Esto lo escribe un exjesuita a sus 81 años.
Anoche, conversando con unas primas de Pily que yo no conocía y nos visitaban, surgió la pregunta que con frecuencia me hacen cuando saben algo de mi historia: ¿qué cree hoy alguien que pasó casi diez años de su vida —de los veinte a los treinta— estudiando humanidades, letras, filosofía y teología para ser sacerdote en la Compañía de Jesús?
Respondí con la sinceridad máxima que me caracteriza. Creo en la Energía. En esa energía de la cual me siento parte y que se materializa en mi cuerpo y mis pensamientos, en mis deseos, en mi consciente y en mi inconsciente. En las cosas, en la naturaleza, en los animales, en el mar que me rodea y me invade. En las palabras con las cuales transmito lo que pienso, en los afectos que expreso, en las ondas con las cuales me comunico con otros seres humanos en el simple y profundo intercambio de la vida presencial, en mis reuniones por Zoom con mis amigos y en las trasmisiones cuánticas de homeopatía y los diálogos pre-sueño con el subconsciente que nuestros amigos Guillermo y Alberto nos enseñaron.
Esta mañana me desperté con pensamientos que aparentemente se formaron durante el sueño. Y me di cuenta de que lo que compartimos anoche —esa conversación sobre creencias— no era tan diferente de lo que viví durante años rezando en silencio dentro de una capilla. La oración de antes, pienso yo hoy, no era otra cosa que la transmisión mental y cuántica de esa energía que me conectaba con Jesús, con la Virgen, con los santos. Una forma de sintonía. Un canal abierto hacia algo más grande que uno mismo.
Lo que ha cambiado no es la conexión. Lo que ha cambiado es el nombre que le doy. Y en esa misma conexión viven también mis muertos. Mis padres y mi hermana que murieron hace décadas, siguen completamente vivos en mí: en el gesto con que tomo el té por las mañanas, en ciertas palabras que uso sin darme cuenta, en la forma como me río. Los que amamos y perdemos no desaparecen —su energía se transfiere, se aloja en nosotros, continúa moviéndose a través de nuestras decisiones y nuestros afectos. Los muertos que hemos amado son quizás la prueba más cotidiana y contundente de que la energía no se destruye: se transforma. Se queda. Sigue hablando desde adentro y a veces desde fuera.
Y si esa energía no muere, sino que se transforma, ¿por qué no pensar en la reencarnación no como dogma sino como posibilidad física? Creo que la energía que soy regresará en otro cuerpo, en otra planta, en otro animal, en otra ola del mismo mar que hoy me rodea. Creo que lo que llamamos muerte no es el fin, sino el momento en que esa energía que somos se libera de su forma temporal y regresa a la corriente grande, a la energía cósmica eterna de la cual vino. La muerte, entonces, no es una puerta que se cierra, sino un umbral hacia la eternidad donde esa energía continúa —sin nombre, sin el mismo cuerpo— pero intacta en su esencia.
Hoy esa misma energía me conecta invisiblemente con mi esposa con una mirada de afecto, con mis hijos que viven lejos, a través de una llamada, un mensaje de WhatsApp, un pensamiento que les envío antes de dormirme. Me conecta con mi familia, con el mar, con las realidades sociales y políticas de las cuales formamos parte. Y me conecta también —todavía, profundamente— con la persona y la vida de Jesús. No con la institución que sus discípulos construyeron y que ha llegado a convertirse en un poder hegemónico en nombre de “la palabra de Dios”, sino con él. Con lo que dijo, con lo que vivió, con la energía que irradió y que dos mil años después sigue moviéndose entre nosotros.
Porque eso es precisamente lo fascinante: esa energía no muere. Se transforma, se transmite, se expande. Cuando pienso, emito. Cuando hablo, emito. Cuando deseo, cuando me propongo hacer algo, cuando escribo estas notas al amanecer, emito. Y lo que emito viaja, toca, regresa transformado.
Las grandes religiones del mundo, tan distintas en sus formas y rituales, son en el fondo otras tantas maneras que la humanidad ha encontrado para sintonizarse con esa energía cósmica en la que todos vivimos. Diferentes lenguajes para la misma conversación fundamental. Diferentes caminos hacia la misma corriente. Y todas ellas, a su manera, han intuido lo mismo que yo intuyo hoy: que hay algo que no acaba, que somos más que este cuerpo temporal, que la muerte es una transformación y no una extinción.
A los 81 años, habiendo recorrido un camino de fe que empezó en los claustros de la Compañía de Jesús y que hoy me tiene frente al mar escribiendo estas reflexiones, lo que siento es que nunca he dejado de creer. Simplemente aprendí a llamarle a esa creencia por su nombre más honesto: Energía. Conexión. Presencia. Vida que no termina, sino que cambia de forma.
Y en eso descubro que estamos todos —creyentes y no creyentes, exjesuitas y agnósticos, humanos y animales, plantas y olas del mar, estrellas lejanas y muertos queridos que siguen vivos en nuestra memoria y probablemente en otras personas superiores— nadando en la misma corriente invisible que nos mueve, nos une y nos sostiene. Ayer, hoy y en la eternidad de la cual venimos quizás en vidas pasadas y hacia la cual todos, sin excepción, nos dirigimos.
Darío Gamboa
Alicante, Marzo 1, de 2026
Revisión de texto: Claude (una inteligencia artificial).

