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Mauricio cabrera galvis

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Dos amenazas se ciernen sobre el proceso de creación de empleo y, por lo tanto, sobre las posibilidades que van a tener las grandes mayorías de la población de encontrar empleos decentes que les proporcionen ingresos para una vida digna: uno, la creciente automatización y el mayor uso de robots en los procesos productivos; dos, el desarrollo de la inteligencia artificial generativa (Gen-IA) que es capaz de generar productos y contenidos que reemplazan a los humanos. Es lo que se ha denominado la cuarta revolución industrial:

 “La automatización va a destruir millones y millones de empleos”. “Con la inteligencia artificial cada vez habrá menos trabajos que un robot no pueda hacer mejor, y esto representa un gran desafío social por el desempleo masivo que se va a crear”. Son afirmaciones de gente que sabe por qué lo dice.

La primera es de Harari, el historiador que ha analizado, con mucho acierto, las grandes tendencias de la humanidad; la segunda es de Elon Musk, no solo uno de los hombres más ricos del mundo, sino uno de los empresarios que más está impulsando el desarrollo de la inteligencia artificial.

Automatización y trabajos manuales

La utilización de máquinas para sustituir de manera más eficiente las labores realizadas por los trabajadores ha sido la característica central del desarrollo desde las épocas de la Revolución Industrial a finales del siglo XVIII. Pero siempre había sido un proceso de destrucción creativa, para usar el término de Schumpeter, es decir, a la vez que se destruían puestos de trabajo en algunos sectores, se creaban otros nuevos en otras industrias.

Cuando una empresa compra maquinaria para automatizar su producción, despide trabajadores, pero las empresas que fabrican las máquinas tienen que contratar más trabajadores, lo mismo que las que les prestan servicios de mantenimiento y reparación. 

Por supuesto este ciclo de reemplazo es mucho menor en países como Colombia que solo producen maquinaria “simple” y que tienen que importar todas las nuevas tecnologías de automatización. La destrucción de empleo acá se traduce en creación de empleo en los países desarrollados productores de la maquinaria.

Ya hay estudios económicos que confirman y cuantifican estas afirmaciones. En Colombia la semana pasada pasó desapercibido un comunicado de Fedesarrollo que reseña un estudio realizado por ese centro de investigaciones para el BID sobre los efectos de la automatización y el cambio tecnológico en el futuro del mercado laboral de Bolivia, Colombia, Ecuador y Perú.

La conclusión del estudio no puede ser más alarmante: “Seis de cada diez empleos en Colombia están en riesgo de automatización”. (exactamente el 58 %) Por supuesto, el riesgo es diferente según el sector y la profesión, siendo mucho más grande en aquellos empleos que involucran tareas repetitivas en la agricultura, la industria manufacturera y servicios administrativos, contables y de atención remota a clientes.

El impacto total en Colombia es cercano al promedio de los países estudiados, como se ve en el gráfico, pero es mucho mayor en el personal administrativo y en los trabajadores de servicios, mientras que en los otros cuatro países andinos el impacto más grande es en los trabajadores agrícolas.

Inteligencia artificial y trabajos profesionales

Otro documento muy reciente es del FMI (Gen-AI: Artificial Intelligence and the Future of Work), y sus conclusiones son todavía más preocupantes. Su punto de partida es optimista, pues reconoce que la nueva revolución tecnológica va a aumentar la productividad, acelerar el crecimiento y aumentar la riqueza, pero según palabras de Kristalina Georgieva la directora del FMI,  al mismo tiempo “va a destruir empleos y aumentar la desigualdad”.

Al cuantificar encuentran que el 40 % del empleo mundial está amenazado por la IA, con un agravante pues mientras la automatización tradicional reemplazaba trabajos manuales con actividades rutinarias, la IA va a reemplazar empleos calificados y de profesionales. Por esa razón, en los países desarrollados hasta el 60 % de los trabajos van a ser impactados por la IA, mientras que en las economías emergentes solo el 40 %, y en los países más pobres el 26 %.

El proceso es este: un grupo de trabajadores y profesiones van a aumentar su productividad utilizando la IA y, en consecuencia, aumentarán sus salarios. Por el contrario en otros sectores la IA va a empezar a realizar funciones y trabajos que se creía eran exclusivos de hombres y mujeres, con lo cual la demanda por estos trabajadores va a disminuir, reduciendo el empleo y los salarios.

Ya no se trata solo de la automatización de cadenas de producción sino de robots que sin necesidad de una persona que los maneje cuidarán enfermos, enseñarán en las escuelas patrullarán las calles, atenderán las recepciones de edificios y oficinas, o llevarán la contabilidad de las empresas; se trata de buses y taxis sin conductor o, lo más escalofriante, de robots soldados equipados para matar a su propia discreción. 

Las consecuencias sociales de estas tendencias son muy graves, y no se reducen a un descomunal incremento de la desigualdad. Harari dice que mientras que con la revolución industrial surgió una clase social proletaria, con  la IA va a surgir una nueva clase social inútil para el sistema económico y social, por lo cual la lucha de los trabajadores no será contra la explotación sino contra la irrelevancia. Es mucho peor ser irrelevante que ser explotado.  

A finales del siglo pasado de la escritora francesa Viviane Forrester dijo en su libro  El horror económico que  “si hay algo peor que la explotación del hombre por el hombre es la ausencia de explotación”.

Musk afirma algo similar, lo cual no deja de ser sorprendente. Para él el problema económico del desempleo masivo se puede resolver con una renta básica universal que el Estado entregue a todos, aunque no dice de dónde va a salir la plata para pagarla, pero el reto más grande es cómo darles significado a la vida de personas que se sienten inútiles. Sin trabajo se pierde el sentido y el significado de la vida.

El problema no son los robots ni la IA. Es muy bueno que haya cada vez más personas liberadas de tareas rutinarias y repetitivas, y así tengan mas tiempo para sus familias, la diversión y la cultura. El problema es quiénes serán los propietarios de esas máquinas que se pueden apropiar de la enorme plusvalía que generan, mucho mayor que la de un trabajador común y corriente. Si los dueños van a ser unas pocas megacorporaciones multinacionales, con el monopolio de esa tecnología no habrá régimen de impuestos, ni siquiera las propuestas de Piketty, que pueda atajar el crecimiento de la desigualdad.

Mauricio Cabrera Galvis

Publicado en Revista CAMBIO -Colombia

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En la jerga de los financieros, 200 puntos básicos (p.b.) es lo que para el resto de los mortales es un 2%. Cualquiera sea la forma como lo quiera uno llamar, este es el monto que la Junta del Banco de la República debería bajar la tasa de interés de política monetaria (TBR) en su próxima reunión de fin de mes.

Nadie se atrevería a afirmar hoy que el Banco no debe bajar su tasa. Lo que se discute es el tamaño y la velocidad de la reducción. De hecho, la mayoría de los analistas esperan una rebaja entre 50 a 75 p.b., pero en las circunstancias actuales de la economía eso sería muy poco, por varias razones.

LA INFLACIÓN BAJA, LA TBR NO

Para empezar con el argumento que más le importa a la Junta del Banco: la inflación ha bajado mucho más rápido de lo esperado, mientras que la tasa de interés se ha quedado pegada del techo, de manera que hay bastante espacio para la reducción.

En efecto, la variación del IPC (línea verde del gráfico) alcanzó un punto máximo de 13.3% en marzo del año pasado y, desde entonces, inició un proceso descendente con disminuciones todos los meses; se espera que al final de este mes se ubique alrededor de 7.4%, es decir una caída de casi 600 p.b. (para hablar como los financieros) en 12 meses. Por su parte, el máximo de la TBR (línea azul del gráfico) fue de 13.25% en mayo de 2023, y desde entonces la Junta solo se ha movido dos veces para bajarla a 12.75%, es decir solo 50 p.b.

Como consecuencia, hoy la diferencia entre la tasa de interés y la de inflación es de casi 5.5%, y sería aún más alta si se tomaran en cuenta las expectativas de inflación. Es una postura de política claramente contractiva -la más contractiva en lo que va corrido del siglo- que algunos podrían justificar aduciendo que la inflación está todavía por encima de la meta del Banco, que está en un rango entre 2% y 4%. Sin embargo, resulta excesiva si se toman en cuenta las tendencias de los precios y el estado de la economía.

Cuando la inflación es de costos, la subida de las tasas de interés sí sirve para controlar el alza de precios, pero lo logra poniendo un freno de mano a la demanda agregada y, por lo tanto, al crecimiento económico. Es lo que ha pasado en Colombia el último año.

AD PORTAS DE LA RECESIÓN

La segunda razón para acelerar la baja de la TBR es porque el país está en riesgo de caer en una recesión. El indicador del DANE (línea roja del gráfico) mostraba que al cierre del año pasado la economía escasamente crecía al 0.1% anual, y según las mediciones de Bancolombia en este año, el nivel de actividad económica completa dos meses consecutivos en terreno de contracción (-1,6% y -0,6%, respectivamente), con caída en sectores tan importantes como la construcción, el comercio, y la industria.

Son dos las principales políticas contracíclicas que se pueden utilizar para reactivar una economía: la monetaria y la fiscal. En las actuales circunstancias, la primera, es decir la baja de la tasa de interés, es la que se puede y se debe utilizar. Al bajar el costo del crédito se va a estimular el consumo de los hogares, la compra de vivienda y de vehículos y, por supuesto, muchos proyectos de inversión volverán a ser rentables. En una palabra, se reactivará la demanda agregada, lo que jalona la producción.

El otro instrumento que es el gasto público está muy limitado por el tamaño del déficit fiscal y el aumento de la deuda pública, de manera que a pesar de los llamado de los gremios a que el gobierno gaste más, no se podría hacer este año sin romper la regla fiscal.

Hay una razón adicional para bajar la TBR, que no es menos importante: el alto nivel de las tasas de interés domésticas frente a las internacionales es un imán poderoso para la atracción de capitales golondrina que, al aumentar la oferta de dólares, está presionando a

la revaluación de la tasa de cambio que ya ha caído por debajo de los $3 900.

Esta revaluación está afectando a todos los exportadores, cafeteros, floricultores, industriales y hasta a Ecopetrol, pues se está reduciendo el valor de sus ingresos en pesos. El impacto más grande lo tienen aquellos que son intensivos en mano de obra, pues el aumento de los salarios ha sido mayor que la inflación doméstica. Desestimular estas exportaciones va a agravar la caída de la producción.

200 puntos básicos es la reducción inmediata que debe hacer la juta del Banco a su tasa de interés, pero es solo la primera de una serie de rebajas que este año deben llevar la TBR a una postura neutra respecto de la inflación, es decir a niveles del 6%.

Mauricio Cabrera Galvis

Artículo publicado en Cambio

Cali, marzo 16 de 2024

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¡Toda inflación es de vendedores! No es esta una afirmación para terciar en la polémica reciente sobre el papel de las utilidades empresariales en la inflación, sino una simple constatación empírica que, en el proceso de definir los precios de la mayoría de los bienes y servicios, los vendedores tienen la última palabra.

Tampoco es un juicio moral de buenos y malos. Los vendedores no suben los precios porque sean perversos, así como los trabajadores tampoco son malos cuando presionan por el alza de sus salarios. Todos son agentes que buscan su beneficio personal de acuerdo con las reglas del sistema económico, esperando que la mano invisible produzca el beneficio colectivo, pero en realidad requiere la mano visible de un Estado eficiente para corregir sus excesos.

Una aritmética sencilla y unos cuantos ejemplos sirven para comprobar que son los vendedores quienes suben los precios, con la salvedad de que también es cierto que son ellos quienes bajan.

Utilidades y espiral inflacionaria

Más allá de las sofisticadas estimaciones econométricas, una aritmética sencilla sirve para explicar el tema. Los factores que inciden en la determinación del precio de un bien son el costo de las materias primas, los salarios, los costos operativos y las utilidades. Suponiendo que se distribuyen como en la primera línea del cuadro para sumar 100, veamos qué pasa en el corto plazo cuando suben los insumos o los salarios.

En el caso (A), por la guerra de Ucrania, por la devaluación o por cualquier otra causa externa, el costo de las materias primas subió un 20% de 50 a 60, y en el corto plazo los salarios y los costos operativos se mantuvieron constantes. Entonces pueden ocurrir dos escenarios: uno que los precios no suban, para lo cual es necesario que las utilidades bajen

de 15 a 5; el otro, que los empresarios quieran mantener sus utilidades constantes, para lo cual deben subir los precios un 10% a 110, generando inflación y pérdida de poder adquisitivo para los trabajadores.

A veces sucede que ante la noticia de un aumento del 20% en el costo de los insumos, un empresario logre subir sus precios hasta en el mismo 20% (a 120), caso en el cual sus utilidades se incrementarían de 15 a 25, y los trabajadores perderían más. Es la pugna distributiva.

En el caso (B), por un aumento del salario mínimo se eleva este componente del precio de 20 a 25, y entonces tenemos los mismos dos escenarios del caso anterior: el aumento de salarios no se transmite a los precios, para lo cual las utilidades tienen que reducirse a 10, o suben los precios a 105 y hay inflación para que las utilidades se mantengan constantes.

La decisión de subir precios

La descripción anterior es una simple identidad contable que no dice nada de causalidades de la inflación ni de quién toma las decisiones de subir los precios. Unos ejemplos de la vida real ayudan a saberlo.

Un ejemplo de libro de texto. El campesino que sale loco de contento con su cargamento para la ciudad y va con su camioncito lleno de bultos de papa caucana a la central de abastos de Cavasa, preocupado porque su vecino le dijo que el día anterior la habían pagado a $50.000 el bulto. Sin embargo, en el radio oye la noticia de que después de que el pasó por Caloto hubo un bloqueo en la vía Panamericana y no dejaron pasar más camiones.

Cuando nuestro campesino llega a Cavasa, ve que son muy pocos los vendedores de papa y muchos los que quieren comprar, de manera que ya están ofreciendo a $60.000 por el bulto. El ve su oportunidad y decide que solo va a vender a $70.000; lo logra y a diferencia del jibarito de borinquen, no vuelve triste sino loco de contento para su hogar que es toda su ilusión. Había más demanda que oferta, pero la decisión de subir el precio la tomó el vendedor.

Otro vendedor de mayor tamaño, el gerente de una empresa avícola al que le avisan que los futuros de maíz se dispararon por una guerra en Europa y consulta a su junta directiva qué debe hacer con los precios de los pollos y los huevos. Unos le dicen que como tiene inventarios de maíz comprados a precios bajos puede esperar a que lleguen los nuevos embarques para subir los precios, pero la mayoría decide aprovechar la oportunidad y subirlos inmediatamente porque se sabe que los competidores lo van a hacer. Hay un incremento del costo de las materias primas, pero la decisión de subir el precio la tomó el vendedor y el gerente se ganó una bonificación por aumentar las utilidades.

A veces no es una decisión de personas sino de algoritmos, como es el caso de los tiquetes aéreos. El precio base de un tiquete Cali-Cartagena puede ser $150.000, pero las aerolíneas tienen sofisticados algoritmos para predecir, con base en las ventas y las consultas en sus páginas web, cuándo la demanda va a ser mayor que las sillas disponibles, y duplican o triplican los precios. Es un robot el que sube los precios, pero fue programado por los vendedores que tomaron la decisión de hacerlo así.

En el segundo ejemplo hay un choque externo que aumenta los costos, mientras que en los otros dos es el exceso de demanda el que presiona a la inflación, pero en los tres casos la decisión de subir los precios de los bienes o servicios es del vendedor, no porque sea una mala persona, sino porque actúa en el mercado como un agente racional que busca maximizar sus ganancias.

* * *

ADENDA: Van 412 firmantes de paz y 1.456 líderes sociales asesinados desde la firma del acuerdo en 2016. Para que no se olviden sus nombres ni se conviertan en simples estadísticas, Defendamos la Paz convocó a un emotivo duelo colectivo, con cajas vacías y flores blancas por cada uno de los asesinados, que es también un clamor por la Vida y por la Paz para que no continúe la matanza. ¡Para la guerra nada!

Mauricio Cabrera Galvis

Artículo publicado en Cambio

Cali, febrero 24 de 2024

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Esta es la crítica más leve que se puede hacer a la reciente decisión de la Junta del Banco de la República de rebajar de 13% a 12.75% su tasa de interés: ¡Se demoraron mucho en hacerlo, y la bajaron muy poco, solo 0,25%!

Hay que recordar que la tasa de intervención (TIB) es la herramienta que utiliza el Banco para controlar la inflación y mantenerla en su meta de 3% anual. Si la inflación sube por encima de esta meta (sin importar la causa) el Banco sube la TIB para enfriar la economía, disminuyendo el consumo y la inversión. Cuando se estanca la actividad productiva y la inflación baja por debajo de la meta, el Banco baja la TIB para estimular la economía, como lo hizo con éxito en la pandemia, cuando la inflación y la TIB llegaron a mínimo históricos de 1.5% y 1.75% respectivamente.

Desde marzo de 2021, la inflación comenzó a acelerarse por las secuelas de los problemas de transporte y contenedores que dejó la pandemia, por la invasión rusa a Ucrania que elevó el precio de los energéticos y por la escasez de alimentos y materias primas, agravada en Colombia por factores climáticos y de infraestructura vial; así llegó a un máximo de 13.3% dos años después.

Sin importar que las causas del rebrote inflacionario eran principalmente choques de oferta, la respuesta del Banco fue la tradicional de reducir la demanda para lo cual elevó la TIB en trece ocasiones hasta llevarla a 13.25% en mayo de 2023.

Desde que el Banco empezó a aplicar su política con el enfoque de la “inflación objetivo” es

la primera vez que eleva la TIB de una manera tan acelerada. El único episodio comparable sería lo ocurrido en 2014 y 2015, cuando la inflación pasó de 1.7% a 8.6 en 30 meses, pero el Banco solo subió su tasa de 3.25% a 7.25%

Muy tarde

La decisión del Banco es tardía por varias razones: primera, porque los dos últimos aumentos de la TIB los hizo el Banco cuando la inflación ya había bajado en más de 1%; segunda, porque mantuvo la TIB en su nivel máximo hasta diciembre del año pasado, es decir durante 8 meses, aunque en ese período la inflación se redujo cerca del 10%.

La última razón, y la más importante de todas, es que hace casi un año el Banco ya había logrado su objetivo de frenar el consumo y la inversión, y así enfriar la economía. En efecto, después de alcanzar un crecimiento del PIB de 7.3% en 2022, para abril del año pasado, el DANE reportaba una caída del 0.9% en su indicador de crecimiento de la economía, y el año cerró con un mínimo crecimiento de alrededor del 1%.

Es indiscutible el impacto de la subida de las tasas de interés sobre la actividad productiva. Por el encarecimiento de los créditos de consumo, los hogares están usando menos las tarjetas de crédito y compran menos bienes y servicios; la caída en las ventas de vehículos también se debe en buena parte al mayor costo de los créditos, y en el caso de la vivienda, se han dado miles de desistimientos de compradores de proyectos en planos ante la imposibilidad de cubrir el mayor valor de las cuotas.

Un indicador de esta caída de la demanda es el comportamiento de la cartera de créditos del sistema financiero. Descontando la inflación, la cartera comercial bajó 6%, la de consumo 11% y la de vivienda 3%. También los deudores han dejado de pagarle a los bancos, de manera que la cartera vencida se disparó 32% la comercial, 53% la de consumo y 25% la de vivienda.

Muy poco

También es tímida e insuficiente la decisión de bajar solo 0.25% la TIB. La diferencia con la tasa de inflación de enero será de 4.3%, que es la máxima registrada desde el año 2000. Y como no habrá decisiones de la Junta sino hasta finales del mes de marzo, y la inflación continuará descendiendo, esta diferencia se ampliará por encima del 5%.

No se puede argumentar que los bancos centrales son cautelosos al momento de modificar sus tasas de interés. El Banco ha sido mucho más agresivo cuando se trata de subir la TIB. En los dos últimos años la subió de un golpe 1.5% en dos oportunidades, y también 1% en 5 ocasiones. Tampoco se compadece ese mínimo cambio con las expectativas de inflación de los analistas, que para el 2024 se han reducido a 5.2%

Lo grave de ir tan lento es que el crecimiento seguirá frenado, pues el impacto de las menores tasas sobre la actividad económica tiene un rezago de unos 6 meses. Así las cosas, aún si el Banco acelerara la disminución de la TIB en los próximos meses, su efecto sobre las tasas de interés de la banca y, por lo tanto sobre la reactivación del consumo y la inversión, solo se sentirá al final del año.

El mismo Banco lo reconoce, pues su estimativo de crecimiento del PIB para 2024 es de solo 0.8%, lo cual es una profecía autocumplida pues en sus manos está estimularlo más si actuara más rápido.

MAURICIO CABRERA GALVIS

Artículo para CAMBIO

Cali, Febrero 3 de 2024

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Sorprende la fuerte reacción de los voceros del sector empresarial y de algunos periódicos contra un estudio de los técnicos del Ministerio de Hacienda sobre “la inflación de vendedores” en Colombia, es decir sobre el papel de las utilidades empresariales en el aumento de los precios. El Consejo Gremial respondió señalando 24 críticas al estudio y sendos editoriales de El Tiempo y Portafolio se apresuraron a descalificarlo. Se nota que la sensibilidad sobre este tema está a flor de piel.   

El año pasado, en este mismo espacio, comenté varios estudios internacionales sobre el tema, que también se empezó a denominar la “inflación por avaricia” (greedinflation), que coincidían en la conclusión del análisis del FMI según el cual en los últimos años: “Las crecientes ganancias empresariales explican casi la mitad del incremento de la inflación en Europa, en la medida en que las empresas aumentaron sus precios mucho más que el incremento del costo de la energía importada”. 

La inflación de vendedores en Colombia 

El estudio de Minhacienda aplica la metodología de esos estudios al caso colombiano, y no es de extrañar que, después de un detallado análisis empírico, llegaran a conclusiones similares, que vale la pena resumir pues han sido malinterpretadas por los gremios y los medios.

Para los autores los procesos inflacionarios tienen tres etapas: “i) impulso, ii) propagación y amplificación, y iii) conflicto con los trabajadores”. Según ellos, en el caso colombiano reciente, el impulso vino tanto en choques de oferta (la pandemia, la invasión a Ucrania, la caída de la producción de alimentos, etc.) como de demanda (el aumento del gasto de consumo de los hogares). 

Debe resaltarse este punto, pues parece que los críticos del estudio no lo leyeron y demuestran desconocer los factores exógenos, de oferta y demanda, que impulsaron la aceleración reciente de la inflación en Colombia. 

En la etapa de amplificación identifican un papel importante de las utilidades por cuanto ante el aumento de sus costos en los años 2020 a 2022, las empresas con poder de mercado los transmitieron a los precios al consumidor para mantener sus márgenes de utilidad. Lo mismo sucedió en Europa. En 2023 se dio la tercera etapa pero no por la vía del conflicto, sino del aumento real del salario mínimo que permitió la recuperación del ingreso real de los trabajadores.

Una comprobación empírica de estas conclusiones es el mayor crecimiento de las utilidades empresariales en 2021 y 2022, muy por encima del crecimiento de los costos laborales y de las tasas de incremento de las mismas utilidades en lo corrido del siglo hasta la pandemia. En el gráfico de los autores también se observa que en 2023 se revierte la tendencia y crecen más los costos laborales.

La pugna distributiva y la desigualdad en Colombia.

Según este tipo de análisis, después de los choques exógenos que inician un proceso inflacionario, éste se convierte en una “pugna distributiva”, como la denominó Raúl Prebisch, el gran teórico de la Cepal, en la cual los cambios en los costos y los precios llevan a cambios en la participación de las utilidades y los salarios en el ingreso nacional, generándose un potencial conflicto social, donde el grupo perdedor trata de recuperar su tajada del pastel.

Así, la reproducción y ampliación de la inflación sería el resultado de la pugna distributiva entre grupos sociales. En palabras de Albert Hirschman. “la inflación se inicia o se intensifica, a menudo, cuando un grupo social tiene poder e influencia suficiente para obtener riqueza o ingreso adicional para sí mismo, o para escapar a la participación en alguna pérdida sufrida por la economía (….) con la inflación, cada grupo puede desarrollar su comportamiento conflictivo y demostrar su poder…¨

La visión tradicional ha señalado a los aumentos de salarios como el principal factor de la propagación y amplificación de la inflación en Colombia. Pero una conclusión interesante del estudio es que, desde los años 70 del siglo pasado “las utilidades han aportado más a la inflación que la remuneración de los asalariados”, pues han representado en promedio un 60% del aumento de los precios, medidos por el deflactor del PIB, mientras que los costos laborales solo han sido en promedio el 33%. En los dos últimos años la contribución de las utilidades subió al 77%.

Esta comprobación fáctica es, sin duda, una de las explicaciones a la alta y permanente desigualdad de la distribución del ingreso en Colombia En lugar de descalificar documentos técnicos con argumentos ideológicos se debe reflexionar sobre sus hallazgos para adoptar las políticas que permitan tener un país más equitativo.

Mauricio Cabrera Galvis

Publicado en la revista Cambio

Enero 20 de 2024

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Frente a la propuesta del presidente Petro de realizar otra reforma tributaria para bajar los impuestos a las empresas, aumentando los de las personas naturales, surgen varios interrogantes tales como: ¿Se necesita una nueva reforma tributaria y de que tipo?, ¿Quiénes deben pagar más impuestos para compensar la rebaja a las empresas? y, el más complejo, ¿Es posible que una reforma de este tipo sea aprobada este año en el Congreso?

Estas preguntas son más relevantes si se recuerda que desde 1990 se han hecho nada menos que 22 reformas tributarias, en promedio una cada 18 meses, y se suponía que la del 2022 era la única que iba a tramitar este gobierno.

¿Se necesita una nueva reforma tributaria?

La respuesta a esta pregunta es claramente afirmativa, por dos razones. Primera, para lograr el objetivo planeado por el presidente que es un cambio de la estructura tributaria del país, recomendado por expertos nacionales e internacionales, pues Colombia tiene una de las tarifas de impuesto corporativo más altas de la región y de la OECD, y una de las participaciones más bajas de las personas naturales en los ingresos fiscales.

En la discusión de la reforma del ministro Ocampo se planteó la posibilidad de reducir progresivamente la tarifa corporativa, que había sido aumentada en 5 puntos en la última reforma del gobierno Duque, pero al final primó la necesidad de garantizar un aumento de los ingresos fiscales para financiar los programas sociales del gobierno.

La segunda razón es que se necesita aumentar el recaudo tributario para compensar los menores ingresos generados por las sentencias judiciales (como aceptar la deducibilidad de las regalías) y el menor crecimiento económico, así como para cubrir el mayor costo del servicio de la deuda en los próximos años.

En otras palabras, a pesar de que el ministro de Hacienda ha dicho que la reforma debe ser neutra, es decir que no buscaría aumentar los ingresos fiscales sino solo recomponer las cargas entre las empresas y las personas, la realidad es que sí se necesitan más ingresos.

¿Quiénes deben pagar más impuestos?

Si las empresas van a pagar menos y se necesitan ingresos adicionales, ¿de dónde va a salir la plata?, o para ser más precisos, ¿quiénes van a pagar más? Ante todo, hay que descartar la manida fórmula del simple aumento de tarifas a quienes ya pagan; en particular los nuevos tributos no deben recaer sobre los asalariados y trabajadores independientes de altos ingresos, que ya verán un significativo aumento en los impuestos que deben pagar este año.

El ministro ha planteado una gestión administrativa de la DIAN para reducir la elusión con mayores controles a las empresas familiares que asumen los costos y gastos de sus accionistas -hasta el mercado, ha dicho-. Es una medida conveniente y necesaria, pero no se sabe todavía si daría el monto necesario de recursos nuevos. Además, podría

complementarse con una tarifa más alta para aquellas empresas familiares que no tengan actividades productivas.

Para lograr un verdadero cambio en la estructura tributaria del país se deben plantear propuestas diferentes y retomar algunas que ya han sido negadas en el Congreso por el cabildeo de los afectados. Para suscitar el debate se mencionan algunas:

Hacer progresivo el impuesto de renta a las empresas, estableciendo un tope de unos $500 millones a la devolución del IVA, a las compras anuales de bienes de capital de todas las empresas. Las pymes que inviertan hasta $2.500 millones anuales recibirían el 100% del IVA, y empresas más grandes con mayores inversiones recibirían un porcentaje menor.

Eliminar la exención del Impuesto de Timbre a las escrituras de compraventa de bienes inmuebles de valor superior a 10.000 UVT, con una escala progresiva de acuerdo con el valor del inmueble. Este es un tributo de fácil recaudo que es utilizado en muchos países del mundo con tarifas hasta del 10% o más.

Incluir a todas las iglesias dentro del régimen especial para las entidades sin ánimo de lucro.

Ampliar el impuesto al consumo de bienes de lujo (Luxury tax), que de alguna forma ya se aplica, por ejemplo, a vehículos de alta gama.

Establecer regalías variables para minerales como el carbón o el oro que aumenten de acuerdo con las variaciones de sus precios internacionales.

¿PASARÁ EN EL CONGRESO UNA NUEVA REFORMA?

En las circunstancias actuales, la respuesta inicial a esta pregunta sería negativa. La agenda legislativa está muy congestionada con el trámite de las reformas pensional, laboral y de la salud. Además, las relaciones entre el gobierno y el Congreso no están en su mejor momento.”

Sin embargo, todo depende de la prioridad que le asigne el gobierno a esta necesaria modificación del régimen tributario. Si queda en la cola detrás de las otras reformas, entonces 2024 no será el año de una nueva reforma tributaria, y habrá que esperar otro momento.

MAURICIO CABRERA GALVIS

Artículo para CAMBIO

Cali, enero 13 de 2024

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Víspera de Navidad 2023. No sería grato distraer a los lectores del espíritu navideño con una árida columna de análisis económicos del año que pasó o pronósticos del que viene. En esta época se debería hablar del niño que nació en Belén, de su mensaje de paz y amor, de los regalos debajo del árbol, de los deseos de prosperidad para el año nuevo, de tantas cosas bonitas de estas festividades.

Pero como diría Bertolt Brecht, hay tiempos en que “hablar sobre árboles es casi un crimen, porque supone callar sobre tantas y tantas alevosías”. Porque es imposible pensar en lo que pasó en el portal de Belén hace más de 2.000 años y no recordar que hoy Belén queda en Palestina, región desgarrada este año por las masacres terroristas de Hamás contra pacíficos kibutz, y por los bombardeos genocidas del ejército de Netanyahu contra la franja de Gaza.

Mientras los ángeles celebran el nacimiento del niño Jesús cantando “Gloria a Dios en las alturas y en la tierra paz a los hombres de buena voluntad”, en esa misma tierra son asesinados cientos, miles de niños: en el sanguinario ataque de Hamás 40 fueron los niños y bebés israelís, y van más de 9.000 chiquillos palestinos asesinados en Gaza en los ataques indiscriminados contra la población civil. 

Las imágenes que transmiten los noticieros y las redes sociales son terroríficas y conmueven hasta al más insensible. Bebés despedazados en el kibutz, niños derramando sangre entrando a un colapsado hospital en los brazos de algún desconocido porque sus padres murieron, otros deambulando como zombies entre los escombros de lo que eran sus hogares en ciudad Gaza buscando a sus padres o hermanos. Y los sobrevivientes bebiendo aguas contaminadas y mendigando un pedazo de pan.

Con esta absurda ley del Talión centuplicada, Netanyahu reclama cientos de ojos por uno, y Gaza se ha convertido en un cementerio de niños, por los muertos por las bombas asesinas, por los miles más de heridos, por los miles de huérfanos que vieron desangrarse a sus padres, y no se sabe cuántos más fallecerán por el hambre y las epidemias causadas por las condiciones infrahumanas que viven como refugiados en su propio país.

Han sido inútiles los llamados internacionales para que Netanyahu muestre un mínimo de humanidad, para que cese el fuego, para que paren los bombardeos contra civiles indefensos, para que se permita la entrada de alimentos, agua y medicinas. El ejército de Netanyahu continúa su mortífera misión de querer exterminar a los terroristas de Hamás, sin importar cuántos inocentes caigan en el camino. Para los sionistas radicales es un paso necesario para su objetivo de expulsar a los palestinos de la que consideran su tierra prometida.

Criticar al genocida Netanyahu y sus políticas de apartheid, o insistir en la creación de un estado palestino no es ser antisemita ni odiar a los judíos. Porque no todos los palestinos son Hamás, ni todos los israelíes son Netanyahu. Y sobre todo porque es lo que más les conviene a los mismos judíos para la supervivencia pacífica del estado de Israel y para que recuperen la estatura moral que han perdido ante el mundo con este genocidio.                                                                                                            

Soy de la generación que creció admirando al pueblo judío. Su resiliencia frente a las atrocidades del Holocausto, la resistencia del gueto de Varsovia contra los tanques de Hitler, o la travesía de los sobrevivientes del genocidio nazi para construir un estado judío narradas  por León Uris en sus novelas Mila 18 y Exodus, eran ejemplos claros de heroísmo que emocionaban el corazón de un adolescente.
Las acciones armadas de la Haganah y el Irgun para sacar a las autoridades británicas de Palestina eran un símbolo de la lucha contra el imperialismo, sin importar sus métodos terroristas. Luego, las primeras luchas del pequeño estado de Israel contra los vecinos árabes reforzaron la imagen del pequeño David derrotando al gigante Goliat.

Pero las cosas cambiaron; después de la Nakba (la catástrofe) palestina que desplazó y volvió refugiados a más de la mitad de la población árabe palestina, David se creció y ahora es el gigante poderoso y armado hasta los dientes que, con un gobierno de extrema derecha y la enorme ayuda militar norteamericana, impone su ley a sangre y fuego.

Para poder volver a admirar al pueblo judío es necesario que en el Belén de Palestina se pueda volver a celebrar la Navidad en paz.

ADENDA 

Tampoco en Colombia tenemos muchos motivos para celebrar la paz de la Navidad. Solo este año se han cometido 93 masacres y ha sido asesinados 187 líderes sociales y 44 firmantes del Acuerdo de Paz, completando un total de 1.595 líderes y 406 firmantes asesinados desde la firma del Acuerdo. 
Sin embargo, debemos mantener la esperanza de que podremos construir un país más justo e incluyente en el que podamos vivir en paz. Es mi deseo para mis pacientes lectores en 2024.

Mauricio Cabrera Galvis

Publicado en Revista Cambio– Colombia

Diciembre, 2023

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El anuncio del gobierno de llevar de una vez el precio del diésel para los grandes consumidores a unos $16.000/galón para empezar a disminuir el enorme déficit del Fondo de Estabilización de precios de combustibles (FEPC), ha suscitado la reacción de los transportadores de carga y pasajeros, que han amenazado hasta con paros, pues consideran que estos aumentos ponen en riesgo su negocio.

Mientras que exista una diferencia entre el precio internacional del petróleo y el precio interno del diésel, siempre habrá un costo que alguien tiene que asumir. ¿Quién debe hacerlo? En otras palabras, ¿quién debe pagar por el déficit del FEPC causado por el subsidio al diésel?

El tamaño del subsidio 

El costo es la diferencia entre el precio que paga el consumidor y el precio al que vende el productor (es decir Ecopetrol), que es el precio internacional; el primero se ha mantenido constante, mientras que el petróleo se ha disparado en los mercados internacionales, de manera que hoy el diferencial ha llegado a ser de unos $6.000 por galón.

Con la política establecida en el país desde hace varios años, ese diferencial lo asume el FEPC. En teoría, ese fondo debería alimentarse con los ahorros acumulados cuando el precio doméstico es mayor que el internacional, y gastarse en la situación inversa. Como en el pasado no ha habido ahorros -porque cuando baja el precio internacional, los distintos gobiernos han bajado el precio interno- el diferencial lo ha tenido que asumir el presupuesto nacional. O sea que los consumidores de diésel que pagan un precio más bajo están recibiendo un subsidio que pagamos todos los contribuyentes. Es un subsidio enorme. 

En el 2021, con el precio promedio del barril de petróleo Brent alrededor de U$68, el costo total del subsidio fue de $5.6 billones; en 2022 el barril de Brent subió a U$98, por lo que el subsidio se incrementó a $20 billones. Este año, el promedio del Brent deberá estar alrededor de U$ 80 y el subsidio será de “solo” $16 billones. Este faltante ya está causado y debe ser cubierto por el gobierno. 

Además, en 2023, a pesar de los incrementos a los precios de la gasolina, el FPEC acumuló un déficit adicional de $5.3 billones por este combustible. Con razón dijo el Minhacienda que el subsidio a los combustibles se comió en un año todo lo que se esperaba recaudar con la última reforma tributaria.

Para el 2024, si el gobierno cumple su promesa de incrementar el precio del diésel en $300 cada mes, se disminuirá un poco el déficit, pero seguirá siendo significativo: unos $7.2 billones.

Alguien tiene que pagar 

Para disminuir el déficit que causa el subsidio al diésel hay que aumentar su precio, o encontrar otra fuente de recursos que sustituya al presupuesto nacional. 

Los transportistas creen que no les corresponde a ellos hacer el esfuerzo. El argumento de gremios como Colfecar es que el “aumento en el (precio del) diésel no solo tendrá un impacto en su sector, también en la inflación del país y, por ende, en el precio de los alimentos; lo que sería un golpe a la canasta familiar¨. Fedetranscarga incluso cuantifica que “el aumento de $1 000 en el Acpm incrementa en 4% del costo de la canasta familiar”. Estas afirmaciones no solo son exageradas en los números, sino que están sumando dos consecuencias que no se pueden sumar.

Es evidente que los combustibles representan una proporción importante de los costos del transporte (en los últimos 15 años explican entre el 25% y el 30% del aumento de los costos), por lo cual es lógico pensar que un aumento del precio del diésel podría reducir la rentabilidad del negocio de los transportistas. Es cierto, pero solo en el caso en que no transfieran ese mayor costo a las tarifas que cobran, en cuyo caso no habría efecto sobre la inflación.

En otras palabras, el aumento del precio del diésel puede producir solo uno de dos efectos: o reduce la rentabilidad del negocio si las tarifas no suben, o aumenta la inflación si los alimentos y otros bienes tienen que pagar mayores costos de transporte. Pero no pueden suceder las dos cosas al mismo tiempo.

Diversos estudios muestran que la variación del precio de los combustibles si ha contribuido a aumentar la inflación, de lo cual se puede deducir que, en ausencia de otros factores externos, en el pasado los transportistas sí han podido transferir ese mayor costo a sus usuarios.

Se han hecho varias propuestas para que no suba el diésel y así no haya ningún costo ni para los consumidores ni para los transportistas. Por ejemplo, que se le pague menos a Ecopetrol, o que se reduzcan otros impuestos que afectan el precio final, o que se baje la mezcla de biodiesel. 

Estas propuestas no son gratuitas. Si se le paga menos a Ecopetrol, este tendrá menos utilidades para transferir al gobierno, que verá reducidos sus ingresos y tendrá que recortar sus inversiones. Lo mismo si se reducen otros impuestos, aunque algunos de ellos son de los departamentos y municipios, es decir que se taparía un hueco abriendo otro en los entes regionales.

Si se reduce la mezcla de biodiesel no hay costo monetario para el Estado, aunque sí un perjuicio paras los productores de palma y de biodiesel que tendrían que salir a exportar el biocombustible que no les compren acá. El costo grande sería para el medio ambiente, pues aumentaría la contaminación del aire y la emisión de gases de efecto invernadero, lo que sería totalmente contradictorio con los objetivos de la transición energética y la lucha contra el calentamiento global.

Como en todos los dilemas de política pública, debe primar el interés general sobre el particular, lo que en este caso significa que no hay alternativa a subir el precio del diésel.

Mauricio Cabrera Galvis

Artículo para CAMBIO

Diciembre de 2023

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¿Por qué crece el empleo cuando cae la producción? Ese es uno de los enigmas sin resolver del comportamiento reciente de la economía colombiana. Según la teoría económica cuando se desacelera el crecimiento debería subir el desempleo y viceversa, pero eso no es lo que está sucediendo en Colombia hoy.

Las cifras del DANE muestran que en el trimestre julio-septiembre, la caída anual del PIB fue de -0,3% mientras que la tasa de desempleo bajó de 10.8% a 9,4%. La tasa no disminuyó porque haya menos personas buscando empleo; por el contrario, en el trimestre había 656.000 personas más en el mercado de trabajo y el número de personas ocupadas creció 948.000 respecto del mismo período del año anterior, es decir que no solo se redujo la tasa de desempleo, sino que también aumentó el número absoluto de ocupados. 

Crecimiento mal, empleo bien 

Durante muchos años en Colombia se venía dando un proceso de crecimiento sin empleo que fue mucho más intenso en la recuperación después de la pandemia. En el 2021 el PIB no solo se había recuperado de la gran recesión del año anterior, sino que era 3% mayor al de 2019. Por el contrario, el número de personas ocupadas era un 5% menor, es decir que la economía había crecido 3% con un millón de trabajadores menos. Un caso de Jobless growth, como lo analicé en uno de mis primeros artículos. 

El proceso se ha revertido y ahora lo que tenemos es un caso de creación de empleo, sin crecimiento de la economía; sin embargo, el promedio del PIB oculta unas importantes diferencias sectoriales. Las más notorias: las de la construcción y las de la industria manufacturera que, según las cuentas nacionales, cayeron -8% y -6,2% respectivamente, pero que registraron aumentos de nómina de 4.8% y 4%.

También son significativos los de alojamiento y transporte pues, aunque la caída de su PIB es un poco menor (-4.5% y -3,9% respectivamente), registran un significativo aumento en el número de personas empleadas: 6.5% y 8.8%. Lo mismo sucede, aunque con menores diferencias, en los sectores comercio, información y comunicaciones y actividades profesionales. Ahora habría que decir que en todos estos sectores y en el agregado de la economía hay una situación de Growthless job.

Un cambio de tendencia inexplicado 

Es fácil explicar el crecimiento sin empleo: las empresas han aprendido a producir más y el comercio a vender más con menos trabajadores, porque están utilizando nuevas tecnologías y procesos más simplificados que permiten un uso más eficiente del tiempo y de otros recursos. Es un aumento de la productividad del trabajo que no siempre se refleja en aumentos salariales en la misma proporción.

No hay explicación clara para el proceso contrario, de crecimiento del empleo junto con una caída de la producción o de las ventas. La facilista es dudar de las cifras del DANE, sin embargo, carece de lógica pensar que son correctas las cuentas de la desaceleración del PIB, pero que están equivocadas o manipuladas, las del empleo.

Tampoco es lógico pensar que la explicación de la menor tasa de desempleo está en la salida de venezolanos o a la alta migración de colombianos, porque no hay una disminución de la gente buscando empleo y sí hay un aumento del número de personas ocupadas. 

Otras hipótesis para estudiar pueden ser que algunos empresarios quieran retener sus trabajadores esperando una pronta recuperación de las ventas, o que haya un aumento del trabajo informal y en pymes, mientras que disminuye en las grandes empresas. 

Las encuestas del DANE de los sectores de industria y comercio permiten ver el proceso en una perspectiva de más largo plazo, aunque las cifras difieren un poco de las presentadas por las cuentas nacionales, y hacen más necesaria la explicación de lo que está sucediendo. En el comercio, desde el 2013 hasta el 2022, las ventas crecieron 47%, mientras que el empleo solo lo hizo un 23%. Y en el último año las ventas se desplomaron 7.4%, pero el empleo aumentó 3.7%.

En la industria manufacturera se cuenta con la serie desde el 2001, y como se ve en el gráfico, en lo corrido del siglo hasta el 2022, la producción industrial había crecido 82%, pero el número de trabajadores había disminuido (si, ¡disminuido!) 10%. ¡Gran aumento de la productividad! 

El gráfico inferior detalla lo sucedido desde la pandemia. En abril 2021 la industria ya se había recuperado del efecto del encerramiento y su producción era 3,5% mayor que antes de la pandemia; por el contrario, el empleo no se había recuperado y era 3,3% menor. Seguía siendo un crecimiento sin empleo.

Después de una nueva caída por el paro del 2021, la industria retoma su senda de rápida recuperación, y en un año crece 15%, mientras que el empleo lo hace a un ritmo menor, solo 6%. Pero a partir de septiembre de 2022 la industria se estanca y hasta octubre del presente año registra un decrecimiento de 6.9%, mientras que el empleo se mantiene casi constante. ¿Cómo explicar el cambio de tendencia? Por ahora el enigma continúa.

Mauricio Cabrera Galvis

Artículo publicado en la revista CAMBIO, Colombia

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En contra de la opinión de varios analistas, la semana pasada mostramos la alta correlación entre la evolución del consumo de los hogares y el PIB y, por lo tanto, por qué el frenazo de este consumo fue el factor que más influyó en el crecimiento negativo de la economía del último trimestre, puesto que representa el 75% del PIB. La caída de la inversión también influyó, pero en una menor proporción, puesto que representa menos del 20% del PIB. 

Sin embargo, este simple ejercicio estadístico no explica por qué los hogares han dejado de comprar bienes y servicios. La pregunta es muy relevante para saber si va a continuar la tendencia a la baja, lo que llevaría a la economía colombiana a una recesión, y también cuáles serían las políticas de reactivación que impulsarían otra vez el crecimiento del consumo y por ende del PIB. 

Sube como palma, cae como coco

El primer factor explicativo es lo que se podría llamar el “efecto rebote”, que en términos coloquiales se expresa en un refrán popular: lo que sube como palma, cae como coco. En efecto, después de las restricciones de la pandemia, la gente salió desaforada a gastar todo lo que no había podido comprar por el encierro obligado. Así, en el segundo trimestre de 2021 el consumo de los hogares creció a una tasa real sin precedentes del 26% anual, con la cual el valor del gasto llegó a ser muy superior al nivel anterior a la pandemia.

Un año después el gasto de los hogares seguía acelerado, aunque con un ritmo poco menor, de 15%, pero después empezó a frenarse, cerrando el año 2022 al 3.8%, y siguió su senda descendente hasta el 0.4% del último trimestre. En tan solo dos años subió como palma…

A su vez, este efecto rebote no es solo un ciclo natural, sino que tiene explicaciones económicas. La primera, muy sencilla, es que a los hogares se les acabó la plata para comprar. Sacaron todo lo que habían guardado durante la pandemia y se lo gastaron, lo cual significa que des-ahorraron, puesto que en este período el ingreso de los hogares creció mucho menos.

La segunda es la inflación que mermó la capacidad adquisitiva de las personas, sobre todo en el 2022, cuando se empezó el año con un aumento del salario mínimo del 10% y se terminó con una inflación del 13%. Esto, agravado porque los ingresos de la gran mayoría de informales crecen menos que el salario mínimo. Con bienes y servicios más caros, es lógico que la gente compre menos.

La tercera razón tiene que ver con la forma como las familias financiaron su des-ahorro, es decir, cómo pudieron gastar más de lo que tenían. A punta de crédito. Por supuesto, cuando se cierra la llave del crédito empieza el desplome del consumo.

La línea verde del gráfico representa el crecimiento de la cartera de consumo del sistema financiero, que para el segundo trimestre de 2022 estaba creciendo a un ritmo del 23% anual. Los bancos felices de financiar el boom del consumo, pero pronto les llegó la resaca y la cartera empezó a desacelerarse hasta llegar a un crecimiento negativo del 0.33% el mes pasado.

Sigamos buscando explicaciones. ¿Por qué los bancos prestan menos, si su negocio es precisamente ése? Por dos razones interrelacionadas: la primera, ilustrada por la línea morada del gráfico, representa la tasa de interés del crédito de consumo que después de bajar a un mínimo de 15% durante la pandemia, se trepó por encima del 35% al comienzo de este año. Ante tal aumento del costo del crédito, los consumidores se vieron obligados a guardar sus tarjetas de crédito y a comprar menos.

Al mismo tiempo, los deudores afectados por la inflación y por las altas tasas, empezaron a verse “colgados” en el pago de sus cuotas mensuales, lo que aumentó la cartera vencida de los bancos, que empezaron a ser más cuidadosos y a restringir sus aprobaciones de crédito.

La última pregunta es ¿por qué los bancos elevaron sus tasas de interés sabiendo que eso les iba a deteriorar la cartera? La línea azul del gráfico nos da la respuesta: porque el Banco de la República decidió subir sus tasas de interés y lo hizo de una manea acelerada, al llevarlas de un mínimo histórico de 1.75% durante la pandemia hasta 13.25% en escasos 16 meses. Así llegamos al final de la cadena explicativa.

Tasas de interés y crecimiento 

La caída del PIB no es fortuita ni sorpresiva. El Banco de la República buscaba enfriar la economía para controlar la inflación, pero se le fue la mano y la metió al congelador. Hemos visto acá el mecanismo de transmisión de la subida de las tasas del Banco a la caída del consumo de los hogares, pero no es el único camino a través del cual se frena la economía.

El departamento de investigaciones económicas de Corficolombiana estimó cuál era el impacto de la subida que han tenido las tasas de interés de los créditos bancarios en el último año sobre diversos sectores económicos, las cuales suben como resultado de las decisiones del República. Los resultados son preocupantes.

Son cuatro los sectores analizados: el comercio, la industria, la construcción de obras civiles y edificaciones, para los cuales las tasas de interés de sus créditos se incrementaron entre 11.4% y 13.3%. El cuadro siguiente resume las conclusiones del análisis de Corficolombiana.

Los efectos son heterogéneos. El más afectado es el comercio minorista, cuyas ventas se estima que caerán casi un 20%. Por su parte, la producción industrial disminuirá 10.7%, mientras que la ejecución de obras civiles y la construcción de vivienda lo harán en 9.6% y 6.6% respectivamente.

Las perspectivas para el año entrante son sombrías. Así como hay un rezago entre la subida de las tasas y el impacto negativo sobre el crecimiento, también cuando bajan las tasas pasan varios meses antes de que el sector productivo sienta el efecto benéfico de esta medida. Si bien nos va, el Banco de la República empezará a bajar tasas el mes de diciembre, pero puede pasar hasta un año para volver a los niveles anteriores. En esas circunstancias, la recuperación de la economía tendrá que esperar hasta el 2025.

Mauricio Cabrera Galvis

Artículo publicado en la revista CAMBIO, Colombia

Noviembre 25, 2023

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No entiendo la sorpresa por la caída del PIB, si estaba cantada desde hace rato, pues era el objetivo implícito del Banco de la República al subir las tasas de interés: enfriar la economía para controlar la inflación. 

Ahora que logró lo primero, sin mucho éxito en lo segundo, no tiene por qué haber sorpresas distintas al tamaño del frenazo, donde hay una pequeña diferencia entre un mínimo crecimiento esperado de 0.3% y un mínimo decrecimiento de -0.3% obtenido.

Tampoco entiendo por qué la mayoría de los analistas se han concentrado en señalar el desplome de la inversión (que es evidente) como la causa de la caída del PIB, dejando de lado otro factor igual o más importante, que es el frenazo del consumo tanto de los hogares como del gobierno. Quizás sea porque le pueden echar la culpa al gobierno por la caída en la inversión.

El consumo y el PIB 

Es usual analizar la evolución del PIB desde el punto de vista de los sectores productivos y se decía, por ejemplo, que la construcción estaba jalonando el crecimiento y dejó de hacerlo, o que la industria y el comercio eran los sectores que impulsaban el PIB. Así no funciona la economía. Si la industria tiene un buen desempeño y produjo más, es porque aumentó sus ventas a los hogares, al gobierno o al exterior. A la inversa, si la construcción decrece es porque se vendieron menos viviendas.

En otras palabras, en el corto plazo el crecimiento de la economía depende del comportamiento de la demanda agregada de bienes y servicios, y sobretodo de su principal componente que es el consumo. En el largo plazo, la inversión y los factores de oferta determinan la senda de desarrollo de un país, pero para el análisis coyuntural hay que mirar los factores de la demanda. 

Si los hogares compran más, si se incrementan el gasto público o las exportaciones, las empresas van a vender más, para lo cual necesitan producir más, para lo cual deben ampliar su capacidad y contratar más trabajadores, van a tener más ingresos para comprar más, creándose un círculo virtuoso de crecimiento. 

La inversión también es parte de la demanda interna y, por lo tanto, también un impacto similar en el crecimiento de corto plazo, pero mucho menor que los otros tres componentes mencionados, por dos razones. La primera es que la inversión, en particular en maquinaria y equipo, tiene una parte importante de bienes que se compran en el exterior y no a empresas domésticas. La segunda es cuantitativa: el monto de la inversión privada y pública solo equivale a un poco menos del 20% del PIB.

Por el contrario, en este año, el gasto de los hogares y del gobierno equivale al 90% del PIB, siendo el de los hogares el mayor, porque representa el 75%. Es evidente que con esta participación cualquier variación, positiva o negativa, en las compras de los hogares va a tener un impacto significativo en el crecimiento de la economía, y mucho mayor que el de la inversión.

Al sumar los componentes de la demanda interna presentados en el gráfico, se observa que valen más que el PIB: en este año equivalen a 107.6% del PIB. La razón es que la demanda externa neta es negativa y resta del PIB. Esta es la diferencia entre exportaciones e importaciones, que lleva muchos años siendo negativa, aunque se ha reducido con la caída de las importaciones. Este año ese déficit externo alcanzó el 7.6% del PIB, pero en años anteriores había llegado al 12%.

Consumo y crecimiento 

Dada esta alta participación del consumo dentro del PIB, no es de extrañar que se muevan conjuntamente para arriba o para abajo o, para decirlo en términos técnicos, que exista una alta correlación en sus variaciones. En otras palabras, cuando el consumo de los hogares crece, el PIB lo hace en proporción similar, y cuando disminuye el PIB también lo sigue.

En el gráfico siguiente, las barras rojas representan el crecimiento anual del PIB, y la línea verde el del consumo de los hogares en el período 2019 a 2023. A simple vista se observa que se mueven al unísono: en la pandemia, el consumo cayó 17.1% y el PIB 16.9%; luego se recuperaron juntos hasta un máximo en el segundo trimestre de 2022 para luego empezar a frenarse juntos, hasta este último trimestre. Esta observación visual se confirma al calcular el coeficiente de correlación que es casi perfecto, 96.7%. 

La correlación del crecimiento de la inversión con el del PIB es menor, aunque se mueven con tendencias similares. Así en la pandemia su caída fue 2.5 veces la del PIB, y en la recuperación del 2021 la inversión creció más del doble que el PIB. En el último trimestre la inversión cae 11%, pero el PIB solo lo hace en 0.3%

Este análisis estadístico simple es útil para mostrar que el comportamiento del consumo influye más en el crecimiento de la economía que la misma inversión, pero por supuesto es necesario analizar los factores que han generado la abrupta caída del consumo, y por lo tanto el decrecimiento del PIB, para poder definir las políticas que deben adoptarse y así evitar que lleguemos a una recesión.

Mauricio Cabrera Galvis

Artículo para CAMBIO

Cali, noviembre de 2023

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La lectura bogotana de los resultados de las recientes elecciones regionales tiene el sesgo centralista de creer que lo que sucede en Bogotá es igual al resto del país, y que los electores de las regiones se comportan de la misma manera que los capitalinos. Por eso extrapolan los resultados de Bogotá y sacan conclusiones que generalizan para todo el país. Con lúcidas excepciones, por supuesto.

Que la votación en Bogotá fue una clara derrota para los partidos del Pacto Histórico, no los discute nadie, ni siquiera su candidato perdedor. Que eso significa un regreso del péndulo hacia el centro en una ciudad en la que la izquierda y el centro izquierda habían cosechado victorias importantes, también es un hecho innegable. Que el triunfo de la oposición sea transparente y que sea reconocido rápidamente por los derrotados es una demostración de la fortaleza de la democracia colombiana, es algo incuestionable y que nos debe llenar de sano orgullo democrático.

Lo que no es cierto es que esas conclusiones se apliquen para todo el país, tal vez sí para otras pocas ciudades grandes, pero no para la gran mayoría de municipios y departamentos.

No se trata acá de entrar en la controversia aritmética sobre si el Pacto Histórico ganó o perdió alcaldías y gobernaciones, porque la gran perdedora de estas elecciones fue la democracia colombiana que, con la excepción de unas pocas ciudades, otra vez resultó dominada, controlada, manipulada y manoseada por las maquinarias políticas de siempre, por los clanes regionales, por el partido de los contratistas, e inclusive por las mafias de compradores de votos, que conforman esa hidra de mil cabezas que la periodista Laura Ardila bautizó como la “Colombia Nostra”.

Los nombres de los elegidos en cada una de las regiones del país son bien conocidos, o se encuentran en las crónicas de varios medios de comunicación, de manera que, en lugar de repetirlos acá, con el riesgo de que siempre la lista sea incompleta, conviene mirar el proceso de cómo se llegó a esos resultados.

Partidos sin programas

Aunque este deterioro de la democracia viene de tiempo atrás -si es que alguna vez hubo un tiempo pasado mejor- en esta ocasión se agravó por la creciente debilidad de los partidos políticos, exacerbada con la laxitud del Consejo Electoral que repartió personerías jurídicas a diestra y siniestra, hasta llegar a la increíble cifra de 35 “partidos” políticos registrados, con capacidad de dar, vender o negociar avales y tratar de medrar de los recursos públicos de la reposición de votos.

Con tamaña proliferación de partidos es lógico que se multiplicaran también los candidatos inscritos: después de que se retiraran cientos de precandidatos, según la Registraduría quedaron 251 para 32 gobernaciones, 6.175 para 1.119 alcaldías y 106.429 para concejos municipales. Esto no es signo de una democracia fuerte, sino de una caricatura de democracia. En países como los europeos o Estados Unidos hay solo 2 o 3 candidatos para cada posición.

Consecuencia más grave aun es la desaparición de fronteras ideológicas. En un rompecabezas político de 35 piezas es imposible tener programas diferenciados, ni visiones de país, ciudad o región bien definidas que permitan al elector optar por una afín a sus preferencias. La campaña electoral se convierte entonces en una parodia de concurso de belleza -o de drag queens– donde el ganador es el que tiene la maquinaria más aceitada, el control de más puestos públicos, más contratistas recomendados o simplemente más plata para comprar votos.

En el caso de gobernaciones y alcaldías, como el trapo rojo ya no moviliza masas, ni la mano grande y el corazón firme son capaces de garantizar una mayoría, ni ellos ni ninguno de los otros partidos se animaron a lanzar candidatos propios (solo lo hicieron en 7 departamentos de los más pequeños del país), sino que se juntaron en una mescolanza de avales. Por eso las coaliciones fueron las ganadoras en esta ocasión, con 25 triunfos en las 32 gobernaciones. 

En el cuadro se muestra el número de coaliciones que hizo cada uno de los partidos en las elecciones de gobernadores. El campeón es Cambio Radical con 42 coaliciones (en varios departamentos la coalición se hizo con varios partidos, por lo que la suma es mayor a 32), pero le siguen muy de cerca los conservadores con 40, liberales y la U con 37. El de menor número es la Alianza Verde, con 13.

Más allá del amplio número de juntanzas, la falta de identidad programática se refleja en los socios de las coaliciones. ¿Qué afinidad tiene el otrora glorioso partido Liberal, con los hermanos godos, para haberse juntado en 8 departamentos? y ¿cuáles son sus principios comunes con el Centro Democrático, con el que hizo 6 alianzas?. Lo mismo cabe preguntarse de las 8 coaliciones entre el conservatismo y Cambio Radical, y así se puede recorrer toda la tabla.

La respuesta es muy simple: no se juntan por principios o ideologías similares sino por un objetivo idéntico: no quedarse por fuera de la repartición de la marrana, es decir de los puestos y los contratos departamentales.

PARTIDOS SIN PRINCIPIOS

Además de abandonar sus banderas, los partidos políticos también perdieron la vergüenza. Si en alguna época se cuidaban de seleccionar candidatos que por lo menos no tuvieran problemas con la justicia, ahora esa mínima decencia dejo de ser criterio de selección, tal como lo demuestra un detallado informe de la Fundación Paz y Reconciliación (Pares).

Este informe identificó 96 candidatos con “diversos cuestionamientos asociados a: investigaciones judiciales, disciplinarias y/o fiscales; presuntos nexos con estructuras armadas ilegales y/o economías ilegales; investigación por parapolítica o asociación a presuntos hechos y denuncias de corrupción”, de los cuales fueron elegidos 30 en los pasados comicios.

Pares también investigó cuales fueron los partidos que dieron avales o coavales y permitieron a estos candidatos cuestionados ser elegidos; encontró que 18 de los 35 partidos lo hicieron. No es que los otros partidos fueran más estrictos en su selección, sino que sus candidatos cuestionados no fueron elegidos.

Como se observa en el gráfico, el primero fue el Liberal con 15, seguido por el Conservador y Cambio Radical con 13 y 12 respectivamente. Otros partidos que no se muestran en el gráfico dieron 23 avales o coavales. De nuevo la suma es mayor que 30, pues todos los candidatos tuvieron más de un aval.

A este sombrío panorama de la Colombia Nostra, tan distinta a Bogotá, hay que añadir otros fenómenos preocupantes como la alta abstención o el aumento del voto en blanco, todo lo cual hace imperativa una profunda reforma política que rescate la democracia colombiana de su estado de postración.

Mauricio Cabrera Galvis

Publicado en la revista CAMBIO, Colombia.

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Decíamos ayer que en Colombia se ha dado un paradójico desarrollo social: una clara disminución en desigualdad en el acceso a los bienes y servicios básicos -reflejada en la significativa reducción de la pobreza multidimensional- pero ninguna mejoría en la desigualdad en la distribución del Ingreso -medida por el índice Gini del ingreso-.

Esta realidad suscitaba una pregunta: ¿Por qué no mejora la distribución del ingreso y los más ricos siguen teniendo la misma tajada del pastel, si han mejorado los ingresos de los más pobres? La respuesta es compleja, pero una de las razones es la desigualdad en la distribución de la riqueza que es peor que la del ingreso, y como plata llama plata, los que tienen activos que generan rentas de capital, cada vez van a ser más ricos.

La riqueza mundial en manos de muy pocos

La concentración de la riqueza es un problema mundial. Son múltiples los indicadores que muestran que esta desigualdad es mayor que la del ingreso. Por ejemplo, según los datos de la OECD, mientras que el 10% de las familias más ricas recibía entre el 20% y el 28% del ingreso nacional, al mismo tiempo eran dueñas de cerca del 50% de la riqueza, con la excepción de Suecia, donde solo era el 32%; el caso extremo es el de los Estados Unidos donde acaparan el 76%.

En la cúspide de la pirámide, la situación es todavía más aberrante: según los informes de OXFAM, antes de la pandemia, las 85 personas más ricas tenían más riqueza que el 50% más pobre la población. La situación ha empeorado, pues el 1 % más rico ha acaparado el 64% de la nueva riqueza generada en los últimos dos años. También dicen estos informes que los 10 megamultimillonarios del mundo poseen más riqueza que los 3 100 millones de personas más pobres.

Una fuente poco sospechosa de inclinaciones socialistas, como es el banco suizo Credit Suisse (ahora UBS), publica cada año el Global Wealth Report donde la pirámide de la riqueza mundial muestra una situación de enorme inequidad: 2 800 millones de adultos tienen activos por un valor menor a los 10 000 dólares y, aunque son el 52.5% del total mundial, solo poseen el 1.2% de la riqueza global. En tremendo contraste el 1.1% de la población adulta (59.4 millones) atesoraba el 45.8% de la riqueza mundial.

En América Latina también es peor la distribución de la riqueza que la del ingreso, con coeficientes de Gini hasta un 60% más altos en el caso de la riqueza. De nuevo, Colombia es el subcampeón regional de la desigualdad, solo superado por Brasil.

En Colombia la concentración es mayor 

Si en el mundo llueve, en Colombia diluvia: ni siquiera tenemos series estadísticas sobre la evolución de la distribución de la riqueza. Los pocos indicadores que existen, muestran un panorama peor que el del resto del mundo y, como ya se mencionó, peor que nuestros propios índices de concentración del ingreso.

Los datos del Credit Suisse muestran que la pirámide de la riqueza en Colombia es más concentrada. Los adultos que tienen menos de 10 000 dólares de capital, son casi 28 millones (el 76.1%), mientras que 37 000 afortunados (el 0.1%) tienen más de 1 millón de dólares en sus balances.

Son tres las clases de activos que componen la riqueza: propiedad raíz (tierras y construcciones), acciones en empresas y activos financieros (depósitos y bonos). En materia de la propiedad rural, el estudio realizado por el IGAC y la Universidad de los Andes en el 2012, concluía que “la concentración de la tierra en Colombia exhibe una tendencia creciente durante el periodo comprendido entre 2000 y 2009. (…) el Gini de propietarios que pasa de 0.877 en 2000 a 0.886 en 2009”. Con los datos del Censo Nacional Agropecuario de 2015, el Gini de la propiedad de las Unidades de Producción Agropecuaria (UPA) muestra una concentración aún mayor: 90,2

Si un índice de Gini de 90 es escandaloso, más escandalosa aún es la concentración del ahorro financiero donde, según datos de la Superfinanciera, 7 172 propietarios con depósitos superiores a $1 100 millones son el 0.27% del total de clientes, pero son dueños del 64% de las cuentas corrientes; 11 845 (el 0,02% del total) poseen el 62% de los depósitos de ahorro. Como consecuencia, el Gini de la distribución de los depósitos financieros es un asombroso 97% para las cuentas corrientes y 93,1% para los depósitos de ahorro.

Mauricio Cabrera Galvis

Octubre, 2023

Publicado en Revista Cambio

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Voy a empezar por una perogrullada: el objetivo de un Ministerio de la Igualdad debe ser disminuir la desigualdad. Lo que no es evidente es de cuál desigualdad estamos hablando y cuál debe ser el foco de su trabajo, pues existen muchas clases. Hay desigualdades regionales, étnicas, de género, de oportunidades y varias otras, pero desde el punto de vista económico, hay tres clases de desigualdades que inciden en todas las mencionadas.

Una es la desigualdad en el acceso a los bienes y servicios básicos, que es la expresión de la pobreza; otra es la desigualdad en la distribución del Ingreso que refleja cómo se reparte lo producido en la economía, y una tercera es la desigualdad en la distribución de la riqueza, que depende de la acumulación originaria y de los procesos de reproducción del capital.

Desde hace más de 50 años todos los gobiernos han prometido en sus planes de desarrollo disminuir la desigualdad, pero apuntando siempre a la primera y, solo en los últimos años a la segunda. Como resultado se ha producido un paradójico desarrollo social: una notable reducción de la pobreza, sin ningún cambio en la distribución del ingreso y una mayor concentración de la riqueza.

Avances en la distribución de los bienes básicos.

Uno de los signos más visibles de la desigualdad social es la diferencia en el acceso a los bienes básicos como alimentación, salud, educación, vivienda, agua o energía, que no solo determinan la calidad de vida y el bienestar de los hogares, sino que condicionan las oportunidades de progreso en la sociedad. Por ejemplo, diferencias en la alimentación durante la niñez, la calidad de la educación recibida y -hoy en día- el acceso a Internet, condicionan de manera casi inexorable, las posibilidades de trabajo de las personas y, por lo tanto, sus ingresos futuros.

No existe un indicador que mida directamente la desigualdad en el acceso a los bienes básicos, pero sí existen medidas aceptadas que clasifican la población entre pobres que no tienen acceso y quienes sí lo tienen. Son dos los índices de Pobreza que calcula el DANE: el de Pobreza Monetaria que mide cuántas personas no tienen ingresos suficientes para adquirir la canasta familiar, y el de Índice de Pobreza Multidimensional (IPM) que identifica a quienes no tienen salud, educación o vivienda con servicios. 

La Pobreza Multidimensional ha descendido de manera significativa en Colombia. En consecuencia, se ha avanzado en la construcción de un mínimo “Estado de Bienestar”, que ha permitido que más hogares tengan una mejor calidad de vida. La línea verde del gráfico es la evolución del IPM, que muestra cómo en la última década, el porcentaje de colombianos privados de estos bienes se redujo a menos de la mitad bajando del 26.5% al 12.9%. La explicación es el aumento de servicios y subsidios ofrecidos por el Estado en la cobertura de la salud, la educación, así como el acceso a vivienda propia. 

Dos comentarios para entender mejor el significado de esta evolución. Primero, el IPM no aumentó durante la pandemia (2020), aunque mucha gente se quedó sin comer, puesto que allí no está incluida la alimentación. Segundo, la disminución del IPM no implica que se haya disminuido la desigualdad en el acceso a estos servicios básicos porque el índice no mide la calidad de éstos. El caso más claro es el de la educación, donde la diferencia entre los colegios privados y los públicos sigue siendo enorme.

En cuanto a la Pobreza Monetaria (línea roja) la historia es diferente. El crecimiento económico impulsado por la bonanza de los hidrocarburos durante los primeros años de la década pasada y la consiguiente creación de empleo, permitieron que disminuyera el número de personas sin ingresos suficientes para adquirir la canasta básica de bienes, hasta llegar al 34,7% en el año 2018. 

El año siguiente hubo un pequeño aumento, pero en el 2020 la pandemia y la demora y la insuficiencia de los auxilios del gobierno hicieron que explotara la pobreza a niveles aún mayores (42.5%) que en 2012. En los dos últimos años se revirtió un poco este aumento, pero el porcentaje de personas en situación de pobreza es muy similar al de diez años antes.

La mala distribución del ingreso no ha mejorado

Los logros en materia de disminución de la pobreza y de acceso a los servicios básicos no han modificado las profundas desigualdades en la distribución del ingreso y la riqueza que existen en Colombia. Según el Banco Mundial, el GINI en 1992 era de 51.5, mientras que el porcentaje de personas en pobreza era superior al 50%. 30 años después los pobres han disminuido y la distribución del ingreso ha empeorado pues el GINI ha subido a 55.6

Con las cifras del DANE se tiene que en 2012 el coeficiente GINI del ingreso era de 53.9 y 10 años después es más alto (55.6), a pesar del crecimiento económico, la gran disminución en la pobreza multidimensional y el aumento de los ingresos monetarios de los pobres. La razón es muy simple: los ingresos de los ricos han subido más. Cuando la marea sube todos los botes suben, pero los que no tienen bote apenas sobreaguan o se pueden ahogar.

Una forma gráfica de ver la baja correlación entre la disminución de la pobreza y la mejoría en la distribución del ingreso es observar las variaciones que han tenido estos dos indicadores desde el 2012. Mientras que la pobreza (línea roja) bajó 15% hasta el 2018, el GINI (línea azul) solo bajó 5.8% hasta 2017 y volvió a subir casi dos puntos el año siguiente. Con la pandemia ambos subieron, pero en la recuperación de 2021 la pobreza bajó y el GINI siguió subiendo.

¿Por qué los más ricos siguen teniendo la misma tajada del pastel si mejoran los ingresos de los más pobres? La respuesta es compleja, pero una de las razones es porque la riqueza está muy concentrada y los frutos del desarrollo los acaparan unos pocos, como se verá a continuación. 

La aberrante concentración de la riqueza

Por razones de espacio, este será el tema de la próxima columna.

Mauricio Cabrera Galvis

Artículo publicado en Cambio, Cali, octubre 6 de 2023

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¿Por qué la inflación mundial y la colombiana continúan altas a pesar de la generalizada aplicación de la receta ortodoxa de subir las tasas de interés?

Para responder a esta pregunta empieza a aparecer en los análisis económicos una nueva terminología: “inflación de vendedores”, “inflación por exceso de ganancias”, “avaricia e inflación” (“greedflation). Son términos que eran impensables hace unos años, pero que surgen de la evidencia empírica de la coyuntura actual. 

La visión tradicional de una inflación persistente era una espiral precios-salarios, y la culpa era de los trabajadores: se empezaba con una subida de precios por exceso de demanda, a la cual los trabajadores respondían con exigencia de alzas de salarios para recuperar su poder adquisitivo, lo cual llevaba a los productores a tener que subir los precios, y así se crecía la bola de nieve. La receta clásica era, por lo tanto, subir las tasas de interés para reducir la demanda, y controlar el alza de salarios.

La inflación reciente tuvo un origen muy distinto, mejor dicho dos: la pandemia y la invasión rusa a Ucrania. La primera generó cuellos de botella en toda la cadena logística de distribución de insumos y materias primas que redujeron la oferta de bienes y presionaron los precios al alza. La invasión disminuyó la oferta de cereales de esta región y, sobretodo, disparó los precios de la energía por el recorte del suministro del gas ruso a Europa. En ambos casos se trata de una inflación causada por factores de oferta.

LA “INFLACIÓN DE VENDEDORES”

Aunque la inflación mundial ha bajado un poco, ha sido mucho menos de lo esperado por las autoridades monetarias, a pesar de subidas de las tasas de interés a niveles que no se veían desde hace décadas. En estados Unidos y Europa se han realizado estudios para tratar de explicar esta porfiada inflación, con resultados muy interesantes.

Un primer hecho significativo que ocurrió cuando empezaron a tener efecto las medidas de estímulo adoptadas en todos los países para contrarrestar los efectos de la pandemia, fue que ante el enorme desempleo la recuperación de los salarios fue débil, mientras que el aumento de los márgenes de utilidad de las empresas si fue significativo. 

Un estimativo del Economic Policy Institute muestra que estos márgenes pasaron del 12% al 17% después del COVID, y  atribuye tal incremento al poder de mercado de las grandes corporaciones. Otro estudio de I. Weber de la Universidad de Amherst mira un período más largo y muestra que el margen de ganancias de las empresas (después de impuestos) llegó a un record histórico de 13.5%, solo comparable a los años de la posguerra en el siglo pasado.

Como consecuencia, el mismo estudio estima que mientras en el pasado la contribución de las ganancias empresariales a explicar el alza de los precios había sido tan baja como del 11%, en el actual ciclo inflacionario subió al 33% después de la pandemia y llegó hasta el 53% el año pasado.

En otras palabras, el mayor margen de ganancia explica más de la mitad de la inflación. Por eso se habla de una “inflación de vendedores”, que es la que se origina en la capacidad que tienen empresas con gran poder de mercado para subir los precios, lo que requiere una acción conjunta (no necesariamente coordinada) de la mayoría de los competidores para hacer lo mismo

Para Europa se han hecho estudios para descomponer los factores que están impulsando el alza de los precios, y llegan a concusiones similares en cuanto al papel que juegan las ganancias empresariales. Lo interesante es que no son estudios de una ONG izquierdosa sino nada menos que de economistas del Fondo Monetario Internacional.

La conclusión del FMI es tajante: “Las crecientes ganancias empresariales explican casi la mitad del incremento de la inflación en Europa, en  la medida en que las empresas aumentaron sus precios mucho más que el incremento del costo de la energía importada”.

El gráfico ilustra esta conclusión. Hasta antes de la pandemia los costos laborales (barra azul) eran el principal responsable del aumento de precios, pero a partir de 2021 son las utilidades empresariales (barras rojas) las que empujan la inflación al alza, aún después de que los precios de las importaciones (barras azul claras) empiezan a descender.

IMPLICACIONES DE POLÍTICA

Son varias las conclusiones que se derivan de esta evidencia empírica. La primera es que en la medida en que las utilidades crecen más que los salarios se está produciendo un deterioro en la distribución del ingreso, concentrándose más en los estratos altos de la población, lo cual por supuesto genera descontento social y político. En Inglaterra el desprestigio del gobierno conservador se atribuye en buena parte a esta inflación de vendedores, que en la opinión pública ya se conoce como “greedflation”, o inflación de la avaricia.

La política tradicional de control de la inflación, es decir la subida de las tasas de interés, sirve frente a la tradicional espiral de precios-salarios, pero es poco efectiva frente a los incrementos de las utilidades empresariales. Más aún, las elevadas tasas de interés afectan mucho más a las Pyme, que tienen menos capacidad financiera, y en la medida que se frena la economía se incrementa el desempleo, todo lo cual contribuye también a una mayor concentración del ingreso.

Frente a la persistencia de la inflación, empieza a hablarse de alternativas de políticas que hasta hace poco eran herejías. Reporta el periódico The Guardian que el ministro de finanzas de Inglaterra está analizando medidas para impedir que las compañías hagan exagerados aumentos de precios. En Estados Unidos se discute si resucitar viejas leyes contra los monopolios y la manipulación de precios, o establecer impuestos a ganancias extraordinarias. Inclusive la herejía mayor, el control de precios, vuelve a mencionarse.

COLETILLA

Los datos y los estudios mencionados se refieren a la situación de otros países, pero en Colombia también la inflación ha demostrados ser dura de bajar. Sería muy conveniente que las autoridades investigaran si acá también existe inflación de vendedores y tomaran las medidas adecuadas para controlarla.

Artículo publicado en CAMBIO

Mauricio Cabrera Galvis

Cali, septiembre 22 de 2023

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