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En la consulta médica cotidiana ocurre algo que rara vez se menciona de manera explícita: muchas de las respuestas que el médico quisiera dar no se dicen, no por falta de conocimiento, sino por falta de tiempo. Entre la necesidad de atender, registrar y avanzar en la consulta, la explicación suele comprimirse, y con ella, una parte importante del acto clínico.

Este fenómeno no es trivial. La medicina no es únicamente un ejercicio técnico; es, ante todo, una práctica basada en la relación. Escuchar, observar, interpretar y decidir requieren tiempo y atención. Cuando estos se fragmentan, la calidad de la atención también puede hacerlo.

En este contexto, la irrupción de la inteligencia artificial plantea una pregunta distinta a la habitual. No se trata de si reemplazará al médico —una preocupación simplificadora—, sino de si puede ayudar a mejorar la interacción entre el médico y el paciente.

Un estudio publicado en 2023 en JAMA Internal Medicine ofrece un punto de partida particularmente interesante para esta discusión [1]. En él, se compararon respuestas escritas de médicos con las generadas por un sistema de inteligencia artificial a preguntas reales formuladas por pacientes en un foro público. Estas respuestas fueron posteriormente evaluadas por profesionales de la salud en términos de calidad y empatía percibida.

El resultado fue llamativo: las respuestas generadas por inteligencia artificial fueron calificadas como superiores en ambos aspectos.

A primera vista, la conclusión podría parecer disruptiva. Sin embargo, una lectura más cuidadosa permite matizar su alcance.

El estudio no demuestra que la inteligencia artificial comprenda mejor la enfermedad ni que tenga mayor capacidad diagnóstica. Lo que pone en evidencia es otra cosa: su capacidad para estructurar el lenguaje, organizar la información y producir respuestas más extensas, claras y ordenadas.

En otras palabras, la diferencia no está en el conocimiento clínico, sino en la forma como éste se comunica.

Este hallazgo tiene implicaciones relevantes. En la práctica médica, la comunicación no es un componente accesorio; es una parte central del acto clínico. La manera como se explican los diagnósticos, los tratamientos o las recomendaciones influye directamente en la comprensión del paciente, en su adherencia y en su confianza.

Desde esta perspectiva, el estudio no sugiere que la inteligencia artificial sea un “mejor médico”, sino que puede ser un mejor organizador del discurso clínico en determinados contextos.

Este punto resulta particularmente interesante cuando se traslada a la práctica cotidiana. Una de las principales limitaciones del ejercicio clínico actual no es la falta de conocimiento, sino la falta de tiempo. El médico sabe, pero no siempre dispone del tiempo necesario para explicar con la claridad y extensión que desearía.

En ese contexto, herramientas basadas en inteligencia artificial pueden desempeñar un papel complementario: ayudar a estructurar la información, generar borradores de respuestas o formular indicaciones de manera más clara. Más que sustituir al médico, podrían permitirle ejercer mejor su función.

Sin embargo, este mismo hallazgo obliga a introducir una distinción crítica. La empatía observada en el estudio es una empatía percibida, no experimentada. La inteligencia artificial puede producir lenguaje empático, pero no vive la experiencia del paciente ni participa de su sufrimiento.

Confundir ambas dimensiones no es un error menor. La relación médico–paciente no se agota en la claridad del lenguaje; incluye elementos que no son reducibles a texto: la presencia, la escucha, el juicio y la responsabilidad. 

En este sentido, el estudio no anuncia el reemplazo del médico, pero sí pone en evidencia una brecha: la distancia entre lo que el médico sabe y lo que alcanza a comunicar en el tiempo disponible.

Publicaciones posteriores han comenzado a explorar esta misma línea, particularmente en campos como la oncología, donde se han observado resultados similares en términos de claridad y legibilidad de las respuestas generadas por modelos de lenguaje [2].

El interés de estos hallazgos no radica en una supuesta superioridad de la inteligencia artificial, sino en lo que revelan sobre la práctica médica actual.

Quizás el aporte más importante de este estudio no sea tecnológico, sino clínico: mostrar que una parte del valor de la consulta médica depende de cómo se comunica el conocimiento, y que esta dimensión puede ser optimizada.

Desde esta perspectiva, la inteligencia artificial podría entenderse no como un sustituto, sino como un puente. Un puente entre el conocimiento médico y su comprensión por parte del paciente. Un puente que no reemplaza la relación clínica, pero que podría contribuir a mejorarla.

Referencias:

  • Ayers JW, Poliak A, Dredze M, Leas EC, Zhu Z, Kelley JB, et al. JAMA Intern Med. 2023;183(6):589–596.
  • Chen D, Chong J, Park J, et al. JAMA Oncol. 2024.

Hugo Caballero, M.D.

Mayo, 2026

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Me “retiré” (aunque siempre con el celular cerca) la primera semana del 2023 a una playa con familia y libros (de los que se mojan, pesan y huelen). Como soy un lector algo desordenado y me muevo más por intuición y por ciertas conexiones emocionales (temas generales, primeras frases, pendientes de años anteriores y estados de ánimo) terminé leyendo dos libros estupendos, aparentemente desconectados, que disfruté tremendamente. 

Esta columna, no obstante, no es sobre estos libros, sino acerca de un tema que por estos días me quita el sueño y que, ya verán, conecto con esas lecturas. Recientemente, Hector Abad Faciolince en El Espectador y David González en El Colombiano lo han tocado y es fuente de debate en diferentes foros académicos y de opinión en el mundo. 

Me refiero a la inteligencia artificial (IA) y su relación y aplicación en la escritura. Hoy los programas de IA pueden producir textos sobre casi cualquier tema con estructura, ortografía y redacción. Inicialmente los textos parecen muy básicos, precisamente porque detrás está la inteligencia artificial (máquinas que tienen acceso a datos e información casi ilimitada y que aprenden y mejoran). Seguramente, cada vez serán mejor estructurados, más claros e incluso con estilos refinados. Obviamente, este invento permitirá que las máquinas y sus programadores (ojo), se tomen (o se hayan tomado) ciertos campos de la escritura en la publicidad, las relaciones públicas, el mercadeo, el derecho, la política y el periodismo.

Mi preocupación, lo confieso, viene de mi relación con la palabra escrita. Una relación que nació en otra época y que claramente está ya superada en la gran mayoría de espacios y actividades. Yo me eduqué con la idea, y aun lo sigo pensando, que la palabra escrita tiene a la vez un poder tremendo y significa una inmensa responsabilidad. El poder de traspasar las fronteras del tiempo, las distancias, las razas, el género, las edades etc. La responsabilidad y el compromiso de atar al autor a sus palabras. La palabra escrita es, entonces, personal, intransferible y puede ser lo más cercano que tengamos a la inmortalidad. Por eso me afecta tanto la posibilidad de perderla.

Pienso entonces en los libros que leí en la playa: Antes de que el mar cierre los caminos de Andrea Mejía y El llano en llamas de Juan Rulfo. Dos libros publicados con una diferencia de casi 70 años y que parecieran tener poco en común. 

El primero escrito por una bogotana de 44 años, al comienzo de la tercera década del siglo XXI y el otro, la colección de cuentos que en 1953 puso a Rulfo en el gran mapa de la literatura en español. Más allá de estos datos, varios hilos conectan las dos obras. Para empezar, sobre Rulfo se han escrito ensayos, tratados y tesis, está el papel de la naturaleza en el relato. Tanto en los cuentos del mexicano como en la novela corta de Mejía el paisaje, el clima, el viento, los colores y los olores acompañan, moldean y en ocasiones definen la historia y los personajes. 

Los paisajes del Jalisco posrevolucionario que recorren y sufren los campesinos y bandoleros rulfianos destilan desolación y pobreza. El mar, la playa y la sierra que rodean la ciudad costera a la que llegan Pablo e Irene, los personajes de la novela, no son los destinos turísticos idílicos de un brochure de agencia de viajes, sino espacios pesados, sofocantes y hasta amenazantes que ambientan el misterio que flota en el trasfondo del relato. 

Hay un segundo hilo que une los textos: la violencia y la muerte como presencias sostenidas y definitorias. “Los muertos pesan más que los vivos; lo aplastan a uno” dice uno de los personajes del cuento El hombre de Rulfo, pero esa frase tranquilamente puede servir de epígrafe para Antes de que el mar cierre los caminos.La muerte como presencia/ausencia que, en palabras de la autora bogotana “es algo imposible de comprender, demasiado grande para nosotros…”, va impulsando la novela y a sus personajes desde el duelo y las preguntas. En Rulfo, quien perdió a sus padres trágicamente siendo un niño, la muerte parece ser menos misteriosa y más cotidiana, pero ejerce también un poder tremendo sobre muchos de sus personajes (duelo, venganza o impulso). 

¿Por qué conectar a Rulfo y a Mejía con la IA? con el riesgo de equivocarme, pero pensando que es la última rama para salvarnos antes de caer por la cascada de la automatización y la despersonalización, creo que en la literatura, que se inventa las normas, que describe y crea contextos, que evita lo “correcto”, que traduce lo irremediablemente humano, que no tiene lógica temporal o geográfica, seguirá estando nuestro pequeño espacio. No parece mucho, pero ahí aun, hay un universo.

Santiago Londoño Uribe

Junio, 2023I

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