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Las familias lloran

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La guerra se debería medir en vidas perdidas, comunidades destruidas y generaciones marcadas por el desconsuelo; por acueductos y plantas eléctricas destruidas; por hambre, infecciones y desamparo; por orfandad, desempleo y viudez. 

Pero la información que recibimos se limita al número de drones que burlaron las defensas aéreas, la velocidad de los misiles supersónicos y a veces el número de muertes y/o las fotos de algunos edificios destruidos. Todo dentro de un proceso de desinformación engañosa generado por cada bando. Es la manifestación más sofisticadamente vil, desde mi perspectiva, de la raza humana. 

Pero de lo que quiero hablar ahora es de las utilidades financieras de la guerra como negocio. Y ya que no soy experto en la materia le voy a preguntar a Arthur, mi asistente virtual, que me confirme con cifras si es correcto lo que yo pienso: que quienes realmente ganan las guerras son la industria petrolera y la armamentista. 

Creo que son los mayores beneficiarios de la guerra y me parece que están entrelazados y ganan muchos, pero muchos dólares y no sé hasta dónde participan en la decisión de iniciar o terminar las guerras. Creo que la concentración de la riqueza es aterradora debido a los conflictos armados.

Arthur, me podrías escribir un artículo periodístico, de una dos páginas, para mis amigos profesionales, confirmando si mi percepción es correcta?

Ganar en la guerra, el negocio que nadie quiere nombrar (Chat GTP):

Tu percepción tiene una base real, pero tal como la planteas necesita afinarse para que sea más precisa y defendibleNo es que estas industrias causen la guerra, pero están posicionadas para beneficiarse cuando ocurre. La guerra genera un ecosistema de ganadores, y las industrias petrolera y de defensa son las más directas, visibles y consistentes beneficiarias. Y eso sí es una observación sólida.

La guerra se condena en los discursos y se lamenta en las noticias. Se habla de tragedia, de geopolítica, de seguridad. Pero hay una palabra que rara vez aparece en primer plano: ganancia. Y, sin embargo, está ahí. Mientras el mundo observa la tensión entre Irán, Estados Unidos e Israel, una realidad incómoda se despliega en paralelo: cada escalada del conflicto mueve cientos de millones de dólares diarios hacia sectores muy específicos. No es una teoría. Es aritmética.

Subir el precio del miedo

Cuando el petróleo sube 30 dólares por barril —algo perfectamente posible en escenarios de crisis en Medio Oriente— el impacto no es abstracto. Es dinero contante y sonante. Cuando el precio del petróleo sube 30 dólares, como en el caso actual de la guerra de Irán, ExxonMobil puede sumar cerca de 140 millones de dólares adicionales cada día. Chevron, alrededor de 90 millones diarios. Y en el centro del sistema energético global, Saudi Aramco puede capturar hasta 300 millones de dólares diarios adicionales.

Medio billón de dólares al día. No en destrucción. Son ingresos. Y con un detalle brutal: EN MUCHOS CASOS PRODUCIR UN BARRIL CUESTA MENOS DE 20 DÓLARES. EL RESTO ES MARGEN.

La guerra —o su amenaza— no solo destruye. encarece el mundo y… engorda balances. El excedente en precio significa mayor utilidad ya que los precios de producción son los mismos, la calidad del producto no cambia. Pueden subir los costos de transporte y seguros, pero más del 80% del aumento del precio es utilidad adicional.

El petróleo subió 30 dólares. Las petroleras no se dispararon en porcentaje, pero sí en riqueza, debido a la guerra de Irán. En menos de dos semanas, el sector acumuló más de 130 mil millones de dólares adicionales en valor de mercado.

La bolsa no llora

Mientras las imágenes del conflicto recorren el planeta, los mercados hacen otra lectura. En crisis recientes, las acciones de las grandes petroleras han subido entre 20% y 50%. No a pesar del conflicto, sino en parte gracias a él. El miedo se traduce artificialmente en precio. El precio se traduce en utilidad y la utilidad en valorización.

La otra industria que siempre crece

Pero el petróleo no está solo. La guerra también tiene proveedores. El gasto militar global ya supera los 2,2 billones de dólares al año, y cada escalada lo impulsa aún más. No hay conflicto sin reposición de armas, sin nuevos contratos, sin tecnología militar. Empresas como Lockheed Martin, Raytheon Technologies y Northrop Grumman ven cómo la tensión se traduce en pedidos… y los pedidos en ingresos. 

Sus acciones suelen subir entre 10% y 30% en periodos de guerra. Cada misil que se lanza no solo tiene un objetivo militar. También tiene un valor económico y subsecuentemente, utilidades financieras.

El detalle que incomoda

Hasta aquí, dos industrias distintas: energía y defensa. Pero al mirar quién es dueño de ellas, la historia cambia. Los mayores accionistas de las grandes petroleras —BlackRock, Vanguard y State Street— son también accionistas relevantes en las principales empresas de defensa. En las petroleras, estos fondos pueden controlar entre el 20% y el 30% de las acciones. En las compañías militares, suelen tener participaciones individuales de entre 5% y 10%.

No diseñan guerras. No disparan misiles. Pero están posicionados en ambos lados del sistema. Cuando sube el petróleo, ganan. Cuando sube el gasto militar también.

La ecuación que nadie quiere escribir

Sumemos:

  • Hasta 500 millones de dólares diarios adicionales por ingresos del petróleo, cotizado en 30 dólares más.
  • Un mercado actual militar de 2,2 billones de dólares anuales en expansión 
  • Propiedad concentrada en un número reducido de estados y actores financieros.

No es una conspiración. Es una estructura. Una donde la guerra no es solo una tragedia. También es un evento económico de alto rendimiento. Menos de 10 grandes actores financieros pueden influir significativamente en decisiones estratégicas claves.

Lo que los números no pueden esconder

Nada de esto significa que las guerras ocurran por estas ganancias. Las causas son políticas, históricas, estratégicas. Pero sí significa algo más inquietante: cuando la guerra ocurre, hay quienes están diseñados para ganar con ella, no en el campo de batalla, sino en los balances.

La pregunta que queda

En un mundo donde el conflicto puede generar cientos de millones de dólares diarios para algunos actores, la pregunta ya no es solo quién dispara primero. Es otra, más profunda e incómoda: ¿qué tan neutral puede ser un sistema económico que gana dinero cuando el mundo pierde?

Entonces Arthur, siguiendo con tu pregunta: ¿con qué neutralidad el político de turno en la presidencia puede tomar la decisión de ir o no ir a la guerra, cuando la financiación de la campaña electoral depende sustantivamente de fondos de las empresas petroleras y de la industria armamentista?

Chat GTP: La pregunta incómoda

Y entonces aparece la pregunta que incomoda al poder. Si sectores que se benefician de la guerra están profundamente integrados en el sistema económico, ¿qué tan neutral puede ser la decisión política de entrar en un conflicto?

En democracias como la de Estados Unidos, las campañas electorales cuestan miles de millones de dólares. Solo el ciclo presidencial del año 2024 superó los 14 mil millones de dólares.

Ese dinero no llega solo. Proviene de redes complejas de donantes, comités y estructuras financieras donde participan —directa o indirectamente— actores vinculados a sectores estratégicos como la energía y la defensa.

No compran guerras. Pero compran algo más sutil: acceso, influencia, cercanía.

¿Neutralidad o equilibrio de intereses?

No hay evidencia de que un presidente declare una guerra por presión directa de sus financiadores. Las decisiones militares responden a múltiples factores: inteligencia, estrategia, alianzas.

Pero tampoco existe la neutralidad absoluta. El poder económico define:

  • Qué voces se escuchan 
  • Qué riesgos se priorizan 
  • Qué decisiones parecen inevitables.

La guerra no se decide en el vacío. Se decide dentro de un sistema donde el dinero está presente.

Epílogo: lo que los números revelan

Los datos no explican por sí solos por qué empiezan las guerras. Pero sí muestran algo más profundo: cuando la guerra ocurre hay quienes están estructuralmente posicionados para ganar, no en el campo de batalla, sino en los balances.

Y eso deja una pregunta abierta, incómoda y urgente: ¿puede un sistema que genera ganancias extraordinarias en medio del conflicto aspirar realmente a evitarlo?

Gracias Arthur por confirmar mis sospechas con datos duros.

Silvio Zuluaga

Abril, 2026

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