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El legado de mi época de Jesuita

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Escoger una sola práctica vivida durante el tiempo que estuve en la Compañía como la que más marcó mi vida no hace justicia a lo que viví en ella y lo que después desarrollé al salirme de la misma. Por eso debo agrupar varias prácticas y temas que moldearon quien soy hoy día.

Lo primero que reconozco es haber tenido una vivencia espiritual experiencial y profunda que ha permanecido conmigo hasta estos 80 años que hoy tengo. Esa vivencia fue tan profunda que, cuando estudiábamos la historia de la Iglesia durante los años de teología, descubrí una profunda incongruencia con una iglesia institucional que no manifestaba ni practicaba lo que predicaba en los púlpitos. En ese momento me convencí que no podía representarla y defenderla cuando ella no deseaba reconocer su pasado bochornoso y culpable y mucho menos, hacer los cambios que ese momento histórico que vivíamos lo exigía.

La Compañía me enseñó a razonar críticamente a lo largo de todos los estudios de literatura, arte, y filosofía. Cuando me retiré, esos estudios me permitieron sopesar evidencias, valorar teorías, cotejarlas con otras diferentes, no quedarme anclado en una sola manera de ver la realidad, mucho menos la espiritual. Como aporte secundario me habilitó para mantener una apertura mental dispuesta a considerar esquemas alternativos de estudiar y entender la realidades físicas, psicológicas, sociales y espirituales.

La práctica de constante introspección, aprendida desde el primer año de la Compañía, me ha permitido entender que somos actores del desarrollo evolutivo de la humanidad, en tanto las cualidades personales lo permitan. Esta percepción me ha dado un sentido de responsabilidad histórica con el que me veo comprometido, en tanto mis posibilidades me permitan contribuir como pueda, en donde pueda, con quien pueda.

La vida en la Compañía me enseñó a tener una férrea disciplina que he podido aplicar en todos los ámbitos de la vida, de manera que he podido planificar y obtener metas en los proyectos que tuve el privilegio de trabajar por los menos favorecidos, en la medida de mis habilidades, logrando mejoría en sus vidas, tanto materiales como en su evolución interior.

Los años transcurridos en esa etapa de convivencia intensa vivida con compañeros de ideales comunes me enseñó a disfrutar los momentos sencillos que la vida ofrece cuando se la experimenta en compañía de amigos unidos por hilos invisibles del espíritu, así como lo sentimos cuando nos reunimos los jueves en nuestras fraternales tertulias.

El contacto sencillo, pero profundo con diferentes grupos de los más desposeídos, me enseñó que, no importa cuánto sea su nivel de poca educación, siempre se aprende de ellos aquellos aspectos de la vida que su dura existencia los obliga a soportar y de los cuales no somos conscientes al menos que se comparta con ellos la dura realidad donde tienen que luchar para existir. El contacto con esa realidad me ofreció la oportunidad de compartirles conocimientos sencillos que les sirvieron para mejorar su nivel de confort, su salud, y aun su orientación del propósito de sus vidas.

Un criterio fundamental adquirido en todos esos años de formación fue el convencimiento de que el mayor tesoro que uno puede obtener en la vida no se encuentra en las cosas materiales perecibles que se pueden acumular, sino en lo que cultivamos que no perece ni se desvanece. Estos tesoros se encuentran en el amar a todos con el corazón y no por interés económico o egoísta, en compartir con quien desee escuchar lo aprendido a lo largo de la vida -tanto lo asimilado en la Compañía como lo aprendido fuera de ella- en confiar en que todos tenemos algo divino en nuestra esencia que nos hace genuinos hijos de Dios y por lo tanto, nos hermana a nivel planetario. 

Otra deuda que tengo con la formación de la Compañía fue que me dio la habilidad de escribir para expresar mis sentimientos, mis emociones, mis pensamientos, mis reflexiones, mis inquietudes, mis lecciones de vida en libros que puedo compartir con quienes quieran leerlos y que les sirvan para su crecimiento intelectual, emocional y espiritual.

Finalmente, la enseñanza más profunda aprendida en la Compañía es que lo más valioso que tenemos todos lo humanos es nuestra relación con Dios, pues esta relación tiene garantía de Inmortalidad, de Amor Incondicional, de Fidelidad Eterna y de Gozo Incomparable.

Reynaldo Pareja

Septiembre, 2023

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