El jueves 3 de julio pasado escogimos como tema de nuestra tertulia semanal intercambiar y enriquecernos con las experiencias como migrantes de muchos de nosotros que hemos vivido más de cinco años en algún otro país. Algunos escribimos reseñas como ésta.
Soy migrante porque el amor lo quiso así. Vivo hace 43 años en el Perú y fue mi primera pareja peruana la que logró que “quemara todas mis naves” en Colombia, aun sabiendo que conmigo ya había 4 hijos a bordo.
Piura, desierto tropical de la costa norte peruana. Cusco, ciudad histórica enclavada en las alturas de los Andes. Cajamarca, en la sierra norte, amable y templada. Huaraz, en la sierra centro, enmarcada por la majestuosa Cordillera Blanca, han sido mis estaciones en este periplo migratorio, sin mencionar estadías cortas en ciudades como Tarapoto y Pucallpa en la Amazonia peruana.
Un solo país, pleno de culturas y de experiencias diferentes: el trabajo con las grandes cooperativas de Piura, un modelo (fracasado) de gestión comunal rural impulsado por el gobierno militar de Juan Velasco Alvarado. Con las pequeñas empresas campesinas cusqueñas dedicadas a la producción de objetos utilitarios de cerámica, de tejidos, así como vinculadas a la oferta turística local. Con los productores cajamarquinos y huaracinos que se esfuerzan por relacionarse con calidad a las cadenas comerciales promovidas por las grandes empresas mineras.
Todos me han dado grandes lecciones de vida: la primera y más grande es la de la solidaridad humana: desde los “siete potajes” de Semana Santa con una familia comunera muy pobre en las alturas de Cusco, a más de 4000 metros, hasta “el copús”, cocinado en la arena del desierto de Piura, pasando por la generosa pachamanca huaracina.

La riqueza de las culturas milenarias ha sido otro regalo de esta vida migrante. Es inagotable la lista de hombres y mujeres anónimos, de pueblos casi perdidos, dedicados y dedicadas a la preservación de costumbres, a la acumulación de sabiduría popular para el cuidado del medio ambiente y de diversas especies animales o vegetales.
Las más de 3 500 variedades de papa, sin contar otros tubérculos como el olluco, la oca, la mashua y la maca. El descubrimiento y perpetuación de superalimentos que hoy conoce el mundo como la quinua, la kiwicha, la cañihua, el tarwi. La fama de la nueva gastronomía peruana tendría pies de barro si no fuera por esos campesinos y campesinas depositarios del conocimiento acumulado y puesto en práctica durante milenios.
La habilidad para el manejo y conservación del medio ambiente, de la administración de muy diversos sistemas de riego donde el agua es escasa, de la siembra y cosecha de agua que nace en las cochas de cada comunidad campesina, de la domesticación de especies en los muy variados pisos ecológicos que ofrecen los Andes, las 48 lenguas originarias que hoy se hablan aquí, me siguen dando lecciones de vida.
Como descubrir también que los objetos, la música, los bailes, la literatura, surgen de esa variedad enorme que ha permitido adaptarse y adueñarse de las manifestaciones de la vida al vencer obstáculos y encontrar soluciones para vivir mejor.

Terrazas y andenes en el Valle del Colca, Arequipa[1].
Y, hay que decirlo también, ese conocimiento acumulado, esa energía ancestral, son fuerzas que pueden cambiar el rumbo de una política chata, corrupta que empobrece al Perú de hoy.
[1] Tomado del libro Abecedario, de Xabier Díaz de Cerio, DEBATE, 2024.
Jorge Luis Puerta P.
Lima, Perú

