturnalia; la buena cena, los aguinaldos (que no eran ya los “traídos”), el licor, la música guasca, la pólvora y las jugarretas de ruleta, infaltables el 24 y el 31. Mi padre compraba la pólvora que era más de pirotecnia que explosiva. Alguna vez, mi hermano menor, bastante irresponsable, tiraba buscaniguas en el momento en que llegaban unos amigos invitados, con tan mala suerte que un buscaniguas, errático y caprichoso, se metió por la ventana del carro y le quemó el elegante vestido de “estrén” a la esposa del invitado. ¡Ah! Y no podía faltar la marranada. Los más chicos se alejaban para no oír los agudos chillidos del porcino moribundo. Año tras año era todo muy similar y coincidía siempre con nuestras vacaciones de fin de año, que pasábamos en una finca en La Estrella, cerca de Medellín.

Mi cuarto cuento de Navidad se empezó a escribir a principios de 1967, año de mi matrimonio. Dios me bendijo con una esposa fantástica e inmejorable, y con cuatro hijos, todos varones, que se graduaron en el colegio de San Ignacio, en Medellín, cuando trabajaba allí el hermano Aurelio García, quien había sido mi compañero desde primero de bachillerato en la escuela apostólica de san Pedro Claver, en el Mortiño, cerca de Zipaquirá, y con quien, era de esperar, tenía yo buena “rosca”. Eran nuestros hijos los que tomaban la iniciativa para construir el pesebre. Cada uno de ellos quería agregarle algo más: el uno, que más ovejas; el otro, que el lago con sus patos; otro más, que los pastorcitos, Se peleaban el turno para leer la novena y se distribuían los gozos, desde el mayor hasta el menor. Casi todos los días de la novena nos acompañaban los abuelos de los niños y los llenaban de golosinas, las más diversas. Volvía a ser un misterio aquello de los “traídos”. Las cartas de cada uno al niño Jesús en las que le hacían sus pedidos tenían que desaparecer como prueba de que Él sí las había recibido.

Con los años, ya los hijos crecidos, la celebración de la Navidad fue cambiando, pero no solo en nuestro hogar. La sociedad toda convirtió esa época en algo más pagano, con el consumismo y el desenfreno.

Aun así, veo que en nuestros hijos quedó arraigado el verdadero sentido de lo que acontece en Navidad. Ahora, son ellos quienes transmiten a sus propios hijos el significado de estas tradiciones católicas.

Mi quinto, y último cuento de Navidad, está protagonizado por mis nietos: seis niñas y dos varones; 21 años, la mayor; 7 meses, el menor. Por tanto, hemos tenido siempre durante los últimos años pequeñines que nos inspiran para continuar celebrando la Navidad en familia y con sentido religioso. Ha sido el momento más propicio para inculcarles que el mejor pesebre en el que el niño Jesús se siente más a gusto es nuestro propio corazón, humilde y sencillo, como el pesebre de Belén. Cuento este, el último, que seguirá inconcluso hasta que la vida le ponga el punto final. Y entonces serán mis hijos quienes empiecen a escribir los suyos propios.

Jaime López V.

Diciembre, 2021

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