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La hipocresía del oro

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El periódico The New York Times publicó un extenso reportaje (ln.run/N8C0Q) sobre una mina ilegal de oro en Colombia. Lo más impresionante del reportaje no son los aterradores videos y fotos de la destrucción ambiental causada por los mineros, sino la denuncia de que parte de esta mina -llamada La Mandinga- controlada por el Clan del Golfo, estaba ubicada dentro de una base militar.

Pero esta es solo una parte de la historia. La otra parte, denunciada en un segundo reportaje del mismo periódico (ln.run/0_7uh), es que La Casa de la Moneda (US Mint) compra oro del cártel de la droga y lo vende como estadounidense. La conclusión del NYT es que una agencia del gobierno norteamericano no cumple sus propias políticas de verificación del origen del oro que compra y así se ha convertidos en un eslabón importante de la cadena de lavado de dinero de terroristas y narcotraficantes.

La contradicción, o la hipocresía, es evidente: los mismos países que lideran la lucha global contra el narcotráfico participan, de facto, en la legalización de uno de sus principales mecanismos de lavado de activos. ¿Cómo parar un sistema de minería ilegal cuando el precio del oro supera los USD 5.000 la onza y hasta el gobierno norteamericano lo compra?

Una bonanza dorada 

El oro se ha convertido en el segundo renglón de exportaciones de Colombia, por encima del carbón, el café o las flores y solo superado por el petróleo. El año pasado las ventas de oro y de minerales de oro llegaron a USD 5.055 millones (25% más que en el 2024), y en los dos primeros meses de este año ya han crecido 109% llegando a USD 1.533 millones. De seguir a ese ritmo pueden llegar a superar los USD 8.000 millones.

En contraste, en lo corrido de este año las exportaciones de café apenas crecieron 15%, llegando a USD 1.021 millones; las de petróleo y carbón disminuyeron 5.1% 6,4% respectivamente, bajando a solo USD 740 millones. Las exportaciones de flores, otro de nuestros productos estrella, también cayeron 9.5%, a menos de USD 300 millones. En consecuencia, en el total de nuestras exportaciones el oro pasó de representar el 8% en 2024 al 18% este año, generando un cambio sustancial en la composición del comercio exterior del país.

No todo este aumento se explica por los mejores precios del oro, que sí se han duplicado en los dos últimos años, sino que también hay un aumento en el volumen de producción y de ventas al exterior. En el primer bimestre de este año, las toneladas de oro exportadas han crecido 30%.

El lavado del oro ilegal 

La realidad incómoda detrás de esa bonanza dorada es que una parte significativa de ese metal proviene de la minería ilegal, controlada por redes criminales. El reportaje del NYT describe en detalle todo el proceso desde la extracción del oro -con maquinaria pesada y usando mercurio prohibido- hasta su legalización por compradores que certifican que ese oro procede de pequeños mineros que tienen licencias oficiales y no utilizan mercurio. Las fotografías de la devastación ambiental muestran la falsedad de esos certificados.

Después de salir de las minas del Chocó, Antioquia o el Cauca, casi siempre con certificados dudosos, el oro colombiano viaja, se mezcla en refinerías en Texas, Utah u otros estados norteamericanos, y así reaparece en los mercados oficiales donde, como por arte de magia, pierde su historia y deja de ser ilegal. 

Estados Unidos es el principal destino de las exportaciones de oro colombianas, absorbiendo cerca de una tercera parte. El año pasado compró más de USD 1.600 millones y, en lo corrido de este año, Canadá ya ha comprado más de USD 500 millones. Con un crecimiento explosivo en sus compras que este año ya casi llegan a USD 500 millones, se ha convertido en otro actor clave. Ambos países son, además, centros globales de refinación y comercialización.

El US Mint tiene prohibido por ley comprar oro que no sea norteamericano, pero mantiene la ficción que si lo compra a una refinería de Texas ya está certificado su origen, y no se preocupa por rastrear de donde viene. El NYT encontró que dos refinerías en Estados Unidos compraban oro de Colombia, pero también de Perú y oros países.

Es un modelo perfecto para el lavado de activos: silencioso, eficiente y socialmente aceptado, porque el sistema está diseñado para funcionar así: una vez el metal entra a una refinería certificada, su origen se vuelve irrelevante, y las refinerías no están obligadas a rastrear con rigor el origen último del oro. Así entra a cadenas de suministro que terminan en lingotes oficiales, reservas bancarias o monedas acuñadas por entidades estatales, lo que le da un sello de legitimidad que borra cualquier rastro incómodo de su origen.

En Colombia, las consecuencias son brutales: ríos envenenados con mercurio, selvas arrasadas, comunidades sometidas por economías ilegales y un flujo constante de recursos que alimenta la violencia. El oro es una de las infraestructuras financieras del terrorismo y ha reemplazado en muchas regiones a la coca como mecanismo de lavado de dinero.

Como en la guerra contra las drogas, la hipocresía mundial es rampante: se exigen resultados contra el narcotráfico mientras su propio sistema financiero y comercial opera uno de los principales mecanismos de lavado de dinero. Es más cómodo exigir la erradicación de coca que rastrear el oro y más fácil mirar hacia otro lado que asumir que la economía global —incluyendo sus instituciones más respetables— está profundamente entrelazada con el lavado de dinero de las rentas del crimen.

Mauricio Cabrera Galvis

Publicado en la revista CAMBIO, Colombia

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