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Historias para pensar

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Son historias recogidas en los libros, en la calle, en Internet, en el hogar. Son historias que enseñan, que ponen a reflexionar. Positivas, didácticas, impactantes. No es posible identificar a todos los autores, así que en este sentido hay que dar excusas. Pero las historias valen la pena. 

Continúan…

10. El Ángel 

El noticiero de las siete de la noche abrió su espacio con una impresionante imagen de una mujer que colgaba de un balcón de un octavo piso. Según el locutor, durante tres horas esa mujer de unos treinta años de edad estuvo a punto de lanzarse al vacío. La posible suicida había asesinado horas antes a su pequeña hija de sólo cuatro años. 

Las imágenes mostraron cuando un policía se acercó a ella poco a poco y, con un rápido movimiento la tomó del brazo y evitó que se lanzara. Al día siguiente, la fotografía de todos los periódicos mostraba en primera página a la mujer en el balcón al momento de ser rescatada. No había aún una clara razón que la motivara a efectuar semejante crueldad. La noticia me impactó, como a todos en la ciudad, pero pronto me vi inmerso en el denso trajín de un trabajo agobiador. A la mitad de la mañana, la secretaria me informó que había una llamada telefónica para mí, con carácter personal. Tomé la bocina y respondí: 

  • Aló, ¿hablo con el Cónsul de Colombia? 
  • Sí señor, en qué puedo servirle,  
  • Señor Cónsul, ¿vio usted la noticia de una mujer que asesinó a su niña y que luego intentó suicidarse? 
  • Sí, claro, impresionante y dolorosa. 
  • Señor Cónsul, esa mujer se llama Alicia, está en la cárcel central, es colombiana y necesita su ayuda. 
  • ¿Puedo saber quién habla?, indagué. 
  • No importa, por favor ayúdela. 

Durante varios minutos me quedé mirando la ciudad que se dominaba desde mi ventana. Varios sentimientos encontrados se atropellaron en mi mente. Caía una suave nevada.  

Al día siguiente, en la cárcel central, pabellón femenino, me encontré con una joven abogada de oficio que le había sido asignada a Alicia. Nos sentamos en una de las pequeñas salas de visita de la prisión y ella me narró la historia completa. Me alertó que Alicia estaba muy trastornada, a ratos incoherente. Que había aceptado verme pero que a lo mejor no se daba cuenta de lo que decía o hacía. Que entendiera las circunstancias. 

Cruzamos las rejas que nos separaban del cubículo para visitas especiales. La abogada entró primero, luego yo. Lo que vi, no se me ha podido borrar de la mente. Una pequeña mujer, con los pies montados en el estrecho taburete, vestida con una bata antisuicidio, me miraba desde el fondo de su ser con pánico. Temblaba como un pajarillo recién capturado. Sus ojos verdes, vidriosos, eran una mezcla extraña de enajenación y realidad. No pude hablar. Me senté a su lado en otra silla y simplemente le tomé la mano. Así estuvimos, mirándonos a los ojos, varios eternos minutos. Poco a poco me percaté de ella. Medía un poco más de metro y medio. Blanca, pálida, cerosa, menuda. Un pelo rubio y encrespado, enloquecido, rodeaba su cabeza. Unas manos muy finas que me causaron escalofrío. Las imaginé apretando la almohada contra el rostro de la niña. 

Seguíamos callados los tres. Al fin, irreverente, rompí el sagrado silencio: 

  • Alicia, no tema. Sólo quiero ayudarla, si usted acepta. 

Nuevamente nos miramos despacio a los ojos. Su temblor era ahora más suave. Empezó a balbucir frases cortas: 

  • Mi niña era un ángel. Yo la adoro. Soy un monstruo. Lo hice para ayudarle, ahora está a salvo. Ella era un ángel. Me van a matar. No quiero que sepan en Colombia. No hagan escándalo. Mi niña era bella. Mi niña, mi niña, mi niña, mi niña… Yo solo atinaba a balbucir también algunas palabras. No tema. Amor es lo único que sana. Confíe en Dios, en la gente buena. 

La abogada miraba sin comprender las pocas frases que nos decíamos, ella no hablaba español. Alicia entró como en letargo y se quedó con la vista fija en mí. No volvió a modular. La abogada hizo una señal y la guardiana que había permanecido en la puerta entró para llevársela. 

Le prometí a Alicia que volvería al día siguiente, si ella quería. Dijo sí con la cabeza y nos abrazamos. Sentí, cuando caminó alejándose de mí, que parte de mi alma también quedaba presa. 

Le pedí a la abogada que era urgente la asistencia profesional de un sicólogo. Ella estuvo de acuerdo y de hecho ya había pedido esa ayuda. Nos citamos al otro día, a las 10 de la mañana. Sería una larga espera. 

Esta vez Alicia estaba sola. Entró a la pequeña sala donde yo la esperaba arrastrando su tragedia. Ojos brotados y brillantes, caminar lento y pesado, cabeza agachada. La abracé y nos sentamos frente a frente. Ahora hablaba hilvanando bien las ideas, siempre y cuando no se refiriera a su Ángel. Cuando nombraba a la niña entraba como en trance y sólo decía palabras entrecortadas. No le volví a mencionar a la niña. Hablamos sobre el proceso que se venía. Sobre la abogada a quien ella le había tomado confianza. Sobre su aislamiento de las demás reclusas, por temor a que la asesinaran. Una hora escuché sus historias de la cárcel. Cuando salí, tenía clara una conclusión: Se iba a suicidar, no tenía más opción. 

Pasaron los días, los meses. Continué hablando con ella, la mayoría de las veces por teléfono. Murmuraba horas enteras y casi ni le entendía lo que me decía. Hablaba bajito, como susurrando. Al final, colgaba tranquila. Ahora Alicia se ha dedicado a la oración y a servir a las demás reclusas. Empiezan a estimarla. El juicio se orienta a declararla enferma mental y por lo tanto, más que prisión, requiere tratamiento. 

Mientras tanto, no para de taladrar mi mente la dura realidad. La cruel y despiadada historia detrás de Alicia. Su esposo, un europeo, era un ser depravado y monstruoso. Bebía y les pegaba a ella y a la niña. Trató de abusar sexualmente de su angelito y ella lo abandonó. Luego se inició la lucha legal por la custodia de la hija. Varios meses de angustia. Alicia no permitiría que el ángel cayera en manos de un demonio. Haría hasta lo imposible. Pero un desgraciado hecho la desquició. Perdió su trabajo. En esas condiciones no podría garantizarle al Angel las condiciones exigidas. Por eso, tomó la almohada cuando el Angel dormía y la ahogó. Luego ella se tomó todas las píldoras para los nervios y para dormir que tenía para morir al lado de la niña. Todo había terminado. El monstruo no tendría al Ángel. 

De pronto, unos golpes la despertaron. Ella contempló aterrorizada el cuerpecito frío que yacía a su lado. Miró por la mirilla de la puerta y vio al agente de la policía que tocaba el timbre. Corrió hacia el balcón, para tirarse del octavo piso. Abajo, empezó a arremolinarse la gente. La puerta sonaba con los golpes de los policías que la llamaban. No era capaz de brincar. Al fin, cayó la puerta, el agente se le acercó y trató de calmarla. No se tire, la ayudaremos, confíe. Ella no era capaz de lanzarse. La atraparon bruscamente. 

Al abrazarla para impedirle el movimiento, un papel que el policía llevaba en la mano, se arrugó. Era la orden del juez que le concedía la custodia de la niña a la mamá. 

Samuel Arango M.

Mayo, 2024


[1] Recopilación y foto: José Samuel Arango.

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Historias para pensar

Por Samuel Arango
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Nuestro blog está pleno de alegría desde hoy, por contar con este inigualable aporte de José Samuel Arango, que él mismo ha titulado “Historias para pensar” y que iremos publicando periódicamente en nuestro blog. Decimos esto con mucho orgullo porque sabemos que, a pesar de los obstáculos de salud que la vida le puso a José Samuel, él ha salido airoso, recuperando sus facultades. Reconocemos también el esfuerzo que esto ha significado para él, en su plan de recuperación.

Prólogo

Son historias recogidas en los libros, en la calle, en Internet, en el hogar. Son historias que enseñan, que ponen a reflexionar. Positivas, didácticas, impactantes. No es posible identificar a todos los autores, así que en este sentido hay que dar excusas. Pero las historias valen la pena.

1. Aterrizaje

El maestro y su discípulo se encontraban en el campo dedicados a la oración y a las conversaciones edificantes. Ya tarde en la noche apagaron la hoguera y se durmieron. A la madrugada, el maestro se despierta y codea al discípulo.

– ¿Qué ves arriba?, pregunta el maestro.

– Millones de estrellas, maestro.

– Sí, ¿y eso qué significa?

– Pues maestro, si es desde el punto de vista teológico, que Dios es grande y poderoso. Desde el punto de vista de la meteorología, que mañana hará un magnífico día. Desde la astrología, que Júpiter y Saturno convergen.

El discípulo entonces le pregunta al maestro:

– ¿Y usted qué ve, maestro?

El maestro medita un momento y exclama:

– ¡Tonto, que nos robaron la carpa!

(Sherlock Holmes).

2. Punto de vista

Un padre lleva a su pequeña hija a visitar un centro comercial en donde se respira el espíritu de la navidad. Todas las vitrinas están adornadas con motivos típicos de la época. El padre miraba entusiasmado mientras la niñita, al cabo de un rato, empieza a llorar para que la lleven a casa. El padre estaba desconcertado. A todos los niños les gustan los arreglos de navidad, los trineos, los Noel, los pesebres, las guirnaldas, los regalos. La niña ya estaba armando una pataleta. Entonces el papá nota que el cordón del zapato de la niña está suelto y se agacha a amarrarlo para evitar que se caiga. Cuando lo hace, mira hacia los lados y ve que desde esa altura, en las vitrinas, sólo se observan los andamios o paredes lisas, no los arreglos de Navidad.

Entonces carga a la niña y ahora la niña llora para que no la lleven a casa.

(Gonzalo Gallo G)

3. La Carta

Ruth fue a su buzón de correo y solo había una carta. La tomó y la miró antes de abrirla y notó que no tenía estampillas, ni sello del correo. Sólo su nombre y dirección.

“Querida Ruth:

Voy a estar en tu barrio el sábado en la tarde y quisiera verte. Te quiere siempre, Jesús”.

Sus manos temblaban mientras colocaba la carta en la mesa. ¿Por qué Dios querrá visitarme si no soy nadie especial?.

También recordó que no tenía nada que ofrecerle. Pensando en eso, recordó su alacena vacía. “Oh, no tengo nada que ofrecerle. Tengo que ir al supermercado y comprar algo para la cena”

Tomó su cartera que contenía unos pocos pesos, “Bueno, puedo comprar pan y embutidos por lo menos”, se puso el abrigo y corrió a la puerta. Compró un pan, media libra de salchichón y un litro de leche, lo que le dejó con tan solo unos centavos hasta el lunes.

Se sentía bien a medida que se acercaba a su casa, con su humilde compra bajo el brazo.

– Señorita, por favor, ¿puede ayudarnos?

Ruth había estado tan sumergida en sus planes para la cena que no había notado dos figuras acurrucadas en la acera. Un hombre y una mujer, ambos vestidos de andrajos.

– Mire señorita, no tengo trabajo y mi esposa y yo hemos estado viviendo en las calles, nos estamos congelando y tenemos mucha hambre y si usted nos pudiera ayudar, se lo agradeceríamos mucho.

Ruth los miró. Ellos estaban sucios y mal olientes y pensó que si ellos en verdad quisieran trabajar, ya habrían conseguido algo.

– Señor, me gustaría ayudarlos, pero soy pobre también. Todo lo que tengo es un poco de pan y salchichón y tendré un invitado especial a cenar esta noche y pensaba darle esto de comer.

– Está bien, comprendo. Gracias de todas maneras, dijo el hombre.

El hombre puso su brazo sobre los hombros de la mujer y se fueron rumbo al callejón. Ella los miraba alejarse y sintió mucho dolor en su corazón.

– Señor, espere…

La pareja se detuvo, mientras ella corría hasta ellos.

– ¿Por qué no toman esta comida?, puedo servirle otra cosa a mi invitado, dijo ella, mientras les entregaba la bolsa del supermercado.

– Gracias. Muchas gracias señorita. Sí, gracias, le dijo la mujer y Ruth pudo ver que estaba temblando de frío.

– Sabe? tengo otro abrigo en casa; tome éste, le dijo mientras se lo ponía sobre los hombros.

Ella regresó a casa sonriendo y sin su abrigo ni la comida para ofrecerle a su invitado. Se estaba desanimando a medida que se acercaba a la puerta de su casa, pensando que no tenía nada que ofrecer al Señor. Cuando metió la llave en la cerradura notó otro sobre en su buzón.

– Qué raro, usualmente el cartero no viene dos veces el mismo día. Ella tomó el sobre y lo abrió:

“Querida Ruth:

Fue muy agradable verte de nuevo. Gracias por la comida y gracias también por el hermoso abrigo. Te quiere siempre, Jesús”.

(Desconocido)

Continuará….

José Samuel Arango

Abril, 2024

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