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Un nuevo año escolar

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Es el momento de recordar con urgencia que las escuelas son lugares en los cuales debe cultivarse la esperanza.

Por estos días regresan millones de niños, niñas y jóvenes a iniciar o continuar sus estudios en los diferentes ciclos y modalidades que ofrece la educación formal y, en cada caso, suele haber grandes expectativas e ilusiones tanto de los estudiantes como de sus familias. Los colegios, las universidades, los centros de formación técnica y los institutos para adultos se convierten en recintos para la esperanza y allí, quienes han dedicado su vida a la enseñanza, deben asumir la responsabilidad de ayudar a que muchos sueños se conviertan en realidad.

Muchos recordamos los días de infancia cuando el ingreso a clases estaba acompañado de los útiles para estrenar o los libros del nuevo curso, que cada vez parecían más retadores. El regreso de vacaciones y el deseo de reencontrarse con los compañeros tenía, y seguramente sigue teniendo, esa ambigüedad de no estar completamente seguros de si todo será como lo dejamos al final del año anterior o si el ambiente del grupo habrá cambiado, si la convivencia será más difícil, si habrá compañeros nuevos…

Hay múltiples estudios que indican que una actitud positiva frente al estudio contribuye de manera muy clara a conseguir notables progresos y asumir retos mayores, pues los estudiantes creen en su capacidad para aprender, lo que los motiva a participar activamente y completar tareas con mayor dedicación. Una actitud optimista fortalece la confianza en las propias habilidades, y esta les ayuda a abordar nuevos temas o problemas con menos miedo al fracaso, aparte de que suelen establecer relaciones más saludables con compañeros y maestros. Esto facilita el trabajo en equipo y el acceso a apoyo emocional o académico.

Sin embargo, es bueno resaltar que el optimismo y las actitudes positivas no suelen prosperar si no se crean condiciones apropiadas. Los niños más pequeños deben ir aprendiendo que la vida escolar es gratificante, que sus maestros y familiares creen en ellos y valoran sus logros y aprendizajes, que el contacto con los compañeros es una fuente de felicidad y enriquecimiento en la medida en que se aprendan a resolver los conflictos cotidianos que son parte de la vida. El juego en los primeros años es indispensable para aprender las mejores lecciones de convivencia, de trabajo en equipo, de desarrollo de habilidades, de respeto por los demás…

En cada ciclo escolar hay características de cada edad que, estimuladas con estrategias pedagógicas adecuadas, contribuyen a fortalecer la autoestima y el placer de asumir retos cada vez mayores que van configurando proyectos de vida ambiciosos y convicción sobre la posibilidad de mejorar individual y colectivamente. Cuando la vida escolar es rica, las expectativas pueden crecer y con ellas surgen ideas y proyectos que se convierten en aspiraciones profesionales, científicas, empresariales y políticas que cumplen con los propósitos de progreso social que tiene la educación.

Por desgracia, no siempre predomina este clima en el cual florece el optimismo, y los factores de conflictividad reiterados, incumplimiento de compromisos y promesas, la carencia de recursos fundamentales o el descuido y la desidia en la prestación del servicio se convierten en factores que frustran las esperanzas de comunidades enteras. No es fácil imaginar lo que podrán sentir hoy los miles de familias desplazadas en el Catatumbo frente a la imposibilidad de tener una educación en condiciones normales, o los campesinos de las zonas en las que el Estado ha perdido el control frente a grupos empeñados en reclutar niños para sus filas.

Este es el momento de recordar con urgencia que las escuelas y todas las instituciones en las cuales el conocimiento circula como la mayor riqueza de los seres humanos, son lugares en los cuales deben cultivarse la esperanza, el respeto, la ilusión por todo lo que juntos somos capaces de construir y la certeza de que la razón es nuestra mayor fortaleza para avanzar hacia una sociedad más equitativa y más humana.

Francisco Cajiao

Publicado en El Tiempo, Bogotá

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Una educación de calidad solo es posible en una sociedad con altos estándares de exigencia.

La última semana de Enero regresaron a clases -en Colombia- millones de niños, niñas y jóvenes, seguramente con la alegría del reencuentro con sus compañeros y la expectativa de las novedades que les pueda traer el nuevo año. Siempre recuerdo las vísperas del inicio de clases, cuando se estrenaban cuadernos, con frecuencia zapatos porque siempre parecían quedar chicos, y las nuevas asignaturas o profesores que representarían retos novedosos. Durante las vacaciones, en aquellos tiempos carentes de celulares y redes sociales, se perdía el contacto con los compañeros de manera que había también la ilusión de retomar amistades y complicidades para el estudio y el goce de la infancia. 

Además de la visión de los estudiantes, que no siempre es tan romántica y feliz, porque también hay quienes experimentan gran ansiedad frente a las dificultades académicas o de convivencia que presenta la vida estudiantil, tanto en los colegios como en las universidades, están las expectativas de las familias, de los maestros y de los diversos sectores sociales que se preocupan por los planes y las políticas del gobierno.

El ministro Gaviria ha planteado cinco prioridades para 2023: (1) aumento sustancial de la cobertura de la educación superior, (2) universalización del Programa de Alimentación Escolar, (3) un ambicioso plan de infraestructura en escuelas rurales, (4) que la educación cumpla un papel fundamental en la convivencia, en aclimatar la paz y la reconciliación del país, y (5) llevar la cultura y el deporte en jornadas ampliadas. Todos estos son, sin duda, asuntos fundamentales, pero no son suficientes para avanzar en temas como la reducción de las brechas de aprendizaje que se ampliaron en la pandemia, hacer transformaciones de fondo en la educación básica y media o fortalecer la descentralización.

A todo esto se ha referido el ministro en diversas intervenciones, así como a la necesidad de una ley estatutaria pendiente hace mucho tiempo, a las reformas de la Ley 30 y del Sistema General de Participaciones, cuyos recursos están prácticamente agotados.

Algunos países han avanzado mucho más que nosotros sin contar con recursos financieros muy superiores, pues han sido menos tolerantes con la mediocridad y la laxitud.

Ninguno de estos temas es fácil de resolver porque, además de necesitar cuantiosos recursos adicionales, requiere profundos cambios de actitud en muy diversos actores sociales. Una educación de calidad solo es posible en una sociedad con altos estándares de exigencia ética, académica y laboral.

Esto implica que los ciudadanos en general seamos exigentes como consumidores frente a lo que nos ofrece el mercado, tanto en productos como en servicios, que los empresarios sean exigentes y rigurosos en sus procesos de producción, que los trabajadores –sean operarios, intelectuales, científicos o dirigentes– tengan la preparación que requiere su oficio como elemento esencial de su propia dignidad y como sello de compromiso ético con la sociedad y, por supuesto, que todos los maestros desde la educación inicial hasta los más sofisticados doctorados, tengan una atención constante frente al compromiso social, intelectual y ético con sus estudiantes.

Algo así no se consigue fácilmente en una sociedad, aunque se haya enunciado como un ideal en los escritos de Aristóteles, Kant, Mill o las decenas de filósofos que han reflexionado sobre el tema a lo largo del tiempo.

Insistir en que la educación es un asunto vital para el futuro del país suena a frase de cajón, pero debe ser prioridad real, lo que implica, entre otras cosas, tomar conciencia del daño enorme que causa gente mediocre con responsabilidades de las cuales depende la calidad de vida de toda una sociedad.

Francisco Cajiao

Publicado en EL TIEMPO el 30 de enero de 2023.

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