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Reflexiones prácticas sobre la muerte

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En nuestra tertulia de los jueves número 166, quisimos acercarnos al tema de la muerte. Algunos nos ofrecen por escrito sus percepciones…

Seguramente mis compañeros tratarán este tema desde un punto de vista más intelectual. Yo comparto el mío de una manera más realista y evidente.

Todo el que nace, muere.

Es algo tan evidente que no pensamos en ello. O puede ser una forma de rechazar esa última realidad. Mucho mejor es pensar en disfrutar de la vida que aceptar que ésta se nos terminará un día. Por eso es un tema que no afrontamos desde un punto de vista personal, y tampoco familiar o social. 

Sin embargo, si es algo ineluctable, ¿para qué ponerle tanto misterio? Pienso que, si se les explica a los niños desde pequeños, por ejemplo, cuando se muere un abuelo, y más tarde en el colegio, podrían evitarse traumas o angustias emocionales el día que les toque vivirlo. 

Como decían los estoicos en la antigua Grecia, un problema o tiene solución, o no la tiene y, por lo tanto, no hay problema. La muerte de un ser querido no tiene solución, luego hay que aceptarla lo más pronto posible para seguir viviendo por nosotros mismos y los demás. 

Aceptar no quiere decir que la tristeza o la ausencia de esa persona no nos acompañe durante un cierto tiempo. Por eso, no entiendo cómo muchas personas se autodestruyen cuando dicen que no dejan el duelo hasta que el asesino -en el caso de un homicidio- no les diga por qué mató, o que no lo harán hasta que no encuentren el cuerpo que estaba en el avión desaparecido. Ese «por qué murió» nunca tendrá respuesta.

De la teoría a la práctica.

Con mis papás hablamos en la sobremesa sobre qué nos gustaría que hicieran con nuestro cuerpo y qué tipo de entierro querríamos. Estábamos de acuerdo con donar todos los órganos que pudieran servir y también con la incineración. Con el tiempo a mami le descubrieron un tumor en el cerebro. La operaron y le dieron tres meses de vida. Con papi rezamos para que un milagro le permitiera una recuperación total o que se muriera lo más pronto posible sin sufrir. Al tercer mes falleció. Esa noche estaba inconsolable, pero me pregunté: ¿todo lo que he dicho sobre la vida y la muerte era puro cuento o voy a ponerlo en práctica? ¿Voy a vivir preguntándome por qué murió a los 60 años? Decidí ser consecuente y al día siguiente amanecí triste, pero en paz.

El otro ejemplo fue con papi. Él pasó los tres últimos años de su vida en Popayán, pues decía «quiero hacer como los elefantes que van a morir donde nacieron». La última vez que lo visité, lo encontré de una flacura extrema y totalmente desanimado. Me dijo: «mijito, ya quiero morirme, pues esto no es vida», a lo cual le respondí: «tienes toda la razón, vamos a rezar para que así sea, pero mientras tanto, trata de animarte». El médico me dijo que en ese estado podía durar días, meses o años. 

Hice las vueltas necesarias y le pedí a una prima que se encargara de todo cuando llegara el momento. Al despedirme de él, me dijo: «creo que es la última vez que nos vemos». Yo le contesté: «creo que así será, pero puedes morirte tranquilo pues viviste la vida que querías durante 85 años y tus hijos estamos bien organizados. Por eso, puedes morir tranquilo». Regresé a París el 13 y el 23 falleció. Esta vez, probablemente a causa de su estado y edad, me fue más fácil aceptarlo.

Pensar en los que quedan.

Como nunca pensamos que vamos a morir, no hacemos nada para cuando llegue el día. No le dejemos a la familia que tiene que afrontar la pérdida de un ser querido, una serie de problemas administrativos, económicos y de otro tipo. 

Les comparto lo que yo he hecho: Un testamento que deje todo muy claro sobre lo que tengo y cómo debe repartirse. Añadí que autorizo a mi esposa, a dos amigos y al médico que me esté tratando, que no acepto ningún tipo de vida artificial. Entonces, que no me mantengan sobreviviendo (pues eso no es vida) conectado a una máquina o gracias a medicamentos. Además, indico que dono mis órganos y que me incineren. También que no dejo ninguna deuda. 

El primer testamento lo hice a los 50 años y he ido actualizándolo. En esa época, cuando le decía a mis amigos o familiares si ellos lo tenían listo, me respondían aterrados: «¿acaso voy a morirme?». No sé si con el paso de los años hayan cambiado de parecer.

¿Otra vida?

Como creo en Dios y en Jesucristo, también creo en su palabra cuando nos habla que hay vida después de la muerte. Frente a la aprensión ante lo desconocido, prefiero ver el lado positivo de que volveré a encontrarme con mis padres, familiares y amigos. Prefiero pensar que se nace para morir y que se muere para vivir y no, como los que no creen, que venimos de la nada para volver a la nada.

Personalmente me gustaría morir con buena salud y no enfermo. Si estoy en forma, podría ser entre los 85 y los 90 años. Y si fuera posible, saber que me quedan por lo menos seis meses de vida para poder despedirme y dejar todo listo por mí mismo. Soñar no cuesta nada.

Como en mis otros escritos, si alguno de mis comentarios les sirve para vivir y morir en paz valió la pena haberlo hecho. Y si no fue así, por lo menos reforzaron sus propias teorías.

Eduardo Pardo

Noviembre, 2023

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