Varios amigos y conocidos (especifico: mujeres y hombres. Uso el género no marcado, como habla la mayoría de los hablantes. Cuando conversamos no decimos reiteradamente “los” y “las”) me han comentado que votarán en blanco.
Esa definición y opción política de ellos me puso a pensar en lo que significa e implica votar en blanco.
Quien vota en blanco, protesta: no lo convence ninguna de las alternativas que tiene la escogencia de candidato a la presidencia en las elecciones colombianas del 21 de junio. Acude a las urnas, porque le parece inadmisible abstenerse de votar. Quiere manifestar su desacuerdo y por eso elige marcar el espacio en blanco. El voto en blanco es simbólico.
Quien vota en blanco se centra en hacerlo porque no está convencido de la bondad de las dos opciones y porque la conciencia le dice que es antiético escoger una de ellas. Se prefiere votar así para rechazar el “voto útil”, pero esa decisión se convierte en “voto inútil”. Es tranquilizante, pero no beneficia al país: solo testimonia el desacuerdo.
No hay candidato perfecto, por lo que referirse a uno de ellos como “mal menor” es un tiro al aire. “Mal menor” encierra demasiadas variables y variantes. Los candidatos prometen tanto que ya no se sabe en quién o en qué confiar. Hallar diferencias significativas entre ellos resulta complejo y sopesarlas todavía más.
Cuando las alternativas que existen no coinciden con lo que yo quisiera, ¿el voto en blanco es escapismo? Se vota, pero no se incide. Uno quisiera que los finalistas fueran tan buenos que al escoger uno de ellos no entrara en el escenario el “mal menor”.
Votar en blanco es decidir que otro decida. Es algo parecido a lo que hizo Pilatos cuando se lavó las manos: ni absolvió, ni condenó a Jesús. Le trasladó a Caifás el “problema”, para que definiera lo que había que hacer con el reo.
Marcar un voto en blanco ni suma ni resta en la segunda vuelta (lo que no sucede en la primera, en la cual si el número de votos en blanco supera la cifra más alta de cualquier candidato, conlleva a una nueva votación y en ella no pueden participar los que ya lo hicieron). Es como barajar y volver a repartir. El voto en blanco apenas testimonia el número de personas que no se decidieron por ninguno de los dos que estaban en contienda y de esa manera aplacaron su conciencia.
Varios de los candidatos que obtuvieron del millón de votos para abajo en la primera vuelta expresaron inicialmente que no iban a votar por ninguno de los dos finalistas, dando a entender que si votaban lo harían en blanco. Pero a medida que pasaron los días, empezaron a declarar que descartan esa opción. Imagino que es porque entraron a negociar algo. El voto en blanco no servía a sus intereses.
Votar en blanco alivia la conciencia de optar por una de las alternativas. De ese modo si el que termina elegido hace un mal gobierno, se podrá decir “menos mal que no voté por él”. Y si llega a hacer un buen gobierno, ¡qué bien que no voté por el perdedor! Si se ubicara a los contrincantes en los extremos de caliente o frío, el voto en blanco podría calificarse como tibio. Recurriendo a la frecuentemente usada expresión de Horacio Serpa, ese voto no es “ni chicha, ni limoná”.
Dependiendo del total de votos emitidos, el voto en blanco constituye una señal de alerta para quien gane las elecciones: qué tantos no lo querían, a él y a su contrincante. Tendrá que verificar por qué lo rechazaban y saber que debe gobernar para todos.
A quienes votan en blanco los desaniman las expresiones beligerantes de ambas partes, sus calificativos, su agresividad, sus promesas de lo que harían y de lo que no harían. Sin embargo, basta con mirar la historia de lo que prometieron u ofrecieron otros presidentes y lo que cumplieron (o pudieron cumplir, porque no hay que olvidar que además del ejecutivo existe un Congreso que puede aprobar o improbar determinadas reformas). El porcentaje de cumplimiento resultó bajo, pero le endulzaron el oído a los votantes.
Llevando la situación a un límite, en el poco probable caso de que en el escrutinio llegara a haber un empate en el número de votos, el votante en blanco podría llegar a pensar: qué tal que yo hubiera votado por este candidato: no hubiera perdido y habría resultado vencedor.
William Mejía Botero
15 de Junio, 2026

