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La muerte es una realidad que conocemos desde niños. Vamos a entierros de familiares, escuchamos noticias de accidentes, vemos partir a los abuelos de otros, oímos de guerras y masacres, acompañamos a amigos en sus duelos. Desde muy temprano entendemos intelectualmente que todos los seres humanos vamos a morir. Sin embargo, durante décadas esa certeza permanece lejana, casi abstracta, como si perteneciera siempre a los demás.

Cuando uno es joven, la muerte parece un dato estadístico. Puede conmovernos la tristeza de una familia o impresionarnos el ritual solemne de un funeral, pero íntimamente seguimos convencidos de que nuestra propia vida todavía pertenece a un horizonte remoto. La muerte existe, sí, pero ocurre en otra parte, en otro tiempo, en otras personas. Sucede allá, no aqui.

Incluso hoy, a mis 82 años, descubro algo extraño: emocionalmente todavía no siento cercana la muerte. Racionalmente sé perfectamente que estoy en la última etapa de la existencia. Sé que, por simple ley biológica, estoy ad portas de partir. No hablo necesariamente de una enfermedad terminal ni de una tragedia anunciada. Simplemente hablo de la edad. A esta altura de la vida, cualquier día puede convertirse en el último. Un infarto inesperado, la implantación de un marcapasos, una caída, una neumonía, una noche cualquiera. La inminencia de la muerte ya no es una hipótesis sino una condición permanente.

Y, sin embargo, el corazón continúa viviendo como si todavía existiera un mañana permanente. Tal vez esa sea una gran paradoja de la vida: el cuerpo envejece más rápido que la conciencia emocional de nuestra propia finitud. Uno sigue haciendo planes, comprando libros que probablemente no alcanzará a leer, imaginando viajes, conversaciones pendientes, proyectos futuros. La vida conserva una fuerza potente que nos protege de darnos cuenta que el final está a la vuelta del camino.

Pero hay momentos en los que esa distancia emocional comienza a resquebrajarse.

En lo que va de este año,  ya han muerto tres compañeros de mi edad: Carlos. Juan Camilo y ahora Alfredo. No eran simples conocidos lejanos ni nombres sociales que uno apenas recuerda. Eran amigos entrañables, con quienes de niños corrimos hace setenta años por las verdes veredas de Zipaquirá, soñamos juntos en ser sacerdotes y salvar el mundo del pecado, personas, con quienes compartimos conversaciones, afectos, recuerdos, visiones de mundo y fragmentos importantes por muchas décadas. Y su muerte produjo algo distinto. No fue solamente tristeza. Fue también una especie de revelación silenciosa.

Porque cuando mueren personas de la propia generación, especialmente aquellas que uno quiere profundamente, la muerte deja de ser una teoría general sobre nuestra condición humana y empieza a convertirse en una posibilidad concreta real y cercana.

Cada funeral de un amigo entrañable y contemporáneo es como un espejo. Ante la imagen de los restos cremados uno comprende, aunque sea por segundos, que ya no se está acompañando únicamente la partida de otro. También se está contemplando discretamente el propio destino. No de manera morbosa ni trágica, sino con un gran sentido de la realidad. La muerte empieza a rodear el paisaje cotidiano. Ya no pertenece solamente al recuerdo lejano de los padres o a los abuelos que han fallecido. Ahora la muerte se convierte en una realidad inminente.

Y hay algo profundamente conmovedor en esa experiencia. De joven, la muerte interrumpe la vida. De viejo, comienza a ser parte de ella.

Las conversaciones cambian. Ya no se habla únicamente de proyectos futuros sino también de ausencias. Empiezan a faltar voces en las reuniones, sillas vacías en las comidas, llamadas que nunca volverán, abrazos que nunca se dieron. Desaparecen la vida poética de Alfredo, los análisis profundos de Carlos, las iniciativas de emprendimiento de Juan Camilo. 

Pero curiosamente, esta cercanía de la muerte no siempre produce desesperación. A veces genera una sensibilidad distinta frente a la vida. Las cosas pequeñas adquieren otro valor: una conversación tranquila, el afecto de la esposa y de los hijos, la música, un café compartido, la posibilidad de caminar todavía sin ayuda, la simple alegría de despertar un día más.

Quizás la conciencia de la finitud vuelva más transparente lo verdaderamente importante. La juventud vive muchas veces bajo la ilusión de que el tiempo es infinito. En la vejez, en cambio, entiendo que el tiempo es un recurso extraordinariamente escaso. Y precisamente por eso cada instante comienza a adquirir una profundidad emocional más significativa.

No sé cuándo llegará mi muerte. Puede ser dentro de unas semanas o meses o de varios años. Nadie lo sabe. Lo único cierto es que, a esta edad, la muerte dejó de ser un visita improbable y empezó a convertirse en una presencia silenciosa que camina cerca, aunque todavía no termine de aceptarla del todo.

Tal vez el ser humano nunca logre reconciliar completamente la razón con la emoción frente a la muerte. La inteligencia entiende el final; el corazón siempre cree, de alguna manera, que aún queda tiempo. Y quizás sea bueno que así ocurra. Porque esa extraña resistencia interior es también lo que nos permite seguir viviendo, seguir amando, seguir haciendo planes hasta el último día y seguir agradeciendo la fortuna de haber vivido con la familia y con los amigos de toda la vida. 

Silvio Zuluaga

Junio, 2026

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