Hace algunos años, en la ceremonia católica del miércoles de ceniza, se nos recordaba a quienes recibíamos la cruz en la frente que “Eres polvo y en polvo te has de convertir”. Se tomaba conciencia de que la vida tiene un plazo y que, una vez cumplido, desaparecemos de este mundo. Hoy la frase se ha cambiado por “Conviértete y cree en el evangelio”, como invitación para incorporar el mensaje del amor y el perdón en la consideración sobre la vida. Este cambio también me habla de otras realidades.
Estoy convencido que, aunque somos briznas y nos volveremos cenizas, también somos prolongación de la capacidad del Creador para dar vida, belleza y amor de manera inagotable. Esta convicción se me reafirma al contemplar el arte, al escuchar y leer reflexiones de investigadores médicos sobre las experiencias de quienes han vuelto a vivir después de ser declarados muertos.
Las armonías sublimes e intangibles de la música, creaciones del espíritu humano, son realidades que difícilmente se explican como hechos biológicos, aunque se midan como ondas sonoras. El cúmulo enorme de partituras musicales producido hasta hoy prueba el genial y grandioso arrebato del espíritu que expresa en notas y compases la experiencia del amor, la alegría, la tristeza, la gloria y el éxtasis: la belleza del universo. Nada de eso se convierte en cenizas.
Muchos fenómenos humanos hablan de la existencia de una fuerza creativa que supera nuestra biología. La dicha y el gozo expresados en la risa y los juegos infantiles y en su curiosidad por descubrir y entender el mundo; la belleza intangible de las esculturas griegas, romanas y chinas, la perfección del Moisés o del David de Miguel Ángel; el silencio dolorido de María en su Pietá o su exhuberancia creativa en los frescos de la Capilla Sixtina.
Las expresiones pictóricas de las cuevas de Altamira y los incontables kilómetros cuadrados que cubrirían las pinturas de los grandes artistas plásticos que han pisado este planeta. ¿Cómo explicar la inspiración poética de gigantes literarios y de sensibles maestros? ¿Qué nos dicen sobre el ser humano el universo mitológico de Homero, sus dramas, epopeyas y tragedias, la delicadeza de Virgilio, la grandiosidad de Dante, el misterio indefinible del Cristo suspendido sobre el infinito de Dalí y el borbotón arquitectónico incontenible que quiere alcanzar el cielo en La Sagrada Familia de Gaudi?. Van más allá de lo tangible, el humanismo y la profundidad del ideal inalcanzable de El Quijote o el absurdo de Romeo y Julieta y la epopeya de la Guerra y la Paz.
Me hablan de una indescriptible energía espiritual, del esfuerzo inagotable, del deseo de conocer de los científicos para desentrañar enigmas físicos, químicos y matemáticos. ¿De dónde proviene, sino de un espíritu irrefrenable y superior a las cenizas, ese deseo puro de saber que no se sacia y que quiere descubrir la verdad? ¿Qué fuerza o energía formó nuestro universo y dio origen a los seres vivos? Los avances científicos aún no logran explicar la infinita e inagotable energía que dio origen a lo macro y a lo micro o cómo surgen la inspiración, la creación y la invención humanas. Todo eso me grita que somos más que pura materia que desaparece en la fosa o debajo de las losas de un sepulcro frío. Estoy seguro de que la vida y nuestro espíritu superan la dimensión de las estrellas.
Esta convicción me lleva a pensar que mi esencia perdura más allá de la muerte. Esta es sólo la condición para vivir en una nueva, diferente y maravillosa dimensión. Recientemente, con algunas modificaciones, escribí y envié a un gran amigo esta nota, al morir su joven hija:
“Te ha llegado el momento de la prueba. Todo te indica que la razón, nuestra pobre experiencia científica y el raciocinio frío y duro sobre lo espacio temporal, sobre nuestra experiencia sensible, jamás podrán dar razón de lo inexplicable mediante el método y el conocimiento científico. Éste toca lo material, pero es incapaz de explicar el amor, el dolor del amor ausente, la tragedia de la partida de quienes llevamos en el corazón, en los sueños y en lo más íntimo de nuestros recuerdos más bellos. Pero es allí, en el ámbito espiritual, por encima de lo sensible, en donde podemos encontrar las razones que el corazón no explica.
Si limitamos nuestra existencia a este limitado paso por este pequeñísimo planeta, casi imperceptible en comparación con el tamaño impresionante del universo, ciertamente aquí jamás encontraremos explicación a lo que llamamos muerte.
Nuestra energía colapsada, consolidada en lo sensible y material, es sólo la expresión menor de nuestra otra energía, la que vibra al ritmo de la de quienes han trascendido y viven eternamente, fundidos en la belleza y el amor. Eso hoy ya lo puede demostrar la ciencia. Allí, en esa maravillosa dimensión, están todos los que amamos. Es esa existencia que no es espacio temporal, la del eterno presente, la del puro amor. La del Señor transfigurado que te espera allí donde ellas están para siempre. Y allí, en el espacio de lo intangible, pero completamente real y pleno de amor, nos volveremos a encontrar para seguir viviendo en plenitud. Donde ya no hay llanto ni dolor, donde sólo vive el amor del Creador que es el Alfa y el Omega y que, por su Resurrección, nos llena de esperanza y de alegría. Y nos cambia las lágrimas de dolor en la plena felicidad.
Tomemos nuestras manos y sigamos caminando juntos, por el mismo camino, y hacia el mismo destino”.
En el silencio y en la contemplación entiendo y constato que llevo mi esencia trascendente e infinita capturada en mi limitada realidad temporal. Busco el amor infinito con el cual me fundiré en un eterno presente y en donde podré encontrar a todos los que amo y que dejaron de ser cenizas para liberar su luz. Esta convicción me mueve a hacer el bien y a dar sentido a mi vida, tan breve y tan fugaz.
Bernardo Nieto Sotomayor
Febrero, 2026

