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Carlos Enrique Velasco

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Hoy nuestro blog cambia de cara. La muerte ayer de Carlos Enrique Velasco así nos lo pide. Y es que nos ha empujado a comprender una nueva virtud de este rincón de “exjesuitas en tertulia”: se convierte en un baúl de recuerdos para celebrar la vida. Y este es uno de ellos: tuvimos que insistirle para que nos mostrara esa amable cara de humilde poeta que al leer su “Quisiera…” nos deja un enorme testimonio de su amor por la vida. Recordémoslo así:

Poema de nuestro querido compañero Carlos Enrique Velasco Angulo – compartido durante nuestra tertulia “tarde de poetas”, el 14 de Julio de 2022.
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Ante la propuesta de dedicar dos sesiones para compartir las poesías favoritas de nuestra autoría o de algún poeta preferido, nuestro grupo tuvo dos “Tardes de poesía” o “Patio de los poetas”. Se presentaron inspiraciones escritas hace muchos años o recientes, o escritas por otros poetas ‒famosos o no, familiares o compañeros jesuitas‒ a quienes admiramos y de quienes aprendimos a colocar en el papel los pensamientos y sentimientos de momentos y circunstancias especiales. En este Patio de los Poetas que iniciamos esta tarde en nuestra sección de cultura compartiremos con nuestros lectores los videos de estas muestras especiales para cada uno. 

Exjesuitas en tertulia- 14 de Julio, 2022
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paper, heart, symbol
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A raíz de mucho elucubrar sobre el libro o los libros más importantes de mi vida decidí transcribirles lo que Luciano Mendieta Arroyave, un desconocido escritor, escribió en uno de sus frecuentes momentos de ensoñación.

“Y como si desfilasen uno tras otro, percibo entre mis ensueños a decenas de autores que se asoman en mis recuerdos y solo vislumbro a algunos de ellos que me observan y me reconocen por las innúmeras pláticas habidas con ellos en tiempos pretéritos. Encabeza Homero, mítico padre de la épica, con su lúcida calva y barba ensortijada, que agita su clámide mientras ambula despacio departiendo con el constructor de Macondo de liquilique blanco y mariposas amarillas que aletean en su entorno, mientras este narra a su par la epopeya fática de los Buendía, y presta oídos a los avatares del rey de Ítaca en su penoso periplo de aventuras y tentaciones en aguas turbulentas y de Aquiles el héroe de Troya y amante de Patroclo. 

Míticas y palatinas también fueron las sagas de Sófocles, quien los sigue de cerca, inspiradoras precoces de complejos y traumas en siglos venideros. Detrás, altivo y luciendo en sus sienes la corona de laurel, transita il Sommo Poeta, como si aún estrechase la mano de Beatriz mientras recorre los meandros del empíreo en su Comedia, epítome magistral de razón y fe en el medioevo; tras su sombra marcha el esclarecido manco, sabio de la sinrazón y de la sensatez, que funde en el mismo crisol, durante su trasegar manchego, a sus protagonistas para erigir el sublime paradigma del hombre de carne y hueso. Cervantes departe en su camino con su coetáneo y vecino insular, genio también este y escultor eximio de las furias y pasiones que nutren y corroen al lobo irredento que llevamos encajado en las entrañas. Me ven los dos y me saludan porque conocen lo mucho que me han embriagado. 

Discuten y agitan rosarios y bordones los de la triada conventual hispana, Teresa, Juan y Luis, arrobados por el éxtasis divino que expresan con sus plumas inspiradas, seguidos por Rousseau, el polímata pensador, que nació en el Edén inmarcesible de la bondad natural del hombre. El vasco bilbaíno, rector vitalicio de la universidad de Salamanca, delirante en la fe irracional, vestido de negro, con su chivera ya nevada y sus espejuelos redondos, camina solitario y erguido con el orgullo de su lucidez en la incertidumbre y al distinguirme se acerca y me abraza porque él supo de mis delirios durante los muchos coloquios habidos durante años. Lo siguen varios personajes, imperdible, entre ellos, Balzac con su robusta complexión y su balandrán inmarcesible atestado de figuras y personajes, Tolstoi el doctrinario de la no violencia con su barba luenga y descuidada, y el solitario Conrad con su amplia frente y su chivera acicalada. Cierra la romería el gran Borges, ultraísta hermético y subjetivo, en compañía de otros cuyos rostros se difuminan entre los recuerdos, pero todos maestros y guías que mi librero Emilio me fue haciendo conocer y disfrutar”. 

Estos autores queridos y admirados por todos nosotros, y muchísimos más, estarán siempre en nuestra lista de mejores libros por su innegable valor perenne. Sin embargo, debo decir, que son tres libritos desconocidos, de una editorial más desconocida que los propios libros, los que más han influido en mi vida de estos últimos veinte años, y les voy a contar por qué.

El personaje de una novela, como mi Luciano Mendieta Arroyave a quien escuchamos hace un momento, no es un homúnculo, es un ser humano de carne y hueso que habita en el mundo de los sueños, tiene su hogar en la capital, lleva nombre y apellidos, sufre cuando su hijo se enferma, ama a Teresa su esposa y a su vieja amante Cristina; odia, fracasa, triunfa y ha leído a Homero, a Gabo, a Dante y a Borges, entre otros. Y esa creatura se gestó en las entrañas del escritor y una singular placenta aferrada en la propia mismidad del autor nutrió al embrión y lo construyó como persona. De ahí que novelar exija del escritor un permanente y profundo acto de introspección en los entresijos de la naturaleza humana. 

Para mí, novelar ha sido el momento de mis revelaciones interiores, la comprensión de la razón de ser de mis acciones y la conciencia de las profundas limitaciones de mi libre albedrío. Mi camino, mi ruta interior, desde que escribo, ha tomado un sendero de encantamientos y ensoñaciones, y una nueva forma de juzgar a los seres humanos. De ahí que mis mejores libros, aunque no tengan ningún mérito literario, son mis nivolas*, como las llamaba Unamuno, porque me han sumergido entre mis propias trastiendas para conocerme más y conocer mejor a los demás.  

Carlos Enrique Velasco Angulo

Eleonora y yo. Recuerdos tardíos de un renegado (2019); La calle de la cuesta (2019) y Paulina y sus contiguas (2020). Popayán: Samava Ediciones.

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landscape, desert, fantasy
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Nací y me crie con la fe del carbonero, una fe ciega que compartían mis padres y mi numerosa familia. Cuando el reloj de pie entonaba en la casa materna, con sus martinetes, el Ave María de Schubert, toda actividad se detenía. Mi abuelo descubría su cabeza y todos nos recogíamos mientras rezaba el Ángelus. Viajar con mis tíos era atenerse, desde que el carro arrancaba, a rezar el rosario de los quince misterios. 

El partido conservador era la verdad revelada y pertenecer al partido liberal era vivir en pecado. Empecé a temer desde muy niño al pecado mortal que me llevaría a un infierno eterno de llamas voraces: me lo decían las prédicas en los púlpitos, lo leía en los devocionarios que recibí en mi primera comunión y me lo repetían los inmensos cuadros de las iglesias en donde las llamas sobresalían por su abundancia. La posibilidad de una condenación eterna no era un juego: era una amenaza que se llevaba agarrada del cuello como hierro candente, algo así como la amenaza del coronavirus para los septuagenarios de hoy. No importaba haber tenido una vida virtuosa; bastaba tan solo un descuido, un pecado mortal, y si uno moría iría de paticas al fuego eterno. 

En la misma época, la lectura de Vidas Ejemplares y libros de vidas de santos despertó en mí la admiración por las gestas de esos grandes hombres que se sacrificaban y daban su vida por salvar las almas de sus prójimos. Eran Damián entre los leprosos, san Pedro Claver entre los esclavos, la peregrinación de san Ignacio de Loyola vestido de sayal y ¡quién lo creyera!, Tarzán el que salvaba animales y nativos de las envidias y codicias de los europeos que se internaban en la jungla y fue el mismo don Quijote desfacedor de entuertos. Entonces, decidí ser como ellos: sería un redentor de almas y muy pronto entendí que debía ser sacerdote. De niño nunca se me ocurrió ser policía, bombero o médico. Quería ser sacerdote y debía esperar un poco y crecer para entrar al seminario.

A mis once años se cruzó en mi camino un jesuita y le dije que quería ser sacerdote. Vi en ello la mano de Dios, porque mi encuentro fue en una calle cualquiera, con un jesuita que era un ave rara en estos parajes en donde la Compañía de Jesús solo tenía vestigios de un pasado lejano. Ocho días después me despertaba en uno de los dormitorios del segundo piso de la Escuela Apostólica del Mortiño, llamada también Nazaret o Seminario Menor San Pedro Claver. Fue una explosión, una verdadera epifanía, cuando de manera inesperada de la mano de Dios mi vida cogía el rumbo que tanto deseaba. 

El resto es historia de todos conocida. Es historia de muchos, con variaciones tonales y armónicas diferentes, pero la misma melodía. Seguí manteniendo durante años esa fe de carbonero que nada cuestionaba, que nada se preguntaba, Cristo era Dios, murió por redimirnos, la Iglesia católica es la iglesia de Cristo y tiene la verdad revelada, el Papa es infalible, en la hostia consagrada está Cristo presente, el infierno existe y con un solo pecado mortal nos podemos condenar, el ser humano es pecador, la pobreza es una virtud. 

Podría continuar la lista que todos conocemos. Pero mi fe de carbonero se fue desbaratando y las preguntas sin respuesta comenzaron a surgir, como seguramente nos pasó a todos. Y ese deslumbrante castillo de arena, que había construido sobre la playa con tanto fervor, con tanta dedicación, llegó el momento en que las olas del mar comenzaron a horadarlo poco a poco, en silencio, hasta que sin darme cuenta el castillo dejó de existir.

Desde ese momento hasta mi espiritualidad actual todo ha cambiado para mí. Si trato de recitar el Credo, solo puedo hacerlo en su primer versículo. Creo en Dios, aunque no sé si Padre o no. El resto del Credo para mí no tiene validez. No creo en la divinidad de Cristo, aunque sí creo en Jesús como mensajero de amor entre los hombres. Tampoco creo en la Iglesia, que para mí no es la Iglesia de Cristo, ni creo en la resurrección de la carne y, menos aún, en la comunión de los santos. Lo triste es que no me enorgullezco de esto. No me siento feliz afirmándolo: preferiría decir todo lo contrario, rezar convencido el Credo, en el que creí durante tantos años, pues sobre sus cimientos se desarrollaron mi niñez, mi adolescencia y los inicios de mi vida adulta. Es como si me arrancaran un pedazo importante de mi espíritu. Pero no hay nada que hacer. Esa burbuja en que viví tantos años se reventó, aunque en mi interior quedaron su recuerdo y su aroma.

¿En qué creo entonces, cuál es mi burbuja actual y qué me motiva a obrar en mi vida?

Creo en un Dios creador; para mí es absurdo explicar el universo sin su existencia. Más aún, creo en una teleología de la evolución y no en el desarrollo evolutivo por simple ensayo y error. Ese punto inmediato anterior al Big Bang sin un Dios creador no tiene explicación. Miles de millones de dólares y el trabajo ingente de los mejores científicos no han podido dar una explicación convincente que explique que de la nada, porque sí, brotó en un instante todo el universo. Con qué facilidad se acepta que la materia ni se aumenta ni se disminuye, y con qué pretensión se pretende eliminar la presencia de un ser ultratemporal y eterno que dio origen a lo existente.

Creo que la ley divina, ese ordenamiento que Dios Creador le ha dado a la esencia misma de los seres animados e inanimados, es la misma ley natural. Y de ahí se deriva toda la ley positiva. 

De la ley natural nace el derecho que tiene cada ser de poder ser lo que es y la obligación de permitir que los otros seres puedan ser lo que son. Creo que esa es la ley marco que obliga a todos los seres finitos y, sobre todo, a los seres humanos, que son quienes tenemos la opción del libre albedrío.

Esa es mi espiritualidad: vivir respetando el orden de las cosas y permitir y ayudar para que los otros seres humanos de mi entorno puedan también vivir de acuerdo con la esencia misma de su naturaleza humana. Eso se refleja y se ha reflejado en mi vida diaria, he tratado de vivirlo dentro de mi familia, dentro de mi entorno social y de trabajo, y en mi cátedra de la universidad. Y con humildad lo digo: considero que he sido fecundo, no tanto como yo quisiera, pero creo que en mi entorno inmediato se ha logrado vivir de acuerdo con el criterio de realización propia y respeto y realización del prójimo.

De la muerte solo puedo decir que allí culmina el ciclo como el de cualquier especie en la línea evolutiva de la que formamos parte. De la tierra nacimos y a la tierra volvemos. Quisiera equivocarme para no perder con la muerte tanto afecto y tanto cariño con que nos rodea la vida.

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