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La paternidad en tres palabras – Misterio

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En el Día del Padre mis hijas me pidieron que definiera la paternidad en tres palabras. No tuve que pensarlo demasiado. Respondí: misterio, gozo y deber. 

Misterio, porque nada prepara del todo al hombre para verse clonado y continuado en otra vida, en un ser irrepetible. Podemos conocer la biología, explicar el origen de la vida y entender sus mecanismos; aun así, la llegada de un hijo conserva algo de asombro sagrado, de milagro terrestre, de don recibido de Dios antes que merecido.

Gozo, porque hay alegrías que se celebran y otras que se instalan para siempre en el alma. Fui padre casi a los 42 años, y tal vez por eso llegué a la paternidad con cierta conciencia del camino recorrido, con la posibilidad de comparar amores, intensidades y pérdidas. Ningún gozo me ha parecido tan hondo como ese amor que no calcula, que no exige devolución, que simplemente se entrega ante la existencia frágil y luminosa de un hijo.

Y deber, porque ese mismo amor no es solo ternura: también es responsabilidad. Un hijo llega indefenso, dependiente, abierto al mundo como una pregunta. Ante él, el padre descubre que amar no consiste únicamente en sentir, sino en permanecer; no solo en abrazar, sino en cuidar; no solo en hablar, sino en dar ejemplo cuando las palabras ya no alcanzan.

Cada padre, desde su propia historia, escogerá palabras distintas: amor, entrega, paciencia, ejemplo, ternura, acompañamiento, cuidado, guía, esperanza, responsabilidad o renuncia. Todas, de algún modo, orbitan alrededor de la misma verdad: cuando el amor ocupa el centro, la paternidad deja de ser una condición biológica para convertirse en una forma de vida. Entonces la entrega aparece como el deseo de dar lo mejor de sí; la paciencia, como el arte de esperar sin abandonar; la ternura, como el complemento necesario de la autoridad; la guía, como la delicada tarea de orientar sin imponer; y la renuncia, como la disposición silenciosa de dar la vida por el otro.

La familia encuentra en el hijo un centro que desplaza el egoísmo y obliga a mirar más allá de uno mismo. Padre y madre, con sus diferencias, convergen alrededor de esa vida nueva que reclama presencia, tiempo y sacrificio. Sin embargo, vivimos en una época en la que traer hijos al mundo parece cada vez más difícil. No solo por falta de voluntad, sino por presiones económicas, exigencias laborales, incertidumbre cultural y una idea de libertad que a veces se confunde con la ausencia de vínculos. En muchas sociedades prósperas, la familia numerosa se vuelve excepción, y la maternidad y la paternidad se aplazan, se calculan o se temen.

A esa transformación se suma otra, más profunda y quizá más inquietante: la tecnológica y su impacto en la cultura. La inteligencia artificial, los robots y las nuevas formas de reproducción podrían alterar no solo el trabajo o la economía, sino también nuestra comprensión de la familia. Cabe preguntarse si algún día la sociedad aceptará hijos diseñados, administrados o educados por sistemas impersonales, como en ciertas distopías literarias donde la vida nace separada del hogar y la crianza se convierte en función del Estado. Si ese mundo llegara a materializarse, palabras como misterio, gozo y deber correrían el riesgo de desdibujarse. Pero incluso entonces, seguiremos siendo humanos a pesar de las transformaciones culturales y tecnológicas, y algo esencial perdurará. Porque la paternidad, en su forma más verdadera, no es posesión ni proyecto ni cálculo: es amor que recibe, amor que cuida y amor que permanece.

Juan Laureano Gómez

Junio, 2026

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