Las vacaciones pueden ser, para cualquier niño, una experiencia formativa si le ofrecemos tiempo para sí mismo.
Al llegar las vacaciones escolares, los adultos repetimos los mismos debates: qué hacer con los niños, cómo mantenerlos ocupados, de qué manera “aprovechar” este tiempo que, desde nuestra mirada productiva y controladora, parece un vacío que hay que llenar. Sin embargo, para los niños y adolescentes las vacaciones significan algo radicalmente distinto: constituyen un espacio vital para su desarrollo emocional, social y creativo. En otras palabras, son mucho más que un descanso del colegio; son una oportunidad para reconstruirse.
El psicoanalista Donald Winnicott, uno de los pensadores más lúcidos sobre la infancia, escribió que el juego es el territorio donde el niño “llega a ser creativo y, por lo tanto, descubre su self”. Aunque Winnicott no hablaba específicamente de las vacaciones, su idea ilumina lo que ocurre cuando los niños se desconectan de las rutinas escolares y recuperan el control sobre su tiempo. En vacaciones, el juego –libre, espontáneo, no dirigido– se vuelve posible. Y en ese juego, los niños exploran quiénes son, qué sienten y cómo se relacionan con el mundo.
Los adultos tendemos a subestimar la importancia del ocio. Lo cargamos de sospecha: tememos que la inactividad sea sinónimo de pérdida o retroceso. Pero para un niño, el ocio no es vacío; es un territorio fértil. Es el momento cuando puede inventar mundos, ensayar roles, hacer preguntas que en el ritmo exigente del calendario escolar no tienen cabida. Es, también, un tiempo para el cuerpo: para correr sin que alguien mire el reloj, para aburrirse y descubrir, a partir de ese aburrimiento, el impulso creativo que solo aparece cuando nada está programado.
Para los adolescentes las vacaciones tienen un sentido adicional: se convierten en un espacio de autonomía. El año escolar suele estar marcado por exigencias externas –tareas, evaluaciones, horarios rígidos– que no siempre dejan margen para la exploración personal. Cuando llega el receso, los jóvenes encuentran un intervalo donde pueden probar sus propios ritmos, elegir sus compañías y vivir experiencias que no pasan por el filtro de la escuela o la familia. En esa libertad parcial, a veces inquietante para los adultos, se juega buena parte de la construcción de la identidad.
Sin embargo, no puede ignorarse que el acceso a unas vacaciones verdaderamente enriquecedoras no es igual para todos. Muchos niños enfrentan entornos con pocas oportunidades de juego seguro, escasos espacios públicos o responsabilidades familiares que limitan su tiempo libre. Otros, en el extremo contrario, viven vacaciones hiperprogramadas, saturadas de cursos, talleres y actividades que buscan suplir cualquier posible momento de silencio. Ambas situaciones revelan una misma dificultad cultural: nos cuesta confiar en el tiempo desestructurado como valor educativo.
Quizá sea hora de revisar esa idea. Las vacaciones pueden ser, para cualquier niño, una experiencia formativa si les ofrecemos algo que no siempre parece obvio: tiempo para sí mismos. Tiempo para leer por gusto, para estar con amigos, para subir a un árbol o simplemente quedarse mirando el techo mientras imagina algo que no tiene nombre. Tiempo para estar con sus padres, sin la presión de las tareas, o para descubrir la ciudad sin afanes.
Los adultos podríamos preguntarnos menos cómo llenar las vacaciones y más cómo garantizar condiciones que permitan a los niños vivirlas con libertad y seguridad. No se trata de abandonarlos a su suerte, sino de darles margen: confiar en su capacidad de crear, de explorar, de crecer incluso cuando no estamos dirigiendo cada paso.
A fin de cuentas, el sentido profundo de las vacaciones es que los niños y adolescentes recuperen algo que la escuela, sin querer, a veces les arrebata: el derecho a su propio tiempo. Y ese encuentro consigo mismos –silencioso, impredecible– es quizás uno de los mayores regalos que pueden llevarse de su infancia.
Francisco Cajiao
Diciembre, 2025

